Del Año Cristiano de 1778: La Fiesta de San Miguel Arcángel.

Tomado del Año Cristiano o Ejercicios Devotos para Todos los Días del Año. Madrid, 1778. Septiembre. Día 29. Página 612.

LA FIESTA DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL.

Celebra hoy la Santa Iglesia una fiesta particular, no sólo en reverencia del Arcángel San Miguel, sino en honor de todos los Santos Ángeles, dirigiéndose la Misa y el Oficio a honrar con especial solemnidad a todos aquellos bienaventurados Espíritus, que tanto se interesan en nuestra salvación. Su santidad, su excelencia, los buenos oficios que hacen con todos los hombres, con todo el universo, y muy en particular con la Santa Iglesia, pedían de justicia este respetuoso reconocimiento; y aunque esta fiesta sólo se intitula de San Miguel, es porque este bienaventurado Espíritu fue siempre reconocido por General de toda la Milicia Celestial, y particular Protector de la Iglesia de Jesucristo, así corno lo había sido de la Sinagoga.

Nos enseña la Iglesia, que dio principio Dios a la creación del mundo creando ante todas cosas las celestiales Inteligencias, como para formarse a sí mismo una numerosa Corte, y tener Ministros prontos para ejecutar sus órdenes. Creemos (dice el cuarto Concilio Lateranense) firmemente que no hay más que un solo Dios verdadero, el cual al principio del tiempo sacó juntas de la nada una y otra criatura, la espiritual, y la corpórea, la angélica, y la mundana; y que después formó como una naturaleza media entre las dos, que fue la naturaleza, humana, compuesta de cuerpo y alma. Es decir, que los Ángeles son unas substancias creadas, inteligentes, y puramente espirituales, no destinadas a unirse con los cuerpos, de los cuales tienen una total independencia. Están dotados de dones más o menos perfectos, según sus diferentes grados de perfección y de excelencia. Habiendo determinado Dios desde toda la eternidad no dar el Cielo ni a los Ángeles, ni a los hombres, sino a título de corona y de recompensa, creó a los Espíritus celestiales con pleno conocimiento del bien y del mal, y con una perfecta libertad. Un crecido número de ellos, viéndose tan perfectos, y: desvanecidos con su propia excelencia, en lugar de referir a su Creador todo lo bueno y excelente que tenían, se complacieron en sí mismos; y llenos de orgullo, negaron la obediencia a Dios, por lo que fueron precipitados en los abismos, para ser infelices por toda la eternidad. Pero los otros santos Ángeles perseveraron en el bien, siempre fieles a su Creador, humildes, rendidos, y obedientes a sus órdenes: por lo que fueron confirmados en gracia. Avecindados eternamente en la celestial Jerusalén, están siempre delante del mismo Dios, le ven, le adoran, le bendicen, y no cesan de amarle con un amor perfecto y abrasado; Ellos son los Ministros de Dios, prontos siempre a obedecerle, y de ellos se sirve Dios para ejecutar sus órdenes, respecto a todas las criaturas, pero sobre todo a los hombres.

Los Ángeles son los que presentan al Señor nuestras oraciones, y de ellos se vale el Señor, ya para comunicar a los hombres su voluntad, ya para obrar en su favor grandes maravillas en ocasiones extraordinarias; habiéndolos destinado Dios para guardias y protectores de toda la Iglesia, y de cada fiel en particular. El Ángel del Señor (dice el Profeta) rodeará siempre a los justos, y los pondrá a cubierto de todo peligro. (Salmo 33).

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En todas las partes del viejo y del nuevo Testamento se habla de estos Espíritus bienaventurados, de sus funciones, y ministerios. Tres Ángeles en figura humana se aparecieron a Abraham, y le anunciaron el nacimiento de un hijo (Gén. 12). El Ángel Rafael acompañó al joven Tobías (Tob. 5). El Ángel Gabriel instruyo a Daniel en lo que había de suceder, y le declaró el tiempo en que debía nacer el Mesías (Dan. 5). El mismo Ángel predijo a Zacarías el nacimiento de San Juan, y anunció a la Santísima Virgen la Encarnación del Verbo en sus entrañas, saludándola llena de gracia, y Madre del Redentor. Los Ángeles anunciaron a los Pastores el nacimiento del Salvador del mundo. Ellos sirvieron a Cristo en el desierto, y le confortaron en el huerto de las Olivas; ellos anunciaron su Resurrección, y después de su Ascensión a los Cielos, pronosticaron su segunda venida en calidad de Juez.

Sabemos, dice San Gregorio, que los Ángeles están repartidos en tres Jerarquías, y cada Jerarquía en tres coros, o en tres órdenes. La primera Jerarquía es de los Serafines, Querubines, y Tronos: la segunda, las Dominaciones, Virtudes, Potestades; y la tercera de los Principados, Arcángeles, y Ángeles. Los Serafines son aquellos que están más inflamados que los otros en el fuego del divino amor. Los Querubines, los más iluminados que los otros, a quienes comunican lo que entienden, y lo que saben. La Escritura nos dice, que después que Dios arrojó a Adán y a Eva del Paraíso terrenal, puso a la puerta un Querubín con una espada de fuego, para que ninguno volviese a entrar al árbol de la vida. Los Tronos son unos Espíritus que sirven como de trono a la Majestad de Dios. Las Virtudes son aquellos que sobresalen en fuerzas para obrar efectos portentosos. Las Potestades son unos Espíritus que contienen el poder y la malignidad de los demonios; presiden a las causas inferiores y segundas, estorbando que las cualidades contrarias arruinen la economía del universo. Se les da este nombre (dice San Gregorio), porque ellos son los que nos muestran el poder de Dios. Las Dominaciones son aquellos Espíritus que tienen imperio sobre los hombres, y dominan a los Ángeles inferiores. Los Principados son aquellos que tienen particular poder para guardar, y para defender los Reinos. Aunque el nombre de Ángel es común a todos aquellos Espíritus celestiales, pero se atribuye particularmente a los que componen el octavo y el noveno Coro de toda su Jerarquía.

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La palabra Ángel significa lo mismo que Enviado. Pero entre los Ángeles y los Arcángeles hay la diferencia de que los Ángeles son aquellos espíritus que envía Dios para las cosas comunes y ordinarias; mas los arcángeles como de orden superior a los Ángeles, son enviados para los negocios extraordinarios y de mayor importancia. A esta clase pertenecen los Ángeles Gabriel, Rafael, y Miguel. Todas las cosas (dice el Apóstol San Pablo) fueron hechas en Jesucristo, las del Cielo, y las de la tierra; las visibles y las invisibles; los Tronos, las Dominaciones, y los Principados, todos fueron creados en él y por él. (1 Colosenses). Es raro el Profeta que no hable de los Querubines y de los Serafines, dice San Gregorio: Tú, que estás sentado, y eres conducido sobre las alas de los Querubines (dice David). Los Serafines estaban alrededor del Trono (dice Isaías) y clamaban uno a otro, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los Ejércitos. En casi todas las páginas se habla de los Ángeles y de los Arcángeles, dice San Gregorio; y si a estos ocho Coros de Ángeles añades el de los Tronos, de que habla San Pablo cuando escribe a los Efesios, hallarás que son nueve los Coros de los Ángeles: Proculdúbio novem esse Angelôrum órdines inveniúntur.

No había, pues, cosa más conveniente que decretar una fiesta particular en honor de aquellos Espíritus celestiales, que desde el primer instante después de su creación son favorecidos del Altísimo, componen su Corte en el Cielo, y no cesan de hacer a los hombres los más importantes servicios; siempre celosos de nuestra salvación, siempre atentos a todo lo que nos pueda conducir para esta vida y para la otra. La Iglesia instituyó una fiesta particular en reverencia de los Santos Ángeles de Guarda, el día dos de Octubre: parecía justo que instituyese también otra particular en honor de todos los demás Ángeles, y ésta es la que se celebra el día 29 de Septiembre.

san-miguel-arcangel_22Son pocos los Santos, cuyo culto, al parecer, sea más antiguo que el de los Santos Ángeles, singularmente el de San Miguel. Llegó este culto a ser excesivo, y a degenerar en una especie de idolatría desde los principios de la Iglesia. El Heresiarca Cerinto, como también Simón Mago, según el testimonio de Tertuliano, de San Epifanio, y de Teodoreto, decían que el culto y la veneración de los Ángeles era un grado absolutamente necesario para elevarnos a Dios, sin cuya escala sería el Señor inaccesible a nosotros; siendo por otra parte como un justo reconocimiento debido a la Ley que se comunicó al pueblo de Israel por ministerio de un Ángel, a la cual nos quería sujetar aquel Heresiarca. No se podía inventar blasfemia más injuriosa a Jesucristo, nuestro único y verdadero Mediador para con su Padre, y el divino Libertador que nos eximió de la Ley antigua. Contra esta perniciosa doctrina escribió San Pablo a los Colosenses, previniéndolos que no se dejasen engañar con las apariencias de una virtud postiza sujetándose a un culto supersticioso de los Ángeles, y desviándose del de Jesucristo, Cabeza única, y único Mediador de los Ángeles y de los hombres con Dios, su Eterno Padre: Nemo vos sedúcat, volens in humanitáte, Ó religióne Angelôrum, Óc. Los secuaces de Cerinto, que según Teodoreto, estaban esparcidos por las Provincias de Frigia, y de Puidia, habían erigido en ellas algunos Templos de San Miguel, en los cuales le tributaban un culto que llegaba a ser idolatría. Exterminados después estos herejes, los católicos, que desde el tiempo del Grande Constantino arruinaban los Templos de los falsos Dioses, conservaron los que estaban dedicados al Arcángel San Miguel, por ser muy religioso el culto de los Ángeles, contentándose con purgarlos de las heréticas supersticiones.

No tenemos en la Iglesia más que tres Ángeles, conocidos con nombres particulares: San Miguel, San Gabriel, y San Rafael; para mostrarnos, dice San Gregorio, por los tres particulares nombres la especial virtud, y el carácter de cada uno. Miguel, dice el mismo Santo, significa: ¿Quién como Dios? Quis sicut Deus? Gabriel significa Fortaleza de Dios: Gabriel autem fortitúdo Dei; y Rafael significa Medicina de Dios: Rafael verò dícitur medícina Dei. Entre todos los Espíritus Angélicos siempre fue reconocido San Miguel, como el Jefe de toda la Milicia Celestial, a quien deben adorar más religiosamente los fieles, profesándole más particular devoción por muchas razones. En el capítulo décimo del Profeta Daniel se llama a San Miguel el primero entre todos los Jefes principales: Ninguno me asiste en todas estas cosas, sino Miguel, que es vuestro Príncipe, decía el Ángel que hablaba con el Profeta; y el mismo Ángel, hablando de lo que había de suceder al fin del mundo entonces, se verá (le dijo) el Gran Príncipe Miguel, que toma la defensa de los hijos de tu pueblo.

Pero mucho antes del Profeta Daniel era ya San Miguel conocido de los hombres, como lo vemos en la Epístola de San Judas, con motivo de la victoria que consiguió del demonio. Muerto Moisés, aquel insigne obrador de tantas maravillas, conoció muy bien el demonio que el pueblo de Israel, tan propenso naturalmente a la idolatría, acordándose de tantos prodigios como le había visto obrar, no dejaría de tributar cultos divinos a su cuerpo, forjándose de él un ídolo; y con este depravado fin pretendía mover los Israelitas a que le erigiesen un magnífico mausoleo. Pero lo estorbó San Miguel, como protector del mismo pueblo, y dispuso las cosas de manera, que nunca llegaron los Israelitas a descubrir el cuerpo de Moisés.

san-miguel-arcangel_5En el Apocalipsis de San Juan se hace mención de otro combate entre San Miguel y los Ángeles rebeldes. Se dio (dice) en el Cielo una gran batalla: Miguel y sus Ángeles combatían contra el dragón, esto es, contra Lucifer; el dragón con los suyos peleaba contra él; pero estos quedaron vencidos, y desde entonces no han vuelto a aparecer en el Cielo. Este gran dragón, esta antigua serpiente que se llama Diablo y Satanás, que engaña a todo el mundo, fue precipitado en los infiernos con todos sus Ángeles.

Muchos creen que también fue San Miguel aquel Ángel que se apareció a Josué, después que pasó el Jordán, representándose en figura de un Héroe armado, y ofreciéndose a ayudarle a la conquista, y sujeción de los Cananeos. ¿Eres de los nuestros, o de los enemigos?, le preguntó Josué. No, (le respondió el Ángel), yo soy el Príncipe de los Ejércitos del Señor. También quieren algunos que fuese el Arcángel San Miguel aquel Ángel que se apareció a Gedeón, para moverle a que liberase al pueblo de Israel de la servidumbre de los Madianitas. Ni son pocos los que opinan que este bienaventurado Espíritu fue el que representó a la Majestad de Dios, así en la zarza ardiendo, como en el monte Sinaí. Lo que no admite duda es, que San Miguel ha sido siempre venerado, como especial Protector de la Santa Iglesia; atento a que, después de la Ascensión de Cristo a los Cielos, no tenemos aparición alguna auténtica de San Gabriel, de San Rafael; siendo así que tenemos muchas, y en muchas partes del glorioso San Miguel, que se ha aparecido a los fieles en muestra de su particular protección a la universal Iglesia. Drepanio Floro, Poeta cristiano, habla de una aparición de San Miguel en Roma.

La del monte Gárgano, Provincia de la Pulla, en tiempo del Papa Gelasio I, por los años de 493 es la más célebre: y la Iglesia quiso consagrar su memoria por una fiesta particular en el día 8 de Mayo. Bonifacio III erigió en Roma una Iglesia en honor de San Miguel sobre la eminencia de la mole, o del sepulcro de Adriano, que por esta razón se llama Monte, y hoy el Castillo de Santo Ángel. También es San Miguel Protector de la Francia en particular. Hay en aquel Reino un famoso Monasterio, llamado Monte San Miguel, erigido en medio del mar sobre un islote o peñón, en consecuencia de otra semejante aparición que hizo San Miguel a San Auberto, Obispo de Auranches, el año de 709. Para reconocer, y para merecer más y más esta antigua protección, el año de 1496 instituyó Luis II en Amboisa la Orden Militar de San Miguel, cuyo Gran Maestre es el mismo Rey; y ordenó que los Caballeros trajesen siempre pendiente del cuello un collar de oro, compuesto de Conchitas enlazadas unas con otras, y pendiendo de él una medalla del Arcángel San Miguel, antiguo Protector del Reino de Francia.

san-miguel-arcangel_102Pero lo que debe avivar y encender más la devoción de los fieles con el glorioso San Miguel, es el estar destinado para conducir las almas y presentarlas ante el terrible Tribunal de Dios, para ser juzgadas al salir de esta vida. Nada nos interesa más que el lograr por especial protector con el Soberano Juez, al que se puede llamar su primer Ministro; al que tiene a su cargo presentarnos al Señor en aquel momento decisivo de nuestra eterna suerte, y aquel en cuyas manos, por decirlo así, rendimos el alma con el último suspiro. Este es, dice la Iglesia en el Oficio del día; este es el Arcángel San Miguel: Princeps milítiae Angelôrum, Príncipe de la milicia de los Ángeles; los honores que se le tributan, merecen mil bendiciones a los pueblos, y su intercesión nos conduce al Reino de los Cielos: Cuius honor praestat beneficia populôrum, Ó oratio perdúcit ad regna Caelôrum.

A San Miguel (añade la misma Iglesia) encargó Dios las almas de sus escogidos, para que las condujese a la estancia de los bienaventurados: Cui trádidit Deus ánimas Sanctôrum, ut perdúcat eas in regna Caelôrum. En aquel tiempo de prueba y de calamidad, dijo el Ángel que anunció a Daniel lo que había de suceder en los siglos futuros, Miguel, Protector de tu pueblo, y de todos los fieles, se dejará ver para defenderlos contra el enemigo de la salvación: In témpore illo consúrget Michael, qui stat pro filiis vestris. Vino el Arcángel Miguel (dice !a Sagrada Escritura) en socorro del pueblo de Dios; y nunca deja de ayudar y de proteger a los justos: Michael Archángelus venit in adiutórium pópulo Dei; stetit in auxílium pro animábus iustis. No es, pues, de admirar si en todo tiempo se ha profesado una especial veneración y devoción en la Iglesia al Arcángel San Miguel.

En el cuarto siglo, o a lo menos a los principios del quinto, había a dos leguas de Constantinopla una célebre y magnífica Iglesia, llamada Michátion, o del Templo de San Miguel, porque obraba Dios en ella milagrosas curaciones por intercesión de San Miguel. Habla de ella Sozomeno, como quien experimentó en sí mismo los maravillosos efectos de su poder para con Dios. Si los Ángeles son nuestros intercesores (dice San Ambrosio), si son nuestros defensores, y nuestros Abogados, debemos honrarlos, invocarlos, y dirigirles nuestras oraciones, para que no nos nieguen su protección: Sed Ó illi, si custódiunt, vestris custódiunt oratiónibus advocáti. En el Canon de la Misa, y en las Liturgias se hace mención de los Santos Ángeles; y las Letanías, que son como un resumen de las oraciones públicas, comienzan por los Ángeles, después de la Santísima Virgen.

Así, pues, (dice un Doctor del siglo pasado) es verdad en cierto sentido que de la misma manera que se celebraba la fiesta general de la Santísima Trinidad, del Santísimo Sacramento, y de todos los Santos, antes que se instituyesen fiestas particulares; del mismo modo se celebraba la fiesta general de todos los Ángeles en las Liturgias y en las Iglesias, antes que se fijase un día particular para su solemnidad.

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Y como esta fiesta se instituyó con motivo de las apariciones de San Miguel, particularmente la del Monte Gárgano, donde se encontró una especie de bóveda, en figura de Iglesia, abierta en una roca, y el mismo San Miguel dio a entender que sería de su agrado el que se le dedicase; por eso conservó siempre el título de Dedicación la fiesta que hoy se instituyó con ocasión de estas apariciones, y de estos Templos en honra de San Miguel.

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Fuente:
https://books.google.co.ve/books?id=Z90lPw1pLIEC&pg=PA88&lpg=PA88&dq=A%C3%B1o+Cristiano+o+Ejercicios+Devotos+Septiembre&source=bl&ots=Zhxb5Fw1sn&sig=ksRKZxo8e_H9IQ5pJdSJenHQwrE&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjdtIf1-P_OAhWHth4KHTv2ARAQ6AEIITAB#v=onepage&q=A%C3%B1o%20Cristiano%20o%20Ejercicios%20Devotos%20Septiembre&f=false 

La Fiesta de San Miguel Arcángel

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