Profecías de San Malaquías sobre los Papas

3 de Noviembre – 869º Aniversario de su muerte
Años: 1139-1140 / Lugar: ARMAGH, Irlanda
Profecías y Milagros
San Malaquías (1094-1148)

Profecías de San Malaquías sobre los Papas

Según la hipótesis del Abad Cucherat (1871), San Malaquías escribió la profecía en Roma, entre los años 1139 y 1140 cuando visitaba al Papa Inocencio II para reportarle los asuntos de su diócesis. Entonces entregó su manuscrito al Papa para consolarlo en sus tribulaciones. El Papa guardó el manuscrito en los archivos romanos donde quedó olvidado hasta su descubrimiento en el 1590 (Cucherat, “Proph. de la succession des papes”, ch. xv).

La «Profecía de los papas» de san Malaquías apareció por primera vez  en 1559, en el libro Lignum vitæ, ornamentum, & decus Ecclesiae (‘El árbol de la vida, el ornamento y la gloria de la Iglesia’), publicado por el monje benedictino belga Arnoldo Wion (quien era historiador de su orden). El libro resultó un éxito en toda la Europa cristiana. Wion dedicó este libro al rey de España Felipe II.

El Lignum vitae es una biografía colectiva de los benedictinos elevados a la dignidad episcopal. Tras unos párrafos sobre la figura de san Malaquías, termina diciendo: «[Malaquías] Escribió varios opúsculos. Y sigue una serie de pequeños lemas o frases en latín sin numerar haciendo alusión alegórica a los siguientes papas que gobernarían la Iglesia Católica, desde Celestino II (1143-1144), hasta Petrus Romanus, el último de la lista.

Los últimos lemas son:

101: “Crux de Cruce” (Cruz de Cruz). Pío IX (1846-1878)
102: “Lumen in caelo” (Luz en el cielo). León XIII (1878-1903).
103: “Ignis ardens” (Fuego Ardiente). Pío X (1903-1914).
104: “Religio Depopulata” (Religión devastada). Benedicto XV (1914-1922).
105: “Fides intrepida” (La Fe Intrépida). Pío XI (1922 –1939).
106: “Pastor angelicus” (Pastor angélico). Pío XII (1939-1958). Reconocido como un gran intelectual y defensor de la paz.
107: “Pastor y nauta” (Pastor y navegante). Juan XXIII (1958-1963), fue el Patriarca de Venecia, ciudad de navegantes. Condujo la Iglesia al Concilio Vaticano II.
108: “Flos florum” (Flor de las flores). Pablo VI (1963-1978). Su escudo contiene la flor de lis (la flor de las flores).
109: “De medietate Lunae” (De la Media Luna). Juan Pablo I (1978). Albino Luciani (del italiano, luz blanca). Nació en la diócesis de Belluno (del latín bella luna). Fue elegido el 26 de agosto del 1978. La noche del 25 al 26 la luna estaba en “media luna”. Murió tras un eclipse de la luna. También su nacimiento, su ordenación sacerdotal y episcopal ocurrieron en noches de media luna.
110: “De labore solis” (De la fatiga o trabajo del sol). Juan Pablo II (1978-2005). Ha sido capaz de un trabajo extraordinario y extenso. Los días de su nacimiento y muerte hubo eclipses solares.
111: “Gloria Olivae” (La gloria del olivo). Benedicto XVI (2005-2013), nació en y fue bautizado en sábado de gloria. Toma su nombre por San Benito y Benedicto XV. Los Benedictinos tuvieron una rama llamada los “olivetans”. Benedicto XV se destacó por sus esfuerzos por la paz durante la Primera Guerra Mundial.

La siguiente explicación sobre el tema es cita textual del Libro: Tú eres Pedro. Profecías sobre el Papa, la Iglesia y el Mundo, Capítulo VII. Escrito por: Luis Eduardo López Padilla.

“(…) Según la interpretación propuesta por Víctor Dehin, la disposición tipográfica original distingue de manera muy clara los lemas o frases siempre separadas por un punto. Es decir, para mayor claridad visualmente tenemos lo siguiente, observando los últimos 6 lemas:

Flos florum. (correspondió a Paulo VI)
De medietate lunae. (correspondió a Juan Pablo I)
De Laboris solis. (correspondió a Juan Pablo II)
Gloria olivae. (correspondió a Benedicto XVI)
In persecutione. (corresponde a Francisco)
Petrus Romanus… (pendiente)

En una edición posterior de 1598, hecha por R. Rusca todavía se presentan los dos últimos lemas como claramente distintos, aunque dispuesto con otra redacción:

112. In persecutione. extrema S.R.E. sedebit.
113. Petrus Romanus, qui psacet oues in multis tribulationibus…

En la tercera edición hecha por Messingham en 1624 ya une las 2 frases formando una sola para quedar como sigue:

In persecutione extrema S.R.E. sedebit Petrus Romanus, qui pascet oues in multis tribulationibus

Y así ha sido hasta los días de hoy.

De todo lo anterior y de acuerdo con la explicación que da el Padre Juan Manuel Igartúa, los últimos dos lemas de la famosa lista de Malaquías serían In persecutione y luego Petrus Romanus. Al lema de In persecutione, el Padre Igartúa menciona que de acuerdo con la lista que imprimió Arnold de Wion en 1595 en su famosa obra titulada Lignum Vitae, él presenta los lemas papales con adiciones, es decir, con el nombre de los papas que habían ocupado la Sede de San Pedro hasta el año en que se publica la profecía, es decir, 1595, y cuyo papa reinante era Clemente VIII, y que correspondía al número 77 de la lista de los papas de Malaquías. A partir del lema #78 hasta el #113 ya serán los Papas subsecuentes hasta nuestros días y que aparecen en 3 columnas verticales. Asimismo, además del nombre de los papas y de la interpretación de los lemas que aparecen hasta el año en que se publicó la profecía, también se agregó una glosa que se atribuye al Padre Alfonso Chacón, O.P., notable y conocido perito en historia eclesiástica y antigüedades cristianas del siglo XVI, y que es precisamente la frase que se añadió al penúltimo lema, In Persecutione, o sea: extrema Sanctae Romanae Ecclesiae sedebit.

Dicho de otro modo, el lema 112 quedaría así reconocido y construido por nosotros de la siguiente manera:

112. In persecutione. (Glosa del padre Chacón: extrema Sanctae Romanae Ecclesiae sedebit)

Traducción: En la persecución. Última de la Santa Iglesia Romana, reinará.

Es decir, que en este lema habrá una persecución de la Santa Iglesia Romana y de cristianos, y por extensión desde luego contra el Papa. Este hecho se ha corroborado en la persecución que han sufrido cristianos a manos de fundamentalistas islámicos y del llamado Estado Islámico (DAESH).

El último lema, el 113, corresponde a “Pedro Romano”. Este lema será aplicable al último Papa salido o elegido de la Iglesia que está en Roma.[77]

Entonces, Petrus Romanus sería el lema correspondiente a un nuevo y último Pontífice de la lista y la frase final quiere describir los sucesos de su pontificado, entre ellos la destrucción de Roma (civitas septicollis diruetur), y con ello llegaría el final de los tiempos, en medio de muchas tribulaciones que pertenecerían a su último pontificado y que fueron anunciadas por el Señor en el Evangelio y en el Apocalipsis.”

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[77] Recordemos que las notas esenciales de la Iglesia son Una, Santa, Católica y Apostólica. La nota de Romana no es esencial, es accidental. La Iglesia está ahora en Roma, pero ya no lo estará más en el futuro, y eso no le quita nada a su esencia.



Tomado del Año Cristiano o Ejercicios Devotos para Todos los Días del Año. Barcelona, 1863 – Noviembre, Día 3, Página 43.

SAN MALAQUÍAS, OBISPO Y CONFESOR.

San Malaquías, cuya vida escribió san Bernardo, fue irlandés de origen, y sus padres muy distinguidos por la nobleza de su sangre, aunque la madre lo era más por el resplandor de su virtud. Sabiendo muy bien la religiosísima señora lo mucho que prenden en el alma las primeras impresiones, aplicó el mayor cuidado a inspirar en la de su hijo las de una sólida piedad desde la misma cuna; y dejando a cargo de los maestros el cultivar su entendimiento con las letras humanas, ella tomó al suyo el amoldarle el corazón a los principios de la Religión, logrando el consuelo de que dócil el tierno niño a uno y otro cultivo, correspondieran sus progresos en la virtud y en las letras a los desvelos de sus maestros y a la vigilancia de su madre.

Le hizo dueño de los corazones de todos la suavidad de su genio, y sin dejar de ser niño, se notaba en él la prudencia y el juicio de un anciano, la pureza de un Ángel, y la humildad de los Santos; de manera que en aquella tierna edad amaba la oración, tomaba gusto al silencio, y el recogimiento era todo su atractivo. Meditaba con gusto en la Ley santa del Señor, comía poco, se mortificaba mucho, le ocupaba enteramente la presencia de Dios, y concurriendo algunas veces con su maestro a una casa de campo, la vista de la naturaleza le elevaba hasta poner los ojos del alma en su soberano Autor. Levantaba sus puras manos al cielo para que subiese hasta él el holocausto de su purísimo amor, y el cielo recibía con gusto un sacrificio tan puro. Aquellos grandes principios prometían grandes fines, y los fines correspondieron a aquellos grandes principios. Al paso que iba creciendo en edad, iba también recibiendo de Dios luces más vivas, las que hicieron tanta impresión en su corazón, que al fin se resolvió a dejar el mundo.

Había en la ciudad de Ardinaka un hombre cuya penitente vida se hacía admirar de cuantos tenían noticia de su austeridad y de su virtud. Le buscó Malaquías con el fin de que le enseñase alguna regla para su dirección y gobierno personal. Asombró a todos la resolución del generoso mancebo. Sentado humildemente a los pies de Imacio (así se llamaba su maestro), le enseñaba a obedecer, y obedecía. Su obediencia hizo conquistas: se contentaban antes todos con admirar la penitente vida de Imacio; pero cuando vieron que el tierno Malaquías profesaba también la misma, se esforzaron otros a imitarle; y él, que hasta entonces era el único hijo de su padre espiritual, en breve pasó a ser el primogénito de muchos hermanos; pero sosteniendo siempre el honor y el carácter de la primacía, menos por la anterioridad en la disciplina, que por la superioridad en las virtudes. Movido de esto el obispo, le ordenó de diácono a pesar de su modestia, que le obligaba a reputarse muy indigno del sagrado ministerio. Entró en él por la vocación de Dios, y le desempeñó con su gracia. Se propuso por modelo a san Esteban para las funciones del mismo ministerio, y copió perfectamente su inocencia, su celo y su caridad.

Teniendo a su cargo el cuidado de las viudas y de los huérfanos, veló en la conservación de su vida: se hizo agente de los pobres abandonados, y con sus propias manos enterraba a los muertos. Ni al nuevo Tobías le faltó materia en qué ejercitar la paciencia. Tenía Malaquías una hermana, que no conociendo el valor de una obra de misericordia tan heroica, consuelo de los hombres y admiración de los Ángeles, la pareció que con ella afrentaba su familia; y un día le trató de simple, diciéndole colérica que debía dejar a los muertos enterrar a los muertos, abusando de las palabras del Evangelio para fomentar su vanidad; pero el siervo de Dios no hizo caso de ella: la dejó hablar, y prosiguió en sus buenas obras. La dignidad con que Malaquías desempeñaba las obligaciones del diaconato era el mayor panegírico de su mérito, y como una voz que estaba pidiendo a gritos el sacerdocio. Todas hallaban en él aquella eminente virtud y aquellos grandes talentos que deben caracterizar a los sagrados ministros del aliar; sólo Malaquías se consideraba indigno del sagrado ministerio, y fue menester toda la autoridad de su obispo, y toda la veneración que profesaba a los dictámenes de su director el bienaventurado Imar o Imacio, para rendirse a recibir el orden sacerdotal. Fue presbítero a los veinte y cinco años de su edad, dispensándose con él, en atención al concepto de su eminente virtud y extraordinarios talentos, en la costumbre de aquel tiempo de no conferir el sacerdocio hasta haber entrado en los treinta.

Luego que Malaquías recibió la imposición de las manos, el obispo le encargó el cuidado de repartir al pueblo la palabra de Dios; y el nuevo predicador, poderoso en obras y en palabras, hizo en poco tiempo tanto fruto, que mudó de semblante toda la diócesis. Desarraigó del pueblo muchos vicios que parecía aspiraban a la prescripción; corrigió innumerables abusos que presumían ya de legítima costumbre; restituyó la disciplina a su antiguo vigor, y con la pureza de costumbres restauró la fe en todo el obispado. Era elocuente, y predicaba con celo y con visible moción; pero lo que más contribuía a las conversiones eran sus ejemplos. Veían todos en el altar a un Serafín, en la conversación a un Santo, y en el pulpito a un Apóstol.

Sólo por motivo de caridad se dejaba ver en público: por lo demás toda su ocupación particular era el estudio en la ciencia de los Santos. Acompañaban todas sus acciones y palabras la dulzura, la mansedumbre, la mortificación y la humildad; y cedían todos los estorbos a la opinión de su virtud. Consiguió que en todas las iglesias de la ciudad y del obispado se cantase el Oficio Divino en las horas canónicas señaladas para eso; ejemplo que imitaron presto todas las ciudades de Irlanda. No solo restituyó en ella el canto del coro, sino también el uso de los Sacramentos, con otras devociones muy conformes al espíritu de la Religión; porque todas estas cosas (dice san Bernardo) estaban lastimosa y extraordinariamente olvidadas en aquellos pueblos.

Viendo Malaquías las bendiciones que derramaba Dios sobre sus apostólicos trabajos, pero desconfiando siempre de sus propias luces en las saludables reglas que había dispuesto para la reforma de las costumbres y para la restauración de la disciplina eclesiástica, determinó hacer un viaje a Lesmor, para vivir algún tiempo a vista de Malech, obispo de la misma ciudad, reputado por uno de los más sabios, más prudentes y más virtuosos prelados de su siglo. Con ocasión de su estancia en Lesmor conoció a Cormach, rey de Mamonia, que habiendo sido despojado de la corona por una tropa de sediciosos, sólo pensaba en pasar el resto de su vida en el retiro de una soledad, a no haberse visto precisado a volver a ocupar el trono muy contra su inclinación. Formó desde entonces el piadoso Monarca tan elevado concepto de la eminente virtud de nuestro Santo, que no solo le miró toda la vida con particular veneración, sino que le profesó tierna y estrecha amistad.

Estando en Lesmor tuvo noticia de la muerte de su hermana, aquella que tanto había censurado su devoción y su retiro; pero supo también que la muerte no se había anticipado a su conversión. Le mostró Dios en sueños a su hermana, que poco a poco y como por grados iba saliendo de las penas del purgatorio, y avanzándose hacia el eterno descanso a proporción de las oraciones y sufragios que el santo hermano ofrecía por ella. Pero lo que más le colmó de gozo fue la conversión de su tío materno, abad comendatario de Benchot, en cuyo monasterio no habían quedado otras señales de su antiguo esplendor que la multitud de sus ricas posesiones. Movido el tío de la santidad del sobrino, renunció en él la abadía, desamparada totalmente de monjes mucho antes de este tiempo; pero dotada de pingües rentas que había empleado muy mal. Aceptó el Santo la abadía por consejo de su director el beato Imar: puso en ella monjes, cuyo gobierno tomó a su cuidado, y aquel antiguo monasterio que de tiempo inmemorial había decaído de su primitivo lustre, le recobró bajo la dirección de nuestro Santo, volviendo a ser el monasterio más ejemplar y más floreciente de toda Irlanda.

El ejemplo del superior era como el alma de aquella fervorosa comunidad. En todos los ejercicios de la vida monástica se veía primero el abad. No era menester más que verle para aprender: sus obras eran la regla viva; sin más que ver los monjes al Santo, se hacían santos. Nunca se dispensó en el menor de los ejercicios: la única singularidad que se le notó, fue que era mucho más austero consigo mismo de lo que prescribía el instituto. Pero lo que daba mayor eficacia a sus palabras y a sus ejemplos fue el don de milagros con que Dios le favoreció. Un albañil de los que trabajaban en la iglesia nueva del monasterio recibió inocentemente un golpe de hacha en el espinazo, a cuya violencia naturalmente había de espirar: acudió el Santo a socorrerle, le abrazó, y en el mismo punto quedó sin lesión alguna; pero todo el vestido hasta la carne quedó cortado para testimonio del milagro.

Se apoderó de un monje un frenesí tan violento, que le hacía prorrumpir en los excesos más furiosos: hizo el Santo sobre él la Señal de la Cruz, y en el mismo instante quedó enteramente sano.

Habiendo muerto por este tiempo el obispo de Connerth, se unieron todos los votos del pueblo y del Clero para colocar en su lugar a san Malaquías. Su resistencia sólo sirvió para encenderles más los deseos. Se acudió a la autoridad del beato Imar, su perpetuo director, y a la de su metropolitano el arzobispo de Armagh, para vencer su repugnancia y su humildad. No le hicieron fuerza las razones, y fue menester echar mano del precepto. Se le mandó obedecer, y el Santo, que era humilde porque era santo, obedeció. Fue consagrado a los treinta años de su edad, y aunque sintió todo el peso de la carga episcopal, cuyas obligaciones conocía, no se desalentó; antes se esforzó a desempeñar dignamente todas las funciones de tan tremendo ministerio.

Luego que tomó posesión de su silla, reconoció en sus ovejas más señales de gentiles que de cristianos, advirtiendo, como dice san Bernardo, que más venía a ser pastor de fieras que de hombres. Con efecto, los moradores de Connerth y de todo el obispado eran una gente feroz, que de tiempo inmemorial vivía casi sin religión. Su indocilidad, añadida a una brutalidad genial, había desterrado del país todo socorro y asistencia espiritual. El obispo no lo era más que de nombre: ni las ovejas conocían al pastor, ni el pastor a las ovejas; y viendo el pastor que no hacían caso de él, vivía siempre distante del rebaño. La mayor parte de las iglesias, o demolidas o profanadas; los Sacramentos como abolidos por el no uso; de confesores y de penitencias no había que hablar; si se hallaban algunos sacerdotes, estaban tan confundidos con los legos por las costumbres y por el traje, que se podía concebir como desterrado el sacerdocio. Reinaban en todas partes las supersticiones, y al lado de ellas todos los vicios. Era universal la ignorancia, pudiéndose decir que en Connerth sólo había quedado una sombra del Cristianismo, o un como esqueleto de religión. Éste fue el campo que tuvo que desmontar el nuevo Obispo. Animado de un celo verdaderamente apostólico, no le acobardó el trabajo, aunque se le representó tan pesado, tan duro y tan ingrato. Hicieron cuanto pudieron para intimidar, para disgustar, y aun para cansar su celo; pero todo inútilmente. El primer cuidado del santo Pastor fue ganar el rebaño, o a lo menos domesticarle con su mansedumbre y con su paciencia. Muchas veces fue despreciado, maltratado, y aun corrió riesgo su vida; pero nada entibiaba su ardiente caridad. Se mantenía intrépido en medio de los lobos, trabajando cuanto podía por convertirlos en ovejas. Sin dársele nada de su fiereza, ni de su rusticidad, les enseñaba en público, y los corregía en secreto. Cuando veía frustradas todas sus industrias y trabajos, acudía a las lágrimas que derramaba por ellos en la presencia de Dios, pasando muchas noches enteras en oración para ablandar su piedad en favor de su pueblo. Iba por las calles y por las plazas públicas en busca de los que huían de oír su voz en la iglesia, expuesto a la gritería y a los escarnios de un pueblo brutal. Andaba de aldea en aldea y de choza en choza con intolerables trabajos para distribuir a ingratos, y no pocas veces a sordos, el pan de la Divina Palabra, y hacía todos estos viajes a pie a imitación de los antiguos Apóstoles.

Salieron en fin victoriosas, a pesar de todo el infierno, su paciencia y su constancia. Se domesticó la ferocidad de aquellos pueblos: se ablandó la dureza de aquellos insensibles corazones: se movieron a vista de la perseverancia de su celo en medio de tantos trabajos: admiraron aquella invariable mansedumbre entre los más enfadosos contratiempos, y su cristiana paciencia entre las injurias más amargas. Fueron poco a poco acostumbrándose a oír la voz de su Pastor: le amaron, le siguieron, y aquel pueblo, hasta entonces intratable, se hizo capaz de instrucción y de disciplina. Restableció el orden en todas las cosas: se edificaron iglesias, se celebró en ellas el Divino Sacrificio, se cantaron regularmente las Horas canónicas, se frecuentaron los Sacramentos, volvió la Religión a su primer esplendor, y ocuparon los ejercicios devotos el lugar que ocupaban hasta entonces las impías y gentílicas supersticiones. El amancebamiento cedió a la santidad del matrimonio, recobraron su primer vigor las sagradas leyes, y de todas partes se desterraron los abusos. Restituido el Clero secular y regular a su primitivo esplendor, revivió la piedad, y en menos de dos años mudó de semblante todo el país; de manera, añade san Bernardo, que se podía decir de aquel pueblo lo que dijo Dios por el profeta Oseas: El que antes no me conocía, se hizo ya pueblo mío.

Tardó poco el Señor en acrisolar aquella nueva iglesia con una dura prueba, queriendo que purgase al mismo tiempo los desordenes pasados. La Irlanda a la sazón obedecía a cuatro o cinco reyes. El que reinaba en la parte septentrional de la isla entró en el obispado de san Malaquías, se apoderó de la ciudad episcopal, arruinó y asoló toda la campiña. Se vio precisado nuestro Santo a refugiarse con ciento y veinte de sus monjes en los Estados de Cormach, rey de Mamonia, a quien había tratado en Lesmor. Le conservaba el piadoso Monarca una particular estimación, con una tierna amistad; y recibiéndole debajo de su protección con el mayor gozo, le consignó cierta posesión, con una considerable suma de dinero, para que fundase el monasterio, que se llamó de Brachi, recogiendo en él todos sus monjes, y el mismo Rey se retiraba a él de cuando en cuando por muchos días para vacar únicamente al negocio de su salvación, bajo la dirección de nuestro Santo, preciándose de ser discípulo suyo.

Enfermó gravemente por este tiempo Celso, arzobispo de Armagh y primado de Inglaterra, y hallándose cercano a la muerte, declaró al pueblo y al Clero que no conocía otro sujeto más digno de sucederle que el obispo Malaquías. Clérigos y seculares, grandes y plebeyos, todos a una voz aplaudieron los deseos del Primado, y a pesar de la resistencia del Santo, fue colocado a la frente de todo el Clero de Irlanda. Por cierta especie de abuso y de relajación inaudita se hallaba invadida la silla primacial por algunos intrusos que no eran siquiera sacerdotes; y cierta familia de las primeras de la isla había hecho como hereditaria en su casa aquella dignidad, tanto que sucesivamente la habían ocupado catorce o quince generaciones de la misma casa: desorden que por espacio casi de dos siglos había causado la ruina de la disciplina eclesiástica, y punto menos que el exterminio de la Religión en toda Irlanda. Lo conoció así el arzobispo Celso, y por eso, como hombre bueno y timorato, puso los ojos en san Malaquías, pareciéndole que sólo él era capaz de resucitar la piedad que san Patricio, apóstol de toda la isla, había introducido en ella.

Aunque era tan trabajosa aquella primera dignidad, el nombre solo de primado sobresaltó la profunda humildad de Malaquías; y fueron menester todas las instancias del beato Malch, obispo de Lesrnor, íntimo amigo suyo, y toda la autoridad de Gilberto, legado de la Santa Sede, para reducirle a que la aceptase, y aun así no cedió hasta que se le amenazó con excomunión. Pero habiendo entendido que cierto Mauricio, de la familia de aquellos que se soñaban arzobispos hereditarios, se portaba como tal, añadió a su aceptación dos condiciones: la primera, que no había de entrar en la ciudad metropolitana hasta que muriese o se retirase el usurpador, temiendo ocasionar algún alboroto o acaso la muerte de alguna oveja suya, cuando solicitaba dar a todas la salvación y la vida; la segunda, que si con el tiempo se lograba restituir la paz y la tranquilidad en el arzobispado, se había de colocar en él a otro más digno, permitiéndole a él retirarse a cuidar y a vivir con su primera esposa.

Hecho ya san Malaquías primado de toda Irlanda, muy en breve mudó de semblante todo el país. Se abolieron los abusos, se restableció el Culto Divino, se reformó el Clero, y volvió a florecer la Religión y la piedad en toda la isla. Pero no consiguió esto sin padecer mucho, aunque es verdad que Dios se declaró visiblemente por él con no pocas maravillas.

Cierto señor, de la familia de los usurpadores, le convidó a su casa con intento de matarle; pero luego que el Santo se dejó ver en su presencia, lleno de confusión y de respeto el usurpador se arrojó a sus pies, le declaró su mal intento, le pidió perdón, e imploró sus oraciones. Otro que no perdía ocasión, corrillo, ni concurrencia en que no despedazase el crédito del Santo con todo género de calumnias, fue horriblemente castigado, porque inflamándosele de repente la lengua, y llenándose de asquerosos gusanos, dentro de siete días murió miserablemente. En fin, otra señora de la misma familia que estando el Santo predicando tuvo aliento para interrumpirle, tratándole de hipócrita y de usurpador de bienes ajenos, en el mismo punto fue asaltada de un frenesí tan furioso, que espiró exclamando que perdía la vida en castigo de su desenfrenada temeridad. A vista de los horribles castigos con que Dios escarmentaba a los enemigos del Santo, y de los milagros que obraba, cesó el cisma, y sucedió a él la paz y la tranquilidad, que en poco tiempo restituyeron su posesión a la antigua piedad, y a su primitivo esplendor la Religión.

Viendo san Malaquías que todo estaba tranquilo y todas las cosas en su lugar, sólo pensó en poner en ejecución la segunda condición con que había aceptado el arzobispado de Armagh; y convocando al Clero y al pueblo, hizo formal dimisión de él disponiendo que fuese elegido un sujeto muy digno, llamado Gelasio. No es fácil explicar la general consternación de todo el rebaño cuando oyó la renuncia del Pastor. Consagrado Gelasio, se restituyó san Malaquías a su primera iglesia, dando nueva prueba de su humildad y de su desinterés; porque informado de que la ambición de sus predecesores había unido dos obispados en uno, quiso absolutamente que se dividiesen; y dejando al futuro obispo la ciudad y territorio de Connerth, él fue a residir a Downe, diócesis mucho más pobre y mucho menos considerable, donde fundó una catedral de canónigos reglares, cuyo superior y modelo quiso ser él mismo.

Para proceder en todo con mayor seguridad, le pareció al santo Obispo que debía solicitar la aprobación de la Silla apostólica, y resolvió pasar a Roma personalmente para negociar con el Papa que confirmase todo lo que había hecho, así en la metrópoli de Armagh, como en la división de los dos obispados de Connerlh y de Downe. Partió, pues, a pie y en secreto, acompañado de algunos discípulos, y haciendo todo lo posible para no ser conocido; pero habiendo llegado a York, le descubrió con mucho estrépito un gran siervo de Dios llamado Sicar, que tenía don de profecía. Al pasar por Francia quiso tener el consuelo de conocer de vista a san Bernardo, cuya fama había penetrado hasta Irlanda; y dirigiéndose a Claraval, fue recíproca la admiración y la alegría. Malaquías encontró en el santo Abad muchos más talentos, muchas más virtudes que las que publicaba la fama; y san Bernardo descubrió en el santo Obispo una santidad más eminente, y muy superior a lo mucho que había oído decir de ella. Ligaron desde entonces los dos Santos una estrechísima amistad, quedando san Malaquías tan edificado y tan hechizado de lo que estaba viendo en Claraval, que desde luego hizo ánimo a renunciar su obispado, y retirarse a pasar allí el resto de sus días. Se arrancó con gran dolor de aquel santo monasterio, y habiendo pasado los Alpes, entró en Roma, donde fue recibido con ternura y con veneración del Papa Inocencio II. Le confirmó todo cuanto le propuso; pero cuando le tocó la renuncia del obispado, lejos de consentir en ella, le nombró por legado de la Santa Sede en toda la isla de Irlanda. Le puso el Papa su misma mitra en la cabeza; le regaló con la estola y manípulo, de que usaba Su Santidad cuando oficiaba en los días solemnes, y colmándole de honores le volvió a enviar a su iglesia. Pasó segunda vez san Malaquías por Claraval, y ya que no le fue posible excusar el dolor de no quedarse allí, se consoló con dejar cuatro discípulos suyos, los que más amaba, para que se formasen en la escuela del santo Abad, partiendo con un oculto presentimiento de que había de venir a morir en aquel monasterio.

El santo Obispo aportó a Escocia, y pasando luego a besar la mano al rey, le halló muy afligido con el temor de perder al príncipe su hijo, que estaba peligrosamente enfermo. Le pidió el rey que hiciese oración por él: la hizo, y el príncipe quedó sano. Se embarcó de Escocia para Irlanda, y fue a tomar tierra en el monasterio de Bencor para que sus hijos espirituales fuesen preferidos en el gusto y en las gracias de su regreso. Desde el monasterio se comunicó la alegría, a todas las regiones; pero el legado apostólico estaba tan muerto a sí mismo, que ni siquiera advertía en los honores que le tributaban: sólo tomaba el gusto a una cosa, que era el que en todo se cumpliese la Divina Voluntad. En todas partes sembraba, para recoger en todas partes: no hubo rincón a donde no se extendiese su vigilancia pastoral; todo aquello en que ponía la mano se veneraba como obra de Dios, porque todas sus empresas eran dirigidas por el Espíritu Santo. Era tan abundante en él la gracia del ministerio, que resaltaba a lo exterior. La modestia parecía como retratada en su venerable rostro: no le cogerían en una palabra ociosa sus mayores enemigos: no notarían en él paso alguno que oliese a ligereza: nunca perdía la paz en medio de los más graves y más pesados negocios: a todo atendía; pero a solo Dios se entregaba. Por este medio se conservaba siempre tranquilo. Era tan de su gusto la pobreza, que ni siquiera tenía palacio episcopal: predicaba las más veces sin interés; y a ejemplo del Apóstol, con el trabajo de sus manos ganaba el pan para sí y para sus coadjutores en el sagrado ministerio. Hacía ordinariamente las visitas a pie, sin miedo de que se desluciese por eso la dignidad de legado apostólico. Así lo había aprendido de los discípulos de Jesucristo; ejemplo tanto más admirable en él, cuanto más raro y menos imitado de otros. Siendo él mismo un prodigio de la gracia, ¿qué maravilla es le hubiese concedido Dios la gracia de obrar prodigios? Los obraba de todas especies: libraba a los energúmenos, sanaba a los frenéticos, hacia hablar a los mudos. Salía de él en abundancia la gracia de curaciones, y curaba las almas, igualmente que los cuerpos. Había una mujer tan sujeta a los ímpetus de cólera, que era el más vivo retrato de una furia; y no pudiendo sus hijos vivir más en aquel infierno casero, la llevaron arrastrando a la presencia del santo Obispo, el cual, como depositario de la mansedumbre de Jesucristo, no menos que de la vigilancia sobre su rebaño, tuvo lástima del infeliz estado en que se hallaba aquella pobre criatura. La retiró aparte; la preguntó si había hecho alguna buena confesión en su vida: le respondió que jamás había tenido tal gana. Pues ahora la has de hacer, replicó el Santo; la hizo: y el caritativo Pastor, insinuando el espíritu de dulzura en aquella arrepentida pecadora, la mandó en penitencia que nunca se encolerizase, lo que ejecutó puntualmente. A la gracia de los milagros se le añadió el espíritu de profecía. Celebrando un día el santo Sacrificio de la Misa, conoció con luz sobrenatural que el diácono que le asistía se hallaba en mal estado. Concluido el sacrificio, le llamó a un lado, y le preguntó lo que había pasado por su alma: el diácono confesó humildemente su falta, y cumplió la penitencia que le impuso. A vida tan ejemplar sólo faltaba una gloriosa muerte; la logró presto: había vivido como los Santos, y murió como los Santos en la paz de Dios y en el ósculo del Señor. Dos cosas había deseado: morir en Claraval, y morir el día de Difuntos; ambas las consiguió. Le obligaron los negocios de la legacía a emprender segundo viaje a Roma, y después de haber celebrado un concilio de los obispos de Irlanda, se puso en camino. Llegando a Claraval, aunque san Bernardo se hallaba a la sazón sumamente débil por una grave enfermedad que había padecido, le salió a recibir con todo el gozo que correspondía al recíproco amor que se profesaban. Se abrazaron tiernamente los dos Santos, porque no hay vínculo más estrecho ni más vivo que el de la caridad de Jesucristo, y todos los monjes tuvieron parte en el gusto de su santo Abad. Se dobló la alegría en aquel dichoso desierto con la presencia de san Malaquías, y se pasaron cuatro o cinco días en regocijo universal. Cantó Misa pontifical el día de san Lucas; pero acabada la Misa, cayó malo, y todos los monjes con él, dice san Bernardo, sucediéndose el dolor al regocijo. Todos a porfía acudieron a asistirle y a aliviarle; tomaba cuanto le daban; pero estaba muy seguro de que no había de sanar de aquella enfermedad. Pidió la Extremaunción, y recibidos los Sacramentos, se subió a la celda, y se volvió a la cama, porque había bajado a la iglesia en busca de la comunidad. Se agravó el mal hacia la noche, y mandó llamar a san Bernardo, y vuelto a los circunstantes: Con deseo, les dijo, he deseado celebrar esta Pascua con vosotros. Rindo mil gracias a la bondad de mi Dios porque se dignó cumplirme estos deseos.

Se veía retratada en el semblante del Santo moribundo toda aquella alegría que causa la esperanza de una vida eterna y bienaventurada. Consolaba a su querido amigo y a todos los demás: Cuidad vosotros de mí, les decía, que si Dios me hace misericordia, yo cuidaré de vosotros. Me la hará sin duda, porque he creído en Él, en Aquel a quien todas las cosas son posibles. Amé a mi Señor, y os amé a vosotros: la caridad no se acaba.

Levantando después los ojos al cielo, dijo: Mi Dios, guardadlos en vuestro nombre, no solo a los presentes, sino todos los que trajisteis a vuestro servicio por mi ministerio.    Se entretuvo después un poco con su Dios, y envió a descansar a sus hermanos. Hacia la media noche la comunidad volvió a su celda con muchos abades que habían concurrido a Claraval noticiosos de su peligro, y todos rezaban alrededor del santo Prelado, que saltaba de gozo porque iba a salir de este destierro. Así murió el santo obispo Malaquías, legado de la Silla apostólica, a los cincuenta y cuatro años de su edad, en el lugar y en el día que había deseado, llevada al cielo su alma por los santos Ángeles, habiendo expirado en manos de san Bernardo y de sus hijos. Todos tenían clavados los ojos en él, y ninguno pudo advertir cuándo expiró: tan parecida fue su muerte a un dulce sueño.

El rostro quedó con bellísimo color, dejando el alma en el cuerpo aquel vestigio de la alegría de los Santos, a cuyo espectáculo cesaron las lágrimas, y se apoderó el gozo y el consuelo de todos los corazones. Se dispusieron los funerales, y se cantó la Misa con fervorosa devoción. Entre los que concurrieron a su entierro había un mozo paralítico de un brazo: san Bernardo le mandó acercar, le tomó la mano, y se la tocó a la del santo Obispo. ¡Cosa admirable! Al punto se le restituyó a su estado natural, y era que, como dice el Apóstol, todavía vivía en el muerto la gracia de la salud.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books?id=7p1eDIzOxegC&pg=PA3&lpg=PA3&dq=A%C3%B1o+Cristiano+o+Ejercicios+Devotos+Noviembre&source=bl&ots=UrL6P8EQq-&sig=Fz6V6401FnPEOLe3Gtik8YUtf8c&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjuusKqtcbOAhXDpx4KHZ4DAgQQ6AEIJjAC#v=onepage&q=A%C3%B1o%20Cristiano%20o%20Ejercicios%20Devotos%20Noviembre&f=false

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