La Conciencia del Mundo será Corregida, por Luis Eduardo López Padilla

Publicación autorizada por su autor, Luis Eduardo López Padilla, de su libro, “EL GRAN AVISO DE DIOS.”
http://www.apocalipsismariano.com/@lopezpadilla7

Del Libro: El Gran Aviso de Dios.
Escrito por: Luis Eduardo López Padilla

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V
Consecuencias para el mundo
y para la Iglesia

(Continuación…)

La Conciencia del Mundo será Corregida

Por eso llega la hora y ya estamos en ella, en que se oirá la Voz de Jesucristo por todo el orbe, y la venida de un Juicio, que como ya hemos señalado ampliamente, iluminará las conciencias de todos los hombres de la tierra, y entonces habremos de comprender una serie de realidades que irán de la mayor y más severa gravedad, hasta aspectos que hoy no les damos la menor importancia.

Y así, entre los católicos y las restantes denominaciones cristianas que juntos sumamos aproximadamente 1,800 millones de personas en el planeta, es decir, el 30% de la humanidad, y el resto de los 4,200 millones de seres humanos, sacaremos conclusiones de muchas realidades que han obscurecido la verdad. Y así, la Conciencia del Mundo será corregida, y entonces nos desengañaremos cruelmente de muchas falsas mentiras y confusiones que han invadido el corazón y mente de los hombres, y nos convenceremos al fin de que: las enseñanzas de Jesucristo nuestro Señor, el orden establecido por el Padre Eterno y la Verdad… ¡han sido violadas!

Por lo tanto:

  1. Quedará de manifiesto que sólo a Dios hay que darle el culto debido como Ser Creador, Supremo y Todopoderoso, porque así lo exige la Justicia; “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.” (Mt. XXII, 36-37). Entonces entenderemos con más claridad el error que cometieron los gobiernos de los estados (a quienes se les delegó de lo Alto esa responsabilidad) de negarle a Dios su existencia en la sociedad. El error también que cometieron algunos pastores y jerarcas de la Iglesia de haber “cambiado” al Santísimo del centro de sus iglesias —dizque para modernizarse— para trasladarlo a una esquina y pasar desapercibido y olvidado por la mayoría de los fieles, resultando en una disminución de culto y adoración Eucarística a Jesús Sacramentado; de los actos que cometimos de superstición, irreverencia, idolatría (al dinero, a los placeres, a los hombres); la práctica de la adivinación para querer saber cosas futuras u ocultas, incluyendo las cartas, la astrología; el espiritismo, la invocación del demonio; la magia, el maleficio, el sacrilegio, y un largo etcétera, que para muchos será de sorpresa e impacto profundo ya que hoy en día, en virtud de la misma necesidad que el hombre tiene de buscar el Absoluto y al mismo tiempo por la falta de formación doctrinal seria, se ha ido a buscar y saciar su sed espiritual en aguas sucias que lo han desviado del Camino Verdadero.
  2. Quedará de manifiesto que hay que respetar y honrar el Nombre de Dios. Dice la Escritura que al “nombre de Jesús se dobla toda rodilla, en el cielo y en los infiernos.” (Fil. II, 10) y en el Padre Nuestro rezamos: “Santificado sea Tu Nombre”, por lo que entonces comprenderemos con claridad el error de haber pronunciado Su Nombre sin respeto mediante la blasfemia; o haber hecho juramentos indebidos o incumplido promesas realizados a favor de Su Persona. A cuántos hombres y mujeres dedicados a Dios como religiosos, religiosas y sacerdotes, o incluso laicos que comprometieron su vida mediante un voto particular, les quedará al descubierto su error y sentirán el dolor del incumplimiento. “Si hiciste un voto a Dios, no tardes en cumplirlo porque a Dios le desagrada la promesa necia e infiel” (Eclesiastés V, 3).
  3. Quedará de manifiesto que hay deberes de los hijos con sus padres y de los inferiores con los superiores; y a su vez de los padres con los hijos, y de los superiores hacia los inferiores, incluyendo no sólo a la autoridad paterna, sino también a aquellos que tuvieron responsabilidad sobre cualquier persona, ya sea eclesiástica o civil, pues como dice San Pablo: “No hay potestad que no provenga de Dios.”, (Rom. XIII, 1) por lo que entenderemos con más claridad las injusticias, burlas, desobediencias y los abandonos a las responsabilidades encomendadas. Aquí quedarán de manifiesto todas esas falsas filosofías y doctrinas perniciosas, que en materia de educación provocaron que autoridades civiles y religiosas desviaran a los alumnos en la búsqueda de la verdad para caer en el error, y a no vivir sus deberes para con Dios, con la patria, con la familia y con la Iglesia.
  4. Quedará de manifiesto que Dios es Autor de la vida, por lo que sólo Dios la da y sólo Dios la puede tomar. Por lo que entenderemos con claridad los delitos de la cultura de la muerte que han violentado y cercenado el don inigualable de la vida humana en sus diversas formas, como el suicidio, el homicidio, uso de drogas, embriaguez, mutilación, así como todo lo que atenta contra el orden moral de la transmisión y conservación de la vida humana: la esterilización, anticoncepción, aborto, fecundación artificial y eutanasia.
  5. Quedará de manifiesto que Dios creó al hombre bajo un orden racional y una dignidad moral, donde el Espíritu debe predominar sobre la carne y los apetitos bajos y que como hijos de Dios, miembros de Cristo y templos del Espíritu Santo debemos respetar ese orden establecido por Dios en el uso del placer que acompaña a la propagación de la vida. Por lo que entenderemos con claridad que hacer uso del poder generativo fuera de los cauces por Dios marcados —el matrimonio— es un pecado grave, y por tanto, no cabrá la justificación de uso de la sexualidad si no es dentro del sacramento del matrimonio y con la finalidad propia de dar continuidad al milagro de la vida, por lo que ni la fornicación, ni el adulterio, ni el incesto, ni el lesbianismo, ni la homosexualidad, ni la masturbación, ni la sodomía, ni la pedofilia, ni el uso de pastillas anticonceptivas son permitidos por la Ley de Dios. En este sentido, la moral sigue siendo la misma, no ha cambiado, aunque para muchos esto sea mentalidad “mocha” o anticuada.
  6. Quedará de manifiesto que la justicia es una virtud que nos mueve a dar a cada cual lo que le corresponde, lo que es suyo, y por tanto, respetar el derecho ajeno; así como cada persona tiene derecho a que le respeten su vida, su fama, su honor y sus bienes. Por tanto, entenderemos con claridad que hemos sido injustos cuando robamos o engañamos a través del fraude; cuando exigimos préstamos con intereses excesivos o cuando nos quedamos con lo que no era nuestro o retuvimos injustamente el salario de nuestros trabajadores. Cuando engañamos en las cuentas y nos quedamos con objetos perdidos sin averiguar quién era el dueño. Todo esto que se desarrolla en el campo social y familiar y que afecta la parte económica será una de las grandes luces que a muchos les dejará sin aliento, pues es una realidad que hay una gran injusticia en el mundo de hoy y mucho tendrá que ser restituido, es decir, reparar el daño que injustamente cometimos en contra de los demás, devolviendo lo que no es nuestro o reparando los perjuicios causados. El caso de Zaqueo es claro: “… al terminar la comida, Zaqueo, conmovido por la bondad del Señor, reconoció sus pecados pasados y exclamó: “Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres y si alguien lo he perjudicado, le devolveré cuatro veces más.” (Lc. XIX, 8).
  7. Finalmente, quedará de manifiesto que el hombre tiene derecho a una buena fama, ya que después del don de la vida no hay un don más grande que el de la reputación y el buen nombre de una persona; por lo que nos daremos cuenta del mal de haber hecho juicios temerarios o sospechado injustamente de las personas, murmurando, calumniando, ya de palabra o por otros medios. El haber mentido u ocultado la verdad o revelar secretos que se nos confiaron. Todo lo que esté en función del susurro o chisme y el falso testimonio también será algo que quedará de manifiesto en el corazón y conciencia de las personas. Cuánto daño se hace y escándalo hay a través de la murmuración, que bien pudiera ser catalogado como un demonio que ha penetrado no solamente dentro del mundo sino también en el seno mismo de la Iglesia. Por eso es importante dar testimonio de aprecio a los demás, no injuriándolos ni ultrajándolos, sino amándolos como a nosotros mismos. Dice el apóstol Santiago: “La lengua es mal difícil de reprimir, y llena de veneno mortal. Es pequeña pero de tremendo alcance. Ved que una chispa basta para incendiar una gran selva” (III, 5).

Todo lo que hemos desglosado en los puntos precedentes (siguiendo la línea de estudio y doctrina del Curso Superior de Religión del P. Rafael de Faria, y del Curso de Teología Moral de Sada-Monroy. Minos. México, D.F. 1986. ) no revela sino en una mínima parte lo que será esta Iluminación de las Conciencias para toda la humanidad. Quedará entonces corregida la conciencia del mundo sobre tantos y tantos errores en que hoy la humanidad se ha sumergido y que le han llevado a alejarse totalmente del Dios Uno y Trino, del Dios Único y Verdadero que se reveló a los hombres a través de Jesucristo nuestro Señor y que se hizo hombre en las entrañas de María Santísima, Pura e Inmaculada, por obra y gracia del Espíritu Santo.


La Responsabilidad de la Iglesia

En este Gran Aviso de Dios, la Iglesia fundada por Cristo, como comunidad de fieles que debe proveer los medios de la salvación eterna a sus miembros, no quedará exenta de una grave amonestación de parte de Su Fundador. No queremos aquí echar leña al fuego y adoptar la postura que muchos católicos o libres pensadores o ateos han enderezado en contra de la Iglesia, juzgándola y criticándola con meras apreciaciones humanas, incluso muchas veces burlándose de Ella, del Santo Padre, de los obispos y de sacerdotes, exhibiendo sus errores humanos y escándalos que lamentablemente no son pocos. No estamos de acuerdo con esta postura de vilipendio en contra de la Iglesia Católica, pues debe quedar claro que la misma es Santa y Divina, que su origen es Sobrenatural y que contra la opinión de muchos, y pésele a quien le pese, la Iglesia vencerá en contra de todos sus enemigos y Cristo nuestro Señor reinará con Ella y en medio de Ella y “las puertas del infierno no prevalecerán en contra de Ella” (Mt. XVI, 18), y su triunfo vendrá irrevocablemente por medio del Corazón Inmaculado de María y de los cientos de miles de apóstoles de estos tiempos que Ella ha venido a formar, y que si bien hoy son ignorados del mundo, y aún ridiculizados y rebajados, serán, por su fe y obras, los guerreros de Cristo que saldrán a iluminar al mundo y aplastar, junto a María, la cabeza de la serpiente.

Ciertamente pues la Iglesia deberá de pasar por una gran prueba y purificación en la que será renovada desde sus mismas entrañas, tal y como está profetizado, para que sea esa “Novia engalanada para sus desposorios con el Cordero” (Apoc. XXI, 9-10). Pero también es una realidad que la Iglesia, particularmente a partir del Concilio Vaticano II, donde se cometieron muchos excesos y malas aplicaciones e interpretaciones de textos de los documentos conciliares, ha tenido una terrible revolución interior que ha afectado a cientos de millones de fieles que pertenecemos a la Iglesia de Cristo. Ya se ha dicho demasiado sobre ello en líneas precedentes. Tal es la crisis que la Iglesia está viviendo que le llevó al mismo Santo Padre Pablo VI ventilar públicamente esta situación, a través de aquellas palabras conocidas por muchos, en el año de 1972, el día 29 de junio en la conmemoración de la festividad de San Pedro y San Pablo: “Parecía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia; pero por el contrario, ha venido un tiempo de tempestad y oscuridad, porque ha intervenido el poder adverso, Satanás.”

Y también el Santo Padre llegó a decir que la Iglesia transitaba por una “agitación prácticamente cismática que la divide, que la subdivide y la despedaza”. Y que “se encontraba en un período de auto demolición” y “que el humo del infierno había penetrado en la Iglesia santa de Dios”.


La Perversión de la Caridad

Pero una de las grandes corrupciones que hoy padece la Iglesia es la falsificación de la caridad. Todos conocemos el lugar que ocupa la caridad en la estructura moral y religiosa de la doctrina y práctica cristianas. Pues bien, fruto del espíritu masónico que impera en grandes sectores de la Iglesia, se adulteró la caridad y penetró la ideología del humanismo y la tolerancia. Existe un pseudo-apostolado que pervierte a los hombres, repitiéndose en la Iglesia aquella misma infidelidad de la que Cristo acusó a los jerarcas de la Sinagoga: “Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorren mar y tierra para hacer un prosélito y cuando llega a serlo, lo hacéis hijo de la condenación al doble que vosotros” (Mt. XXIII, 15); porque así como la verdadera caridad es fuente y centro de las demás virtudes, así la falsa caridad promovida hoy por un falso cristianismo, se convierte en foco y fuente inspiradora de terrorífica corrupción moral en el mundo moderno occidental.

Fijémonos, por ejemplo, que ya casi no se usa en amplísimos sectores de la Iglesia el término caridad. La palabra ha sido sustituida por un término más genérico, y por tanto, equívoco, de “amor”. Porque la caridad designa una forma específica de amor y no cualquiera. La verdadera caridad no es cualquier amor. Es el Amor de Dios participado en nosotros por su gracia, y por el cual entonces sólo somos capaces de amar a Dios por sobre todas las cosas —y, en segundo lugar— al prójimo como a nosotros mismos; y esto último precisamente por amor de Dios. El amor de caridad no es un mero amor humano por legítimo que este sea; es amor divino. No propio de nuestra naturaleza humana, sino amor sobrenatural, recibido de lo alto.

Este amor fue predicado por Jesucristo y nos lo enseñó en el gran principio de la moral evangélica: el amor está por encima de la ley. Por eso Cristo afirmó que la caridad cumple toda la ley y la resume: “No he venido a abolir la ley sino a darle cumplimiento” (Mt. V, 17), y “en este mandamiento —de amor— está contenida toda la ley y los profetas” (Mt. XXII, 40).

Pero del mismo modo Cristo fustigó en contra del legalismo farisaico, contra la mera observancia de la ley; que hacía de ella un impedimento para el amor de Dios, y así la intención de la ley quedaba pervertida. El fariseísmo había pervertido a la ley.

Un magnífico ejemplo de la vivencia de la moral cristiana, es la máxima de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, es decir, ama a Dios sobre todas las cosas y todo lo que tú quieras será del beneplácito de Dios, porque sencillamente tu voluntad será una con Dios.

¿Pero qué fue lo que ocurrió? Lo que pasó fue que el demonio “metió la cola” en este santuario del cristianismo que es la “primacía del amor sobre la ley”. Adulteró el principio máximo. Si en los tiempos de los fariseos había opuesto a la ley contra el amor, ahora era al revés, se trataba de poner al amor contra la ley. ¿Y cómo lo hizo? Predicando que la ley debe ignorarse, y que lo importante es el amor. Ya no importa violar los mandatos… sólo se nos pide… “amar”. El “haz lo que quieras” de San Agustín se convirtió en “haz lo que te guste”, “lo que te venga en gana”, y ello es así porque habitualmente el hombre “ama” o “le gusta” lo que la ley prohíbe. Y así se corrompió la caridad. El mayor corrosivo de toda moral. Con tal de que ames, haz lo que quieras. Es pues la moral del “permisivismo”, de la “tolerancia”. Esta moral del amor es la que impulsa a la esposa a dejar al marido para su propia “autorrealización”. Es este “amor humanista” la herencia deformada de lo que alguna vez fue la moral cristiana, y que ha sido asumida por la Iglesia y predicada como si tal cosa fuera la caridad predicada por Jesucristo.

Es valerse de Cristo para inducir al pecado. Y esto está pasando en una enorme proporción de fieles y pastores de la Iglesia. La jerarquía reformuló el cristianismo bajo un cristianismo light, sin mandamientos y sin la cruz de Cristo. Es común escuchar cómo se ha alejado del cristiano corriente y de una parte de la jerarquía de la Iglesia, el espíritu de compunción, de arrepentimiento, de humillación, de sacrificio, de penitencia, de mortificación de los sentidos, de la carne y de la voluntad, dando paso a una insensibilidad de toda conciencia de pecado. Es la nueva moral que difunde la “nueva Iglesia” y que tomará carta de naturalización con el falso papa (Apoc, XIII, 11-12), que preparará así el camino al Anticristo (Apoc. XIII, 1-10).

Lo oímos a diario en las homilías dominicales: “lo que importa hermanos es el amor”; “ama a tu hermana, a tu hermano, a tus amigos”; “seremos juzgados en el amor”; “cuánto amor tienes a los pobres, a los desamparados, a los que no tienen nada”; “padres, cuidado con el autoritarismo, con el rigorismo en los hijos; no caigan en los escrúpulos”; “Jesús no quiere sacrificios sino amor”, y de ahí pasamos a los múltiples testimonios de confesionario donde los sacerdotes legitiman a muchos divorciados y vueltos a casar a comulgar si sienten amor, o a los jóvenes a justificar sus relaciones con la novia siempre que haya amor. Es el “amor al prójimo” sin el Amor a Dios.

Amor, ¡cuántos crímenes, delitos, aberraciones y pecados se han cometido en su nombre! Es lo que San Juan llama “las profundidades de Satanás” (Apoc. II,24 ).

Hay que entender que el verdadero amor es igual a sacrificio. Presupone la abnegación, el vencimiento y la renuncia al propio yo egoísta que tenemos en nuestro corazón derivado del pecado original. De ahí la necesidad del sacrificio apoyado en la gracia de Dios para ir cumpliendo con lo que exige la verdadera caridad. Por eso, “no hay mayor amor que el que da la vida por los demás” (Jn XV, 13) y el mejor ejemplo lo encontramos en la cruz de Cristo, que dio la vida por nosotros hasta la muerte y muerte de cruz. No obstante, para este mundo light, sin conciencia de pecado ni culpa, esta insistencia anti-legalista en boca de tantos y tantos sacerdotes, contribuye a la eliminación de los últimos restos de la conciencia de culpabilidad que yace moribunda, pero que será tremendamente violentada con el Gran Aviso de Dios.

Como consecuencia de todo esto ha venido un gran caos de confusión doctrinal y moral de muchos pastores y jerarcas de la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo, que en la gravísima responsabilidad de su deber de enseñar a los hombres el camino de la salvación de sus almas, mal formaron e incumplieron con este compromiso y las consecuencias no se han hecho esperar. Por eso no es de extrañar la denuncia que la Santísima Virgen, en muchas de sus apariciones, ha hecho de la mala vida de sacerdotes, obispos y cardenales y todo ello en consonancia al mensaje de la Escritura. Dice Jeremías: “Es que han sido torpes los pastores y no han buscado a Yahvé; no obraron cuerdamente y toda su grey fue dispersada. ¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse a las ovejas de mis pastos… vosotros habéis dispersado las ovejas mías, las empujasteis y no las atendisteis…”(X, 21).

Todo esto trajo, como ya hemos señalado, efectos gravísimos en las almas que hacen hoy urgente la actuación del Cielo para intervenir dramáticamente en la historia de la humanidad.

Por tanto, hoy no es ya sorprendente que cada obispo, cada párroco, cada orden, congregación o instituto religioso o de enseñanza católica, obre, piense, predique y eduque como le da la gana, sin que le importe vulnerar la fe y los dogmas, la moral y la liturgia y mucho menos la doctrina de la Iglesia y el Derecho Canónico. Así, es natural que muchos obispos ya no obedezcan las instrucciones del Papa. Muchas monjas feministas apoyan al aborto, los anticonceptivos, el lesbianismo y otras doctrinas contrarias a la enseñanza moral católica. Que muchos sacerdotes no crean en la verdadera presencia de la Eucaristía, y que los seglares no crean en el pecado mortal, ni en el sacramento de la penitencia, ni en el mal del aborto, ni en la homosexualidad como desviación, ni ven un mal en el divorcio, ni en el consumo de droga, ni en el sexo antes del matrimonio, ni tampoco creen en el diablo, ni menos en el infierno, ni tampoco le dan ninguna autoridad al magisterio de la Iglesia Católica.

Por todo esto que hemos dicho, es urgente que Dios intervenga a través de este Aviso en este Final de los Tiempos, y así entonces la Iglesia también será sacudida desde sus mismos cimientos y recibirá una violenta iluminación que la hará entender el camino por el que debe transitar para la santidad de sus miembros y para la santidad de toda la Iglesia Universal.


Frutos

Como consecuencia de todo, el Aviso será una gran prueba divina de primera magnitud, que pondrá al hombre en una disyuntiva clara de seguir o de rechazar a Dios. El conocimiento adquirido de nuestra alma, y de nuestra situación frente al destino trascendente, hará que cada uno tome sus propias decisiones radicales. La indiferencia no cabrá, al menos como reacción natural e inmediata al Aviso, ya que la interpelación habrá sido la más profunda y fulminante de nuestra vida, totalmente personal y dirigida a lo más íntimo de nuestro ser. Algo semejante ocurrió en el cielo con los ángeles. La prueba que Dios les puso a ellos dividió las respuestas y como consecuencia originó la gran batalla. En la tierra, aunque los hombres no tenemos una voluntad similar a la de los ángeles, una prueba tan evidente va a producir una radicalización entre el bien y el mal y una lucha mucho más intensa entre los seguidores de ambas posturas. Se verá más claramente la división de los hijos de la Mujer y los hijos de Satanás; de la estirpe de la Mujer y de la estirpe del Demonio; de la Mujer vestida del sol y de la Gran Ramera que se ha prostituido con los reyes de la tierra.


Camino a Damasco

En conclusión, el Aviso será como la conversión del apóstol San Pablo que fue atravesado por la misma Luz de Dios en su camino a Damasco, cuando iba a perseguir a los nuevos conversos al cristianismo. La deslumbrante Luz de Cristo resucitado lo condenó de su pecado. Saulo hizo caso a la advertencia de Jesús, se arrepintió y se convirtió en un fiel seguidor del Señor. Saulo, el que un día asesinó a pedradas al primer mártir cristiano, San Esteban, se convirtió en San Pablo, el Grande, después de la Iluminación de su Alma. Así, cada uno de nosotros debemos seguir nuestro propio camino a Damasco. Nunca como antes en la historia tendremos a nuestra mano una sólida razón y motivación para nuestra conversión y la fortaleza para cumplirla. La “determinada determinación” de la que hablaba Santa Teresa de Jesús.

Que cada uno pues tome su propia decisión y se atenga a las consecuencias.

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Fuente:
http://www.apocalipsismariano.com/index.php/articulos/profecia/503-la-iluminacion-de-las-conciencias 

Escritos de Luis Eduardo López Padilla publicados en este blog:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/luis-eduardo-lopez-padilla/

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