“El sol corría para dar sus primeros besos de luz al Niñito Jesús y calentarlo con su calor; el viento imperante con sus oleadas, purificaba el aire de aquel establo…”

Tomado del Libro: La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Volntad
Por: Luisa Picarreta

La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad

20° Día
La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad.

El pequeño Rey Jesús ha nacido.
Los Ángeles lo señalan y llaman a los pastores a adorarlo.
Cielos y Tierra se regocijan y el Sol del Verbo Eterno,
haciendo su curso aclara la noche del pecado,
y da principio al pleno día de la Gracia.
Estancia en Belén.


El alma a su Mamá celestial:

Hoy, Mamá santa, siento un arrebato de amor y que no puedo estar si no vengo a Tus rodillas maternas para encontrar en Tus brazos al celestial Niñito. Su belleza me rapta, Sus miradas me hieren, Sus labios en actitud de gemir y dar en llanto me arrebatan el corazón a amarlo. Mamá mía queridísima, yo sé que Tú me amas, y por eso Te ruego que me des un lugarcito en Tus brazos para que le dé mi primer beso, vuelque mi corazón en el pequeño Rey Jesús, le confíe mis secretos que tanto me oprimen, y le diré para hacerlo sonreír: “Mi voluntad es Tuya, y la Tuya es mía, y por eso forma en mí el reino de Tu Fiat Divino.”


Lección la Reina del Cielo a Su hija:

Hija Mía queridísima, ¡oh! cómo te suspiro en Mis brazos para tener el gran contento de poder decir a nuestro pequeño Rey Niñito: “No llores, cariño Mío, mira, aquí con nosotros está Mi pequeña hija que quiere reconocerte por Rey y darte el dominio en su alma, para hacerte extender el reino de Tu Divina Voluntad en ella.”

Ahora, hija de Mi Corazón, mientras estás atenta en mirar al Niñito Jesús, préstame atención y escúchame, tú debes saber que era media noche cuando el pequeño Rey salió de Mi seno materno, pero la noche se cambió en día; Aquél que era Dueño de la luz ponía en fuga la noche de la voluntad humana, la noche del pecado, la noche de todos los males; y por señal de lo que hacía en el orden de las almas con Su acostumbrado Fiat omnipotente, la media noche se cambió en día fulgidísimo; todas las cosas creadas corrían para alabar en aquella pequeña Humanidad a su Creador. El sol corría para dar sus primeros besos de luz al Niñito Jesús y calentarlo con su calor; el viento imperante con sus oleadas, purificaba el aire de aquel establo y con su dulce gemido le decía Te amo; los cielos se sacudían desde sus cimientos; la tierra exultaba y temblaba, hasta en el abismo; el mar se agitaba con sus olas altísimas; en suma, todas las cosas creadas reconocieron que su Creador ya estaba en medio de ellas, y todas hacían competencia para alabarlo, los mismos Ángeles, formando luz en el aire, con voz melodiosa, de poderse escuchar por todos, decían: “Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, ya ha nacido el celestial Niñito en la gruta de Belén, envuelto en pobres pañales.” Tanto, que los pastores que estaban en vigilia escucharon las voces angélicas y corrieron a visitar al pequeño Rey divino.

Por eso, hija querida, continúa escuchándome. En cuanto Yo Lo recibí en Mis brazos y le di Mi primer beso, sentí la necesidad de amor de dar de lo Mío a Mi Hijo Niñito, y ofreciéndole Mi seno le di leche abundante, leche formada por el mismo Fiat Divino en Mi persona para alimentar al pequeño Rey Jesús. Pero ¿quién puede decirte lo que Yo sentía al hacer esto? ¿Y los mares de gracia, de amor, de santidad, que para corresponderme Me daba Mi Hijo? Por eso lo envolví en pobres pero limpios pañales y lo acosté en el pesebre, ésta era Su Voluntad, y Yo no podía hacer otra cosa que seguirla. Pero antes de hacer esto hice partícipe al querido san José poniéndolo en sus brazos; y ¡oh!, cómo gozó, se lo estrechó al corazón, y el dulce Niñito derramó en su alma torrentes de gracia. Después, junto con San José pusimos un poco de heno en el pesebre, y separándolo de Mis brazos maternos lo acosté dentro. Y tu Mamá, raptada por la belleza del Infante Divino, Me estaba la mayor parte inclinada ante Él; ponía en movimiento todos Mis mares de amor, que el Querer Divino había formado en Mí, para amarlo, adorarlo y agradecerle. Y el celestial Niñito, ¿qué hacía en el pesebre? Un acto continuado de la Voluntad de nuestro Padre celestial, que era también Suya, y emitiendo gemidos y suspiros, gemía, lloraba y llamaba a todos diciendo en Sus gemidos amorosos:

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“Vengan todos Mis hijos, por amor tuyo he nacido al dolor, a las lágrimas, vengan todos a conocer el exceso de mi amor, denme un refugio en sus corazones.”

Y hubo un ir y venir de pastores que vinieron a visitarlo, y a todos daba Su dulce mirada y Su sonrisa de amor en Sus mismas Lágrimas.

Ahora, hija Mía, una palabrita a ti, tú debes saber que toda Mi alegría era tener en Mi regazo a Mi querido Hijo Jesús, pero el Querer Divino Me hizo entender que lo pusiera en el pesebre a disposición de todos, a fin de que quien lo quisiera pudiera acariciarlo, besarlo y tomarlo entre sus brazos como si fuera suyo; era el pequeño Rey de todos, por lo tanto tenían el derecho de hacer de Él una dulce prenda de amor, y Yo para cumplir el Querer Supremo Me privé de Mis alegrías inocentes, y comencé con las obras y los sacrificios el oficio de Madre, de dar a Jesús a todos.

Hija Mía, la Divina Voluntad es exigente, quiere todo, incluso el sacrificio de las cosas más santas, y de acuerdo a las circunstancias, el gran sacrificio de privarse del mismo Jesús, pero esto para extender mayormente Su Reino y para multiplicar la Vida del mismo Jesús, porque cuando la criatura por amor Suyo se priva de Él, es tal y tanto el heroísmo y el sacrificio, que tiene virtud de producir una Vida nueva de Jesús, para poder formar otra habitación a Jesús. Por eso, querida hija, sé atenta y no niegues jamás nada a la Divina Voluntad bajo cualquier pretexto.


El alma:

Mamá santa, Tus bellas lecciones me confunden, si quieres que las ponga en práctica no me dejes sola, para que cuando me vea sucumbir bajo el peso enorme de las privaciones divinas, me estreches a Tu materno Corazón, y yo sentiré la fuerza de no negar jamás nada a la Divina Voluntad.

Florecita:

Hoy para honrarme vendrás tres veces a visitar al Niñito Jesús, besándole Sus pequeñas manitas, y le dirás cinco actos de amor para honrar Sus Lágrimas y para quitarle el llanto.

Jaculatoria:

Mamás santa, vierte las Lágrimas de Jesús en mi corazón, a fin de que disponga en mí el triunfo de la Voluntad de Dios.

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Fuente:
http://divinavoluntad.info/resto.htm

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