La Cena Eucarística y La Agonía de Getsemaní, por Luisa Picarreta

Las Horas de la Pasión

por Luisa Picarreta

Preparación Antes de la Meditación

¡Oh, Señor mío Jesucristo!, postrada ante Tu Divina Presencia, suplico a Tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las veinticuatro horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en Tu Cuerpo adorable como en Tu Alma Santísima, hasta la muerte de Cruz. ¡Ah!, dame Tu ayuda, gracia, amor, profunda compasión y entendimiento de Tus padecimientos mientras medito ahora la hora… Y por las que no puedo meditar, Te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante todas las horas en que estoy obligada a dedicarme a mis deberes, o a dormir. Acepta, ¡oh, misericordioso Señor!, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar.

Ofrecimiento Después de Cada Hora

Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta hora de Tu Pasión para hacerte compañía, y yo he venido. Me parecía oírte angustiado y doliente que oras, reparas y sufres, y con las palabras más conmovedoras y elocuentes suplicas la salvación de las almas. He tratado de seguirte en todo; ahora, debiéndote dejar por mis acostumbradas ocupaciones, siento el deber de decirte “gracias” y un “Te bendigo”.  Sí, ¡oh, Jesús!, gracias Te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos; gracias y Te bendigo por cada gota de Sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra, mirada, amargura, ofensa que has soportado. En todo, ¡oh, mi Jesús!, quiero ponerte un “gracias” y un “Te bendigo.” ¡Ah, mi Jesús!, haz que todo mi ser Te envíe un flujo continuo de agradecimientos y bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo de Tus gracias y bendiciones. ¡Ah, Jesús!, estréchame a Tu Corazón y con Tus santísimas manos márcame todas las partículas de mi ser con Tu “te bendigo”, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa que un himno continuo de agradecimiento hacia Ti. Nuestros latidos se tocarán continuamente, de manera que me darás vida, amor, y una estrecha e inseparable unión Contigo. ¡Ah!, Te ruego mi dulce Jesús, que si ves que alguna vez estoy por dejarte, Tu latido se acelere más fuerte en el mío, Tus manos me estrechen más fuerte a Tu Corazón, Tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, a fin de que sintiéndote, rápidamente me deje atraer a la unión Contigo.

¡Ah, mi Jesús!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti, y Te suplico que estés siempre junto a mí y que me des Tus santísimas manos para hacer junto conmigo lo que me conviene hacer. Mi Jesús, ¡ah!, dame el beso del Divino Amor, abrázame y bendíceme; yo Te beso en Tu dulcísimo Corazón y me quedo en Ti.


PRIMERA HORA
De las 5 a las 6 de la tarde 

Jesús se despide de Su Madre Santísima

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

¡Oh, Celestial Mamá!, la hora de la separación se acerca y yo vengo a Ti. ¡Oh, Madre!, dame Tu amor y Tus reparaciones, dame Tu dolor, porque junto Contigo quiero seguir paso a paso al adorado Jesús.

Y he aquí que Jesús viene y Tú, con el alma rebosante de amor corres a Su encuentro, pero al verlo tan pálido y triste el Corazón se Te oprime por el dolor, las fuerzas Te abandonan y estás a punto de desfallecer a Sus pies. ¡Oh, dulce Mamá mía!, ¿sabes por qué ha venido a Ti el adorable Jesús? ¡Ah! Él ha venido para darte el último adiós, para decirte la última palabra, para recibir el último abrazo.

¡Oh, Mamá!, a Ti me estrecho con toda la ternura de la cual es capaz este mi pobre corazón, a fin de que estrechado y unido a Ti, también yo pueda recibir los abrazos del adorado Jesús. ¿Me desdeñarás acaso Tú? ¿No es más bien un consuelo para Tu Corazón tener un alma a Tu lado y que comparta Contigo las penas, los afectos, las reparaciones?

¡Oh, Jesús!, en esta hora tan desgarradora para Tu ternísimo Corazón, qué lección nos das de filial y amorosa obediencia hacia Tu Mamá. ¡Qué dulce armonía hay entre Tú y María, qué suave encanto de amor que sube hasta el trono del Eterno y se extiende para salvación de todas las criaturas de la Tierra!

¡Oh, Celestial Mamá mía!, ¿sabes qué quiere de Ti el adorado Jesús? No quiere otra cosa que Tu última bendición. Es verdad que de todas las partes de Tu ser no salen sino bendiciones y alabanzas a Tu Creador, pero Jesús al despedirse de Ti quiere oír las dulces palabras: “Te bendigo, ¡oh, Hijo!” Y este “Te bendigo” aleja todas las blasfemias de sus oídos, y dulce y suave desciende a Su Corazón; y casi como para poner una defensa a todas las ofensas de las criaturas, Jesús quiere Tu “Te bendigo.”

Yo me uno a Ti, ¡oh, dulce Mamá!, sobre las alas del viento quiero girar por el Cielo para pedir al Padre, al Espíritu Santo, a todos los Ángeles, un “Te bendigo” para Jesús, a fin de que yendo a Él le pueda llevar Sus bendiciones. Y aquí en la Tierra quiero ir a todas las criaturas y pedir de cada labio, de cada latido, de cada paso, de cada respiro, de cada mirada, de cada pensamiento, bendiciones y alabanzas a Jesús, y si ninguno me las quiere dar, yo quiero darlas por ellos.

¡Oh, dulce Mamá!, después de haber girado y vuelto a girar para pedir a la Trinidad Sacrosanta, a los Ángeles, a todas las criaturas, a la luz del sol, al perfume de las flores, a las olas del mar, a cada soplo de viento, a cada llama de fuego, a cada hoja que se mueve, al centellear de las estrellas, a cada movimiento de la naturaleza un “Te bendigo”, vengo a Ti y uno mis bendiciones a las Tuyas.

Dulce Mamá mía, veo que recibes consuelo y alivio por esto, y ofreces a Jesús todas mis bendiciones, en reparación de las blasfemias y maldiciones que Él recibe de las criaturas. Pero mientras Te ofrezco todo, oigo Tu Voz temblorosa que dice: “Hijo, bendíceme también a Mí.”

¡Oh, dulce Amor mío, Jesús!, bendíceme también a mí junto con Tu Mamá, bendice mis pensamientos, mi corazón, mis manos, mis obras, mis pasos, y junto con Tu Mamá bendice a todas las criaturas.

¡Oh, Madre mía!, al mirar el rostro del adolorido Jesús, pálido, triste, desgarrador, se despierta en Ti el recuerdo de los dolores que dentro de poco Él deberá sufrir.  Adivinas Su Rostro cubierto de salivazos y lo bendices, la cabeza traspasada por las espinas, los ojos vendados, el cuerpo desgarrado por los azotes, las manos y los pies traspasados por los clavos, y adonde quiera que Él está a punto de ir, Tú lo sigues con Tus bendiciones, y junto Contigo lo sigo también yo. Cuando Jesús sea golpeado por los azotes, coronado de espinas, abofeteado, traspasado por los clavos, dondequiera encontrará junto a Tu “Te bendigo”, el mío.

¡Oh, Jesús!, ¡oh, Madre!, Os compadezco; inmenso es Vuestro dolor en estos últimos momentos, el Corazón de uno parece que arranque el Corazón del otro. ¡Oh, Madre!, arranca mi corazón de la tierra y átalo fuerte a Jesús, a fin de que estrechado a Él pueda tomar parte de Tus dolores, y mientras Os estrecháis, Os abrazáis, Os dirigís las últimas miradas, los últimos besos, estando yo en medio de Vuestros Dos Corazones pueda recibir Vuestros últimos besos, Vuestros últimos abrazos. ¿No veis que yo no puedo estar sin Vosotros, no obstante mi miseria y mi frialdad?

Jesús, Mamá, tenedme estrechada a Vosotros, denme Vuestro amor, Vuestro Querer, saetead mi pobre corazón, estrechadme entre Vuestros brazos, y junto Contigo, ¡oh, dulce Madre!, quiero seguir paso a paso al adorado Jesús con la intención de darle consuelo, alivio, amor y reparación por todos.

¡Oh, Jesús!, junto a Tu Mamá Te beso el pie izquierdo suplicándote que quieras perdonarme a mí y a todas las criaturas por cuantas veces no hemos caminado hacia Dios.

Beso Tu pie derecho, perdóname a mí y a todos, por cuantas veces no hemos seguido la perfección que Tú querías de nosotros.

Te beso la mano izquierda, pidiéndote nos comuniques Tu pureza. Beso Tu mano derecha, bendíceme todos mis latidos, pensamientos, afectos, a fin de que validados por Tu bendición todos se santifiquen, y junto conmigo bendice también a todas las criaturas, y sella la salvación de sus almas con Tu bendición.

¡Oh, Jesús!, junto a Tu Mamá Te abrazo, y besándote el Corazón Te ruego que pongas en medio de Vuestros Dos Corazones el mío, a fin de que se alimente continuamente de Vuestros amores, de Vuestros dolores, de vuestros mismos afectos, deseos y de Vuestra misma Vida.

Así sea.

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SEGUNDA HORA
De las 6 a las 7 de la tarde 

Jesús Se separa de Su Madre Santísima y Se encamina al Cenáculo

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

Mi adorable Jesús, mientras junto Contigo he tomado parte en Tus dolores y en los de la afligida Mamá, veo que Te decides a partir para ir a donde el Querer del Padre Te llama.  Es tanto el amor entre Hijo y Madre que Os vuelve inseparables, por lo que Tú Te quedas en el Corazón de la Mamá, y la Reina y dulce Mamá Se deja en el Tuyo, de otra manera Os habría sido imposible el separaros. Pero después, bendiciéndoos mutuamente, Tú le das el último beso para darle fuerzas en los acerbos dolores que está por sufrir, le das el último adiós y partes.

Pero la palidez de Tu Rostro, Tus labios temblorosos, Tu voz sofocada como si quisiera romper en llanto al decirle adiós, ¡ah!, todo me dice cuánto la amas y cuanto sufres al dejarla pero para cumplir la Voluntad del Padre, con Vuestros Corazones fundidos el uno en el otro, a todo os sometéis, queriendo reparar por aquellos que, por no vencer las ternuras de los parientes y amigos, los vínculos y los apegos, no se preocupan por cumplir el Querer Santo de Dios y corresponder al estado de santidad al que Dios los llama. ¡Qué dolor no Te dan estas almas al rechazar de sus corazones el amor que quieres darles, para contentarse con el amor de las criaturas!

Amable Amor mío, mientras Contigo reparo, permíteme que permanezca con Tu Mamá para consolarla y sostenerla mientras Tú Te alejas, después apresuraré mis pasos para alcanzarte. Pero con sumo dolor veo que mi angustiada Mamá tiembla, y es tanto el dolor, que mientras trata de decir adiós al Hijo, la voz se le apaga en los labios y no puede articular palabra, casi desfallece y en Su desfallecimiento de amor dice: “¡Hijo Mío, Hijo Mío, Te bendigo! ¡Qué amarga separación, más cruel que cualquier muerte!” Pero el dolor le impide aún el hablar y la deja muda.

Desconsolada Reina, déjame que Te sostenga, Te enjugue las Lágrimas y Te compadezca en Tu amargo dolor. Mamá mía, yo no Te dejaré sola, y Tú tenme Contigo, enséñame en este momento tan doloroso para Ti y para Jesús lo que debo hacer, cómo debo defenderlo, cómo debo repararlo y consolarlo, y si debo dar mi vida para defender la Suya.

No, no me separaré de debajo de Tu manto, a una señal Tuya volaré a Jesús y le llevaré Tu amor, Tus afectos, Tus besos junto a los míos y los pondré en cada Llaga, en cada gota de Su Sangre, en cada pena e insulto, a fin de que sintiendo Él en cada pena los besos y el amor de la Mamá, sus penas queden endulzadas. Después regresaré bajo Tu manto, trayéndote Sus besos para endulzar Tu corazón traspasado.  Mamá mía, el corazón me late fuertemente, quiero ir a Jesús, y mientras beso Tus manos maternas bendíceme como has bendecido a Jesús y permíteme que vaya a Él.

Mi dulce Jesús, el amor me descubre Tus pasos y Te alcanzo mientras recorres las calles de Jerusalén junto con Tus amados discípulos; Te miro y Te veo aún pálido, oigo Tu voz, dulce, sí, pero triste, tanto que rompe el corazón de Tus discípulos, que por oírte así están turbados.

“Es la última vez”, dices, “que recorro estas calles por Mí mismo, mañana las recorreré atado, arrastrado entre mil insultos.”

Y señalando los lugares donde serás más deshonrado y maltratado, sigues diciendo:

“Mi vida está por llegar a su ocaso acá abajo, como está por llegar a su ocaso el Sol, y mañana a esta hora no estaré más, pero como Sol resurgiré al tercer día.”

Por Tus palabras, los apóstoles quedan tristes y taciturnos y no saben qué responder.  Pero Tú agregas:

“Animo, no os abatáis, Yo no os dejo, siempre estaré con vosotros, pero es necesario que Yo muera por el bien de todos ustedes.”

Al decir esto estás conmovido, pero con voz trémula continúas instruyéndolos. Antes de que entres en el Cenáculo miras el sol que ya se pone, así como está por llegar al ocaso Tu Vida; ofreces Tus pasos por aquellos que se encuentran en el ocaso de la vida y les das la gracia de que la hagan terminar en Ti, reparando por aquellos que no obstante los sinsabores y los desengaños de la vida se obstinan en no rendirse a Ti.  Después miras de nuevo a Jerusalén, el centro de Tus prodigios y de las predilecciones de Tu Corazón, y que en pago Te está preparando la Cruz y afilando los clavos para cometer el deicidio, y Tú Te estremeces, se Te rompe el Corazón y lloras por su destrucción.

Con esto reparas por tantas almas consagradas a Ti, que con tanto cuidado tratabas de formar como portentos de Tu amor, y ellas, ingratas, sin corresponderte, Te hacen sufrir más amarguras. Quiero reparar junto Contigo para endulzar el dolor de Tu Corazón.

Pero veo que quedas horrorizado ante la vista de Jerusalén y retirando de ella Tu mirada, entras en el Cenáculo. Amor mío, estréchame a Tu Corazón, a fin de que haga mías Tus amarguras para ofrecerlas junto Contigo, y Tú, mira piadoso mi alma, y derramando en ella Tu amor, bendíceme.

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TERCERA HORA
De las 7 a las 8 de la noche 

La Cena Legal

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

¡Oh, Jesús!, ya llegas al Cenáculo junto con Tus amados discípulos y Te pones a cenar con ellos. Qué dulzura, qué afabilidad no muestras en toda Tu persona al abajarte a tomar por última vez el alimento material. Allí todo es amor en Ti, también en esto no sólo reparas por los pecados de gula, sino que impetras también la santificación del alimento, y así como éste se convierte en fuerza, así nos obtienes la santidad hasta en las cosas más bajas y más comunes.

Jesús, Vida mía, Tu mirada dulce y penetrante parece escrutar a todos los apóstoles, y aun en el acto de tomar el alimento Tu Corazón queda traspasado al ver a Tus amados apóstoles débiles y vacilantes aún, especialmente el pérfido Judas que ya ha puesto un pie en el infierno. Y Tú desde el fondo de Tu Corazón amargamente dices: “¿Cuál es la utilidad de Mi Sangre? ¡He aquí un alma, tan beneficiada por Mí, y está perdida!” Y con Tus ojos resplandecientes de luz lo miras, como queriendo hacerle comprender el gran mal cometido. Pero Tu suprema caridad Te hace soportar este dolor y no lo manifiestas ni siquiera a Tus amados discípulos; y mientras Te dueles por Judas, Tu Corazón quisiera llenarse de júbilo al ver a Tu izquierda a Tu amado discípulo Juan, tanto, que no pudiendo contener más el amor, atrayéndolo dulcemente a Ti le haces apoyar su cabeza sobre Tu Corazón, haciéndole sentir el paraíso por adelantado.

Es en esta hora solemne que en los dos discípulos vienen representados los dos pueblos: el réprobo y el elegido. El réprobo en Judas, que siente ya el infierno en el corazón; y el elegido en Juan, que en Ti reposa y goza.

¡Oh, dulce Bien mío!, también yo me pongo cerca de Ti, y junto a Tu amado discípulo quiero apoyar mi cabeza cansada sobre Tu Corazón adorable y rogarte que me hagas sentir, aun sobre esta Tierra, las delicias del Cielo, y así, raptada por las dulces armonías de Tu Corazón, la Tierra no sea para mí más tierra, sino Cielo.

Pero en esas armonías dulcísimas y divinas, siento que se Te escapan dolorosos latidos, son por las almas perdidas. ¡Oh, Jesús!, no permitas que nuevas almas se pierdan, haz que Tu latido corriendo en el suyo les haga sentir los latidos de la vida del Cielo, como los siente Tu amado discípulo Juan, y atraídas por la suavidad y dulzura de Tu amor, todas puedan rendirse a Ti.

¡Oh, Jesús!, mientras permanezco en Tu Corazón, dame también a mí el alimento como se lo diste a los apóstoles, el alimento de Tu Divina Voluntad, el alimento del amor, el alimento de la palabra divina. Jamás me niegues, ¡oh, mi Jesús!, este alimento que Tú tanto deseas darme, de modo de formar en mí Tu misma Vida.

Dulce Bien mío, mientras me estoy a Tu lado, veo que el alimento que tomas junto con Tus amados discípulos no es otro que un cordero. Es el cordero que Te representa, y así como en este cordero, por la fuerza del fuego, no queda ningún humor vital, así Tú, Cordero místico, que por las criaturas debes consumirte todo por fuerza de amor, ni siquiera una gota de Tu Sangre conservarás para Ti, derramándola toda por amor nuestro.

Así que, ¡oh, Jesús!, nada haces que no represente a lo vivo Tu dolorosísima Pasión, que tienes siempre presente en la mente, en el corazón, en todo, y esto me enseña que si también yo tuviera siempre delante a mi mente y en el corazón el pensamiento de Tu Pasión, jamás me negarías el alimento de Tu amor. ¡Cuánto Te agradezco por esto!

¡Oh, mi Jesús!, ningún acto se Te escapa en que no me tengas presente y con el que no intentes hacerme un bien especial, por eso Te ruego que Tu Pasión esté siempre en mi mente, en mi corazón, en mis miradas, en mis obras, en mis pasos, a fin de que a donde quiera que me dirija, dentro y fuera de mí, Te encuentre siempre presente a mí, y dame la gracia de que jamás olvide lo que has sufrido y padecido por mí. Ésta sea para mí un imán, que atrayendo todo mi ser en Ti, no me deje alejarme de Ti.

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CUARTA HORA
De las 8 a las 9 de la noche 

La Cena Eucarística

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

Dulce Amor mío, incontentable siempre en Tu amor, veo que al terminar la cena legal Te levantas de la mesa y junto con Tus amados discípulos elevas el himno de agradecimiento al Padre por haberos dado el alimento, queriendo reparar con esto todas las faltas de agradecimiento de las criaturas por los tantos medios como nos das para la conservación de la vida corporal.  Por eso Tú, ¡oh, Jesús!, en lo que haces, tocas o ves, tienes siempre en Tus labios las palabras: “¡Gracias Te sean dadas, ¡oh, Padre!” También yo, ¡oh, Jesús!, unida Contigo tomo las palabras de Tus labios y diré siempre y en todo: “Gracias por mí y por todos”, para continuar la reparación por las faltas de agradecimiento.

Pero, ¡oh, mi Jesús!, parece que Tu amor no tiene reposo, veo que de nuevo haces sentarse a Tus amados discípulos, tomas una palangana con agua, Te ciñes una blanca toalla y Te postras a los pies de los apóstoles, en un acto tan humilde que Te atrae la mirada de todo el Cielo y lo hace permanecer estático, los mismo apóstoles se quedan casi sin movimiento al verte postrado a sus pies. Pero dime, amor mío, ¿qué quieres, qué pretendes con este acto tan humilde, humildad jamás vista y que jamás se verá?

“¡Ah, hija Mía!, quiero todas las almas, y postrado ante ellas como un pobre mendigo, las pido, las urjo, y llorando tramo Mis insidias de amor para tenerlas. Quiero, postrado a sus pies, con esta agua mezclada con Mis Lágrimas lavarlas de cualquier imperfección y prepararlas a recibirme en el Sacramento. Me importa tanto este acto de recibirme en la Eucaristía, que no quiero confiar este oficio ni a los Ángeles, ni siquiera a Mi amada Mamá, sino que Yo mismo quiero purificarlas, aún las fibras más íntimas, para disponerlas a recibir el Fruto del Sacramento, y en los apóstoles era Mi intención preparar a todas las almas.

Intento reparar todas las obras santas y la administración de los Sacramentos, sobre todo hechas por sacerdotes con espíritu de soberbia, vacías de espíritu divino y de desinterés. ¡Ah, cuántas obras buenas Me llegan más para deshonrarme que para darme honor! ¡Más para amargarme que para complacerme! ¡Más para darme muerte que para darme vida! Éstas son las ofensas que más Me afligen. ¡Ah, sí, hija Mía!, numera todas las ofensas más íntimas que se Me hacen y repárame con Mis mismas reparaciones, consuela Mi Corazón amargado”.

¡Oh, mi afligido Bien!, hago mía Tu Vida y junto Contigo intento reparar todas estas ofensas. Quiero entrar en los más íntimos escondites de Tu Corazón Divino y reparar con Tu mismo Corazón las ofensas más íntimas y secretas que recibes de Tus más amados, y junto Contigo quiero girar en todas las almas que Te deben recibir en la Eucaristía, y entrar en sus corazones, y junto a Tus manos pongo las mías para purificarlas.

¡Ah, Jesús!, con estas Tus Lágrimas y esta agua con las cuales lavaste los pies de los apóstoles, lavemos a las almas que Te deben recibir, purifiquemos sus corazones, incendiémoslos, sacudamos de ellos el polvo con el cual están manchados, a fin de que recibiéndote, Tú puedas encontrar en ellas Tus complacencias en vez de Tus amarguras.

Pero, afectuoso Bien mío, mientras estás atento a lavar los pies de los apóstoles, Te miro y veo que otro dolor traspasa Tu Corazón Santísimo. Estos apóstoles representan a todos los futuros hijos de la Iglesia, y cada uno de ellos, representa la serie de cada uno de Tus dolores. En uno las debilidades; en otro los engaños; en otro las hipocresías; en otro el amor desmedido a los intereses; en San Pedro, la falla a los buenos propósitos y todas las ofensas de los jefes de la Iglesia; en San Juan, las ofensas de Tus más fieles; en Judas todos los apóstatas, con toda la serie de los graves males causados por ellos.

¡Ah!, Tu Corazón está sofocado por el dolor y por el amor, tanto, que no pudiendo resistir Te detienes a los pies de cada apóstol y rompes en llanto, y ruegas y reparas por cada una de estas ofensas, e imploras y consigues para todos el remedio oportuno.

Jesús mío, también yo me uno a Ti, hago mías Tus plegarias, Tus reparaciones, Tus oportunos remedios para cada alma. Quiero mezclar mis lágrimas a las Tuyas, a fin de que jamás estés solo, sino que siempre me tengas Contigo para dividir Tus penas.

Veo, dulce Amor mío, que ya estás a los pies de Judas, oigo Tu respiro afanoso, veo que no sólo lloras, sino que sollozas, y mientras lavas aquellos pies, los besas, Te los estrechas al Corazón, y no pudiendo hablar porque Tu voz está ahogada por el llanto, lo miras con Tus ojos hinchados por el llanto y le dices con el Corazón:

“Hijo Mío, ¡ah!, te ruego con la voz de Mis Lágrimas: ¡No te vayas al infierno, dame tu alma que postrado a tus pies te pido! Di, ¿qué quieres? ¿Qué pretendes? Todo te daré con tal de que no te pierdas. ¡Ah, evítame este dolor, a Mí, tu Dios!”

Y Te estrechas de nuevo esos pies a Tu Corazón, pero viendo la dureza de Judas, Tu Corazón se ve en apuros, el amor Te sofoca y estás a punto de desfallecer. Corazón mío y vida mía, permíteme que Te sostenga entre mis brazos. Comprendo que éstas son las estratagemas amorosas que usas con cada pecador obstinado, y yo Te ruego, ¡oh, Jesús!, mientras Te compadezco y Te doy reparación por las ofensas que recibes de las almas que se obstinan en no quererse convertir, que me permitas recorrer junto Contigo la Tierra, y donde estén los pecadores obstinados démosles Tus Lágrimas para ablandarlos, Tus besos y Tus abrazos de amor para encadenarlos a Ti, de manera que no Te puedan huir, y así consolarte por el dolor de la pérdida de Judas.

Jesús mío, gozo y delicia mía, veo que Tu amor corre, y rápidamente corre, Te levantas, doliente como estás, y casi corres a la mesa donde está ya preparado el pan y el vino para la Consagración. Te veo, Corazón mío, que tomas un aspecto todo nuevo y nunca antes visto, Tu Divina Persona toma un aspecto tierno, amoroso, afectuoso, Tus ojos resplandecen de luz, más que si fueran soles; Tu Rostro encendido resplandece; Tus labios sonrientes, abrasados de amor; y Tus manos creadoras se ponen en actitud de crear. Te veo, Amor mío, todo transformado, parece como si Tu Divinidad se desbordara fuera de Tu Humanidad.

Corazón mío y Vida mía, Jesús, este aspecto Tuyo jamás visto, llama la atención de todos los apóstoles, ellos son presa de un dulce encanto y no se atreven ni siquiera respirar. La dulce Mamá corre en espíritu a los pies del altar, para contemplar los portentos de Tu Amor; los Ángeles descienden del Cielo y se preguntan entre ellos: “¿Qué sucede? ¿Qué pasa?” ¡Son verdaderas locuras, verdaderos excesos! ¡Un Dios que crea, no el cielo o la tierra, sino a Sí Mismo! ¿Y dónde? ¡Dentro de la materia vilísima de un poco de pan y un poco de vino!

Pero mientras están todos en torno a Ti, ¡oh, Amor insaciable!, veo que tomas el pan entre las manos, lo ofreces al Padre y oigo Tu voz dulcísima que dice:

“Padre Santo, gracias Te sean dadas, pues siempre escuchas a Tu Hijo. Padre Santo, concurre Conmigo, Tú un día Me enviaste del Cielo a la Tierra a encarnarme en el seno de Mi Mamá para venir a salvar a Nuestros hijos, ahora permíteme que Me encarne en cada una de las Hostias para continuar su salvación y ser vida de cada uno de Mis hijos. Mira, ¡oh, Padre!, pocas horas Me quedan de vida, ¿cómo tendré Corazón para dejar solos y huérfanos a Mis hijos? Son muchos sus enemigos, las tinieblas, las pasiones, las debilidades a que están sujetos, ¿quién los ayudará? ¡Ah!, Te suplico que Yo permanezca en cada Hostia para ser vida de cada uno y poner en fuga a sus enemigos, y ser su luz, fuerza y ayuda, de otra manera, ¿a dónde irán? ¿Quién los ayudará? Nuestras obras son eternas, Mi Amor es irresistible, no puedo ni quiero dejar a Mis hijos.”

El Padre se enternece ante la voz tierna y afectuosa del Hijo, y desciende del Cielo.  Está ya sobre el altar y unido con el Espíritu Santo para concurrir con el Hijo. Y Jesús con voz sonora y conmovedora pronuncia las palabras de la Consagración, y sin dejarse a Sí Mismo, crea a Sí Mismo en aquel Pan y en aquel Vino. Después Te das en comunión a Tus apóstoles, y creo que nuestra Celestial Mamá no quedó privada de recibirte. ¡Ah, Jesús, los Cielos se postran, y todos Te mandan un acto de adoración en Tu nuevo Estado de tan profundo aniquilamiento!

Pero, ¡oh, dulce Jesús!, mientras Tu Amor queda contentado y satisfecho no teniendo otra cosa qué hacer, veo, ¡oh, mi Bien!, sobre este altar, en Tus manos, todas las Hostias consagradas que se perpetuarán hasta el fin de los siglos, y en cada una de las Hostias desplegada toda Tu dolorosa Pasión, porque las criaturas, a los excesos de Tu Amor, corresponderán con excesos de ingratitud y de enormes delitos, y yo, Corazón de mi corazón, quiero encontrarme siempre Contigo en cada uno de los Tabernáculos, en todos los Copones y en cada una de las Hostias consagradas que habrá hasta el fin del mundo, para ofrecerte mis actos de reparación a medida que recibes las ofensas.  Por eso Corazón mío, me pongo cerca de Ti y Te beso la frente majestuosa, pero mientras Te beso, siento en mis labios los pinchazos de las espinas que circundan Tu cabeza. ¡Oh, mi Jesús!, en esta Hostia Santa no Te limitan las espinas como en la Pasión, veo que las criatura vienen a Tu Presencia y en vez de darte el homenaje de sus pensamientos, te mandan sus pensamientos malos, y Tú de nuevo bajas la cabeza como en la Pasión para recibir las espinas de los malos pensamientos que se hacen en Tu Presencia. ¡Oh, mi Amor!, junto Contigo la abajo también yo para dividir Contigo Tus penas, y pongo todos mis pensamientos en Tu mente para quitar estas espinas que tanto Te hacen sufrir, y cada pensamiento mío corra en cada pensamiento Tuyo para hacerte el acto de reparación por cada pensamiento malo y así endulzar Tus afligidos pensamientos.

Jesús mío, Bien mío, beso Tus bellos ojos, Te veo en esta Hostia Santa, con estos ojos amorosos, en acto de esperar a todos aquellos que vienen a Tu Presencia para mirarlos con Tus miradas de amor, para tener la correspondencia de sus miradas amorosas, pero cuántos vienen a Tu Presencia y en vez de mirarte a Ti y buscarte a Ti, miran cosas que los distraen de Ti, y Te privan del gusto del intercambio de las miradas entre Tú y ellos, y Tú lloras, y por eso, besándote, siento mis labios bañados por Tus Lágrimas. ¡Ah, mi Jesús!, no llores, quiero poner mis ojos en los Tuyos para compartir estas Tus penas y llorar Contigo, y repararte por todas las miradas distraídas de las criaturas con ofrecerte mis miradas y tenerlas siempre fijas en Ti.

Jesús mío, Amor mío, beso Tus santísimos oídos, ¡ah!, Te veo atento para escuchar lo que las criaturas quieren de Ti, para consolarlas, pero ellas, en cambio, Te hacen llegar a los oídos oraciones mal hechas, llenas de desconfianza, oraciones hechas más por costumbre y sin vida, y Tus oídos en esta Hostia Santa son molestados más que en la misma Pasión. ¡Oh, mi Jesús!, quiero tomar todas las armonías del Cielo y ponerlas en Tus oídos para repararte estas penas, y quiero poner mis oídos en los Tuyos, no sólo para compartir Contigo esta pena, sino para estar siempre atenta a lo que quieres, a lo que sufres, para poner pronto mi acto de reparación y consolarte.

Jesús, Vida mía, beso Tu santísimo rostro, lo veo ensangrentado, lívido e hinchado.  Las criaturas, ¡oh, Jesús!, vienen ante esta Hostia Santa, y con sus posturas indecentes, con sus conversaciones malas que hacen delante a Ti, en vez de darte honor Te dan bofetadas y salivazos, y Tú, como en la Pasión, con toda paz y paciencia los recibes, y todo soportas. ¡Oh, Jesús!, quiero poner mi rostro junto al Tuyo, no sólo para acariciarte y besarte conforme Te llegan estas bofetadas y quitarte los salivazos, sino que quiero fundir mi rostro en el Tuyo para dividir Contigo estas penas, también quiero hacer de mi ser tantos diminutos pedacitos para ponerlos ante Ti como tantas estatuas arrodilladas continuamente, para repararte por todos los deshonores que Te hacen en Tu Presencia.

Jesús, mi Todo, beso Tu dulcísima boca. ¡Ah!, veo que al descender en los corazones de las criaturas, el primer apoyo que Tú haces es sobre la lengua. ¡Oh!, cómo quedas amargado encontrando muchas lenguas mordaces, impuras, malas, ¡ah!, Tú Te sientes atormentar por esas lenguas, y peor aun cuando desciendes a sus corazones. ¡Oh, Jesús!, si fuera posible quisiera encontrarme en la boca de cada una de las criaturas para endulzarte y repararte cualquier ofensa que recibas de ellas.

Fatigado Bien mío, beso Tu santísimo cuello, Te veo cansado, agotado y todo ocupado en Tu trabajo de amor, dime qué haces. Y Jesús: 

“Hija Mía, Yo en esta Hostia trabajo desde la mañana hasta la noche, formando continuas cadenas de amor, a fin de que conforme las almas vienen a Mí, Yo las hago encontrar pronta Mi cadena de amor para encadenarlas a Mi Corazón; ¿pero sabes tú qué Me hacen ellas a cambio? Muchas toman a mal estas Mis cadenas, y por la fuerza se liberan de ellas y las hacen pedazos, y como estas cadenas están atadas a Mi Corazón, Yo quedo torturado y doy en delirio; al romper Mis cadenas tiran al vacío Mi trabajo que hago en el Sacramento, y buscan las cadenas de las criaturas, y esto lo hacen aun en Mi Presencia, sirviéndose de Mí para lograr sus intentos. Esto Me da tanto dolor que Me da una fiebre tan violenta que Me hace desfallecer y delirar.”

Prisionero de amor, Tú estás no sólo aprisionado sino también encadenado, y con ansia febril estás esperando los corazones de las criaturas para descender en ellos y salir de Tu prisión, y con las cadenas que Te ataban encadenar sus almas a Tu Amor. Pero con sumo dolor ves que vienen ante Ti con un aire indiferente, sin premuras por recibirte; otras de hecho no Te reciben; y otras, si Te reciben, sus corazones están atados por otros amores y llenos de vicios, como si Tú fueras despreciable, y Tú, Vida mía, estás obligado a salir de estos corazones encadenado como entraste, porque no Te han dado la libertad de hacerse atar, y han cambiado Tus ansias en llanto.

Jesús mío, permíteme que enjugue Tus Lágrimas y Te tranquilice el llanto con mi amor, y para repararte Te ofrezco las ansias y suspiros, los deseos ardientes que Te han dado todos los Santos que han existido y existirán, los de Tu Mamá y el mismo Amor del Padre y del Espíritu Santo, y yo haciendo mío este Amor, quiero ponerme a las puertas del Tabernáculo para hacerte las reparaciones y gritar detrás a las almas que quisieran recibirte para hacerte llorar, ‘Te amo’, y tantas veces intento repetir estos actos de reparación, por cuantos contentos das a todos los Santos, y por cuantos movimientos contiene la Santísima Trinidad.

Coronada Mamá, Te beso el Corazón y Te pido que custodies mis afectos, mis deseos, mis latidos, mis pensamientos, y que los pongas como lámparas a la puerta de los Tabernáculos para cortejar a Jesús.

¡Cuánto Te compadezco, oh, Jesús! Tu amor es puesto en aprietos, ¡ah! Te ruego, para consolarte por las ofensas que recibes y para repararte por Tus cadenas que son hechas pedazos, que encadenes mi corazón con todas estas cadenas para poder darte por todos mi correspondencia de amor.

Jesús mío, Flechero Divino, beso Tu Pecho. Es tal y tanto el Fuego que él contiene, que para dar un poco de desahogo a Tus Llamas que se elevan tan alto, Tú, queriendo hacer un descanso en Tu trabajo, quieres jugar en el Sacramento, y Tu juego es formar flechas, dardos, saetas, a fin de que cuando vengan ante Ti, Tú Te pongas a jugar con las criaturas, haciendo salir de Tu Pecho Tus flechas para flecharlas, y cuando las reciben Tú haces fiesta y formas Tu juego, pero muchas, ¡oh, Jesús!, Te las rechazan, enviándote en correspondencia flechas de frialdad, dardos de tibieza y saetas de ingratitud; y Tú quedas tan afligido por esto, que lloras porque las criaturas Te hacen fracasar en Tu juego de amor. ¡Oh, Jesús!, he aquí mi pecho dispuesto a recibir no sólo Tus flechas destinadas para mí, sino también aquellas que Te rechazan los demás, y así no quedarás más frustrado en Tus juegos, y quiero también repararte por las frialdades, las tibiezas y las ingratitudes que recibes.

¡Oh, Jesús!, beso Tu mano izquierda y quiero reparar por todos los tocamientos ilícitos y no santos hechos en Tu Presencia, y Te ruego que con esta mano me tengas siempre estrechada a Tu Corazón.

¡Oh, Jesús!, beso Tu mano derecha, e intento reparar todos los sacrilegios, especialmente las Misas malamente celebradas. ¡Cuántas veces, Amor mío, Tú eres obligado a descender del Cielo a las manos de los sacerdotes, que en virtud de su potestad Te llaman, y encuentras esas manos llenas de fango, que chorrean inmundicia, y Tú, aunque sientes náusea de esas manos Te ves obligado por Tu amor a permanecer en ellas! Es más, en algunos sacerdotes, Tú encuentras en ellos a los sacerdotes de Tu Pasión, que con sus enormes delitos y sacrilegios renuevan el deicidio. ¡Jesús mío, me da espanto el sólo pensarlo! Y otra vez, como en la Pasión, Te estás en aquellas manos indignas, como manso Corderito, esperando de nuevo Tu muerte. ¡Oh, Jesús, cuánto sufres, Tú quisieras una mano amorosa para liberarte de esas manos sanguinarias! ¡Ah!, Te ruego que cuando Te encuentres en esas manos me llames para estar presente, y para repararte quiero cubrirte con la pureza de los Ángeles, perfumarte con Tus Virtudes para disminuir el hedor de aquellas manos y mi corazón como consuelo y refugio, y mientras estés en mí yo Te rogaré por los sacerdotes, para que sean dignos ministros Tuyos, y no pongan en peligro Tu Vida Sacramental.

¡Oh, Jesús!, beso Tu pie izquierdo, y quiero repararte por quienes Te reciben por rutina y sin la debidas disposiciones.

¡Oh, Jesús!, beso Tu pie derecho, y quiero repararte por aquellos que Te reciben para ultrajarte. ¡Ah!, Te ruego que cuando se atrevan a hacer esto, renueves el milagro cuando Longinos Te traspasó el Corazón con la lanza, y al flujo de aquella Sangre que brotó, tocándole los ojos lo convertiste y lo sanaste, y así, a Tu toque Sacramental, conviertas las ofensas en amor.

¡Oh, Jesús!, beso Tu Corazón, contra el cual se hacen todas las ofensas, y yo intento repararte de todo, y por todos darte una correspondencia de amor, y siempre junto Contigo compartir Tus penas.

¡Ah!, Te ruego celestial Flechero de Amor, si alguna ofensa huye a mi reparación, aprisióname en Tu Corazón y en Tu Voluntad, a fin de que nada se me escape. Rogaré a la dulce Mamá que me tenga alerta, y junto con Ella Te repararemos todo y por todos, juntas Te besaremos, y haciéndonos Tu defensa alejaremos de Ti las olas de las amarguras que recibes de las criaturas. ¡Ah, Jesús!, recuerda que también yo soy una pobre encarcelada, es verdad que Tu cárcel es más estrecha, cual es el breve giro de una Hostia, por eso enciérrame en Tu Corazón, y con las cadenas de Tu Amor no solo aprisióname, sino ata uno por uno mis pensamientos, mis afectos, mis deseos, átame las manos y los pies a Tu Corazón para que yo no tenga otras manos y otros pies que los Tuyos. Así que, Amor mío, mi cárcel será Tu Corazón, las cadenas el amor, las puertas que me impedirán salir será Tu Santísima Voluntad, Tus Llamas serán mi alimento, Tu respiro será el mío, así que no veré más que llamas, no tocaré sino fuego, que me darán vida y muerte, como la que sufres Tú en la Hostia, y así Te daré mi vida; y mientras yo quedaré aprisionada en Ti, Tú quedarás libre en mí. ¿No ha sido éste Tu intento al encarcelarte en la Hostia, el ser desencarcelado por las almas que Te reciben, tomando vida en ellas? Por eso, en señal de amor, bendíceme y dame un beso, yo Te abrazo y permanezco en Ti.

Pero, ¡oh, dulce Corazón mío!, veo que después de que has instituido el Santísimo Sacramento y que has visto las enormes ingratitudes y ofensas de las criaturas, si bien quedas herido y amargado, no Te haces para atrás, es más, quieres ahogarlo todo en la inmensidad de Tu Amor; veo que instruyes a Tus apóstoles, y después agregas que lo que has hecho Tú lo deben hacer ellos también, dándoles potestad de Consagrar, y de tal manera los ordenas Sacerdotes e instituyes este otro Sacramento. Así que, ¡oh, Jesús!, en todo piensas y todo reparas, las predicaciones mal hechas, los sacramentos administrados y recibidos sin disposiciones, y por eso, sin efectos; las vocaciones equivocadas de los sacerdotes, por parte de ellos como por parte de quien los ordena, no usando todos los medios para conocer las verdaderas vocaciones. Nada se Te escapa, ¡oh, Jesús!, y yo quiero seguirte y reparar todas estas ofensas.

Después de que has dado cumplimiento a todo, en compañía de Tus apóstoles Te encaminas al Huerto de Getsemaní para dar principio a Tu Dolorosa Pasión. Te seguiré en todo, para hacerte fiel compañía.

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QUINTA HORA
De las 9 a las 10 de la noche 

Primera Hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

Mi afligido Jesús, como por una corriente eléctrica me siento atraída a este Huerto, comprendo que Tú, imán potente para mi herido corazón me llamas, y yo corro pensando entre mí: “¿Qué son estas atracciones de amor que siento en mí? ¡Ah, tal vez mi perseguido Jesús se encuentra en estado de tal amargura, que siente la necesidad de mi compañía!” Y yo vuelo, ¿pero qué?, me siento horrorizada al entrar en este Huerto, la oscuridad de la noche, la intensidad del frío, el lento moverse de las hojas, que como tristes y débiles voces, anuncian penas, tristezas y muerte para mi dolorido Jesús. El dulce centellear de las estrellas, que como ojos llorosos están todas atentas a mirarlo, y haciendo eco a las Lágrimas de Jesús me reprochan por mis ingratitudes, y yo tiemblo y a tientas lo voy buscando, lo llamo: “Jesús, ¿dónde estás?  ¿Me llamas y no Te dejas ver? ¿Me llamas y Te escondes?” Pero todo es terror, todo es espanto y silencio profundo. Pongo atentos mis oídos y oigo un respiro afanoso, y es precisamente a Jesús a quien encuentro, pero qué cambio funesto, no es más el dulce Jesús de la Cena Eucarística, en donde Su Rostro resplandecía con una belleza deslumbrante y raptora, sino que está triste, con una tristeza mortal que desfigura Su natural belleza. Ya agoniza y me siento turbada pensando que tal vez no escucharé más Su voz, porque parece que muere. Por eso me abrazo a Sus pies; me hago más atrevida y me acerco a Sus brazos, le pongo la mano en la frente  para sostenerlo y en voz baja lo llamo: “Jesús, Jesús.” Y Él, sacudido por mi voz, me mira y me dice:

“Hija, ¿estás aquí? ¡Ah!, te estaba esperando, y era ésta la tristeza que más me oprimía, el total abandono de todos, y te esperaba a ti para hacerte ser espectadora de Mis penas, y hacerte beber junto Conmigo el cáliz de las amarguras que dentro de poco Mi Padre Celestial Me enviará por medio de un Ángel. Lo beberemos juntos, no será un cáliz de consuelo sino de amarguras intensas, y siento la necesidad de que alguna alma amante beba alguna gota al menos, por eso te he llamado, para que tú lo aceptes y compartas Conmigo Mis penas y Me asegures que no Me dejarás solo en tanto abandono”.

¡Ah! sí, mi atormentado Jesús, beberemos juntos el cáliz de Tus amarguras, sufriremos juntos Tus penas y no me apartaré jamás de Tu lado.

Y el afligido Jesús, después de habérselo asegurado, entra en agonía mortal, sufre penas jamás vistas ni entendidas, y yo, no pudiendo resistir y queriendo compadecerlo y aliviarlo le digo: “Dime, ¿por qué estás tan triste, afligido y solo en este Huerto y en esta noche? Es la última noche de Tu vida sobre la Tierra, pocas horas Te quedan para dar principio a Tu Pasión. Creí encontrar aquí al menos a la Celestial Mamá, a la amante Magdalena y a Tus fieles apóstoles, en cambio Te encuentro solo, en poder de una tristeza que Te da muerte despiadada, sin hacerte morir. ¡Oh, mi Bien, mi Todo!, ¿no me respondes? ¡Háblame! Pero parece que Te falta la palabra, tanta es la tristeza que Te oprime. Pero, ¡oh, mi Jesús!, Tu mirada, llena de luz, sí, pero afligida e indagadora, que parece que buscas ayuda, Tu Rostro pálido, Tus labios abrazados por el amor, Tu Divina Persona que tiembla toda de pies a cabeza, Tu Corazón que late fuerte, fuerte, y aquellos latidos buscan almas y Te dan tal afán que parece que de un momento a otro expires, me dicen que estás solo y por eso buscas mi compañía.”  Heme aquí, ¡oh, mi Jesús!, toda para Ti, junto Contigo. Mi corazón no resiste el verte tirado en la tierra; Te tomo entre mis brazos y Te estrecho a mi corazón, quiero numerar uno por uno Tus afanes, una por una las ofensas que Te hacen, para darte alivio por todo, reparación por todo, y por todo, al menos compadecerte.

Pero, ¡oh, mi Jesús!, mientras Te tengo entre mis brazos, Tus sufrimientos se acrecientan, siento, ¡oh, Vida mía!, correr en Tus venas un fuego, y siento que la Sangre Te hierve y quiere romperlas para salir fuera. Dime, Amor mío, ¿qué tienes? No veo flagelos, no espinas, no clavos ni cruz, no obstante apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón siento que crueles espinas Te traspasan la cabeza; azotes despiadados no Te dejan a salvo ninguna parte, ni dentro ni fuera de Tu Divina Persona; Tus manos paralizadas y contraídas más que por clavos. Dime, dulce Bien mío, ¿quién tiene tanto poder, aun en Tu interior, que Te atormenta y Te hace sufrir tantas muertes por cuantos tormentos Te da? ¡Ah!, me parece que Jesús bendito abre Sus labios moribundos y me dice:

“Hija Mía, ¿quieres saber quién me atormenta más que los mismos verdugos? Es más, estos verdugos son nada en comparación de esto. Es el Amor Eterno que queriendo el primado en todo, me está haciendo sufrir todo junto y en las partes más íntimas lo que los verdugos me harán sufrir poco a poco. ¡Ah, hija Mía!, es el Amor el que prevalece en todo sobre Mí, y en Mí el Amor Me es clavo, el Amor Me es flagelo, el Amor Me es corona de espinas, el Amor Me es todo, el Amor es Mi Pasión perenne, mientras que la de los hombres es temporal. ¡Ah, hija Mía!, entra en Mi Corazón, ven a perderte en Mi Amor, pues sólo en Mi Amor comprenderás cuánto he sufrido y cuánto Te he amado, y aprenderás a amarme y a sufrir sólo por amor.”

¡Oh, mi Jesús!, ya que Tú me llamas dentro de Tu Corazón para hacerme ver lo que el amor Te hace sufrir, yo entro en él. Pero mientras entro veo los portentos del amor, que no Te corona la cabeza con espinas materiales, sino con espinas de fuego; que no Te azota con látigos de cuerdas, sino con látigos de fuego; que Te crucifica no con clavos de fierro, sino de fuego; todo es fuego que penetra hasta los huesos, y en la misma médula, convirtiendo toda Tu Santísima Humanidad en fuego, Te da penas mortales, ciertamente más que en la misma Pasión, y prepara un baño de amor a todas las almas que querrán lavarse de cualquier mancha y adquirir el derecho de hijas del amor.

¡Oh, Amor sin término!, yo siento retroceder ante tal inmensidad de amor, y veo que para poder entrar en el Amor y comprenderlo, debería ser toda amor. ¡Oh, mi Jesús, no lo soy…! Pero ya que Tú quieres mi compañía y quieres que entre en Ti, Te suplico que me conviertas toda en amor. Por eso Te pido que corones mi cabeza, cada uno de mis pensamientos con la corona del amor; Te suplico, ¡oh, Jesús!, que me azotes con el flagelo del amor mi alma, mi cuerpo, mis potencias, mis sentimientos, mis deseos, mis afectos, en suma, todo, y en todo quede flagelada y sellada por el amor. Haz, ¡oh, Amor interminable!, que no haya cosa en mí que no tome vida del amor.

¡Oh, Jesús!, centro de todos los amores, Te suplico que claves mis manos, mis pies con los clavos del amor, a fin de que toda clavada por el amor me convierta en amor, el amor entienda, de amor me vista, de amor me alimente, el amor me tenga toda clavada en Ti, a fin de que ninguna cosa, dentro y fuera de mí, se atreva a tocarme y desviarme y alejarme del amor, ¡oh, Jesús!.

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SEXTA HORA
De las 10 a las 11 de la noche 

Segunda Hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

¡Oh, mi dulce Jesús!, ya ha pasado una hora desde que Te encontré en este Huerto; el amor ha tomado el primado en todo, haciéndote sufrir todo junto, todo lo que los verdugos Te harán sufrir a lo largo de Tu amarguísima Pasión; es más, suple y llega a hacerte sufrir lo que ellos no pueden hacerte, en las partes más íntimas de Tu Divina Persona. ¡Oh, mi Jesús!, Te veo vacilante en los pasos, no obstante quieres caminar.  Dime, ¡oh, mi Bien!, ¿a dónde quieres ir? ¡Ah!, he entendido, quieres ir a encontrar a Tus amados discípulos; yo quiero acompañarte a fin de que si Tú vacilas yo Te sostenga.

Pero, ¡oh, mi Jesús!, otra amargura para Tu Corazón, ellos duermen, y Tú siempre piadoso los llamas, los despiertas, y con amor todo paterno los amonestas y les recomiendas la vigilia y la oración, y regresas al Huerto, pero Te llevas otra herida en el Corazón. En esa herida veo, ¡oh, Amor mío!, todas las heridas de las almas consagradas a Ti, que, o por tentaciones, o por estado de ánimo, o por falta de mortificación, en vez de estrecharse a Ti, de vigilar y orar, se abandonan a sí mismas, y soñolientas, en vez de progresar en el amor y en la unión Contigo, retroceden.  Cuánto Te compadezco, ¡oh, Amante apasionado!, y Te reparo todas las ingratitudes de Tus más fieles. Son éstas las ofensas que más entristecen Tu Corazón adorable, y es tal y tanta su amargura, que Te hacen dar en delirio.

Pero, ¡oh, Amor sin confines!, Tu Amor que ya bulle en Tus venas vence todo y todo olvida. Te veo postrado por tierra y oras, Te ofreces, reparas y en todo, buscas glorificar al Padre por las ofensas hechas a Él por las criaturas. También yo, ¡oh, mi Jesús!, me postro Contigo y junto Contigo intento hacer lo que haces Tú.

Pero, ¡oh, Jesús!, delicia de mi corazón, veo que en tropel todos los pecados, nuestras miserias, nuestras debilidades, los delitos más enormes, las más negras ingratitudes Te vienen al encuentro, se Te arrojan encima, Te aplastan, Te atacan, Te hieren, y Tú, ¿qué haces? La Sangre que Te hierve en las venas hace frente a todas estas ofensas, rompe las venas y como ríos sale fuera, Te baña todo, corre por tierra, y das Sangre por ofensas, Vida por muerte. ¡Ah Amor, a qué estado Te veo reducido! Tú expiras.  ¡Oh, mi Bien, dulce Vida mía!, no Te mueras, levanta la cara de esta tierra que has bañado con Tu Santísima Sangre, ven a mis brazos, haz que yo muera en vez de Ti.

Pero oigo la voz trémula y moribunda de mi dulce Jesús que dice: “¡Padre, si es posible pase de Mí este cáliz, pero no se haga Mi Voluntad sino la Tuya!”

Ya es la segunda vez que oigo esto de mi dulce Jesús, ¿pero qué cosa me hace entender con este “Padre, si es posible pase de Mí este cáliz?” ¡Oh, Jesús!, se Te hacen presentes todas las rebeliones de las criaturas; aquel “Fiat Voluntas Tua” que debía ser la vida de cada criatura, lo ves rechazado por casi todas, y en vez de encontrar la vida encuentran la muerte; y Tú, queriendo dar la vida a todas y hacer una solemne reparación al Padre por las rebeliones de las criaturas, por tres veces repites: “Padre, si es posible pase de Mí este cáliz, es decir, que las almas sustrayéndose de Nuestra Voluntad se pierden; este cáliz para Mí es muy amargo, pero no se haga Mi Voluntad, sino la Tuya.”

Pero mientras dices esto, es tal y tanta Tu amargura que desfalleces, agonizas y estás a punto de dar el último respiro.

¡Oh, mi Jesús, mi Bien!, ya que estás entre mis brazos quiero también yo junto Contigo, repararte y compadecerte por todos los pecados que se cometen contra Tu Santísimo Querer, y al mismo tiempo suplicarte que en todo yo haga siempre Tu Santísima Voluntad.  Tu Voluntad sea mi respiro, mi aire; Tu Voluntad sea mi latido, mi corazón, mi pensamiento, mi vida y mi muerte.

Pero, ¡ah!, no mueras, ¿adónde iré sin Ti? ¿A quién me dirigiré? ¿Quién me dará ayuda? ¡Todo terminará para mí! ¡Ah!, no me dejes, tenme como quieras, como más Te plazca, pero tenme Contigo, siempre Contigo; jamás sea que por un solo instante quede separada de Ti. Déjame endulzarte, repararte y compadecerte por todos, porque veo que todos los pecados, de cualquier especie que sean, pesan sobre Ti.

Por eso, Amor mío, beso Tu santísima cabeza, ¿pero qué veo? Veo todos los malos pensamientos, y Tú sientes horror de ellos. A Tu santísima cabeza cada pensamiento malo le es una espina que Te hiere acerbamente. ¡Ah!, ante esto es nada la corona de espinas que Te pondrán los judíos; cuántas coronas de espinas Te ponen sobre Tu cabeza adorable los malos pensamientos de las criaturas, tantas, que la Sangre Te chorrea por todas partes, por la frente, de entre los cabellos. Jesús, Te compadezco y quisiera ponerte otras tantas coronas de gloria, y para endulzarte Te ofrezco todas las inteligencias angélicas y tu misma inteligencia, para ofrecerte una compasión y una reparación por todos.

¡Oh, Jesús!, beso Tus ojos piadosos y en ellos veo todas las malas miradas de las criaturas, que hacen correr sobre Tu Rostro Lágrimas de Sangre. Te compadezco y quisiera endulzar Tu vista poniéndote delante todos los placeres que se puedan encontrar en el Cielo y en la Tierra.

Jesús, mi Bien, beso Tus santísimos oídos. ¿Pero qué escucho? Oigo en ellos el eco de las horrendas blasfemias, los gritos de venganza y de maledicencia; no hay voz que no resuene en Tus castísimos oídos. ¡Oh, Amor insaciable!, Te compadezco y quiero consolarte haciendo resonar en ellos todas las armonías del Cielo, la voz dulcísima de la amada Mamá, los encendidos acentos de la Magdalena y de todas las almas amantes.

Jesús, Vida mía, un beso más ardiente quiero poner en Tu Rostro, cuya belleza no tiene par. ¡Ah!, éste es el Rostro ante el cual los Ángeles ávidamente desean grabárselo, por la tanta belleza que los rapta, no obstante las criaturas lo ensucian con salivazos, lo golpean con bofetadas y lo pisotean bajo los pies. ¡Amor mío, qué osadía! ¡Quisiera gritar tanto, para ponerlos en fuga! Te compadezco, y para reparar todos estos insultos me dirijo a la Trinidad Sacrosanta para pedir el beso del Padre y del Espíritu Santo, las inimitables caricias de Sus Manos creadoras, me dirijo también a la Celestial Mamá, a fin de que me dé Sus besos, las caricias de Sus manos maternas, Sus adoraciones profundas, me dirijo después a todas las almas consagradas a Ti y todo Te ofrezco, para repararte por las ofensas hechas a Tu santísimo Rostro.

Dulce Bien mío, beso Tu dulcísima boca, amargada por las horribles blasfemias, por la náusea de las embriagueces y gulas, por las conversaciones obscenas, por las oraciones mal hechas, por las malas enseñanzas, por todo lo que de mal hace el hombre con la lengua. Jesús, Te compadezco y quiero endulzar Tu boca ofreciéndote todas las alabanzas angélicas y el buen uso que hacen tantos Santos cristianos de la lengua.

Oprimido Amor mío, beso Tu cuello y lo veo cargado de sogas y cadenas por los apegos y los pecados de las criaturas. Te compadezco y para aliviarte Te ofrezco la Unión indisoluble de las Divinas Personas y yo, fundiéndome en esta Unión Te extiendo mis brazos, y formando en torno a Tu cuello una dulce cadena de amor, quiero alejar de Ti las cuerdas de los apegos que casi Te sofocan, y para endulzarte Te estrecho fuerte a mi corazón.

Fortaleza Divina, beso Tus santísimos hombros. Los veo lacerados y Tus carnes casi arrancadas a pedazos por los escándalos y los malos ejemplos de las criaturas. Te compadezco y para aliviarte Te ofrezco Tus santísimos ejemplos, los ejemplos de la Reina Mamá y los de todos los Santos; y yo, ¡oh, mi Jesús!, haciendo correr mis besos sobre cada una de estas Llagas quiero encerrar en ellas a las almas que por vía de escándalo Te han sido arrancadas del Corazón, y quiero así sanar las carnes de tu Santísima Humanidad.

Mi atormentado Jesús, beso Tu Pecho que veo herido por las frialdades, tibiezas, falta de correspondencia e ingratitudes de las criaturas. Te compadezco, y para endulzarte Te ofrezco el recíproco Amor del Padre, de Ti y del Espíritu Santo, la correspondencia perfecta de las Tres Divinas Personas, y yo, ¡oh, mi Jesús!, sumergiéndome en Tu Amor quiero hacerte un refugio para poder rechazar los nuevos golpes que las criaturas Te lanzan con sus pecados, y tomando Tu Amor quiero con él herirlas para que ya no se atrevan a ofenderte más, y quiero derramarlo en Tu pecho para endulzarte y sanarte.

Mi Jesús, beso Tus manos creadoras, veo todas las malas acciones de las criaturas que como otros tantos clavos, traspasan Tus santísimas manos, así que no con tres clavos, como sobre la cruz, Tú quedas traspasado, sino con tantos clavos por cuantas obras malas cometen las criaturas. Te compadezco, y para endulzarte Te ofrezco todas las obras santas, el valor de los mártires al dar su sangre y su vida por Tu amor; quisiera en suma, ¡oh, Jesús mío!, ofrecerte todas las obras buenas para quitarte los tantos clavos de las obras malas.

¡Oh, Jesús!, beso Tus pies santísimos, siempre incansables en la búsqueda de almas; en ellos encierras todos los pasos de las criaturas, pero muchas de ellas sientes que Te huyen y Tú quisieras aferrarlas. Por cada mal paso Te sientes clavar un clavo, y Tú quieres servirte de esos mismos clavos para clavarlas a Tu Amor; y tal y tanto es el dolor que sientes y el esfuerzo que haces por clavarlas a Tu Amor, que Te estremeces todo. Mi Dios y mi Bien, Te compadezco, y para consolarte Te ofrezco los pasos de todas las almas fieles que exponen su vida para salvar almas.

¡Oh, Jesús!, beso Tu Corazón. Tú continúas agonizando, no por lo que Te harán sufrir los judíos, sino por el dolor que Te causan todas las ofensas de las criaturas.

En estas horas Tú quieres dar el primado al amor, el segundo lugar a todos los pecados, por los cuales Tú expías, reparas, glorificas al Padre y aplacas a la Divina Justicia; y el tercer lugar a los judíos. Con esto muestras que la Pasión que Te harán sufrir los judíos no será otra cosa que la representación de la doble amarguísima Pasión que Te hacen sufrir el amor y el pecado, y es por esto que yo veo en Tu Corazón todo concentrado: la lanza del amor, la lanza del pecado, y esperas la tercera lanza, la lanza de los judíos, y Tu Corazón sofocado por el amor sufre contracciones violentas, sentimientos impacientes de amor, deseos que Te consumen y latidos de fuego que quisieran dar vida a cada corazón. Y es propiamente aquí, en el Corazón, donde sientes todo el dolor que Te causan las criaturas, las cuales con sus malos deseos, con sus desordenados afectos, con sus latidos profanados, en vez de querer Tu Amor buscan otros amores. ¡Jesús, cuánto sufres! Te veo desfallecer sumergido por las olas de nuestras iniquidades; Te compadezco y quiero endulzar la amargura de Tu Corazón triplemente traspasado, ofreciéndote las dulzuras eternas y el amor dulcísimo de la amada Mamá María y el de todos Tus verdaderos amantes.

Y ahora, ¡oh, mi Jesús!, haz que de Tu Corazón tome vida mi pobre corazón, a fin de que no viva más que con Tu solo Corazón, y en cada ofensa que recibas haz que yo esté siempre pronta a ofrecerte un alivio, un consuelo, una reparación, un acto de amor jamás interrumpido.

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SÉPTIMA HORA
De las 11 a las 12 de la noche 

Tercera Hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

Dulce Bien mío, mi corazón no resiste; Te miro y veo que sigues agonizando. La Sangre a ríos Te escurre por todo el cuerpo y con tanta abundancia, que no sosteniéndote en pie has caído en un lago de Sangre. ¡Oh, mi Amor, se me rompe el corazón al verte tan débil y agotado! Tu Rostro adorable y Tus manos creadoras se apoyan en la tierra y se llenan de sangre; me parece que a los ríos de iniquidad que Te mandan las criaturas, Tú quieras dar ríos de Sangre para hacer que estas culpas queden ahogadas en ellos y así, con eso, dar a cada uno el reescrito de Tu perdón.  Pero, ¡oh, mi Jesús!, reanímate, es demasiado lo que sufres; baste hasta aquí a Tu amor.

Y mientras parece que mi amable Jesús muere en Su propia Sangre, el amor le da nueva vida. Lo veo moverse con dificultad, se pone de pie y así, manchado de sangre y de fango, parece que quiere caminar, pero no teniendo fuerzas con trabajo se arrastra.  Dulce Vida mía, deja que Te lleve entre mis brazos. ¿Vas, tal vez, a Tus amados discípulos? Pero cuál no es el dolor de Tu adorable Corazón al encontrarlos de nuevo dormidos. Y Tú, con voz temblorosa y apagada, los llamas: “Hijos Míos, no durmáis, la hora está próxima, ¿no veis a qué estado Me he reducido? ¡Ah!, ayúdenme, no Me abandonéis en esta horas extremas.”

Y casi vacilante estás a punto de caer a su lado, mientras Juan extiende los brazos para sostenerte. Estás tan irreconocible que si no hubiera sido por la suavidad y dulzura de Tu voz, no Te habrían reconocido. Después, recomendándoles que estén despiertos y que oren, regresas al Huerto, pero con una segunda herida en el Corazón.  En esta Herida veo, mi Bien, todas las culpas de aquellas almas que, no obstante las manifestaciones de Tus favores en dones, besos y caricias, en las noches de la prueba, olvidándose de Tu amor y de Tus dones, quedan somnolientas y adormiladas, perdiendo así el espíritu de continua oración y vigilancia.

Mi Jesús, es cierto que después de haberte visto, después de haber gustado Tus dones, para permanecer privados y resistir se necesita gran fuerza, sólo un milagro puede hacer que tales almas resistan la prueba. Por eso, mientras Te compadezco por esas almas, cuyas negligencias, ligerezas y ofensas son las más amargas a Tu Corazón, Te ruego que en caso de que ellas llegasen a dar un solo paso que pueda en lo más mínimo disgustarte, las circundes de tanta Gracia que las detengas, para que no pierdan el espíritu de continua oración.

Mi dulce Jesús, mientras regresas al Huerto, parece que no puedes más; levantas al Cielo la cara manchada de sangre y de tierra y por tercera vez repites: “Padre, si es posible pase de Mí este cáliz. Padre Santo, ayúdame, tengo necesidad de consuelo; es verdad que por las culpas que he tomado sobre Mí soy repugnante, despreciable, el último entre los hombres ante Tu Majestad infinita; Tu Justicia está indignada Conmigo; pero mírame, ¡oh, Padre!, Soy siempre Tu Hijo, que formo una sola cosa Contigo. ¡Ah!, ayuda, piedad ¡oh, Padre!, no Me dejes sin consuelo.”

Después me parece oír, ¡oh, dulce Bien mío!, que llamas en Tu ayuda a la amada Mamá: “Dulce Mamá, estréchame entre Tus brazos como Me estrechabas siendo Niño; dame aquella leche que tomaba de Ti para darme fuerzas y endulzar las amarguras de Mi agonía; dame Tu Corazón que es todo mi contento. Mamá Mía, Magdalena, amados apóstoles, todos vosotros que Me amáis, ayudadme, confortadme, no Me dejéis solo en estos momentos extremos, hacedme todos corona a Mi alrededor, denme por consuelo vuestra compañía y vuestro amor.”

Jesús, Amor mío, ¿quién puede resistir el verte en estos extremos? ¿Qué corazón será tan duro que no se rompa al verte ahogado en sangre? ¿Quién no derramará a torrentes amargas lágrimas al escuchar los dolorosos acentos que buscan ayuda y consuelo?

Jesús mío, consuélate; veo que ya el Padre Te envía un Ángel como consuelo y ayuda, para que puedas salir de este estado de agonía y puedas entregarte en manos de los judíos. Y mientras estés con el Ángel, yo recorreré Cielo y Tierra. Tú me permitirás que tome esta Sangre que has derramado, a fin de que pueda darla a todos los hombres como prenda de la Salvación de cada uno y llevarte por consuelo y en correspondencia, sus afectos, latidos, pensamientos, pasos y obras.

Celestial Mamá mía, vengo a Ti para que vayamos juntas a todas las almas, dándoles la Sangre de Jesús. Dulce Mamá, Jesús quiere consuelo, y el mayor consuelo que le podemos dar es llevarle almas.

 Magdalena, acompáñanos; Ángeles todos, venid a ver a qué estado se ha reducido Jesús. Él quiere consuelo de todos y es tal y tanto el abatimiento en el cual se encuentra, que no rechaza ninguno.

Jesús mío, mientras bebes el cáliz lleno de intensas amarguras que el Padre Te ha enviado, oigo que suspiras más, que gimes y que deliras, y con voz sofocada dices: “¡Almas, almas, vengan, alívienme, tomen su puesto en Mi Humanidad, os quiero, os suspiro! ¡Ah, no seáis sordas a Mi Voz, no hagáis vanos Mis deseos ardientes, Mi Sangre, Mi amor, mis penas! ¡Vengan, almas, vengan!”

Delirante Jesús, cada gemido Tuyo y suspiro es una herida a mi corazón, que no me da paz, por lo que hago mía Tu Sangre, Tu Querer, Tu ardiente celo, Tu amor, y girando por Cielo y Tierra quiero ir a todas las almas para darles Tu Sangre como prenda de su Salvación y llevártelas a Ti para calmar Tus deseos, Tus delirios y endulzar las amarguras de Tu agonía. Y mientras hago esto, Tú, acompáñame con Tu mirada.

Mamá mía, vengo a Ti porque Jesús quiere almas, quiere consuelo. Así que dame Tu mano materna y giremos juntas por todo el mundo en busca de almas. Encerremos en Su Sangre los afectos, los deseos, los pensamientos, las obras, los pasos de todas las criaturas, y arrojemos en sus almas las Llamas del Corazón de Jesús, a fin de que se rindan, y así, encerradas en Su Sangre y transformadas en Sus Llamas, las conduciremos en torno a Jesús para endulzarle las penas de Su amarguísima agonía.

Ángel mío de mi guarda, precédenos tú, y ve disponiendo a las almas que han de recibir esta Sangre, a fin de que ninguna gota quede sin Su copioso efecto. ¡Mamá mía, pronto, giremos! Veo la mirada de Jesús que nos sigue, escucho Sus repetidos sollozos que nos incitan a apresurar nuestra tarea.

Y he aquí, Mamá, a los primeros pasos nos encontramos a las puertas de las casas donde yacen los enfermos. ¡Cuántos miembros desgarrados! Cuántos, bajo la atrocidad de los dolores, prorrumpen en blasfemias e intentan quitarse la vida, otros son abandonados por todos y no tienen quien les dé una palabra de consuelo, ni los más necesarios socorros, y por eso mayormente maldicen y se desesperan. ¡Ah!, Mamá, escucho los sollozos de Jesús que ve correspondidas con ofensas Sus más delicadas predilecciones de amor que hacen sufrir a las almas para volverlas semejantes a Él. ¡Ah!, démosles Su Sangre, a fin de que les suministre las ayudas necesarias y con Su Luz les haga comprender el bien que hay en el sufrir y la semejanza que adquieren con Jesús; y Tú, Mamá mía, ponte a Su lado y como Madre afectuosa, toca con Tus manos maternas Sus miembros doloridos, alivia Sus dolores, tómalas en Tus brazos y de Tu Corazón derrama torrentes de Gracias sobre todas Sus penas. Haz compañía a los abandonados, consuela a los afligidos, a quien carece de los medios necesarios dispón Tú, almas generosas que los socorran; a quien se encuentra bajo la atrocidad de los dolores, obtenles tregua y reposo, y así, fortalecidos, puedan con más paciencia soportar cuanto Jesús dispone para ellos.

Sigamos nuestro recorrido y entremos en las estancias de los moribundos. ¡Mamá mía, qué terror, cuántas almas están por caer en el infierno; cuántas, después de una vida de pecado quieren dar el último dolor a ese Corazón repetidamente traspasado, coronando su último respiro con un acto de desesperación! Muchos demonios están en torno a ellas infundiendo en su corazón terror y espanto de los Divinos Juicios, y así dar el último asalto para llevarlas al infierno, quisieran hacer salir las llamas infernales para envolverlas en ellas y así no dar lugar a la esperanza. Otras, atadas a los vínculos de la Tierra no saben resignarse a dar el último paso; ¡ah, Mamá!, los momentos son extremos, tienen mucha necesidad de ayuda, ¿no ves cómo tiemblan, cómo se debaten entre los espasmos de la agonía, cómo piden ayuda y piedad? ¡La Tierra ya ha desaparecido para ellas! Mamá Santa, pon Tu mano materna sobre sus heladas frentes, acoge Tú sus últimos respiros; demos a cada moribundo la Sangre de Jesús, y así, poniendo en fuga a los demonios, disponga a todos a recibir los últimos Sacramentos y a una buena y santa muerte. Por consuelo, démosles la agonía de Jesús, Sus besos, Sus Lágrimas, Sus Llagas; rompamos las ataduras que los tienen atados, hagamos oír a todos la palabra del perdón y pongámosles tal confianza en el corazón, que hagamos que se arrojen en los brazos de Jesús. Y así, cuando Él los juzgue los encontrará cubiertos con Su Sangre, abandonados en Sus brazos y a todos les dará Su perdón.

Continuemos aún, ¡oh, Mamá!: Tu mirada materna vea con amor la Tierra y se mueva a compasión de tantas pobres criaturas que tienen necesidad de esta Sangre. Mamá mía, me siento incitada por la mirada indagadora de Jesús a correr, porque quiere almas; oigo Sus gemidos en el fondo de mi corazón que me repiten: “¡Hija Mía, ayúdame, dame almas!”

Pero mira, ¡oh, Mamá!, cómo la Tierra está llena de almas que están por caer en el pecado y Jesús rompe en llanto viendo a Su Sangre sufrir nuevas profanaciones. Se requiere un milagro que les impida la caída, por eso démosles la Sangre de Jesús, para que encuentren en ella la fuerza y la gracia para no caer en el pecado.

Un paso más, Mamá mía, y he aquí almas ya caídas en la culpa, las cuales quisieran una mano que las levante, Jesús las ama, pero las mira horrorizado porque están enfangadas, y Su agonía se hace más intensa. Démosles la Sangre de Jesús, y así encuentren esa mano que las levante. Mira, ¡oh, Mamá!, son almas que tienen necesidad de esta Sangre, almas muertas a la gracia; ¡oh, cómo es deplorable su estado! El Cielo las mira y llora con dolor, la Tierra las mira con repugnancia, todos los elementos están contra ellas y quisieran destruirlas, porque son enemigas del Creador.  ¡Ah, Mamá!, la Sangre de Jesús contiene la Vida, démosla pues a fin de que a Su contacto estas almas renazcan, pero renazcan más bellas, tanto, que hagan sonreír a todo el Cielo y a toda la Tierra.

Giremos aún, ¡oh, Mamá!: mira, hay almas que llevan la marca de la perdición, almas que pecan y huyen de Jesús, que lo ofenden y tienen desesperanza de Su perdón, son los nuevos Judas esparcidos por la Tierra, y que traspasan ese Corazón tan amargado.  Démosles la Sangre de Jesús, a fin de que esta Sangre les borre la marca de la perdición y les imprima la de la Salvación; ponga en sus corazones tal confianza y amor después de la culpa, que los haga correr a los pies de Jesús y estrecharse a esos Pies Divinos para no separarse de ellos jamás.

Mira, ¡oh, Mamá!, hay almas que corren alocadamente hacia la perdición y no hay quien las detenga su carrera. ¡Ah!, pongamos esta Sangre delante a Sus pies, para que al tocarla, ante Su luz y sus voces suplicantes porque las quiere salvas, puedan retroceder y ponerse en el camino de la salvación.

Continuemos, Mamá, nuestro giro; mira, hay almas buenas, almas inocentes en las que Jesús encuentra Sus complacencias y el reposo en la Creación, pero las criaturas van a su alrededor con tantas insidias y escándalos, para arrancar esta inocencia y convertir las complacencias y el reposo de Jesús en llanto y amarguras, como si no tuvieran otra mira que el dar continuos dolores a ese Corazón Divino. Sellemos y circundemos, pues, su inocencia con la Sangre de Jesús, como si fuera un muro de defensa, a fin de que no entre en ellas la culpa; con esa Sangre pon en fuga a quien quisiera contaminarlas, y consérvalas puras y sin mancha, a fin de que Jesús encuentre Su reposo en la Creación y todas Sus complacencias, y por amor a ellas se mueva a piedad de tantas otras pobres criaturas. Mamá mía, pongamos a estas almas en la Sangre de Jesús, atémoslas una y otra vez con el Santo Querer de Dios, llevémoslas a Sus brazos, y con las dulces cadenas de Su Amor, atémoslas a Su Corazón para endulzar las amarguras de Su mortal agonía.

Pero escucha, ¡oh, Mamá!, esta Sangre grita y quiere todavía otras almas; corramos juntas y vayamos a las regiones de los herejes y de los infieles. ¡Cuánto dolor no siente Jesús en estas regiones! Él, que es vida de todos, no recibe en correspondencia ni siquiera un pequeño acto de amor y no es conocido por Sus mismas criaturas. ¡Ah, Mamá!, démosles esta Sangre a fin de que les disipe las tinieblas de la ignorancia y de la herejía, les haga comprender que tienen un alma, y abra a ellas el Cielo. Después pongámoslas todas en la Sangre de Jesús y conduzcámoslas en torno a Él como tantos hijos huérfanos y exiliados que encuentran a su Padre, y así Jesús se sentirá confortado en Su amarguísima agonía.

Pero parece que Jesús no está aún contento, porque quiere otras almas aún. Las almas de los moribundos en estas regiones se las siente arrancar de Sus brazos para ir a caer en el infierno. Estas almas están ya a punto de expirar y precipitarse en el abismo, no hay nadie a su lado para salvarlas; el tiempo apremia, los momentos son extremos y se perderán sin duda. No, Mamá, esta Sangre no será derramada inútilmente por ellas, por eso, volemos inmediatamente hacia ellas, derramemos la Sangre de Jesús sobre su cabeza y les sirva de Bautismo e infunda en ellas Fe, Esperanza y Amor.  Ponte a su lado, Mamá, suple todo lo que les falta, más aún, déjate ver, en Tu Rostro resplandece la belleza de Jesús, Tus modos son en todo iguales a los Suyos, y así, viéndote a Ti, con certeza podrán conocer a Jesús; después, estréchalas a Tu Corazón materno, infunde en ellas la vida de Jesús que Tú posees, diles que siendo Tú Su Madre, las quieres para siempre felices Contigo en el Cielo; y así, mientras expiran, recíbelas en Tus brazos y haz que de los Tuyos pasen a los de Jesús; y si Jesús mostrase, según los derechos de la Justicia, que no las quiere recibir, recuérdale el amor con el que Te las confió bajo la Cruz, reclama Tus derechos de Madre, de manera que a Tu amor y a Tus plegarias Él no sabrá resistir, y mientras contentará Tu Corazón, contentará también Sus ardientes deseos.

Y ahora, ¡oh, Mamá!, tomemos esta Sangre y démosla a todos: A los afligidos, para que por ella reciban consuelo; a los pobres, para que sufran resignados su pobreza; a los que son tentados, para que obtengan la victoria; a los incrédulos, para que triunfe en ellos la virtud de la Fe; a los blasfemos, para que cambien las blasfemias en bendiciones; a los Sacerdotes, a fin de que comprendan su misión y sean dignos ministros de Jesús. Con esta Sangre toca sus labios, a fin de que no digan palabras que no sean de gloria de Dios; toca sus pies para que corran y vuelen en busca de almas para conducirlas a Jesús.

Demos esta Sangre a los que rigen los pueblos, para que estén unidos entre ellos y tengan mansedumbre y amor hacia sus súbditos.

Volemos ahora al Purgatorio y démosla también a las almas purgantes, pues ellas lloran y suplican esta Sangre para su liberación. ¿No escuchas, Mamá, sus gemidos, sus delirios de amor que las torturan, y cómo continuamente se sienten atraídas hacia el Sumo Bien? Mira cómo Jesús mismo quiere purificarlas para tenerlas cuanto antes Consigo, las atrae con Su Amor, y ellas le corresponden con continuos ímpetus de amor hacia Él, pero al encontrarse en Su Presencia, no pudiendo aún sostener la pureza de la Divina Mirada, son obligadas a retroceder y a caer de nuevo en las llamas.  Mamá mía, descendamos en esta profunda cárcel y derramando sobre ellas esta Sangre, llevémosles la Luz, mitiguemos sus delirios de amor, extingamos el fuego que las quema, purifiquémoslas de sus manchas, y así, libres de toda pena, vuelen a los brazos del Sumo Bien. Demos esta Sangre a las almas más abandonadas, a fin de que encuentren en ella todos los sufragios que las criaturas les niegan; a todas, ¡oh, Mamá!, demos esta Sangre, no privemos a ninguna, a fin de que todas en virtud de ella, todas encuentren alivio y liberación. Haz de Reina en estas regiones de llanto y de lamentos, extiende Tus manos maternas y una a una, sácalas de estas llamas ardientes, y haz que todas emprendan el vuelo hacia el Cielo.

Y ahora hagamos también nosotras un vuelo hacia el Cielo. Pongámonos a las puertas eternas, y permíteme, ¡oh, Mamá!, que también a Ti te dé esta Sangre para Tu mayor Gloria. Esta Sangre Te inunde de nueva Luz y de nuevos contentos, y haz que esta Luz descienda en beneficio de todas las criaturas para dar a todas gracias de Salvación.

Mamá mía, dame también a mí esta Sangre; Tú sabes cuánto la necesito. Con Tus mismas manos maternas retoca todo mi ser con esta Sangre, y retocándome purifica mis manchas, sana mis llagas, enriquece mi pobreza; haz que esta Sangre circule en mis venas y me dé toda la Vida de Jesús, descienda en mi corazón y me lo transforme en el corazón mismo de Jesús, me embellezca tanto que Jesús pueda encontrar todos Sus contentos en mí.

Ahora sí, ¡oh, Mamá!, entremos a las regiones celestiales y demos esta Sangre a todos los Santos, a todos los Ángeles, a fin de que puedan recibir mayor gloria, prorrumpir en himnos de agradecimiento a Jesús y rueguen por nosotros, y así en virtud de esta Sangre podamos un día reunirnos con ellos. Y después de haber dado a todos esta Sangre, vayamos de nuevo a Jesús. Ángeles, Santos, vengan con nosotras; ¡ah!, Él suspira las almas, quiere hacerlas reentrar a todas en Su Humanidad para darles a todas los frutos de Su Sangre. Pongámoslas en torno a Él y se sentirá regresar la Vida y recompensar por la amarguísima agonía que ha sufrido. Y ahora Mamá Santa, llamemos a todos los elementos a hacerle compañía, a fin de que también ellos le den honor a Jesús. ¡Oh, luz del sol!, ven a disipar las tinieblas de esta noche para dar consuelo a Jesús; ¡oh, estrellas!, con vuestros trémulos rayos descended del cielo y venid a dar consuelo a Jesús; flores de la Tierra, venid con vuestro perfume; pajarillos, venid con vuestros trinos; elementos todos de la Tierra, venid a confortar a Jesús.  Ven, ¡oh, mar!, a refrescar y a lavar a Jesús, Él es nuestro Creador, nuestra Vida, nuestro Todo; vengan todos a confortarlo, a rendirle homenaje como a nuestro Soberano Señor. Pero, ay, Jesús no busca luz, estrellas, flores, pájaros, Él quiere almas, almas.

Helas aquí, dulce Bien mío, a todas juntas conmigo; a tu lado está la amada Mamá, descansa entre Sus brazos, también Ella tendrá consuelo al estrecharte a Su seno, pues ha tomado mucha parte en Tu dolorosa agonía; también está aquí Magdalena, está Marta, y todas las almas amantes de todos los siglos. ¡Oh, Jesús!, acéptalas, y diles a todas una palabra de perdón y de amor; átalas a todas en Tu Amor, a fin de que ningún alma  Te huya más.

Pero me parece que dices: “¡Ah, hija, cuántas almas por la fuerza huyen de Mí y se precipitan en la ruina eterna! ¿Cómo podrá entonces calmarse Mi dolor, si Yo amo tanto a una sola alma cuanto amo a todas las almas juntas?”

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Fuente:
http://divinavoluntad.info/Horas%20de%20la%20Pasion.htm

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