«Abandónalo todo a Mi Santo Beneplácito, y déjame cumplir Mis Designios sin mezclarte en nada, porque Yo tendré cuidado de todo.»

A U T O B I O G R A F Í A  
DE  LA  B.  MARGARITA MARÍA ALACOQUE

 VI

LA INMOLACIÓN –  EL DIRECTOR

LA víspera de la Presentación se me apareció la Divina Justicia armada de tan terrible manera, que quedé toda enajenada; y en la imposibilidad de defenderme, se me dijo lo que a San Pablo:

«Muy duro te es luchar contra los estímulos de Mi Justicia; pero, puesto que te has resistido tanto para evitar las humillaciones que convenía sufrieras en este sacrificio, te las daré duplicadas. No te pedía sino un sacrificio secreto, ahora le quiero público, fuera de todo razonamiento humano en cuanto a la maneara y al tiempo, y acompañado de tan humillantes circunstancias, que te servirán de materia de confusión para el resto de tu vida ante ti misma y ante las criaturas, a fin de que comprendas lo que es resistir a Dios.»

¡Desgraciada de mí! Bien lo comprendí en efecto, pues jamás me he visto en tal estado: he aquí algunas cosas; pero no todo. Después de la oración de la tarde no pude salir con las otras, y permanecí en el coro hasta la última señal para la cena en un llanto y gemido continuos. Fui a hacer colación, pues era la víspera de la Presentación, y yendo, como arrastrada a viva fuerza, al acto de Comunidad, me encontré allí tan fuertemente impelida a llevar a cabo el sacrificio en alta voz, del modo que Dios me daba a conocer lo exigía de mí, que me vi precisada a salir en busca de mi Superiora, la cual se hallaba entonces enferma. Confieso, sin embargo, que estaba tan fuera de mí, que me veía como una persona ligada de pies y manos, a la cual no quedara cosa alguna libre interior y exteriormente sino las lágrimas. Las derramaba en abundancia pensando que eran la única expresión de mi sufrimiento, porque me consideraba como la más criminal del mundo, y conducida, arrastrada con cordeles, al lugar del suplicio. Tenía delante de mis ojos a la Santidad de Dios armada con los rayos de Su Justa Indignación, dispuesta a lanzarlos para sepultarme, así me parecía, en las abiertas fauces del infierno, que veía descubierto a mis pies y pronto a devorarme. Sentíame abrasada por un fuego devorador, que penetraba hasta en la médula de mis huesos; todo mi cuerpo era presa de un temblor extraordinario, y no podía decir más que estas palabras: «Dios mío, tened piedad de mí, según la grandeza de Vuestra Misericordia.» Pasaba el tiempo restante gimiendo bajo el peso de mi dolor, sin hallar medio de dirigirme al aposento de mi Superiora hasta eso de las ocho, en que habiéndome encontrado una Hermana me condujo allá.

Grande fue la sorpresa de mi Superiora al verme en semejante disposición; yo no podía explicársela, mas creía, para aumento de mi pena, que bastaba verme para conocerlo, y no era así. La Superiora que sabía no existir otro medio, que gozara de todo poder sobre el espíritu, que me tenía en tal estado, sino la sola obediencia, me mandó referir mi pena. Inmediatamente le dije el sacrificio que Dios quería hiciese de todo mi ser en presencia de la Comunidad, y el motivo, por el cual me le pedía. No expresaré tal motivo por temor de faltar a la santa caridad y herir al mismo tiempo el Corazón de Jesucristo, en el que tiene su origen esta virtud; por lo cual no quiere que se la toque en lo más mínimo bajo cualquier pretexto, que pudiera alegarse.

En fin, después de decir y hacer cuanto mi Soberano deseaba de mí, se habló y se juzgó sobre esto de diferentes modos; pero dejo todas estas circunstancias a la Misericordia de Dios. Creo poder asegurar que nunca había sufrido tanto: aun cuando hubieran podido reunirse todos los sufrimientos que hasta entonces había tenido, y todos cuantos he tenido después, y aun cuando todos ellos juntos hubieran sido continuos hasta la muerte, no los juzgaría comparables a los que padecí esta noche, en la cual quiso Nuestro Señor favorecer a Su miserable esclava para honrar la noche dolorosa de Su Pasión, si bien no fue sino una pequeña partecilla. Se me llevó como arrastrada de una parte a otra con espantosa confusión mía.

Pasada, pues, semejante noche entre los tormentos, que Dios sabe, y sin descanso hasta cerca de la hora de la Santa Misa, me pareció oír entonces estas palabras:

«En fin, la paz está establecida: Mi Santidad de Justicia está satisfecha con el sacrificio que has llevado a cabo para rendir homenaje al que Yo hice en el instante de Mi Encarnación en el seno de Mi Madre, cuyo mérito he querido unir al tuyo y renovarle por éste, a fin de aplicarle en favor de la caridad, como te lo había mostrado. He aquí por qué nada debes pretender, en cuanto puedas hacer y sufrir, ni aumento de méritos, ni satisfacción de penas, ni otra cosa alguna, estando todo entregado a Mi disposición en favor de la caridad.

Así, pues, a imitación Mía harás y padecerás en silencio, sin más interés que la gloria de Dios en el establecimiento del Reino de Mi Sagrado Corazón en el de los hombres, a los cuales quiero manifestársele por tu medio.»

Me dio mi Soberano estas santas instrucciones después de haberle recibido; pero no me sacó de mi doloroso estado en el que sentía una paz inalterable con la aceptación de todas mis penas, y de cuanto se me mostró que debería padecer hasta el Día del Juicio, si tal fuese la Voluntad de Dios. No me presentó a mis propios ojos, sino como un objeto de contradicción y una sentina de todas las repulsas, desprecios y humillaciones, las cuales gustosa veía venir de todas partes a caer sobre mí, sin recibir consolación alguna ni del Cielo, ni de la Tierra. Todo parecía conjurarse para anonadarme. Se me hacían continuas preguntas, y las pocas palabras, que en respuesta se me arrancaban como por fuerza, no dejaban de servir de instrumento para aumentar mi suplicio. No podía ni comer, ni hablar, ni dormir; y todo mi reposo y ocupación eran únicamente el permanecer postrada ante Dios, cuya Soberana Grandeza me tenia completamente perdida en el profundo abismo de mi nada, siempre llorando y gimiendo para pedirle misericordia y apartar los rayos de Su Justo Furor.

El empleo, que por entonces tenía, me causaba un tormento insoportable suministrando continuas ocupaciones a mi cuerpo y a mi espíritu; pues, no obstante todas mis penas, no me permitía mi Soberano Maestro ni omitir la más pequeña parte, ni conseguir dispensarme de cosa alguna, incluso todos los demás deberes y observancia de mis reglas, a los que me sentía arrastrada por la fuerza de Su Soberano Poder, cual una criminal al lugar de un nuevo suplicio. Porque hallaba tormento en todas partes, y tan engolfada y absorta estaba en mi sufrimiento, que ni espíritu, ni vida tenía, sino para conocer y sentir cuanto acaecía que pudiera causarme dolor. Pero nada de esto me producía el menor movimiento de inquietud, ni de disgusto, aunque entre tantas penas se me conducía siempre por la más opuesta a mi natural inmortificado y más contraria a mis inclinaciones.

Se notó que no comía; se me reprendió por ello, y tanto mi Superiora, como mi confesor me mandaron comer cuanto me pusieran en la mesa. Esta obediencia me pareció muy superior a mis fuerzas; pero aquel, que no me dejaba faltar a ella en la necesidad, me dio ánimo para someterme y cumplirla sin excusa ni réplica; si bien me vi obligada a ir después de la comida a devolver el alimento que había tomado. Y como esto me duró muy largo tiempo, me ocasionó un gran flujo de estómago con muchos dolores, de suerte que no me era posible retener nada de lo poco que comía, después de habérseme conmutado la obediencia impuesta en la de no comer más de lo que pudiera. Confieso que el comer me ha producido desde este tiempo penas crueles, viéndome precisada a ir al refectorio como a un lugar de suplicio, a que me había condenado la culpa. Por esfuerzos que hiciera para comer indiferentemente de cuanto me presentaban, no podía evadirme de tomar lo que creía más ordinario, como lo más conforme a mi pobreza y a mi nada, las cuales continuamente me decían que, siendo suficientes el pan y el agua, todo lo demás era superfluo.

Y para volver al estado de sufrimiento, que no dejaba de ser continuo y aumentaba siempre con aditamentos muy sensibles y humillantes, se me juzgó posesa u obsesa, y se me roció con bastante agua bendita haciendo la Señal de La Cruz y rezando oraciones para arrojar de mí el espíritu maligno. Mas aquel, de que me sentía poseída, me estrechaba con mucha más fuerza contra sí diciéndome:

«Amo el agua bendita y quiero tanto a la Cruz que no puedo menos de unirme estrechamente con los que la llevan como Yo, y por Mi Amor.»

De tal modo reanimaron en mi alma estas palabras el deseo de padecer, que me parecían todos mis sufrimientos una gota de agua, la cual en vez de extinguir, más bien avivaba la sed insaciable que sentía; aunque creo poder afirmar que no había parte alguna de mi ser, ni en el cuerpo, ni en el espíritu, que no tuviese su particular sufrimiento, y esto sin compasión ni consolación alguna. Pues el diablo me daba furiosos asaltos, en los que mil veces hubiese sucumbido, si en medio de cuanto acabo de referir, no hubiera sentido un poder extraordinario, que me sostenía y combatía por mí.

En fin, mi Superiora, no sabiendo ya qué hacer conmigo, me mandó Comulgar para pedir al Señor por obediencia me volviese a mi primer estado. Habiéndome, pues, presentado a Él como hostia de inmolación, me dijo:

«Sí, hija Mía, vengo a ti como Soberano Sacrificador para darte un vigor nuevo, a fin de inmolarte con nuevos suplicios.»

Lo hizo, y me encontré cambiada tan completamente, que me parecía ser una esclava, a la que acabaran de volver a su libertad. Mas no duró esto mucho, porque se comenzó de nuevo a decirme que era el diablo el autor de cuanto pasaba conmigo, y que me conduciría a la perdición si no andaba con cuidado con sus astucias e ilusiones.

Fue éste un golpe terrible para mí, que toda mi vida había estado con temor de ser engañada y de engañar a las demás, aunque sin pretenderlo. Me hacía esto derramar muchas lágrimas, porque no podía en manera alguna sustraerme al poder de este Espíritu Soberano que obraba en mí, y por mucho que pudiera esforzarme, era impotente para alejarle de mí, ni impedir Sus operaciones. Porque de tal modo se había apoderado de todas las potencias de mi alma, que me parecía estar en un abismo, donde más hundida me hallaba cuanto mayores esfuerzos hacía para salir. Aunque emplease todos los medios prescritos, todo era en vano.

A veces combatía con tal empeño, que quedaban agotadas todas mis fuerzas; pero mi Soberano se reía de todo esto, y me daba tales seguridades, que disipaba desde luego todos mis temores diciéndome:

«Qué tienes que temer entre los brazos del Omnipotente? ¿Podré dejarte perecer entregándote a tus enemigos, después de haberme constituido en Padre, Maestro y Director tuyo desde tu más tierna infancia, y haberte dado continuas pruebas de la amorosa ternura de Mi Divino Corazón, en el cual también he fijado tu actual y eterna morada? Para mayor seguridad, dime la prueba más convincente que deseas de Mi Amor, y te la daré. Pero ¿por qué luchas contra Mí, siendo Yo tu solo, verdadero y único Amigo?»

Tales reprehensiones de mi desconfianza me produjeron un disgusto y confusión tan grandes, que me propuse desde este momento no contribuir jamás de modo alguno a las pruebas, que se hicieran acerca del Espíritu que me guiaba, contentándome con aceptar humildemente y con todo mi corazón cuanto se quisiera hacer.

Mi Señor y mi Dios, Vos, que sólo conocéis la pena que sufro en el cumplimiento de esta obediencia, y la violencia que necesito hacerme para vencer la repugnancia y confusión, que siento al escribir todas estas cosas; concededme la gracia de morir antes de escribir algo, fuera de lo que me dicte la verdad de Vuestro Espíritu, y haya de daros a Vos gloria y a mí confusión. Y por piedad, mi Soberano Bien, no sea esto leído jamás por persona alguna, sino sólo por aquel, que según Vuestro beneplácito lo haya de examinar, para que no me impida este escrito permanecer sepultada en el eterno desprecio y olvido de las criaturas. Dios mío, dad esta consolación a Vuestra pobre y miserable esclava. En el momento mismo recibí esta respuesta a mi súplica:

«Abandónalo todo a Mi Santo Beneplácito, y déjame cumplir Mis Designios sin mezclarte en nada, porque Yo tendré cuidado de todo.»

Voy, pues, a continuar por obediencia ¡oh, Dios mío! sin otra pretensión que la de contentaros con esta especie de martirio que sufro escribiendo, pues cada palabra me parece un sacrificio. ¡Ojalá podáis ser así eternamente glorificado! He aquí cómo me ha manifestado Su Voluntad sobre este asunto.

Como siempre me he sentido movida a amar a mi Soberano Señor por amor de sí mismo, no queriendo ni deseando sino a Él solo, no me apegaba jamás a Sus Dones, por grandes que fuesen respecto a mí, ni los recibía sino porque venían de Él, y fijaba en ellos la menor reflexión posible, procurando olvidar todo para no acordarme sino de Él solo, fuera del cual nada merece mi estimación. Y así, cuando me fue preciso cumplir esta obediencia, creía serme imposible escribir cosas pasadas hacía ya tanto tiempo; pero Él me ha dado a conocer claramente lo contrario; pues, para facilitármelo, me ha vuelto a colocar en las mismas disposiciones de que hablo en cada punto. Así me convenció de Su Voluntad.

En medio de mis penas y temores tenía siempre mi corazón en una paz inalterable. Me hicieron hablar con algunas personas doctas, las cuales, muy lejos de asegurarme en mi camino, aumentaron todavía más mis penas. Finalmente envió aquí Nuestro Señor al P. La Colombière, al cual había yo asegurado ya desde el principio, que mi Soberano Maestro me prometió, poco después de haberme consagrado a Él, que me enviaría un servidor Suyo, a quien quería manifestase según la inteligencia que sobre ello me daría, todos los secretos de Su Sagrado Corazón que Él me había confiado; pues me le enviaba para asegurarme en mis caminos, y para repartir con él las extraordinarias Gracias de Su Sagrado Corazón, las cuales derramaría con abundancia en nuestras conferencias.

Cuando vino aquí este santo varón, y mientras hablaba a la Comunidad, oí interiormente estas palabras:

«He ahí el que te envío.»

Lo reconocí al instante en la primera confesión de Témporas, pues sin habernos visto, ni hablado jamás, me retuvo largo tiempo, y me habló como si hubiera comprendido cuanto en mí pasaba. Mas no quise por esta vez abrirle de modo alguno el corazón, y viendo él que quería retirarme para no molestar a la Comunidad, me dijo que, si lo tenía a bien, vendría a verme de nuevo para hablarme en el mismo sitio. Pero me obligó mi natural timidez, que esquiva tales comunicaciones, a responderle que no pudiendo disponer de mí, haría cuanto la obediencia me ordenase. Me retiré después de haber estado allí como hora y media.

Poco tiempo después volvió, y aunque conocía yo ser Voluntad de Dios que le hablase, no dejé de sentir terribles repugnancias cuando me fue preciso ir, y esto fue lo primero que le dije. Me respondió que le era muy grato haberme dado ocasión de hacer a Dios un sacrificio. Entonces, sin pena ni forma alguna, le abrí mi corazón, y le descubrí el fondo de mi alma, tanto lo malo, como lo bueno. Sobre este punto me consoló extraordinariamente, asegurándome que no había motivo alguno de temor en la conducta de este Espíritu, pues en nada me separaba de la obediencia, y que debía seguir todas Sus inspiraciones abandonándole todo mi ser, para sacrificarme e inmolarme según Su beneplácito.

Admirando el que la gran Bondad de Dios no se hubiese cansado de tanta resistencia, me enseñó a estimar los Dones Divinos, a recibir con respeto y humildad las frecuentes comunicaciones y trato familiar con que me regalaba, y a dar por ello continuamente gracias a tan grande Bondad. Habiéndole manifestado que este Soberano de mi alma me seguía tan de cerca sin excepción de tiempos, ni lugares, que no podía rezar vocalmente, y para hacerlo me violentaba tanto, que en ocasiones permanecía con la boca abierta sin poder pronunciar una palabra, sobre todo en el Rosario, me dijo que no lo volviera a hacer jamás debiendo contentarme con las preces de obligación, añadiendo el Rosario cuando pudiese. Habiéndole hablado algo acerca de las caricias especiales y unión de amor, que recibía del Amado de mi alma, y no describo aquí, me respondió que yo tenía en todo eso un gran motivo para humillarme, y él para admirar la grandeza de la Misericordia de Dios para conmigo.

Pero no quería la Bondad Divina que recibiese consolación alguna sin costarme muchas humillaciones. Esta comunicación me las atrajo en gran número, y aun el mismo Padre tuvo mucho que sufrir por mi causa, porque se hablaba de que quería engañarle con mis ilusiones e inducirle a error como a los otros. Ninguna pena le causaba esto y no dejó de prestarme continuos socorros en el poco tiempo que permaneció en este pueblo, y siempre. Mil veces me he admirado de que no me abandonase también como los demás; pues a cualquiera otro hubiera disgustado mi modo de conducirme con él, aunque no perdonaba él medio alguno de mortificarme y humillarme con gran gusto mío.

Un día que vino a decir Misa en nuestra iglesia, le hizo Nuestro Señor, y a mí también, grandísimos favores. Al aproximarme a recibir la Sagrada Comunión, me mostró Su Sagrado Corazón como un Horno ardiente, y otros dos corazones que iban a unirse y abismarse en él, diciéndome:

«Así es como une para siempre Mi Puro Amor estos tres corazones.»

Y después me dio a conocer que esta unión era exclusivamente para la gloria de Su Sagrado Corazón, cuyos tesoros quería descubriese yo al Padre, para que él los diera a conocer y publicara todo su precio y utilidad. Con este objeto quería que fuésemos, como hermano y hermana, igualmente participantes en los bienes espirituales; y representándole acerca de esto mi pobreza y la desigualdad, que había entre un hombre de tan elevada virtud y mérito y una pobre miserable pecadora como yo, me dijo:

«Las riquezas infinitas de Mi Corazón suplirán e igualarán todo: háblale sin temor.»

Así lo hice en nuestra primera entrevista. Y su manera humilde y reconocida de recibir esta y otras varias cosas, que, en cuanto a él se referían, le dije de parte de mi Soberano Maestro, me conmovió grandemente y me aprovechó más que todos los sermones que hubiera podido oír. Y como le dijese que Nuestro Señor no me comunicaba estas gracias sino para ser glorificado en las almas, a las cuales había yo de distribuirlas, sea de palabra o por escrito, según Él me diera a conocer Su Voluntad, sin preocuparme por lo que dijera o escribiera, pues Él derramaría allí la unción de Su Gracia para producir el efecto que pretendía en el corazón de cuantos lo recibiesen bien; y que yo sufría mucho por mi repugnancia a escribir y mandar ciertos billetes a personas, de las cuales me venían grandes humillaciones, me mandó que, aun a pesar de las grandes penas y humillaciones, que hubiera de sufrir, no desistiese jamás de seguir los santos impulsos de este Espíritu, diciendo simplemente lo que Él me inspirase, y una vez escrito el billete, se lo presentara a la Superiora e hiciese después cuanto ella me ordenara.

Hícelo así; y no han sido pocas las humillaciones, que por esto he recibido de parte de las criaturas. Me mandó además escribir cuanto en mí pasaba, a lo cual sentía una mortal repugnancia. Escribía, pues, todo para obedecer y luego quemaba lo escrito, figurándome que así cumplía suficientemente la obediencia; pero sufría mucho con esto, y vinieron los escrúpulos y la prohibición de hacerlo en adelante.

________________________
Fuente:
http://sacredheartchurchaustin.org/documents/2016/5/1080021338.PDF 

Publicado en Mensajes | Etiquetado | Deja un comentario

“El Papa tendrá que sufrir mucho, y sus vestiduras tomarán el color del martirio”

Los días 7 de cada mes, desde Julio del año 2014, la vidente Isabel recibe Locuciones de Nuestro Señor Jesucristo, publicadas en el sitio: http://elpastorsupremo.es/ 

MENSAJE 36
7 DE  JUNIO, 2017 

¡Oh, Jerusalén, oh Sión, oh pueblo de Mis entrañas![1], no te bastó con rechazar al Hijo de Dios, le colgasteis de un madero[2] y acabasteis con Su vida.

¡Oh, ciudad de Mis entrañas, tanto te amó Mi Corazón!

Pero he aquí que vengo, vengo a ti, ciudad de Mis entrañas, vuelvo a tus calles, a tus casas, a tu gente, a tu corazón; vuelvo a tu corazón destrozado por la idolatría y la falta de fe; vengo a traerte el Agua Viva[3] que rechazaste. Vengo de nuevo a ti. Vengo y no tardo; volverás a ver al Hijo del carpintero, al Hijo de María, y reconocerás avergonzada tu idolatría, tu falta de fe. Te cubrirás el rostro y no querrás comer ni bailar, te vestirás de saco y ceniza[4], y el lamento será tu pan día y noche[5] porque verás tu falta de amor, tu inconsistencia, el desprecio de tu corazón al Hijo de Dios, que estuvo ante ti, que murió por ti a manos de ti.

Tú, Israel, eres la causa de Mi dolor y Mi disgusto. Heriste Mi Corazón con un dolor más agudo y desgarrador que el dolor y la herida de Mi Costado[6]. Rompiste Mi Corazón con tu desprecio a Mi Palabra y a Mi Vida entregada por ti. Rompiste Mi Corazón con un desgarro mayor que el que le produjo la lanza del centurión.

¡Oh, Israel, qué torpe y ciega estás!; ahora verás descender del cielo[7] al Hijo de Dios y llorarás, y te lamentarás, porque estuve ante ti, y no Me reconociste, y el tiempo ha pasado, y ya no volverá. Tu crimen está por pagar, el pago será tu dolor y tu llanto. Serás juzgada con rigor porque fuiste elegida de entre todos los pueblos para que de ti naciera el Salvador[8] del mundo, el Salvador de todas las almas, pero eres terca y obstinada. Tu corazón está ciego y no quiso ver la Luz; ahora llorarás, y tu pecado será lavado con Mi Sangre y tus lágrimas y tu dolor.

Mira, hija, inclina el oído[9], estoy ante ti. ¿No te conmueve Mi dolor? Pues Me verás, Me verás descender del cielo. Ya llega, ya llega el momento de la Salvación a este mundo abocado al pecado y a la tentación.

No dejéis de suplicar día y noche por vuestras almas; mientras estén en este mundo son pasto del enemigo cruel de Dios, que las quiere llevar con él[10] para toda la eternidad. No le dejéis acudiendo una y otra vez al Sacramento de la Penitencia, con ayuno y lamentos por vuestros pecados en un arrepentimiento que conmueva las montañas.

No dejéis al maligno que tome posesión de vuestras vidas, impedidle el paso a vuestra vida con los Sacramentos que son la fuente de la Gracia y el perdón. Son el cauce de la Misericordia de Dios en vuestras vidas. Ahora tenéis cerca a Mis Sacerdotes santos, no perdáis el tiempo pues es un tiempo muy valioso para vuestras vidas, para vuestra salvación.

Recogeos en oración pues el tiempo de la última cosecha[11] ha llegado, está aquí.

Que vuestros ojos miren la Luz, que no dejen de mirar la Luz,[12] pues las tinieblas lo invadirán todo.

¡Oh, hijos!, que no os tomáis en serio Mis Palabras, y leéis mensaje tras mensaje, y después volvéis a vuestra vida de siempre. No, hijos, ya no habrá más tiempo para que tengáis Mis mensajes en vuestra casa, a su tiempo. Ahora llega el tiempo que tendréis que sufrir su ausencia, porque el león rugiente[13], el dragón infernal[14], impedirá todo lo que es de Mí, todo lo que viene de Mí. Por eso ahora, hijos, preparaos para guardar todo lo que os he dicho en vuestro corazón[15], y será vuestro alimento cuando seáis privados de él por Satanás, príncipe de la mentira, que con sus malos ardides y mentiras convencerá al mundo de la mentira, y la Verdad será relegada, apartada y hasta olvidada[16]; vosotros no lo olvidéis, guardad Mi palabra en vuestro corazón y sed fieles a ella, cuando sólo decir Mi Nombre os hará reo de muerte.

Reuníos en silencio y sin escándalos, para que podáis vivir con tranquilidad la fraternidad, y podáis compartir la fe. Sed prudentes y astutos, y no gritéis ni vociferéis, sed cautos, y preservad vuestra fe compartida.

No vienen tiempos de bullicios ni fiestas para Mis elegidos, sólo de soledad, silencio y vivir apartados; pero seréis felices en Mi Amor.

No os alarméis por las noticias, vivid todo en la confianza de Mi Amor.

No es una despedida, hijos, os estoy advirtiendo de lo que está por venir, pero nunca Me aparto de vosotros ni os dejaré[17]. Estaré con vosotros[18], a vuestro lado día y noche. Os acompañaré en vuestra tribulación, y sentiréis Mi Amor y Mi Presencia.

Mi Madre os guarda en Su Inmaculado Corazón, y como buena Madre solícita y amorosa os cuidará, y no os dejará de Su mano. Rezadla sin cesar, que Ella os acompaña en este tiempo final.

El Cielo baja a vuestro lado. Mis Ángeles y Santos os acompañarán y os ayudarán; invocadlos y sed sus amigos. Los amigos no se olvidan y se cuentan sus confidencias; haced esto con vuestros amigos del Cielo.

Mi Padre Santo os vigila desde el cielo con amoroso cuidado Paternal. Ni uno de vosotros se perderá,[19] ni será arrebatado de Mi Mano, hijos amorosos de Dios, que pronunciáis Su Nombre sin miedo y con fe en una fidelidad a Su Amor, que os abrirá las puertas del Cielo.

Es tarde y la noche de los tiempos se acerca. Abrid vuestros corazones al Sol, que llega a regir la Tierra[20].

¡Oh, Jerusalén, oh ciudad de Mi Corazón!, que apedreas y matas a Mis profetas[21]; serás juzgada con rigor y con pasión porque fuiste el objeto de Mi Amor. Vine a ti y no Me recibiste, pero ahora sí Me recibirás, y tu pecado quedará a la vista del mundo[22] y será tu vergüenza y tu dolor. ¡Cuántos pueblos hubieran deseado ser elegidos y habrían respondido mejor[23] a Mi Gracia! Pero fuiste elegida tú, como una novia de entre todas las muchachas, y tu amor será probado para pagar tu pecado.

No dejéis de mirar el cielo, pues los signos se sucederán y clamaréis en aquellos días al Dios de toda Misericordia y Bondad.

No estáis preparados, hijos, porque no os tomáis en serio Mis Palabras, y seguís banqueteando y divirtiéndoos a vuestro gusto[24]. Habláis de los tiempos en vuestras mesas y recreos, pero no os ponéis a trabajar. Echo de menos hijos esforzados y aguerridos, que den la batalla a la incredulidad de este mundo, que no espera a su Salvador.

Aquí estoy, aquí vengo, hijo de Mis entrañas, hijo de Mi vida: no malgastes el tiempo que hoy te concedo por Mi Misericordia.

El Papa tendrá que sufrir mucho, y sus vestiduras tomarán el color del martirio; en sus ojos brillará el dolor día y noche, y se cerrarán, sumido en el dolor más agudo y cruel que se puede imaginar, pues será atacado con saña por el príncipe de este mundo. Rezad por él, pues necesita, y aún más necesitará, vuestras oraciones.

Todos os lo prometéis felices[25], porque aún no ha llegado a vosotros la crueldad de un tiempo[26], que se extenderá por toda la Tierra, y anunciará el tiempo del anticristo.

Tened paz y paciencia y preparaos para discernir en un tiempo que se acerca de confusión y mentiras. Es el tiempo de la mentira y las tinieblas donde la Luz será apagada y pisoteada por los secuaces del mal, del traidor.

Vosotros, guardad la Luz en vuestras almas y vuestro corazón como el tesoro que el mundo no os puede arrebatar[27]. Yo habitaré en vuestros corazones[28], será Mi sagrario. Mantened el sagrario de vuestro corazón limpio de pecado, para que Yo, Jesús, more en él como en los sagrarios limpios y dorados de este mundo. El oro del sagrario ya no brillará ante vosotros, pero sí la Gracia de vuestro corazón que Me albergará día y noche. No dejéis profanar el sagrario de vuestro corazón[29] y defendedlo con vuestra vida si es preciso.

Donde haya un Sacerdote Mío que pueda consagrar, allí seguiré estando físicamente presente entre vosotros; y Mi Presencia se irradiará a toda la Tierra, y llegará a Mis hijos, hambrientos de Mí[30], en lugares donde no tendrán el alivio y el alimento de Mi Cuerpo y Mi Sangre.

Si, hijos, que no Me olvidaré nunca de ninguno de vosotros, ni del más pequeño y perdido en el lugar más inhóspito de la Tierra, todos estáis en Mi Corazón y a todos os amo, y de todos Me preocuparé en aquellos momentos venideros de orfandad, de ausencia de vuestro Dios y Señor.

Cuidad a Mis pastores santos; cuidad de ellos, hijos, porque los necesito para que la Tierra aún siga teniendo Mi Presencia, aunque sea escondida pero ya os dije que Mi Presencia se irradiará a todos los lugares de la Tierra. Sin esta Presencia escondida Mía, la Tierra se apagaría para siempre en la maldad y el horror. Será Mi Presencia, en algún rincón de este mundo, lo que alimentará a Mis hijos y sostendrá la esperanza. Será la Vida que impedirá que triunfe la muerte.

Escuchad estas palabras y meditadlas en el silencio de Mi Corazón. Os doy Mi Palabra para que sea vuestro auxilio ahora, y en aquellos momentos en que esto, que hoy leéis por Mi Misericordia, os alimentará y os dará fuerzas para luchar hasta el final.

Adiós, hijos, no es una despedida, es: vuelvo, vuelvo de nuevo. Aprovechad este último tiempo, pues Mis servidores deberán vivir escondidos, para que puedan seguir sirviendo al Rey de reyes y Señor de señores[31].

Cuida de Mi hija y protégela de todo mal, pues deberá seguir sirviéndome en unos tiempos en los que deberá estar escondida del mal y de sus servidores. Tú, hijo, cuida de ella y un día te lo pagaré en el Cielo.

Nadie es más que su maestro[32]; seguid Mis caminos[33]. Yo os espero para daros un Reino Eterno de Amor.

________________________
[1] Miq 6, 3
[2] Hch 5, 30
[3] Jn 7, 37-38
[4] Mt 11, 21
[5] Jer 6, 26 ; Sal 42, 4
[6] Jn 19, 33-34
[7] Dan 7, 13; Jn 1, 51 ; Mt 24, 27. 30; 25, 31; 26, 64; 1 Tes 4, 16; Ap 1, 7
[8] Miq 5, 1-4
[9] Sal 45, 11
[10] 2 Tes 2, 9-12
[11] Ap 14, 18
[12] Mt 6, 22-23
[13] 1 Pe 5, 8
[14] Ap 12, 7-9
[15] Lc 1, 66; 2, 19. 51; Jn 14, 26
[16] 2 Tes 4, 3-4
[17] Jn 14, 18-19
[18] Mt 28, 21
[19] Jn 17, 12
[20] Sal 98, 9
[21] Mt 23, 37
[22] Jn 16, 8; 1 Cor 4, 5
[23] Mt 11, 20-24
[24] Mt 24, 48-51
[25] Ap 11, 10
[26] 2 Tim 3, 1-6
[27] Jn 16, 22
[28] Jn 14, 16-17. 21. 23
[29] 1 Cor 6, 18-20
[30] Am 8, 11
[31] 1 Tim 6, 15 ; Ap 19, 16
[32] Mt 10, 24 ; Lc 6, 40
[33] Is 55, 8-9

Nota: El director espiritual de Isabel escribe lo siguiente:
“Conviene tener presente que las citas bíblicas que van a pie de página no forman parte del mensaje, sino que son un añadido posterior: son sólo ilustrativas e indican una concordancia textual entre el mensaje y las mismas. Pero no se pretende demostrar o interpretar la Palabra de Dios a la luz del mensaje.
Al poner a disposición estos mensajes de todo el que quiera conocerlos se hace con la confianza de que un día gocen de alguna aprobación eclesiástica y en el sometimiento al juicio de la autoridad de la Iglesia en cuanto a su origen sobrenatural, pero con la persuasión de que no contienen nada que vaya en contra ni del dogma, ni de la moral de la Iglesia. De momento están acogidos al decreto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (AAS, 58, nº 16, de 29-12-1966) aprobado por el Beato Pablo VI permitiendo la publicación de escritos de esta índole. Ojalá contribuyan a la nueva evangelización que el Papa Francisco nos propone incansablemente.” http://elpastorsupremo.es/    

Fuente:
http://elpastorsupremo.es/wp-content/uploads/2017/06/MENSAJE-36.pdf 

Mensajes de la vidente Isabel publicados en este blog:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/vidente-isabel/

Enlaces a todos los Mensajes en PDF:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/mensajes-actuales/

Publicado en Mensajes | Etiquetado | Deja un comentario

“También Comulgarás todos los Primeros Viernes de cada mes.”

A U T O B I O G R A F Í A  
DE  LA  B.  MARGARITA MARÍA ALACOQUE

 V

LA VÍCTIMA PREPARADA POR EL AMOR

LA gracia, de que acabo de hablar con motivo de mi dolor de costado, se me renovaba los Primeros Viernes de mes en esta forma. Se me representaba el Sagrado Corazón como un Sol brillante de esplendorosa Luz, cuyos ardentísimos rayos caían a plomo sobre mi corazón, el cual se sentía al instante abrasado con tan vivo Fuego, que parecía me iba a reducir a cenizas. Estos eran los momentos particularmente elegidos por el Maestro Divino para manifestarme lo que quería de mí y descubrirme los secretos de este amable Corazón.

Una vez entre otras, estando expuesto el Santísimo Sacramento, después de sentirme completamente retirada al interior de mí misma por un recogimiento extraordinario de todos mis sentidos y potencias, se me presentó Jesucristo, mi Divino Maestro, todo radiante de Gloria, con Sus Cinco Llagas, que brillaban como cinco soles, y por todas partes salían Llamas de Su Sagrada Humanidad, especialmente de Su adorable Pecho, el cual parecía un Horno. Abrióse éste y me descubrió Su amantísimo y amabilísimo Corazón, que era el vivo Foco de donde procedían semejantes Llamas.

Entonces fue cuando me descubrió las maravillas inexplicables de Su Amor Puro, y el exceso, a que le había conducido el amar a los hombres, de los cuales no recibía sino ingratitudes y desprecios.

«Esto, —me dijo—, Me es mucho más sensible que cuanto he sufrido en Mi Pasión: tanto, que si Me devolvieran algún amor en retorno, estimaría en poco todo lo que por ellos hice, y querría hacer aún más, si fuese posible; pero no tienen para corresponder a Mis desvelos por procurar su bien, sino frialdad y repulsas. Mas tú, al menos, dame el placer de suplir su ingratitud, en cuanto puedas ser capaz de hacerlo.»

Y manifestándole mi impotencia, me respondió:

«Toma, ahí tienes con qué suplir todo cuanto te falta.»

Y al mismo tiempo se abrió el Divino Corazón, y salió de Él una Llama tan ardiente, que creí ser consumida, pues me sentí toda penetrada por ella, y no podía ya sufrirla, tanto que Le rogué tuviera compasión de mi flaqueza.

«Yo seré, —me dijo—, tu fuerza, nada temas; pero sé atenta a Mi Voz, y a cuanto te pido para disponerte al cumplimiento de Mis designios. Primeramente, Me recibirás Sacramentado, siempre que te lo permita la obediencia, sean cuales fueren las mortificaciones y humillaciones que vengan sobre ti, las cuales debes aceptar como gajes de Mi Amor. También Comulgarás todos los Primeros Viernes de cada mes, y todas las noches del jueves al viernes te haré participante de la tristeza mortal que tuve a bien sentir en el Huerto de las Olivas. Esta tristeza te reducirá, sin poder tú comprenderlo, a una especie de agonía más dura de soportar que la muerte. A fin de acompañarme en la humilde oración, que hice entonces a Mi Padre en medio de todas Mis angustias, te levantarás entre once y doce de la noche para postrarte Conmigo, durante una hora, la faz en tierra, ya para calmar la Cólera Divina pidiendo misericordia por los pecadores, ya para dulcificar de algún modo la amargura, que sentí en el abandono de Mis apóstoles, la cual Me obligó a echarles en cara que no habían podido velar una hora Conmigo; y durante esta hora harás lo que te enseñare. Mas oye, hija Mía, no creas ligeramente a todo espíritu, y no te fíes, porque Satanás rabia por engañarte. He aquí por qué no has de hacer nada sin la aprobación de los que te guían, a fin de que teniendo el permiso de la obediencia, no pueda seducirte; pues no tiene poder alguno sobre los obedientes.»

Durante todo este tiempo, ni tenía conciencia de mí misma, ni aun sabía dónde estaba. Cuando vinieron a sacarme de allí, viendo que no podía hablar, ni aun sostenerme sino a duras penas, me condujeron a nuestra Madre, la cual viéndome como enajenada, ardiendo toda, temblorosa y arrodillada a sus pies, me mortificó y humilló con todas sus fuerzas, dándome en ello un placer y gozo increíbles. Pues me creía hasta tal punto criminal, y tan llena de confusión estaba, que cualquier riguroso tratamiento a que se hubiera podido someterme, me habría parecido demasiado suave. Después de haberla referido, aunque con extrema confusión, cuanto había pasado, recargó la dosis de mis humillaciones, y no me concedió por esta vez nada de cuanto yo creía que Nuestro Señor me mandaba hacer, ni acogió sino con desprecio cuanto yo la había dicho. Esto me consoló mucho y me retiré con grande paz.

El Fuego que me devoraba, me produjo desde luego una fiebre grande y continua; pero tenía demasiado placer en sufrir para quejarme o decir cosa alguna, hasta que al fin me faltaron las fuerzas. Conoció el médico que tenia la fiebre hacía ya largo tiempo, y aún sufrí después más de sesenta accesos. Jamás experimenté consuelo semejante, pues los extremos dolores del cuerpo mitigaban algún tanto mi ardiente sed de sufrir. No se nutría ni animaba este Fuego devorador sino con la madera de la Cruz y de toda clase de sufrimientos, desprecios, humillaciones y dolores, sin padecer nunca dolor capaz de igualar a la pena de no sufrir lo bastante. Se creyó segura mi muerte.

Pero continuando siempre Nuestro Señor Sus favores, recibí uno incomparable en un deliquio que me sobrevino. Me pareció que se presentaron ante mí las Tres Personas de la adorable Trinidad e hicieron sentir grandes consolaciones a mi alma. Mas no pudiendo explicarme sobre lo sucedido entonces, diré solamente que, a mi parecer, el Eterno Padre presentándome una pesadísima Cruz erizada toda de espinas y acompañada de todos los instrumentos de la Pasión, me dijo:

«Toma, hija Mía, te hago el mismo presente que a Mi muy amado Hijo.» «Y Yo, —añadió mi Señor Jesucristo—, te clavaré en ella como lo fui Yo mismo, y te haré fiel compañía.»

La Tercera de estas adorables Personas me dijo: «Que Él, que no era más que Amor, me consumiría allí purificándome.»

Quedó mi alma con una paz y un gozo inconcebibles, y no se ha borrado jamás la impresión hecha en ella por las Divinas Personas. Se me representaron bajo la forma de Tres Jóvenes vestidos de blanco, radiantes de Luz, de la misma edad, grandeza y hermosura. No comprendí entonces, como lo he comprendido después, los grandes sufrimientos que esto me anunciaba.

Como se me ordenó pedir a Nuestro Señor la salud, lo hice; si bien con miedo de ser oída. Pero se me dijo que por el restablecimiento de mi salud se conocería claramente si lo que en mí pasaba, venía del Espíritu de Dios, y según esto se me permitiría después hacer cuanto Él me había mandado, ya con respecto a la Comunión de los Primeros Viernes de mes, ya en cuanto a la hora de vela en la noche del jueves al viernes, como Él deseaba. Habiendo representado al Señor todo esto por obediencia, recobré al instante la salud. Pues me recreó con Su Presencia la Santísima Virgen, mi buena Madre, me hizo grandes caricias, y después de una visita bastante prolongada, me dijo:

«Anímate, Mi querida hija, con la salud, que te doy de parte de Mi Divino Hijo, porque aún te resta que anidar un camino largo y penoso, siempre sobre la Cruz, traspasada por los clavos y las espinas y desgarrada por los azotes; pero no temas, no te abandonaré, te prometo Mi protección.»

Promesa, cuyo cumplimiento he experimentado claramente en las grandes necesidades, que de Ella he tenido después.

Mi Soberano Señor continuaba recreándome con Su Presencia actual y sensible, según me había prometido hacerlo siempre, como arriba dije; y en efecto, jamás me privó de ella por culpas que cometiese. Pero como Su Santidad no puede sufrir la más pequeña mancha, y me hace notar hasta la más ligera imperfección, no podía yo soportar ninguna en que hubiera algo, aunque poco, de voluntad propia o de negligencia. Como por otra parte soy tan imperfecta y miserable que cometo muchas faltas, si bien involuntarias, confieso serme un tormento insoportable el comparecer delante de esta Santidad, cuando he sido infiel en alguna cosa, y no hay suplicio, al cual no me entregase antes que sufrir la Presencia de este Dios Santo, cuando está manchada mi alma con alguna culpa. Me sería mil veces más grato arrojarme en un horno ardiendo.

En cierta ocasión me dejé llevar de algún movimiento de vanidad hablando de mí misma. ¡Oh, Dios mío! ¡Cuántas lágrimas y gemidos me costó esta falta! Porque, en cuanto nos hallamos solos Él y yo, con un semblante severo me reprendió diciéndome:

«¿Qué tienes tú, polvo y ceniza, para poder gloriarte, pues de ti no tienes sino la nada y la miseria, la cual nunca debes perder de vista, ni salir del abismo de tu nada? Y para que la grandeza de Mis dones no te haga desconocer y olvidar lo que eres, voy a poner ese cuadro ante tus ojos.»

Y descubriéndome súbitamente el horrible cuadro, me presentó un esbozo de todo lo que soy.

Me causó tan fuerte sorpresa, y tal horror de mí misma, que a no haberme Él sostenido, hubiera quedado pasmada de dolor. No podía comprender el exceso de Su grande Bondad y Misericordia en no haberme arrojado ya en los abismos del infierno, y en soportarme aún, viendo que no podía yo sufrirme a mí misma. Tal era el suplicio, que me imponía por los menores impulsos de vana complacencia; así es que me obligaba a veces a decirle: «¡Ay de mí!, Dios mío, o haced que muera, u ocultadme ese cuadro, pues no puedo vivir mirándole.» Porque producía en mí impresiones de insoportable dolor, de odio y de venganza contra mí misma, y no permitiéndome la obediencia ejecutar en mí los rigores, que me inspiraba, sufría lo indecible.

Mas como sabía que el Soberano Dueño de mi alma se contentaba con lo ordenado por la obediencia, y tenía un placer singular en verme humillada, era sumamente fiel en acusarme de mis faltas para recibir por ellas penitencia, pues, por áspera que ésta pudiera ser, la juzgaba yo como un dulce refrigerio al lado de la que me imponía Él mismo, y eso que encontraba faltas en cuanto yo tenía por lo más puro y perfecto. Me lo dio a conocer un día de Todos los Santos, en el cual de un modo inteligible me fue dicho:

«En la inocencia no hay manchado nada:
Nada hay perdido en Manos del Señor;
nada se muda en la feliz Morada;
todo allí se consuma en el Amor.»

Por largo tiempo me ha tenido ocupada la explicación que recibí sobre estas palabras: «En la inocencia nada hay manchado,» es decir, que no debía tolerar mancha alguna ni en mi alma, ni en mi corazón. «Nada hay perdido en manos del Señor,» es decir, que todo debía dárselo y abandonarlo en Sus Manos, pues siendo la Omnipotencia misma, nada se podía perder entregándoselo todo. En cuanto a los otros dos versos, hablan del Paraíso, donde nada se pasa, porque todo allí es eterno, y se consuma en el Amor. Y como al mismo tiempo se me dejó ver una pequeña muestra de aquella Gloria, ¡oh Dios, en qué trasportes de júbilo y de deseos me hallé sumergida! Estaba en ejercicios y pasaba todo el día en estos placeres inexplicables, a cuya vista me parecía no tener ya otra cosa que hacer, sino ir prontamente a gozarlos. Pero me manifestaron que había echado mal mis cuentas estas palabras que oí:

«En vano así tu corazón suspira
por ir, cual crees, a la Eterna Luz;
que nunca debe, quien al Cielo aspira,
buscar otro camino que la Cruz.»

A continuación de esto, puso ante mis ojos todo cuanto tenía yo que sufrir durante el curso de mi vida. Se estremeció todo mi cuerpo, aunque no lo comprendí entonces por la pintura, como lo he comprendido después por los efectos, que se siguieron.

Preparábame para hacer mi confesión anual con una ansiedad grande de conocer mis pecados, y mi Divino Maestro me dijo:

«¿Por qué te atormentas? Haz lo que está en tu poder, y Yo supliré lo demás que te falte. Pues nada pido tanto en este Sacramento, como un corazón contrito y humillado, que con voluntad sincera de no desagradarme más se acuse sin doblez. Entonces perdono sin tardanza, y se sigue de ahí una perfecta enmienda.»

Este Espíritu Soberano que obraba en mí independientemente de mí misma, había adquirido un imperio tan absoluto sobre todo mi ser espiritual y aun corporal, que no dependía de mí mover en mi corazón afecto alguno de gozo o de tristeza, sino como a Él le agradaba, ni tampoco dar ocupación a mi espíritu, pues no podía tener otra distinta de la que Él le proponía. Esto me ha hecho estar siempre con un extraño temor de ser engañada, no obstante la seguridad que haya podido recibir en contrario, tanto de Su parte, como de las personas que me guiaban, es decir mis Superioras; pues no me habían dado jamás Director, sino para examinar la conducta del Señor conmigo y aprobarla o desaprobarla con plena libertad. Mi sentimiento era ver que en lugar de sacarme del engaño, en que creía efectivamente hallarme, me engolfaban aún más, tanto mis confesores, como los otros, diciéndome que me abandonara al Poder de ese Espíritu, y me dejara sin reserva conducir por Él, y que, aun cuando hiciese de mí un juguete del demonio, como yo creía, no debía dejar de seguir Sus impulsos.

Hice, pues, mi confesión anual, y terminada me parecía ver y sentirme despojar de mi vestidura y revestirme al mismo tiempo de otra blanca, mientras percibía estas palabras:

«He aquí la estola de la inocencia, con la cual revisto tu alma, a fin de que no viva sino con la Vida de un Hombre-Dios, es decir, que vivas como si no vivieses, dejándome vivir en ti, porque Soy tu Vida y no vivirás sino en Mí y por Mí. Quiero que obres como si no obrases, dejándome obrar en ti y por ti, abandonándome el cuidado de todo. No debes tener voluntad o debes conducirte como si no la tuvieras, dejándome querer por ti en todo y en todas partes.»

Una vez se me presentó este único Amor de mi alma trayendo en una mano el cuadro de una vida, la más feliz que imaginarse pudiera para un alma religiosa, vida llena de paz, de consolaciones interiores y exteriores, de una santidad perfecta unida al aplauso y estimación de las criaturas, y otras cosas agradables a la naturaleza. En la otra mano traía otro cuadro, el de una vida siempre pobre y abyecta, siempre crucificada por las humillaciones, desprecios y contradicciones de todo género, siempre sufriendo en el cuerpo y en el espíritu. Púsome delante las dos vidas y me dijo:

«Elige, hija Mía, la que más te agradare; Yo te haré los mismos favores, ora elijas una, ora la otra.»

Me postré a Sus Pies para adorarle y le dije: «¡Oh, Señor mío! Nada quiero sino a Vos mismo y la elección, que Vos hagáis para mí.» Y después de haberme instado mucho para que eligiese: «Vos me bastáis, Dios mío, añadí; elegid para mí, la que más haya de glorificaros, sin miramiento alguno a mis intereses y satisfacciones. Contentaos Vos mismo y esto me basta.»

Entonces me dijo que había elegido con Magdalena la mejor parte, y jamás me sería arrebatada, porque Él seria para siempre mi herencia. Y presentándome el cuadro de la Crucifixión:

«He ahí, —me dijo—, el que he elegido para ti y el que más Me agrada, ya para el cumplimiento de Mis Designios, ya para hacerte semejante a Mí. El otro es el de una vida de gozos y no de méritos: es para la eternidad.»

Acepté, pues, aquel cuadro de muerte y de crucifixión, besando la Mano que me le alargaba. Aunque gimió la naturaleza, le abracé con todo el afecto de que era capaz mi corazón, y al apretarlo contra mi pecho, le sentí impreso en mí con tal viveza, que no me parecía ser yo misma otra cosa, sino un compuesto de todo cuanto en él había visto representado.

De tal modo me encontré cambiada en la disposición de mi espíritu, que no me conocía. Dejé, sin embargo, el juicio de todo a mi Superiora, a quien nada podía ocultar, ni tampoco omitir cosa alguna de cuantas me mandaba, con tal que me viniese ordenado inmediatamente por ella. Pues el Espíritu que me poseía, me hacía sentir repugnancias espantosas, cuando en semejantes casos quería guiarme por el consejo de otras, porque me había prometido dar siempre a la Superiora la luz necesaria para guiarme según Sus Designios.

Las mayores gracias y los favores inexplicables de Su Bondad, los recibía en la Santa Comunión y durante la noche, especialmente en la del jueves al viernes. En una de estas ocasiones el Señor me advirtió que Satanás había pedido permiso para probarme en el fuego de las contradicciones y humillaciones, de las tentaciones y abandonos como el oro en el crisol, y Él se lo había concedido, exceptuando las tentaciones contra la pureza, pues no quería que me diese jamás pena alguna en semejante materia, porque odia la impureza tan intensamente, que jamás le había querido permitir en mí el más mínimo ataque; pero respecto a todas las otras tentaciones debía estar muy prevenida, especialmente contra las de orgullo, desesperación y gula, a la cual tenía yo más horror que a la muerte. Me aseguró, sin embargo, que nada debía temer, porque Él estaría como muro inexpugnable dentro de mi miseria, que combatiría por mí, me circundaría con Su Omnipotencia para que no sucumbiese, y se haría Él mismo el Precio de mis victorias; pero era preciso que yo velara continuamente sobre todo lo exterior, pues del interior Él se reservaba la custodia.

No tardé mucho en oír las amenazas de mi perseguidor. Presentóse delante de mí en forma de un moro horrible, con los ojos centelleantes como dos carbones, rechinando los dientes y diciéndome: «Yo me apoderaré de ti, ¡oh maldita!, y si consigo tenerte una vez en mis manos, te daré bien a conocer lo que sé obrar; yo te dañaré en todo.» Aunque me amenazó de otras mil maneras, nada de esto me preocupaba lo más mínimo; ¡tan fortalecida me sentía en mi interior! Me parecía que no habría temido ni a todos los furores del infierno por la grande fuerza que sentía dentro de mí, debida a la virtud de un pequeño Crucifijo, al cual había dado mi Soberano Libertador el poder de alejar de mí todos los furores infernales. Siempre le llevaba sobre mi corazón de día y de noche, y recibí de él grandes socorros.

Se me asignó por ocupación la enfermería. Sólo Dios pudo conocer lo que allí me fue preciso sufrir, ora por parte de mi natural pronto y sensible, ora por parte de las criaturas y del demonio. Éste me hacía con frecuencia caer y romper cuanto tenía en las manos, y después se burlaba de mí riéndose a veces en mi misma cara. «¡Oh, la torpe! —me decía—, jamás harás cosa de provecho.» Esto me ponía en tal tristeza y abatimiento, que no sabía qué hacerme. Pues con frecuencia me quitaba el poder de decírselo a nuestra Madre, porque al maligno espíritu la obediencia le abate y debilita todas sus fuerzas.

Una vez me arrojó desde lo alto de una escalera; llevaba yo en las manos un hornillo lleno de fuego, y sin que éste se derramase, ni yo recibiese daño alguno, me encontré abajo, si bien cuantos lo presenciaron, creyeron que me había roto las piernas; pero al caer me sentí sostenida por mi fiel Ángel custodio. Pues tenía la dicha de gozar frecuentemente de su presencia, y de ser también frecuentemente por él reprendida y corregida. En cierta ocasión que quise entrometerme a hablar del matrimonio de una parienta, me dio a conocer cuán indigno era esto de un alma religiosa, y con tal severidad me reprendió, que me dijo me ocultaría su faz, si volvía a mezclarme en esta clase de asuntos. No podía él tolerar la menor inmodestia o falta de respeto en la Presencia de mi Maestro Soberano, ante el cual le veía postrado en el suelo y quería que yo hiciese lo mismo. Lo hacía así con la mayor frecuencia que me era posible, y no hallaba postura más agradable a mis continuos padecimientos de cuerpo y de espíritu, por ser la más conforme a mi nada. Jamás perdía ésta de vista y me sentía en ella abismada, ya me hallase entre penas o entre goces, sin que en estos pudiera gustar de placer alguno.

Pues la Santidad de Amor me impulsaba con tal violencia hacia el sufrimiento, para darle algo en retorno, que no podía hallar reposo más dulce que el de ver mi cuerpo agobiado por los dolores, mi espíritu por toda suerte de desamparos y todo mi ser por las humillaciones, desprecios y contradicciones. No me faltaban, por un favor de Dios, el cual no podía dejarme sin penas ya interiores, ya exteriores. Y cuando disminuía este saludable alimento, me era preciso buscar otro en la mortificación, proveyéndome de abundante materia para ello mi natural sensible y orgulloso. No quería mi Soberano Maestro que dejase perder en esto ocasión alguna, y si me acontecía perderla, a causa de la gran violencia que necesitaba hacerme para vencer mis repugnancias, me lo hacía pagar doblado. Cuando deseaba algo de mí, me constreñía a ejecutarlo tan vivamente que me era imposible resistir, y por haber querido intentarlo muchas veces, he tenido mucho que padecer. Me cogía por todo lo más opuesto a mi natural y contrario a mis inclinaciones, y quería que avanzase siempre contra la corriente.

Era tan sumamente delicada, que la menor suciedad me revolvía el estómago. Tan severamente me corrigió en este punto, que queriendo limpiar el vómito de una enferma, no pude librarme de hacerlo con mi lengua, y tragarlo diciéndole: «Si tuviera mil cuerpos, mil amores, mil vidas, las inmolaría por sujetarme a Vos.» Hallé desde luego tantas delicias en esta acción, que habría deseado encontrar todos los días otras semejantes para aprender a vencerme sin tener otro testigo que Dios. Pero Su Bondad, a quien únicamente soy deudora de la fuerza con que me vencí, no dejó de significarme el placer que en ello había recibido; pues la noche siguiente, si mal no recuerdo, me tuvo unas dos o tres horas con la boca pegada a la Llaga de su Sagrado Corazón. Me sería muy difícil explicar lo que entonces sentí, y los efectos que produjo esta gracia en mi corazón y en mi alma. Pero lo dicho basta para dar a conocer la gran Bondad y Misericordia de Dios con una tan miserable criatura.

No quería disminuir en nada mi sensibilidad y mis repugnancias, ya para honrar las que Él había tenido a bien sentir en el Huerto de las Olivas, ya para darme materia de humillaciones y de triunfos. Mas, ¡ay de mí, que no soy fiel y caigo con frecuencia! Y Él parecía a veces gozar con esto, sea por confundir mi orgullo, sea por fundarme en la propia desconfianza, viendo que sin Él no podía obrar sino lo malo y dar continuas caídas sin poder levantarme. Entonces el Soberano Bien de mi alma venía en mi ayuda, y cual un buen Padre me tendía Sus amorosos brazos diciéndome:

«Conoces, al fin, con claridad que nada puedes sin Mí.»

Con esto me derretía en afectos de gratitud hacia tan amorosa Bondad; me sentía conmovida hasta derramar lágrimas al ver que no se vengaba de mis pecados e infidelidades, sino con los excesos de Su Amor, con los cuales parecía combatir mis ingratitudes. Me las ponía a veces delante de mis ojos juntamente con la multitud de Sus Gracias, reduciéndome a la imposibilidad de hablarle más que con mis lágrimas, sufriendo entonces lo inexplicable. Así se divertía con Su indigna esclava este Divino Amor.

Un día, que había manifestado algo de la repugnancia que sentía mi corazón, sirviendo a una enferma de disentería, me reprendió por ello con tal aspereza, que para reparar mi falta me vi constreñida…[1] «¡Oh, Señor mío! lo hago para agradaros y ganar Vuestro Divino Corazón; espero que no me le rehusaréis. ¡Mas cuánto no habéis hecho Vos, Señor mío, por ganar el de los hombres, y, sin embargo, Os le niegan y Os arrojan de él con tanta frecuencia!»

«Es cierto, hija Mía, que Mi Amor Me ha hecho sacrificarlo todo por ellos, sin que nada Me devuelvan en cambio; pero quiero que suplas su ingratitud con los méritos de Mi Sagrado Corazón. Yo te le quiero dar, mas antes es menester que te constituyas Su víctima de inmolación, para que por Su medio apartes los castigos que la Justicia Divina de Mi Padre, armada de cólera, quiere ejecutar en una comunidad religiosa, a la cual va a reprender y corregir llevado de Su Justo Enojo.»

Me la dio a conocer al mismo tiempo, así como las faltas particulares que Le habían irritado, y todo cuanto me era preciso sufrir para apagar Su Justa Cólera.

Todo mi ser se estremeció entonces, y no tuve valor para ofrecerme al sacrificio. Respondí, pues, que no siendo dueña de mí misma, no podía hacerlo sin el consentimiento de la obediencia, y el temor de que se me obligase a ejecutarlo, me hizo negligente en pedirlo; mas Él me perseguía sin tregua y no me dejaba momento de reposo. Yo me deshacía en lágrimas, y al fin me vi obligada a manifestárselo todo a mi Superiora, la cual, viendo mi pena, me dijo que me sacrificara sin reserva en todo cuanto de mí se deseaba. Mas, Dios mío, entonces precisamente se redobló aun con mayor violencia mi pena, porque no tenía valor para decir el sí, y perseveraba en mi resistencia.

________________________
[1] La delicadeza del mundo no podría soportar la relación, que por obediencia hizo de esto nuestra Beata. Fue necesario que interviniera el mismo Señor para contenerla en el exceso de su mortificación.

Fuente:
http://sacredheartchurchaustin.org/documents/2016/5/1080021338.PDF 

Publicado en Mensajes | Etiquetado | Deja un comentario

“No sólo quiero que hagas cuanto te manden tus Superioras, sino más aún, que nada hagas, de cuanto Yo te ordenare, sin su consentimiento”

A U T O B I O G R A F Í A  
DE  LA  B.  MARGARITA MARÍA ALACOQUE

IV

PROFESIÓN — PRIMERAS MANIFESTACIONES
DEL CORAZÓN DIVINO

CONSEGUIDO el tan deseado bien de la santa Profesión, en el día mismo que la hice quiso mi Divino Maestro recibirme por Su esposa; pero de una manera imposible de explicar.

Sólo diré que me hablaba y trataba como si estuviera en el Tabor, siéndome esto más duro que la muerte, por no ver en mí conformidad alguna con mi Esposo, al cual miraba desfigurado por completo y desgarrado sobre el Calvario. Pero Él me dijo:

«Déjame hacer cada cosa a su tiempo, pues quiero que seas ahora el entretenimiento de Mi Amor, el cual desea divertirse contigo a Su placer, como lo hacen los niños con sus muñecos. Es menester que te abandones así sin otras miras ni resistencia alguna, dejándome hallar Mi consiento a tus expensas; pero nada perderás en ello.»

Me prometió no alejarse de mí jamás, diciéndome:

«Está siempre pronta y dispuesta a recibirme, porque quiero en adelante hacer en ti Mi morada, para conversar y entretenerme contigo.»

Desde este momento me favoreció con Su Divina Presencia; pero de un modo, cual no lo había experimentado hasta entonces, pues nunca había recibido una gracia tan grande, a juzgar por los efectos obrados siempre en mí desde este día. Le veía, Le sentía cerca de mí y Le oía mucho mejor que con los sentidos corporales, mediante los cuales hubiera podido distraerme para desviarme de Él; pero a esto no podía poner obstáculo alguno, no teniendo en ello ninguna participación.

Me infundió un anonadamiento tan profundo que me sentí súbitamente como caída y perdida en el abismo de mi nada, del que no he podido ya salir por respeto y homenaje a esta infinita Grandeza, ante la cual quería estar siempre postrada con el rostro en tierra o de rodillas. Hasta ahora lo he hecho, en cuanto mis ocupaciones y debilidad han podido permitírmelo, pues Él no me dejaba reposar en una postura menos respetuosa, y no me atrevía a sentarme, a no ser cuando me hallaba en presencia de alguna persona, por la consideración de mi indignidad, la cual Él me hacía ver tan grande, que no osaba presentarme a nadie sino con extraña confusión, y deseando que no se acordasen de mí, sino para despreciarme, humillarme e injuriarme, porque sólo eso merecía. Gozaba tanto este único Amor de mi alma en verme tratar así, que, contra la sensibilidad de mi natural orgulloso, no me dejaba hallar gusto entre las criaturas, sino en las ocasiones de contradicción, de humillación y de abyección. Eran éstas mi manjar delicioso, el cual nunca ha permitido Él que me faltase, ni jamás me decía: «Basta».

Antes, al contrario, suplía Él mismo la falta de parte de las criaturas o de mí misma; pero ¡Dios mío!, era de un modo mucho más sensible, cuando os mezclabais Vos en ello, y sería demasiado larga mi explicación.

Me honraba con Sus conversaciones; unas veces cual si fuera un Amigo o un Esposo el más apasionado, otras cual un Padre herido de amor por Su hijo único, otras, en fin, bajo formas diferentes. Callo los efectos que producía esto en mí. Diré solamente que me hizo ver en Él dos Santidades, la una de Amor y la otra de Justicia; ambas rigurosísimas a Su manera, y ambas se ejercerían continuamente sobre mí. La primera me haría sufrir una especie de purgatorio dolorosísimo y difícil de soportar, para alivio de las santas almas en él detenidas, a las cuales permitiría dirigirse a mí, según Su beneplácito.

Y la Santidad de Justicia, tan terrible y espantosa para los pecadores, me haría sentir todo el peso de Su Justo Rigor, atormentándome en beneficio de los mismos y «particularmente, —me dijo—, de las almas que Me están consagradas, por cuya causa te haré ver y sentir de aquí en adelante lo que te convendrá sufrir por Mi Amor.»

Mas Vos, Dios mío, que conocéis mi ignorancia e impotencia para explicar cuanto ha pasado después entre Vuestra Soberana Majestad y Vuestra miserable e indigna esclava, por los efectos siempre activos de Vuestro Amor y de Vuestra Gracia, dadme el medio de poder decir algo de lo más inteligible y sensible, y capaz de hacer ver hasta qué exceso de liberalidad ha ido Vuestro Amor hacia un objeto tan miserable e indigno.

Mas como nada ocultaba a mi Superiora y Maestra, aunque muchas veces no comprendiese yo misma lo que les estaba diciendo, me hicieron ellas conocer que iba por caminos extraordinarios impropios de las hijas de Santa María. Esto me afligió mucho y fue causa de no dejar género de resistencia, que no hiciese para separarme de tales caminos. Mas era en vano, porque este Espíritu había adquirido tal imperio sobre el mío, que no podía ya disponer de éste, ni tampoco de mis otras potencias interiores, las cuales tenía absortas en Él. Me esforzaba cuanto podía por seguir el método de oración, que me enseñaban, con las otras prácticas; pero nada quedaba en mi espíritu. Por más que leía los puntos de mi oración se desvanecía todo, y no me era posible entender, ni retener nada, fuera de lo que me enseñaba mi Divino Maestro. Esto me hacia sufrir mucho, porque se destruían en mí, en cuanto era posible, todas Sus operaciones, y sin embargo, se me ordenaba hacerlo así. De este modo, siguiendo exactamente cuánto la obediencia me mandaba, combatía contra Él con todas mis fuerzas para sustraerme a Su Poder, que hacía inútil el mío.

Quejábame a Él diciéndole: «Y bien, mi Soberano Maestro, ¿por qué no me dejáis en el camino ordinario de las hijas de Santa María? ¿Me habéis traído a vuestra santa Casa para perderme? Dad esas gracias extraordinarias a las almas escogidas, las cuales sabrán corresponderos y glorificaros mejor que yo, que sólo sé resistiros. No quiero sino Vuestro Amor y Vuestra Cruz, y esto me basta para ser una buena religiosa, que es todo cuanto deseo.» Y Él me respondió:

«Combatamos, hija Mía, lo admito gustoso, y veremos quién conseguirá la victoria, si el Criador o la criatura, la fuerza o la debilidad, la Omnipotencia o la impotencia; pero el que sea vencedor, lo será para siempre.»

Púsome esto en una confusión extrema, durante la cual me dijo:

«Sabe que no Me has ofendido con esas luchas y oposiciones que Me has hecho por obediencia, por la cual di Mi Vida; pero quiero enseñarte que Soy el Dueño absoluto de Mis dones y de Mis criaturas, y que nada podrá impedirme cumplir Mis Designios. Por lo cual no sólo quiero que hagas cuanto te manden tus Superioras, sino más aún, que nada hagas, de cuanto Yo te ordenare, sin su consentimiento; porque amo la obediencia y sin ella no se Me puede agradar.»

Quedó con esto complacida mi Superiora y me ordenó abandonarme en brazos del Divino Poder, lo cual hice con grande gozo, y sintiendo súbitamente paz en mi alma, que estaba sufriendo una tiranía cruel.

Me pidió, después de Comulgar, que le reiterase el sacrificio ofrecido ya, de mi libertad y de todo mi ser; lo hice con toda mi alma diciéndole: «Con tal que no hagáis, mi Soberano Maestro, aparecer nunca en mí nada de extraordinario, a no ser lo que pueda causarme mayor humillación y desprecio delante de las criaturas y destruirme en su estimación; pues, ¡ay de mí!, conozco, Dios mío, mi flaqueza, temo haceros traición y que no estén seguros en mí Vuestros dones.»

«Nada temas, hija Mía, —me dijo—, todo lo arreglaré, porque Yo mismo seré el Custodio y te haré impotente para resistirme.»

—«¿Y qué, Dios mío, me dejareis vivir siempre sin sufrir?»

Se me mostró inmediatamente una gran Cruz, cuya extremidad no podía ver; pero toda ella estaba cubierta de flores:

«He ahí el lecho de Mis castas esposas, —me dijo—, donde te haré gustar las delicias de Mi Amor: poco a poco irán cayendo esas flores, y sólo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas que tendrás necesidad de toda la fuerza de Mi Amor para soportar el sufrimiento.»

Regocijáronme en extremo estas palabras, pensando que no habría jamás penas, humillaciones, ni desprecios suficientes a extinguir mi ardiente sed de padecer, ni podría hallar yo mayor sufrimiento que la pena de no sufrir lo bastante, pues no dejaba de estimularme Su Amor de día ni de noche. Pero me afligían las dulzuras: deseaba la Cruz sin mezcla, y habría querido por esto ver siempre mi cuerpo agobiado por las austeridades y el trabajo. Tomaba de éste cuanto mis fuerzas podían soportar, porque no me era posible vivir un instante sin sufrimiento. Cuanto más sufría, más contentaba a la Santidad de Amor, la cual había encendido en mi corazón tres deseos, que me atormentaban incesantemente: el uno de sufrir, el otro de amarle y comulgar, el tercero de morir para unirme con Él.

No me cuidaba ya de tiempos ni de lugares, desde que me acompañaba a todas partes mi Soberano. Me hallaba indiferente para todas las disposiciones que acerca de mí pudieran tomarse: el estar bien segura de que Él se había entregado a mí sin mérito alguno de mi parte y sólo por Su pura Bondad, y por consiguiente nadie podría quitármelo, me hacía vivir contenta en todas partes. Experimenté esto, cuando se me obligó a hacer los ejercicios de mi profesión guardando en el jardín una asnilla con su pollino, los cuales no poco ejercitaban mi paciencia, porque no se me permitía atarla, y se quería que la retuviese en un pequeño ángulo antes señalado, por temor de que no causaran daño alguno, y no hacían sino correr. No hallaba momento de reposo hasta el toque del Ángelus de la tarde, que iba a cenar, y aun después volvía al establo, donde empleaba parte del tiempo de los Maitines en darle su pienso.

Tal era mi gusto en esta ocupación, que no me sentiría inquieta aunque hubiera de durarme toda la vida. Tan fiel compañero hallaba en mi Soberano, que para nada me impedían cuantas carreras me era preciso dar. Pues allí fue donde recibí tan grandes favores, cual nunca los había experimentado semejantes; sobre todo aquel en que me dio conocimientos acerca del Misterio de Su Sagrada Pasión y Muerte. Pero su descripción es un abismo, y la suprimo por no hacerme interminable. Diré solamente que me inflamó tanto en amor de la Cruz, que no puedo vivir un instante sin sufrir; pero sufrir en silencio, sin consuelo, alivio ni compasión, y morir con el Soberano de mi alma, agobiada bajo la Cruz de toda clase de oprobios, humillaciones, olvidos y desprecios. Este amor me ha durado toda mi vida, y la he pasado toda entera, gracias a Su Misericordia, en este género de ejercicios del puro amor. Él ha tenido siempre el cuidado de proveerme con abundancia de estos manjares tan deliciosos a Su paladar, que jamás dice: «Basta.»

Una vez me dio esta lección mi Divino Maestro con motivo de una falta cometida por mí:

«Sabe, —me dijo—, que Soy un Maestro Santo, y enseño la Santidad. Soy Puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en Mi Presencia con simplicidad de corazón e intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que, si el exceso de Mi Amor Me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte a Mi manera y según Mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que, si Soy Manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades.»

Bien me lo ha hecho experimentar durante toda mi vida; porque puedo decir que no me ha dejado pasar la más pequeña falta, por poco de propia voluntad o de negligencia que hallare en ella, sin reprenderme y castigarme, aunque siempre según Su infinita Bondad y Misericordia. Confieso, sin embargo, que nada era para mí más doloroso y terrible que verle incomodado contra mí, aunque fuese poco. En su comparación nada me parecían los demás dolores, correcciones y mortificaciones; y así iba inmediatamente a pedir penitencia, pues se contentaba con las impuestas por la obediencia.

Lo que más severamente me reprendía, era las faltas de respeto y atención delante del Santísimo Sacramento, en particular en las horas de oración y del Oficio Divino, las de rectitud y pureza de intención en ellos y la vana curiosidad. Aunque Sus Ojos puros y perspicaces descubren el más mínimo defecto de caridad y humildad para reprenderlos con rigor, nada es, sin embargo, comparable ante ellos con la falta de obediencia, ya sea a los superiores, ya a las reglas: la menor réplica a los Superiores con señales de repugnancia le es insoportable en un alma religiosa.

«Te engañas, —me decía—, creyendo que puedes agradarme con esa clase de acciones y mortificaciones, en las cuales la voluntad propia, hecha ya su elección, más bien que someterse, consigue doblegar la voluntad de las Superioras. ¡Oh!, sabe que rechazo todo eso como fruto corrompido por el propio querer, el cual en un alma religiosa Me causa horror; y Me gustaría más verla gozando de todas sus pequeñas comodidades por obediencia, que martirizándose con austeridades y ayunos por voluntad propia.»

Y así cuando me ocurre hacer una de esas mortificaciones y penitencias por propia elección, sin orden Suya o de mis Superioras, no me permite siquiera ofrecérselas, y me corrige imponiéndome la pena, como lo hace con las demás faltas, cada una de las cuales tiene la suya particular en este purgatorio, en que me purifica para hacerme menos indigna de Su Divina Presencia, comunicación y operaciones; pues Él es quien todo lo hace en mí.

Un día que tomaba disciplina, al terminar el Ave maris stella, que era el tiempo concedido para esto, me dijo: «He ahí Mi parte,» y prosiguiendo yo, «He ahí la del demonio —añadió— lo que haces ahora:» Lo cual me hizo cesar al momento. Otra vez, tomándola por las almas del Purgatorio, desde el instante en que quise traspasar los límites permitidos, me rodearon éstas quejándose de que descargaba sobre ellas los golpes. Por esto me resolví a morir antes de traspasar, por poco que fuera, los límites de la obediencia; pues, después de todo, me obligaba a hacer penitencia por ello. Pero nada encontraba difícil, porque todavía en esa época tenía Él anegado en las dulzuras de Su Amor, todo el rigor de mis penas y sufrimientos. Pedíale con frecuencia que apartara de mí tales dulzuras, para dejarme gustar con placer las amarguras de Sus angustias, abandonos, agonías, oprobios y demás tormentos; mas respondíame que debía someterme con indiferencia a todas Sus varias disposiciones y nunca dictarle leyes:

«Yo te haré comprender en adelante que Soy un sabio y prudente Director, y sé conducir sin peligro las almas, cuando se abandonan a Mí, olvidándose de sí mismas.»

Un día, que me hallaba un poco más libre, pues las ocupaciones de la obediencia apenas me dejaban reposar, estando delante del Santísimo Sacramento, me encontré toda penetrada por esta Divina Presencia; pero tan fuertemente, que me olvidé de mí misma y del lugar en que estaba, y me abandoné a este Espíritu entregando mi corazón a la fuerza de Su Amor. Me hizo reposar por muy largo tiempo sobre Su Pecho Divino, en el cual me descubrió todas las maravillas de Su Amor y los secretos inexplicables de Su Corazón Sagrado, que hasta entonces me había tenido siempre ocultos. Aquí me los descubrió por vez primera; pero de un modo tan operativo y sensible, que, a juzgar por los efectos producidos en mí por esta gracia, no me deja motivo alguno de duda, a pesar de temer siempre engañarme en todo cuanto refiero de mi interior. He aquí cómo me parece haber sucedido esto: Él me dijo:

«Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros que te descubro, y los cuales contienen las Gracias Santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo obra Mía.»

Me pidió después el corazón, y yo le supliqué que le tomase. Le cogió e introdujo en Su Corazón adorable, en el cual me le mostró como un pequeño átomo que se consumía en aquel Horno encendido. Le sacó de allí cual si fuera una llama ardiente en forma de corazón, y volvióle a poner en el sitio de donde le había cogido, diciéndome:

«He ahí, Mi muy amada, una preciosa prenda de Mi Amor, el cual encierra en tu pecho una pequeña centella de Sus vivas Llamas para que te sirva de corazón, y te consuma hasta el postrer momento. No se extinguirá Su ardor, ni podrá encontrar refrigerio a no ser algún tanto en la sangría, cuya sangre marcaré de tal modo con Mi Cruz, que en vez de alivio te servirá de humillación y sufrimiento. Por esto quiero que la piadas con sencillez, ya para cumplir la regla, ya para darte el consuelo de derramar tu sangre sobre la cruz de las humillaciones. Y por señal de no ser pura imaginación la grande Gracia, que acabo de concederte, y sí el fundamento de todas las que te he de hacer aún, te quedará para siempre el dolor de tu costado, aunque he cerrado Yo mismo la llaga; y si tú no te has dado hasta el presente otro nombre que el de Mi esclava, Yo te doy desde ahora el de discípula muy querida de Mi Sagrado Corazón.»

Después de un favor tan grande, y que duró por tan largo espacio de tiempo sin saber si estaba en el Cielo o en la Tierra, quedé por muchos días como abrasada toda y embriagada y tan fuera de mí, que no podía reponerme para hablar, sino haciéndome violencia; y era tanto lo que me necesitaba violentar para recrearme y comer, que llegaba al extremo de agotar mis fuerzas para sobreponerme a la pena, causándome esto una humillación profunda. Tampoco podía dormir, porque la llaga, cuyo dolor me es tan grato, engendra en mí tan vivos ardores, que me consume y me abrasa viva.

Era tal la plenitud de Dios, que en mí sentía, que no me era posible explicárselo a mi Superiora, como lo habría deseado y hecho, no obstante la pena y confusión que me causan semejantes favores, cuando los refiero, por mi grande indignidad, la cual me obligaría a elegir antes mil veces el publicar mis pecados en presencia de todo el mundo. Y hubiera experimentado una consolación grande, si se me hubiese permitido hacer públicamente mi confesión general en el refectorio, para poner de manifiesto mi gran fondo de corrupción, a fin de que nada se me atribuyera de los favores recibidos.

________________________
Fuente:
http://sacredheartchurchaustin.org/documents/2016/5/1080021338.PDF

Publicado en Mensajes | Etiquetado | Deja un comentario

VIGILIA DE PENTECOSTÉS

Apariciones de Jesús y María

Tomado del libro: LA BRISA DEL SEGUNDO PENTECOSTÉS
Escrito por: Bernabé Nwoye

Bernabé Nwoye_La Brisa del Segundo PentecostésBernabé Nwoye – La Brisa del Segundo Pentecostés (2013)

INTRODUCCIÓN:

Este libro, La Brisa del Segundo Pentecostés está orientado para responder al llamado de Nuestro Señor Jesucristo hacia el reavivamiento del Espíritu de Pentecostés entre sus hijos. “Hoy”, dijo Jesús —(tomado del Mensaje de la Preciosa Sangre)— “Vengo a hacer un llamado para la restauración del Espíritu de Pentecostés entre Mi pueblo, a través de esta Santa Devoción a Mi Sangre. Estoy haciendo este llamado para preparar al mundo para el Segundo Pentecostés. Este Segundo Pentecostés es la manifestación del Glorioso Reino que todos ustedes están esperando. El Espíritu conducirá a todos los hombres a hablar el lenguaje del amor, que todos pueden escuchar. Esto será así, porque el fuego del amor se encenderá en los corazones de todos los hombres en ese tiempo. Recuerden que les…

Ver la entrada original 4.392 palabras más

Publicado en Mensajes | Deja un comentario

“El Altísimo Me ha permitido invitarlos de nuevo a la conversión.”

Medjugorje, Bosnia-Herzegovina
Mensajes de la Reina de la Paz

Mensaje, 25 de Mayo de 2017
Vidente Marija

“Queridos hijos, el Altísimo Me ha permitido invitarlos de nuevo a la conversión. Hijitos, abran sus corazones a la gracia a la que están todos invitados. Sean testigos de la paz y del amor en este mundo inquieto. Su vida aquí en la Tierra es pasajera. Oren para que a través de la oración anhelen el Cielo y las cosas del Cielo, y sus corazones verán todo de manera diferente. No están solos, Yo estoy con ustedes e intercedo ante Mi Hijo Jesús por ustedes.

¡Gracias por haber respondido a Mi llamado!”


Mensaje,
2 de Junio de 2017
Vidente Mirjana

“Queridos hijos, como en otros lugares donde he venido, también aquí los llamo a la oración. Oren por aquellos que no conocen a Mi Hijo, por aquellos que no han conocido el Amor de Dios; contra el pecado; por los consagrados: por aquellos que Mi Hijo ha llamado a tener amor y espíritu de fortaleza para ustedes y para la Iglesia. Oren a Mi Hijo, y el amor que experimentan por Su cercanía, les dará fuerza y los dispondrá para las obras de amor que ustedes harán en Su Nombre.

Hijos Míos, estén preparados: ¡Este tiempo es un momento crucial! Por eso Yo los llamo nuevamente a la fe y a la esperanza. Les muestro el camino a seguir: el de las palabras del Evangelio. Apóstoles de Mi amor, el mundo tiene mucha necesidad de sus manos alzadas al Cielo, hacia Mi Hijo y hacia el Padre Celestial. Es necesaria mucha humildad y pureza de corazón. Confíen en Mi Hijo y sepan ustedes que siempre pueden ser mejores. Mi Corazón materno desea que ustedes, apóstoles de Mi amor, sean pequeñas luces del mundo; que iluminen allí donde las tinieblas desean reinar: que con su oración y amor muestren el camino correcto, y salven almas. Yo estoy con ustedes.

¡Les doy las gracias!”

*******


 

Publicado en Mensajes | Etiquetado | Deja un comentario

En Preparación para la Vigilia de Pentecostés

ROSARIO DEL ESPÍRITU SANTO
Este Rosario tiene 7 Misterios y 7 cuentas en cada Misterio.

“Profetiza al Espíritu, profetiza, hijo de hombre. Dirás al Espíritu:
Así dice el Señor Yahveh: Ven, Espíritu, de los cuatro vientos,
y sopla  sobre estos muertos para que vivan.”
(Ez. 37, 9)

La Señal de La Cruz

 Por la Señal de la Santa Cruz,
 de nuestros enemigos,
 líbranos, Señor, Dios nuestro.

 En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

El Credo

Creo en Dios, / Padre Todopoderoso, / Creador del Cielo y de la Tierra. / Creo en Jesucristo,  Su Único Hijo, nuestro Señor, / que fue concebido por Obra y Gracia del Espíritu Santo, / nació de Santa María Virgen, / padeció bajo el poder de Poncio   Pilato, / fue crucificado, muerto y sepultado, / descendió a los infiernos / y al tercer día, resucitó de entre los muertos; / subió a los Cielos / y está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso. / Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. / Creo en el Espíritu Santo, / en la Santa Iglesia Católica, / en la Comunión de los Santos, / en el perdón de los pecados, / en la resurrección de la carne / y en la vida eterna. / Amén.


VEN, ESPÍRITU CREADOR 

Ven, Espíritu Creador,
de los Tuyos, la mente a visitar,
a encender en Tu Amor los corazones,
que de la nada Te gustó crear.

Tú, que eres el gran Consolador
y Don Altísimo de Dios;
Fuente Viva y Amor,
Fuego Ardiente y Espiritual Unción.

Tú, tan Generoso en dádivas,
Tú, Poder de la Diestra Paternal;
Tú, Promesa Magnífica del Padre,
que el torpe labio vienes a soltar.

Con Tu Luz ilumina los sentidos,
los afectos inflama con Tu Amor;
con Tu Fuerza invencible fortifica
la corpórea flaqueza y corrupción.

Lejos expulsa al pérfido enemigo,
danos pronto Tu Paz;
siendo Tú nuestro Guía,
toda culpa logremos evitar.

Denos Tu Influjo conocer al Padre;
denos también al Hijo conocer,
y en Ti, Santo Espíritu del Uno y Otro,
para siempre creer.

A Dios Padre, alabanza, honor y gloria,
con el Hijo que un día Resucitó,
y a Ti, Abogado y Consuelo del Cristiano,
por los siglos se rinda admiración.
Amén.


1º MISTERIO
El Espíritu Santo hizo Inmaculada a María
desde Su Misma Concepción,
y La Santificó con la Plenitud de la Gracia:

“A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María, ‘Llena de Gracia’ por Dios, había sido redimida desde Su Concepción. Es lo que confiesa el Dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1865 por el Papa Pío IX…”  (Catecismo de la Iglesia Católica, 491).

En las cuentas grandes del Padre Nuestro:

R:  ¡Padre, Padre! Envíanos al Paráclito prometido por nuestro Señor Jesucristo.

En las cuentas pequeñas se repite SIETE VECES:

V:  ¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de Tus fieles.
R:  Y enciende en ellos el Fuego de Tu Amor. (En la séptima invocación se añade): Envía Tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás la faz de la Tierra.

  • Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo… (Inclinando la cabeza)


2º MISTERIO
Jesús es Concebido por Obra del Espíritu Santo
en el Seno de María Virgen:
 

“El Espíritu Santo vendrá sobre Ti y el Poder del Altísimo Te cubrirá con Su Sombra; por eso, el que ha de Nacer será Santo y será llamado Hijo de Dios.”  (Lc. 1, 35).

En las cuentas grandes del Padre Nuestro:

R:  ¡Padre, Padre! Envíanos al Paráclito prometido por nuestro Señor Jesucristo.

En las cuentas pequeñas se repite SIETE VECES:

V:  ¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de Tus fieles.
R:  Y enciende en ellos el Fuego de Tu Amor. (En la séptima invocación se añade): Envía Tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás la faz de la Tierra.

  • Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo… (Inclinando la cabeza)


3º MISTERIO
Jesús es Consagrado Mesías por
el Espíritu Santo
en el Jordán:

“Jesús, ya bautizado, se hallaba en oración, cuando se abrió el Cielo, bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y llegó una Voz del Cielo: ‘Tú eres Mi Hijo; hoy Te He Engendrado.’ ” (Lc. 3, 21-22).

En las cuentas grandes del Padre Nuestro:

R:  ¡Padre, Padre! Envíanos al Paráclito prometido por nuestro Señor Jesucristo.

En las cuentas pequeñas se repite SIETE VECES:

V:  ¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de Tus fieles.
R:  Y enciende en ellos el Fuego de Tu Amor. (En la séptima invocación se añade): Envía Tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás la faz de la Tierra.

  • Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo… (Inclinando la cabeza)


4º MISTERIO
Jesús da a los Apóstoles el Espíritu Santo,
para
el perdón de los pecados:

“Jesús les dijo otra vez: ‘La paz con vosotros. Como el Padre Me envió, también Yo os envío.’ Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.’ (Jn. 20, 21-23).

En las cuentas grandes del Padre Nuestro:

R:  ¡Padre, Padre! Envíanos al Paráclito prometido por nuestro Señor Jesucristo.

En las cuentas pequeñas se repite SIETE VECES:

V:  ¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de Tus fieles.
R:  Y enciende en ellos el Fuego de Tu Amor. (En la séptima invocación se añade): Envía Tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás la faz de la Tierra.

  • Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo… (Inclinando la cabeza)


5º MISTERIO
El Padre y Jesús envían el Espíritu
Santo en Pentecostés:

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del Cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas…” (Hch. 2, 1-4).

En las cuentas grandes del Padre Nuestro:

R:  ¡Padre, Padre! Envíanos al Paráclito prometido por nuestro Señor Jesucristo.

En las cuentas pequeñas se repite SIETE VECES:

V:  ¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de Tus fieles.
R:  Y enciende en ellos el Fuego de Tu Amor. (En la séptima invocación se añade): Envía Tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás la faz de la Tierra.

  • Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo… (Inclinando la cabeza)


6º MISTERIO
El Espíritu Santo desciende por primera
vez sobre
los paganos:

“Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios.” (Hch. 10, 44-45).

En las cuentas grandes del Padre Nuestro:

R:  ¡Padre, Padre! Envíanos al Paráclito prometido por nuestro Señor Jesucristo.

En las cuentas pequeñas se repite SIETE VECES:

V:  ¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de Tus fieles.
R:  Y enciende en ellos el Fuego de Tu Amor. (En la séptima invocación se añade): Envía Tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás la faz de la Tierra.

  • Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo… (Inclinando la cabeza)


7º MISTERIO
El Espíritu Santo guía a la Iglesia de todos los tiempos,
dándole
Sus Dones y Carismas:

“A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu Santo para provecho común… Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según Su Voluntad.” (1 Co. 12, 7. 11).

En las cuentas grandes del Padre Nuestro:

R:  ¡Padre, Padre! Envíanos al Paráclito prometido por nuestro Señor Jesucristo.

En las cuentas pequeñas se repite SIETE VECES:

V:  ¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de Tus fieles.
R:  Y enciende en ellos el Fuego de Tu Amor. (En la séptima invocación se añade): Envía Tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás la faz de la Tierra.

  • Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo… (Inclinando la cabeza)


En las tres últimas cuentas del Rosario se reza:

¡Ven, Espíritu Santo! Ven por medio de la Poderosa Intercesión del Inmaculado Corazón de María, Tu Amadísima Esposa. (TRES VECES).


La Salve

Dios Te salve, Reina y Madre de Misericordia, vida y dulzura y esperanza nuestra, Dios Te salve. A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, Abogada nuestra, vuelve a nosotros esos Tus ojos misericordiosos; y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de Tu vientre.
¡Oh, Clemente! ¡Oh, Piadosa! ¡Oh, siempre Dulce Virgen María!

L:  Ruega por nosotros Santa Madre de Dios,
R:  Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo. Amén.

Oración:
¡Divino Espíritu Santo! Yo Te ofrezco todas las Oraciones de la Santísima Virgen y de los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, y a éstas, uno todas mis oraciones, suplicándote que Te apresures a renovar la faz de la Tierra. Amén.


LETANÍA DEL ESPÍRITU SANTO

Señor, ten piedad de nosotros.
         Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.

         Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.

         Señor, ten piedad de nosotros.
Padre, Todopoderoso.

         Ten piedad de nosotros.

Jesús, Hijo Eterno del Padre y Redentor del mundo.
         Sálvanos.
Espíritu del Padre y del Hijo, Vida infinita de Ambos.

         Santifícanos.
Santísima Trinidad.

         Escúchanos.
Espíritu Santo, que procedes del Padre y del Hijo.

         Entra en nuestros corazones.

Promesa de Dios Padre.
         Ten piedad de nosotros.
Rayo de Luz Celestial.

         Ten piedad de nosotros.
Autor de todo lo bueno.

         Ten piedad de nosotros.
Fuente de Agua Celestial.

         Ten piedad de nosotros.
Fuego consumidor.

         Ten piedad de nosotros.
Caridad Ardiente.

         Ten piedad de nosotros.
Unción Espiritual.

         Ten piedad de nosotros.
Espíritu de Amor y de Verdad.

         Ten piedad de nosotros.
Espíritu de Sabiduría y de Entendimiento.

         Ten piedad de nosotros.
Espíritu de Consejo y de Fortaleza.

         Ten piedad de nosotros.
Espíritu de Ciencia y de Piedad.

         Ten piedad de nosotros.
Espíritu de temor de Dios.

         Ten piedad de nosotros.
Espíritu de Gracia y de oración.

         Ten piedad de nosotros.
Espíritu de Paz y de Mansedumbre.

         Ten piedad de nosotros.
Espíritu de Modestia y de Inocencia.

         Ten piedad de nosotros.
Espíritu Santo Consolador.

         Ten piedad de nosotros.
Espíritu Santo Santificador.

         Ten piedad de nosotros.
Don de Dios Altísimo.

         Ten piedad de nosotros.
Espíritu que llenas el universo.

         Ten piedad de nosotros.
Espíritu de adopción de los hijos de Dios.

         Ten piedad de nosotros.

Espíritu Santo.
         Inspíranos horror al pecado.
Espíritu Santo.

         Ven y renueva la faz de la Tierra.
Espíritu Santo.

         Derrama Tu Luz en nuestras almas.
Espíritu Santo.

         Graba Tu Ley en nuestros corazones.
Espíritu Santo.

         Inflámanos con la Llama de Tu Amor.
Espíritu Santo.

         Enséñanos a orar bien.
Espíritu Santo.

         Ilumínanos con Tus celestiales inspiraciones.
Espíritu Santo.

         Inspíranos en la práctica del bien.
Espíritu Santo.

         Concédenos el mérito de todas las Virtudes.
Espíritu Santo.

         Haznos perseverar en la justicia.
Espíritu Santo.

         Sé Tú nuestra Recompensa Eterna.

  • Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo.
             Envíanos Tu Espíritu Santo.
  • Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo.
             Derrama en nuestras almas los Dones del Espíritu Santo
  • Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo.
             Concédenos el Espíritu de Sabiduría y de Piedad.

L:  Ven Espíritu Santo y llena los corazones de Tus fieles.
R:  Y enciende en ellos el fuego de Tu Amor.

Oremos:
Concede, ¡oh, Padre Misericordioso!, que Tu Divino Espíritu nos ilumine, inflame y purifique, que Él pueda penetrar con Su Rocío Celestial y nos haga fecundos de buenas obras, por Nuestro Señor Jesucristo, Tu Hijo, quien vive y reina Contigo, en la unidad del mismo Espíritu, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.


CONSAGRACIÓN AL ESPÍRITU SANTO 

I

¡Ven, Espíritu Santo, Divino Consolador y Huésped de mi alma! Yo Te adoro, Te alabo y Te bendigo. Y me Consagro hoy de nuevo a Ti, para que me invadas con Tu Gracia, ordenes mis facultades y sentidos, me ilumines, fortalezcas, me serenes y bendigas. Amén.

II

Recibe, ¡oh Santo Espíritu de Amor!, la Consagración perfecta y absoluta que Te hago de todo mi ser en este día, para que Te dignes ser en adelante, en todos mis trabajos y en cada una de mis acciones, mi Director, mi Luz, mi Guía, mi Fuerza y todo el Amor de mi corazón. Yo me abandono sin reservas a Tus Operaciones Divinas, y deseo ser siempre dócil a Tus Santas Inspiraciones.

¡Oh, Santo Espíritu! Dígnate formarme por María en Cristo, Sacerdote y Víctima, a fin de dar consuelo a Su Sagrado Corazón, extendiendo Tu Reinado de Santidad para la Gloria del Padre en la salvación de los hombres. Amén. 


SECUENCIA DE PENTECOSTÉS

Ven, Espíritu Divino,
manda Tu Luz desde el Cielo.
Padre Amoroso del pobre,
Don, en Tus Dones Espléndido,
Luz que penetras las almas,
Fuente del mayor consuelo.

Ven, Dulce Huésped del alma,
Descanso de nuestro esfuerzo,
Tregua en el duro trabajo
Brisa en las horas de fuego,
Gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
Divina Luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si Tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías Tu Aliento

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte Tus Siete Dones,
según la fe de tus siervos;
por Tu Bondad y Tu Gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos Tu Gozo eterno.
Amén.


 

Publicado en Mensajes | Etiquetado | 1 Comentario

“En ese altar, coloca todos los nombres de las personas por las que se va a rezar en todo el mundo.”

Mensaje de Nuestra Señora de la Preciosísima Sangre
A Thomas “Mac” Smith 

Fecha: Abril 19, 2017
Lugar: HOME OF LONNIE RICHARD, BRANCH, LUISIANA, USA 

Thomas, that room you live in, on the wall, it is the Divine Kingdom surrounding you and My apparition everyday. So, start using it. You may show it to anyone you want, but I want you to sit in there for 20 minutes a day with the lights on and meditate upon your gifts. You have done none of that. Now you are getting ready. Your mind is getting ready to do that.

Thomas, en esa habitación en la que vives, sobre la pared, está el Reino Divino que te rodea y Mi aparición de cada día. Así que empieza a usarlo. Se lo puedes mostrar a cualquiera que quieras, pero Yo quiero que te sientes allí durante 20 minutos al día con las luces encendidas y que medites sobre tus dones. Tú no has hecho nada de eso. Ahora estás listo. Tu mente se está preparando para hacerlo.

The next four weeks will be a very, very wholesome and fulfilling time of messages and apparitions. I want you to pray before the Blessed Sacrament on the altar in your front room. That should be an hour a day. You can do it any time you wish. But now you are going to switch gears.

Las próximas cuatro semanas serán un tiempo muy, muy saludable y satisfactorio de mensajes y apariciones. Yo quiero que reces delante del Santísimo Sacramento en el altar de tu sala. Eso debería ser una hora al día. Puedes hacerlo en cualquier momento que desees. Pero ahora tú vas a cambiar de marcha.

You can invite someone to pray with you if you wish, to come and pray, but you have to be there. On that altar, place all the names of the people who are going to be prayed for all over the world. You don’t have to remember them all, but God does. He remembers all that is wrong, remembers all the habits, He knows them. Of course He does. How He knows it, We don’t know. In the book of Revelations it says He knows the end times and the Kingdom of Heaven is nothing like this world.

Puedes invitar a alguien a orar contigo si quieres, a venir a rezar, pero tú tienes que estar allí. En ese altar, coloca todos los nombres de las personas por las que se va a rezar en todo el mundo. No tienes que recordarlos todos, pero Dios lo hace. Él recuerda todo lo que está mal, recuerda todos los hábitos, Él los conoce. Por supuesto que Él lo hace. Cómo lo sabe, no lo sabemos. En el libro del Apocalipsis dice que Él conoce el final de los tiempos y que el Reino de los Cielos no es como este mundo.

Teach people about the prayer and different ways they pray. The different services they have, the Mass. Teach them all about the Mass that has everything in it; the sacraments, the rosary and special intentions.

Enseña a las personas acerca de la oración y las diferentes formas de rezar. Los diferentes servicios que ellos tienen, la Misa. Enséñales a todos sobre la Misa que tiene todo en ella; los Sacramentos, el Rosario y las intenciones especiales.

The group that you have on Wednesday is a special group. They are special people because God made them so. Not because they deserve it. You must look at them and teach them as special people; not just ordinary people. That group has power given to it by God, to pray for the nation, to pray for the world. Their prayers are worth a million to other people. You understand this? No and you never will. Just do it. People will stay with that group who God has chosen. There will be others there but the main stream is already there except for a possible few. You have to get to work Now. The people that will come to you will bad. They are hurting bad. The Lord wants to heal them. Of course, that is up to them too whether they want to be healed – whether they want to be obedient…

El grupo que tienes los miércoles es un grupo especial. Ellos son personas especiales porque Dios las hizo así. No porque lo merezcan. Tú debes observarlos y enseñarles como gente especial; no simplemente gente común. Ese grupo tiene un poder dado por Dios, para rezar por la nación, para rezar por el mundo. Sus oraciones valen un millón para otras personas. ¿Entiendes esto? No, y nunca lo entenderás. Sencillamente hazlo. Las personas seguirán con ese grupo que Dios ha escogido. Habrá otros allí, pero la corriente principal ya está presente, excepto con la  posibilidad para unos cuantos. Tú tienes que ponerte a trabajar ya. Las personas que vendrán a ti estarán mal. Estarán lastimados. El Señor quiere sanarlos. Por supuesto, eso depende de ellos también, si quieren ser sanados – si quieren ser obedientes.

To all Christianity, I say, pray, pray, pray. If you pray to God, if you pray to the Trinity with Jesus the humankind God too and trust, you will go to Heaven.

A todos los cristianos, Yo les digo, recen, recen, recen. Si ustedes le rezan a Dios, si rezan a la Trinidad con Jesús el Dios de la humanidad y también confían, ustedes irán al Cielo.

Thank you for answering My call.

Gracias por responder a Mi llamado.

MAC:
The statue came alive.

MAC:
La estatua cobró vida.

________________________
Fuente: http://thebloodofthelamb.net/?page_id=1078

Para descargar los Mensajes en PDF:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/mensajes-actuales/

Los Mensajes de Thomas ‘Mac’ Smith publicados en esta página:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/thomas-mac-smith/

Publicado en Mensajes | Etiquetado | Deja un comentario