Novena del Aguinaldo (Colombia), del 16 al 24 de Diciembre

ADVERTENCIA

No se ha pretendido hacer una nueva Novena de Aguinaldo, sino únicamente reformar la antigua en lo que tenía de defectuoso, sin despojarla de la fragancia especial de devoción que la ha hecho siempre tan popular. La tarea del corrector ha sido, pues, muy sencilla, consistiendo ésta en un sustituir las antiguas consideraciones para cada día: dos, sacadas del libro del Padre Grou (Interior de Jesús y de María), y siete, sacadas del libro del Padre Faber (Belén o el Misterio de la Santa Infancia); alargar un tanto los versos, y agregar el bellísimo Acordaos, traducido del francés. Las demás oraciones se han dejado como estaban, con levísimas modificaciones.

†  TIBERIO,
Obispo de Manizales.

La Señal de la Cruz

 Por la Señal de la Santa Cruz,
 de nuestros enemigos,
 líbranos, Señor, Dios nuestro.

 En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.


Oración para todos los días

Benignísimo Dios de infinita Caridad, que tanto amaste a los hombres que les diste en Tu Hijo la mejor prenda de Tu Amor, para que, hecho Hombre en las entrañas de una Virgen, naciese en un Pesebre para nuestra salud y remedio; yo, en nombre de todos los mortales, Te doy infinitas gracias por tan soberano beneficio.

En retorno de él Te ofrezco la pobreza, humildad y demás virtudes de Tu Hijo humanado, suplicándote por Sus Divinos Méritos, por las tiernas Lágrimas que derramó en el Pesebre, que dispongas nuestros corazones con humildad profunda, con amor encendido, con total desprecio de todo lo terreno, para que Jesús recién nacido tenga en ellos Su Cuna y more eternamente. Amén.

(Se reza tres veces el Gloria Patri).


Día Primero
(Dicha la Oración inicial para Todos los Días, se considera el Día 1)

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Consideración para el Día primero

En el principio de los tiempos el Verbo reposaba en el Seno de Su Padre en lo más alto de los Cielos; allí era la causa, a la par que el modelo de toda la creación. En esas profundidades de una incalculable eternidad permanecía el Niño de Belén, antes de que se dignara bajar a la Tierra y tomara visiblemente posesión de la gruta de Belén. Allí es donde debemos buscar Sus principios que jamás han comenzando; de allí debemos datar la genealogía del Eterno, que no tiene antepasados y contemplar la vida de complacencia infinita que allí llevaba.

La vida del Verbo Eterno en el Seno de Su Padre era una vida maravillosa; y sin embargo, ¡misterio sublime!, busca otra morada, una mansión creada. No era porque en Su mansión eterna faltase algo a Su infinita Felicidad, sino porque Su Misericordia infinita anhelaba la redención y la salvación del género humano, que sin Él no podría verificarse. El pecado de Adán había ofendido a Dios y esa ofensa infinita no podía ser condonada sino por los Méritos del mismo Dios. La raza de Adán había desobedecido y merecido un castigo eterno; era pues necesario para salvarla y satisfacer su culpa, que Dios, sin dejar el Cielo, tomase la forma del hombre sobre la Tierra y con la obediencia a los Designios de Su Padre expiase aquella desobediencia, ingratitud y rebeldía. Era necesario, en las miras de Su Amor, que tomase la forma, las debilidades e ignorancias inconscientes de la infancia para expiar las debilidades e ignorancias sistemáticas del hombre; que creciese, para darle crecimiento espiritual; que sufriese, para enseñarle a morir a sus pasiones y a su orgullo. Y por eso, el Verbo Eterno, ardiendo en deseos de salvar al hombre, resolvió hacerse Hombre también y así redimir al culpable.


Oración a la Santísima Virgen

QUE SE DIRÁ TODOS LOS DÍAS

Soberana María, que por Tus grandes virtudes y especialmente por Tu humildad, mereciste que todo un Dios Te escogiese por Madre Suya: Te suplico, que Tú misma prepares y dispongas mi alma y la de todos los que en este tiempo hiciesen esta Novena, para el Nacimiento espiritual de Tu adorado Hijo.

¡Oh, dulcísima Madre!, comunícame algo del profundo recogimiento y divina ternura con que lo aguardaste Tú, para que nos hagas menos indignos de verle, amarle y adorarle por toda la eternidad. Amén.

(Nueve veces el Avemaría). 


Oración a San José

¡Oh, santísimo José, Esposo de María y Padre putativo de Jesús! Infinitas gracias doy a Dios porque Te escogió para tan altos Misterios y Te adornó con todos los dones proporcionados a tan excelente grandeza: Te ruego, por el amor que tuviste al Divino Niño, me abrases en fervorosos deseos de verle y recibirle sacramentalmente, mientras en Su Divina Esencia Le veo y Le gozo en el Cielo. Amén.

(Padrenuestro, Avemaría y Gloria).


ASPIRACIÓN PARA LA VENIDA DEL NIÑO DIOS

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Dulce Jesús mío,
mi Niño adorado:
¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

¡Oh, Sapiencia suma
del Dios Soberano,
que a infantil alcance
Te rebajas sacro!
¡Oh, Divino Niño,
ven para enseñarnos
la prudencia que hace
verdaderos sabios!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

¡Oh, Adonai potente,
que a Moisés hablando,
de Israel al pueblo
disteis los Mandatos!
¡Ah, ven prontamente
para rescatarnos,
y que un Niño débil
muestre fuerte Brazo!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

¡Oh, Raíz sagrada
de Jesé, que en lo alto
presentas al orbe
Tu fragante Nardo!
Dulcísimo Niño
que has sido llamado
Lirio de los valles,
bella Flor del campo.

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

¡Llave de David
que abre al desterrado
las cerradas puertas
de regio Palacio!
¡Sácanos, oh Niño,
con Tu blanda Mano,
de la cárcel triste
que labró el pecado!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

¡Oh, Lumbre de Oriente,
Sol de eternos rayos,
que entre las tinieblas
Tu esplendor veamos!
Niño tan precioso,
dicha del cristiano,
luzca la sonrisa
de Tus dulces labios.

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

¡Espejo sin mancha,
Santo de los santos,
sin igual Imagen
del Dios soberano!
¡Borra nuestras culpas,
salva al desterrado
y en forma de Niño,
da al mísero amparo!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

¡Rey de las naciones,
Emmanuel preclaro,
de Israel, anhelo
Pastor del rebaño!
¡Niño que apacientas
con suave cayado
ya la oveja arisca,
ya el cordero manso!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

¡Ábranse los cielos
y llueva de lo Alto
bienhechor Rocío
como riego santo!
¡Ven, hermoso Niño;
ven, Dios humanado!
¡Luce, hermosa Estrella!
¡Brota, Flor del campo!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

¡Ven, que ya María
previene Sus brazos,
do Su Niño vean,
en tiempo cercano!
¡Ven, que ya José,
con anhelo sacro,
se dispone a hacerse
de Tu Amor, sagrario!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

¡Del débil, Auxilio;
del doliente, Amparo,
Consuelo del triste,
Luz del desterrado!
¡Vida de mi vida,
mi Dueño adorado,
mi constante Amigo,
mi divino Hermano!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

¡Véante mis ojos,
de Ti enamorado!
¡Bese ya Tus plantas!
¡Bese ya Tus manos!
¡Prosternado en tierra,
Te tiendo los brazos,
y aún más que mis frases,
Te dice mi llanto!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

Ven, Salvador nuestro,
por quien suspiramos.
¡Ven a nuestras almas!
¡Ven, no tardes tanto!

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Oración al Niño Jesús

PARA TODOS LOS DÍAS

Acuérdate, ¡oh, dulcísimo Niño Jesús!, que dijiste a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento, y en persona suya a todos Tus devotos, estas palabras tan consoladoras para nuestra pobre humanidad agobiada y doliente: “Todo lo que quieras pedir, pídelo por los Méritos de Mi Infancia, y nada te será negado.”

Llenos de confianza en Ti, ¡oh, Jesús!, que Eres la misma Verdad, venimos a exponerte toda nuestra miseria. Ayúdanos a llevar una vida santa, para conseguir una eternidad bienaventurada. Concédenos, por los Méritos infinitos de Tu Encarnación y de Tu Infancia, la gracia… de la cual necesitamos tanto.

Nos entregamos a Ti, ¡oh, Niño Omnipotente!, seguros de que no quedará frustrada nuestra esperanza, y de que, en virtud de Tu Divina Promesa, acogerás y despacharás favorablemente nuestra súplica. Amén.


Día Segundo
(Dicha la Oración inicial para Todos los Días, se considera el Día 2)

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Consideración para el Día segundo

El Verbo Eterno se halla a punto de tomar Su naturaleza creada, en la santa Casa de Nazaret, en donde moraban María y José. Cuando la Sombra del Decreto Divino vino a deslizarse sobre Ella, María estaba sola y engolfada en la oración. Pasaba las silenciosas horas de la noche en la unión más estrecha con Dios; y mientras oraba, el Verbo tomó posesión de Su morada creada. Sin embargo, no llegó inopinadamente: antes de presentarse envió un mensajero, que fue el Arcángel San Gabriel para pedir a María, de parte de Dios, Su consentimiento para la Encarnación. El Creador no quiso efectuar ese gran Misterio sin la aquiescencia de Su criatura.

Aquel momento fue muy solemne; era potestativo en María el rehusar… ¡Con qué adorables delicias, con qué inefable complacencia aguardaría la Santísima Trinidad a que María abriese los labios y pronunciase el fiat que debió ser suave melodía para Sus oídos, y con el cual se conformaba Su profunda humildad a la omnipotente Voluntad Divina.

La Virgen Inmaculada ha dado Su asentimiento. El Arcángel ha desaparecidos. Dios se ha vestido de una naturaleza creada; la Voluntad Eterna está cumplida, y la creación completa. En las regiones del mundo angélico estallaba un júbilo inmenso, pero la Virgen María ni le oía, ni hubiera prestado atención a él. Tenía inclinada la cabeza y Su Alma estaba sumida en un silencio que se asemejaba al de Dios. El Verbo se había hecho carne, y aunque todavía invisible para el mundo, habitaba ya entre los hombres que Su inmenso Amor había venido a rescatar. No era ya sólo el Verbo Eterno: era el Niño Jesús, revestido de la apariencia humana, y justificando ya el elogio que de Él han hecho todas las generaciones al llamarle el más hermoso de los hijos de los hombres.

(Todo lo demás se hará como el Día Primero).


Día Tercero
(Dicha la Oración inicial para Todos los Días, se considera el Día 3)

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Consideración para el Día tercero

Así había comenzado Su vida encarnada el Niño Jesús. Consideremos hoy el Alma Gloriosa y el Santo Cuerpo que había tomado, adorándolos profundamente.

Admirando en primer lugar el Alma de ese Divino Niño, consideremos en ella la plenitud de Su Gracia santificadora; la de Su Ciencia beatífica por la cual desde el primer momento de Su vida vio la Divina Esencia más claramente que todos los ángeles y leyó lo pasado y lo porvenir con todos sus arcanos y conocimientos. No supo nunca por adquisición voluntaria nada que no supiese por infusión desde el primer momento de Su Ser: pero Él adoptó todas las enfermedades de nuestra naturaleza a que dignamente podía someterse, aun cuando no fuesen necesarias para la grande obra que debía cumplir. Pidámosle que Sus Divinas Facultades suplan la debilidad de las nuestras y les dé nueva energía; que Su Memoria nos enseñe a recordar Sus beneficios; Su Entendimiento, a pensar en Él; Su Voluntad, a no hacer sino lo que Él quiere y en servicio Suyo.

Del Alma del Niño Jesús pasemos ahora a Su Cuerpo, que era un mundo de maravillas, una obra maestra de la mano de Dios. No era, como el nuestro, una traba para Su Alma: era, por el contrario, un nuevo elemento de santidad. Quiso que fuese pequeño y débil como el de todos los niños, y sujeto a todas las incomodidades de la infancia, para asemejarse más a nosotros y participar de nuestras humillaciones. El Espíritu Santo formó ese cuerpecillo divino con tal delicadeza y tal capacidad de sentir que pudiese sufrir hasta el exceso, para cumplir la grande obra de nuestra Redención. La belleza de ese Cuerpo del Divino Niño fue superior a cuanto se ha imaginado jamás; y la Divina Sangre que por Sus venas empezó a circular desde el momento de Su Encarnación es la que lava todas las manchas del mundo culpable. Pidámosle que lave las nuestras en el Sacramento de la Penitencia, para que el día de Su dichosa Navidad nos encuentre purificados, perdonados y dispuestos a recibirle con amor y provecho espiritual.

(Todo lo demás se hará como el Día Primero).


Día Cuarto
(Dicha la Oración inicial para Todos los Días, se considera el Día 4)

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Consideración para el Día cuarto

Desde el seno de Su Madre comenzó el Niño Jesús a poner en práctica Su entera sumisión a Dios, que continuó sin la menor interrupción durante toda Su vida. Adoraba a Su Eterno Padre, Le amaba, se sometía a Su Voluntad, aceptaba con resignación el estado en que se hallaba, conociendo toda Su debilidad, toda Su humillación, todas Sus incomodidades. ¿Quién de nosotros quisiera retroceder a un estado semejante con el pleno goce de la razón y de la reflexión? ¿Quién pudiera sostener a sabiendas su martirio tan prolongado, tan penoso, de todas maneras? Por ahí entró el Divino Niño en Su dolorosa y humilde carrera; así empezó a anonadarse delante de Su Padre, a enseñarnos lo que Dios merece por parte de Su criatura: a expiar nuestro orgullo, origen de todos nuestros pecados, y hacemos sentir toda la criminalidad y desorden de este orgullo.

¿Deseamos hacer una verdadera oración? Empecemos por formarnos de ella una exacta idea, contemplando al Niño Jesús en el seno de Su Madre. El Divino Niño ora, y ora del modo más excelente. No habla, no medita, ni se deshace en tiernos afectos. Su mismo estado, aceptado con la intención de honrar a Dios, es Su oración, y ese estado expresa altamente todo lo que Dios merece, y de qué modo quiere ser adorado de nosotros.

Unámonos a las adoraciones del Niño Dios en el seno de María; unámonos a Su profundo abatimiento, y sea éste el primer efecto de nuestro sacrificio a Dios. Démonos a Dios, no para ser algo, como lo pretende continuamente nuestra vanidad, sino para no ser nada; para quedar enteramente consumidos y anonadados; para renunciar a la estimación de nosotros mismos, a todo cuidado de nuestra grandeza, aunque sea espiritual; a toda mira interesada, a todo movimiento de vanagloria. Desaparezcamos a nuestros propios ojos, y que Dios solo sea todo para nosotros.

(Todo lo demás se hará como el Día Primero).


Día Quinto
(Dicha la Oración inicial para Todos los Días, se considera el Día 5)

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Consideración para el Día quinto

Ya hemos visto la vida que llevaba el Niño Jesús en el seno de Su Purísima Madre: veamos hoy la vida que llevaba también María durante el mismo espacio de tiempo. Necesidad hay de que nos detengamos en Ella si queremos comprender, en cuanto es posible a nuestra limitada capacidad, los sublimes Misterios de la Encarnación y el modo como hemos de corresponder a ellos.

María no cesaba de aspirar al momento en que gozaría de esa visión beatífica terrestre: la del Dios Encarnado. Estaba a punto de ver aquella Faz humana que debía iluminar el Cielo durante toda la eternidad. Iba a leer el amor filial en aquellos mismos Ojos cuyos rayos deberían esparcir para siempre la felicidad en millones de los elegidos. Iba a ver aquel Rostro todos los días, a todas horas, a cada instante, durante muchos años. Iba a verle, en la ignorancia aparente de la infancia, los encantos particulares de la juventud y la serenidad reflexiva de la edad madura… Haría todo lo que quisiese de aquella Faz Divina; podría estrecharla contra la Suya con toda la libertad del amor materno; cubrir de besos los labios que deberían pronunciar la sentencia de todos los hombres; contemplarla a su gusto durante Su sueño o despierto, hasta que la hubiese aprendido de memoria… ¡Cuán ardientemente deseaba ese día!

Tal era la vida de expectativa de María… era inaudita en sí misma, mas no por eso deja de ser el tipo magnífico de toda vida cristiana. No nos contentemos con admirar a Jesús residiendo en María, sino pensemos que en nosotros también reside por esencia, potencia y presencia.

Sí, Jesús nace continuamente en nosotros y de nosotros, por las buenas obras que nos hace capaces de cumplir, y por nuestra cooperación a la Gracia; por manera del alma del que se halla en gracia es un seno perpetuo de María, un Belén interior sin fin. Después de la comunión Jesús habita en nosotros, durante algunos instantes, real y sustancialmente como Dios o como Hombre, porque el mismo Niño que estaba en María está también en el Santísimo Sacramento. ¿Qué es todo eso sino una participación de la vida de María durante esos maravillosos meses, y una expectativa tan llena de delicias como la Suya?

(Todo lo demás se hará como el Día Primero).


Día Sexto
(Dicha la Oración inicial para Todos los Días, se considera el Día 6)

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Consideración para el Día sexto

Jesús había sido concebido en Nazaret, domicilio de José y de María, y allí era de creerse que había de nacer, según todas las probabilidades. Mas Dios lo tenía dispuesto de otra manera, y los profetas habían anunciado que el Mesías nacería en Belén de Judá, ciudad de David. Para que se cumpliese esa predicción, Dios se sirvió de un medio que no parecía tener ninguna relación con este objeto, a saber: la orden dada por el Emperador Augusto, de que todos los súbditos del Imperio Romano se empadronasen en el lugar de donde eran originarios. María y José, como descendientes que eran de David, no estaban dispensados de ir a Belén, y ni la situación de la Virgen Santísima, ni la necesidad en que estaba José del trabajo diario que le aseguraba la subsistencia, pudo eximirles de este largo y penoso viaje en la estación más rigurosa e incómoda del año.

No ignoraba Jesús en qué lugar debía nacer, y así, inspira a Sus padres que se entreguen a la Providencia, y que de esta manera concurran inconscientemente a la ejecución de Sus Designios.

Almas interiores: observen este manejo del Divino Niño, porque es el más importante de la vida espiritual: aprendan que, el que se ha entregado a Dios ya no ha de pertenecerse a sí mismo, ni ha de querer a cada instante sino lo que Dios quiera para él, siguiéndole ciegamente aun en cosas exteriores, tales como el cambio de lugar donde quiera que le plazca conducirle. Ocasión tendrán de observar esta dependencia y esta felicidad inviolable en toda la vida de Jesucristo, y éste es el punto sobre el cual se han esmerado en imitarle los Santos y las almas verdaderamente interiores, renunciando absolutamente a su propia voluntad.

(Todo lo demás se hará como el Día Primero).


Día Séptimo
(Dicha la Oración inicial para Todos los Días, se considera el Día 7)

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Consideración para el Día séptimo

Representémonos el viaje de María y José hacia Belén, llevando consigo, aún no nacido, al Creador del universo hecho Hombre. Contemplemos la humildad y la obediencia de este Divino Niño, que, aunque de raza judía y habiendo amado durante siglos a Su pueblo con una predilección inexplicable, obedece así a un príncipe extranjero que forma el censo de población de Su Provincia, como si hubiese para Él en esa circunstancia algo que Le halagase, y quisiese apresurarse a aprovechar la ocasión de hacerse empadronar oficial y auténticamente como súbdito en el momento en el que venía al mundo. ¿No es extraño que la humillación, que causa tan invencible repugnancia a la criatura, parezca ser la única cosa creada que tenga atractivos para el Creador? ¿No nos enseñará la humildad de Jesús a amar esa hermosa virtud?

¡Ah!… ¡Qué llegue el momento en que aparezca el Deseado de las Naciones, porque todo clama por este feliz acontecimiento! El mundo, sumido en la oscuridad y el malestar, buscando y no encontrando el alivio de sus males, suspira por su Libertador. El anhelo de José, la expectativa de María, son cosa que no puede expresar el lenguaje humano. El Padre Eterno se halla, si nos es lícito emplear esta expresión, adorablemente impaciente por dar Su Hijo Único al mundo, y verle ocupar Su puesto entre las criaturas visibles. El Espíritu Santo arde en deseos de presentar a la luz del día esta Santa Humanidad, tan bella, que Él mismo ha formado con tan especial y divino esmero.

En cuanto al Divino Niño, objeto de tantos anhelos, recordemos que hacia nosotros avanza lo mimo que hacia Belén. Apresuremos con nuestros deseos el momento de Su llegada; purifiquemos nuestras almas para que sean Su mansión terrenal. Que nuestros actos de mortificación y desprendimiento “preparen los caminos del Señor y hagan rectos Sus senderos”.

(Todo lo demás se hará como el Día Primero).


Día Octavo
(Dicha la Oración inicial para Todos los Días, se considera el Día 8)

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Consideración para el Día octavo

Llegan a Belén José y María, buscando hospedaje en los mesones; pero no lo encuentran ya por hallarse todo ocupado, ya porque se les desechase por causa de Su pobreza. Empero, nada puede turbar la paz interior de los que están fijos en Dios. Si José experimentaba tristeza cuando era rechazado de casa en casa, porque pensaba en María y en el Niño, se sonreía también con santa tranquilidad cuando fijaba sus miradas en su casta Esposa. El Niño, aún no nacido, se regocijaba de aquellas negativas que eran el preludio de Sus humillaciones venideras. Cada voz áspera, el ruido de cada puerta que se cerraba ante ellos, era una dulce melodía para Sus Oídos. Eso era lo que había venido a buscar. El deseo de esas humillaciones era lo que había contribuido a hacerle tomar la forma humana.

¡Oh, Divino Niño de Belén! Estos días que tantos han pasado en fiestas y diversiones o descansando muellemente en cómodas y ricas mansiones, han sido para Tus Padres un día de fatiga y vejaciones de toda clase. ¡Ay!, el espíritu de Belén es el de un mundo que ha olvidado a Dios… ¡Cuántas veces no ha sido también el nuestro! ¿No cerramos continuamente con ruda ignorancia la puerta a los llamamientos de Dios, que nos solicita a convertirnos, a santificarnos o a conformarnos con Su Voluntad? ¿No hacemos mal uso de nuestras penas, desconociendo su carácter celestial, aunque cada una a su modo le lleva grabados en sí? Dios viene a nosotros muchas veces en la vida, pero no conocemos Su Faz. No Le reconocemos hasta que nos vuelve la espalda y se aleja después de nuestra negativa.

Se pone el sol del 24 de Diciembre detrás de los tejados de Belén; y sus últimos rayos doran las cimas de las rocas escarpadas que le rodean. Hombres groseros codean rudamente al Señor en las calles de aquella aldea oriental, y cierran sus puertas al ver a Su Madre. La bóveda de los cielos aparece purpurina por encima de aquellas colinas frecuentadas por los pastores. Las estrellas van apareciendo una tras otra. Algunas horas más, y aparecerá el Verbo Eterno.

(Todo lo demás se hará como el Día Primero).


Día Noveno
(Dicha la Oración inicial para Todos los Días, se considera el Día 9)

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Consideración para el Día noveno

La noche ha cerrado del todo en las campiñas de Belén. Desechados por los hombres, y viéndose sin abrigo, María y José han salido de la inhospitalaria población y se han refugiado en una gruta que se encontraba al pie de la colina. Seguía a la Reina de los Ángeles el jumento que le había servido de humilde cabalgadura durante el viaje, y en aquella cueva hallaron un manso buey, dejado allí probablemente por alguno de los caminantes que habían ido a buscar hospedaje en la cuidad.

El Divino Niño, desconocido por Sus criaturas racionales, va a tener que acudir a las irracionales para que calienten con su tibio aliento la atmósfera helada de esa noche de invierno, y le manifiesten con esto y con su humilde actitud el respeto y la adoración que Le había negado Belén. La rojiza linterna que José tiene en la mano ilumina tenuemente ese pobrísimo recinto: ese Pesebre lleno de paja que es figura profética de las maravillas del Altar, y de la íntima y prodigiosa unión eucarística que Jesús ha de contraer con los hombres. María está en oración en medio de la gruta, y así van pasando silenciosamente las inmortales horas de esa Noche llena de Misterios.

¡Pero ha llegado la medianoche, y de repente vemos dentro de ese Pesebre, poco antes vacío, al Divino Niño esperado, vaticinado, deseado durante cuatro mil años con tan inefables anhelos! A Sus pies se postra Su Santísima Madre, en los transportes de una adoración de la cual nada puede dar idea. José también se Le acerca y Le rinde el homenaje con que inaugura Su misterioso e imponderable oficio de Padre putativo del Redentor de los hombres. La multitud de Ángeles que descienden del Cielo a contemplar esa maravilla sin par, dejan estallar su alegría y hacen vibrar en los aires las armonías de ese Gloria in Excelsis, que es el eco de la adoración que se produce en torno del Altísimo, hecha perceptible por un instante a los oídos de la pobre Tierra. Convocados por ellos, vienen en tropel los pastores de la comarca a adorar al Recién Nacido y presentarle sus humildes ofrendas. Ya brilla en Oriente la misteriosa Estrella de Jacob, y ya se pone en marcha hacia Belén la caravana espléndida de los Reyes Magos, que dentro de pocos días vendrán a depositar a los pies del Divino Niño el oro, el incienso, y la mirra, que son símbolos de la caridad, de la oración y de la mortificación.

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¡Oh, adorable Niño! Nosotros también, los que hemos hecho esta Novena para prepararnos al Día de Tu Navidad, queremos ofrecerte nuestra pobre adoración: ¡no la rechaces! Ven a nuestras almas, ven a nuestros corazones llenos de amor. Enciende en ellos la Devoción a Tu Santa Infancia, no intermitente y sólo circunscrita al tiempo de Tu Navidad, sino siempre y en todos tiempos; devoción que fielmente practicada y celosamente propagada, nos conduzca a la vida eterna, librándonos del pecado y sembrando en nosotros todas las virtudes cristianas.

(Todo lo demás se hará como el Día Primero).

________________________
Fuente:
http://www.banrepcultural.org/sites/default/files/novena-del-aguinaldo_0.pdf

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