“Después de la muerte de Mi Hijo, Me retiré al Cenáculo junto con el amado Juan y Magdalena.”

Tomado del Libro: La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Volntad
Por: Luisa Picarreta

La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad

30° Día

La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad. La Hora del Triunfo. Apariciones de Jesús. Los fugitivos se apiñan en torno a la Virgen como Arca de Salvación y de perdón. Jesús parte para el Cielo. Maestra de los apóstoles, sede y centro de la Iglesia naciente. Descendimiento del Espíritu Santo.


El alma a su Madre Reina:

Madre admirable, heme aquí de nuevo Contigo, sobre Tus rodillas maternas, para unirme Contigo en la Fiesta y Triunfo de la Resurrección de nuestro querido Jesús. Cómo es bello hoy Tu aspecto, toda amable, toda dulzura, toda alegría; me parece verte resucitada junto con Jesús. ¡Ah!, Mamá Santa, en tanta alegría y triunfo no Te olvides de Tu hija, encierra en mi alma el germen de la Resurrección de Jesús, para que en virtud de Ella resurja plenamente en la Divina Voluntad, y viviré siempre unida Contigo y con mi dulce Jesús.

¡Ah!, Mamá Santa, haz que descienda en mí el Espíritu Santo, a fin de que queme en mí lo que no pertenece a la Divina Voluntad.


Lección de la Reina del Cielo:

Hija bendita de Mi materno Corazón, grande fue Mi alegría y Mi triunfo en la Resurrección de Mi Hijo; Yo Me sentí renacida y resucitada en Él, todos Mis dolores se cambiaron en alegrías y en mares de gracias, de luz, de amor, de perdón para las criaturas, y extendían Mi maternidad sobre todos Mis hijos, dados a Mí por Jesús con el sello de Mis dolores.

Ahora, escúchame hija querida, tú debes saber que después de la muerte de Mi Hijo, Me retiré al Cenáculo junto con el amado Juan y Magdalena. Pero Mi Corazón quedaba traspasado porque sólo Juan estaba a Mi lado, y en Mi dolor decía: “Y los otros apóstoles, ¿dónde están?” Pero en cuanto éstos oyeron que Jesús había muerto, tocados por Gracias especiales, todos conmovidos y llorando, uno a uno, los fugitivos se pusieron en torno a Mí, haciéndome corona, y con lágrimas y suspiros Me pedían perdón de que tan vilmente lo habían abandonado y huido de su Maestro. Yo los acogí maternalmente en el arca de refugio y de salvación de Mi Corazón, y les aseguré a todos el perdón de Mi Hijo, los alenté a no temer, les dije que su suerte estaba en Mis manos, porque a todos Me los había dado por hijos, y Yo como a tales los reconocía.

Hija bendita, tú sabes que Yo estuve presente en la Resurrección de Mi Hijo, pero no hice mención a ninguno, esperando que Jesús mismo manifestara que había resucitado glorioso y triunfante. La primera que lo vio resucitado fue la afortunada Magdalena, después las piadosas mujeres, y todos venían a Mí diciéndome que habían visto a Jesús resucitado, que el sepulcro estaba vacío, y Yo escuchaba a todos y con aire de triunfo confirmaba a todos en la fe de la Resurrección. Para la noche, ya casi todos los apóstoles lo habían visto, y todos se sentían como triunfantes por haber sido apóstoles de Jesús. Qué cambio de escena, hija querida, símbolo de quien se ha hecho dominar primero por la voluntad humana, que representa a los apóstoles que huyen, que abandonan a su Maestro, y es tanto el temor y el pavor que se esconden, y Pedro llega hasta a negarlo. ¡Oh!, si estuvieran dominados por la Divina Voluntad jamás habrían huido de su Maestro, sino que valerosos y como triunfadores no se habrían separado jamás de Su lado, y se sentirían honrados de dar la vida por defenderlo.

Ahora, hija querida, Mi amado Hijo Jesús se quedó Resucitado sobre la Tierra cuarenta días. Rápidamente se aparecía a los apóstoles y discípulos para confirmarlos en la fe y certeza de Su Resurrección, y cuando no estaba con los apóstoles se estaba junto con Su Mamá en el Cenáculo, circundado de las almas salidas del limbo. Pero en cuanto terminó el periodo de los cuarenta días, el amado Jesús enseñó a los apóstoles y dejando a Su Mamá como guía y Maestra, nos prometió la venida del Espíritu Santo, y bendiciéndonos a todos partió emprendiendo el vuelo al Cielo, junto con aquella gran turba de gente salida del limbo. Tu Mamá lo siguió al Cielo y asistió a la gran Fiesta de la Ascensión, mucho más que para Mí no era extraña la Patria celestial, y además sin Mí no habría sido completa la Fiesta de Mi Hijo ascendido al Cielo.

Ahora, escúchame, hija Mía, nuestro sumo Bien Jesús ha partido al Cielo, y está ante Su Padre Celestial para abogar por Sus hijos y hermanos dejados sobre la Tierra. Él, desde la patria celestial ve a todos, no se le escapa ninguno, y es tanto Su Amor que deja a Su Mamá todavía sobre la Tierra para consuelo, ayuda, enseñanza y compañía de Sus hijos y Míos.

Tú debes saber que, en cuanto Mi Hijo partió para al Cielo, Yo continué estando junto con los apóstoles en el Cenáculo, esperando al Espíritu Santo. Todos estrechados a Mí rogábamos juntos, no hacían nada sin Mi consejo, y cuando Yo tomaba la palabra para instruirlos, o decir alguna anécdota de Mi Hijo que ellos no conocían, como por ejemplo, los detalles de Su Nacimiento, Sus Lágrimas infantiles, sus gestos amorosos, los incidentes sucedidos en Egipto, las tantas maravillas de Su Vida oculta en Nazaret, ¡oh!, cómo estaban atentos a escucharme, quedaban raptados al escuchar las tantas sorpresas, las tantas enseñanzas que Me daba, y que debían servir para ellos, porque Mi Hijo poco o nada habló de Sí mismo con los apóstoles, reservándome a Mí el trabajo de hacerles conocer cuánto los había amado y las particularidades que sólo Su Mamá conocía. Así que Yo estaba en medio a Mis apóstoles más que el sol del día, y fui el áncora, el timón, la barca donde encontraron el refugio para estar seguros y defendidos de todo peligro. Por eso puedo decir que di a luz la Iglesia naciente sobre Mis rodillas maternas, y Mis brazos fueron la barca que la guió a puerto seguro, y la guío hasta ahora.

Entonces llegó el tiempo en que descendió el Espíritu Santo, prometido por Mi Hijo, en el Cenáculo. Qué transformación, hija Mía, en cuanto fueron investidos adquirieron nueva ciencia, fuerza invencible, amor ardiente; una nueva vida corría en ellos que los hacía intrépidos y valerosos, de modo que se esparcieron en todo el mundo para hacer conocer la Redención, y dar la vida por su Maestro, y Yo quedé con el amado Juan y fui obligada a salir de Jerusalén, porque comenzó la tempestad de la persecución.

Hija Mía queridísima, tú debes saber que Yo continúo todavía Mi magisterio en la Iglesia, no hay cosa que de Mí no descienda, puedo decir que doy Mi vida por amor de Mis hijos y los nutro con Mi leche materna. Ahora, en estos tiempos, quiero mostrar un amor más especial, haciendo conocer cómo toda Mi vida fue formada en el Reino de la Divina Voluntad, por eso te llamo sobre Mis rodillas, entre Mis brazos maternos, para que sirviéndote de barca puedas estar segura de vivir en el Mar de la Divina Voluntad. Gracia más grande no podría hacerte. ¡Ah!, te ruego, contenta a tu Mamá, ven a vivir en este Reino tan Santo y cuando veas que tu voluntad quiera tener algún acto de vida, ven a refugiarte en la segura barca de Mis brazos, diciéndome: “Mamá mía, mi voluntad me quiere traicionar y yo Te la entrego a ti, a fin de que pongas en su lugar a la Divina Voluntad.” ¡Oh!, cómo sería feliz si puedo decir: “Mi hija es toda Mía porque vive de Voluntad Divina.” Y Yo haré descender al Espíritu Santo en tu alma, a fin de que consuma lo que es humano, y con Su Soplo refrescante impere sobre ti y te confirme en la Divina Voluntad.

Ahora una palabrita para ti, hija queridísima. Todo lo que has escuchado y admirado no ha sido otra cosa que el Poder del Querer Divino obrante en Mí y en Mi Hijo, por eso amo tanto encerrar en ti la Vida de la Divina Voluntad y vida obrante, porque todos la tienen, pero la mayor parte la tienen sofocada y para hacerse servir, y mientras que podría obrar prodigios de santidad, de gracia, y obras dignas de Su Potencia, está obligada por las criaturas a estarse con las manos cruzadas sin poder desarrollar Su poder. Por eso sé atenta, y haz que el Cielo de la Divina Voluntad se extienda en ti y obre con Su poder lo que quiera y como quiera.


El alma:

Mamá Santísima, Tus bellas lecciones me raptan, y ¡oh!, cómo quisiera y suspiro la Vida obrante de la Divina Voluntad en mi alma. Quiero ser también yo inseparable de mi Jesús y de ti, Mamá mía; pero para estar segura de esto, Tú debes tomar el empeño de tener mi voluntad encerrada en Tu materno Corazón, y a pesar de que veas que me cuesta mucho, no me la debes dar jamás. Sólo así podré estar segura, de otra manera serán siempre palabras, pero los hechos no los haré jamás. Por eso tu hija se encomienda a Ti y de ti todo espera, fortalece mi debilidad, pon en fuga mis temores, y yo, abandonándome en Tus brazos estaré segura de vivir toda de Divina Voluntad.


Florecita:

Hoy, para honrarme, harás tres genuflexiones en el acto que Mi Hijo ascendió al Cielo, y le rogarás que te haga ascender en la Divina Voluntad, y recitarás siete Gloria en honor del Espíritu Santo, rogándome que se renueven Sus prodigios sobre toda la Santa Iglesia.


Jaculatoria:

Mamá mía, con Tu poder triunfa en mi alma, y hazme renacer en la Voluntad de Dios, para que me consuma y queme todo lo que no es Voluntad de Dios.

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Fuente:
http://divinavoluntad.info/Reina%20Espanol.htm

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