2 y 3 de Febrero: Aparición de la Virgen en Zumba-La Parroquia, Venezuela

2 y 3 de Febrero – ~143º Aniversario
Año: ~1875 / Lugar: ZUMBA-La Parroquia, Mérida, Venezuela
Aparición la Virgen de La Candelaria en una tablita
Un matrimonio anciano

Ubicación


Nuestra Señora de La Candelaria, Aparecida en Zumba, Parroquia Santiago de La Punta, Mérida, Venezuela

Historia de la Aparición de la Virgen en Zumba

La imagen de la Virgen de la Virgen de La Candelaria, aparecida en Zumba, es una pintura sobre “tablita”, en la que se ve a la Santísima Virgen con el Niño Jesús en el brazo izquierdo y en la mano derecha sostiene un cirio o un cetro de Reina, ya que tanto Ella como el Niño Jesús están vestidos como Reyes con coronas en la cabeza.  

La historia se remonta a más de 140 años según la tradición oral de tres o cuatro generaciones (alrededor del año 1875), y cuenta que la Virgen se apareció en una “tablita” a un matrimonio anciano que vivían en una casa rodeada de cañaverales en el sector Zumba Norte; la señora la encontró mientras barría el patio de su casa y guardó la tablita con la imagen de la Virgen sin darle mucha importancia. Al día siguiente la volvió a encontrar en el mismo lugar que el día anterior y la llevó de nuevo a su casa para guardarla, pero la tablita seguía regresando al mismo lugar. Entonces decidió llevarla al párroco del pueblo de La Parroquia, quien sorprendido la colocó en el templo despareciendo de allí y reapareciendo en la casa de la señora, lo cual ocurrió varias veces y motivó a que el Sacerdote consternado prometiera a la Virgen que todos los años se haría una danza en este pueblo en conmemoración a Su Aparición. Pasado un tiempo el Sacerdote mandó construir una Capilla a la Virgen para venerar la reliquia en el lugar donde aparecía la tablita, y a raíz de eso cada 2 y 3 de febrero se realiza la Fiesta de la Virgen.

La Aparición de la Virgen de la Candelaria en terrenos andinos cercanos a La Parroquia Santiago de La Punta de Mérida, en el sector llamado Zumba, trajo un conjunto de acontecimientos que tienen que ver con el origen de la veneración de la Virgen en el sector: en primer lugar, la señora que encontró la imagen pudo cumplir su promesa de construirle un Santuario a la Virgen en el sitio; y segundo, la participación de los creyentes junto con los vasayos de la Virgen en unión colectiva para que en la fecha señalada se realizaran los actos religiosos en conmemoración a esta Aparición.

Vasallos de La Candelaria

La Cofradía de los Vasallos de la Candelaria se conformó hace más de 140 años con motivo de la Aparición de la Virgen. El día 2 de Febrero es la Fiesta, las actividades comienzan con la Misa y la bendición de las Velas de La Candelaria. Finalizada la Misa, se lleva a cabo la procesión de la Virgen por todo el pueblo de La Parroquia, regresándola finalmente al templo. A su llegada los Vasallos le cantan versos a la Virgen, como preludio al baile que constituye una  alegoría a las faenas del campesino durante la preparación y cultivo de la tierra.

El 3 de Febrero los Vasallos trasladan a la Virgen de la Candelaria al son de Violín, Tiple, Cuatro y Tambora hasta la Capilla de Zumba, lugar donde apareció por primera vez. Allí se celebra una Misa exclusivamente para los Vasallos, quienes visten con un traje con blusa y capa corta, pantalones bombachos a media pierna, sombrero de paja adornado con flores y lazos, bastón en mano derecha y en su mano izquierda una maraca. El Primer Capitán, en lugar de palo lleva un rejo con el cual dirige la danza  y mantiene a raya a los entrometidos. Concluida la Misa, los Vasallos bailan en honor a la Virgen y luego regresan a la Iglesia Santiago de La Punta, donde sigue la fiesta en casa del Capitán y se cierra la jornada con el Entierro del Gallo en la plaza.

Rectoría Nuestra Señora de La Candelaria

El 24 de Noviembre de 2017, la Capilla de Zumba fue elevada por el Cardenal, Monseñor Baltazar Porras Cardozo, como Rectoría Nuestra Señora de La Candelaria, a cargo del Presbítero Danny Xavier Peña Dávila.

Sus páginas oficiales en las redes sociales son:
https://www.instagram.com/rectoriazumba/ https://m.facebook.com/Rnuestrasradelacandelaria/


Fuente:

http://comunicacioncontinua.com/devotos-de-nuestra-senora-de-la-candelaria-ofrecieron-sus-oraciones-por-la-paz-de-venezuela/
https://proyectoartemerida.wordpress.com/fiestas-tradicionales/vasallos-de-la-candelaria/
http://www.eluniversal.com/noticias/guia-turistica/vasallos-candelaria_74328
http://acvvcmerida.wixsite.com/acvvcmerida/historia
http://www.parajesandinos.com.ve/vasallos-de-la-candelaria-servir-a-la-virgen-es-un-acto-de-fe/

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18 de Enero: Santa Prisca, Virgen y Mártir

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid–Barcelona 1844 – Tomo I, Enero, Día 18, Página 177.

Santa Prisca, Virgen y Mártir

Habiendo Claudio, el segundo, (quien gobernó el Imperio Romano entre los años 268-270) sucedido en el imperio a Galieno, tuvo grandes guerras contra los godos, y otras gentes extranjeras, y alcanzó de ellas esclarecidas victorias; porque desbarató trescientos mil bárbaros, tomó dos mil navíos, y lleno de gloria y triunfo vino a Roma, en donde entendió, que con la paz, y quietud, que los cristianos algunos años habían tenido, se había aumentado, y florecido mucho nuestra santa religión: y queriendo él, como pagano, agradecer a sus falsos dioses las victorias, que pensaba le habían dado, comenzó a perseguir con gran crueldad a los cristianos, como a capitales enemigos de sus dioses, y de su imperio: y con esta ocasión muchos santos mártires derramaron su sangre por Cristo en Roma, y fueron de él coronados en el cielo. Entre estos fue una doncella de trece años, llamada Prisca, nacida en la misma ciudad de Roma, de ilustre sangre, la cual fue presa de los ministros de justicia, y presentada delante del emperador: y viéndola de poca edad, y creyendo, que fácilmente se trocaría, la mandó llevar al templo de Apolo, para que allí le adorase, y ofreciese sacrificio. No quiso la santa virgen obedecer el mandato imperial, por obedecer al de Dios, alegando, que sólo era Jesucristo verdadero Dios, a quien adoraban los cristianos; y los dioses de los gentiles eran demonios, que los traían embaucados. Le mandó el emperador dar muchas bofetadas en su virginal rostro, con las cuales, aunque en los ojos de los hombres quedó fea, y denegrida, en los del Señor quedó más hermosa, y resplandeciente. La echaron en la cárcel entre gente facinerosa, donde unos con caricias, y otros con espanto procuraban reducirla a su mal intento; pero ella siempre estaba firme, y constante, no dejándose vencer, ni de terrores, ni de blanduras. La azotaron cruelísimamente: derritieron sobre sus tiernas y delicadas carnes, lardo, y grosura ardiendo; y la volvieron a la cárcel, y al cabo de tres días la sacaron delante de todo el pueblo al anfiteatro, que era lugar, donde celebraban sus espectáculos, y fiestas. Allí pusieron la santa doncella, y luego soltaron un ferocísimo león, para que la despedazase, y tragase: el cual olvidado de su natural braveza, se echó a los pies de la virgen como una oveja, y comenzó a lamerlos, y halagarla mansamente.

Quedaron de este nuevo espectáculo los gentiles asombrados, y confusos, y los cristianos consolados, y animados. Mas todo esto no bastó, para amansar al tirano, que era más fiero que las fieras. La mandó echar de nuevo en otra cárcel más afrentosa de los esclavos, y que allí la dejasen tres días sin comer, los cuales pasados la sacaron, y descoyuntaron con exquisitos tormentos. La extendieron en el ecúleo, y rasgaron sus carnes con uñas aceradas, y garfios de hierro, añadiendo al delicado cuerpo penas sobre penas, y tormentos sobre tormentos. La arrojaron después en una grande hoguera de fuego; pero no la quemó: para que se viese, que todas las criaturas obedecen al Señor, si no es el hombre, que por haber recibido más de Su bendita mano, debería servirle más: y para que se entendiese, que cuando el Señor permite, que los Suyos padezcan, no es por no poderlos librar de las penas, sino por coronar la paciencia, que tienen en ellas. No bastaron estas pruebas, y victorias, para que el cruel emperador reconociese al verdadero Dios en esta santa doncella; antes atribuyendo tantas y tan grandes maravillas al arte mágica, y creyendo, que por virtud de los demonios las obraban los cristianos, la mandó llevar fuera de la ciudad, y que allí le cortasen la cabeza; y así se hizo: y Santa Prisca, dejando el mundo lleno de suavísimo olor, y fragancia de su martirio, y admirado de su virginal pureza, y varonil constancia, que tuvo en tan tierna edad, se fue a gozar del premio de sus merecimientos al cielo, donde sigue al Cordero, y le canta los himnos de alabanza, que solas las vírgenes pueden cantar. Su cuerpo fue enterrado en la vía de Ostia por los cristianos, como tres leguas o diez millas de Roma, a los 18 de enero, en el cual día celebra la Iglesia su fiesta; y murió, imperando el ya dicho Claudio II (268-270).


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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Apostolado de la Preciosísima Sangre: Reparación Enero 2018 – Tercer Viernes del Mes.

Apostolado de la Preciosa Sangre
¡Consolar es Adorar!

El Programa y los Mensajes del Tercer Viernes de Reparación de Enero 2018 es el mismo de Enero 2015.

Apariciones de Jesús y María

VIDENTE BERNABÉ NWOYE / OLO, ESTADO DE ENUGU, NIGERIA BernabéNigeria

A continuación presentamos el 18º (Décimo Octavo) Programa de Peregrinación y Reparación, que se llevará a cabo desde el jueves 15 al viernes 16 de enero de 2015 —Tercer Viernes del Mes— en Tierra Santa de Adoración y Renovación, Estado de Enugu, Nigeria, y que ha sido pedido por la Santísima Virgen y Nuestro Señor Jesucristo a Bernabé Nwoye, como Día de Reparación y como parte de la Devoción a la Preciosísima Sangre. 

Las Pereginaciones de Reparación comenzaron en el mes de Agosto de 2013, en Nigeria, y las iremos publicando semanalmente desde el comienzo. En la primera etapa, son un llamado al arrepentimiento  y en la última etapa, un llamado a la perfección. Las Lecciones, basadas en los Mensajes que ha recibido Bernabé Nwoye a los largo de estos años (desde 1997), llevan un orden de crecimiento como lo ha pedido la Virgen…

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17 de Enero: San Antonio, Abad

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid–Barcelona 1844 – Tomo I, Enero, Día 17, Página 166.

San Antonio, Abad

Por el profeta Isaías prometió Dios a su pueblo, que repararía sus ruinas, y que el desierto, que estaba lleno de espinas, y abrojos, le convertiría en un jardín muy apacible, y deleitoso. Esta promesa del Señor se cumplió, cuando Él, vestido de nuestra carne mortal, vino al mundo: el cual por los innumerables pecados de los hombres, y por la ceguedad abominable de la idolatría, en que vivían, estaba como un desierto estéril; y por los merecimientos y por los ejemplos de Jesucristo nuestro Redentor, se convirtió en un huerto hermosísimo, lleno de santísimos varones, y de generosas plantas, entre los cuales fue uno San Antonio, el abad, padre, guía y maestro de tantos monjes, y siervos de Dios, que florecieron por su ejemplo en los desiertos de Egipto, y de Tebaida: de manera, que los mismos desiertos, en que antes no solían habitar sino bestias fieras; después se trocaron en jardines deleitosos, y fueron un retrato del paraíso.

La vida de San Antonio escribió aquel gran doctor, e invencible defensor de la Iglesia San Atanasio, Obispo de Alejandría, el cual le dio dos capas o mantos, y se precia de haber conocido a San Antonio, y siendo aún muchacho, haberle servido y llevado agua muchas veces: para que se vea la humildad de San Atanasio, y la estima que tenía de San Antonio, que fue tan grande, que él mismo dice, que tenía por muy gran ganancia el solo acordarse de Antonio: y el mismo San Atanasio, siendo perseguido de los arrianos, fue a Roma al Papa Julio, como puerto seguro de la Fe Católica, y escribe San Jerónimo, que llevó consigo la vida, que había escrito de San Antonio, y que fue tanto, lo que admiró y movió con ella, que muchas personas inflamadas del amor de Dios, dieron de mano a los regalos, y comodidades de esta vida, y tomaron hábito de monjes, para servir más perfectamente al Señor; y la primera que esto hizo, fue Marcela, matrona santa y nobilísima, tan alabada del mismo Santo, y por su ejemplo los demás. El mismo San Jerónimo tradujo de griego en latín la vida de San Antonio, escrita por San Atanasio; y San Agustín, de sólo haber oído referir algunas cosas de ella, se encendió tanto en el deseo de servir a Dios, que volviéndose a Alipio, su grande amigo, y dando gritos, le dijo : «¿Qué es esto, que padecemos? ¿Qué es esto que habéis oído? ¿Se levantan los indoctos y arrebatan el cielo; y nosotros con nuestras doctrinas, faltos de corazón, andamos sumidos debajo de las ondas de nuestra carne y sangre? ¿Por ventura porque ellos van delante, tenemos vergüenza de seguirlos; y no tenemos vergüenza siquiera de no seguirlos?» Todas éstas son palabras de San Agustín. Fue tan admirable la vida de San Antonio, que fue tenido y respetado como un hombre venido del cielo: tan santa, que santificó los yermos y los desiertos: tan esclarecida, que su fama se derramó por todo el mundo: tan espantosa para los demonios, que oyendo su nombre daban bramidos y huían: tan provechosa y de tanta edificación para la Iglesia Católica, que hasta hoy día la pone por espejo a todos sus hijos para que la imiten.

2 Nació San Antonio en Egipto, en un pueblo llamado Coma, según Sozomeno, de nobles y ricos padres, los cuales lo criaron con tanto cuidado, que no conoció sino a sus padres y su propia casa; y así su niñez y tierna edad fue muy diferente de la de los otros muchachos, porque desde niño fue muy compuesto y grave, y enemigo de juegos, parlerías, amigo de las iglesias y de oír cosas sagradas, de comer poco y manjares groseros. Muriendo sus padres, y siendo ya de diez y ocho años, como dice San Atanasio, le quedó una hermana pequeña: tuvo necesidad de encargarse de ella y de su hacienda, hasta que al cabo de seis meses un día comenzó a pensar, como los cristianos de la primitiva Iglesia, para seguir con menos embarazo a Cristo nuestro Señor, vendían sus heredades y posesiones, y ponían el precio de ellas a los pies de los apóstoles, teniendo por favor de nuestro Señor, que se emplease en sustento de fieles: y entrando en la iglesia con este pensamiento, oyó que se leía aquel Evangelio en que Cristo nuestro Señor dijo a un mozo que le preguntaba cómo podía ser perfecto: «Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres y sígueme; que así hallarás tesoro en el cielo:» las cuales palabras tomó Antonio tan de veras, como si para él solo las hubiera dicho Cristo nuestro Señor: y volviendo a casa, dio a su hermana la parte de la hacienda que le cabía, y la encomendó a ciertas santas doncellas sus conocidas, y repartió a los pobres lo que le quedaba, y comenzó una vida austera y penitente.

3 No había en aquel tiempo tantos monasterios de monjes, como después se fundaron, ni los desiertos estaban tan llenos de siervos de Dios, como después, por ejemplo de este gran padre, se poblaron; solamente había por los campos algunos monjes, que vivían apartados unos de otros, y entre ellos un viejo de santa vida, al cual principalmente Antonio propuso imitar, aunque, como abeja cuidadosa y solícita, también iba a visitar a los santos monjes, para coger de todos, como de flores, con que labrar la miel de su devoción, y llenar la colmena de su corazón, aprendiendo de uno la paciencia, de otro la obediencia, de éste el ayuno, de aquél el silencio, del devoto la oración, del humilde el menosprecio de sí mismo, del penitente la aspereza, del manso la blandura; y finalmente, sacando en sí un perfectísimo retrato de todas virtudes, que veía en los otros. Trabajaba por sus manos para ganar su pobre comida, y tomó tan a pechos el estudio de la perfección, que en poco tiempo se derramó por toda aquella tierra la fama de su santidad, y todos aquellos monjes, que vivían por aquellos campos, cerca y lejos de él, lo amaban, y trataban, unos como a padre, otros como a hijo; pero el demonio, temiendo, que de tan grandes, y gloriosos principios había de resultar algún gran daño suyo, determinó asaltar al santo mozo, y hacerle guerra con fuerza, y con maña. Al fin, ¿qué harás, ─le decía el demonio─, aquí apartado? Tú has dejado, con poco consejo, tu hacienda, por hacer espuertas, y con el sudor de tu rostro ganar un pedazo de pan, que comas: ¿cuánto mejor fuera gozar, de lo que Dios te había dado, y tus padres te dejaron, y vivir con los otros caballeros tus iguales, que estar solitario en esta choza hedionda, y vil, con peligro de tu salud, y de tu vida? ¿Piensas por ventura, que has acertado en dejar aquella tu pobre hermana en manos, de quien Dios sabe, sin pensar, que de cualquiera daño, o afrenta, que a ella le venga, Dios te ha de pedir la cuenta a ti? Ten por cierto, que las lágrimas de ella subirán al Cielo, y darán voces contra ti. Harto mejor fuera, que lo que diste a los pobres, se lo dejaras a ella; porque con ello hallará un esposo igual a su nobleza, que la amparase, y defendiese. Quizá es maltratada de sus compañeras, y llora tu crueldad, y su desventura. Vuelve a tomar el cuidado de aquella, a quien por todas las leyes divinas, y humanas debes amparar: y hazlo presto; porque si tardas, lo que ahora se atribuirá a tu poca edad, y experiencia, después se echará a liviandad, y poco seso, especialmente que tu delicada complexión no podrá llevar carga tan pesada, y, o morirás, siendo homicida de ti mismo; o vencido del trabajo, y de las grandes dificultades de esta manera de vida, la dejarás con escarnio, y risa de la gente. Resistió el santo mozo a estos fieros golpes con el escudo de la oración; pero viendo el demonio, que esta batería no le sucedía bien, le acometió por otra parte, despertando en él, con los pensamientos, y movimientos sensuales, grandes alteraciones, y con las llamas de los apetitos libidinosos, un incendio infernal, que no se podía apagar, sino con un rocío del Cielo. Y para que se hallase apretado, y combatido por todas partes, también le molestaba, y le afligía las noches con voces, gritos, y alaridos horribles, juntando el deleite con el espanto, y los halagos con las amenazas, y la blandura de la carne con el tormento del espíritu. Mas Antonio, armado con la gracia, y favor de Dios, estaba fuerte como una roca, y no daba entrada al enemigo; antes acrecentaba más su ánimo, y constancia con las duras batallas, y peleas, las cuales aunque los hombres no las veían, las veía el Señor, y asistía a su soldado. Le ponía el demonio delante, como cebo, los apetitos blandos, y deleitosos de la carne, pero él con el escudo de la Fe, con ayunos, y vigilias domaba su carne, y de ellos se defendía. Le apareció algunas veces en figura de una doncella sobre manera hermosa y lasciva, para provocarle a mal; y él, acordándose del fuego infernal, del gusano roedor, de las tinieblas perpetuas, y de la desesperación, y confusión eterna, de los que sueltan la rienda a los apetitos bestiales, fácilmente desechaba, y vencía aquellas sucias representaciones. Procuraba el enemigo hacerle andar por el camino deleznable, y peligroso de la juventud; mas él, considerando aquel terrible juicio, que está aparejado para los malos, refrenaba sus sentidos, y salía vencedor de todas las tentaciones del enemigo. Con estas armas peleó, y venció Antonio al demonio: el cual corrido, y confuso, por ver, que habiendo él tenido ánimo para pelear con Dios, era vencido de un hombre, se embraveció, y determinó mostrarse a Antonio tan obscuro, y feo en la vista, como en las batallas pasadas se había mostrado fiero, y malicioso. Tomó, pues, la figura de un muchacho negro, feo, requemado, y asqueroso, y se echó a los pies de Antonio, dando gritos con voz humana, y diciendo: a muchos he engañado: a muchos grandes hombres he derribado; pero de ti me hallo vencido. Quiso el maligno desvanecer por vanagloria, al que no había podido ablandar con deleites, ni espantar con amenazas: mas Antonio, que no fiaba en sí, ni estaba fundado sobre arena, sino sobre Dios, como sobre viva, y fuerte peña, no hizo caso de este golpe, que lo tiró el enemigo; antes le preguntó: ¿Quién eres? Y él le respondió: Yo soy amigo de la deshonestidad: yo soy, el que atizo el fuego de la concupiscencia, e inflamo los corazones de los mozos, y de los viejos, de los hombres, y de las mujeres, a toda torpeza y carnalidad; y por esto me llamo espíritu de la fornicación. ¿Cuántos, que tenían propósito de vivir castamente, no le guardaron por mi persuasión? ¿Cuántos, habiendo comenzado bien, acabaron mal, y después de muchas victorias, que tuvieron de su carne, se rindieron, y sujetaron a ella? Yo soy, el que muchas veces te he tentado; pero siempre he quedado vencido.  Se enterneció Antonio, considerando su flaqueza, y la fortaleza de Dios: y haciéndole muchas gracias con humilde reconocimiento, por el favor, que le había dado, tomó más coraje contra el enemigo, y le dijo: Por cierto que tú debes de ser una cosa muy despreciada y vil; pues confiesas ser vencido de un mozo tan flaco, y de tan poca edad como yo; y tu misma figura de muchacho, y tu obscuridad lo testifican. Ya no te temo: pelea contra mí con todas tus fuerzas, e ingenios; que el Señor, que hasta ahora me ha defendido, también de aquí adelante me defenderá: y diciendo esto, comenzó a cantar aquel verso del salmo: «El Señor es en mi favor, y yo haré burla de mis enemigos:» y a esta voz el demonio desapareció, y Antonio, como vencedor, quedó señor del campo; aunque no por eso descuidado, ni menos apercibido: porque sabía, que su enemigo suele cobrar nuevas fuerzas, y nuevos bríos, y que no hay perfecta victoria, y seguridad en esta vida. Por esto se determinó a darse una vida más áspera, y dura; y así comenzó a macerar su cuerpo, y afligirse más, pareciéndole, que no había comenzado. Estaba toda la noche en oración: comía un poco de pan con sal, y bebía agua; y esto puesto el sol, una vez cada día, y algunas veces se pasaban dos, y tres días, sin comer un bocado: dormía, cuando la necesidad y la flaqueza de la naturaleza le forzaba, tendido en el suelo, o sobre unos juncos, y vestido de cilicio: nunca se acordaba, de lo que había hecho, sino de lo que le faltaba por hacer, ni de lo pasado, sino de lo presente, a imitación del profeta Elías, que decía: «Vive el Señor, en cuyo acatamiento hoy estoy:» y ponderaba mucho, como dice San Atanasio, el decir el profeta, «Hoy:» como quien estaba olvidado de lo pasado, y sólo miraba aquel día de servir al Señor, que tenía presente. Queriendo, pues, de nuevo San Antonio entrar en campo, y lidiar con su enemigo, se entró en una cueva cerca de una sepultura, a donde a sus tiempos un conocido suyo le traía, lo que precisamente era necesario para sustentarse: mas temiendo el demonio, lo que sucedió, que por ejemplo de Antonio aquellos desiertos habían de ser poblados de ángeles vestidos de carne, convocó sus infernales ministros, y le azotó, y le maltrató de tal manera, que le dejó sin sentido, sin voz: y casi sin vida. Fueron los golpes, y las heridas, que le dieron tan crueles, y dolorosas, que el mismo Santo después decía, que ningún tormento de los de acá se lo podía comparar; mas no por esto desmayó Antonio, ni dejó su puesto; antes habiéndole hallado su ministro casi muerto, y llevándole a la aldea para curarle, volviendo el Santo en sí, le rogó, que le tornase en donde le había hallado; y estando allí, sin poderse mover por las heridas, desafiaba a los demonios, diciendo: Aquí estoy: yo soy Antonio: no huyo: no me escondo: haced de mí, lo que podéis; que vuestra violencia no me podrá apartar de Cristo: y cantaba aquel verso del salmo: «Por más que me cerquen los reales y ejércitos de mis enemigos, no temerá mi corazón.» Oyendo esto aquel dragón infernal, espantado y confuso, llamando a los otros sus compañeros, les decía: ¿Habéis visto, como no se ha dejado vencer, ni del espíritu de la fornicación ni de las heridas, que le hemos dado; antes como vencedor, hace burla de nosotros, y nos desafía? Tomad, tomad las armas, y demos sobre él con mayor ímpetu y furor: sienta el necio con quien se toma. A esta voz se estremeció todo el edificio, y las paredes se abrieron, y salieron aquellas infernales monstruos en campo contra Antonio, tomando, para mas espantarle, varias y horribles figuras de leones, de toros, de lobos, de áspides, de serpientes, de escorpiones, de osas, osos, y otras bestias fieras, dando cada una sus bramidos, y sus voces, conforme a su naturaleza de figura. Le acometen con su vista espantosa, con sus garras, con sus dientes, con sus cuernos, hacen presa en él, despedazando sus carnes con un dolor muy terrible: y el valeroso, e invencible soldado de Cristo estaba intrépido, puestos los ojos, y el corazón en Dios; y haciendo burla de sus enemigos, les decía: Muy flacas y cobardes debéis de ser; pues venís tantos contra uno solo. ¿No puede uno de nosotros pelear con un hombrecillo? ¿Cómo os habéis trasformado en bestias fieras? ¿Dónde está aquella cerca angélica, que teníais? Ea, ¿qué hacéis? ¿Por qué tardáis? Si me podéis tragar, tragadme; si no podéis, ¿por qué emprendéis cosa a vosotros imposible? En esto vio resplandecer sobre sí, y en todo aquel aposento una luz del cielo tan esclarecida, que luego se deshizo toda aquella obscuridad, y desapareció aquella cuadrilla de monstruos infernales, y Antonio se halló sano, y el edificio reparado: y conociendo, que el Señor le venía a visitar, dando un amoroso, y profundo suspiro, dijo: ¿En dónde estabas, buen Jesús? ¿En dónde estabas? ¿Por qué no viniste antes, y te hallaste en mi pelea, para favorecerme, y sanar mis llagas? A esta amorosa queja respondió el Señor: Antonio, aquí estaba, y he visto tus batallas, y te he dejado azotar para sanarte, abatir para levantarte, y afligir para consolarte. Como buen soldado has peleado: no temas de aquí adelante a tus enemigos; que Yo te ayudaré, y te haré famoso en el mundo. Con estas solas palabras se halló con más fuerza; Antonio que nunca, y a la sazón era de edad de treinta y cinco años. Mas porque nuestro Señor quería hacer a San Antonio guía y maestro de innumerables monjes, y fundador de muchos monasterios, y que abriese el camino a los santos ermitaños, y anacoretas, o moradores de los desiertos; le inspiró, que se entrase, y habitase en el yermo, y con su vida moviese a los otros a seguirle, como lo hizo. Pero viendo el demonio el propósito de Antonio, y no osando ya acometerle descubiertamente con violencia; usando de sus artes, y embustes, echó en el camino una pieza grande de plata para tentarle de codicia, y tener ocasión de pasar más adelante con su engaño. Se paró San Antonio: y mirando el vaso de plata, luego conoció el artificio del enemigo, y que no podía ser perdido; porque su dueño en aquel desierto le hubiera buscado, y hallado: ni puesto de industria; porque aquel camino no era pasajero, ni se veían pisadas de hombres, ni de bestias; y así, mirando con ojos severos, y graves la plata, dijo al demonio: Esta plata desaparezca contigo, oh enemigo infernal: y a esta voz la plata súbitamente desapareció como humo, y el Santo siguió su camino. Otra vez vio en el mismo camino una cantidad de oro, y dice San Atanasio, que fue verdadero oro, y que no se sabía, si el demonio se lo había arrojado para tentarle, o Dios nuestro Señor para probarle; mas de cualquiera manera que ello fuese, en viendo el oro Antonio, echó a huir hasta llegar al monte, en el cual halló un castillo solo, y desamparado, y en él gran copia de serpientes, y fieras, que allí tenían sus cuevas. En este castillo hizo San Antonio su asiento, y morada, y luego todas aquellas bestias fieras, y serpientes, huyeron de allí, y él quedó acompañado de los Ángeles, y del Rey de los Ángeles, que le había llevado. Veinte años estuvo encerrado en una cueva de aquel castillo, sin ver a nadie, ni ser visto de nadie, ni aun de un ministro suyo, que dos veces cada año le llevaba un poco de pan, y agua para su sustento, y se lo echaba por una lumbrera. Venían muchos a la cueva, unos por verle, por la fama grande de santidad, otros por consejo, otros por remedio de sus enfermedades, y otros por males: y aunque a todos consolaba, no abría la puerta a ninguno, ni se dejaba ver. Mientras que estaban a la puerta, oían no pocas veces unas como voces de gente, que reñía, y decía: ¿Para qué entraste en nuestra casa? Pártete de nuestro término; porque no podrás morar aquí, ni resistir a nuestras fuerzas. Los que esto oían, al principio pensaban, que aquellas voces eran de hombres, que habían entrado, donde estaba San Antonio; y después entendieron, que eran quejas de los demonios contra el Santo; despavoridos, y asombrados le rogaban, que los ayudase, y con sus oraciones los defendiese; y él los animaba, y esforzaba, y exhortaba, a que se santiguasen, y armados con la Señal de la Cruz, no temiesen al demonio, que fue vencido, y desterrado del mundo por ella. Al cabo de los veinte años fueron tantos, los que cargaron de él, y le importunaron, que saliese de aquel su encerramiento, que se determinó a salir, y salió, como si saliera del paraíso. Tenía el rostro alegre, el aspecto grave, las palabras dulces, el color vivo, las fuerzas enteras, sin que la penitencia tan larga, y áspera, le hubiese enflaquecido, ni trocado el color, ni deshecho su cuerpo las grandes tentaciones, y peleas. Se espantaron todos, cuando le vieron, porque pensaban, que con la sombra, y obscuridad de aquel escondrijo lóbrego, y con el rigor de tan áspera vida, o sería muerto, o muy cerca de ello. Pero conocieron, que aquella era singular obra del Señor, que sustenta a sus siervos, con lo que es servido, y con el vigor de Su celestial Espíritu hace, que la carne no solamente no se enflaquezca, pero cobre fuerzas, y sea robusta. Fue tanto, lo que San Antonio admiró, y movió con la santidad, y novedad de su vida, que desde aquel rincón, donde estaba, se divulgó por todo el mundo la fama de su nombre, y penetró hasta África, España, Francia, Italia, y a otras provincias más apartadas, y remotas, y a su imitación comenzaron a venir a él bandadas de hombres heridos del Amor de Dios, y menospreciadores de la tierra, para ser doctrinados de él, y seguir sus pisadas, y vivir debajo de su santa instrucción: y a esta causa se fundaron muchos monasterios, y se poblaron los desiertos de suerte, que por la muchedumbre de los monjes parecían ciudades muy populosas, habitadas de ciudadanos del cielo, a los cuales San Antonio iba delante con su ejemplo, y confortaba con sus amonestaciones, y palabras suavísimas. Les decía, que en la vida espiritual no hay cosa más importante, que el persuadirse el religioso, que siempre comienza: que en cualquier lugar se puede hallar el Paraíso, si el corazón está fijo con Dios: que los demonios tienen miedo a las oraciones, vigilias, y penitencias de los siervos de Dios, y más a la pobreza voluntaria, y a la humildad, al menosprecio del mundo, a la caridad, y al saber refrenar su ira; porque con estas virtudes se pisa, y quebranta la cabeza a la serpiente. Les enseñaba, que las verdaderas armas para pelear con el demonio, son la Fe viva, y la vida pura: que acá el que compra, da el justo precio, de lo que compra, al que vende; mas que el Cielo se compra muy barato, y por mucho menos de lo que vale; pues todos los dolores, y trabajos de esta vida, aunque se estiren a ochenta, y cien años, son momentáneos; y la bienaventuranza, que por ellos se nos da, no tiene fin: que ninguno por mucho que deje por servir a Dios, piense, que es algo, lo que deja, aunque fuese señor de todo el mundo; porque toda la tierra, respecto de lo del Cielo, es como un punto, y lo que el hombre deja, al fin, quiera, o no quiera, lo ha de dejar; y que no es mucho, que deje antes de la muerte, lo que no puede llevar consigo: que a la manera que el que sirve al rey, no se excusa de hacer, lo que le mandan, con decir, que es mucho, lo que ha servido; así el verdadero siervo de Dios, no mira, lo que ha hecho, sino lo que le queda por hacer, para agradar al Señor: que el galardón no se da, al que comenzó bien, sino al que acabó bien: que para desechar la pereza, el mejor medio es tener siempre presente la incertidumbre de esta vida, y por la noche no esperar la mañana, y el día no esperar la noche: que la virtud no es tan dificultosa, como parece: que los demonios tienen odio cruel contra todos los cristianos, y mayor contra los religiosos, y vírgenes, y usan de muchas artes, y engaños, y toman la figura de lobo, ya de vulpeja, unas veces de cordero, y otras de león; pero que todas sus artes, y embustes se deshacen con la desconfianza, que tiene el buen religioso de sí, y confianza en Cristo, el cual los desarmó en la Cruz, y les quitó las fuerzas, si nosotros por nuestra culpa no nos volvemos a entregar en sus manos: y a este propósito les contó, que una vez el demonio había llamado a la puerta del monasterio, y que él salió a ver, quién llamaba, y vio un hombre de extraña estatura, que llegaba con la cabeza al cielo, al cual preguntó quién era; y él respondió: Yo soy Satanás; y él le dijo: Pues, ¿qué quieres aquí? Y él respondió: Quería saber, por qué no solamente los monjes, sino también todos los cristianos me maldicen; por qué a cualquier desgracia luego dicen: ¡Oh, maldito sea el diablo! Y que el Santo le dijo, que con mucha razón lo hacían, porque los tentaba, y les armaba lazos, e inducía a pecar. Y a esto el demonio respondió: que él no tenía culpa en las culpas de los hombres, sino ellos mismos, que se hacen la guerra, y buscan las ocasiones para pecar: porque ya él, después que se hizo Dios hombre, no tenía fuerzas, ni armas, ni ciudades: y que hasta de los desiertos, por los monjes, que moran en ellos, ha sido desterrado: y así que los hombres se deben quejar de sí en sus caídas, y no de él, que no les tiene culpa. Por lo cual dijo Antonio, que había hecho gracias a Jesucristo, que le venció, y le forzó a decir esta verdad, siendo padre de mentiras; y en oyendo el demonio el nombre de Jesucristo, luego desapareció. Entre los otros documentos avisaba a los monjes, que no fuesen curiosos en querer saber las cosas futuras; porque muchos por esta curiosidad habían sido engañados: que tuviesen más cuenta con vivir bien, que con hacer milagros; y que el que los hiciera, no se desvaneciese en más por ello, ni menospreciase, al que no los hace; porque los milagros son don de Dios, y propio de Su Misericordia, y no de nuestra miseria; y siempre el hacerlos es señal cierta de serle agradable, el que los hace: que la más fuerte arma para vencer al enemigo, es la alegría, y gozo espiritual del alma, que siempre tiene Dios delante; porque con aquella luz desaparecen las tinieblas, y se resuelven como humo las tentaciones de Satanás: que debemos tener siempre delante de los ojos los ejemplos de los Santos, para incitarnos a la virtud: que para no caer, aprovecha mucho el descubrir caídas a sus hermanos, y con la vergüenza pública y manifestación de su pecado, guardarse de pecar. Y en una junta, que tuvo San Antonio con sus monjes, en que se trató de la excelencia de la virtud, y cuál de las virtudes era más aventajada sobre las otras, y más necesaria para el monje; dando algunos el primer lugar a la penitencia, con que se mortifica la carne: otros a la soledad y silencio, con que se cortan las ocasiones de caer: otros a la misericordia, a quien el día del Juicio promete el Señor la retribución eterna; y otros a otras virtudes: San Antonio, como más ejercitado, dio el más alto, y primer lugar a la discreción, como a guía y maestra de todas las otras, y sin la cual la vida espiritual es ciega, desconcertada y desprovista. Con estos, y con otros semejantes consejos instruía San Antonio en la vida religiosa, y perfecta a sus monjes, y con sus palabras encendidas los inflamaba al menosprecio de todas las cosas visibles, y al Amor de Dios; y como ellos estaban dispuestos a guisa de una tierra fértil y bien cultivada, la semilla de esta celestial doctrina daba copioso fruto y colma cosecha: y así estaban aquellos montes llenos de coros de santos monjes, que leían, oraban, cantaban, lloraban y se afligían por sus pecados, y por los del mundo, y representaban, a los que los veían, una viva imagen, y perfecto retrato del Cielo; porque había entre ellos suma paz y concordia, sin ambición, sin envidia, sin murmuración, sin reprensión de nadie, y con perpetuo olvido de la tierra y continua meditación del Cielo. No le pareció a San Antonio, con vivir en la tierra como un Ángel del Cielo, y ser padre de tantos, y tan perfectos hijos, que había hecho nada, si no moría por Cristo, y daba su sangre por Su santísima Fe: y como en su tiempo por la persecución de Maximiano muchos cristianos fuesen presos, y atormentados, y llevados a Alejandría, para ser ajusticiados; encendido de un gran deseo del martirio, se fue a Alejandría, para morir con ellos, si Dios le hiciese tanta merced, o servir, a los que morían, y ayudarlos a morir. Ya era mártir en el deseo, y para serlo con la obra servía a los cristianos encarcelados: los acompañaba, cuando eran presentados delante de los jueces: los animaba en los tormentos; y hasta en el mismo lugar del suplicio donde se hallaba con ellos, para que le cupiese tan dichosa suerte, y pudiese tenerles compañía, gozándose de la gloria, de los que habían vencido, como si él fuese el vencedor. Perseveró tanto en este piadoso oficio, que el juez, aunque no se atrevió a echarle mano, mandó, que todos los monjes saliesen de la ciudad; y escondiéndose los demás, San Antonio al día siguiente, vestido de su ropa lavada y blanca, para ser más visto y notado, se puso en un lugar público, y alto, muriendo, porque no moría por Cristo. Mas el Señor, que se quería servir de él para padre y maestro de innumerables monjes, y para que los desiertos se convirtiesen en paraíso, no quiso, se acabase con la espada la vida, del que la había de dar a tantos. Se volvió a su monasterio, luego que cesó aquella tempestad, y tuvo alguna paz la Iglesia: y como si entonces comenzara a servir a Dios, así ayunaba, oraba y velaba, vestido siempre de cilicio, procurando ser toda la vida mártir; pues no había merecido el martirio. Se encerró de nuevo en su monasterio, sin dejarse ver de nadie, y allí obraba grandísimos milagros y maravillas: y la mayor de todas era su humildad, con la cual estaba tan fundado en su propio conocimiento, que cuanto el Señor más le levantaba y hacía glorioso, tanto más él se abatía y aniquilaba, dando la gloria a cuya era, y a sí la confusión. No se puede fácilmente creer la multitud, grandeza y utilidad de los milagros, que Dios hizo por San Antonio en todo género de enfermedades, y males, y particularmente contra los demonios, sobre los cuales victorioso y triunfador, tuvo tan gran señorío, e imperio, que bastaba su solo nombre para atormentarlos y echarlos de los cuerpos. Pero temiendo él, que tantas y tan insignes obras, como Dios obraba por él, fuesen causa, de que, o él se desvaneciese, o que los otros pensasen de él, que era, lo que no era, y le honrasen más, de lo que merecía; se determinó a huir, e irse a la superior Tebaida, donde ninguno le conociese; y tomando algún pan, se partió: y estando a la ribera de un río aguardando la barca, para pasarle, oyó una voz, que le dijo: Antonio, ¿á dónde vas, y por qué? Y él respondió con gran seguridad: Voy a la superior Tebaida; porque la gente me quita mi quietud, y me pide cosas, que son sobre mis fuerzas: y por aviso de la misma voz dejó aquel camino, y se entró por aquel desierto, camino de tres días, hasta llegar a la falda de un monte alto, que tenía una fuente, y algunas palmas en un campo, que rodeaba el monte. En este lugar hizo su asiento, como en lugar señalado de Dios. Mas luego que los monjes supieron, dónde estaba, le enviaban, como buenos hijos, de comer, con mucho trabajo, de los que lo llevaban; y el santo padre, para quitarles este trabajo y cuidado, sembró una parte de aquel campo, que se podía regar, y cogía su pan con gran gusto y contento; porque vivía del trabajo de sus manos en aquel desierto, sin pesadumbre de nadie; y porque comenzaron a venir muchos huéspedes a buscarle: para refrigerio de los que venían, plantó en un huertecillo algunas yerbas que darles. Vinieron algunas bestias a pacer la hortaliza, que el Santo con tanto trabajo suyo había cultivado; y tomando una de ellas les dijo a todas: ¿Por qué me hacéis daño; pues yo no le hago a vosotras? Partíos de aquí; y mirad, que os mando que no volváis más a este lugar. El Santo lo dijo; y ellas obedecieron como a mandato de Dios. Otra vez el demonio, para espantarle, juntó de noche grandes manadas de bestias fieras, y estando San Antonio en oración, se las puso delante, como que querían despedazarle; y él, como quien sabía la astucia de Satanás, les dijo: Si Dios os ha dado alguna potestad sobre mí, aquí estoy, tragadme; mas si habéis venido por instinto del común enemigo, partíos luego de aquí, porque yo soy siervo de Jesucristo; y diciendo esto, no se vieron más.

Otra vez a la hora de nona, antes de comer, San Antonio se puso en oración, y fue arrebatado en espíritu, y le pareció, que los Ángeles le llevaban al Cielo, y que los demonios se le ponían delante para estorbarlo, y que preguntando los Ángeles a los demonios la causa, porque le querían impedir, que no subiese al cielo, pues no tenía pecados que se lo estorbasen; ellos le comenzaron a acusar de todo el mal, que había hecho desde el día de su nacimiento: y como los Ángeles dijesen: que ya aquellos pecados estaban purgados y perdonados con la penitencia; y que alegasen, lo que tenían contra Antonio, después que se había hecho monje y consagrándose al Señor; por mucho que ellos quisieron mentir, no hallaron cosa, que le estorbase el paso. Pero cuando el Santo volvió en sí, no comió bocado, y estuvo toda aquella noche, gimiendo y llorando la miseria, y olvido de los hombres, que teniendo tantos y tan fuertes enemigos contra sí, viven tan descuidados, como si no tuviesen ninguno.

Y no es desemejante a esta otra visión, que tuvo. Oyó de noche una voz, que le llamaba, y decía: Antonio, levántate: sal fuera y verás. Se levantó, y vio un fantasma como de hombre grande y terrible, que con la cabeza llegaba hasta las nubes, el cual extendía las manos para detener a algunos, que con alas subían al cielo, de los cuales a unos cogía, y daba con ellos en el suelo, y otros se le escapaban y subían al cielo, sin poderlo estorbar. Tras esto oyó una voz, que le dijo; Considera bien lo que ves; y alumbrándole Dios, entendió, que aquellos, que subían, eran las almas de los hombres, y que el demonio procuraba estorbarles la subida, prevaleciendo contra las de los pecadores, y no teniendo fuerza contra las de los Santos. Todas estas tentaciones, y visiones servían a Antonio de nuevos incentivos y estímulos, para creer más en el amor y temor santo del Señor. Fue tan compasivo, y de tan tierno corazón, que cuando algún pobre era oprimido, y no podía alcanzar su justicia, le defendía tan de veras, como si a él mismo le hiciesen aquel agravio. En la honestidad más parecía ángel, que hombre. Fue San Antonio de muy amable y apacible condición, manso sobre manera, humildísimo por extremo: en la oración fue tan absorto y arrebatado, que se le pasaban las noches de claro en claro puesto de rodillas; y cuando se ponía el sol, le hería en las espaldas, y cuando se levantaba por la mañana siguiente, le daba en los ojos; y él se quejaba del sol, porque le quitaba su dulzura y el descanso de su corazón, y decía: Oh sol, ¿por qué con tu luz me quitas la claridad de la verdadera y sempiterna Lumbre? En la penitencia fue tan riguroso, que no parecía de hueso y carne. En la fortaleza tan invencible, que no solo no se espantaba de los demonios, mas él les era terror y espanto. Tenía el rostro siempre muy alegre y sereno, y con un mismo semblante; porque ni las cosas prósperas le levantaban, ni las adversas le abatían; y los que nunca le habían visto, aunque le viesen entre otros muchos monjes, le conocían, sin que ninguno se les mostrase, y se iban a él, y de aquel semblante, que resplandecía de fuera, barruntaban la gran pureza de su alma. Tuvo grandísimo respeto a todos los clérigos, y se arrodillaba, e inclinaba su cabeza a los Sacerdotes y Obispos, para que le bendijesen. Huía el trato de todos los que estaban apartados de la Iglesia, y enseñaba, que el verdadero católico los debe aborrecer, y huir más que a las serpientes venenosas; y el mismo Santo los aborrecía, y se oponía a su impiedad y furor. Una vez escribió a un falso obispo arriano, llamado Gregorio, que perseguía con increíble crueldad a los católicos; o (como se dice en su vida) a un capitán llamado Blacio, que se fuese a la mano; porque la Ira de Dios estaba cerca, y venía sobre él, si no se enmendaba. Hizo burla el hereje de la carta del Santo: la arrojó en el suelo, la escupió y la pisó; y dentro de muy pocos días un caballo manso le dio un bocado en el muslo, y le derribó en el suelo, y de allí a tres días, en castigo de su pecado, y de la injuria, que había hecho a San Antonio, miserablemente murió. Otra vez estando en su monte, y tan lejos de Egipto, vio en espíritu el estrago, que los herejes arrianos habían de hacer en Alejandría; y postrado en el suelo comenzó a llorar y suspirar, y suplicar a nuestro Señor, que no permitiese tan grande calamidad en Su Iglesia, como aquella visión amenazaba: porque le fue revelado, que muchos mulos y bestias daban coces en el altar de Dios, y le derribaban, y echaban por el suelo; y que aquellas bestias eran los herejes arrianos, que en breve destruirían las iglesias y arruinarían los altares del Señor: el cual consoló al Santo afligido, con manifestarle luego la victoria, que al fin tendría la Iglesia Católica, y que vencidos y deshechos todos sus enemigos, florecería después con mayor prosperidad y gloria que antes: y así lo contó el mismo santo padre a sus hijos, que lloraban amargamente, por ver las lágrimas de su padre, y se consolaron con su consuelo.

4 En esta misma persecución de los arrianos, siendo llamado de San Atanasio, fue a Alejandría, para oponerse al furor de los herejes, y consolar, y animar a los católicos afligidos; y (como escribe el mismo San Atanasio) fue maravilloso el fruto, que sacó el Señor de la predicación de Su siervo Antonio. En aquella coyuntura quedaron confusos, y atónitos los enemigos de la verdad, los hijos de la Iglesia católica alegres, y esforzados, y los gentiles admirados del ingenio, y de las razones tan profundas, y sólidas de Antonio, para confirmar, y probar, lo que quería; porque aunque no había estudiado, ni revuelto los libros de los filósofos, y sabios del mundo, había sido enseñado interiormente del Señor, e ilustrado de la verdadera, y celestial sabiduría, a la cual no podía resistir la vana filosofía del mundo: y así se vio en las disputas, que muchas veces tuvo con grandes filósofos (los cuales vinieron a él, para hacer burla de su simplicidad, e ignorancia), que los convirtió, y los hizo callar, de manera, que no tuvieron que responder al espíritu divino, que hablaba en Antonio. Cuando esta vez fue San Antonio a Alejandría, le vino a ver, como escribe San Jerónimo, Dídimo, varón sapientísimo, y tenido por un milagro de sabiduría en aquellos tiempos: el cual, siendo ciego, había aprendido perfectamente aquellas ciencias, que sin ojos no se pueden bien aprender: y tratando los dos de la Sagrada Escritura, preguntó familiarmente San Antonio a Dídimo, si le daba pena el verse ciego, y como Dídimo se empachase, y no le respondiese, al fin tanto le apretó San Antonio, que llanamente le confesó, que su ceguedad le afligía. Entonces San Antonio amorosamente le dijo, que se maravillaba mucho, que un hombre tan prudente tuviese pena de no tener los ojos, que las hormigas, moscas, y mosquitos, tenían, y que no se consolase, y holgase más por tener los ojos, que tienen solos los santos y amigos del Señor. De esta manera consoló San Antonio a Dídimo de su ceguedad.

5 Y no solamente los varones sapientísimos le reconocían, y se humillaban; sino también los príncipes, emperadores, y monarcas le honraban, y le escribían, y pedían el favor de sus oraciones, como lo hicieron el emperador Constantino, y sus hijos muchas veces, rogándole, que les escribiese, y los alegrase con sus cartas. Una vez entre otras llamó a sus monjes, y les dijo: Los reyes de este siglo nos han enviado sus cartas; ¿pero qué maravilla es ésta para los cristianos; pues sabemos, que aunque su dignidad sea tan alta; mas en el nacer, y en el morir todos somos iguales? Lo que debemos estimar, y admirar, es, que Dios haya escrito Su Ley para los hombres, y que haya enriquecido su Iglesia con Sus Palabras. ¿Qué tiene que ver el monje con las cartas de los reyes, a los cuales, según el estilo de ellos, no sabe responder? Esto dijo; aunque después importunado de sus hermanos respondió a la carta del emperador otra, en que le decía, lo que se holgaba, que fuese cristiano: que no pensase, que era cosa de mucha estima el ser rey, ni se desvaneciese con la potestad, antes temblase, sabiendo, que había de dar cuenta de ella al Rey de los reyes: que guardase justicia, y clemencia para con sus súbditos, y misericordia, y benignidad para con los pobres, y miserables. La cual carta recibió el emperador Constantino con gran contentamiento, y la tuvo por una joya preciosa, y rico tesoro. Y no sólo con los príncipes, y emperadores tuvo grande autoridad San Antonio, sino con toda la Iglesia Católica, la cual por solo su dicho, y testimonio canonizó, y puso en el catálogo de los Santos a Pablo, primer ermitaño, como en su vida queda referido.

6 Finalmente, habiendo vivido este santísimo, y gloriosísimo padre ciento y cinco años, y llenado el mundo de la fama, y fragancia de su santidad, milagros, victorias, y triunfos; tuvo revelación del Señor, que le quería llevar a gozar de Sí, y darle el galardón eterno por sus temporales trabajos; y él muy regocijado lo dijo a sus monjes, exhortándolos a la perseverancia, y toda virtud, y particularmente a ser enemigos de los herejes, como él siempre lo había hecho, eran enemigos de Jesucristo y habían pregonado guerra contra su Iglesia. Después a solas mandó a dos de sus compañeros, que cuando él fuese muerto, le enterrasen, sin que ninguno supiese el lugar, donde estaba enterrado, temiendo ser honrado de los hombres, y que llevarían su cuerpo a Egipto, y allí le embalsamarían, y le ungirían con las confecciones, y especies aromáticas, como solían en aquel tiempo embalsamar los cuerpos de los difuntos, que bien querían, para hacerlos como incorruptibles, y conservarlos mucho tiempo; que era cosa, que el Santo siempre había aborrecido; pues de cualquier lugar, en que estuviese, fiaba en Dios, que el día de la general resurrección su cuerpo resucitaría incorruptible. Después de esto hizo su testamento, que fue repartir sus pobres, y viejos vestidos de esta manera: una saya, o ropa de pelos de cabra, y el manto raído, que traía, a Atanasio, Obispo, del cual le recibió nuevo: y el mismo Atanasio dice, que tuvo este manto por una rica herencia: otro vestido de pelos de cabra dejó al Obispo Serapion: su cilicio a los dos discípulos; y acabado esto, les dijo: Quedaos con Dios, hijos míos; porque vuestro Antonio se os va, y no estará más en esta vida con vosotros. Dichas estas palabras, besándolo sus discípulos con extraordinario sentimiento, y ternura, extendió sus pies, y miró la muerte con alegría, como quien veía los Coros de los Ángeles, que venían por su bendita alma, para llevarla a las moradas eternas: y así acabó, quedando su cuerpo tan fresco, y entero, como si estuviera vivo; y fue cosa de gran maravilla, que con tantas, tan largas, y tan excesivas penitencias, como este glorioso Santo hizo, no le había faltado diente, ni la vista de los ojos, ni la firmeza en los pies, ni el vigor en los miembros, que era señal de sus grandes merecimientos, y de lo que nuestro Señor Dios puede, y suele obrar en sus siervos. Los discípulos de San Antonio hicieron, lo que su padre les mandó, y su santo cuerpo estuvo mucho tiempo encubierto, hasta que después por divina revelación fue hallado, y llevado de la Tebaida a Alejandría, y de allí a la ciudad de Viena de Francia, donde son reverenciadas sus reliquias. Murió San Antonio a los 17 de enero del año del Señor de 361, según San Jerónimo; y el de 358, según el cardenal Baronio, de edad, como se ha dicho, de ciento y cinco años. Y parece, que todo el mundo sintió y lloró su muerte; pues se dice, que después de su glorioso tránsito estuvo el cielo tres años sin llover. Escribió en su lengua muchas epístolas, de las cuales dice San Jerónimo, que siete fueron trasladadas en griego, llenas de admirable, y celestial espíritu, y doctrina.

7 Tritemio dice, que San Antonio escribió otra obra en dos libros, que llamó Melisa; que quiere decir abeja: los cuales se hallan en el quinto tomo de la biblioteca santa, impresa en París el año de 1589; pero más parecen aquellos libros de otro Antonio abad, que de este nuestro grande, y santísimo Antonio; así porque San Jerónimo no hace mención de ellos, como porque están recogidos de otros, autores, y algunos de ellos, que vivieron muchos años después de muerto San Antonio abad. San Juan Crisóstomo, declarando, como por haber el Niño Jesús huido a Egipto: y vivido algunos años en él, le santificó, dice: «Si alguno ahora viniere a los desiertos de Egipto, hallará, que están más amenos, y deleitosos, que el Paraíso, y verá innumerables compañías de Ángeles en figura humana, y ejércitos de mártires, y coros de vírgenes, y la tiranía del demonio derribada por el suelo, y resplandecer el Reino de Cristo, y que la santidad, y virtud no florece menos en las mujeres, que en los hombres, antes muchas veces vence, y traspasa la flaqueza mujeril la constancia de los hombres.» Y añade: «El que ha andado por estos desiertos, sabe, que es verdad, lo que decimos; pero si alguno no los ha visto, considere aquel gran varón Antonio, que después de los apóstoles nos dio Egipto, y anda hasta hoy día en las bocas de todos por todo el mundo, el cual fue de aquella tierra, y digno de ver a Dios, e hizo una vida celestial, y cual piden las Leyes de Cristo. Léase su historia, que es una clara profecía, confusión de los herejes, doctrina de los filósofos, y sabios, y ejemplo de cristianos. Yo ruego, que leáis el libro de su vida atentamente, y que no solamente le leáis, sino que también le imitéis.» Todo esto dice San Juan Crisóstomo: y San Agustín refiere, que un amigo suyo, llamado Poticiano, en la ciudad de Tréveris, con otros tres compañeros suyos, se habían ido a espaciarse, estando el emperador ocupado en ver ciertas fiestas; y que dos de ellos, sin saber a dónde iban, dieron en cierta casilla, donde moraban algunos siervos de Dios, y hallaron, un libro, en que estaba escrita la vida de San Antonio; y que tomó el libro en las manos el uno de ellos: le comenzó a leer, y a maravillarse, y encenderse, leyendo, con deseo de imitarle, y dejada la milicia seglar, entrar en la de Dios, para servirle: y éste era uno de los agentes del emperador. Estando en esto, súbitamente lleno de amor santo, y de una religiosa vergüenza, como enojado consigo mismo, volvió los ojos a su compañero, y le dijo: Yo te ruego, que me digas, ¿a dónde pensamos llegar con todos estos nuestros trabajos? ¿Qué buscamos? ¿Qué es el fin de nuestra milicia? ¿Puede nuestra esperanza, y nuestra buena ventura en el palacio llegar a más, que a ser privados del emperador? Pues esta privanza, ¿cuán frágil, y peligrosa es, y por cuántos peligros se viene a otro mayor peligro? Y ésta, ¿cuánto durará? Pero si yo quisiera ser amigo de Dios, luego lo puedo ser. Dijo esto turbado con el parto de la nueva vida; y volviendo los ojos al libro, leía, y se mudaba interiormente, donde Dios le veía, y su alma se iba desnudando del mundo, como luego se mostró; porque leyendo, y revolviendo las ondas de su corazón, dio un gran gemido, y conoció, y abrazó lo mejor, siendo ya del Señor, y dijo a su amigo: Ya yo he dado libelo de repudio a todas nuestras falsas esperanzas, y estoy determinado a servir a Dios, y comenzar luego en esta hora: en este lugar quiero comenzar: tú, si no quieres imitarme, no quieras estorbarme. Respondió el compañero: que no podía apartarse de él, ni dejar de hacerle compañía en tal oficio, y con esperanza de tan gran galardón: y así los dos comenzaron a edificar la torre evangélica con bastantes expensas, que son el dejar todas las cosas por amor de Dios, y seguirle. Añade más: que a este tiempo, Poticiano, y su compañero, que por la otra parte del huerto se paseaban, buscando a estos dos, los hallaron en el lugar, donde estaban, y les dijeron, si querían volver, porque ya era tarde; mas ellos, habiéndoles hecho saber su voluntad, y el propósito, que tenían, y cómo Dios se lo había dado, y confirmado; les rogaron, que si no les querían hacer compañía, los dejasen, y se fuesen. No se mudaron Poticiano, y su compañero, por lo que oyeron, aunque loaron, y alabaron su buen propósito, y les dieron el parabién, y se encomendaron a sus oraciones, y bajando el corazón a la tierra, se volvieron al palacio; y los otros dos, enclavando su corazón en el cielo, se quedaron en su casilla, y ambos eran desposados, y las esposas, después que supieron, lo que habían hecho sus esposos, consagraron su virginidad a Dios. Todo esto nos contó Poticiano, dice el glorioso Agustino, declarando el provecho, que sacaron aquellos dos criados del emperador de solo leer la vida de San Antonio. Leámosla, y aprovechémonos nosotros de ella, imitando sus heroicas virtudes, para que mediante sus santas oraciones merezcamos hacerle compañía, y entrar en el gozo del Señor. De San Antonio escriben casi todos los autores de la historia eclesiástica.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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10 de Enero: San Pablo, Primer Ermitaño y Confesor

10 de Enero
Año: ~245 / Lugar: TEBAS, Antiguo Egipto – Hoy LÚXOR, Egipto
Apariciones de Nuestro Señor y Sus Ángeles
Vidente: San Pablo de Tebas Ermitaño (230-343)

Ubicación


Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid–Barcelona 1844 – Tomo I, Enero, Día 15, Página 142.

San Antonio enterrando a San Pablo (fresco del Monasterio de San Pablo)

San Pablo, Primer Ermitaño y Confesor

La vida de San Pablo, primer ermitaño, sacada de San Jerónimo, que la escribió, es de esta manera. Estando San Antonio en el yermo, haciendo vida de ángel en la tierra, y siendo ya de noventa años, le vino una imaginación, como a hombre, y comenzó a pensar, si había alguno, que hubiese vivido tantos años en el yermo, como él, o que le igualase en perfección, y merecimientos. Permitió Dios, que le viniese este pensamiento, para lo que después sucedió; porque la noche siguiente le reveló el Señor, que había otro mucho mejor que él, al cual debía buscar y visitar. Luego en amaneciendo, el santo viejo se determinó de buscar, al que no conocía; y sustentando sus flacos miembros con un báculo, salió de su convento, y se puso en camino, para ir, a donde no sabía. Anduvo hasta mediodía; y aunque el calor del sol le fatigaba, no por eso dejaba de andar, diciendo: Yo confío en Dios, que me mostrará aquel Su siervo, que me tiene prometido. Apenas había dicho esto, cuando vio un monstruo, que parecía medio hombre y medio caballo, al cual los poetas llaman hipocentauro; y habiéndose armado con la Señal de la Cruz, le preguntó, dónde habitaba el siervo de Dios, que él buscaba; y habiéndole el monstruo mostrado con la mano el camino, tomó corrida por aquellos campos, y desapareció. Pasó más adelante, y llegando a un profundo valle, vio otra manera de monstruo, que tenía la figura de un hombre pequeño, las narices acorvadas, la frente con unos cuernezuelos, y los pies de cabra: y habiéndole preguntado, quién era, y oído su respuesta, y llorado mucho, porque las bestias conocían a Dios, y los hombres tenían por Dios a las bestias, y habiéndose enternecido, por lo que aquel monstruo le había respondido; siguió su camino, y entró por aquel desierto, no viendo en él sino la huella de bestias fieras, sin saber, a qué parte había de echar, ni lo que había de hacer para hallar, al que buscaba. Dos días gastó en esto, y las noches en oración, con confianza siempre, que el Señor no le había de desamparar: y al tercer día al amanecer vio de lejos una loba fatigada de sed, que iba a la falda de un monte. La siguió con los ojos, cuanto pudo, y después que la loba desapareció, se acercó a una cueva, que allí estaba, y comenzó a mirar con curiosidad, lo que había dentro, sin poder ver cosa alguna, por la grande obscuridad. Mas porque, como dice el Espíritu santo: «La perfecta caridad despide el temor;» San Antonio paso a paso, teniendo el resuello, entró dentro, y pasó adelante, y deteniéndose algunas veces en el camino, y poniendo la oreja para escuchar, si allá dentro sonaba cosa; vio entre aquella obscuridad una luz que resplandecía de lejos, y así que la vio, queriendo con la alegría apresurar el paso, tropezó en una piedra e hizo ruido. Oyéndole San Pablo, cerró luego la puerta que estaba abierta, y la atrancó. Entonces San Antonio se arrojó en el suelo a la puerta, y estuvo hasta pasado mediodía, pidiendo con grande instancia, que le abriese, y le decía: Bien sé, que vos sabéis, quién yo soy, de dónde, y a qué vengo, y también sé, que no merezco veros; mas tened por cierto, que hasta que os vea, no me apartaré de aquí. ¿Recibís a las bestias, y desecharéis al hombre? Yo os he buscado, y os he hallado, y llamo a vuestra puerta para que me abráis. Si esto no puedo alcanzar, aquí me moriré; y a lo menos enterraréis mi cuerpo muerto, cuando en ella le hallareis. A estas piadosas voces, mezcladas con sollozos, y llanto, respondió de dentro el bienaventurado San Pablo de esta manera: Ninguno pide gracia con amenazas, ni con lágrimas hace agravio, ni injuria. Si vienes para morir, ¿de qué te maravillas, que no te reciba? Y diciendo esto, sonriéndose, abrió la puerta, y los dos se abrazaron con grandísimo amor y ternura, y se saludaron por sus nombres, como si mucho antes se hubieran conocido, e hicieron gracias al Señor, que les había hecho aquella merced. Después de aquellos abrazos amorosos, y del ósculo de paz, sentándose Pablo con Antonio, le habló de esta manera: Ves aquí, al que has buscado con tanto trabajo: ves aquí los miembros podridos ya por la vejez: me ves aquí desgreñado y cubierto de canas: ves aquí al hombre, que brevemente se tornará en polvo. Y porque la caridad sufre todas las cosas, además del trabajo, que has tomado en buscarme, quiero, que tomes otro en contarme lo que pasa en el mundo. ¿Quién le señorea? ¿En qué estado está el linaje humano? ¿Hay todavía gente ciega, que adora a los demonios? De todo le dio cuenta San Antonio por menudo; y después él preguntó a San Pablo, ¿con qué ocasión había venido al desierto? ¿Cuántos años había vivido en él? ¿Cuántos tenía? ¿Con qué manera de vida había pasado tan prolija edad? Y San Pablo, por satisfacer al deseo de San Antonio, le informó de toda su vida, y le dijo, como en el tiempo que Decio y Valeriano perseguían la Iglesia en las partes de Egipto, y de Tebaida, donde él había nacido, murieron sus padres, quedando él como de quince años, bien enseñado en las letras griegas, y egipcias, con una hermana ya casada: y que para huir de aquel torbellino, y estar más apartado del peligro, y seguro del furor de los tiranos, se había retirado a una casa de campo, en la cual se halló menos seguro; porque su cuñado, marido de su hermana, por codicia de su hacienda, quiso venderle, y entregar en manos de la justicia, al que estaba obligado a guardar; sin ser parte, para que no lo hiciese, las lágrimas de su mujer, el deudo, y lo que más importa, Dios, que mira del cielo todo lo que hacemos, y lo remunera, y castiga: y que viendo esto, y la crueldad de aquella terrible persecución, con que los cristianos eran buscados, despedazados, y muertos con atroces tormentos, se determinó de huir de los tiranos, y del cuñado, hasta que pasase aquel nublado, y haciendo de la necesidad virtud, se retiró al desierto, buscando por una parte, y por otra, dónde se pudiese esconder; y que al fin halló a la falda de aquel monte una cueva grande, que se cerraba con una piedra: la cual quitó, y con el deseo y curiosidad de ver, lo que había, entró en ella, y halló una grande palma, y una fuente de clara, y limpia agua; y pareciéndole, que Dios le ofrecía aquel lugar para morada, y asiento de su vida, se había quedado en él, vistiéndose de las hojas de la palma, y comiendo de su fruta, y bebiendo del agua de la fuente; y que allí había vivido después apartado totalmente de los hombres, pero muy consolado y favorecido de Dios. Estando en estas pláticas, dando el un santo al otro cuenta de sí, y de lo que deseaba saber, llegó un cuervo, y se sentó en un árbol, que estaba cerca, y de allí blandamente voló, y puso delante de San Pablo, y San Antonio un pan; y se fue. San Pablo dijo a San Antonio: Bendito sea Dios, que nos envía de comer. Sabed, Antonio hermano, que hace sesenta años, que este cuervo me trae medio pan cada día; y ahora que tú has venido, el Señor nos envía la ración doblada. Dieron los dos gracias a Dios, que como tan piadoso, y cuidadoso padre los proveía; y queriendo partir el pan, comenzaron con santa Humildad a contender, quién de los dos le había de partir, queriendo Pablo, que Antonio le partiese como huésped; y Antonio, que Pablo, como más viejo; y gastaron algún tiempo en esta piadosa porfía. Al fin asiendo el uno de una parte de pan, y el otro de la otra, le partieron, y comieron, y bebieron del agua de la fuente, y alabaron al Señor, y la noche siguiente pasaron en oración. Vino la mañana; y San Pablo habló a San Antonio de esta manera. Muchos días hace, hermano Antonio, que sé, que habitas por estos desiertos, y Dios me había prometido, que te me daría por compañero; mas porque es ya venido el tiempo por mí tan deseado, en que he de ser desatado de esta carne mortal, y ver a mi Señor Jesucristo, Él te ha enviado para mi consuelo, para que pongas debajo de la tierra este miserable cuerpo, y escondas la tierra en la tierra. Aquí se enterneció en gran manera Antonio, y con muchas lágrimas, y profundos suspiros, que le salían de lo más íntimo de su corazón, comenzó a pedir a San Pablo, que no lo dejase, mas que le llevase en aquella felicísima jornada en su compañía; porque los santos el vivir tienen por pena, y por gloria el morir. A esto respondió San Pablo: No quieras, lo que no quiere Dios, ni busques tu provecho, sino el de tus hermanos. Bueno sería para ti dejar esta tan pesada carga de la carne, y subir a las moradas eternas; pero a tus hermanos conviene, que tú vivas, y que los enseñes, y ayudes con tu ejemplo: por tanto yo te ruego, que vayas luego (si no lo tienes por molestia), y me traigas el manto, que te dio Atanasio, para que envuelvas con él mi cuerpo, y lo entierres. Esto dijo Pablo, no porque tuviese cuidado, de que su cuerpo fuese enterrado desnudo, o cubierto; pues había vivido tantos años cubiertas sus carnes con solas las hojas tejidas de la palma: sino porque, estando ausente Antonio, no recibiese tanta pena con su muerte; y también para mostrar, que seguía la Fe Católica, que profesaba Atanasio, que a esta sazón era fuertemente combatida de los herejes arrianos, y defendida con no menos esfuerzo de aquel valeroso soldado del Señor. Se espantó Antonio, cuando oyó hablar a San Pablo de Atanasio y del manto; y sacando por esto, que Cristo moraba en Pablo, reverenciando en el pecho de él a Dios, no osó contradecirle; antes llegándose a él, llorando con silencio, le besó los ojos, y la mano, y se volvió a su monasterio, llevando tan gran deseo de dar la vuelta, que los pies no podían seguir el ánimo con que iba, por mucho que con estar cansado y exhausto de los trabajos, y ayunos, y años, acelerase sus pasos; tanto, que en breve tiempo desalentado y fatigado del camino, llegó a su monasterio. Le vieron dos de sus discípulos, que le servían; y saliéndole a recibir, le dijeron: ¿En dónde habéis estado tanto tiempo, padre? Respondió él: ¡Ay de mí, pecador, que solamente tengo el nombre de religioso! Visto he a Elías: visto he a Juan Bautista en el desierto; y verdaderamente a Pablo en el paraíso. Dicho esto, hiriendo sus pechos, sacó de su celda el manto; y pidiéndole sus discípulos que les declarase más, lo que aquello era, solamente los respondió: Hay tiempo de callar, y tiempo de hablar: y salió de su casa con tanta prisa, que no se acordó de sí, ni tomó un solo bocado, volviendo por el mismo camino, que había venido, y teniendo hambre y sed, sólo de ver a Pablo, y trayéndole tan presente en la memoria, que no podía pensar en otra cosa, temiendo, lo que sucedió, que no diese su alma a Dios, estando él ausente. Pues, como otro día después, con la prisa, y ansia, que llevaba, hubiese San Antonio andado en espacio de tres horas el camino, vio entre los coros de los Ángeles, entre los profetas y apóstoles, la ánima de Pablo, que subía a los cielos, más blanca que la nieve, y con una admirable luz resplandeciente; y cayendo en tierra sobre su rostro, y echando tierra sobre su cabeza, en señal de su dolor, llorando, y gimiendo, decía: ¿Por qué me dejas, Pablo? ¿Por qué te vas sin despedirte de mí? ¿Tan tarde te conocí, y tan presto te perdí? El mismo bienaventurado San Antonio contaba después, que había corrido con tan gran presteza, lo que le quedaba del camino, que le parecía, que no le andaba, sino que volaba. Entrando en la cueva, vio el cuerpo difunto, hincadas las rodillas, la cerviz yerta, y las manos levantadas; y creyendo al principio que estaba vivo, y que oraba, se puso a hacer oración junto a él: mas como no le oyese suspirar (como solía, cuando oraba), entendió, que estaba muerto, y que el cuerpo con la costumbre de orar, que había hecho, cuando era vivo, se había quedado después de muerto de aquella manera; y echándose sobre el rostro del santo difunto, le besaba muchas veces, y le regaba con sus lágrimas. Envolvió el cuerpo con el manto de Atanasio, que consigo traía: le sacó fuera: rezó los himnos y los salmos que se suelen decir a los difuntos, según la tradición y uso de la Iglesia; y queriéndole enterrar, no sabía cómo, por no tener aparejo para abrir la sepultura. Se vio en gran perplejidad: porque si volvía al monasterio, había tres días de camino, en los cuales no convenía dejar solo el santo cuerpo; si se quedaba allí, le parecía, que sería sin provecho. Al fin se determinó quedar; y hablando con Cristo, le dijo: Aquí moriré. Señor, y junto a este tu soldado quedaré, hasta dar la postrera boqueada. Estando San Antonio en este cuidado, salieron de repente de lo más secreto de aquel yermo dos leones corriendo: y aunque con la primera vista tuvo un poco de sobresalto, después volviendo los ojos a Dios, se estuvo quedo, y sin temor alguno como si viera dos mansas ovejas. Los leones se fueron derechos al cuerpo de San Pablo, y se echaron a sus pies, halagándole con sus colas, y dieron un gran bramido, como si lloraran su muerte, a la manera que podían. Luego comenzaron con las manos a cavar la tierra, haciendo un hoyo, en que podía caber el cuerpo de un hombre: y como si tuvieran sentido, y pidieran paga por su trabajo, moviendo las orejas y bajando la cabeza, se fueron para San Antonio, lamiéndole los pies y las manos: y entendiendo el Santo, que le pedían su bendición; alabando al Señor, a quien hasta las bestias fieras reconocen, y obedecen, dijo: Señor, sin cuya providencia no cae una hoja del árbol, ni un pajarillo del aire, dad a estos leones, lo que les conviene; y haciéndoles señas con la mano, les mandó que se fuesen. Partidos que fueron los leones, bajó el santo viejo su cerviz encorvada, y tomó el cuerpo muerto sobre sus hombros: le puso en la sepultura, y le cubrió de tierra: y para ser heredero de todas las riquezas que Pablo poseía en el mundo, lo desnudó primero de aquella túnica, que a manera de pleita había tejido de las hojas de la palma, y con que había vestido sus desnudas carnes tantos años, y con este tesoro se fue a su monasterio, y contó a sus discípulos lo que le había sucedido: y en testimonio de lo que estimaba aquella presea, los días de pascua de Resurrección, y del Espíritu Santo, se la vestía por fiesta y regocijo. Y no solo tuvo autoridad San Antonio, en lo que contó de San Pablo, con sus discípulos, sino con toda la Iglesia Católica, la cual por su testimonio le canonizó y celebra su fiesta. Murió este glorioso santo a los 10 de enero del año del Señor de 343, siendo de edad de ciento y trece años. La Iglesia le hace fiesta a los quince días del mismo mes de enero, por ser los días de antes ocupados. San Jerónimo acaba la vida de San Pablo con estas palabras: «Quiero en el fin de esta vida, que he escrito de San Pablo, preguntar a los que son tan ricos, que no saben lo que tienen, y a los que edifican grandes y magníficos palacios, y en un hilo de perlas, o en una sarta de piedras traen grandes tesoros, rogarles, que me digan, ¿qué faltó jamás a este santo, y desnudo? Vosotros, dice, bebéis en tazas de oro; y Pablo en sus manos satisfacía a su sed. Vuestros vestidos son de oro y seda; él aun no tuvo para cubrirse una ropa de las más viles, que vuestros criados desechan. Pero se torcerán las manos: a Pablo pobrecito estará abierto el cielo; y vosotros cargados de oro iréis al infierno: él desnudo guardó limpia la vestidura de Cristo; y vosotros vestidos de ricas ropas la habéis manchado: Pablo está debajo de tierra, para resucitar a la gloria; y vosotros en sepulcros magníficos de jaspe, y de mármol, arderéis con vuestras obras para siempre. Tened, siquiera, lástima de vosotros mismos, o a lo menos de las riquezas que tanto amáis. ¿Por qué cubrís, y envolvéis a vuestros muertos en paños de seda, y oro? ¿Por qué vuestra ambición no se acaba, siquiera con las lágrimas, y llanto de la sepultura? ¿Tienen por ventura los cuerpos muertos de los ricos privilegios para no podrirse, sino con oro y seda? Yo ruego, al que esto leyere, que se acuerde de Gerónimo pecador, a quien si Dios lo diese a escoger, más querría la túnica de Pablo con sus merecimientos, que la púrpura de los reyes con sus penas.» Todas éstas son palabras de San Jerónimo: las cuales son mucho para ponderar, y considerar, y no menos el medio, por el cual Dios nuestro Señor hizo Santo, y tan gran Santo, al bienaventurado San Pablo, que fue la maldad de su cuñado, la crueldad de los tiranos, y el miedo de perder la vida, que éste fue el primer motivo, que tuvo para huir, y esconderse en el desierto, haciendo de la necesidad virtud, y viviendo tantos años en aquella soledad, sin ser visto, ni ver a nadie, con tanta desnudez, y pobreza, desconocido de los hombres, y regalado de los Ángeles, y del mismo Dios: porque no se puede creer otra cosa, sino que viviendo él vida de ángeles, los Ángeles le visitaban; y padeciendo por el Señor un tan prolijo y tan extraordinario martirio, el mismo Señor le favorecía, entretenía, y regalaba con Su altísima oración, y contemplación, para que tomemos ejemplo, y a imitación de este glorioso Santo nos aprovechemos de cualquier trabajo, que nos venga, aunque sea por mano de nuestros mismos hermanos y conocidos, y no perdamos la ocasión, que el Señor nos ofrece para más servirle, sin que sea parte, para estorbarnos, el temor de las cosas caducas y frágiles de esta vida, porque todo lo vence el mismo Señor con la abundancia de Su Divina Gracia: la cual Él se digne darnos por los merecimientos de este glorioso Santo.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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13 de Enero: San Hilario, Obispo de Poitiers en Francia

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia. Madrid–Barcelona 1844 – Tomo I, Enero, Día 13, Página 130.

San Hilario, Obispo de Poitiers en Francia

San Hilario, Obispo de la ciudad de Poitiers en Francia, fue uno de los señalados prelados, y doctores, que ha tenido la Iglesia católica, un pozo de ciencia, luz de doctrina, fuente de elocuencia, defensor de la fe, y mantillo de los herejes, cuya vida, y milagros escribió Fortunato; y muchos santísimos, y gravísimos doctores, dicen grandes alabanzas de San Hilario, con grande encarecimiento.

2 San Gerónimo estimó tanto la doctrina de San Hilario, que estando en la ciudad de Tréveris, trasladó por su propia mano un largo libro suyo de Sinodis, y le llama en un lugar Río Ródano (que es muy caudaloso, y arrebatado) de la latina elocuencia: en otro, Trompeta contra los arrianos: en otro dice, que fue el más elocuente varón de su tiempo, y que por sus merecimientos, y santa vida, y resplandor de su elocuencia, era nombrado famoso por todo el imperio romano: en otro, que todos sus libros se pueden leer sin tropiezo, ni peligro. San Agustín unas veces le llama valerosísimo defensor de la fe contra los herejes, y digno de toda veneración: otras, insigne doctor de la Iglesia: y con mucha razón; que fue luz, y ornamento de la Iglesia Católica, y el que se opuso contra innumerables enemigos, y herejes arrianos, que en su tiempo con maña, y fuerza, la pretendieron derribar. Nació San Hilario de padres nobles, y ricos en la provincia de Aquitania, y fue criado de ellos con mucho cuidado. Se dio desde niño a los estudios, y mostró en ellos grande ingenio, y acertado juicio. Se casó, siendo ya de edad, con una señora, y tuvo de ella una hija, que se llamó Abar. En lo que el mismo Santo escribe de sí en el primer libro de Trinitate, parece que da a entender, que siendo ya hombre docto, y versado en todas letras humanas, y filosóficas, se dio a estudiar las sagradas, y divinas, y que por la lección de ellas le alumbró nuestro Señor, y (siendo aun senil) se convirtió a la fe; y san Gerónimo, escribiendo sobre Isaías, también lo apunta, y dice, que Dios había trasplantado del siglo a Su Iglesia, como dos cedros del monte Líbano, dos árboles grandes, y muy hermosos, que eran San Cipriano, y San Hilario. Y fue cosa maravillosa, que habiéndose dado tan tarde a las Letras Sagradas, le infundiese el Señor en tan breve tiempo tanta luz, y tanto conocimiento de los profundos Misterios de nuestra Santa Religión, como quien le tomaba por defensor de ellos, y maestro de los fieles, y cuchillo de los herejes: y así comenzó a mostrarlo, persiguiéndolos con su excelente doctrina, huyendo su conversación, y enseñando a todos, que la huyesen, y que no tuviesen que dar, ni tomar con ellos; pues eran enemigos declarados de Jesucristo, y de su Iglesia; y esto hacía aun siendo lego, y en la vida conyugal, viviendo con tanta honestidad, y recato, que podía ser ejemplo de los sacerdotes; y procurando amar al Señor con temor, y temerle con amor. El resplandor de sus virtudes luego se comenzó a derramar, no solamente por aquella tierra, y provincia, sino también por las otras más apartadas, y remotas: habiendo muerto el Obispo de Poitiers, fue escogido con particular instinto de Dios por Obispo de aquella ciudad, con grande, y universal consentimiento de todo el pueblo. Algunos dicen, que cuando le eligieron por Obispo, era ya muerta su mujer: otros (y es lo más cierto), que todavía vivía, y que con voluntad de ella le consagraron Obispo, como antiguamente se hizo con otros, viviendo después de obispos en continencia, y apartados de sus mujeres; porque aunque nunca fue lícito, ni usado en la Iglesia, que el que era Sacerdote se pudiese casar; pero en algún tiempo se concedió, que el casado se pudiese ordenar, haciendo cuenta, que de allí adelante no lo era; como de los Concilios, y Santos manifiestamente se colige.

3 Siendo, pues, San Hilario ya Obispo, y viendo que los herejes arrianos derramaban la ponzoña de su perversa doctrina, o inficionaban las ánimas de los fieles, y que el emperador Constancio era arriano, y con su potencia y armas afligía a los católicos, y que muchos obispos engañaban a sus ovejas, y que toda la Iglesia católica estaba oprimida, y como ahogada; desnudo de temor, vestido de fervor, y armado de celo de la fe, se determinó salir al encuentro a los enemigos, y perder la vida temporal, porque otros no perdiesen la eterna. No se puede fácilmente creer la tempestad que padeció en tiempo de los herejes arrianos la nave de la Santa Iglesia, y la furiosa crueldad de aquella persecución: la cual Vincencio Lirinense pinta de esta manera: «En este peligroso tiempo bien se vio cuán grandes calamidades vienen al mundo con la introducción de nuevas doctrinas; porque no solamente las cosas pequeñas, sino también las grandes, entonces padecieron. No solo el parentesco, el deudo, las amistades, y las casas particulares; sino las ciudades, los pueblos, las provincias, las naciones, y finalmente todo el imperio romano se turbó, y estremeció: porque como la profana novedad de los arrianos, a guisa de una luna infernal, hubiese ganado primero al emperador, luego rindió a los principales ministros de su palacio; y apoderada de él, comenzó a consumirlo todo, y turbar las cosas particulares, y públicas, las sagradas, y profanas, y sin hacer diferencia de lo bueno, ni de lo malo, de lo verdadero, ni de lo falso, dar en las cabezas, como en enemigos. En este tiempo las mujeres casadas eran afrentadas, las viudas despojadas, las vírgenes violadas, los monasterios derribados, los clérigos echados de sus casas; heridos los diáconos, desterrados los sacerdotes, y las cárceles, y calabozos estaban llenos de santos varones, y siervos de Dios, y buena parte de ellos andaban afligidos peregrinando por los campos de día y de noche, porque les era prohibido el entrar en los pueblos; y así eran forzados a guarecerse en los desiertos, espeluncas, y cuevas, entre las fieras, y peñas, consumidos del hambre, y desnudez, y casi muertos en vida, acabar sus amargos, y dichosos días.» Hasta aquí son palabras de Vincencio Lirmense, autor gravísimo, que hace más de mil años que floreció. San Basilio confiesa, que fue tal esta persecución, que pensó que era principio de la apostasía, de la cual habla San Pablo, en la epístola a los tesalonicenses; y san Gerónimo en una epístola dice, que fuera de Atanasio, y Paulina, todo el Oriente estaba inficionado de la herejía de Arrio. En este tiempo, pues, de tanto trabajo, y de tanta, y tan grave aflicción, en que estaba toda la Iglesia Católica, levantó Dios a San Hilario, y le armó de su espíritu, y sabiduría, para consuelo de los católicos afligidos, y freno, y tormento de los herejes, y para triunfar sin armas, de las armas, y potencia de los emperadores, y dar a entender al mundo, que no hay poder contra Dios, ni fuerzas contra la Verdad. La primera cosa, que San Hilario hizo contra los herejes, fue escribir una declaración de la fe católica, y enviarla a un conciliábulo, que Saturnino, obispo de Arles, principal caudillo de los arrianos, mandó celebrar en la ciudad Biterrense, que es en la provincia de Languedoc en Francia; porque por no ser legítimo aquel concilio, San Hilario no quiso ir a él: mas escribió (como dice) un tratado muy docto, y con muy vivas razones, y lugares de la Sagrada Escritura, declaró la verdad católica, y la igualdad del Verbo Eterno con Su Padre, y le envió a aquella junta, para que en ella se leyese, y supiese la verdad, y la confesión de su fe. Los herejes procuraron hundir y enterrar este libro de San Hilario (como lo suelen hacer en todas las cosas, que son contrarias a su perversa doctrina): y juzgando que el mayor enemigo que tenían en las partes del Occidente, era San Hilario, y que derribado, y vencido , el que como capitán esforzado, y valeroso, les hacía cruda guerra, y sustentaba, y animaba a los demás, alcanzarían la victoria, y quedarían señores del campo; procuraron con el emperador Constancio, que le desterrase de la iglesia, y se le quitase de delante, y así por mandado de Constancio fue desterrado el Santo Pontífice, y le enviaron a Frigia, provincia de Asia, y también fueron desterrados San Dionisio, Obispo de Milán, y san Eusebio, Obispo de Verceli. Fue cosa maravillosa el gozo que recibió San Hilario, cuando supo su condenación; como ninguna cosa deseaba más que padecer por Jesucristo, tuvo por muy gran merced, y singular don Suyo, el ser desterrado de su patria, y de sus conocidos, y amigos, y alejarse de ellos, por acercarse más a Dios. Cuatro años estuvo el Santo Pontífice en aquel penoso, y para él gustoso desierto (donde, como dice Adon, escribió los doce libros de la Trinidad, altísimos, y profundísimos, hasta que a deshora, y sin pensarlo, fue llamado al concilio, que por mandado del emperador Constancio se juntaba en la ciudad de Seleucia de Isauria: y fue llamado sin voluntad del emperador; porque habiendo él dado una orden general a sus ministros, que convocasen a todos los obispos para el Concilio, ellos llamaron entre otros a San Hilario, como Obispo; sin tener cuenta que estaba desterrado, y en desgracia del emperador. Mas fue particular providencia del Señor, como dice Severo Sulpicio, que no faltase en aquel Concilio (en que se habían de tratar tan altas, y tan dificultosas, y por los herejes tan combatidas verdades de fe aquel, que el mismo Señor había escogido para luz, y maestro, y defensor de ella. Yendo al Concilio San Hilario, le aconteció en el camino bautizar una doncella, por nombre Florencia, que era gentil, y a su padre, que también se llamaba Florencio, y todos los de su casa; porque la doncella alumbrada de Dios, le conoció, y le dio a conocer a los otros, y le suplicó que la bautizase, y después le siguió hasta Francia, diciendo, que había de estimar más al padre, que la había engendrado en Cristo por el bautismo, que al que la había engendrado en la carne. Vino, pues, San Hilario al Concilio de Seleucia, con gran contradicción, y repugnancia de los obispos arrianos, los cuales por el aborrecimiento, y miedo, que le tenían, procuraron antes infamarle, y que se le pidiese razón de su fe, y de la de los otros Obispos de Francia (que éstas suelen ser las mañas, y embustes de los herejes); mas después que el Santo dio razón de sí, y de lo que le preguntaban, quedaron confusos, y con su autoridad, celo y sabiduría, se trataron en aquel Concilio las cosas, que pareció convenir para confirmación y establecimiento de nuestra santa fe, con grande contradicción e inquietud de los herejes: y el mismo Santo escribió lo que había pasado en aquel Concilio de Seleucia; y dice, que lo escribe como testigo de vista. Fueron enviados por el concilio algunos embajadores a Constantinopla, para dar razón de todo lo que se había hecho, al emperador; y San Hilario fue con ellos, temiendo, que los herejes, hallarían más gratos oídos en él, y que le darían a entender una cosa por otra, como suelen. Llegado San Hilario a Constantinopla, suplicó al emperador, que para que mejor se conociese la verdad, quitadas las tinieblas con que sus adversarios la querían oscurecer, mandase, que disputasen con él; porque de esta manera, ni el emperador resistiría a Dios, ni la mentira prevalecería contra la verdad, ni la herejía contra la fe católica. Inclinándose el emperador a otorgar la petición tan justa de San Hilario, Valente, y Ursacio, que eran los principales caudillos de los herejes, temiendo, que si el emperador concedía a San Hilario, lo que le suplicaba, y se venía a disputa, se conocería su ignorancia, y maldad, y que no podrían responder a las razones de San Hilario, ni resistir a la fuerza de su espíritu; con gran astucia y artificio persuadieron al emperador, que le mandase volver a su iglesia; porque con esto él volvería contento, y ellos quedarían sin cuidado. Lo hizo así Constancio, y mandó al Santo Pontífice, que se volviese a su iglesia: a la cual volvió con muchas lágrimas, por no haber alcanzado el martirio que tanto deseaba, ni dejar sosegada y quieta la Iglesia en Oriente; y por tener por más destierro vivir con quietud en su misma patria, que en Frigia, donde había tenido tanto que padecer por Jesucristo. Volviendo San Hilario de Oriente a Francia, el glorioso San Martín (que después fue Obispo de Tours), movido de la fama de su santidad, y conociendo a Cristo en el santo doctor (como le había conocido en el pobre, cuando le dio la mitad de su capa), vino a buscarle, y le siguió hasta Francia, y fue de él ordenado exorcista, y con sus consejos, y ejemplos llegó a tan alta cumbre de perfección, que fue tenido por espejo de santidad, y por un singular milagro en el mundo. En el camino, navegando San Hilario, aportó a una isla, llamada Galinaria, inhabitable por la grande copia de varias, y venenosas serpientes; las cuales, en desembarcando el Santo, se retiraron a sus cuevas, huyendo de él, como si viniera a encantarlas en el nombre del Señor; y el Santo fijó un palo en cierta parte de la isla, y le puso por límite, y mandó a las serpientes, que no pasasen de allí, y ellas obedecieron: para que se vea, cuánta fuerza tiene la voz, y mandato de Dios, y que sus siervos mandan a las serpientes, y son obedecidos de ellas, no obedeciendo el hombre al mismo Dios.

4 No se puede creer la alegría, y regocijo, con que San Hilario fue recibido de todos los católicos, mirándole (como dice San Gerónimo) como a vencedor, que venía de la guerra y de pelear las batallas del Señor, y el espanto, y terror, que cayó sobre los herejes, y el número de ellos, que por la doctrina, celo, e industria de San Hilario, se convirtió. Las ovejas gozaban de su pastor, y la iglesia de Poitiers de su esposo y prelado: los huérfanos tenían en el padre, las viudas consuelo, los pobres remedio, los ignorantes maestro, los sacerdotes ejemplo, y todos un dechado perfectísimo de toda virtud: y para que más se aprovechasen de las santas costumbres, y admirable doctrina de San Hilario, le esclareció el Señor con muchos, y grandes milagros, por los cuales se derramó más la fama de su santidad por toda la tierra. Uno fue, que resucitó un niño, muerto sin bautismo: otro, y no menor, que estando en el destierro San Hilario, Dios nuestro Señor le reveló, que su hija Abra, que se había quedado en Francia, tenía voluntad de casarse, y que un caballero mozo, y noble la pedía por mujer: y como el Santo desease, que su hija perseverase en su pureza virginal, y tomase a Cristo por esposo, le escribió una carta, como santo, y como padre, en la cual le dice el gran deseo, que tiene de su bien, y de darle un esposo, que fuese aventajado entre todos los hombres de la tierra; y que había hallado uno, que en nobleza, hermosura, riqueza, condición, grandeza, y majestad, sobrepujaba a todos cuantos haba en el mundo, y que con él pensaba casarla: que la rogaba, que se entretuviese, y no tomase otro marido, hasta que él volviese a su casa, y se le diese de su mano. Recibida esta carta, fue grandísimo el contentamiento, y alegría, que tuvo Abra, pareciéndole cada día, que tardaba mil años, para que su padre le diese tal esposo; y con esta esperanza se entretuvo, hasta que San Hilario tornó a su casa. Llegado a ella, halló a su hija, que le aguardaba con gran deseo, y de su mano el esposo, que por su carta le había prometido. La habló con gran ternura el Santo, como padre, y con grande eficacia, y persuasión, como excelente orador, y le declaró, que el esposo, que le tenía aparejado, era inmortal, incorruptible, y sobre todas las cosas hermoso, y divino, y le rogó, que con él se abrazase, y a él se entregase, a él sirviese, y a él con todas sus fuerzas procurase agradar. Y habiéndoselo persuadido, teniendo revelación, que estaba en gracia de Dios, temiendo, que como mujer flaca se podría trocar, y arrepentir, suplicó a nuestro Señor, que se la llevase luego de esta vida, pura, y entera, en la flor de su virginidad: y el Señor se lo concedió; dando una muerte sin dolor, ni enfermedad a la santa hija, y sepultura por manos de su mismo padre; que a mi ver, no es menor milagro, que haber resucitado el niño muerto: pues en aquel milagro se dio vida al muerto, para que recibiese el Bautismo; y en este otro se dio la muerte a la doncella viva, para que gozase del efecto del Santo Bautismo: en el uno, el que resucitó, pudo después pecar; en este otro, la que murió, fue confirmada en gracia, y comenzó una vida que no tiene fin, en compañía del Esposo, que su santo padre le había prometido, celebrando las bodas con el Cordero, que es luz, alegría, y bienaventuranza de todas las almas, que le toman por Esposo. Vivió después el bienaventurado San Hilario algunos años con mucha paz, y quietud, apacentando sus ovejas, y escribiendo muchos, y doctísimos libros, con los cuales ilustró la Iglesia; y de ellos hace mención San Gerónimo en el libro, que escribió de los escritores eclesiásticos. Y llegándose ya el tiempo, en que nuestro Señor había determinado darle el galardón de los muchos, grandes, y fructuosos trabajos, que había tomado por Su Amor; pasó de esta miserable vida a la eterna, con extraordinario sentimiento de su pueblo, que perdía tan buen pastor, y con gran gozo suyo, y alegría del cielo, siendo, como dice San Gerónimo, emperadores, Valentiniano, y Valente, y como dice el Breviario romano de Pío V, el año del Señor de 373, aunque San Gerónimo en el Cronicón pone su muerte el año 372, Tritemio el año de 371, Onufrio el 352, y el cardenal Baronio el de 369, y este postrero sigue el Breviario reformado de Clemente VIII. Falleció a los 13 de enero; mas la Iglesia celebra su fiesta a los 14, por celebrarse el día antes la octava de la Epifanía. El cuerpo de San Hilario fue sepultado con gran sentimiento, y devoción de los fieles; y andando el tiempo, siendo Tridelino abad del monasterio, en que estaba San Hilario, le apareció, y mandó, que le trasladase a un templo nuevo, que se había hecho, y los mismos Ángeles sacaron el cuerpo del lugar, donde estaba, y le traspasaron, al que se había de nuevo aparejado, como lo refiere el cardenal Pedro Damián, autor santo, y grave, en un sermón, que hizo de su traslación; y dice, que la supo por relación de personas fidedignas. Escribieron de San Hilario San Gerónimo en el libro de Script. Ecclex. y en la apología contra Rufino, y en las epístolas a Florencio, y a Leta, y al gran orador, y en el libro contra los luciferinos, y en otros lugares: Severo Sulpicio en el segundo libro de su historia: Rufino en el segundo libro, capítulo 30 y 31: Sócrates en el libro III, capítulo 8: Sozomeno en el libro III, capítulo 13 y en el libro V, capítulo 12; y San Gregorio Turonense en el libro II de Gloria Confess, capítulo 2, donde cuenta algunos milagros, que obró Dios por San Hilario después de muerto: y Fortunato escribe un libro de ellos, en el cual el que quisiere, los podrá leer; sólo quiero yo referir dos, por tener particular doctrina. El uno fue, que estando dos mercaderes en la iglesia de San Hilario, y allí presente una figura de cera, dijo el uno al otro, que era bien ofrecer aquella figura al Santo a costa de ambos: el otro no gustó de ello; porque no quería gastar, ni hacer aquella ofrenda: pero llegándose al altar los dos, y ofreciendo aquella figura, el uno con buena voluntad, y el otro de mala gana, la figura se partió en dos partes iguales de alto a bajo, y quedándose con la una el Santo, arrojó la otra, como quien no quería recibir, lo que de mala gana se le ofrecía: tanto va, no en lo que se ofrece, sino en el ánimo, con que se ofrece al Señor. El otro es, que yendo el rey de Francia Clodoveo con su ejército a hacer guerra contra los herejes, vio a media noche una luz grande, que salía de la iglesia de San Hilario, y venia hacia él, y oyó una voz de la luz, que le dijo: que se diese prisa, y haciendo primero oración en aquella iglesia, al día siguiente diese la batalla a sus enemigos, porque sin duda alcanzaría la victoria; y así lo hizo, y la alcanzó.

5 De donde se ve, que este glorioso Santo no solamente en vida fue enemigo, y perseguidor de los herejes; más aún después de muerto los aborrecía: y ésta es la primera cosa, que en su vida debemos notar, e imitar, el odio (digo), y aborrecimiento que él tuvo a los herejes, el espanto, con que hemos de huir de ellos, y el fervor, y celo, con que hemos de resistir a sus embustes, artificios, y violencias, aunque sea menester padecer trabajos, peligros y tormentos, y poner el cuello al cuchillo; porque en esta virtud, y en la constancia de la fe se esmeró mucho San Hilario tuvo tan grande libertad, que espanta, a los que leen sus libros, y en ellos ven el espíritu, fervor, y vehemencia con que trata a los herejes, y al mismo emperador Constancio: con el cual; hablando en un libro, que escribió, dice en el principio estas palabras: «Tiempo es ya de hablar; pues pasó el tiempo de callar. Aguardemos a Cristo; pues que es venido el Anticristo. Den voces los pastores; porque los mercenarios han huido. Pongamos las almas por nuestras ovejas; porque los ladrones han entrado, y el león hambriento las rodea. Salgamos con estas voces al martirio.» Y más abajo, hablando con el mismo emperador, dice : «Pluguiera a Dios, que me hubiera hecho tanta merced, que yo pudiera servirle, y hacer esta confesión de mi fe en el tiempo, que imperaba Nerón, o Decio, que fueron tan crueles perseguidores de la Iglesia; mas ahora nosotros peleamos contra un perseguidor engañoso, contra un enemigo blando, contra Constancio Anticristo, que no hiere las espaldas, sino trae la mano blanda por el cerro: no corta la cabeza con la espada, sino corrompe el ánimo con el oro: no nos amenaza con el fuego corporal; pero secretamente enciende el fuego del infierno; confiesa a Cristo para negarle, y edifica los techos de las iglesias, para destruir la Iglesia.» Y más abajo: «Oye, emperador, lo que es proprio tuyo. Dices, que eres cristiano, siendo nuevo enemigo de Cristo: nos representas antes de tiempo al Anticristo, y haces, lo que ha de hacer: haces fórmulas de la fe; y vives, como si no tuvieses fe: eres maestro de los hombres profanos; y no oyes a los piadosos y fieles: das los obispados a tus criados; y truecas los malos por los buenos: encarcelas a los sacerdotes: espantas la Iglesia con tus soldados: mandas juntar concilios, para que los fieles caigan en impiedad; y teniendo los sacerdotes como presos en una ciudad, con amenazas los espantas, con hambre los enflaqueces, con el rigor del invierno los consumes, y con tu disimulación los estragas, y perviertes; de manera, que vemos tu piel de oveja, siendo tú a la verdad lobo sangriento.» Y otras palabras va diciendo este Santo de grande libertad, y celo, por las cuales se ve, en cuán poco tenía su vida, y la deben tener todos los obispos, y prelados, cuando se trata de la entereza de la fe, y defensa de nuestra santa religión. Y tanto pone mayor admiración este espíritu tan vehemente de San Hilario, cuanto más maravillosa fue su mansedumbre, de la cual particularmente es alabado de Rufino: pero el hombre ha de ser manso en sus injurias, y celoso, y fuerte en las de Dios. Otra virtud debemos imitar en San Hilario; y es la estima, y aprecio de la castidad: pues este glorioso Santo la estimó tanto, que porque su hija no perdiese la rica, e inestimable joya de su virginidad, rogó, y alcanzó del Señor, que le quitase la vida; y Dios se la quitó, como queda referido, para darle la eterna: la cual nos dé el Señor a todos por los merecimientos de este gloriosísimo doctor.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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9 de Enero: San Julián (Mártir) y Santa Basilisa

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid–Barcelona 1844 – Tomo I. Enero, Día 9, Página 117.

San Julián (Mártir) y Santa Basilisa

San Julián, ínclito mártir del Señor, nació en Antioquía, metrópoli de Siria, y fue hijo único de sus padres, que fueron ilustres, ricos, y cristianos temerosos de Dios. Le criaron en loables costumbres, y procuraron, que fuese enseñado en todas buenas letras, las cuales él aprendió fácilmente por su grande habilidad, e ingenio, y por la inclinación, que tenia a las ciencias. Había en aquel tiempo muchos cristianos y santos en Antioquía, a los cuales visitaba el virtuoso mozo con grande devoción y ternura, con deseo de imitarlos, y enriquecer su alma con el tesoro de todas las virtudes. Siendo ya de edad de diez y ocho años, sus padres le persuadían que se casase, trayéndole muchas razones para ello, fundadas en el temor de Dios, y en el peligro, que como mozo podía tener de caer, y en la sucesión, y establecimiento de su casa. Los intentos de Julián eran muy diferentes; porque había hecho voto de castidad, y deseaba guardarla perfectamente: mas viendo la batería, que le daban sus padres, y encubriendo su deseo, les pidió siete días de término, para pensar en aquel negocio, y encomendarle a Dios. Pasó este tiempo Julián en oración, suplicando de día y de noche a nuestro Señor, que le guiase de manera, que sin hacer contra la voluntad de sus padres, él guardase su virginidad y pureza, como se lo había prometido. La noche del postrer día de los siete, estando cansado el santo mozo de orar, y de ayunar, se adormeció, y en sueños le apareció el Señor, y le consoló, y le mandó que obedeciese a sus padres, y se casase, asegurándole, que no por esto perdería la castidad, antes por su ejemplo la mujer, que Él le tenía aparejada, la guardaría y permanecería virgen, y sería ocasión, de que otros les imitasen, y fuesen ciudadanos del cielo. Le dijo esto el Señor; y tocándole con la mano, añadió: «Pelea varonilmente, Julián, y es fuércese tu corazón.» Con esta visión quedó Julián consolado y animado, e hizo gracias a Dios por aquella tan señalada merced; y respondió a sus padres, que él haría lo que le mandasen: de lo cual ellos recibieron increíble alegría. Luego buscaron mujer, que fuese igual a su hijo, y por ordinación divina hallaron una doncella honesta, rica, hermosa, de grande linaje y única de sus padres, llamada Basilisa. Se concertaron los desposorios, y vino el día de la boda: concurrió mucha gente de aquella comarca, y la nobleza de aquella ciudad: hubo fiestas y regocijos, como es costumbre, según la calidad de los novios, que eran tan principales. Julián, aunque exteriormente se mostraba alegre y risueño, interiormente estaba muy sobre sí; y con singular afecto, y amor de la castidad, encomendaba al Señor, que le guardase. Venida la noche, y estando los desposados juntos en su tálamo, a deshora, y fuera de tiempo, se sintió en el aposento un olor suavísimo de rosas y azucenas. Quedó maravillada Basilisa, y preguntó a su esposo, qué olor era aquel, que sentía, y de dónde venía; porque no era tiempo de flores, y aquella más parecía fragancia del cielo, que de la tierra, y de la tal manera le robaba el corazón, que le hacía olvidar, que era su esposa, y de los deleites conyugales. Respondió Julián: El olor suavísimo, que sientes, no es, oh Basilisa, esposa mía, ocasionado del tiempo, sino de Cristo, amador de la castidad; y a los que la guardan, los ama, y regala mucho, y les da la vida eterna; la cual yo de su parte te prometo, si consintieres conmigo, para que los dos, ofreciéndole nuestra virginidad, vivamos castos, como hermano y hermana, y cumplamos Sus Mandamientos, y seamos vasos dignos de Su Divina Gracia. Oyendo estas razones Basilisa a su esposo Julián, le respondió, que ella tenía muy bien entendido ser verdad, lo que le decía, y que ninguna cosa le podría ser más agradable, que guardar la castidad con él, y sirviendo a Dios, alcanzar la corona, que él tenía prometida a las vírgenes. Se levantó luego Julián de su cama, y postrado en el suelo, hizo gracias a nuestro Señor por aquella merced, que les había hecho, suplicándole afectuosamente, que le confirmase en sus buenos propósitos y deseos: lo mismo hizo Basilisa, poniéndose de rodillas junto a su esposo; y estando ambos en esto, comenzó a temblar el aposento, y resplandeció de repente una luz tan celestial y excesiva, que obscureció todas las lumbres, que había en él. Aparecieron allí en el aposento dos coros: el uno de gran multitud de Santos, en que Cristo nuestro Redentor presidía; y el otro de innumerables vírgenes, que tenían en medio a la Virgen de las vírgenes, y Madre de Dios nuestra Señora. El coro de los Santos comenzó a cantar dulcemente: «Vencido has, Julián: vencido has:» el de las vírgenes continuaba la música con suavísima armonía, diciendo: «Bendita eres Basilisa, que seguiste los santos consejos; y menospreciando los engañosos deleites del mundo, te hiciste digna de la eterna vida.» Vinieron luego por mandato del Salvador dos varones vestidos de blanco, ceñidos sus pechos con cintas de oro, que traían dos coronas en sus manos; y llegándose a Julián y Basilisa, les dijeron: «Levantaos como vencedores, y seréis escritos en nuestro número;» y tomando las manos a los dos santos, se las juntaron. Después de esto vieron un libro resplandeciente más que la plata acendrada, escrito con letras de oro, y fue mandado a Julián, que leyese en él, y él leyó esta sentencia: «Cualquiera que deseando servir a Dios, menospreciare los vanos gustos del mundo, como tú, Julián, has hecho; será escrito en el número de aquellos, que no se amancillaron con mujeres: y Basilisa, por el ánimo, que tiene de permanecer virgen, será puesta en el coro de las vírgenes, cuyo primer lugar tiene María, Madre de Jesucristo.» Se cerró luego el libro, y toda aquella multitud de Santos dijeron: «Amén;» y el anciano que le tenía: «En este libro» dijo «que veis, están escritos los hombres castos, templados, verdaderos, misericordiosos, humildes y mansos: los que tuvieron caridad no fingida, y paciencia en sus trabajos: los que dejaron por Cristo el padre, y la madre, los hijos, hacienda y riquezas, y los que dieron por Cristo sus vidas, como tú, Julián, la darás.» Con esto desapareció aquella visión, y Julián y Basilisa quedaron regalados del Señor, gastando toda aquella noche en oración y en himnos, y cánticos en su alabanza, haciéndoles infinitas gracias por aquella incomparable merced, que les había hecho. Amaneció el día siguiente, y los Santos, disimulando, lo que habían visto, y encubriendo la determinación, que tenían, cumplieron exteriormente con la fiesta del matrimonio y con la mucha gente, que a darles el parabién concurrían. Poco después llevó nuestro Señor para Sí a los padres de Julián, y de Basilisa, con muerte natural, dejándolos a ellos herederos de sus haciendas, que eran riquísimas. Ellos comenzaron luego a gastarlas con larga mano en socorrer las necesidades de los pobres: y no contentándose con remediar las de los cuerpos; para ganar las almas y traerlas más a Dios, se apartaron, y se fueron a vivir en dos casas distantes:  la de Julián acudían varones de todas condiciones y estados, y él los instruía con su ejemplo y dulces palabras, y les enseñaba, que se abrazasen con Cristo, y diesen libelo de repudio a todas las cosas del siglo: y muchos lo hacían, y seguían los consejos evangélicos: y para poderlo mejor hacer, fundaban monasterios, y se encerraban en ellos, los cuales gobernaba San Julián: lo mismo hizo por su parte Basilisa, por cuya santa vida, y celestiales amonestaciones, muchas doncellas, y mujeres hicieron divorcio con los deleites de la carne: y dejando sus padres, parientes, casas y haciendas; vivían en vida religiosa, debajo de su obediencia, y santa disciplina. La fama de Julián y Basilisa volaba por muchas partes, con gran gloria de Cristo, y edificación de los fieles.

2 En este tiempo la persecución de los emperadores Diocleciano y Maximiano, estaba en su colmo, y la Santa Iglesia en muy grande trabajo y peligro; y los Santos Julián y Basilisa con gran cuidado, y solicitud procuraban con ayunos, y oraciones aplacar al Señor, y le suplicaban, que mirase con ojos blandos, y amorosos a todos los fieles, y no permitiese, que ninguno de los hombres, ni de las mujeres, que estaban a su cargo, y se empleaban en su servicio, faltase, sino que a todos les diese el don de la perseverancia, para derramar la sangre por Él. Tuvo una revelación Santa Basilisa, en que Dios le declaró, lo que de ella, y de Julián, con todos los que estaban a su cargo en Antioquía, había de ser, asegurándola, que la castidad siempre vence y nunca es vencida: y que habiendo primero recogido para Sí todas las mujeres, que tenía consigo, ella las seguiría, acabando naturalmente el curso de su vida; y que Julián pelearía y padecería grandes fatigas por Su Amor: mas que vencería, y triunfaría gloriosamente. Dio parte de toda su revelación Basilisa a Julián, y cómo había visto a Jesucristo nuestro Señor resplandeciente más que el sol, cuando sale por la mañana. Después juntó a sus monjas, y les hizo una plática exhortándolas a purificar sus almas, y a aparejarse para gozar en el cielo de los castísimos abrazos de su dulce Esposo, y particularmente a no tener entre sí ira, ni enojo: porque la virginidad de la carne vale poco, cuando no hay paz y sosiego de corazón. Mientras la santa hablaba con sus hijas, el lugar, donde estaba, tembló, y se vio en él una columna de fuego, en la cual estaban escritas con letras de oro estas palabras: «Todas las vírgenes, de las cuales tú eres capitana y maestra, Me son gratísimas, y no hay cosa en ellas, que Me ofenda. Por tanto venid, vírgenes, y gozad del lugar, que os tengo aparejado.» Oyendo esto todas aquellas santas doncellas, se recrearon sumamente en el Señor, y le alabaron por aquel favor, que les hacía, y se aparejaron para morir, o por mejor decir, para por medio de la muerte ir a gozar de la eterna vida. Todas murieron en espacio de seis meses, como Dios se lo había revelado a Basilisa; y ella después, estando en oración, siguió a sus hijas, y dio su espíritu a su Esposo, y fue a gozar con ellas de su bienaventurada vista. Su cuerpo hizo enterrar Julián con gran ternura y devoción, y mucha honra, orando y velando algunos días, y noches sobre su sepultura. De esta manera libró Dios nuestro Señor a Santa Basilisa, y a todas las otras doncellas de su santa compañía, de la furiosa tempestad, que poco después se levantó en Antioquía contra los cristianos, en la cual San Julián, y los otros santos varones, que con él estaban, habían de padecer muchos y grandes tormentos por Jesucristo, y alcanzar gloriosas victorias, como valerosos guerreros: lo cual sucedió de esta manera.

3 Vino a Antioquía por presidente, y lugarteniente del emperador, Marciano, hombre cruel y fiero, celoso del culto de sus dioses, y tan encarnizado en la sangre de cristianos como su amo. Mandó, que ninguno pudiese comprar, ni vender cosa alguna, si primero no adoraba a un ídolo, que tenía puesto en cada lugar de su gobierno; y los moradores de Antioquía eran forzados a tener cada uno en su casa un ídolo. Supo el presidente, que estaba allí San Julián, y la calidad, y nobleza de su persona, la mucha gente, que le seguía, y la gran parte, que tenía en aquella ciudad. Envió a su asesor, para que le hablase blandamente, y le mostrase los mandatos del emperador, y le exhortase a obedecerlos. Fue el asesor, y le halló con muchos sacerdotes, diáconos, y ministros de la Iglesia, los cuales estaban algo temerosos, aguardando, en qué había de parar aquel nublado tan terrible, y tenebroso, que amenazaba. Habló el Santo, y los animó a morir por Cristo: y habiendo hecho oración, y la Señal de la Cruz en la frente, salió al juez, que le buscaba; y después de una larga plática, que tuvo con él, se resolvió, a que él, y todos los que estaban con él, no obedecerían al emperador, ni adorarían a sus falsos dioses, sino a Jesucristo su único Salvador, y Señor. Fue tanto lo que Marciano sintió esta respuesta, que loco, y ciego de rabia, y furor, mandó poner fuego en aquella casa, y quemar toda aquella santa, e ilustre compañía de San Julián, y a él solo prender, y echar a la cárcel. Todos fueron quemados, e hicieron un suavísimo sacrificio, y holocausto de sí, ofreciendo al Señor los cuerpos, que de Él habían recibido: y para que se viese, cuán acepto le había sido este sacrificio, mucho tiempo duró una gran maravilla, que los que por allí pasaban a las horas del día, que en la iglesia se suelen cantar los Oficios Divinos, oían una música celestial, y los que estaban enfermos, oyéndola, quedaban sanos. Mandó el presidente traer a Julián a su presencia, y toda la ciudad por el mucho amor, que le tenía, concurrió a verlo pelear con el demonio, que así llamaban al presidente; el cual, habiendo tentado con todas las artes, que pudo, el pecho de San Julián, y dándole muchos asaltos con maña, y con fuerza, con halagos, y amenazas, para rendirle a su voluntad; y hallándole siempre constante, y fuerte, le mandó atormentar cruelmente con azotes, y palos nudosos. Mientras que le atormentaban, uno de los ministros del presidente perdió un ojo, en que se descargó un golpe, de los que daban al Santo: lo cual permitió el Señor, para ilustrar más Su gloria, con lo que por esta ocasión después sucedió; porque San Julián dijo a Marciano, que mandase juntar todos los sacerdotes, para que hiciesen sus plegarias, y sacrificios a sus dioses, y les suplicasen, que restituyesen el ojo a aquel hombre, que le había perdido; y que si ellos no pudiesen, y él no solamente le diese vida corporal, sino también alumbrase su alma; que entonces conociese, y confesase el presidente la diferencia, que hay entre las piedras, que él adoraba, y tenía por dioses, y el Dios vivo, y verdadero, y Señor de todo lo creado, que adoraban los cristianos. Así se hizo: vinieron los sacerdotes de los ídolos, e hicieron todas las diligencias con sus dioses: pero ¿qué ayuda le podían dar, para que viese aquel hombre, las piedras, que no le veían, ni sentían? Se oyeron lamentables voces de los demonios, que en los ídolos clamaban: Dejadnos; porque estamos condenados a perpetuo fuego, y desde el punto que ha sido preso Julián, se han multiplicado nuestras penas: ¿Cómo queréis, que demos nosotros luz, estando en tinieblas? Además de esto, por la oración de San Julián, más de cincuenta estatuas de los falsos dioses, de oro, y plata, y de otros metales preciosos, que estaban en el templo, cayeron de repente, y se desmenuzaron, y se hicieron polvo: y San Julián, haciendo la Señal de la Cruz, e invocando el Nombre del Señor, restituyó el ojo a aquel hombre tan perfectamente, como si nunca le hubiera perdido; y lo que es más, esclarecidos los ojos de su alma con la lumbre del Cielo, comenzó a clamar, y a decir a voces, que Cristo era Dios, y solo digno de ser adorado, y reverenciado: de lo cual Marciano recibió tan grande enojo, que allí luego le mandó matar, y voló al cielo, bautizado en su sangre. Estaba el cruel tirano fuera de sí, y lo que Dios obraba por Julián, lo atribuía a arte mágica, y por esto le mandó llevar por todas las calles de la ciudad cargado de prisiones, y cadenas, y que en varias partes le fuesen atormentando, con un pregón, que decía: «De esta manera han de ser tratados los rebeldes a los dioses, y menospreciadores de los príncipes.» Tenía Marciano un solo hijo, llamado Celso, heredero de su casa, el cual era muchacho, y estaba en el estudio, por donde había de pasar San Julián, al tiempo que le llevaban a la vergüenza: al tiempo, pues, que pasaba, salió el muchacho con los otros sus compañeros a ver al mártir: le vio, y con él gran muchedumbre de Ángeles vestidos de blanco, y de inmensa claridad, que hablaban con él, y algunos le ponían una corona de oro, y de piedras de inestimable valor sobre la cabeza, tan resplandeciente, que obscurecía la luz del día. Con esta visión (¡oh, Potencia del Crucificado!) el muchacho se trocó de tal manera, que arrojando los libros, y desnudándose sus vestidos, sin poder ser detenido de sus maestros, ni de sus compañeros, se fue corriendo tras el Santo Mártir; y hallando, que le estaban atormentando, se echó a sus pies, besándolos, y protestando, que quería ser su compañero en los tormentos, para serlo en la gloria; porque hasta allí, engañado de sus padres, y de los demonios, como ciego le había adorado, y blasfemado a Jesucristo, que era Dios verdadero, y su vida, y salud, y de todos los que creen en Él. ¡Qué mudanza es ésta! ¡Qué nueva luz del Cielo! ¿Quién enseñó a este muchacho? ¡Qué admiración hubo en toda la ciudad! ¡Qué espanto en aquellos sayones! ¡Cómo se heló Marciano, cuando oyó decir lo que pasaba! Y ¡qué alegría, y júbilo sintió San Julián, viendo, que los tiernos años triunfaban de los falsos dioses, y que el hijo vengaba a Cristo de las injurias, que le hacía su padre ¡Quisieron apartar al muchacho Celso de San Julián; mas él estaba tan abrazado con el Santo, que no pudieron: porque por Voluntad de Dios, a los que querían echarle mano; luego se les entorpecían los brazos, y las mismas manos se secaban, y así fue necesario llevar a los dos juntos delante de Marciano, el cual, rasgadas sus vestiduras, y herido su rostro, después de haber reprendido a San Julián, por haber enloquecido con sus hechizos a Celso, y apartado al hijo de su padre, y quitado a los dioses, al que con tanta piedad los adoraba, procuró reducir a su hijo a su voluntad: y lo mismo hizo Marcionila, que acompañada de muchas criadas, y matronas, vino a este espectáculo, haciéndose carne, y dándose muchos golpes, y mostrando al hijo, para enternecerle, los pechos, que había mamado: mas el hijo Celso respondió, no como niño, sino como varón sapientísimo, como mozo en los años, y viejo en seso, y sobre todo, como el que estaba ya vestido, y adornado de la luz del cielo, y de la virtud de Dios: «La rosa, dice, por nacer de las espinas, no pierde su olor suavísimo: ni las espinas, por haber producido la rosa, dejan de punzar, y lastimar. Haz, oh padre mío, tu oficio de lastimar, como espina; que yo, como rosa, procuraré dar buen olor de mí a los fieles. Los que temen perder la vida temporal, te obedezcan, que yo, porque pretendo ganar la eterna, no te obedeceré. Por amor del Padre Eterno, que es mi verdadero Padre no te conozco por padre. Oh, Marciano, tú, por amor de tus dioses puedes negarme por hijo, y atormentarme como enemigo. No te hago agravio: antepongo a tu amor la eterna bienaventuranza; y por ser cruel contra mí, no soy piadoso para contigo.» Salió de sí el desventurado padre, y mandó echar a San Julián, y a su mismo hijo en un profundo calabozo, sucio, hediondo, y tenebroso, lleno de muchos gusanos, y de un mal olor incomparable: mas el Señor le ilustró con inmensa luz, y convirtió el mal olor en una fragancia suavísima: lo cual fue ocasión, para que veinte soldados, que tenían de guarda, se convirtiesen; y por Voluntad del Señor vinieron a la cárcel, guiados de un Ángel, siete caballeros cristianos hermanos, y con ellos un Sacerdote, llamado Antonio: el cual bautizó a Celso el hijo de Marciano, y a los veinte soldados, que siendo guardas, se habían convertido. De todo fue avisado el presidente, y él dio noticia de ello a los emperadores, los cuales le mandaron, que a San Julián, y a todos los que en su compañía seguían la fe de Cristo, los atormentase, y matase, haciéndolos quemar en unas cubas empegadas, llenas de aceite, pez, y resina, y otras cosas, que son materia, en que se ceba el fuego. Con esta respuesta de los emperadores mandó Marciano poner su tribunal en la plaza, y traer delante de si a San Julián, y a todos los otros sus santos compañeros: y estando dando, y tomando en aquel negocio, sucedió, que pasando por allí con un hombre muerto, que le llevaban a enterrar ciertos gentiles, el presidente los mandó parar, y para hacer burla de San Julián, le rogó, que le resucitase. San Julián lo hizo con gran facilidad, no mirando a la intención de Marciano, ni a lo que su incredulidad merecía, sino esperando, que con aquel milagro la gloria de Cristo crecería, y los gentiles quedarían confusos, y más animados los cristianos. Quedó asombrado el presidente, cuando vio delante de sus ojos vivo, al que era muerto, y mucho más, cuando le oyó hablar, y decir a grandes voces, que los dioses, que adoraban, eran demonios, y Jesucristo solo Dios verdadero; y que llevándole ciertos negros, y monstruos horribles al fuego eterno, por haber sido gentil, Dios le había mandado volver al cuerpo, para que hiciese penitencia, por la oración de San Julián, y para que después de muerto confesase por Dios, al que en vida había negado. No bastó este otro testimonio del Cielo tan grande, y tan fuerte, para ablandar el corazón de Marciano, más duro que las piedras; antes mandó prender al muerto resucitado, para que tornase a morir por Cristo con los Santos Mártires, que allí estaban: y porque no le sufría el corazón ver morir a su propio hijo, cometió la causa a su teniente, y él muy triste, y lloroso se retiró a su casa. Se dio la sentencia cruel, y aparejándose treinta y una cubas llenas de resina, y pez, desnudaron a los mártires, y los echaron en ellas, y les pegaron fuego delante de toda la ciudad de Antioquía, que había concurrido a este espectáculo. Los ministros del tirano atizaban, y encendían el fuego: el pueblo daba gritos, y alaridos, y derramaba muchas lágrimas, viendo morir con un género de muerte tan penosa a San Julián, y al niño Celso, y a tantos inocentes. Los Santos Mártires, teniendo los ojos puestos en el Cielo, con un humilde, manso, y alegre corazón hacían gracias al Señor por aquella señalada merced, que les hacía, y se le ofrecían, como holocausto, en olor de suavidad. Todos los Ángeles estaban a la mira, maravillados de tan gran fortaleza, y constancia; y el Señor de los Ángeles, que se la estaba dando para ser más glorificado en ellos, hizo, que se apagase el fuego, y que de él saliesen los Santos más resplandecientes, y puros, que sale el oro del crisol, sin lesión alguna, y que en medio de las llamas oyesen voces de Ángeles, que les daban música. Quedó como muerto Marciano, cuando oyó, lo que Dios había obrado con Sus Santos; aunque, creyendo siempre, que eran artes de nigromancia, y no virtud de Dios, no se enmendó, antes preguntó a San Julián, ¿dónde, y cómo había aprendido tanto de arte mágica, que tales cosas hacia? Y le pidió por el Dios, que adoraba, que le dijese la verdad: y el Santo le respondió, que Dios era el Autor de semejantes maravillas, y que el modo, para hacerse, era trabajar en echar de sí, como inútiles, los cuidados de este siglo, y servir a Cristo, y no anteponer a Su Amor, padre, ni madre, mujer, ni hijos, ni otra cosa temporal, y caduca de esta vida: porque el que tuviese, dice, cuidado de remediar las necesidades de los pobres: el que no se dejare sujetar de sus apetitos: el que venciere la impaciencia con la paciencia, y las injurias con buenas obras: el que procurare más ser santo, que parecerlo: el que de veras fuere humilde, y menospreciador del mundo, y se abrazare con Cristo, y siguiere Sus pisadas; ése será verdadero discípulo de Cristo, y hará las maravillas, que nosotros los cristianos hacemos.

Cristo con los Santos Julián y Basilisa y Celso y Marcionila, por Pompeo Batoni, 1736-1738.

4 Todo lo que el Santo decía al prefecto, era en vano; porque su corazón estaba empedernido, y obstinado. Mandó encerrar de nuevo a los Santos, y entre ellos a su hijo, y que su mujer Marcionila entrase a verle, y estuviese tres días con él; porque así se lo había pedido su hijo, y la misma madre lo deseaba, pensando, con blanduras, y dulzuras de madre atraerle, para que obedeciese a su padre, y no se perdiese. Entró la madre en la cárcel: se pusieron los Santos en oración, suplicando a nuestro Señor, que la alumbrase: tembló la cárcel: se vio en ella un inmenso resplandor, y se oyeron voces del Cielo; y por las cosas, que allí vio, y oyó Marcionila, se convirtió al Señor, y confesó la fe de Jesucristo, y fue bautizada del Santo Sacerdote Antonio, que allí estaba entre los otros mártires, y su mismo hijo Celso fue su padrino en el bautismo: lo cual todo fue de increíble alegría para los Santos, y nueva cruz, y tormento para Marciano: el cual ciego y loco, por la rabia, y furor, mandó degollar a los veinte soldados, que habían creído en Cristo, y quemar a los siete caballeros hermanos, que de su voluntad habían venido a la cárcel con el Sacerdote Antonio, y guardar al mismo San Antonio, y a San Julián, y al muerto resucitado, y a su propia mujer, e hijo, para mirar más de espacio, lo que había de hacer con ellos; porque todavía le tiraba el amor de la mujer, y de su único hijo. Los soldados fueron degollados, y los siete hermanos quemados, como lo mandó el presidente.

5 Había en Antioquía un templo dedicado a los dioses muy suntuoso; porque el pavimento, y las paredes no eran de mármol, ni de otras piedras ricas, sino cubiertas de tablas de oro purísimo, y las bóvedas adornadas de piedras preciosas. Se abría pocas veces este templo, por mayor reverencia. Ordenó Marciano a los sacerdotes, que aparejasen grandes ofrendas, y sacrificios, para ofrecer en aquel templo a los dioses inmortales, y con palabras blandas, viendo, que las duras no aprovechaban, rogó a San Julián, que se reconociese, y en aquel templo tan ilustre, y magnifico, hiciese reverencia a los dioses, gobernadores del mundo, y protectores del imperio. Le respondió San Julián, que hiciese juntar en el templo a todos sus sacerdotes, para que fuesen testigos del sacrificio, que él ofrecía. Creyó Marciano, que San Julián estaba ya trocado, y que con el deseo de la vida le quería dar contento, por no morir, y con grande alegría mandó juntar a todos los sacerdotes, que eran casi mil, y quitar las prisiones a San Julián, y a sus compañeros, y con gran fiesta, y regocijo los llevó al templo, a donde innumerable gente había concurrido. Hincó las rodillas San Julián: armó su frente con la Señal de la Cruz; y con grande afecto, ternura, y confianza, suplicó a nuestro Señor, que para gloria Suya, y confusión de la gentilidad ciega, y consuelo de los fieles, destruyese aquel templo, y todo lo que había en él. En acabando San Julián su oración, y respondiendo los otros Santos cuatro Mártires: Amén; todos los ídolos, que había en el templo, se deshicieron como humo, y el mismo templo se arruinó, y asoló de tal manera, como si nunca tal templo hubiera habido. Murieron todos los sacerdotes, y una gran muchedumbre de gente pagana: y Metafraste (que es, el que escribió esta vida) dice, que hasta a su tiempo salían de aquel lugar llamas de fuego. ¿Pues qué testimonio es éste del Poder infinito de nuestro gran Dios, y Señor? ¿Cuántas muertes padeció Marciano, antes que diese la muerte a San Julián? No sabía el desventurado, con quién se tomaba, ni lo que había de hacer, ni dónde estaba. Volvieron a la cárcel a los Santos Mártires; y estando ellos orando, y cantando alabanzas al Señor, a la media noche les aparecieron, por una parte, los veinte soldados, y los siete caballeros hermanos, ya gloriosos, y adornados con ropas de inmensa claridad, y en su compañía otros muchos Sacerdotes, e ilustres mártires: por otra, Santa Basilisa con un coro de purísimas doncellas; y en la cárcel no se oía sino una voz suavísima, que decía: Alleluya, Alleluya. Santa Basilisa habló a San Julián, diciéndole, que Dios la enviaba para avisarle, que ya estaba en el fin de sus batallas, y el Cielo abierto, y la corona aparejada, y todos los Santos aguardando la hora, en que le habían de recibir a él, y a sus Santos compañeros. Después de esto, otro día fueron sacados a juicio los Santos; y Marciano les mandó atar los dedos de las manos, y de los pies, y untar las ataduras con aceite, y ponerles fuego; pero las ataduras se quemaron, y los Santos quedaron sin lesión. Mandó desollar el cuerpo a San Julián, y a Celso su proprio hijo, y al Sacerdote Antonio, y Anastasio (que así se llamaba, el que había resucitado), arrancar los ojos con garfios de hierro. A su mujer mandó atormentar en el ecúleo; mas nuestro Señor no lo permitió: porque los ministros, que lo quisieron ejecutar, quedaron ciegos, y las manos, y brazos se les secaron: y los Santos quedaron como si ninguna cosa hubieran padecido. Los llevaron al anfiteatro por orden del presidente, y soltaron todas las bestias fieras, que tenían, para que los despedazasen; mas ellas, olvidadas de su natural fiereza, se echaron a los pies de los Santos, y los lamían. Mandó sacar Marciano a todos los presos de la cárcel, que estaban condenados a muerte, y que allí en el teatro los degollasen, y juntamente con ellos a San Julián, y a los otros cuatro sus santos compañeros, para que muriesen como facinerosos, y no a título de religión; ni pareciese, que de ellos quedaba vencido. Los Santos fueron descabezados; y al mismo tiempo vino un temblor de tierra tan extraño, que derribó casi la tercera parte de la ciudad, y en todos los lugares, en que había ídolos, cayeron muchos rayos, y mataron gran número de gente de los gentiles, y el mismo prefecto Marciano quedó más muerto que vivo, y apenas pudo escapar; y pocos días después, comido de gusanos, acabó su muy infeliz vida, para comenzar aquella muerte, que nunca se acaba. Vinieron la noche siguiente los cristianos y sacerdotes, para recoger los cuerpos de los Santos Mártires; y como estaban mezclados, y confusos con los otros cuerpos de los hombres facinerosos, que con ellos habían sido muertos, no los pudieron conocer, hasta que hincados de rodillas, y hecha oración al Señor, vieron las almas de los mismos mártires, en figura de doncellas purísimas, y que cada una se sentaba sobre su cuerpo; y de esta manera los conocieron, y con gran devoción y reverencia los sepultaron. Otra maravilla también sucedió, que la sangre, que salió de sus cuerpos, se heló, y se hizo como una masa de pan, más blanca, que la nieve: de manera que no se empapó en la tierra, que estaba ya regada con la otra sangre de los malhechores. Y nuestro Señor al sepulcro de San Julián hizo muchos, y grandísimos milagros, y no solamente donde estaba su cuerpo, sino en otras muchas partes de la cristiandad, donde se edificaron iglesias en su nombre. El martirio de San Julián fue a los 9 de enero, el año del Señor de 309, imperando en Oriente Maximino, que continuó la persecución de los emperadores Diocleciano, y Maximiano. Su vida escribió Metafraste, y hacen mención de él el Martirologio romano, el de Beda, Usuardo y Adón; y San Isidoro en el breviario toledano, y San Eulogio en el libro, que llamó Memorial de los Santos, ponen estos bienaventurados mártires por ejemplo, exhortándonos a todos a morir por Cristo: y con mucha razón; porque si consideramos con atención, lo que aquí queda referido; hallaremos muchos, y grandes motivos para alabar al Señor, y admirarnos de Sus secretos juicios, y reverenciar aquella providencia tan inescrutable, con que a unos hace santos, y los regala, favorece, y asiste, para que peleen, y venzan a todo el poder del infierno; y a otros por sus pecados desampara, y castiga: porque, ¿qué mayor maravilla pudo ser, que ver un caballero mozo, noble, y rico, como fue San Julián, dar de mano a todos los regalos, apetitos, y blanduras de la carne, y ofrecer a Dios su castidad? ¿Qué persuadir a su esposa Basilisa, que viviesen como hermanos, y conservasen perpetuamente la flor de su virginidad? ¿Y que el Señor con tan claras, y evidentes señales del cielo los confirmase en aquel santo propósito, y les diese gracia para perseverar en él, y para que con su ejemplo otros muchos los imitasen? ¿Y qué acabando Basilisa en santa paz el curso de su peregrinación, y llevando delante un número tan grande de honestísimas doncellas al cielo; quedase vivo Julián para la guerra, y para glorificar más con sus batallas, y triunfos al Rey de los reyes, y Señor de todo lo creado? ¿Cuántos y cuán ilustres milagros sucedieron en su martirio? ¿Cuán duros fueron los tormentos del tirano, y cuán suaves los regalos del Señor? El cual en San Julián quiso mostrar, que todas las criaturas reconocen, y obedecen a su Creador; y que en la ignominia está la gloria, en la pena el deleite, en la muerte la vida, cuando el nombre con fe viva, padece, y muere por su Señor. Marciano tirano se acabó, y no se acabaron sus tormentos: murió san Julián, y vive para siempre. Los templos, y las estatuas de los dioses cayeron, los gentiles fueron abrasados, y la gentilidad por el martirio de San Julián se menoscabó; y la Santa Iglesia Católica floreció, y la memoria de este glorioso mártir durará para siempre, y los trofeos de sus victorias permanecerán en los siglos de los siglos.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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“Un tiempo de orfandad y desolación os anuncio, por vuestros pecados, pero no Me queréis escuchar y preferís seguir en vuestras cosas”

La vidente Isabel recibe Locuciones de Nuestro Señor Jesucristo respaldadas por su director espiritual y publicadas en el sitio: http://elpastorsupremo.es/

MENSAJE 2 DE ENERO, 2018

Vendrán tiempos, ¡oh Jerusalén!, de calamidad a esta tierra de pecado, porque no ha reconocido[1] a su Dios.

Vendrán días de desolación a este mundo porque no ha querido a su Dios.

Estad preparados porque el Juez de vuestras almas está a la puerta y va a llamar[2] a vuestras vidas.

Un tiempo de desolación y ruina se avecina a esta tierra, no dejéis vuestros deberes para el último día, pues os cogeré con las manos vacías del esfuerzo, del trabajo de preparar vuestras almas.

Un tiempo de orfandad se avecina a esta tierra.

¡Oh Jerusalén!, qué dichosa fuiste cuando estuvo el Salvador entre tus gentes, tus calles, tus plazas, pero no Me reconociste, no reconociste al Hijo de Dios[3], ahora le verás bajar entre nubes en el Trono de Su Gloria y reconocerás tu pecado[4] y llorarás tu idolatría, tu falta de fe.

El mundo no te escucha, hija, hija de Mi alma, pero sé fuerte en anunciar y llevar Mi Palabra allí donde te quieran recibir y escuchar al Salvador de sus almas.

Nada hay peor que el sordo que no quiere oír y el ciego que no quiere ver, porque oyendo y viendo hay una oportunidad de salvación en vuestras almas. Oyendo y viendo puede entrar la salvación a vuestras vidas[5], pero si ponéis obstáculos a la Luz permaneceréis en vuestra ceguera[6] y las tinieblas os cercarán aquel día que sobrevendrá a la Tierra y lo llenará todo de oscuridad[7] y temblor.

Un tiempo de orfandad y desolación os anuncio, por vuestros pecados, pero no Me queréis escuchar y preferís seguir en vuestras cosas[8] y no preparar vuestra alma para estar ante Mí. Y así no sólo no preparáis vuestras almas, tampoco ayudáis a los hermanos que puse a vuestro lado a prepararse.

Hijo de Sión, si has escuchado Mi Voz y no te arrepientes y preparas tu alma no tendrás excusa aquel día y te pediré cuentas no sólo de tu alma sin disponer, sino también el de tus hermanos que necesitaban de ti, de tu ayuda, para hacerlo ellos también.

Yo te he elegido a ti, querido hijo que escuchas Mis palabras, para que las lleves como el viento a todas partes, te he elegido por Mi Misericordia, si haces oídos sordos a Mis palabras de salvación[9], habiendo llegado a ti por Mi Amor y Mi Misericordia, te haré responsable de tu ruina y la de tus hermanos, oráculo del Señor. Amén, amén.

No es tarde para un arrepentimiento sincero y prepararse a trabajar, pero si os descuidáis un poco más ya no habrá tiempo y te pediré cuentas de tu alma[10] y del alma de tus hermanos, porque es Mi Misericordia, hijo, la que llega a ti en cada mensaje, es Mi elección amorosa la que llega a ti en cada palabra de estos mensajes y la estás desaprovechando y no estás siendo agradecido al designio del cielo que en cada obra elige a sus soldados. Sin tu esfuerzo y tu dedicación a la obra de Dios habrás roto, estropeado, hundido la tabla de salvación que tiendo a Mis hijos, a Mis pobres hijos perdidos y se la hago llegar por tus manos, por tu corazón elegido por Mi Amor para esta obra de salvación.

Escucha, hijo, escucha y no te hagas el sordo, no te quedes ciego ante la Luz de Mi Espíritu Santo que hoy te hago llegar[11] a través de este mensaje de salvación.

¡Oh, hijo!, por compasión a este mundo perdido y abocado a las puertas del infierno, ayúdame, ayúdame a salvar tu alma[12] y la de tus hermanos que el demonio quiere arrebataros estas palabras[13] para que la Luz no llegue a vosotros y el espíritu de incredulidad os asalte a cada momento para estropear la obra de Redención del Hijo de Dios.

¡Oh, hijo de Mis entrañas!, escucha, escucha por compasión el grito de amor que hoy te hago llegar por medio del instrumento, el que Yo elegí para ti, para que Me sirviera haciéndote llegar a ti, hijo querido, estas palabras de amor y de misericordia, de amor y de salvación[14] a un mundo convulso y arruinado por el mal; quiero que las lleves, hijo, ayúdame a salvar las almas que un día te lo pagaré en el cielo[15].

Lleva Mis mensajes de Amor a quien los quiera escuchar. Llama a las puertas con este mensaje de paz y de amor en tu corazón, hijo, que el tiempo se termina.

Días vendrán, ¡oh Jerusalén!, que te entristecerás y llorarás por la ruina[16] de tus hermanos, por no haberlos ayudado haciéndoles llegar Mis palabras.

Hijos queridos, vivid Mis palabras[17] y haced con vuestro esfuerzo y cariño que también otros las vivan[18], y así un día seréis felices Conmigo en el Cielo viendo el fruto, la cosecha, de vuestro martirio[19]: el martirio de ser excluido, despreciado y odiado por Mi Nombre[20]. Amén, amén.

Nada más debo deciros, ayudadme, hijos, llevad Mis mensajes a todo el mundo y habladles de Mi Salvación. No esperéis a que la tierra se abra, a que los océanos inunden la tierra, a que el sol salga de su órbita, a que las estrellas caigan al suelo, a que el enemigo infernal se siente en el trono de Pedro reservado para el amigo de Dios, a que el mundo sea gobernado por el hijo de Satanás. No, hijos, si esperáis a aquellos tiempos ya nada podréis hacer más que rezar y sufrir; pero ahora, ahora es el tiempo de prepararse y disponerse para vivir el momento culminante de la historia de este mundo, el final de un mundo que ha llegado, que ya está aquí.

No escucháis la voz de Mis profetas y os pediré cuentas aquel día en el que estaréis ante Mí, porque puse Mis palabras ante ti y las hice llegar a tu corazón, pero Me cerraste la puerta, no Me reconociste como no reconocieron Mi venida hace más de dos mil años[21]; ahora, hijo, estás tú haciendo lo mismo que Me hicieron tus hermanos. No, hijo, mírame, escúchame y ve tras de Mí, sé un soldado de Mi comitiva, la comitiva de los pobres, los sufridos, los que lloran, los mansos, los humildes, los que ansían Mi salvación[22], los que esperan Mi llegada, los que miran al Maestro y no le dejan de mirar, los que aceptan Mi mirada[23] y Mi sonrisa, los que no se pueden separar de Mí y quieren estar siempre en Mi regazo[24]. Hijo, sé tú uno de estos soldados de Mi ejército, una ovejita de Mi rebaño[25], un hijo de Dios agradecido y déjate amar por Mí, por tu Salvador.

Ven, hijo, ven a Mí y trae contigo la cosecha de Mi Amor: el alma de tus hermanos blanqueada en el tribunal de Dios, porque tú, hijo, le hiciste llegar Mi mensaje de salvación y sufriste y lloraste y preferiste el martirio del desprecio a la perdida de las almas y el dolor del Corazón Santo de tu Dios.

Ahora, ahora es el tiempo y ya no habrá más tiempo. Ahora, hijo, espérame y haz con tu amor que otros Me esperen. “Aleluya, Gloria a Dios” esté en vuestras almas y corazones.

Os espero, hijos, os espero, venid a Mí[26], encontraos Conmigo en cada Sacramento, hablad Conmigo, contadme vuestras luchas y sufrimientos que Yo os aliviaré y os daré la fuerza de Mi Espíritu Santo para que seáis otros cristos en la Tierra que anuncien la liberación de los oprimidos[27], el final de un tiempo que está en manos de Satanás[28], el diablo, que hagan resplandecer la Gracia y el Amor.

Ven, hijo, ven a Mí, ven a tu Salvador y no te separes de Mí[29], Yo estoy contigo y te acompaño en tu caminar.

No abandones la obra que he puesto en tus manos porque, hijo, llegará un día que pediré cuentas de los dones y talentos que puse en tu vida y Me tendrás que dar cuenta de ellos[30], premiaré tu esfuerzo y tu lucha en Mi mies y castigaré a los cobardes de corazón[31], a los que por miedo a este mundo no Me obedecen y siguen Mis Mandatos, y escondidos en sus madrigueras están dejando pasar el tiempo de salvación con sus talentos escondidos.

¡Oh hijos!, que escondéis vuestros talentos recibidos por el alma para trabajar en Mi mies[32], más os valdría no haber nacido[33] porque se os pedirá cuenta de vuestra cobardía y la sangre de tus hermanos[34] que te necesitaron estará ante ti y caerá sobre ti.

Arrepiéntete de tu negligencia, pide perdón a tu Salvador y ponte a trabajar para tu Dios y Señor. Te pediré cuentas aquel día y no podrás esconderte de Mí. Pero si has ayudado a tus hermanos porque tu corazón se abrió a Mi Salvación y no sólo para ti, hijo, heredarás el Reino de los Cielos y te diré: Ven, hijo, ven, bendito de Mi Padre, entra en el banquete que he reservado para ti y te serviré a la mesa[35] y serás depositario de todo Mi Amor.

Adiós, hijo, el tiempo se acerca, el tiempo de la desolación[36], el tiempo de la salvación. No hagas oídos sordos a las palabras de tu Salvador. Quítate la venda de los ojos y ponte a trabajar en Mi mies.

Una luz, una luz se acerca en el horizonte, salid, hijos de Dios, salid y mirad el cielo, levantad vuestras manos que se acerca vuestra liberación[37].

Aleluya, Gloria a Dios; es el resonar del tiempo del Amor del Reino de Dios. Amén, amén.

Nada más debo decir. Seguid a Mi Amor, seguid a vuestro Salvador porque la noche se acerca y el gran día llegará de improviso.

Amad a vuestra Madre, la Madre de Dios, cogeos fuertemente de Su mano. Es el dulce resonar de Su amor lo que debéis escuchar pues Ella os lleva a Mí. Amén, amén.

Llevad a todos Mis mensajes de amor, un día os lo pagaré en el cielo que os he prometido. Amén, amén.

Nada os inquiete, Yo estoy con vosotros.

Lloverá fuego y azufre del cielo[38] y este mundo acabará, con toda su maldad.

Preparaos, hijos de los hombres, y no dejéis pasar en vuestras vidas este tiempo de salvación. Aleluya. 

________________________
[1] Jn 1,11
[2] Ap 3, 20
[3] Mt 11,19; Lc 7,34
[4] 1 Cor 4,5
[5] Lc 19,9
[6] Jn 9,39
[7] Sof 1,15; Jl 2,2; Jn 12,35; Hch 2,20; Ap 16,10
[8] Lc 21,34-36
[9] Hch 4,12; 11,14
[10] Lc 12,20
[11] Ef 4,30; 5,10-14
[12] Mt 10,28
[13] Mt 13,19; Mc 4,15
[14] Hch 13,26
[15] Sant 5,19-20
[16] Lc 19,41-44
[17] Rom 2,12-13
[18] Mt 5,18-19
[19] Ap 12,11
[20] Mt 5,10-12
[21] Lc 4,23.28-29
[22] Mt 5,3-9
[23] Lc 22,61
[24] Jn 13,25
[25] Jer 23,1-4; Lc 15,3-7; Jn 10,11-18
[26] Eclo 24,19; Is 55,3; Mt 11,28-30
[27] Lc 1,68-79
[28] 1 Jn 5,18-19; Ap 12,10-13
[29] Jn 15,1-10
[30] Mt 25,14-30
[31] Ap 21,8, Jn 14,27
[32] Jl 4,13; Mt 9,37
[33] Mc 14,21
[34] Gén 4,10
[35] Lc 12,37; 22,27.30
[36] Dan 9,18.27; 11,31; 12,11; Sof 1,15; Mt 24,15
[37] Lc 21,28
[38] Lc 17,29-30

Fuente:
http://elpastorsupremo.es/wp-content/uploads/2018/01/MENSAJE-02-01-2018.pdf

Mensajes de la vidente Isabel publicados en este blog:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/vidente-isabel/

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7 de Enero: San Raimundo de Peñafort

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid–Barcelona 1844 – Tomo I. Enero, Día 7, Página 105.

San Raimundo de Peñafort, de la Orden de Predicadores

El bienaventurado San Raimundo de Peñafort, hijo del glorioso patriarca Santo Domingo, padre, y maestro general de su sagrada orden, nació en la ciudad de Barcelona, cabeza del principado de Cataluña, o en Peñafort, solar conocido de su linaje, y familia, no lejos de aquella ciudad. Sus padres fueron nobles, y ricos; y Leandro Alberto, y otros autores dicen, que descendía de los reyes de Aragón. Desde niño fue inclinado a todas las cosas de virtud y piedad, y en los pocos años mostraba mucho seso. Se dio a los estudios de las letras humanas, y aprovechó tanto en ellas, que siendo aún mozo, vino a leer la lógica, y filosofía en Barcelona; aunque sin otro salario, ni interés, que el de aprovechar a otros: lo cual hacía no menos con su ejemplo, que con su doctrina. Le pareció después a Raimundo pasar a otras ciencias mayores, y se inclinó a estudiar las del derecho civil, y canónico; y para esto se partió para la ciudad de Bolonia en Lombardia, donde florecían, y hasta hoy florecen grandes letrados, que las profesan. Llegado a Bolonia, se dio tan buena maña, y estudió con tanta diligencia y cuidado sus derechos, que en breve tiempo se graduó de doctor, y alcanzó la cátedra de prima de cánones, y la leyó algunos años con grande concurso, y satisfacción y fruto de los oyentes: y con ser tan excelente su doctrina, la enseñaba graciosamente, y no tomaba el salario, que se daba a los otros lectores. Advirtieron esto los ciudadanos de Bolonia: y de suyo le señalaron un buen salario, así por pagarle su trabajo, como por obligarle más a perseverar en aquella universidad, que tanto lustre de su grande ingenio, y doctrina recibía. Raimundo le aceptó; pero del salario, y todo lo demás, que adquiría, daba fiel, y enteramente la décima parte al clero de su parroquia.

2 Estando el santo muy ocupado, y contento con su cátedra, y con deseo de estar algunos años en Bolonia, pasó por allí don Berenguer de Palou, Obispo de Barcelona, que de Roma, adonde había ido por algunos negocios importantes, se volvía a su iglesia: y deseando enriquecerla con tal pieza, como era Raimundo, le rogó, e importunó, que se viniese con él a Barcelona, proponiéndole tales partidos, y tales razones, que le rindió, y le hizo dejar su cátedra, con gran sentimiento, y pesar de sus discípulos, y de toda la universidad de Bolonia. Llegado el Obispo a su iglesia con tan buena compañía, luego le dio un canonicato, y una pabordia, que entonces vacaban. El P. Fr. Hernando del Castillo dice, que fue canónigo, y arcediano de Barcelona. En este estado vivió con notable recogimiento, grande humildad, modestia, y llaneza en su trato, acompañado de sus raras letras, y prudencia: y como era devotísimo de Nuestra Señora la Virgen María, procuró con el Obispo, que se celebrase con mayor solemnidad la fiesta de la gloriosa Anunciación, y dejó renta para esto. Pero aunque toda la ciudad de Barcelona estaba muy contenta con su ciudadano, y canónigo, por sus grandes partes; él no lo estaba: porque le parecía, que para él era mucho mundo, y que Dios le llamaba para cosas más altas que las de la tierra. Había el Señor poco antes enviado al mundo al padre Santo Domingo, como a un sol, para que le alumbrase, y sus benditos hijos derramaban por todas partes una suavísima fragancia de su religión, y virtud. Sintió esta fragancia Raimundo, y determinó correr en pos de ella, y hacer divorcio con todo lo que no es de Dios, para abrazarse con la Cruz de Cristo. Además de la inspiración, y luz del cielo, que le movió, dicen, que también fue parte para tomar aquella resolución, un escrúpulo, que tuvo de haber impedido a un mancebo sobrino suyo, que no entrase en la orden de Santo Domingo; y que para satisfacer aquel daño, él mismo se condenó a entrar en la dicha orden, en lugar del que le había quitado.

3 Tomó el hábito en Barcelona el viernes santo del año de 1222, a lo que se entiende, siendo ya muerto el año antes el bienaventurado Santo Domingo en Bolonia: y muchas personas nobles en linaje, y ricos, clérigos, y seglares, siguieron el ejemplo de Raimundo, y entraron en aquella sagrada religión; y él la ilustró con su santa vida, letras, y gobierno: porque olvidado de su gran doctrina, y de la grande opinión, que como doctor célebre, y que muchos años había leído en Bolonia, había alcanzado, se dio a todas las cosas humildes, y a la observancia de sus reglas, tan perfectamente, como el menor novicio de todos: y el provincial Fr. Sugerio, que fue el primero de la Orden de los Predicadores en España, le mandó en remisión de sus pecados, que escribiese una suma de casos de conciencia, por la cual los confesores de la Orden se pudiesen gobernar; y el Santo la compuso, y es, la que de su nombre se llama: La Suma de Raimundo: y dicen, que es la primera, que de este argumento salió a luz. Poco después de la muerte de Honorio III, sucedió en la silla de San Pedro, el año de 1227, Gregorio IX, que había sido muy grande amigo de Santo Domingo, y el que siendo legado del Papa, se había hallado a su entierro. Envió, pues, el Papa Gregorio el año do 1229 a España al Cardenal Sabino, para tratar negocios de grande importancia, y en particular para exhortar a los reyes, que prosiguiesen con mucho calor la guerra contra los moros, trayendo para este efecto una amplísima indulgencia de la cruzada. Llegado el Cardenal a Barcelona, y teniendo noticia de la persona de San Raimundo, le tomó por su principal consultor, y ayudador en aquella legacía, compeliéndole por obediencia, a que dejase su quietud, y le acompañase. Lo hizo el Santo con extraña humildad, y raro ejemplo; porque fue siempre a pie con su compañero, y comiendo, lo que hubiera de comer en su refectorio, sin admitir otros regalos. Iba un día, o dos antes que el legado partiese de cada lugar: predicaba la indulgencia al pueblo: oía las confesiones; y disponía la gente con su santidad y prudencia, de manera, que cuando llegaba el legado, hallaba los ánimos de la gente tan bien dispuestos, que lograba, lo quo quería. De aquí quedó el Cardenal Sabino muy aficionado a San Raimundo, y volviendo a Roma, le quiso llevar consigo; mas el Santo con su humildad, y por ser amigo de quietud, se excusó, y pidió, que le dejase en su convento de Barcelona; y así lo hizo: pero dio parte a la santidad del Papa Gregorio, que le había enviado, de los grandes talentos, y excelencias de Raimundo, y de lo mucho que le había ayudado, para despachar bien los negocios, que su Beatitud le había mandado. El Papa por la devoción, que tenía a la Orden de Santo Domingo, y por el deseo de acertar en su gobierno, envió a llamar a Raimundo a Roma, y le hizo capellán, y penitenciario, y confesor suyo. Ejercitando el santo varón el oficio de confesor, se escribe en el libro antiguo de su vida, que imponía, y daba por penitencia al Papa, que con misericordia, y brevedad despachase los pobres, que por diversos negocios venían a la corte, y muchas veces por su pobreza, y necesidad no hallaban, quién los oyese, ni quién los despachase: y que su Santidad, movido de la caridad de su confesor, recibía con devoción esta penitencia, y le ordenaba, que él mismo por sí sin dilación los despachase; y que por esta causa escribiéndole él mismo algunas veces, le llamaba padre de pobres. En otra cosa también gravísima se sirvió el Papa de San Raimundo, y fue en recopilar el libro, que llaman Decretales, con la distinción de títulos, y capítulos, que hoy día tiene, y de que usa la Iglesia, como el mismo Papa Gregorio IX lo dice en el prólogo de este libro: y sin duda fue obra de mucho trabajo para San Raimundo, y utilísima para la república cristiana, para acertar en los pleitos, y juicios de cosas eclesiásticas.

4 Estando San Raimundo en Roma, por muerte del arzobispo Espartago vacó el arzobispado de Tarragona, que entonces era el metropolitano de toda la corona de Aragón: luego se le dio el Papa al bienaventurado Raimundo, y le mandó, que dentro de tantos días le aceptase. Se afligió el Santo sobre manera, y suplicó humilde, e instantemente a su Santidad, que no le echase carga, que él no podía llevar, por ser sobre sus fuerzas; y entendiendo, que el Papa estaba fuerte, y quería, que le aceptase, se congojó tanto, que le sobrevino una recia calentura, que le duró hasta que el Pontífice, compadeciéndose de él, y temiendo, que no se muriese de pura pena, le libró de aquel cuidado; pero quiso, que el mismo P. Fr. Raimundo (ya que él no lo quería ser) nombrase arzobispo de Tarragona, y el bendito varón nombró a don Guillermo de Mongruy, sacristán de la seo de Gerona; y fue elección muy acertada. Después por los muchos y grandes trabajos de oración, estudios y vigilias, cayó el Santo varón en una grave y peligrosa enfermedad, y por consejo de los médicos volvió a los aires naturales, con licencia, y bendición de su Santidad, que más le quería tener ausente vivo; que presente muerto. Salió de Roma tal, cual en ella había entrado, sin oficios, sin beneficios, ni pensiones, y sin que el resplandor de la corte, ni la gracia tan grande del Sumo Pontífice, ni la amistad y favor de los Cardenales, ni la ambición y apetito de subir, y valer, que es tan natural en los hombres, ni las dignidades, que le habían ofrecido, fuesen partes, para trocarle, ni mudarle un pelo de su humildad religiosa, y constante. Hizo su viaje por mar, y desembarcó en un lugar de Cataluña, llamado Tosa, que está en el obispado de Gerona, a dos leguas de Blanes, y diez de Barcelona. Venían en su compañía cuatro frailes: allí tuvo ocasión de ejercitar su caridad y dar muestras de su santidad; porque un hombre del mismo lugar, llamado Barceló de Faro, recogiendo sus mieses, cayó súbitamente en una tan grande enfermedad, que ni podía hablar, ni moverse , y todos le tenían por muerto. Rogaron a San Raimundo, que se compadeciese de aquel pobre hombre, que se moría sin confesión; y él, porque no se perdiese aquella alma, se puso de rodillas en oración, suplicando a nuestro Señor, que le diese la vida, para confesar sus pecados. Le oyó el Señor; porque el enfermo ya casi muerto abrió los ojos, y vuelto en sí se confesó con el mismo santo padre; y luego sin hablar más palabra, murió, y dio su espíritu a su Creador.

5 Llegado a Barcelona, y convalecido de su indisposición, comenzó de nuevo, como si fuera novicio, a hacer una vida muy penitente, y ejemplar: y como era tan grande su doctrina y santidad: de muchas partes concurrían a pedirle consejo en casos muy enmarañados y dificultosos, especialmente, sabiendo, que el Papa le había dado la misma potestad de penitenciario suyo, que tenía en Roma: y aunque él recibía con gran benignidad, y mansedumbre, a todos los que venían a él, y procuraba enviarlos consolados, y aprovechados en sus almas; como no era amigo, de que tanta gente le visitase, e interrumpiese sus santos ejercicios, renunció con mucha humildad la potestad de penitenciario del Papa, reservándose solamente, la que convenía para consuelo de los frailes de su orden, y de la de los menores; que hasta en esto quiso dar muestras del amor, con que abrazaba la sagrada orden de San Francisco, y enseñarnos que todos los religiosos debemos ser de un corazón; pues somos soldados de un mismo Señor. Entonces escribió San Raimundo, a instancia de algunos Obispos, la forma, que se debe guardar en visitar las iglesias, y dio también algunas reglas a los mercaderes, para hacer sustratos sin pecado, y saber, en qué cosas están obligados a restitución. Mas en lo que principalmente se empleaba, era en ser santo, y perfecto, y con su ejemplo mover a todos al amor del Señor. En el tratamiento de su persona era rigurosísimo: todos los días fuera del domingo comía una sola vez con mucha sobriedad y templanza: a las noches se disciplinaba rigurosamente: después de completas, y de maitines visitaba todos los altares de la iglesia, haciendo a cada uno de ellos particular inclinación, y reverencia: su oración era muy continua, y acompañada con lágrimas: asistía a las horas canónicas en el coro con extraordinaria devoción; y en un libro antiguo de su vida escribe, que Dios nuestro Señor le había dado un Ángel tan familiar, que poco antes que en el convento, donde estaba, se tocaba la campana a maitines a la media noche, le despertaba, y le convidaba a orar; y el Santo obedecía al Ángel, y se levantaba, y se iba al coro: después de los maitines, y de su larga y fervorosa oración, dormía un poco, y luego con mucho cuidado se disponía para decir Misa, la cual decía cada día confesándose primero, humilde, y devotamente: y solía decir, que el día, que no decía Misa, por enfermedad, o por otro legitimo impedimento, apenas podía estar alegre, y tener el contento, que en otros días solía tener. Su conversación era muy suave, y abundaba de palabras, y ejemplos de edificación: y ni él murmuraba, ni consintió que otros murmurasen delante de él; antes los detenía con cortesía, y buen término, y volvía por los ausentes.

6 Entre las otras cosas señaladas, que este Santo varón hizo, fue una, el haber ayudado tanto a la institución y fundación de la Orden de Nuestra Señora de la Merced, la cual se fundó en tiempo del rey D. Jaime el Conquistador, por cierta revelación, que el mismo rey, y el bienaventurado padre San Raimundo, y San Pedro Nolasco tuvieron una misma noche, apareciéndoles Nuestra Señora, y declarándoles, cuán agradable servicio se haría a Su Hijo, si se fundaba una orden para redimir cautivos; y confiriendo todos esta revelación, y viniendo bien en ello el Obispo de Barcelona don Berenguer de Palou, y los jurados de aquella ciudad, que tienen nombre de censores, el día de San Lorenzo, que fue el décimo después de la revelación, en la iglesia mayor, que se dice de Santa Cruz, con una devota procesión, estando el rey y toda la ciudad presente, se dio principio a la Orden, y el beato Fr. Raimundo predicó, y dio de su mano el hábito a San Pedro Nolasco, que fue el primer religioso de la nueva Orden de Nuestra Señora de la Merced de redención de cautivos. Después el papa Gregorio, en el octavo año de su pontificado, a 16 de enero, estando en Perosa, la confirmó, que fue el año de 1235, y aún hay algunos que escriben, que el mismo Santo por orden del rey don Jaime, fue a Perosa, para alcanzar del Papa la confirmación; y que la impetró: y aun añaden, que el mismo Santo fue protector de la dicha Orden, mientras que vivió, y que él la favoreció con mucho gusto, por entender, cuántos y cuán grandes provechos había de acarrear a la Iglesia del Señor: y no se engañó, como la experiencia lo ha manifestado; porque además del gran número de cautivos, que estaban en poder de moros, e infieles, y esta sagrada religión ha rescatado; ha habido en ella muchos santos y grandes siervos del Señor, mártires, confesores y prelados: los cuales con su ejemplo y doctrina, y buen gobierno la han ilustrado, y amplificado la Iglesia del Señor; y de todo esto tiene buena parte San Raimundo, como el que también la tuvo en su santa institución.

7 Murió en esta sazón el P. Fr. Jordan, segundo maestro general de la Orden de los Predicadores, que sucedió a su primer instituidor, y padre Santo Domingo: se juntaron los padres de su Orden, para hacer elección de nuevo general, en la ciudad de Bolonia, en el año de 1238: entre los electores había esclarecidos varones en santidad, letras y prudencia, especialmente resplandecía entre los demás Alberto Magno, que era vicario general de la Orden y provincial de Alemania, y Hugo de San Teodorico, provincial de Francia, y otros maestros graves, y muy señalados. Al principio del capítulo general hubo alguna división, y los votos se partieron, y fueron iguales entre Alberto Magno, y Hugo de San Teodorico: después casi milagrosamente, haciéndose más oración delante del altar del bienaventurado padre Santo Domingo, suplicando a nuestro Señor, que les diese luz para acertar, y para nombrar por su cabeza y pastor, al que Su Divina Majestad había ya escogido, y sabía, que imitaría mejor a su padre Santo Domingo, y conservaría su espíritu en la religión; todos de común acuerdo eligieron al bienaventurado Fr. Raimundo; que se estaba en Barcelona muy descuidado de pensar, que tal cosa podía suceder. Pero porque aquellos padres electores sabían la humildad, del que habían elegido, y entendían, no querría aceptar la elección, enviaron de Bolonia a Barcelona cinco padres de los más graves de todo el capítulo, encargándoles, que con todas sus fuerzas le apretasen, y no admitiesen excusa, sino que en todo caso procurasen, que abajase su cerviz, y tomase sobre sí aquel yugo. Los padres vinieron e hicieron su oficio, y San Raimundo se excusó, e hizo todo lo que pudo por no ser maestro general de su Orden; mas al fin entendiendo, que aquella era la Voluntad de Dios, se rindió, y sujetó al parecer de aquellos padres, y a la obediencia de su Orden. Aceptó el cargo; pero no le tuvo más de dos años: en los cuales ordenó algunas cosas de grande importancia para la religión. Puso mucho rigor en la obediencia regular, no solo en las cosas substanciales, sino también en las menores, y de menos importancia, en comparación de las otras: porque, como él solía decir: «Quien en la virtud tiene en poco lo poco; no tendrá en mucho lo mucho.» Puso en orden las constituciones de la religión, en la forma, que ahora las tienen les frailes, con distinciones. Visitó por su persona a pie las provincias, con raro ejemplo de virtud, y grandísima demostración de penitencia y rigor; y hallándose ya viejo, y cargado de enfermedades, renunció el generalato el año de 1240, en el capítulo general, que se tuvo en la misma ciudad de Bolonia: y con esto muy contento, y alegre, se volvió a sus ordinarios, y religiosos ejercicios a su convento de Barcelona, que eran oración, meditación y áspera penitencia, y acudir a los negocios, que los reyes de Aragón, por la notoria santidad de su vida, y eminente doctrina, muchas veces le consultaban, pareciéndoles, y con razón, que siendo guiados por tan buen consejo, no podrían dejar de ser muy acertados. Y no solamente los reyes le ocupaban, sino los Sumos Pontífices le encomendaban muchos negocios tocantes a la sede apostólica, como elegir obispos y abades, examinar algunos prelados, y deponer algunos de los examinados, absolver y excomulgar, y dispensar con irregulares, y otras cosas semejantes: unas veces determinando, lo que se había de hacer; otras cometiéndoselo para que lo ejecutase, si le pareciese, que se debía hacer, dejándolo todo a su juicio, por la grande opinión, que tenían de su santidad, letras y miramiento, en lo que hacía. Con esta mano, que el Santo tuvo con los Papas, y con los reyes de Aragón, procuró, que con autoridad apostólica se instituyese el Oficio de la Santa Inquisición en aquellos reinos, como lo hizo; e Inocencio IV, Papa, que sucedió a Gregorio IX, le cometió en compañía del provincial de la Orden de Santo Domingo en España, la provisión de inquisidores en las tierras, que el rey de Aragón tenía en la provincia Narbonense; y el mismo Santo Fr. Raimundo era, el que más velaba en las cosas de la fe contra los herejes; porque fue gran celador de nuestra santa religión, y muy solícito perseguidor de sus enemigos, y extirpador de todo género de error y herejía. Además de esto, como el rey don Jaime, el Conquistador, le quería tanto, y le reverenciaba, le llevó consigo a las cortes de Monzón, le tuvo por padre y confesor suyo, y conocía, cuán bien le iba con sus consejos, y le envió con otros embajadores al Papa Urbano IV, para tratar un negocio arduo, y de suma importancia.

8 Mas no es justo, que dejemos de tratar muy de propósito, lo que aconteció con el mismo rey don Jaime, el cual, aunque amaba, y respetaba tanto a San Raimundo, como se ha dicho; pero como hombre, y como rey tan poderoso, y que tenía tantas ocasiones para caer, llevando consigo a Mallorca a san Raimundo por guía, y maestro, llevó también secretamente una mujer, con quien tenía mala amistad. Llegado a Mallorca, lo supo el Santo: pidió, y suplicó con grande instancia al rey, que despidiese aquella mujer, y se la quitase de delante; porque de otra manera él no podría servirle. Y aunque el rey le prometió, que lo haría, no lo hizo, vencido de su pasión: porque en vicios tan pegajosos es muy fácil el prometer, y dificultoso el cumplir. Entonces el Santo dijo al rey con rostro algo severo, que él se quería volver a Barcelona; pues su alteza no cumplía, lo que le había prometido. Mucho sintió esto el rey, que Fr. Raimundo, persona tan conocida, y estimada de todos, le dejase, y se partiese de su servicio: porque en ninguna cosa tienen tanto que sentir los reyes, cuanto, en que tales hombres les falten, y los dejen: y así mandó a todos los patronos de los navíos, so pena de la vida, que ninguno de ellos le admitiese en su navío, ni lo pasase a España. El Santo, sin saber este mandato del rey, una noche después de maitines, tomando la bendición del prior de su convento, se fue al puerto de la ciudad de Mallorca, para embarcarse con su compañero en un navío, que estaba aprestado para Barcelona: y como no le quisiesen admitir, ni en él, ni en otros, por miedo del rey; se fue al puerto de Soller, distante tres leguas de la ciudad, donde halló tres barcos cargados de duraznos, que se hacían a la vela para Barcelona: rogó a los marineros, que le llevasen; y no se atrevieron. Entonces tomando de la capa a su compañero, se fue a unas rocas, que estaban más adentro del mar, y le dijo: Ahora veréis, como el Rey Eterno nos proveerá de muy buen barco. Diciendo esto, se quitó la capa, y la echó al agua muy tendida: y tomando el bordón en la mano, y haciendo la Señal de la Cruz, entró, y se puso sobre ella, como si entrara en algún barco, y aun con más seguridad, y quietud. Hincó el bordón en medio, y llamó a su compañero, para que santiguándose entrase también. El compañero, atónito de lo que el Santo hacía, no se atrevió; y así se quedó en tierra, y el Santo levantó en alto la mitad de la capa a modo de vela, e hincándola en lo más alto del bordón, como en árbol de nave, luego sopló un aire delgado y suave, y San Raimundo comenzó a navegar, mirándose unos a otros, los que estaban presentes, y como fuera de sí; y el mismo día, que partió de Mallorca, en espacio de seis horas llegó a Barcelona, que es viaje de ciento y sesenta millas, o de cincuenta y tres leguas, y saltando de la capa en tierra, como de un barco, la tomó, y se la vistió, tan enjuta, como si la sacara de alguna arca, y con su bordón en la mano se fue derecho a su convento, y hallándole cerrado, entró en él, sin que nadie le abriese la puerta, añadiendo Dios un milagro a otro milagro. En entrando se fue humildemente al prior, y tomó su bendición, y se sentó con los otros a comer de la miseria, que comían. Se supo este prodigio tan estupendo en la ciudad de Barcelona; porque mucha gente principal estaba presente, cuando desembarcó el Santo, y le acompañaron a su convento, y todos quedaron asombrados, y alabaron al Señor, obrador de tantas maravillas.

El mismo rey don Jaime, cuando supo, cómo se había embarcado en el puerto de Soller, vino a él, y vio el mismo lugar, y se arrepintió de su pecado, y dejó aquella mujer, y de allí adelante vivió bien, y comenzó a respetar más al Santo, y mirarle como a hombre venido del cielo; y con los mismos ojos le miraban los demás. Por este milagro, y por otros, que en vida hizo San Raimundo, fue tenido en suma veneración, y alcanzó mucha mayor autoridad con los Papas, y con los reyes de Aragón, y con los mismos reinos: y como él era tan santo, y tan encendido en el Amor de Dios, y celoso de Su honra, no se aprovechaba de esta autoridad para alguna cosa suya temporal, sino para amplificar la gloria de Dios y el bien de las almas. Tuvo una revelación, de lo mucho que Dios nuestro Señor se quería servir de sus santos hermanos, y compañeros de la Orden de Santo Domingo, para la conversión de los infieles, moros, y judíos, que había en aquella sazón en España, y en África, e hizo hacer dos estudios, de hebreo, y arábigo, uno en Túnez, y otro en Murcia, para que en ellos algunos religiosos de su Orden, aprendiendo aquellas lenguas, pudiesen predicar a los judíos, y moros, como lo hicieron, y convirtieron más de diez mil moros, y se divulgó la fe de Cristo a los de aquella nación: y el Papa Alejandro IV, el segundo año de su pontificado, que fue el de 1256, por una bula suya, mandó al provincial de España, que enviase frailes a tierra de infieles, para predicarles el santo Evangelio, dando grandes poderes, a los que fuesen a tan gloriosa empresa, de lo cual se siguió copiosísimo fruto, y muchos de los infieles, que estaban ciegos, y vivían en la sombra de la muerte, alumbrados con la luz del cielo, conocieron, y abrazaron a Jesucristo por su Redentor, y Señor: y el Santo Raimundo tenía gran cuenta de recogerlos, y ampararlos, y con las limosnas, que le daban para esto los reyes, y prelados, sustentarlos, y confirmarlos en la santa fe católica, que habían recibido: y para que más fácilmente los letrados de sus sectas se convirtiesen, rogó a Santo Tomás de Aquino, que escribiese un libro contra los errores de ellos, y el angélico doctor lo hizo, y escribió el libro contra los gentiles, que es tan docto, y tan admirable.

9 En éstas, y en semejantes cosas, todas encaminadas al servicio de Dios nuestro Señor, se ocupó San Raimundo treinta y cinco años, que vivió, después que dejó el cargo de maestro general de su Orden; y toda su larga vida no fue sino aparejarse para bien morir.

10 Llegó a la edad decrépita; y siendo ya muy viejo, le dio una enfermedad, en la cual los reyes de Castilla, y de Aragón, le visitaban con mucha ternura, y reverencia, y agravándosele la enfermedad, a los 6 de enero del año 1275, el día de los Reyes, cerca de las seis horas de la mañana, estando presentes, y orando, y llorando los religiosos de su convento, entregó su espíritu al Señor, que para tanta gloria Suya, y bien de Su Iglesia le había creado. Se hallaron presentes a su entierro el rey de Castilla don Alonso, y su hermano don Fernando, y su hijo don Sancho, y dos infantes menores, y el rey don Jaime de Aragón, y el infante don Jaime, su hijo, y los Obispos de Cuenca, de Barcelona, y de Huesca, y otros muchos prelados, y señores, y toda la nobleza de aquella clarísima ciudad, y de las cortes de los reyes. Murió de edad de casi cien años: porque nació el año de 1175, según lo que se dice en el sumario de la relación, que se hizo para la canonización del Santo en Roma; y esto es, lo que comúnmente se escribe. Verdad es, que el P. Fr. Francisco Diago, de la Orden de Santo Domingo, dice, que nació el año de 1186, y murió de ochenta y nueve. Hizo nuestro Señor muchos milagros por San Raimundo en vida, y en muerte. En el proceso de su canonización ponen tres, que hizo en vida: el primero es de aquel hombre, que en el puerto de Tosa estaba sin habla, y sin sentido, y como muerto; y por las oraciones del Santo volvió en sí, y se confesó con él, como arriba queda referido: el segundo es la navegación, que hizo sobre su capa, por el mar, de Mallorca a Barcelona, con tanta brevedad, y seguridad, como se ha dicho: el tercero, de un fraile de su Orden, el cual, siendo gravemente tentado, y afligido de los estímulos de la carne, suplicó a nuestro Señor, que por los merecimientos de Raimundo le librase; y diciendo el Santo Misa, vio entre sus manos un niño hermosísimo, y con esta visión, quedó libre de aquellas tentaciones, que tanto lo apretaban.

11 Después de muerto, en el sumario del proceso de su canonización se cuentan otros ocho milagros: de un caballero criado del rey de Aragón, el cual, estando lleno de lepra, sanó: de una niña de edad de cuatro años, que muerta resucitó: de otra mujer, que estando con grandísimos dolores de parto tres días, y tres noches, sin poder parir, parió un hijo por las oraciones del Santo: otro mozo, estando para morir, o casi muerto, cobró la salud: otro apestado se encomendó al Santo, y él le apareció, y le tocó, y quedó sano: de otra mujer se escribe, que habiendo echado gran copia de sangre por la boca, se la restañó, y vivió, bebiendo un poco de agua con unos polvos del sepulcro de San Raimundo: y no es el menor de sus milagros, que del sepulcro, donde su sagrado cuerpo la primera vez fue depositado, manan continuamente unos polvos, que tomándolos con un poco de agua los enfermos, sanan calenturas, y otras dolencias: el que sucedió el año 1596, a 4 de abril, que el Arzobispo de Tarragona, y los Obispos de Barcelona, y de Vique, comisarios apostólicos, abrieron su sepulcro, del cual salió un olor suavísimo, y celestial, el que muchos sintieron; y un hombre, que por espacio de diez y ocho años había perdido el olfato, con el olor del sagrado cuerpo le cobró. Estos milagros se refieren en el proceso de la canonización, como dijimos; pero otros muchos no menos maravillosos escriben los autores de su vida, a los cuales remito al lector: y Fr. Lorenzo Alberto, de la Orden de Santo Domingo, dice, haber leído, que resucitó cuarenta muertos.

12 Por los milagros, que el Señor obró por San Raimundo, y por su santísima vida, en un concilio de Obispos, que se hizo en la ciudad de Tarragona el año de 1279, se suplicó a Nicolao III, Sumo Pontífice, que le canonizase; y la misma instancia hicieron con Bonifacio Papa VIII diez conventos de la orden de predicadores, el año de 1298, intercediendo por la misma canonización: y los reyes, y reinos de Aragón, y el principado de Cataluña, muchas veces pidieron lo mismo; y por varios impedimentos no tuvieron efecto sus ruegos, hasta que el Papa Paulo III, a 3 de junio, el octavo año de su pontificado, que fue el del Señor de 1542, dio licencia, para hacer cada año oficio solemne, y celebrar su fiesta a los 7 de enero, un día después de su fallecimiento, en la provincia de Aragón de su orden, aprobando el oficio, que del Santo se canta, y compuso Fr. Jacobo. Ferrante, de nación turco, y en religión hombre raro, que por sus buenas partes fue provincial de su Orden en aquella provincia: y finalmente, el año pasado de 1601, la santidad de Clemente VIII, a los 29 de abril, día de San Pedro Mártir, le canonizó, y puso en el catálogo de los Santos con grande aparato, y solemnidad, suplicándoselo el rey don Felipe el III, y la ciudad de Barcelona con el principado de Cataluña.

13 La vida de San Raimundo escribió Fr. Leandro Alberto, de su Orden, y la trae el P. Fr. Lorenzo Surio en su primer tomo, y el P. M. Fr. Hernando del Castillo, en el segundo libro do la historia de su Orden, capítulo 16, 17 y 18. También la recopiló brevemente el doctor Francisco Peña, auditor de Rota, que intervino en su canonización; y más copiosamente el P. Fr. Francisco Diago, de su misma Orden, en la historia, que escribió de la provincia de Aragón, de la Orden de Predicadores, año de 1599; en el libro II, capítulo 7, hasta el 28. Hacen asimismo mención de San Raimundo Pedro Marcillo en su historia, y Gerónimo Zurita, en el tercer libro de sus anales, capítulo 60, y 94.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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La Desconocida Historia del Manto de San José

Cuentan las antiguas tradiciones conservadas en los primeros monasterios de vida contemplativa y transmitidas hasta nuestros días, que San José es solícito en mediar ante Dios para que en su misericordia conceda las gracias necesarias a quienes acuden orantes a él. Conocida entre sus devotos es la Novena llamada “Santo Manto de San José” que está inspirada en una historia hecha leyenda, conservada por la tradición oral de la Iglesia desde siglos.

El Manto de San José

San José debía ir a las montañas de Hebrón, donde tenía ajustada una partida de madera, y lo había ido dilatando día tras día hasta ver si podía reunir todo el dinero; pero fue en vano. Las cosas de los pobres, se hacen sus cuentas y casi nunca les salen como lo pensaron, José no tenía reunido más que la mitad del dinero y el caso es que no podía esperar más tiempo; era necesario servir a los parroquianos y por tanto partir a por la madera.

—Si te parece bien –le dijo la Santísima Virgen María-, lo pediré a los parientes.
—Yo iré -contestó José.
—No, esposo mío -suplicó María-; has de hacer un largo viaje y no te debes cansar -y cubriendo su cabeza según la costumbre, salió de casa. Al regresar le dijo:

—No hay dinero. Lo he pedido en varias casas, y todas se han excusado; indudablemente es que no tienen, porque si hubieran tenido ¿cómo se habrían de negar a darlo? Pero he pensado una cosa, -continuó María, procurando ocultar tras una dulce sonrisa el sentimiento que su corazón sentía-;… he pensado que dejes el manto en prenda y con eso el dueño de la madera se dará por satisfecho.
—No has pensado mal -dijo San José, bajando sus ojos, porque su esposa no los viera arrasados en lágrimas.
—Adiós, esposo mío -dijo María al despedirle-. El Dios de Abraham te acompañe y su ángel te dirija.
—Adiós esposa mía; procuraré volver pronto.

Y marchó el santo con la mitad del dinero y el manto nuevo que María le había regalado en el día de su boda.

* * *

—Dios te guarde, Ismael, -dijo el Santo padre de Jesús cortésmente al llegar a la presencia del dueño de los troncos contratados.
—¿Vienes ya por la madera? -fue la contestación al saludo de José-; bien podías haber venido antes; en poco ha estado que te quedes sin ninguna.

Ismael tenía mal genio, era un avaro sin entrañas, en su casa no había visto nunca la paz, su pasión era el dinero y todo esto lo conocía José desde que le estaba tratando, por lo cual podemos presumir la poca confianza y el miedo que había de tener por declarar el estado de su bolsillo. Escogió los maderos, apartándolos a un lado, y cuando ya iba a partir para Nazaret, llegado el momento supremo, llamó aparte a Ismael, y le habló de esta manera:

—¡Dispénsame que no traigo más que la mitad del dinero; tú sabes que siempre te he pagado al contado. Espérame y ten paciencia y te pagaré hasta el último cuadrante; quédate con esta capa en prenda.

Ismael quiso que se llevara la mitad de los troncos, protestó y volvió a protestar, de tal manera, que estuvo a punto de desbaratarse el contrato, pero al cabo cedió aunque no de muy buen grado, quedándose con el manto de boda de San José.

El avaro Ismael tenía enfermos los ojos hacía tiempo con úlceras, y a pesar de invertir en médicos y medicinas no había logrado la salud; casi había perdido la esperanza de sanar; por lo cual se llenó de sorpresa a la mañana siguiente cuando se encontró que sus ojos estaban sanos como si nunca hubiese padecido.

—¿Qué es esto? -se decía-. ¡Ayer enfermos con úlceras incurables, según opinión de los médicos, y hoy sanos sin medicina alguna!

No dio Ismael con la causa y al llegar a su casa contó a su esposa el prodigio. Eva, que así se llamaba ésta, era un verdadero basilisco, tenía un genio de fiera, y desde que se había casado con Ismael jamás había tenido paz, ni dicha, ni tranquilidad, ni gusto en el matrimonio; pero aquella noche estaba hecha una cordera. ¡Qué dulzura en sus palabras! ¡Qué mansedumbre! ¡Qué alegría en su rostro antes sombrío y arrugado por la ira: “¿Qué es esto? ¿Qué variación es esta? ¿Quién habrá traído este cambio?” se preguntaba a sí mismo el esposo.

—Toma este manto y guárdalo por ahí -le dijo a Eva-. Es de José, el carpintero de Nazaret, y ha de venir a llevárselo; este manto debe ser el que ha traído la paz y la tranquilidad de esta casa -dijo casi pensarlo el esposo-. Desde que lo puse sobre mis hombros para traerlo, siento en mí tal mudanza, tales afectos y tales deseos, que no puede ser otra la causa. Oyeron entonces ruido en el establo y, cortando la conversación, se tiró del lecho Ismael y acudió a ver lo que era.

Una vaca, la mejor, la más gruesa, se retorcía en el suelo presa de un dolor horrible. ¡Pobre animal! A pesar de los remedios que ambos esposos le prodigaron no se mejoraba; al contrario, parecía que iba a expirar. Se acordó Ismael del Manto de José y comunicó a Eva su pensamiento; nada perdían. Pero si la vaca sanaba, sabrían que el Manto era la causa de su dicha y del bienestar que disfrutaban.

Fue nada más ponerle la capa y el animal se levantó del suelo donde antes se retorcía por la fuerza del dolor. La vaca se puso a comer como si nada hubiese pasado.

—¿Lo ves? -dijo Ismael-, este manto es un tesoro. Desde que él está en nuestra compañía, somos felices. Conservemos esta prenda de los cielos; no nos desprendamos de ella ni aunque nos dieran todo el oro del mundo.
—¿Ni al mismo dueño se la devolveremos? -dijo Eva inquieta.
—Ni al mismo dueño -contestó resueltamente Ismael.
—Entonces -dijo Eva- le compraremos otra mejor que ésta, en el mercado de Jerusalén, y si te parece bien iremos los dos a llevársela.
—Sí -contestó el marido-. Yo le perdono la deuda y además estoy dispuesto a darle de aquí en adelante toda la madera que necesite.
—¿No has dicho que tiene un hijo llamado Jesús? -preguntó Eva-. Le llevaré de regalo un par de corderos blancos y un par de palomas como la nieve, y a María aceite y miel. ¿Te parece bien, esposo mío?
—Todo me parece bien –contestó-. Mañana iremos a Jerusalén y desde allí a Nazaret.

Cuando estaban los camellos preparados para el viaje, llegó jadeante el hermano menor de Ismael, diciendo que la casa de su padre estaba ardiendo y había que llevar el Manto del Carpintero, con el fin de apagar el incendio. No había tiempo que perder. Los dos hermanos corrieron precipitadamente a la casa del padre y al llegar, cortaron un pedazo del milagroso manto y lo arrojaron al fuego. No hubo necesidad de derramar una sola gota de agua; aquello fue bastante para atajar el incendio y apagarlo. Las gentes se admiraron al ver el prodigio y bendijeron al Señor.

—Qué fue -preguntó Eva al verlos llegar- ¿se ha apagado el fuego?
—Sí -contestó el esposo lleno de satisfacción-; un pedazo del manto ha bastado para realizar el milagro.

Días después se bajaron de sus camellos a la puerta del Carpintero de Nazaret. Ismael, el antiguo usurero y Eva su esposa, venían llenos de humildad a postrarse a los pies de José y María y a hacerles varios regalos. Al verlos San José y la Santísima Virgen María creyeron que vendrían reclamando la deuda y se llenaron de tristeza porque aún no tenían el dinero reunido. Pero el entrar en la casa donde José, María y el Niño Jesús estaban, se pusieron ambos de rodillas, y tomando la palabra Ismael, dijo:

—Venimos mi esposa y yo a darte las gracias por los inmensos bienes que hemos recibido del cielo desde que me dejaste el manto en prenda; y no nos levantaremos de aquí sin obtener tu consentimiento de quedarnos con él para que siga protegiendo mi casa, mi matrimonio, mis intereses y mis hijos.
—Levantaos -dijo José, tendiéndoles las manos para ayudarles.
—iOh, santo Profeta! -respondió Ismael en un arrobo espiritual-; permite hablar a tu siervo de rodillas y escucha estas palabras: Yo estaba enfermo de los ojos y por medio de tu manto se han curado; era usurero, altivo, rencoroso y hombre sin entrañas y me he convertido a Dios; mi esposa estaba dominada por la ira y ahora es un ángel de paz; me debían grandes cantidades y las he cobrado todas sin costarme trabajo alguno; estaba enferma la mejor de mis vacas y ha sanado de repente; se incendió, en fin, la casa de mi padre y se apagó el fuego instantáneamente al arrojar en medio de las llamas un pedazo de tu manto
—¡Loado sea Dios por todo! -dijo bajando los ojos el santo Carpintero-. Levantaos, que no está bien que estéis de rodillas delante de un hombre tan miserable como yo.
—Aún no he terminado -respondió Ismael-. Tú no eres un hombre como los demás, sino un Santo, un Profeta, un ángel en la tierra. Te traigo un manto nuevo, de los mejores que se tejen en Sidón; a María tu esposa, le traemos aceite y miel, y a Jesús, tu hijo, le regala mi esposa un par de corderos blancos y un par de palomas más blancas que la nieve del Líbano. Aceptad estos pobres obsequios, disponed de mi casa, de mis ganados de mis bosques, de mis riquezas, de todo lo que poseemos, y… ¡no me pidáis vuestro manto!

— Quedaos con él, ¡en buena hora! -dijo el Santo Carpintero-; y gracias, muchas gracias por vuestros ofrecimientos y regalos.

Y mientras se levantaban del suelo y acercaban los presentes, les dijo María:

—Sabed, buenos esposos, que Dios ha determinado bendecir todas aquellas familias que se pongan bajo el Manto protector de mi santo esposo. No os extrañen pues los prodigios obrados; otros mayores veréis; amad a José, servidle, guardad el Manto, divididlo entre vuestros hijos, y sea ésta la mejor herencia que les dejéis en el mundo.

…Y es sabido que los esposos guardaron fielmente los consejos de la Santísima Virgen María y fueron siempre felices, lo mismo que sus hijos y los hijos de sus hijos.”

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