Del Año Cristiano de 1863, San Jacinto, del Orden de Predicadores

17 de Agosto – 776º Aniversario de su muerte.
Año: 1240 / Lugar: Kiev, Ucrania
Imagen de la Virgen habló
Vidente: San Jacinto de Cracovia (1185-1257)

Tomado del Año Cristiano o Ejercicios Devotos para Todos los Días del Año. Barcelona, 1863. Agosto. Día 16. Página 282.

SAN JACINTO, DEL ORDEN
DE PREDICADORES.

San Jacinto, uno de los mayores ornamentos del Orden de Predicadores, hijo de hábito del mismo patriarca santo Domingo, y criado a su misma mano, fue polaco, de la antigua casa de los condes de Oldrovans, la cual dio al reino de Polonia muchos grandes oficiales. Su bisabuelo Saultz de Oldrovans derrotó muchas veces a los tártaros; y su abuelo, que tenía el mismo nombre, se señaló por sus hazañas contra los enemigos del Estado. Se llamó Saultz de Konski, por haber heredado el condado de este nombre. Dejó dos hijos; el primogénito llamado Eustaquio, conde de Konski, fue padre de nuestro Santo, y el menor, por nombre Ivo, fue obispo de Cracovia.

Nació san Jacinto en el año de 1183 en el castillo de Saxe, diócesis de Breslau en la Silesia. Le criaron con mucho cuidado; pero dejó poco qué hacer a la educación el bello natural con que había nacido. Su genial apacibilidad, la docilidad de su genio y de su corazón, su modestia, y sobre todo la inclinación a la virtud que se admiró en él casi desde la cuna, fueron presagios ciertos de su futura eminente santidad. Eran sus padres unos señores llenos de religión, y le escogieron maestros que cuidasen de cultivar bien tan precioso terreno; de manera que, aplicándose a conservar la integridad de sus inocentes costumbres, tuvieron el consuelo de verle crecer cada día en devoción y en madurez. Dio principio a sus estudios en el colegio de Cracovia, donde en breve tiempo se dejó admirar no menos su genio que su virtud; los continuó en Praga de Bohemia, haciéndose respetar más por su sobresaliente mérito que por su elevado nacimiento; y, en fin, los fue a concluir en Bolonia de Italia, donde dio tantas pruebas de su profunda sabiduría como de su eminente santidad. Acabados sus estudios, se restituyó a Polonia de todas aquellas universidades con la misma inocencia que había llevado a ellas.

Prendado su tío Ivo de Konski, obispo de Cracovia, no menos de la brillantez de su ingenio que de su virtud y de los progresos que había hecho en el estudio cursando todas aquellas escuelas, reconoció desde luego que el Señor no había prevenido tan anticipadamente a su querido sobrino con sus más dulces bendiciones para dejarle en el mundo. El mismo Jacinto declaró sobradamente que no pensaba servir a otro dueño que a Dios. Resolvió abrazar el estado eclesiástico, aunque era el primogénito de su casa. Prendado el Obispo de aquella resolución, juzgó no podía hacer mayor servicio a su iglesia que incorporar en ella a su sobrino. Proveyó en él una prebenda, y en breve tiempo los canónigos admiraron en él un gran modelo.

Fue su primer cuidado instruirse en las obligaciones del estado que había escogido. Comprendió que el empleo de canónigo no era un mero título como de beneficio simple, que solamente les obligase a cantar el oficio divino; consideró que los canónigos no sólo se llaman así por la renta que gozan, y se llamaba antiguamente canon, que significa prebenda, sino porque particularmente hacen profesión de vivir según los cánones o las reglas bajo las cuales fueron instituidos los Cabildos. Estudió estas reglas, las observó con suma puntualidad, y en poco tiempo su ejemplo reformó todo aquel ilustre cuerpo.

Más y más prendado cada día el Obispo de la eminente virtud y de los raros talentos de su sobrino, quiso darle alguna parte en la administración del obispado. En todas las comisiones que le encargó, mostró Jacinto mucha comprensión, mucha sabiduría y mucha prudencia; pero ninguna de estas ocupaciones extraordinarias le estorbaba la continua asistencia a los divinos oficios, en los cuales a todos era ejemplo de reconocimiento, compostura y modestia. Movido del amor que profesaba a los pobres, concurría muchas veces a servirles en los hospitales. Ninguna necesidad de familia honrada y vergonzante se escapaba a su caridad; consumía todas sus rentas en limosnas, reduciéndose él mismo a la pobreza, que procuraba disminuir, o a lo menos suavizar, en los otros.

Igualaban a los de su caridad los ejercicios de la penitencia. Era su vida un perpetuo ayuno; las maceraciones de su carne ponían horror a los más fervorosos penitentes, y no se pasaba día sin que inventase alguna nueva para añadirla a las penitencias ordinarias. El tierno amor que profesaba a Jesucristo, y era la fuente de todas las demás grandes virtudes, se manifestaba sobre todo en el altar. Su modestia y su respeto hacía a todos sensible su fe, y sus lágrimas daban testimonio de su afectuosa devoción. Pero entre todas las virtudes de Jacinto la que parecía más sobresaliente, y que caracterizaba más, era su ternura con la Santísima Virgen. Se puede decir que nació con esta señal de predestinación, la cual se distinguió en él por todo el curso de su vida. Cuando estaba aún en la cuna, sólo con ponerle delante una imagen de la Virgen saltaba de alegría. Ni se duda que aquella gran pureza de costumbres, aquella tan rara inocencia que le acompañó inviolablemente en todas las edades y en todos los estados hasta su santa muerte, fue efecto de la singular protección de la Madre de Dios, de quien siempre fue favorecido, y de cuyo culto fue toda la vida el más celoso predicador.

El obispo de Cracovia se vio precisado a pasar a Roma en defensa de los derechos de su iglesia, y quiso que Jacinto le acompañase en aquella jornada, para valerse de sus consejos y de sus alcances superiores. Pero eran otros los intentos de Dios. Acababa de obtener de los papas Inocencio III y Honorio III la aprobación y la confirmación de su Orden el patriarca santo Domingo, tan conocido ya a la sazón en toda Europa por la fama de sus milagros y de su predicación contra los Albigenses. Movidos el Obispo y el sobrino de las maravillas que el nuevo Instituto hacía en toda Italia y en otras partes, entraron en deseos de que la Polonia participase de las grandes utilidades que el santo Fundador procuraba a la Iglesia. Le pidieron algunos hijos para que fundasen en su país conventos de su Orden.

Se halló imposibilitado santo Domingo a satisfacer sus piadosos deseos, por haber enviado todos los operarios que tenía a diferentes provincias, de donde se los habían pedido; pero todo lo suplió lo mucho que podía con Dios. Le suplicó fervorosamente le diese nuevos hijos que pudiese enviar a Polonia. Le oyó el Señor, y en el mismo día vinieron tres o cuatro familiares del obispo de Cracovia a echarse a los pies del santo Patriarca, y a pedirle el hábito de su Orden. Los recibió, pero el cielo le tenía destinado otro discípulo más ilustre.

Noticioso Jacinto de la vocación de los tres polacos, se sintió movido a seguirlos, y juntándose a esto su inclinación a la vida penitente y retirada, resolvió imitar el ejemplo que envidiaba. Descubrió en confianza su intento a Ceslao, su hermano, y en lugar de un mero confidente encontró en él un compañero. A éste siguieron el mismo día otros dos que eran amigos de entrambos, Hermano y Enrique, gentiles hombres alemanes muy adheridos a Jacinto. Todos cuatro se presentaron a santo Domingo, que luego los recibió como un precioso don con que el Señor quería enriquecer su Orden. Tenía ya muy conocido el santo Patriarca el extraordinario mérito de nuestro Santo, por lo que se aplicó con particular cuidado a cultivar aquel fertilísimo terreno, y a breves días hizo del novicio uno de sus más perfectos discípulos. No se puede explicar el fervor, el desasimiento y el olvido de todas las cosas con que entró nuestro Santo en tan gloriosa carrera, ni el valor con que la continuó. Seis meses estuvo bajo la disciplina del santo Fundador, que viéndole ya elevado a la cumbre de una virtud a que los más perfectos están aspirando toda la vida, juzgó debía pedir al Papa dispensa para abreviar el tiempo de su noviciado. La consiguió para él y para los otros tres compañeros suyos, que todos hicieron la profesión a los seis meses de novicios. Tenía Jacinto treinta y cinco años, y había tomado tan perfectamente el espíritu de su Fundador, que ya desde entonces se halló capaz de fundar por sí mismo casas de la Orden.

Después de haber confirmado santo Domingo en todos los buenos pensamientos que el Señor le había inspirado, y habiéndole instruido en el arte de predicar cristianamente, y de trabajar a un mismo tiempo en su propia santificación y en la de otros, se le presentó juntamente con sus compañeros a su tío, el obispo de Cracovia, que se volvía a su país, y nombró a Jacinto por superior de la misión de Polonia, infundiéndole su espíritu, y comunicándole también su mismo don de milagros. Partieron todos siete en compañía del Obispo; pero como habían resuelto hacer el viaje a pié y mendigando, a imitación de los Apóstoles, se separaron luego de él, y tomaron el camino por Venecia y por la Carintia. Predicaban en los lugares donde se detenían, y siempre con mucho fruto, conociendo luego los pueblos que el nuevo Instituto se componía todo de varones apostólicos. Llegando a Friesach, ciudad de la Carintia, predicó en ella san Jacinto con fruto tan copioso, y derramó el cielo tantas bendiciones sobre sus apostólicos trabajos, que los habitantes resolvieron detenerle. Fundó en aquella ciudad un convento de su Orden, y se detuvo en ella seis meses para instruir y formar los novicios que se presentaban, y no fue posible que los ciudadanos le dejasen proseguir al término de su misión, hasta que les dejó a Fr. Hermano, uno de sus discípulos.

Cuando llegó a Polonia no son explicables las demostraciones de alegría y de veneración con que fue recibido. En todas partes le salía a recibir el clero, la nobleza y el estado llano, conduciéndole en todas como en triunfo. Se rendían estos honores, no tanto a su nacimiento como a su virtud. En él todo predicaba: su modestia, su exterior humilde y mortificado, y todos sus modales, todo concurría a granjearle la confianza y la veneración de los pueblos. Llegó a Cracovia, y no sólo fue recibido de su tío el Obispo y del clero, sino también de la nobleza y del pueblo como un enviado del cielo. Apenas subió al púlpito cuando se vio desterrado el vicio, la profanidad y la disolución. Bastaba verle para moverse a compunción; bastaba oírle para convertirse: no bien dio principio a las funciones de su ministerio, cuando mudó de semblante toda la ciudad. Le facilitaron fondos para fundar un suntuoso convento. Le cedieron la magnífica iglesia de la Trinidad, que era la principal después de la catedral. Muy en breve se vio fundado un espacioso convento, y lleno de un prodigioso número de santos religiosos formados de su mano, y animados de su espíritu, que llevaron a todo el reino las luces de la fe y la reformación de las costumbres. Asombra verdaderamente el número de las admirables conversiones que hizo, y fue su convento el asilo de la inocencia y de la mortificación. Se mudó el semblante de toda la diócesis por el celo de aquel nuevo apóstol, que resucitó en toda ella el espíritu de la oración, de la caridad, y el uso de las abstinencias que se practicaban en los primeros siglos de la Iglesia.

No era fácil resistir o a la fuerza de sus palabras, o a la eficacia de sus ejemplos. Su abstinencia era continua. Además de los ayunos que prescribían las constituciones de la Orden, ayunaba a pan y agua los viernes y todas las vísperas de fiesta. Pasaba en oración la mayor parte de la noche delante del santísimo Sacramento, y el poco sueño que tomaba era sobre la desnuda tierra. Todos los días añadía alguna penitencia de nueva invención a las ordinarias. Por las noches despedazaba su cuerpo con una áspera disciplina, y en todos tiempos maceraba su inocente carne. No había instante ocioso en toda la economía de su vida: o predicaba, o confesaba, o visitaba los enfermos, u oraba.

San Jacinto_Aparicion_de_la_Virgen_(Pedro_de_Raxis_1626_Granada)Aunque su devoción era universal, no dejaba demostrarla muy particular al santísimo Sacramento del altar, y a la santísima Virgen, de quien recibía grandes favores. Nada emprendía que primero no lo ofreciese a Dios delante del Sacramento, implorando con una oración particular la protección de la santísima Virgen. En todos sus discursos había de entrar la devoción de esta Señora; promovía su culto por cuantos medios podía imaginar. Le favoreció con muchas gracias esta Madre de misericordia, derramándolas abundantemente sobre aquel su amado favorecido. Estando en oración delante de su altar la vigilia de la Asunción, y contemplando las maravillas de este misterio, se le apareció rodeada de un gran resplandor; y manifestándole lo gratas que le eran sus oraciones, dijo: “Está seguro, hijo Mío, de que conseguirás de Mi amado Hijo todo lo que Le pidieres por Mi intercesión.”

Después de haber trabajado con tan feliz suceso en el obispado de Cracovia y en el territorio de su comarca, extendió su celo a las provincias vecinas, y desde ellas alargó presto su misión a los países extranjeros. Envió a Bohemia con algunos compañeros al bienaventurado Ceslao, los cuales llenos todos de su espíritu, hicieron grande fruto. Tomó consigo nuestro Santo nuevos operarios, y se entró con ellos a intentar semejantes expediciones en el corazón del Norte, donde había muchos pueblos o cismáticos y herejes, o idólatras y sin religión, y por consiguiente abundante campo para hacer conquistas al reino de Jesucristo. Las hizo; no bien se dejó ver Jacinto en aquellas naciones, cuando todos abrieron los ojos a las luces de la fe, y entraron en el gremio de la Iglesia. Los conventos de su Orden que fundó en Pomerania, en la Prusia y en las costas del mar Báltico, como fueron los de Camyn, Premislav, Culm, Konigsberg, Elbing, la península de Gedan, donde se edificó después la célebre ciudad de Dantzick, fueron las mejores pruebas del fruto de sus trabajos, y otros tantos seminarios de hombres apostólicos.

Creció su celo a vista de tan felices sucesos, y pasó a la Livonia, a Suecia, a Dinamarca, a la Noruega, penetrando hasta la Escocia. Desde allí dio la vuelta hacia el Levante de Polonia, y predicando en la Rusia menor, reconcilió con la Iglesia romana al príncipe Daniel, que seguía el cisma de los griegos. No hubo jamás conquistador que en tan breve tiempo corriese tantos países, ni rindiese tantas naciones como este ilustre Apóstol conquistó para Jesucristo. Pareciendo estrechos los límites de la Europa a su apostólico celo, corrió hasta las márgenes del mar Negro, entrando en las islas del Archipiélago sobre las costas de Asia, y en todas partes confundió el error, disipó el cisma, destruyó la idolatría, convirtió mahometanos, haciendo triunfar en ellas la fe y la Iglesia del Señor. Volviendo después a subir hacia el Norte, entró en la gran Rusia, o en la Rusia mayor, es decir, en Moscovia. Fácil es discurrir cuánto tendría nuestro Santo que padecer en todas estas expediciones, tratando con pueblos bárbaros, a quienes le era tan preciso domesticar como convertir.

Residió por mucho tiempo en la gran ciudad de Kiovia (Kiev, Ucrania), capital de una y otra Rusia. Era abundante la mies, y trabajó en ella con tanto celo, que le mereció nuevas bendiciones a sus grandes y apostólicas fatigas.

A la verdad, aunque fuese grande la fuerza de sus palabras, y mayor la de sus ejemplos en una vida tan santa, nada hubiera bastado, o ni las unas ni las otras serían tan eficaces, si Dios no las hubiese acompañado y sostenido con la virtud de los milagros. Los hizo tan grandes y en tanto número, que con razón se le puede llamar el Taumaturgo de su siglo. Le habían fundado en Kiovia (Kiev, Ucrania) un hermosísimo convento y una magnífica iglesia.

Sitiaron los tártaros la ciudad, la tomaron por asalto, y todo lo entraron a sangre y fuego. Acababa el Santo de decir misa cuando tuvo esta triste noticia; tomó el Sacramento en las manos, y mandó a todos los religiosos que le siguiesen; pasaba por delante de una estatua de alabastro de la santísima Virgen, delante de la cual solía hacer oración, y oyó una milagrosa voz que le dijo: “¿Pues, qué, hijo Mío, Jacinto, aquí Me dejas a merced de los bárbaros?”

Deshaciéndose en lágrimas el Santo, respondió: “Señora y madre mía, ¿cómo podré yo llevar una imagen de tanto peso?” A que respondió la Imagen: “Haz la prueba, y verás que no es superior a tus fuerzas.”

San Jacinto_yaguachi-17-ago

Tomó entonces el Santo la corpulenta imagen, la que se hizo tan ligera, que la llevó en una sola mano, y saliendo por la puerta de que todavía no se habían apoderado los tártaros, tomó el camino de Cracovia.

Se siguió inmediatamente al primer milagro otro no inferior. Llegando con aquella preciosa carga a la orilla de un caudaloso rio, se halló sin puente y sin barca para pasarle. Lleno entonces de confianza en el poder de aquel Señor que llevaba en sus manos, y en la protección de la soberana Reina, cuya imagen conducía, comenzó a caminar a pie enjuto sobre las aguas, y mandó a sus religiosos que le siguiesen. Este insigne milagro se refiere en la bula de su canonización; pero no fue solo.

Iba un día a predicar a Wisgrade, ciudad situada a las riberas de un profundo río, y no encontrando barca para atravesarle, tendió su manto sobre las aguas, y pasó al otro lado. Resucitó en vida dos muertos, y obró tantas maravillas, que la misma bula de su canonización cuenta hasta mil doscientas.

San Jacinto_Walking_on_the_Water

Después de cuarenta años de trabajos apostólicos, acompañados de tan prodigiosos sucesos, le reveló el cielo el día de su muerte, para la cual se había preparado toda la vida, y supo que había de asistir en el cielo al triunfo de la Virgen el día de Su gloriosa Asunción. Cayó malo en el de las Nieves; y la vigilia de la Asunción, habiendo exhortado a sus religiosos al desasimiento de todas las cosas, a la exacta observancia de su santo Instituto, y a la devoción con la santísima Virgen, se dispuso con nuevo fervor para celebrar la fiesta. Asistió el día siguiente a los divinos oficios; y habiendo recibido todos los Sacramentos, rindió tranquilamente su espíritu en manos del Señor el día 15 de agosto, y fue a recibir en el cielo el gran premio debido a su inocencia y a sus merecimientos. Sucedió su muerte el año de 1257, a los setenta y dos de su edad. El mismo Dios quiso dar testimonio a los hombres de la santidad de su siervo, y de la gloria con que le había coronado, continuando después de su muerte la virtud de los milagros que le había concedido en vida.

Fue canonizado con la acostumbrada solemnidad por la Santidad de Clemente VIII el año de 1594, y el papa Urbano VIII fijó su fiesta el día 16 de agosto. La reina de Francia Dª Ana de Austria, madre de Luis el Grande, consiguió de Ladislao, rey de Polonia, un considerable hueso de las reliquias del Santo, y fue el cráneo, que se colocó en la iglesia de los Padres Dominicos de la calle de San Honorato en París. El cuerpo del Santo se venera en la magnífica capilla de Cracovia, que se edificó en honra suya.

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Fuente:
https://books.google.co.ve/books?id=UlWYr0SP26oC&pg=PA5&lpg=PA5&dq=A%C3%B1o+Cristiano+o+Ejercicios+Devotos+Agosto&source=bl&ots=vYHVgaJGIk&sig=jclvVNLhvxEa4Cp8pi6bClHdXtU&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjz0dn3osbOAhWDmR4KHR0FBzoQ6AEIKzAD#v=onepage&q=A%C3%B1o%20Cristiano%20o%20Ejercicios%20Devotos%20Agosto&f=false

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