2 de Octubre: La Fiesta de los Santos Ángeles de Guarda

Tomado del Año Cristiano o Ejercicios Devotos para Todos los Días del Año. Madrid, 1782. Octubre. Día 2. Página 14.

LA FIESTA DE LOS SANTOS ÁNGELES
DE GUARDA.

No parece hay fiesta alguna que más interese a cada uno de los Fieles en particular, que la fiesta del Santo Ángel de la Guarda. La santidad de la persona, su excelencia, su valimiento con Dios, y su ministerio; los importantes servicios que nos hace, los que nos ha hecho, los que nos puede hacer: en una palabra, la justicia, la obligación, el interés, la Religión, el agradecimiento, todo (dice San Bernardo) exige de todos los Fieles un tributo anual de homenaje, de alabanzas, y de solemnidad. Éste es el objeto que tuvo presente la Iglesia, gobernada siempre por el Espíritu Santo, y siempre atenta al bien espiritual de sus hijos, en la institución de esta festividad. La celebraba ya muchos siglos ha con grande devoción la Santa Iglesia de Toledo; y es verisímil que de ella la recibió la Iglesia de Rhodes (Francia) en Roverga, por el celo, y por la devoción del Santo Obispo Francisco Destain, que vivía en tiempo de Luis XII, y de Francisco Primero. También se derivó de España a los Países Bajos; cuyas Iglesias todas consta que la celebraban el día 1 de Marzo. Sin embargo, la devoción a los Santos Ángeles de Guarda era ya muy antigua en Francia; puesto que San Luis mandó edificar en su honor una Capilla dentro de la Catedral de nuestra Señora de Chártres, y mucho antes del decimosexto siglo se encuentran altares dedicados a los Santos Ángeles en Clermont de Auvergnia, y en otras partes.

Se celebraba esta fiesta en Córdoba de España el día 10 de Marzo; y el día 10 de Mayo en Styria; hasta que el Papa Paulo V la fijó al primer día libre después de la fiesta de San Miguel, que es el segundo de Octubre. El Archiduque Ferdinando de Austria, que fue después Emperador, movido de su particular devoción al Santo Ángel de la Guarda, suplicó instantemente al Papa, que hiciese general esta fiesta en toda la Iglesia, y así lo hizo su Santidad, por satisfacer a tan piadosos deseos, expidiendo una Bula a este fin, que encendió y avivó más la devoción de los fieles.

Pero la institución de la fiesta, no fue institución del culto, ni de la devoción a los Santos Ángeles: ésta, y aquél eran tan antiguos como la Iglesia misma. Cuando Jesucristo enseñó a los Fieles, que cada uno en particular tenía un Ángel destinado a la custodia de su persona; al mismo tiempo los enseñó también el culto, el respeto, la confianza, y el amor que pedía de ellos el reconocimiento a tan religioso ministerio.

Aún dentro de la Sinagoga era ya conocido el culto de los Ángeles en general; pero el de el Ángel Custodio en particular parece que no nació hasta que nació la Iglesia; y por lo que dicen los Santos Padres se conoce lo familiar que era a todos los Fieles la devoción con el Santo Ángel de la Guarda ya desde aquellos primeros tiempos. Si en los cuatro o cinco primeros siglos no se edificaron Templos en reverencia de los Ángeles de Guarda, fue precisamente por no dar ocasión a los Gentiles para creer, que los cristianos tributaban adoración a los Genios, como los adoraban ellos. Pero luego que la Iglesia no tuvo ya que temer las calumnias de los Paganos, y cuando logró entera libertad para instruir a los Fieles, no se quedó encerrada dentro del corazón la devoción a los Ángeles de Guarda. En todas partes se les edificaron Templos, se les erigieron altares, se les solemnizaron fiestas, y se  experimentaron cada día los provechos de esta utilísima devoción.

angel-de-la-guarda_7Debemos confesar, dice San Gerónimo, que ninguna cosa contribuye tanto a formar un elevado concepto de la dignidad de nuestra alma, como lo que Dios hizo por ella, y singularmente el haber destinado a cada una un Ángel Custodio desde el mismo día de su nacimiento: Magna dígnitas animárum, ut unaquaeque ab ortu natívitâtis hábeat in custódiam sui, Angelum delegátum. Se hace Juicio de lo que se estiman las cosas por el cuidado que se tiene de ellas. Es verdad que basta la sangre de Jesucristo para darnos una justa idea de lo que vale nuestra alma. Este infinito precio de una Redención sobreabundante llena de admiración, deja extáticas y suspensas a las celestes Inteligencias, de modo que no puedan menos de amar, dice San Bernardo, y aun de respetar a aquellos, por cuyo rescate entregó Dios a su unigénito Hijo: ipsi amant nos, quia nos Christus amávit. (Serm. de S. Mich.) Entre todas las obras de la Omnipotencia, bien se puede decir que ninguna costó tanto a Dios como el hombre; por lo que no es de admirar cuidase tan particularmente de esta su obra, que destinase un Ángel para su custodia.

El Señor, dice el Profeta, además de la providencia general, que se extiende a todas las criaturas, te entregó al cuidado de sus Ángeles, para que te guardasen, y te hiciesen siempre compañía en todos tus caminos: Angelis suis mandávit de te, ut custódiant te in ómnibus viis tuis. (Salm. 9). Hay muchos caminos escabrosos, sendas arduas y peligrosas, dice San Bernardo: Multae sunt viae, Ó génera multa Viárum. Se tropieza en ellos con muchos malos pasos: nacen los peligros, por decirlo así, con nosotros mismos: todo es precipicios; todo, despeñaderos en esta carrera. Desde la cuna nos arma lazos el demonio.

angel-de-la-guarda_9-1¿A cuántos peligros está expuesto un niño, antes que se desenvuelva el uso de la razón? No basta toda la ternura de sus padres, es muy corta, es muy limitada toda la vigilancia del Ama más cuidadosa para prevenirlos todos. ¿Pues qué hace el Señor? encarga a uno de sus espíritus celestiales que cuide de aquel niño desde el primer instante de su nacimiento. Este Ángel tutelar, a quien llama Ángel Custodio la Iglesia, vela perpetuamente en desviar de aquella tierna criatura todo lo que le puede perjudicar, y en desvanecer los perniciosos intentos de los espíritus malignos, siempre inclinados a hacernos mal. ¿De cuántos funestos accidentes somos preservados por la asistencia de nuestros Ángeles en aquellos primeros años de la niñez? Ellos son, dice San Hilario, los que conjuran los maleficios; ellos, dice San Bernardo, los que preservan a los niños de mil peligros, y los que los sostienen en sus caldas.

Siendo tan grandes los beneficios que recibimos de los Ángeles de Guarda en los diferentes acasos de la vida; ¿cuántas obligaciones los debemos, por los auxilios que nos prestan en todo lo que toca al negocio de la salvación? Conociendo el Señor, dice San Gregorio Niseno, la perversa intención de los espíritus malignos, que quisieran estorbar que ningún hombre ocupase las sillas que ellos perdieron en el Cielo; y sabiendo muy bien nuestra ignorancia y nuestra flaqueza después del primer pecado, quiso darnos a cada uno de nosotros un Ángel tutelar, que hiciese inútiles todos los artificios de este enemigo de la salvación: E Caelo nobis Christus Angelos institutores praefécit, eiús modi scilicet, qui iniúriae daemonum, suum robur appónant (In Matth. 18). Se nos concedieron, dice San Hilario, estos Ángeles tutelares, para que nos guiasen en el camino de la salvación. Hi Spíritus ad salútem humani géneris míssi sunt; porque sería muy dificultoso en nuestra humana flaqueza, evitar todos los artificios de este temible enemigo: Neque enim infírmitas nostra, nisi datis ad custódiam Angelis, tot tantiscue spirituálium nequítiis obsísteret. (In Ps. 134). Pero los buenos Ángeles no solo hacen inútiles los esfuerzos de los ángeles malignos, no solo nos libran de mil peligros, sino que insensiblemente nos desvían de muchas ocasiones, en que, según nuestra actual constitución, preveen que infalible y funestamente caeríamos.

A los Santos Ángeles debernos, después de Dios (dicen los Padres) la mayor parte de los buenos pensamientos, y de tantas saludables reflexiones, que contribuyeron a nuestra conversión. Aquellos auxilios imprevistos del Cielo, en accidentes tan peligrosos; aquellos milagros de la divina providencia tan dichosos como, no esperados; efecto son, por lo común, de la protección de los Ángeles de Guarda. ¡Qué amor, qué veneración, qué agradecimiento los debemos!

Mira, Moisés, le dice Dios, Yo voy a enviar un Ángel mío, que vaya delante de ti, que te sirva de guía en el camino, y te conduzca a la tierra que te tengo prometida: Ecce ego mietam Angelum meun, qui praecédat te. (Exod. 23). Respétale, oye su voz, guárdate bien de despreciarle; esto es, (según la versión de los Setenta) sé dócil a sus consejos, y haz todo lo que él te previniere: Obsérva Ó audi vocem eius; porque has de tener entendido, que todo lo que dijere y obrare, lo hace en mi nombre: est nomen meum in illo. Si dieres crédito a sus palabras, haciendo lo que te mando: quod si audíeris vocem eius; sete enemigo de tus enemigos, y afligiré Yo a los que te afligieren a ti: Inimîcus ero inimícis tuis, et afflîgam affligentes te. Mi Ángel caminará continuamente delante de ti, y te hará entrar en la tierra prometida. En este ministerio del Ángel tutelar de los Israelitas, se cifra la instrucción, la comisión, y la diputación de nuestros Ángeles de Guarda.

san-rafael-arcangel_2También son figura bien expresa de los oficios que hacen, cada día con nosotros los que hizo con Tobías el Ángel San Rafael. No hubo discípulo más dócil y ni más agradecido a su Ayo que el joven Tobías: Padre mío, ¿con qué cosa digna podremos agradecer a este fiel Conductor, y a este buen amigo tanto como le debemos? ¿Qué expresión le podemos hacer, que sea correspondiente a tantos beneficios como hemos recibido de su mano? Quam mercédem dábimus ei? aut quid dignum póterie esse benefíciis suis? (Tob. 12). Él me sacó, y me volvió sano y robusto a tu casa: me dúxit, Ó redúxit sanum; librándome de mil peligros en el viaje. El camino era largo y penoso; podía perderme a cada paso, y muchas veces corrió peligro mi vida.

Si me veo restituido a la casa de mi padre con tanta felicidad, después de Dios se lo debo a este amable Conductor. Pero no pararon aquí sus beneficios: él mismo en persona fue a recibir el dinero de Gabelo; él me consiguió la mujer con quien me casé; él lanzó de ella el demonio que tanto tiempo había la estaba atormentando, cuyo lastimoso accidente tenía toda la casa en un continuo llanto, y en un perpetuo luto, llenando con esto de alegría a su pobre padre, y a su afligida madre; él me libró a mí de aquel formidable pez, que me iba ya a tragar; él te hizo ver a ti la luz del Cielo; y en una palabra, por él estamos llenos de bienes: Me ipsum a devoratiône piseis erípuit; te quoque vidére fecit lumen caeli, Ó bonis ómnibus per eum repléti sumus.

¿Quién no descubre en esta misteriosa menudencia, y en toda la serie de esta dulcísima historia, los ministerios, los importantes servicios que recibimos de nuestros Ángeles de Guarda por todo el curso de nuestra peregrinación en esta vida? Peligros desviados; funestos acasos impedidos; malicia del demonio descubierta y confundida; negocios de importancia terminados con felicidad; dichosos sucesos en las empresas más arduas, y en los proyectos más espinosos; ésta es, en resumen, una parte de lo mucho que debemos a los Ángeles Custodios:  Quid illi ad haec potérimus dignum dare? ¿Pues, qué le podremos dar, que sea correspondiente a tanto como le debemos, a los beneficios de que nos ha colmado, a los servicios que nos ha hecho, y a los muchos que debemos esperar nos haga todavía?

angelesYa nos enseña San Bernardo, cuando habiendo admirado la inefable bondad de nuestro Dios en la designación de los Ángeles tutelares, exclama: Mira dignátio, Ó verè magna diléctio charitâtís! (in Ps. Qui habitat). ¡Oh caridad! ¡Oh exceso de amor! ¡Oh bondad  verdaderamente in-comprensible! Pues logramos la dicha de estar continuamente bajo la tutela de aquellos Espíritus bienaventurados; de tener inseparablemente uno de ellos a nuestro lado; de merecerle por guía durante el curso de nuestra vida: Quantam tibi debet hoc verbum inférre reveréntiam, afférre devotiónem, confférre fidúciarm! ¡Qué veneración, qué respeto, qué devoción, qué confianza debe inspirarte esta amable, esta dulce verdad! Reveréntiam pro praesentía. Su presencia te debe infundir respeto. ¿Cómo me atreveré a hacer delante de él lo que no me atrevería a presencia del más vil hombre del mundo? Tu me áudeas, illo praesénte, quod vidénte me non audéres? Si la presencia de los Grandes del mundo contiene a más rústicos y a los más descompuestos; ¿qué compostura no debe infundir en mi corazón y en mi alma la continua presencia de aquel a quien el Salvador del mundo declaró por mayor, y más respetable que todos los Grandes de la tierra?

Devotiónem pro benevoléntia. Su benevolencia te debe inspirar devoción, prosigue el mismo Padre. ¿Cuánto cuida de nosotros nuestro buen Ángel? ¿Qué oficios no nos hace? ¿Qué servicios no ejecuta con nosotros en este destierro? Nos preserva de mil peligros; nos libra de mil males; nos solicita todo género de bienes; presenta nuestras oraciones al Señor; nos consigue mil beneficios y mil gracias; nos defiende de toda suerte de enemigos; nos lleva, por decirlo así, en palmitas; estorba nuestras caídas espirituales y corporales; y cuando, a pesar de sus desvelos, caemos en pecado, nos ayuda a levantar, siempre está viendo a Dios, y nunca nos pierde a nosotros de vista: lleno de Dios, ocupado en Dios, no está menos ocupado en nosotros, ni menos atento a todo lo que nos toca; observa, y guía todos nuestros pasos; nos endereza cuando nos descaminamos; nos alumbra en nuestras dudas; nos determina en nuestras perplejidades; y después de habernos conducido tan continuamente durante el curso de la vida, ¿cuánto nos ayuda, cuánto nos asiste en la hora de la muerte? Quid ad haec potérimus dígnum dare? ¿Qué reconocimiento le debemos por tan prodigioso número de beneficios?

angel-de-la-guarda_5-1Su custodia te debe inspirar confianza: fidúciam pro custódia. Todos estos beneficios son ciertamente la prueba más segura de su buena voluntad; y si la buena voluntad, junto con el poder, es lo que más alienta la confianza; ¿cuánta debemos tener en nuestro Santo Ángel de Guarda? ¿Hubo nunca buena voluntad más descubierta, ni valimiento más eficaz ni más seguro? ¿Hubo bondad ni inclinación a favorecernos mejor manifestada? Lo que hasta aquí ha hecho por nosotros, es el mejor fiador de lo que está pronto a hacer. Atento a todas nuestras necesidades, expedito para socorrernos, y encargado por oficio de gobernarnos en todo; ¿cómo puede dejar de estimar nuestra confianza, ni cómo puede negarnos su protección siempre que le hayamos menester? Debemos, pues, a nuestros Ángeles estas tres cosas: honor y respeto, porque estamos en su presencia; amor y devoción, porque nos aman con ternura; recurso y confianza, porque son más celosos de nuestro bien y de nuestra salvación, que nosotros mismos.

Affectuósè diligâmus Angelos, exclama San Bernardo. Amemos, pues, tiernamente a nuestros Ángeles de Guarda, por moradores de la Patria Celestial, de la cual también esperamos ser nosotros algún día coherederos y conciudadanos, tamquàm futúros aliquándo coherédes nostros, y por ser Ayos y Tutores nuestros, destinados, por el Padre de las misericordias para asistirnos y para gobernarnos; Interim verò actóres tutôres á Patre pósitos, Ó praepósitos nobis. ¿Qué podemos temer con tales Protectores y con tales guías? Quid sub tantis custódibus timeâmus? No hay qué temer, ni que nuestros enemigos los venzan, ni que sus artificios los engañen, ni que nos descaminen por no saber guiarnos: Nec superári, nec sedúci, minus autem  sedúcere pósunt, qui custódiunt nos in ómnibus viis nostris. Son nuestros amigos fíeles, nuestros guías seguros y experimentados, nuestros poderosos Protectores; ¿qué tenemos, pues, que temblar? Fidéles sunt, prudéntes sunt, poténtes sunt, quid trepidâmus? Nada hay que hacer de nuestra parte, sino ser dóciles a sus inspiraciones, puntuales en obedecerlos, fieles en servirlos, y prontos a sus piadosos toques, impulsos y llamamientos; Tantùm sequâmur eos, adhaereâmus eis. Seguros podemos vivir de que estamos debajo de la protección de Dios, mientras estamos bajo la tutela de nuestro Ángel de Guarda: Ó in protectióne Dei caeli commorêmur.

En fin, añade San Bernardo, siempre que nos combata alguna violenta tentación; siempre que nos hallemos en ocasiones peligrosas; siempre que nos sucedan molestos accidentes; siempre que se nos ofrezcan dudas y perplejidades; siempre que esté turbado el corazón, y esté el alma afligida; cuando se ofrezca algún negocio, algún viaje donde haya que temer dificultades, riesgos y peligros, invoquemos con fervor y con toda confianza a nuestro Ángel de Guarda. Si queremos granjearnos la benevolencia de aquellas personas, de quienes tenemos necesidad,  imploremos el favor de sus Ángeles de Guarda, porque ninguno como ellos podrá inclinar su ánimo a nosotros. No hay Santo en el Cielo que no tuviese singular devoción a los Ángeles de Guarda.

angel-en-adoracion_arcangel-miguelCada Reino, cada Religión, cada Ciudad, dice Santo Tomás, tiene su Ángel tutelar. En las Iglesias donde hay Sacramento, asiste innumerable multitud de estos Espíritus Celestiales, que continuamente están haciendo Corte a su Soberano Dueño, realmente presente en la Eucaristía. ¡Oh!, y cuántos asisten (dice el mismo Padre) al Santo Sacrificio de la Misa, mientras ésta se celebra. Todos ellos son dignos de nuestro culto, y cada uno nos alcanzará una devoción más respetosa y más tierna, como se la pidamos. Acordémonos en fin que en todas partes encontramos Santos Ángeles prontos a asistirnos en todas nuestras necesidades. Ellos nos aman como a hermanos, dice San Agustín: Ipsi sunt fratres nostri, qui valdé nos diligunt: en todo nos enseñan, y en todo nos asisten: nos ubîque instruunt, in cunctis nos prótegunt, y están como con una santa impaciencia por vernos ocupar en el Cielo aquellas sillas, de que se hicieron indignos los Ángeles rebeldes: Sedes Paradísi per nos repléri expectantes.

Acudamos, pues, a nuestro Ángel de Guarda, concluye San Bernardo, en todas las tentaciones, en todos los peligros, en todas las adversidades, en todos los negocios espinosos, en todas nuestras dudas, en todas nuestras empresas, imploremos su protección, pidámosle que nos alumbre, que nos aliente, que nos asista, y digámosle en todas ocasiones en que corremos algún peligro: Señor, sálvanos, que perecemos: Quóties ergo gravíssima cérnitur urgêre tentátio, Ó tribulátio vehemens, inminêre, ínvoca custódem tuum, doctôrem tuum, adiutôrem tuum in opportunitátibus, in tribulatiône: incláma cum, Ó dic: Dómine salvanos, perîmus.

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Fuente:
https://play.google.com/store/books/details/Jean_Croiset_S_I_A%C3%B1o_christiano_o_Exercicios_devot?id=Ku-HF8fyNN4C

La Fiesta de los Santos Ángeles de Guarda

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