Jesús es Apresado y llevado a Juicio ante Anás, Caifás, Herodes y Pilatos, por Luisa Picarreta

 Las Horas de la Pasión

por Luisa Picarreta

Preparación Antes de la Meditación

¡Oh, Señor mío Jesucristo!, postrada ante Tu Divina Presencia, suplico a Tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las veinticuatro horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en Tu Cuerpo adorable como en Tu Alma Santísima, hasta la muerte de Cruz. ¡Ah!, dame Tu ayuda, gracia, amor, profunda compasión y entendimiento de Tus padecimientos mientras medito ahora la hora… Y por las que no puedo meditar, Te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante todas las horas en que estoy obligada a dedicarme a mis deberes, o a dormir. Acepta, ¡oh, misericordioso Señor!, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar.

Ofrecimiento Después de Cada Hora

Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta hora de Tu Pasión para hacerte compañía, y yo he venido. Me parecía oírte angustiado y doliente que oras, reparas y sufres, y con las palabras más conmovedoras y elocuentes suplicas la salvación de las almas. He tratado de seguirte en todo; ahora, debiéndote dejar por mis acostumbradas ocupaciones, siento el deber de decirte “gracias” y un “Te bendigo”.  Sí, ¡oh, Jesús!, gracias Te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos; gracias y Te bendigo por cada gota de Sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra, mirada, amargura, ofensa que has soportado. En todo, ¡oh, mi Jesús!, quiero ponerte un “gracias” y un “Te bendigo.” ¡Ah, mi Jesús!, haz que todo mi ser Te envíe un flujo continuo de agradecimientos y bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo de Tus gracias y bendiciones. ¡Ah, Jesús!, estréchame a Tu Corazón y con Tus santísimas manos márcame todas las partículas de mi ser con Tu “te bendigo”, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa que un himno continuo de agradecimiento hacia Ti. Nuestros latidos se tocarán continuamente, de manera que me darás vida, amor, y una estrecha e inseparable unión Contigo. ¡Ah!, Te ruego mi dulce Jesús, que si ves que alguna vez estoy por dejarte, Tu latido se acelere más fuerte en el mío, Tus manos me estrechen más fuerte a Tu Corazón, Tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, a fin de que sintiéndote, rápidamente me deje atraer a la unión Contigo.

¡Ah, mi Jesús!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti, y Te suplico que estés siempre junto a mí y que me des Tus santísimas manos para hacer junto conmigo lo que me conviene hacer. Mi Jesús, ¡ah!, dame el beso del Divino Amor, abrázame y bendíceme; yo Te beso en Tu dulcísimo Corazón y me quedo en Ti.


OCTAVA HORA
De las 12 de la noche a la 1 de la mañana 

La Captura de Jesús

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

¡Oh, Jesús mío!, ya es media noche; escuchas que se aproximan los enemigos, y Tú limpiándote y enjugándote la Sangre, reanimado por los consuelos recibidos vas de nuevo a donde están Tus amados discípulos, los llamas, los amonestas y Te los llevas junto Contigo, y vas al encuentro de Tus enemigos, queriendo reparar con Tu prontitud mi lentitud, mi desgano y pereza en el obrar y en el sufrir por amor Tuyo. Pero, ¡oh, dulce Jesús, mi Bien!, que escena tan conmovedora veo: Al primero que encuentras es al pérfido Judas, el cual acercándose a Ti y poniéndote un brazo alrededor de Tu cuello Te saluda y Te besa; y Tú, Amor entrañable, no desdeñas besar aquellos labios infernales, lo abrazas y Te lo estrechas al Corazón, queriéndolo arrancar del infierno y dándole muestras de nuevo amor. Mi Jesús, ¿cómo es posible no amarte? Es tanta la ternura de Tu amor que debiera arrebatar a cada corazón a amarte, y sin embargo, no Te aman. Y Tú, ¡oh, mi Jesús!, en este beso de Judas, soportándolo, reparas las traiciones, los fingimientos, los engaños bajo aspecto de amistad y de santidad, especialmente de los Sacerdotes. Tu beso, además, manifiesta que a ningún pecador, con tal de que venga a Ti humillado, rehusarías darle el perdón.

Ternísimo Jesús mío, ya Te entregas en manos de Tus enemigos, dándoles el poder de hacerte sufrir lo que ellos quieran. También yo, ¡oh, mi Jesús!, me entrego en Tus manos, a fin de que Tú, libremente, puedas hacer de mí lo que más Te agrade; y junto Contigo quiero seguir Tu Voluntad, Tus reparaciones y sufrir Tus penas. Quiero estar siempre en torno a Ti para hacer que no haya ofensa que no Te repare, amargura que no endulce, salivazos y bofetadas que recibas que no vayan seguidas por un beso y una caricia mía. En Tus caídas, mis manos estarán siempre dispuestas a ayudarte para levantarte. Así que siempre Contigo quiero estar, ¡oh, mi Jesús!, ni siquiera un minuto quiero dejarte solo; y para estar más segura, ponme dentro de Ti, y yo estaré en Tu mente, en Tus miradas, en Tu Corazón y en todo Tú mismo, para hacer que lo que haces Tú, pueda hacerlo también yo, así podré hacerte fiel compañía y no pasar por alto ninguna de Tus penas, para darte por todo mi correspondencia de amor.

Dulce Bien mío, estaré a Tu lado para defenderte, para aprender Tus enseñanzas y para numerar una por una todas Tus palabras. ¡Ah!, cómo me desciende dulce la palabra que dirigiste a Judas: “Amigo, ¿a qué has venido?” Y siento que a mí también me diriges la mismas palabras, no llamándome amiga sino con el dulce nombre de hija: “Hija, ¿a qué has venido?” Para oír que Te respondo: “Jesús, a amarte.” “¿A qué has venido?”, me repites, si me despierto en la mañana; “¿a qué has venido?”, si hago oración; “¿a qué has venido?”, me repites desde la Hostia Santa si vengo a recibirte en mi corazón. ¡Qué bello reclamo para mí y para todos! Pero cuántos a tu “¿a qué has venido?” responden: Vengo a ofenderte. Otros, fingiendo no escucharte se entregan a toda clase de pecados, y a Tu pregunta “¿a qué has venido?” responden, con irse al infierno. ¡Cuánto Te compadezco, oh, mi Jesús!  Quisiera tomar las mismas cuerdas con que van a atarte Tus enemigos, para atar a estas almas y evitarte este dolor.

Pero de nuevo escucho Tu voz ternísima que dice, mientras vas al encuentro de Tus enemigos: “¿A quién buscáis?” Y ellos responden: “A Jesús Nazareno.” Y Tú les dices: “Yo Soy.” Con esta sola palabra dices todo y Te das a conocer por lo que eres, tanto que Tus enemigos tiemblan y caen por tierra como muertos, y Tú, Amor sin par, repitiendo de nuevo “Yo Soy”, los vuelves a llamar a la vida, y por Ti mismo Te entregas en manos de Tus enemigos. Y ellos, pérfidos e ingratos, en vez de caer humildes y palpitantes a Tus pies y pedirte perdón, abusando de Tu bondad y despreciando gracias y prodigios Te ponen las manos encima y con sogas y cadenas Te atan, Te inmovilizan, Te arrojan por tierra, Te pisotean bajo sus pies, Te arrancan los cabellos, y Tú, con paciencia inaudita callas, sufres y reparas las ofensas de aquellos que a pesar de los milagros, no se rinden a Tu Gracia y se obstinan de más.

Con Tus sogas y cadenas consigues del Padre la gracia de romper las cadenas de nuestras culpas, y nos atas con la dulce cadena del amor. Y corriges amorosamente a Pedro que quiere defenderte, y llega hasta cortar una oreja a Malco; quieres reparar con esto las obras buenas que no son hechas con santa prudencia, y que por demasiado celo caen en la culpa.

Mi pacientísimo Jesús, estas cuerdas y cadenas parece que ponen algo de más bello a Tu Divina Persona. Tu frente se hace más majestuosa, tanto que atrae la atención de Tus mismos enemigos; Tus ojos resplandecen con más luz; Tu Rostro Divino se pone en actitud de una paz y dulzura suprema, capaz de enamorar a Tus mismos verdugos; con Tu tono de voz suave y penetrante, si bien pocos, los haces temblar, tanto que si se atreven a ofenderte es porque Tú mismo se los permites.

¡Oh, Amor encadenado y atado!, ¿podrás permitir que Tú seas atado por causa mía, haciendo más desahogo de amor, y yo, pequeña hija Tuya, esté sin cadenas? No, no, más bien, átame con Tus manos santísimas con Tus mismas sogas y cadenas. Por eso Te ruego que ates, mientras beso Tu frente divina, todos mis pensamientos, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, mis afectos y todo mi ser, y al mismo tiempo ata a todas las criaturas, para que sintiendo las dulzuras de Tus amorosas cadenas, no se atrevan a ofenderte más.

Dulce Bien mío, ya es la una de la madrugada, la mente comienza a adormecerse; haré lo que más pueda por mantenerme despierta, pero si el sueño me sorprende, me dejo en Ti para seguir lo que haces Tú; más bien, lo harás Tú mismo por mí. En Ti dejo mis pensamientos para defenderte de Tus enemigos, mi respiración como cortejo y compañía, mi latido para decirte siempre que Te amo y para darte el amor que los demás no Te dan, las gotas de mi sangre para repararte y restituirte el honor y la estima que Te quitarán con los insultos, salivazos y bofetadas. Jesús mío, bendíceme y hazme dormir en Tu adorable Corazón, para que por Tus latidos, acelerados por el amor o por el dolor, pueda despertarme frecuentemente, y así jamás interrumpir nuestra compañía. Así queda acordado, ¡oh, Jesús!

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NOVENA HORA
De la 1 a las 2 de la mañana 

Jesús, atado, es hecho caer en el Torrente Cedrón

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

Amado Bien mío, mi pobre mente Te sigue entre la vigilia y el sueño. ¿Cómo puedo abandonarme al sueño si veo que todos Te dejan y huyen de Ti? Los mismos apóstoles, el ferviente Pedro que hace poco dijo que quería dar la vida por Ti, el discípulo predilecto que con tanto amor has hecho reposar sobre Tu Corazón, ¡ah!, todos Te abandonan y Te dejan en poder de Tus crueles enemigos.

Mi Jesús, estás solo. Tus purísimos ojos miran a Tu alrededor para ver si al menos uno de aquellos que han sido beneficiados por Ti Te sigue para testimoniarte su amor y para defenderte; y mientras descubres que ninguno, ninguno Te ha permanecido fiel, el Corazón se Te oprime y rompes en abundante llanto. Y Tú sientes más dolor por el abandono de Tus fieles amigos, que por lo que Te están haciendo Tus mismos enemigos. Mi Jesús, no llores, o haz que yo llore junto Contigo. Y el amable Jesús parece que dice:

“¡Ah, hija Mía!, lloremos juntos la suerte de tantas almas consagradas a Mí, que por pequeñas pruebas, por incidentes de la vida, no se ocupan más de Mí y Me dejan solo; lloremos por tantas otras, tímidas y viles, que por falta de valor y de confianza Me abandonan; por tantos y tantos que, al no hallar su provecho en las cosas santas no se ocupan de Mí; por tantos Sacerdotes que predican, que celebran la Santa Misa, que confiesan por amor al interés y a su propia gloria; esos hacen ver que están en torno a Mí, pero Yo permanezco siempre solo. ¡Ah, hija, cómo me es duro este abandono! No sólo Me lloran los ojos, sino que Me sangra el Corazón. ¡Ah!, te ruego que repares Mi acerbo dolor prometiéndome que no Me dejarás jamás solo.”

Sí, ¡oh, mi Jesús!, lo prometo, ayudada por Tu gracia y fundiéndome en Tu Divina Voluntad. Pero mientras Tú lloras el abandono de Tus amados, Tus enemigos no Te perdonan ningún ultraje que Te puedan hacer. Oprimido y atado como estás, ¡oh, mi Bien!, tanto, que por Ti mismo ni siquiera puedes dar un paso, Te pisotean, Te arrastran por esas calles llenas de piedras y de espinas, así que no hay movimiento que no Te haga tropezar en las piedras y herirte con las espinas. ¡Ah, mi Jesús!, veo que mientras Te arrastran, Tú dejas detrás de Ti Tu Preciosa Sangre, los rubios cabellos que Te arrancan de la cabeza. Mi Vida y mi Todo, permíteme que los recoja a fin de poder atar todos los pasos de las criaturas, que ni aun de noche dejan de herirte; más bien se sirven de la noche para ofenderte mayormente: quien con sus encuentros, quien por placeres, quien por teatros, quien para llevar a cabo robos sacrílegos. Mi Jesús, me uno a Ti para reparar todas estas ofensas.

Pero, ¡oh, mi Jesús!, estamos ya en el torrente Cedrón, y los pérfidos judíos se disponen a arrojarte dentro, Te hacen que Te golpees contra una piedra que hay ahí, con tanta fuerza que de Tu boca derramas Tu Preciosísima Sangre, con la cual dejas marcada aquella piedra. Después, jalándote, Te arrastran bajo aquellas aguas pútridas, de modo que Te entran en los oídos, en la boca, en la nariz. ¡Oh, Amor incomparable!, Tú quedas todo bañado y como cubierto por aquellas aguas pútridas, nauseantes y frías, y en este estado representas a lo vivo el estado deplorable de las criaturas cuando cometen el pecado. ¡Oh, cómo quedan cubiertas por dentro y por fuera con un manto de inmundicias, que dan asco al Cielo y a cualquiera que pudiese verlas, atrayéndose así los rayos de la Divina Justicia! ¡Oh, Vida de mi vida!, ¿puede darse jamás amor más grande? Para quitarnos este manto de inmundicias Tú permites que los enemigos Te arrojen en ese torrente, y todo sufres para reparar por los sacrilegios y las frialdades de las almas que Te reciben sacrílegamente y que Te obligan a que entres en sus corazones, peores que el torrente, y que sientas toda la náusea de sus almas; Tú permites también que esta agua tTe penetren hasta en las entrañas, tanto que los enemigos, temiendo que Te ahogues, y queriendo reservarte para mayores tormentos Te sacan fuera, pero causas tanto asco, que ellos mismos sienten asco de tocarte.

Mi tierno Jesús, estás ya fuera del torrente, mi corazón no resiste verte tan empapado por esas aguas nauseantes; veo, que por el frío Tú tiemblas de pies a cabeza; miras a Tu alrededor buscando con los ojos, lo que no haces con la voz, uno al menos que Te seque, Te limpie y Te caliente, pero en vano; ninguno tiene piedad de Ti, los enemigos se burlan y se ríen de Ti; los Tuyos Te han abandonado, la dulce Mamá está lejana, porque así lo dispone el Padre.

Aquí me tienes, ¡oh, Jesús!, ven a mis brazos. Quiero llorar tanto, hasta formar un baño para lavarte, limpiarte y acomodarte, con mis manos, los desordenados cabellos.  Mi Amor, quiero encerrarte en mi corazón para calentarte con el calor de mis afectos, quiero perfumarte con mis deseos santos, quiero reparar todas estas ofensas y ofrecer mi vida junto con la Tuya para salvar a todas las almas. Quiero ofrecerte mi corazón como lugar de reposo, para poderte reconfortar en algún modo por las penas sufridas hasta aquí, y después continuaremos juntos el camino de Tu Pasión.

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DÉCIMA HORA
De las 2 a las 3 de la mañana 

Jesús es Presentado a Anás

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

Jesús sea siempre conmigo. Dulce Mamá, sigamos juntas a Jesús. Mi Jesús, Centinela Divino que me vigilas en Tu Corazón, y no queriendo quedar solo sin mí me despiertas y haces que me encuentre junto Contigo en casa de Anás. Te encuentras en aquel momento en que Anás Te interroga sobre Tu doctrina y Tus discípulos; y Tú, ¡oh, Jesús!, para defender la gloria del Padre abres Tu sacratísima boca, y con voz sonora y llena de dignidad respondes: “Yo he hablado en público, y todos los que aquí están Me han escuchado.”

Ante estas dignas palabras Tuyas, todos tiemblan, pero es tanta la perfidia, que un siervo, queriendo honrar a Anás, se acerca a Ti y Te da una bofetada con la mano, tan fuerte de hacerte tambalear y ponerse pálido Tu Rostro santísimo.

Ahora comprendo, dulce Vida mía, por qué me has despertado, Tú tenías razón: ¿Quién habría de sostenerte en este momento en que estás por caer? Tus enemigos rompen en risas satánicas, en silbidos y en palmadas, aplaudiendo un acto tan injusto, y Tú, tambaleándote, no tienes en quien apoyarte. Mi Jesús, Te abrazo, es más, quiero hacer un apoyo con mi ser; Te ofrezco mi mejilla con ánimo y pronta a soportar cualquier pena por amor Tuyo; Te compadezco por este ultraje, y junto Contigo Te reparo las timideces de tantas almas que fácilmente se desaniman, por aquellos que por temor no dicen la verdad, por las faltas de respeto debido a los sacerdotes, y por todas las faltas cometidas por murmuraciones.

Pero veo afligido Jesús mío, que Anás Te envía a Caifás, y Tus enemigos Te precipitan por las escaleras, y Tú, Amor mío, en esta dolorosa caída reparas por aquellos que de noche se precipitan en la culpa, aprovechándose de las tinieblas, y llamas a los herejes y a los infieles a la luz de la fe. También yo quiero seguirte en esas reparaciones, y mientras llegas ante Caifás Te envío mis suspiros para defenderte de Tus enemigos. Y mientras yo duermo, continúa haciéndome de Centinela y despiértame cuando tengas necesidad. Por eso dame un beso y bendíceme, y yo beso el Corazón y en él continúo mi sueño.

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UNDÉCIMA HORA
De la 3 a las 4 de la mañana 

Jesús en Casa de Caifás

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

Afligido y abandonado Bien mío, mientras mi débil naturaleza duerme en Tu dolorido Corazón, mi sueño frecuentemente es interrumpido por las opresiones de amor y de dolor de Tu Corazón Divino, y entre la vigilia y el sueño oigo los golpes que Te dan, y me despierto y digo: “Pobre de mi Jesús, abandonado por todos, no hay quien Te defienda.” Pero desde dentro de Tu Corazón yo Te ofrezco mi vida para servirte de apoyo en el momento en que Te hacen tropezar y me adormezco de nuevo, pero otra opresión de amor de Tu Corazón Divino me despierta, y siento ensordecer por los insultos que Te dicen, por las voces, por los gritos, por el correr de la gente. Amor mío, ¿cómo es que todos están contra Ti? ¿Qué has hecho que como tantos lobos feroces Te quieren despedazar? Siento que la sangre se me hiela al oír los preparativos de Tus enemigos; yo tiemblo y estoy triste pensando cómo haré para defenderte. Pero mi afligido Jesús teniéndome en Su Corazón me estrecha más fuerte y me dice:

“Hija Mía, no he hecho nada de mal y he hecho todo, ¡oh!, Mi delito es el Amor, que contiene todos los sacrificios, el Amor de costo inmensurable. Estamos aún al principio; tú estate en Mi Corazón, observa todo, ámame, calla y aprende; haz que tu sangre helada corra en Mis venas para dar alivio a Mi Sangre que es toda llamas; haz que tu temblor corra en Mis miembros a fin de que, fundida en Mí, puedas afirmarte y calentarte para sentir parte de Mis penas, y al mismo tiempo adquirir fuerza al verme sufrir tanto; ésta será la más bella defensa que Me harás; sé fiel y atenta.”

Dulce Amor mío, es tal y tanto el estrépito de tus enemigos que no me dejan dormir más; los golpes se hacen más violentos, oigo el rumor de las cadenas con que Te han atado tan fuertemente, que hacen salir Sangre por las muñecas, con la cual Tú marcas aquellos caminos. Recuerda que mi sangre está en la Tuya, y conforme Tú la derramas, la mía Te la besa, la adora y repara. Tu Sangre sea Luz a todos aquellos que de noche Te ofenden e imán para atraer a todos los corazones en torno a Ti. Amor mío y Todo mío, mientras Te arrastran y el aire parece que ensordece por los gritos y silbidos, ya llegas ante Caifás, Tú Te muestras todo manso, modesto, humilde, Tu dulzura y paciencia es tanta que hace aterrorizar a los mismos enemigos, y Caifás todo furor, quisiera devorarte. ¡Ah, cómo se distingue bien la inocencia y el pecado!

Amor mío, Tú estás ante Caifás como el más culpable, en acto de ser condenado.  Caifás pregunta a los testigos cuáles son Tus delitos. ¡Ah, hubiera hecho mejor preguntando cuál es Tu amor! Y quien Te acusa de una cosa y quien de otra, diciendo disparates y contradiciéndose entre ellos; y mientras Te acusan, los soldados que están a Tu lado Te jalan de los cabellos, descargan sobre Tu Rostro santísimo horribles bofetadas que resuenan en toda la sala, Te tuercen los labios, Te golpean, y Tú callas, sufres, y si los miras, la luz de Tus ojos desciende en sus corazones, y no pudiendo soportarla se alejan de Ti, pero otros llegan para darte más tormentos.

Pero entre tantas acusaciones y ultrajes veo que pones atentos Tus oídos, Tu Corazón late fuerte como si fuera a estallar por el dolor. Dime, afligido Bien mío, ¿qué sucede ahora? Porque veo que todo eso que Te están haciendo Tus enemigos, es tan grande Tu amor que con ansia lo esperas y lo ofreces por nuestra salvación; y Tu Corazón con toda calma repara las calumnias, los odios, los falsos testimonios, y el mal que se hace a los inocentes con premeditación, y reparas por aquellos que Te ofenden por instigación de sus jefes, y por las ofensas de los eclesiásticos; y mientras unida Contigo sigo Tus mismas reparaciones, siento en Ti un cambio, un nuevo dolor no sentido hasta ahora. Dime, ¿dime qué pasa? Hazme partícipe de todo, ¡oh, Jesús!

“¡Ah! hija, ¿quieres saberlo? Oigo la voz de Pedro que dice no conocerme y ha jurado, ha jurado en falso, y por tercera vez, que no Me conoce. ¡Ah! Pedro, ¿cómo? ¿No Me conoces? ¿No recuerdas con cuántos bienes te he colmado? ¡Oh, si los demás Me hacen morir de penas, tú Me haces morir de dolor! ¡Ah, cuánto mal has hecho al seguirme desde lejos, exponiéndote a la ocasión!”

Negado Bien mío, cómo se conocen inmediatamente las ofensas de Tus más amados.  ¡Oh, Jesús!, quiero hacer correr mi latido en el Tuyo para endulzar el dolor atroz que sufres, y mi latido en el Tuyo Te jura fidelidad y amor y repito mil y mil veces que Te conozco; pero Tu Corazón no se calma todavía y tratas de mirar a Pedro. A Tus miradas amorosas, llenas de lágrimas por su negación, Pedro se enternece, llora y se retira de allí; y Tú, habiéndolo puesto a salvo Te calmas y reparas las ofensas de los Papas y de los jefes de la Iglesia, y especialmente por aquellos que se exponen a las ocasiones. Pero Tus enemigos continúan acusándote, y viendo Caifás que nada respondes a sus acusaciones Te dice: “Te conjuro por el Dios vivo, dime, ¿eres Tú verdaderamente el Hijo de Dios?” Y Tú, Amor mío, teniendo siempre en Tus labios palabras de verdad, con una actitud de majestad suprema y con voz sonora y suave, tanto que todos quedan asombrados, y los mismos demonios se hunden en el abismo, respondes:

“¡Tú lo dices, sí, Yo Soy el verdadero Hijo de Dios, y un día descenderé sobre las nubes del cielo para juzgar a todas las naciones!”

Ante Tus palabras creadoras todos hacen silencio, se sienten estremecer y espantados, pero Caifás después de pocos instantes de espanto, reaccionando y todo furibundo, más que bestia feroz, dice a todos: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? ¡Ya ha dicho una gran blasfemia! ¿Qué más esperamos para condenarlo? ¡Ya es reo de muerte!” Y para dar más fuerza a sus palabras se rasga las vestiduras con tanta rabia y furor, que todos, como si fuesen uno solo, se lanzan contra Ti, Bien mío, y quien Te da puñetazos en la cabeza, quien Te tira por los cabellos, quien Te da bofetadas, quien Te escupe en la cara, quien Te pisotea con los pies. Son tales y tantos los tormentos que Te dan, que la Tierra tiembla y los Cielos quedan sacudidos. Amor mío y Vida mía, conforme Te atormentan, mi pobre corazón queda lacerado por el dolor. ¡Ah!, permíteme que salga de Tu dolorido Corazón, y que yo en Tu lugar afronte todos esos ultrajes. ¡Ah!, si me fuera posible, quisiera arrebatarte de las manos de Tus enemigos, pero Tú no lo quieres, porque lo exige la salvación de todos, y yo me veo obligada a resignarme.

Pero, dulce Amor mío, déjame que Te limpie, que Te arregle los cabellos, que Te quite los salivazos, que Te limpie y Te seque la Sangre, para encerrarme en Tu Corazón, porque veo que Caifás, cansado, quiere retirarse, entregándote en manos de los soldados. Por eso Te bendigo, y Tú bendíceme, y dándonos el beso del amor me encierro en el horno de Tu Corazón Divino para conciliar el sueño, poniendo mi boca sobre Tu Corazón, a fin de que conforme respire Te bese, y según la diversidad de Tus latidos más o menos sufrientes, pueda advertir si Tú sufres o reposas. Y así, protegiéndote con mis brazos para tenerte defendido, Te abrazo, me estrecho fuerte a Tu Corazón y me duermo.

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DUODÉCIMA HORA
De las 4 a las 5 de la mañana 

Jesús en medio de los soldados

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

Dulcísima Vida mía, Jesús, mientras estrechada a Tu Corazón dormía, sentía muy a menudo los pinchazos de las espinas que herían a Tu Corazón santísimo; y queriéndome despierta junto Contigo, para tener al menos una que vea todas Tus penas y Te compadezca, me estrechas más fuerte a Tu Corazón, y yo, sintiendo más a lo vivo Tus pinchazos, me despierto, ¿pero qué veo? ¿Qué siento? Quisiera esconderte dentro de mi corazón para ponerme yo en lugar Tuyo y recibir sobre mí penas tan dolorosas, insultos y humillaciones tan increíbles, que sólo Tu Amor podría soportar tantos ultrajes. Mi pacientísimo Jesús, ¿qué cosa podías esperar de gente tan inhumana? Ya veo que juegan Contigo, Te cubren el Rostro de densos salivazos, la luz de Tus bellos ojos queda eclipsada por los salivazos, y derramando ríos de lágrimas por nuestra salvación retiras esos salivazos de Tus ojos, y aquellos malvados, no soportando su corazón ver la luz de Tus ojos, vuelven a cubrirlos de nuevo con salivazos, otros haciéndose más atrevidos en el mal, Te abren Tu dulcísima boca y Te la llenan de fétidos salivazos, tanto que ellos sienten nausea, y como algunos de esos esputos caen, muestran en parte la majestad de Tu Rostro, Tu sobrehumana dulzura, ellos se sienten estremecer y se avergüenzan de ellos mismos y para estar más libres Te vendan los ojos con un vilísimo trapo, de modo de poder desenfrenarse del todo sobre Tu adorable persona; así que Te golpean sin piedad, Te arrastran, Te pisotean bajo sus pies, repiten los puñetazos, las bofetadas, sobre Tu Rostro y sobre Tu cabeza, rasguñándote y jalándote los cabellos y empujándote de un lado a otro. Jesús, Amor mío, mi corazón no resiste verte en tantas penas, Tú quieres que ponga atención a todo, pero yo siento que quisiera cubrirme los ojos para no ver escenas tan dolorosas que arrancan de cada pecho los corazones, pero Tu amor me obliga a ver lo que sucede Contigo, y veo que no abres la boca, que no dices ni una palabra para defenderte, estás en manos de esos soldados como un harapo, y Te pueden hacer lo que quieren; y viéndolos saltar sobre Ti temo que mueras bajo sus pies. Mi Bien y mi Todo, es tanto el dolor que siento por Tus penas, que quisiera gritar tan fuere que me hiciera oír en el Cielo para llamar al Padre, al Espíritu Santo y a los Ángeles todos, y aquí en la Tierra, de un extremo a otro, llamar en primer lugar a la dulce Mamá y a todas las almas amantes, a fin de que haciendo un cerco en torno a Ti, impidamos el paso a estos insolentes soldados para que no Te insulten y atormenten más, y junto Contigo reparemos toda clase de pecados nocturnos, especialmente aquellos que cometen los sectarios sobre Tu Sacramental Persona en las horas de la noche, y todas las ofensas de aquellas almas que no se mantienen fieles en la noche de la prueba.

Pero veo, insultado Bien mío, que los soldados, cansados y ebrios quieren descansar, y mi pobre corazón oprimido y lacerado por Tus tantas penas no quiere quedarse solo Contigo, siente la necesidad de otra compañía, ¡ah, dulce Mamá mía!, sé Tú mi inseparable compañía; me estrecho fuerte a Tu mano materna y Te la beso y Tú fortifícame con Tu bendición, y abrazándonos junto con Jesús apoyemos nuestra cabeza sobre Su dolorido Corazón para consolarlo.

¡Oh, Jesús!, junto con la Mamá Te beso, bendícenos y junto con Ella tomaremos el sueño del amor en Tu adorable Corazón.

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DÉCIMA TERCERA  HORA
De las 5 a las 6 de la mañana 

Jesús en Prisión

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

Mi prisionero Jesús, me he despertado y no Te encuentro, el corazón me late fuerte y delira de amor, dime, ¿dónde estás? Ángel mío, llévame a la casa de Caifás. Pero busco, recorro, vuelvo a buscar por todas partes y no Te encuentro. Amor mío, pronto, con Tus manos mueve las cadenas que tienen atado mi corazón al Tuyo, atráeme a Ti, para que atraída por Ti pueda emprender el vuelo para ir a arrojarme en Tus brazos.  Ya Amor mío, herido por mi voz y queriendo mi compañía, me atraes a Ti y veo que Te han puesto en prisión. Mi corazón, mientras exulta de alegría por encontrarte, lo siento herido por el dolor al ver el estado al que Te han reducido. Te veo atado a una columna, con las manos atrás, atados los pies, Tu santísimo Rostro golpeado, hinchado y ensangrentado por las brutales bofetadas recibidas, Tus santísimos ojos lívidos, Tu mirada cansada y triste por la vigilia, Tus cabellos todos en desorden, Tu santísima persona toda golpeada, y por añadidura no puedes valerte por Ti mismo para ayudarte y limpiarte porque estás atado. Y yo, ¡oh, mi Jesús!, llorando, abrazándome a Tus pies exclamo: “¡Ay de mí, cómo Te han dejado, oh Jesús!” Y Jesús mirándome, me responde:

“Ven, ¡oh, hija Mía!, y pon atención a todo lo que ves que hago Yo para que lo hagas tú junto Conmigo, y así poder continuar Mi Vida en ti.”

Y veo con asombro que en vez de ocuparte de Tus penas, con un amor indescriptible piensas en glorificar al Padre para darle satisfacción por todo lo que nosotros estamos obligados a hacer, y llamas a todas las almas en torno a Ti para tomar todos sus males sobre de Ti y darles a ellas todos los bienes. Y como estamos al amanecer del día oigo Tu voz dulcísima que dice:

“Padre Santo, gracias Te doy por todo lo que he sufrido y por lo que Me queda por sufrir; y así como esta aurora llama al día y el día hace surgir el sol, así la aurora de la Gracia despunte en todos los corazones, y haciéndose día, Yo, Sol Divino, pueda surgir en todos los corazones y reinar en todos. Mira, ¡oh, Padre!, a estas almas, Yo quiero responderte por todas, por sus pensamientos, palabras, obras, pasos, a costa de Mi Sangre y de Mi muerte.”

Mi Jesús, amor sin límites, me uno Contigo; también yo Te agradezco por cuanto me has hecho sufrir, por lo que me quede por sufrir, y Te ruego hagas despuntar en todos los corazones la aurora de la Gracia para que Tú, Sol Divino, puedas resurgir en todos los corazones y reinar sobre todos.

Pero también veo, mi dulce Jesús, que Tú reparas todas las primicias de los pensamientos, de los afectos y palabras que al principio del día no son ofrecidos a Ti para darte honor, y llamas en Ti, como en custodia, los pensamientos, los afectos y palabras de las criaturas para reparar y dar al Padre la gloria que ellas le deben.

Mi Jesús, Maestro Divino, ya que en esta prisión tenemos una hora libre y estando solos, quiero hacer no sólo lo que haces Tú, sino limpiarte, reordenarte los cabellos y fundirme en todo Tú, por eso me acerco a Tu santísima cabeza y reordenándote los cabellos quiero repararte por tantas mentes trastornadas y llenas de tierra, que no tienen ni un pensamiento para Ti; y fundiéndome en Tu mente quiero reunir en Ti todos los pensamientos de las criaturas y fundirlos en Tus pensamientos, para encontrar suficientes reparaciones por todos los malos pensamientos, por tantas luces y e inspiraciones sofocadas. Quisiera hacer de todos los pensamientos uno solo con los Tuyos para darte verdadera reparación y perfecta gloria.

Mi afligido Jesús, beso Tus ojos tristes y cargados de lágrimas, y que teniendo las manos atadas a la columna no puedes limpiártelos ni quitarte los salivazos con que Te han ensuciado, y como la posición en la que Te han atado es desgarradora, no puedes cerrar Tus ojos cansados para tomar reposo. Amor mío, cuanto deseo hacer con mis brazos un lecho para darte reposo; quiero enjugarte los ojos y pedirte perdón y repararte por cuantas veces no hemos tenido la intención de agradarte y de mirarte para ver qué querías de nosotros, qué cosa debíamos hacer y adónde querías que fuésemos; quiero fundir mis ojos y los de todas las criaturas en los Tuyos, para poder reparar con Tus mismos ojos todo el mal que hemos hecho con la vista.

Mi piadoso Jesús, beso Tus oídos cansados por los insultos de toda la noche, y mucho más por el eco que resuena en Tus oídos de todas las ofensas de las criaturas; Te pido perdón y reparo por cuantas veces Tú nos has llamado y hemos sido sordos, hemos fingido no escucharte, y Tú, cansado Bien mío, has repetido las llamadas, pero en vano; quiero fundir mis oídos y los de todas las criaturas en los Tuyos para darte una continua y completa reparación.

Enamorado Jesús, beso Tu Rostro santísimo, todo lívido por las bofetadas, Te pido perdón y reparo por cuantas veces Tú nos has llamado a ser víctimas de reparación, y nosotros uniéndonos a Tus enemigos Te hemos dado bofetadas y salivazos. Mi Jesús, quiero fundir mi rostro en el Tuyo para restituirte Tu natural belleza y darte entera reparación por todos los desprecios que han hecho a Tu Santísima Majestad.

Amargado Bien mío, beso Tu dulcísima boca, dolorida por los golpes y abrasada por el amor, quiero fundir mi lengua y la de todas las criaturas en la Tuya, para reparar con Tu misma lengua por todos los pecados y las conversaciones malas que se tienen; quiero, mi sediento Jesús, unir todas las voces en una sola con la Tuya, para hacer que cuando estén por ofenderte, Tu voz corriendo en la voz de las criaturas sofoque las voces del pecado y las cambie en voces de alabanza y de amor.

Encadenado Jesús, beso Tu cuello oprimido por pesadas cadenas y cuerdas, que van desde el pecho hasta detrás de la espalda y sujetándote los brazos Te tienen fuertemente atado a la columna; ya Tus manos están hinchadas y amoratadas por la estrechez de las ataduras y de algunas partes brota Sangre. ¡Ah!, permíteme atado Jesús, que Te desate; y si amas ser atado, Te ato con las cadenas del amor, que siendo dulces, en vez de hacerte sufrir Te aliviarán, y mientras Te desato, quiero fundirme en Tu cuello, en Tu pecho, en Tus hombros, en Tus manos y en Tus pies, para poder reparar junto Contigo todos los apegos, y dar a todos las cadenas de Tu amor; para poder reparar por todas las frialdades y llenar todos los pechos de las criaturas con Tu Fuego, porque veo que es tanto lo que Tú tienes que no puedes contenerlo; para poder reparar por todos los placeres ilícitos y el amor a las comodidades y dar a todos el espíritu de sacrificio y el amor al sufrimiento. Quiero fundirme en Tus manos para reparar por todas las obras malas y por el bien hecho malamente y con presunción, y dar a todos el perfume de Tus obras. Y fundiéndome en Tus pies, encierro todos los pasos de las criaturas para repararte y dar Tus pasos a todos para hacerlos caminar santamente.

Y ahora, dulce Vida mía, permíteme que fundiéndome en Tu Corazón encierre todos los afectos, latidos, deseos, para repararlos junto Contigo y dar a todos Tus afectos, latidos y deseos, a fin de que ninguno Te ofenda más.

Pero oigo en mis oídos el ruido de la llave, son Tus enemigos que vienen a llevarte.  ¡Jesús, yo tiemblo, me siento helar la sangre porque Tú estarás de nuevo en manos de Tus enemigos! ¿Qué será de Ti? Me parece oír también el ruido de las llaves de los Tabernáculos, cuántas manos profanadoras vienen a abrirlos y tal vez para hacerte descender en corazones sacrílegos. En cuántas manos indignas eres obligado a encontrarte.  Mi prisionero Jesús, quiero encontrarme en todas Tus prisiones de amor para ser espectadora cuando Tus ministros Te saquen y hacerte compañía y repararte por las ofensas que puedas recibir. Pero veo que Tus enemigos están cerca y Tú saludas al sol naciente en el último de Tus días, y ellos desatándote y viéndote todo majestad y que los miras con tanto amor, en pago descargan sobre Tu Rostro bofetadas tan fuertes que lo hacen enrojecer con Tu Preciosísima Sangre.

Amor mío, antes de que salgas de la prisión, en mi dolor Te ruego que me bendigas, para recibir fuerza para seguirte en el resto de Tu Pasión.

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DÉCIMA CUARTA HORA
De las 6 a las 7 de la mañana 

Jesús de nuevo ante Caifás y después es llevado a Pilatos

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:

Dolorido Jesús mío, ya estás fuera de la prisión, estás tan agotado que vacilas a cada paso. Quiero ponerme a Tu lado para sostenerte cuando vea que estás a punto de caer. Pero veo que los soldados Te presentan ante Caifás, y Tú, ¡oh, mi Jesús!, como sol apareces en medio de ellos, y si bien desfigurado, envías Luz por todas partes. Veo que Caifás se regocija de gusto al verte tan malamente reducido, y a los reflejos de Tu Luz se ciega más, y en su furor Te pregunta de nuevo: “¿Así que Tú realmente eres el verdadero Hijo de Dios?” Y Tú, Amor mío, con una Majestad suprema y con una gracia en Tu decir, con Tu acostumbrado acento dulce y conmovedor que rapta los corazones respondes:

“Sí, Yo Soy el verdadero Hijo de Dios.”

Y ellos, si bien, sienten toda la fuerza de Tu Palabra, sofocando todo, sin querer saber más, con voz unánime gritan: “¡Es reo de muerte, es reo de muerte!” Y Caifás confirma la sentencia de muerte y Te envía a Pilatos. Y Tú, condenado Jesús mío, aceptas esta sentencia con tanto amor y resignación que casi la arrebatas del inicuo pontífice, y reparas todos los pecados hechos deliberadamente y con toda malicia, y por aquellos que en vez de afligirse por el mal, se alegran y exultan por el mismo pecado, y esto los lleva a la ceguera y a sofocar cualquier luz y gracia en ellos.

Vida mía, Tus reparaciones y oraciones hacen eco en mi corazón y reparo y suplico junto Contigo. Dulce Amor mío, veo que los soldados, habiendo perdido la poca estima que les quedaba de Ti, al verte sentenciado a muerte Te toman y agregan cuerdas y cadenas, Te atan tan fuerte que casi quitan el movimiento a Tu Divina Persona, y empujándote y arrastrándote Te sacan del palacio de Caifás. Turbas del pueblo Te esperan, pero ninguno para defenderte, y Tú, mi Sol Divino, sales en medio de ellos queriendo envolverlos a todos con Tu Luz. Y conforme das los primeros pasos, queriendo encerrar en los Tuyos todos los pasos de las criaturas, ruegas y reparas por aquellos que dan sus primeros pasos y obran con fines malos: quien para vengarse, quien para matar, quien para traicionar, quien para robar, y tantas otras cosas. ¡Oh!, cómo todas estas culpas Te hieren el corazón, y para impedir tanto mal, ruegas, reparas y Te ofreces todo Tú mismo. Pero mientras Te sigo, veo que Tú, mi Sol Jesús, al momento de salir del palacio de Caifás Te encuentras con la bella María, nuestra dulce Mamá; Vuestras miradas se encuentran, se hieren, y si bien quedáis aliviados al veros, también se agregan nuevos dolores: Tú, al ver a la bella Mamá traspasada, pálida y enlutada; y a la amada Mamá al verte a Ti, Sol Divino, eclipsado por tantos oprobios, lloroso y envuelto en un manto de Sangre. Pero no podéis disfrutar mucho el intercambio de miradas, y con el dolor de no poder deciros ni siquiera una palabra, Vuestros Corazones se dicen todo, y fundidos el uno en el otro cesan de mirarse porque los soldados Te empujan, y así, pisoteado y arrastrado llegas a Pilatos. Mi Jesús, me uno a la traspasada Mamá en seguirte, para fundirme junto con Ella en Ti; y dándome una mirada de amor, bendíceme.

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DÉCIMA QUINTA HORA
De las 7 a las 8 de la mañana 

Jesús ante Pilatos. Pilatos lo envía a Herodes

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:  

Atado Bien mío, tus enemigos unidos a los sacerdotes Te presentan ante Pilatos, y ellos fingiendo santidad y escrupulosidad, debiendo festejar la Pascua se quedan fuera en el atrio, y Tú, mi Amor, viendo el fondo de su malicia reparas las hipocresías del cuerpo religioso. También yo reparo junto Contigo, pero mientras Tú Te ocupas del bien de ellos, ellos en cambio comienzan a acusarte ante Pilatos, vomitando todo el veneno que tienen contra Ti, pero Pilatos, mostrándose insatisfecho de las acusaciones que te hacen, para poderte condenar con motivo Te llama aparte y a solas Te examina y Te pregunta: “¿Eres Tú el rey de los judíos?” Y Tú, mi Jesús, verdadero Rey mío respondes:

“Mi Reino no es de este mundo; de lo contrario millares de legiones de Ángeles Me defenderían.”

Y Pilatos conmovido por la suavidad y dignidad de Tu Palabra, sorprendido Te dice: “¿Cómo, Tú eres rey?”

Y Tú: “Es como tú lo dices, Yo lo Soy, y he venido al mundo a enseñar la Verdad.”

Y Pilatos sin querer saber más y convencido de Tu inocencia, sale a la terraza y dice: “Yo no encuentro culpa alguna en este hombre.” Los judíos enfurecidos Te acusan de tantas otras cosas, y Tú callas y no Te defiendes, y reparas las debilidades de los jueces cuando se encuentran de frente a los poderosos y sus injusticias, y ruegas por los inocentes oprimidos y abandonados. Entonces Pilatos al ver el furor de Tus enemigos y para desentenderse Te envía a Herodes.

Mi Rey Divino, quiero repetir Tus oraciones y reparaciones y acompañarte hasta Herodes. Veo que Tus enemigos, enfurecidos, quisieran devorarte y Te conducen entre insultos, burlas y befas, y así Te hacen llegar ante Herodes, el cual en actitud soberbia Te hace muchas preguntas, y Tú no respondes, no lo miras, y Herodes irritado porque no se ve satisfecho en su curiosidad y sintiéndose humillado por Tu prolongado silencio, dice a todos que Tú eres un loco y sin juicio, y como a tal ordena que seas tratado, y para mofarse de Ti hace que seas vestido con una vestidura blanca y Te entrega en las manos de los soldados para que Te hagan lo peor que puedan.

Inocente Jesús, ninguno encuentra culpa en Ti, sólo los judíos, porque su fingida religiosidad no merece que resplandezca en sus mentes la luz de la verdad. Mi Jesús, Sabiduría infinita, cuánto Te cuesta el haber sido declarado loco. Los soldados abusando de Ti Te arrojan por tierra, Te pisotean, Te cubren de salivazos, Te escarnecen, Te golpean con palos, y son tantos los golpes que Te sientes morir. Son tales y tantas las penas, los oprobios, las humillaciones que Te hacen, que los Ángeles lloran y se cubren el rostro con sus alas para no verlas. También yo, mi loquito Jesús, quiero llamarte loco, pero loco de amor, y es tanta Tu locura de amor que en vez de ofenderte, Tú ruegas y reparas por las ambiciones de los reyes que ambicionan reinos para ruina de los pueblos, por las destrucciones que provocan, por tanta sangre que hacen derramar por sus caprichos, por todos los pecados de curiosidad y por las culpas cometidas en las cortes y en las milicias.

Mi Jesús, cómo es tierno el verte en medio de tantos ultrajes orando y reparando, Tus palabras repercuten en mi corazón y sigo lo que haces Tú. Y ahora, deja que me ponga a Tu lado y tome parte en Tus penas y Te consuele con mi amor, y alejándote a los enemigos, Te tomo entre mis brazos para darte fuerzas y besarte la frente.

Dulce Amor mío, veo que no Te dan reposo y que Herodes Te envía nuevamente a Pilatos. Si doloroso ha sido el venir, más trágico será el regreso, porque veo que los judíos están más enfurecidos que antes y están resueltos a hacerte morir a cualquier precio. Por eso antes que salgas del palacio de Herodes quiero besarte, para testimoniarte mi amor en medio de tantas penas, y Tú, fortifícame con Tu beso y con Tu bendición, y Te sigo ante Pilatos.

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DÉCIMA SEXTA HORA
De las 8 a las 9 de la mañana 

Jesús de nuevo ante Pilatos. Es pospuesto a Barrabás. Jesús es flagelado.

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:  

Mi atormentado Jesús, mi pobre corazón Te sigue entre ansias y penas, y al verte vestido de loco, conociendo quién eres Tú, Sabiduría infinita, que das el Juicio a todos, doy en delirio y digo: ¿Cómo, Jesús loco? ¿Jesús malhechor? ¡Y ahora serás pospuesto al más grande malhechor, a Barrabás! Mi Jesús, Santidad que no tiene igual, ya estás de nuevo ante Pilatos, y éste, al verte tan malamente reducido y vestido de loco, y sabiendo que ni siquiera Herodes Te ha condenado, queda más indignado contra los judíos y se convence mayormente de Tu inocencia y de no condenarte, pero queriendo dar alguna satisfacción a los judíos, como para aplacar el odio, el furor, la rabia y la sed que tienen de Tu Sangre, Te propone a ellos junto con Barrabás, pero los judíos gritan: “¡No queremos libre a Jesús, sino a Barrabás!” Y entonces Pilatos no sabiendo ya qué hacer para calmarlos Te condena a la flagelación.

Mi pospuesto Jesús, se me rompe el corazón al ver que mientras los judíos se ocupan de Ti para hacerte morir, Tú, encerrado en Ti mismo piensas en dar a todos la Vida, y poniendo atención Te escucho decir:

“Padre Santo, mira a Tu Hijo vestido de loco, esto Te repara la locura de tantas criaturas al caer en el pecado; esta vestidura blanca sea ante Ti como disculpa por tantas almas que se visten con la lúgubre vestidura de la culpa. Mira ¡oh, Padre!, el odio, el furor, la rabia que tienen contra Mí, que casi les hace perder la luz de la razón, la sed que tienen de Mi Sangre, y Yo quiero repararte todos los odios, las venganzas, las iras, los homicidios, y conseguir a todos la luz de la razón. Mírame de nuevo Padre Mío, ¿se puede dar insulto mayor? Me han pospuesto al más grande malhechor, y Yo quiero repararte todas las posposiciones que se hacen, ¡ah, todo el mundo está lleno de posposiciones! Quien nos pospone a un vil interés, quien a los honores, quien a las vanidades, quien a los placeres, a los apegos, a las dignidades, a las crápulas y hasta al mismo pecado, y en modo unánime todas las criaturas, aún a cada pequeña tontería nos posponen, y Yo estoy dispuesto a aceptar ser pospuesto a Barrabás para reparar las posposiciones de las criaturas.”

Mi Jesús, me siento morir de dolor y de confusión al ver Tu gran amor en medio de tantas penas y el heroísmo de Tus Virtudes en medio de tantas penas e insultos. Tus palabras y reparaciones, como tantas heridas, se repercuten en mi pobre corazón, y en mi dolor repito Tus plegarias y Tus reparaciones, ni siquiera un instante puedo separarme de Ti, de otra manera muchas cosas de lo que haces Tú se me escaparían. Pero, ¿qué veo? Los soldados Te conducen a una columna para flagelarte. Amor mío, Te sigo y Tú con Tu mirada de amor mírame y dame la fuerza para asistir a Tu dolorosa flagelación.

Jesús Flagelado

Mi purísimo Jesús, ya estás junto a la columna, los soldados enfurecidos Te sueltan para atarte a ella, pero no es suficiente, Te despojan de Tus vestiduras para hacer cruel carnicería de Tu Santísimo Cuerpo. Amor mío, Vida mía, me siento desfallecer por el dolor de verte desnudo, Tú tiemblas de pies a cabeza y Tu Santísimo Rostro se tiñe de virginal rubor, y es tanta Tu confusión y Tu agotamiento, que no sosteniéndote en pie estás a punto de caer a los pies de la columna, pero los soldados sosteniéndote, no por ayudarte sino para poderte atar, no Te dejan caer. Ya toman las sogas, Te atan los brazos, pero tan fuerte que enseguida se hinchan y de la punta de los dedos brota Sangre. Después, en torno a la columna pasan sogas que sujetan Tu Santísima Persona hasta los pies, y tan fuerte que no puedes hacer ni siquiera un movimiento, y así poder ellos desenfrenarse sobre de Ti libremente.

Despojado Jesús mío, permíteme que me desahogue, de otra manera no puedo continuar viéndote sufrir tanto. ¿Cómo? Tú que vistes a todas las cosas creadas, al sol de luz, al cielo de estrellas, a las plantas de hojas, a los pajarillos de plumas, Tú, ¿desnudo? ¡Qué atrevimiento! Pero mi amante Jesús, con la luz que irradia de Sus ojos me dice:

“Calla, ¡oh, hija! Era necesario que fuese desnudado para reparar por tantos que se despojan de todo pudor, de candor y de inocencia; que se desnudan de todo bien y virtud, de Mi Gracia, y se visten de toda brutalidad, viviendo a modo de brutos. En Mi virginal rubor reparé las tantas deshonestidades y afeminaciones y placeres bestiales.  Por eso, atenta a lo que hago, y ruega y repara Conmigo y cálmate.”

Flagelado Jesús, Tu amor pasa de exceso en exceso, veo que los verdugos toman los flagelos y Te azotan sin piedad, tanto, que todo Tu Santísimo Cuerpo queda lívido; es tanta la ferocidad y el furor al golpearte, que están ya cansados, pero otros dos los sustituyen y tomando varas espinosas Te azotan tanto que enseguida, de Tu Santísimo Cuerpo comienza a chorrear a ríos la Sangre, y lo continúan golpeando todo, abriendo surcos y lo llenan de Llagas. Pero aún no les basta, otros dos continúan, y con cadenas de fierro continúan la dolorosa carnicería. A los primeros golpes esas Carnes Llagadas se desgarran y a pedazos caen por tierra; los huesos quedan al descubierto y la Sangre brota tanto, que forma un lago de Sangre en torno a la columna.

Mi Jesús desnudado, Amor mío, mientras Tú estás bajo esta tempestad de golpes, me abrazo a Tus pies para poder tomar parte en Tus penas y quedar toda cubierta con Tu Preciosísima Sangre, pero cada golpe que Tú recibes es una herida a mi corazón, mucho más, pues poniendo atención oigo Tus gemidos, los cuales no se escuchan bien porque la tempestad de golpes ensordece el ambiente, y en esos gemidos Tú dices:

“Vosotros, todos los que Me amáis, vengan a aprender el heroísmo del verdadero Amor; vengan a apagar en Mi Sangre la sed de vuestras pasiones, la sed de tantas ambiciones, de tantas vanidades y placeres, de tanta sensualidad; en esta Mi Sangre encontraréis el remedio a todos vuestros males.”

Tus gemidos continúan diciendo: “Mírame, ¡oh, Padre!, bajo esta tempestad de golpes, todo Llagado, pero no basta, quiero formar tantas Llagas en Mi Cuerpo para dar suficientes moradas en el Cielo de Mi Humanidad a todas las almas, en modo de formar en Mí mismo su salvación, y después hacerlas pasar al Cielo de la Divinidad.  Padre Mío, cada golpe de estos flagelos repare ante Ti, uno a uno, cada especie de pecado, y conforme Me golpean, así sea excusa para aquellos que los cometen. Que estos golpes golpeen los corazones de las criaturas y les hablen de Mi Amor por ellas, tanto, de forzarlas a rendirse a Mí.”

Y mientras esto dices, es tan grande Tu Amor, si bien, con sumo dolor, que casi incitas a los verdugos a que Te azoten aún más. Mi descarnado Jesús, Tu Amor me aplasta, me siento enloquecer; y si bien, Tu Amor no está cansado, los verdugos están agotados y no pueden continuar la dolorosa carnicería. Ya Te quitan las cuerdas y Tú caes casi muerto en Tu propia Sangre; y al ver los pedazos de Tus Carnes Te sientes morir por el dolor, al ver en aquellas Carnes arrancadas de Ti, a las almas perdidas, y es tanto Tu dolor, que agonizas en Tu propia Sangre.

Mi Jesús, deja que Te tome entre mis brazos para restaurarte un poco con mi amor.  Te beso, y con mi beso encierro a todas las almas en Ti, así ninguna más se perderá, y Tú, bendíceme.

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DÉCIMA SÉPTIMA HORA
De las 9 a las 10 de la mañana 

Jesús Coronado de Espinas. “Ecce Homo.” Jesús es condenado a muerte.

Gracias Te doy, ¡oh, Jesús!, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración, y tomando Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y fundiéndome toda en Tu Voluntad y en Tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre Tu Corazón empiezo:  

Mi Jesús, Amor infinito, mientras más Te miro más comprendo cuánto sufres. Ya estás todo lacerado y no hay parte sana en Ti; los verdugos enfurecidos al ver que Tú, en medio de tantas penas, los miras con tanto amor, que Tu mirada amorosa formando un dulce encanto, casi como tantas voces ruegan y suplican más penas y nuevas penas, y estos, si bien inhumanos, pero también forzados por Tu amor, Te ponen de pie, y Tú, no sosteniéndote caes de nuevo en Tu propia Sangre, y ellos, irritados, con patadas y con empujones Te hacen llegar al lugar donde Te coronarán de espinas.

Amor mío, si Tú no me sostienes con Tu mirada de amor, yo no puedo continuar viéndote sufrir. Siento ya un escalofrío en los huesos, el corazón me late fuertemente, me siento morir, ¡Jesús, Jesús, ayúdame! Y mi amable Jesús me dice:

“Ánimo, no pierdas nada de lo que he sufrido; sé atenta a Mis enseñanzas. Yo debo rehacer en todo al hombre, la culpa le ha quitado la corona y lo ha coronado de oprobios y de confusión, así que no puede comparecer ante Mi Majestad, la culpa lo ha deshonrado haciéndole perder todo derecho a los honores y a la gloria; por eso quiero ser coronado de espinas, para poner sobre la frente del hombre la corona y restituirle todos los derechos a cualquier honor y gloria; y Mis espinas serán ante Mi Padre reparaciones y voces de disculpa por los tantos pecados de pensamiento y especialmente de soberbia; y serán voces de luz y de súplica a cada mente creada para que no Me ofendan; por eso, tú únete Conmigo y ora y repara junto Conmigo.”

Coronado Jesús, Tus crueles enemigos Te hacen sentar, Te ponen encima un trapo de púrpura, toman la corona de espinas y con furia infernal Te la ponen sobre Tu adorable cabeza, y a golpes de palos Te hacen penetrar las espinas en la frente, y algunas Te llegan hasta los ojos, a las orejas, al cráneo y hasta detrás en la nuca. ¡Amor mío, qué desgarro, qué penas tan inenarrables! ¡Cuántas muertes crueles no sufres! La Sangre Te corre sobre Tu Rostro, de manera que no se ve más que Sangre, pero bajo esas espinas y esa Sangre se descubre Tu Rostro Santísimo radiante de dulzura, de paz y de amor, y los verdugos queriendo completar la tragedia Te vendan los ojos, Te ponen una caña en la mano por cetro y comienzan sus burlas. Te saludan como rey de los judíos, Te golpean la corona, Te dan bofetadas y Te dicen: “Adivina quién Te ha golpeado.” Y Tú callas y respondes con reparar las ambiciones de quienes aspiran a reinos, a las dignidades, a los honores, y por aquellos que encontrándose en estos puestos, no comportándose bien, forman la ruina de los pueblos y de las almas confiadas a ellos, y cuyos malos ejemplos son causa de empujar al mal y de que se pierdan almas. Con esa caña que tienes en la mano reparas por tantas obras buenas vacías de espíritu interior, e incluso hechas con malas intenciones. En los insultos y en esa venda reparas por aquellos que ponen en ridículo las cosas más santas, desacreditándolas y profanándolas, y reparas por aquellos que se vendan la vista de la inteligencia para no ver la luz de la verdad. Con esta venda impetras para nosotros el que nos quitemos las vendas de las pasiones, de las riquezas y los placeres. Mi Rey Jesús, Tus enemigos continúan sus insultos, y la Sangre que escurre de Tu santísima cabeza es tanta, que llegándote hasta la boca Te impide hacerme oír claramente Tu dulcísima voz, y por eso no puedo hacer lo que haces Tú, por eso vengo a Tus brazos, quiero sostener Tu cabeza traspasada y dolorida, quiero poner mi cabeza bajo esas espinas para sentir sus pinchazos. Pero mientras digo esto, mi Jesús me llama con Su mirada de amor y yo corro, me abrazo a Su Corazón y trato de sostener Su cabeza.  ¡Oh, cómo es bello estar con Jesús, aun en medio de mil tormentos! Y Él me dice:

“Hija Mía, estas espinas dicen que quiero ser constituido Rey de cada corazón; a Mí Me corresponde todo dominio; tú, toma estas espinas y pincha tu corazón y haz salir de él todo lo que a Mí no pertenece y deja las espinas dentro de tu corazón como señal de que Yo Soy tu Rey y para impedir que ninguna otra cosa entre en ti. Después gira por todos los corazones, y pinchándolos haz salir de ellos todos los humos de soberbia, la podredumbre que contienen, y constitúyeme Rey de todos.”

Amor mío, el corazón se me oprime al dejarte, por eso Te ruego que ensordezcas mis oídos con Tus espinas para que sólo pueda oír Tu Voz; que me cubras los ojos con Tus espinas para poder mirarte sólo a Ti; que me llenes con Tus espinas la boca, de modo que mi lengua quede muda a todo lo que pudiera ofenderte, y tenga libre la lengua para alabarte y bendecirte en todo. ¡Oh, mi Rey Jesús!, circúndame de espinas, y estas espinas me custodien, me defiendan y me tengan toda atenta a Ti. Y ahora quiero limpiarte la Sangre y besarte, porque veo que Tus enemigos Te conducen a Pilatos, el cual Te condenará a muerte. Amor mío, ayúdame a continuar Tu Dolorosa Vida y bendíceme.

Mi coronado Jesús, mi pobre corazón herido por Tu amor y traspasado por Tus penas no puede vivir sin Ti, por eso Te busco y Te encuentro nuevamente ante Pilatos. ¡Pero qué espectáculo conmovedor! ¡Los Cielos se horrorizan y el infierno tiembla de espanto y de rabia! Vida de mi corazón, mi mirada no puede soportar el mirarte sin sentirme morir; pero la fuerza raptora de Tu Amor me obliga a mirarte para hacerme comprender bien Tus penas; y yo, entre lágrimas y suspiros, Te contemplo. Mi Jesús, estás desnudo, y en vez de vestidos Te veo vestido de Sangre, las carnes abiertas y destrozadas, los huesos al descubierto, Tu Santísimo Rostro irreconocible; las espinas clavadas en Tu santísima cabeza Te llegan a los ojos, al Rostro, y yo no veo más que Sangre, que corriendo hasta la tierra forma un arroyo sanguinolento bajo Tus pies. ¡Mi Jesús, no Te reconozco más por cómo has quedado reducido! ¡Tu estado ha llegado a los excesos más profundos de las humillaciones y de los dolores! ¡Ah, no puedo soportar Tu visión tan dolorosa! Me siento morir, quisiera arrebatarte de la presencia de Pilatos para encerrarte en mi corazón y darte descanso; quisiera sanar Tus Llagas con mi amor, y con Tu Sangre quisiera inundar todo el mundo para encerrar en ella a todas las almas y conducirlas a Ti, como conquista de tus penas. Y Tú, ¡oh, paciente Jesús!, a duras penas parece que me miras por entre las espinas y me dices:

“Hija Mía, ven entre Mis atados brazos, apoya tu cabeza sobre Mi seno y verás dolores más intensos y acerbos, porque lo que ves por fuera de Mi Humanidad no es otra cosa que el desahogo de Mis penas interiores. Pon atención a los latidos de Mi Corazón y oirás que reparo las injusticias de los que mandan, la opresión de los pobres, de los inocentes pospuestos a los culpables, la soberbia de aquellos que para conservar las dignidades, los cargos, las riquezas, no dudan en romper cualquier ley y en hacer mal al prójimo, cerrando los ojos a la luz de la verdad. Con estas espinas quiero romper el espíritu de soberbia de “sus señorías”, y con las heridas que forman en Mi cabeza quiero abrirme camino en sus mentes, para reordenar en ellas todas las cosas según la luz de la verdad. Con estar así humillado ante este injusto juez, quiero hacer comprender a todos que solamente la virtud es la que constituye al hombre rey de sí mismo, y enseño a quien manda, que solamente la virtud, unida al recto saber, es la única digna y capaz de gobernar y regir a los demás, mientras que todas las otras dignidades, sin la virtud, son cosas peligrosas y deplorables. Hija Mía, haz eco a Mis reparaciones y sigue poniendo atención a Mis penas.”

Amor mío, veo que Pilatos, al verte tan malamente reducido, se siente estremecer y todo impresionado exclama: “¿Será posible tanta crueldad en los corazones humanos? ¡Ah, no era ésta mi voluntad al condenarlo a los azotes!” Y queriendo liberarte de las manos de Tus enemigos, para poder encontrar razones más convenientes, todo hastiado y apartando la mirada, porque no puede sostener Tu visión demasiado dolorosa, vuelve a interrogarte: “Pero dime, ¿qué has hecho? Tu gente Te ha entregado en mis manos, dime, ¿Tú eres Rey? ¿Cuál es Tu Reino?”

A las preguntas apresuradas de Pilatos, Tú, ¡oh, mi Jesús!, no respondes, y ensimismado en Ti mismo piensas en salvar mi pobre alma a costa de tantas penas. Y Pilatos, porque no respondes, añade: “¿No sabes Tú que está en mi poder el liberarte o el condenarte?” Pero Tú, ¡oh, Amor mío!, queriendo hacer resplandecer en la mente de Pilatos la luz de la verdad le respondes:

“No tendrías ningún poder sobre Mí si no te viniera de lo Alto, pero aquellos que Me han entregado en tus manos han cometido un pecado más grave que el tuyo.”

Entonces Pilatos, como movido por la dulzura de Tu Voz, indeciso como está, con el corazón en tempestad, creyendo que los corazones de los judíos fuesen más piadosos, se decide a mostrarte desde la terraza, esperando que se muevan a compasión al verte tan desgarrado, y así poderte liberar.

Dolorido Jesús mío, mi corazón desfallece al verte seguir a Pilatos, con trabajos caminas y encorvado, bajo aquella horrible corona de espinas, la Sangre marca Tus pasos, y en cuanto sales fuera escuchas a la muchedumbre escandalosa que, ansiosa espera Tu condena. Pilatos, imponiendo silencio para llamar la atención de todos y hacerse escuchar por todos, toma con repugnancia los dos extremos de la púrpura que Te cubre el pecho y los hombros, los levanta para hacer que todos vean a qué estado has quedado reducido, y en voz alta dice: “¡Ecce Homo! Mírenlo, no tiene más figura de hombre, observen Sus Llagas; ya no se le reconoce; si ha hecho mal ya ha sufrido suficiente, más bien demasiado; yo estoy arrepentido de haberle hecho sufrir tanto, por eso dejémoslo libre.”

Jesús, amor mío, deja que Te sostenga, porque veo que no sosteniéndote en pie bajo el peso de tantas penas, vacilas. ¡Ah!, en este momento solemne se decide Tu suerte, a las palabras de Pilatos se hace un profundo silencio en el Cielo, en la Tierra y en el infierno. Y después, como en una sola voz, oigo el grito de todos: “¡Crucifícalo, crucifícalo, a cualquier costo lo queremos muerto!”

Vida mía, Jesús, veo que tiemblas, el grito de muerte desciende en Tu Corazón, y en estas voces descubres la Voz de Tu amado Padre que dice: “¡Hijo Mío, Te quiero muerto, y muerto crucificado!”

Ah, oyes también a Tu Mamá, que si bien traspasada, desolada, hace eco a Tu amado Padre: “¡Hijo, Te quiero muerto!” Los Ángeles, los Santos, el infierno, todos a voz unánime gritan: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” Así que no hay alma que Te quiera vivo. Y, ay, ay, con mi mayor rubor, dolor y horror, también yo me siento obligada por una fuerza suprema a gritar: “¡Crucifícalo!”

Mi Jesús, perdóname si también yo, miserable alma pecadora, Te quiero muerto. Sin embargo, Te ruego que me hagas morir junto Contigo.

Y Tú, mientras tanto, ¡oh, mi destrozado Jesús!, movido por mi dolor parece que me dices:

“Hija Mía, estréchate a Mi Corazón y toma parte en Mis penas y en Mis reparaciones; el momento es solemne, se debe decidir, o mi muerte, o la muerte de todas las criaturas.  En este momento, dos corrientes se vierten en Mi Corazón, en una están las almas que, si me quieren muerto es porque quieren hallar en Mí la Vida, y así, al aceptar Yo la muerte por ellas son absueltas de la condenación eterna y las puertas del Cielo se abren para recibirlas; en la otra corriente están aquellas que Me quieren muerto por odio y como confirmación de su condenación y Mi Corazón está lacerado y siente la muerte de cada una de éstas y sus mismas penas del infierno. Mi Corazón no soporta estos acerbos dolores; siento la muerte a cada latido y a cada respiro, y voy repitiendo: “¿Por qué tanta Sangre será derramada en vano? ¿Por qué Mis penas serán inútiles para tantos? ¡Ah, hija, sostenme, que no puedo más, toma parte en Mis penas, tu vida sea un continuo ofrecimiento para salvar las almas y para mitigarme penas tan desgarradoras!”

Corazón mío, Jesús, Tus penas son las mías y hago eco a Tus reparaciones. Pero veo que Pilatos queda atónito y se apresura a decir: “¿Cómo? ¿Debo crucificar a vuestro Rey? Yo no encuentro culpa en Él para condenarlo.” Y los judíos, haciendo escándalo gritan: “No tenemos otro rey que el César, y si tú no lo condenas no eres amigo del Cesar; loco, insensato, crucifícalo, crucifícalo.”

Pilatos, no sabiendo qué más hacer, por temor a ser destituido hace traer un recipiente con agua y lavándose las manos dice: “Yo soy inocente de la Sangre de este Justo.” Y Te condena a muerte. Pero los judíos gritan: “¡Su Sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos! Y al verte condenado estallan en fiesta, aplauden, silban, gritan; mientras Tú, ¡oh, Jesús!, reparas por aquellos que encontrándose en el poder, por vano temor y por no perder su puesto rompen las Leyes más Sagradas, no importándoles la ruina de pueblos enteros, favoreciendo a los impíos y condenando a los inocentes; reparas también por aquellos, que después de la culpa instigan a la Ira Divina a castigarlos. Pero mientras reparas todo esto, el Corazón Te sangra por el dolor de ver al pueblo escogido por Ti, fulminado por la maldición del Cielo, que ellos mismos con plena voluntad han querido, sellándola con Tu Sangre que han imprecado.  ¡Ah!, Tu Corazón desfallece, déjame que lo sostenga entre mis manos haciendo mías Tus reparaciones y Tus penas; pero Tu Amor Te empuja aún más alto, e impaciente ya buscas la Cruz. Vida mía, Te seguiré, pero por ahora repósate en mis brazos, y después llegaremos juntos al monte Calvario; por eso permanece en mí y bendíceme.

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Fuente:
http://divinavoluntad.info/Horas%20de%20la%20Pasion.htm

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