“He tenido hasta aquí tres deseos tan ardientes… amar con perfección a Jesucristo, sufrir mucho por amarle y morir entre los ardores de Su mismo Amor.”

A U T O B I O G R A F Í A  
DE  LA  B.  MARGARITA MARÍA ALACOQUE

 X

SANTA MUERTE DE MARGARITA MARÍA

CAMINANDO a grandes pasos a la perfección, llegó muy pronto esta venerable Hermana, a juicio de los que conocían su interior, a una grande santidad. Estaba, hacía ya algunos años, tan estrechamente unida con Dios, que muy rara vez el sueño interrumpía su continuo pensar en Él, o mejor diremos que este pensamiento interrumpía casi continuamente su sueño. No había ocupación capaz de distraerla; su corazón estaba cerrado para todo lo de la Tierra y aun para ella misma; su único sufrimiento era el no sufrir más, y la tranquilidad de que gozaba, era a sus ojos como un castigo de Dios. Oigamos cuanto acerca de esto escribe a su Director:

«No sé, mi Reverendo Padre, qué debo pensar del estado, en que ahora me encuentro. He tenido hasta aquí tres deseos tan ardientes, que los miraba como tres tiranos, que me hicieran padecer un martirio continuo, sin darme un solo momento de reposo. Eran estos tres deseos: amar con perfección a Jesucristo, sufrir mucho por amarle y morir entre los ardores de Su mismo Amor. Mas al presente me hallo en tal ausencia de todo deseo, que me admiro. Temo que esta pretendida calma no sea un efecto de aquella tranquilidad, en la cual deja Dios en ocasiones a las almas infieles; recelo que, por mis grandes infidelidades a Sus Gracias, he atraído sobre mí tal estado, que puede ser una «señal de reprobación. Pues confieso no serme posible querer cosa alguna, ni desear nada en el mundo, aun cuando veo que en materia de virtud me falta todo. Querría a veces afligirme por esto, mas no puedo: no está en mí el obrar a mi gusto. Solamente siento una perfecta conformidad con la Voluntad de Dios, y un placer inefable en los sufrimientos. El pensamiento, que de tiempo en tiempo me consuela, es que el Sagrado Corazón, si le dejo hacer, todo lo hará por mí: querrá, amará, deseará por mí y suplirá todos mis defectos.»

A este estado de perfección había llegado, cuando plugo a Nuestro Señor llevarla consigo. Con razón creemos que, cumplidos ya felizmente los grandes designios de Dios sobre esta Su fiel esposa, quiso el Señor poner el colmo a tantos favores. Cuanto más se aproximaba a su fin, más estrechamente se unía con Dios. No perdía ocasión de mortificarse. Pocos días antes de su última enfermedad no quiso probar las uvas en la vendimia, y para hacer más perfecto el sacrificio, pidió antes la debida licencia. Ni una palabra hubiera salido de sus labios sobre esto, si no se hubiese notado. Era fidelísima en seguir las inspiraciones divinas, y tan completa victoria había obtenido sobre todos sus apetitos, que todo lo encontraba demasiado bueno para ella. Jamás demostró repugnancia en tomar cosa alguna, aun los más amargos remedios; ni después de tomarlos quiso enjuagarse la boca para conservar por más tiempo su amargor.

Si tan rígida fue consigo misma en medio de sus frecuentes enfermedades, lo sería mucho más en plena salud, como es fácil comprenderlo, pudiendo con verdad afirmarse que pasó toda su vida en una constante y generosa mortificación.

La profunda humildad, su virtud dominante, el perfecto amor de Dios, y aquel fervor de que estaba inflamado su pecho, la movían incesantemente a la práctica de los actos, que forman el carácter distintivo de nuestra Beata. Su vida entera fue una no interrumpida serie de sufrimientos, humillaciones y desprecios. Puede decirse que amó a Dios desde el instante en que fue capaz de conocerle; y si son objeto de nuestra admiración los extraordinarios favores recibidos de su Divino Maestro, no deben serlo menos la fidelidad con que supo corresponder a ellos y la perseverancia en el vencimiento de la naturaleza por medio de una abnegación total. No cejó un instante en la práctica de las perfectas y sólidas virtudes, y murió en actual ejercicio del puro amor.

Comenzó a sentirse mal la tarde misma, en que se disponía a entrar en su retiro. Preguntándola una Hermana si podría empezarle, respondió: «Sí, pero éste será el gran retiro.» Estuvo en cama sólo nueve días antes de su muerte, y empleó este tiempo en prepararse a la venida del Esposo, aunque no parecía grave la enfermedad. Llamaron al Dr. Billet, antiguo médico de la casa, quien la tenía en grande estimación y muchas veces había confesado sinceramente que para las enfermedades de Margarita ocasionadas por el Amor Divino, ni encontraba, ni había remedio alguno. Examinó el mal de que se quejaba la enferma, y aseguró no ser de importancia. Más aún, el mismo día de su muerte afirmó de nuevo que n0 había ni siquiera apariencia de semejante desenlace. Ella, sin embargo, insistió siempre en decir que moriría.

Tal era su seguridad, que pidió con mucha instancia el Santo Viático, y habiéndola dicho que no se juzgaba oportuno, pidió la dejasen al menos comulgar, pues estaba en ayunas. Accedieron a su petición y recibió el Santísimo Sacramento, en forma de Viático por su parte, sabiendo que le recibía por última vez. ¿Cómo describir el fervor de su espíritu en este acto, ni dónde hallar palabras bastante expresivas para ello? Baste decir que fue la suma expresión del amor ardiente de toda su vida a su Maestro Divino en tan adorable misterio.

Conoció una de las Hermanas que la enferma sufría extraordinariamente, y se ofreció a procurarle algún alivio; pero Margarita, dándole las gracias, contestó que eran demasiado preciosos los cortos instantes de su vida para dejar de aprovecharlos; que en verdad sufría mucho, mas no lo bastante todavía para satisfacer sus deseos. Tales eran los atractivos que hallaba en el padecer, tal el contento que sentía viviendo y muriendo en la cruz, tales las delicias que en ella gustaba, que a pesar de ser ardentísima su ansia de gozar de Dios, lo era más todavía la de permanecer como estaba, hasta el día del juicio universal, si esta fuese la Voluntad Divina.

Ponía en admiración a cuantas visitaban a la enferma, aquel gozo extraordinario, ocasionado por el pensamiento de la muerte. Mas plugo al Señor interrumpir por algún tiempo la abundancia de dulzuras interiores, de que la inundaba, inspirándola tan gran temor de Su Justicia, que se vio súbitamente atacada de extraordinarios espantos a la vista de los terribles Juicios de Dios. Por esta vía quiso el mismo Señor purificar alma tan santa: veíasela temblar, humillarse, abismarse ante su Crucifijo: se la oía repetir entre profundos suspiros: «Misericordia, Dios mío, misericordia.» Pero duró poco tiempo la lucha; muy pronto se disiparon sus temores, y en su espíritu renació la completa calma y la seguridad grande de su salvación; el gozo y la tranquilidad se pintaron de nuevo en su semblante, y exclamó: «Misericordias Domini in aeternum cantabo.» Y más de una vez: «¡Qué puedo querer en el Cielo y desear sobre la Tierra sino a Vos solo, Dios mío.»

Era tal la opresión de su pecho, que no podía permanecer en la cama, y era preciso sostenerla para que pudiera respirar. Repetía con frecuencia: «Ay de mí!, me abraso, me abraso. Si fuera de Amor Divino, qué consuelo; pero jamás he sabido amar con amor perfecto a mi Dios.» Y dirigiéndose a las que la sostenían dijo: «Pedidle perdón por mí y amadle con todo vuestro corazón para reparar todos los instantes en que yo no lo hice. ¡Qué dicha la de amar a Dios! ¡Ah, qué dicha! Amad, pues, a este Amor; pero amadle con amor perfecto.» Tan fuera de sí lo decía, que se manifestaba bien a las claras tener su corazón penetrado enteramente por este Fuego Divino. Habló en seguida largamente del exceso de Amor de Dios a las criaturas y de lo poco que recibía de éstas en retorno, y preguntó si aún viviría mucho; diciéndole que según el parecer del médico no moriría de aquella enfermedad, exclamo: «¡Ah, Señor, cuándo me sacaréis, pues, de este destierro!» Otras veces decía: «Ad te levavi oculos meos,»etc. Laetatus sum in his, quae dicta sunt mihi, etc. Sí, espero ir, por la misericordia del Corazón Sagrado, a la Casa del Señor.»

Pidió que rezasen en su presencia las Letanías del Corazón adorable y las de la Santísima Virgen, para tenerlos propicios en el último instante, y además que invocasen por ella a su santo Fundador, su santo Ángel y San José, pidiéndoles la asistiesen con su protección.

El amor de las humillaciones y el deseo de quedar sepultada en el eterno olvido de las criaturas, no se extinguió en su pecho hasta el último suspiro. Pocas horas antes de su muerte hizo prometer a su Superiora que jamás diría cosa alguna de las que confidencialmente le había comunicado, si pudiera redundar en alabanza suya. Después mandó llamar a una de las Hermanas que había sido novicia suya, a la cual singularmente estimaba por su mucha virtud y le dijo: «Os suplico, mi querida Hermana, que escribáis instantemente al P. Rolin, suplicándole que queme mis cartas y que me guarde inviolablemente el secreto como tantas veces se lo pedí.»

Una hora antes de espirar hizo llamar a la Superiora, a quien había prometido avisarla antes de su muerte, y pidió la Extremaunción. Recibida, dio gracias por todo cuanto habían hecho para alivio de su mal, añadiendo que ya nada la hacía falta, y no la restaba otra cosa en el mundo, sino abismarse en el Sagrado Corazón de Jesús para exhalar en Él su último suspiro. Permaneció después algún tiempo en suavísima calma, y pronunciando al fin el Santo Nombre de Jesús, rindió dulcemente su espíritu en un deliquio de aquel ardiente amor por Jesucristo, que desde la cuna había echado ya tan profundas raíces en su alma. El mismo Dr. Billet no dudó en atribuir al amor esta muerte, como le había atribuido las enfermedades de Margarita.

Murió esta predilecta del Sagrado Corazón el 17 de octubre de 1690, a los cuarenta y dos años de edad y diez y ocho de Profesión. Espiró a cosa de las ocho de la noche entre los brazos de dos Hermanas que habían sido novicias suyas, y a las cuales algunos años antes se lo había predicho. Se halló presente toda la Comunidad, que se había reunido para leerla la recomendación del alma, teniendo así juntamente con el dolor de perderla, el consuelo de ver cómo mueren los santos.

FIN

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Fuente:
http://sacredheartchurchaustin.org/documents/2016/5/1080021338.PDF   

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