Prometo a Nuestro Señor Jesucristo ofrecerme todas las mañanas a Dios Padre, en unión con las Divinas Llagas de Jesús Crucificado, por la salvación del mundo entero… por el triunfo de la Santa Iglesia, por los pecadores y las almas del Purgatorio.

Del Libro: La Hermana María Marta Chambon de la Visitación de Santa María de Chambéry Las Santas Llagas de Nuestro Señor Jesucristo

Cómo supo corresponder la Hermana María Marta
a los deseos de Jesús.

Movida hasta las más íntimas profundidades de su ser por tales revelaciones, nuestra querida Hermana se dejaba impregnar de ellas toda entera. Estaba enamorada de tal amor por las Llagas adorables del Salvador, que le parecía “que iba a devorarlas”. Su más ardiente deseo era suscitar en el universo los sentimientos de amor y de respeto que deben inspirar, dispuesta a dar su vida por la extensión de un culto que ella quería ¡inmenso, apasionado, sin límites!

Si, por otra parte, su ardor se relajaba, si las invocaciones eran menos frecuentes en sus labios, Jesús no tardaba en presentarse a ella en el lastimoso estado a que le han reducido nuestras iniquidades, y mostrándola Sus Llagas, le hacía amorosos reproches:

“Ellas te miran siempre, aun cuando tú las olvidas; tú, que siempre deberías mirarlas… Te las he hecho Yo ver tan a menudo, que esto debería bastarte; pero no, es preciso que siempre despierte Yo tu fervor.”

Otra vez: “Yo soy quien quería las invenciones de los verdugos para hacerme sufrir… Las quería por amor vuestro y para satisfacer a Mi Padre. ¡Todo se hacía por Mi Voluntad!… Ahora, hija Mía, Yo te haré sufrir porque lo quiero! ¡Deseo y quiero que tú Me indemnices de los ultrajes que recibo!… Yo te quiero Víctima en pie; seré tu Sacrificador. Levanta tu corazón y arrójate en Mis Llagas.”

Presentándose a ella como en un cuadro: “¡Es necesario copiarme! —suplicaba un día con un acento de indecible ternura y ardiente deseo— ¡Es necesario copiarme!… Los pintores hacen cuadros más o menos conformes al original; mas aquí soy Yo el pintor y grabo Mi imagen en vosotras, si vosotras Me miráis.”

Volviendo sobre esta misma invitación, le enseñaba otro día nuestro divino Salvador:

“Hija Mía: Cuando un pintor quiere hacer un cuadro, prepara primero la tela que debe recibir su pincel.”

“Buen Maestro: ¿Yo no sé lo que quiere decir esto?” —preguntó ella en su grande ignorancia. Y Jesús tuvo que explicar que su alma era esta tela preparada:

“Hija Mía: Prepárate a recibir todas las pinceladas que Yo quiero darte.”

Algún tiempo más tarde, Él la preguntaba:

“Hija Mía: ¿Quieres tú estar crucificada Conmigo? O bien: ¿Quieres ser glorificada?”

“¡Ay, mi buen Jesús: Quiero más ser crucificada! ¡Bien quería sufrir por Vos como Vos habéis querido sufrir por mí!…”

“Sufrirás por Mí como Yo he sufrido por ti, haciendo todas tus acciones por agradarme y no rehusándome ningún sacrificio…”

A estas palabras, la Hermana María Marta fue repentinamente invadida por un grande temor y se puso a enumerar sus innumerables defectos, como un obstáculo a las gracias de Dios…

“Tus defectos —replicó su tierno Maestro— aparecerán todos en el día del Juicio; pero ¡para gloria tuya y para la Mía!… Yo recibo todas tus acciones y tus sufrimientos por los pecadores y las Almas del Purgatorio; pero es necesario que permanezcas pegada a Mi Corazón, a Mis Llagas, no haciendo más que uno Conmigo… No debes salir de Mi Corazón, porque Yo no podría comunicarme más contigo.”

“Buen Maestro: Enseñadme el catecismo —pidió una vez con su candor y su atrevimiento de niña.

“Ven a tu morada, esposa Mía —responde Jesús, mostrándole Sus Llagas—; ven a tu morada, ahí lo encontrarás todo!… Yo seré tu predicador y te enseñaré a inmolarte por Mí y por el prójimo. ¡El Crucifijo! ¡He ahí tu libro!… Toda la verdadera ciencia está en el estudio de Mis Llagas. Aun cuando todas las criaturas las estudiaran, todas encontrarían en ellas bastante, sin tener necesidad de otro libro. Éste es aquél en donde Mis Santos leen y leerán eternamente; es el solo que debéis amar, es la sola ciencia que debéis estudiar.”

“¡Cuando sacáis de Mis Llagas, —le confía aún Nuestro Señor— aliviáis al Divino Crucificado!

Y, volviéndose a nuestro Santo Fundador, presente a la conferencia:

“He aquí tu fruto —le dice—: una de tus hijas que saca Mi Sangre de los agujeros sagrados, para darla a las almas y aplacar Mi Justicia.”

Nuestra Hermana, devorada como estaba del amor de Dios, se aprovecha de este instante para pedir a nuestro Bienaventurado Padre que le alcance ir muy pronto a la Patria a gozar del Bien soberano. Mas, Él respondió a sus súplicas:

“Hija mía: Es preciso hacer tu tarea. Ninguno puede entrar en el Cielo antes de haber cumplido su tarea aquí abajo. Si vinieras aquí, viendo que tu tarea no está hecha, querrías volver a la tierra para acabarla, considerando la gloria dada al Divino Maestro y cuánto aplacas la Justicia de Dios, tan fuertemente irritada… Yo estoy muy contento de la gloria que me dais también a Mí invocando las Santas Llagas.”

Así, la Hermana María Marta estaba constantemente sostenida y alentada en “su tarea”, según la expresión que vuelve sin cesar a sus labios. Esta tarea, ya lo hemos visto, era, en primer lugar, el hacer valer continuamente los méritos de las Santas Llagas de Nuestro Señor Jesucristo por las necesidades de la Iglesia militante y de la Iglesia paciente. Era después trabajar en renovar, en los límites de lo posible, esta saludable Devoción en el mundo entero.

La primera parte la tocaba personalmente: Nuestro Señor la había comprometido por medio de solemnes promesas, antiguas y redactadas por la mano maternal:

“Yo, la Hermana María Marta Chambón, prometo a Nuestro Señor Jesucristo ofrecerme todas las mañanas a Dios Padre, en unión con las Divinas Llagas de Jesús Crucificado, por la salvación del mundo entero y para el bien y perfección de mi Comunidad.

Yo le adoraré en todos los corazones que le reciben en la Santa Eucaristía… Le daré gracias de que quiere con ardor venir a tantos corazones que están tan poco preparados… Yo prometo a Nuestro Señor, con el socorro de Su Gracia y en espíritu de penitencia, ofrecer cada diez minutos las Divinas Llagas de Su Sagrado Cuerpo al Padre Eterno… unir todas mis acciones a Sus Santas Llagas, según las intenciones de Su adorable Corazón por el triunfo de la Santa Iglesia, por los pecadores y las almas del Purgatorio, por todas las necesidades de mi Comunidad, las del Noviciado, del Pensionado y en expiación de todas las faltas que se cometen… Todo esto por amor, sin obligación de pecado.”

La invocación: “Padre Eterno: Yo os ofrezco las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo para curar las de nuestras almas.” Tal es la fórmula de esta ofrenda.

La Hermana María Marta había prometido cada diez minutos, pero no pasaba casi momento del día en que su boca no la renovara, juntando a ella la segunda invocación: “Jesús mío: Perdón y Misericordia por los méritos de vuestras Santas Llagas.” —La existencia de nuestra querida Hermana se hizo así una oración no interrumpida: La unión con Dios, un silencioso recogimiento, se traslucía en su fisonomía. Al verla, nos conmovía con sus ojos casi siempre cerrados, sus labios murmurando sin cesar una oración. En el coro, sobre todo, se perdía verdaderamente en Aquél que se dignaba mostrarse a los ojos de su alma, como un Padre y un Amigo.

En cuanto a la segunda parte de “la tarea”, la de despertar en las almas la devoción a las Santas Llagas, no dependía únicamente de la heroica generosidad de la Hermana María Marta.

Nuestro Señor había tenido cuidado de lo largo y las dificultades que en ello habría:

“Tu camino es hacerme conocer y amar por Mis Llagas, sobre todo en el porvenir. Será necesario largo tiempo para establecer esta Devoción.”

El velo del porvenir parece haberse levantado en parte ante la mirada de la Hermana María Marta en una cierta visión, cuya oscuridad deplora nuestra respetable Madre Teresa Eugenia Revel con sensible sentimiento: “No hemos podido saber más de esto, sobre el fin de esta visión ni sobre su significación” [1].

Sin entrar nosotras mismas en el detalle de esta relación, sin buscar una interpretación que sólo podría ser personal y, sin duda, idea propia, constatemos los hechos reales. La Hermana María Marta, con la ayuda de sus Superioras, había introducido la Devoción a las Santas Llagas en la Comunidad: éste era un primer paso.

Numerosos Monasterios siguieron este ejemplo y adoptaron la Devoción: fue el segundo paso. La concesión de trescientos días de indulgencias en favor de todas las Visitaciones del mundo, fue el tercer paso. Con razón podemos esperar que la publicación de las gracias concedidas a nuestra Hermana, la benéfica influencia de las Palabras de Jesús en lo concerniente a su santa y amorosa Pasión, el celo de las almas religiosas, la extensión que se hará, sin duda, de las indulgencias a todos los fieles[2]… contribuirán a que saquemos siempre con más avidez de los tesoros infinitos de la Pasión del Salvador.


Últimos años y muerte de la Hermana María Marta.

El fin de esta reseña era sencillamente dar un bosquejo del plan divino en la vida de la Hermana María Marta, exponiendo su misión, su “tarea” de depositaria y de apóstol de las Santas Llagas. Mas eso no es más que un lado de su vida interior.

Nos restaría el hablar de la “Santa Infancia” y del comercio tan íntimo, tan gracioso, que existía entre esta “alma niña”, muy pura y muy sencilla, y el celestial Amigo de los pequeños y de las Vírgenes.

Nos quedaría que decir el amor de su corazón, despojado de todo otro amor por Jesús Sacramentado.

Nos quedaría que demostrar cómo este constante comercio tan íntimo con Jesús Crucificado y Jesús Niño, la llevaba naturalmente y como por instinto a las grandes y sólidas devociones: a mostrar, por ejemplo, su devoción a la Santísima Trinidad, con las cosas extraordinarias (milagrosas, nos atrevemos a decir) que fueron más de una vez la recompensa de eso; a pintar su tierna devoción hacia María, que tomó por Madre suya en toda la fuerza de la expresión y que —mostrándose verdaderamente Madre— venía a completar las lecciones de Jesús y hacer, cuando era necesario, la corrección materna a su hija.

Nos quedaría, en fin, que enumerar sus mortificaciones, que describir sus éxtasis…

Todas estas cosas se leerán con el detalle de la biografía de la Hermana María Marta, en la “Vida” que se prepara y que, si Dios lo permite, será publicada un día…

Las gracias y las comunicaciones divinas llenan verdaderamente todas las horas de esta vida excepcional ¡durante veinte años!; es decir, hasta la muerte de nuestra respetable Madre Teresa Eugenia Revel (30 de Diciembre de 1888).

Mucho tiempo antes, mostrando Jesús a la Hermana María Marta las dos Madres que tenían el secreto de todas Sus gracias, le había hecho esta pregunta: “¿No Me harías tú el sacrificio de ellas?…” Y esta alma, desprendida de todo lo que no era Jesús, había aceptado, con una condición, sin embargo, y es que, desde entonces, nada aparecería ya de los favores con que Él la colmaba… que todo quedaría oculto entre ellos dos solamente.

Jesús prometió y cumplió Su Palabra. Después de la muerte de nuestra buena Madre Teresa Eugenia, cubrió con un velo, cada día más impenetrable, aquella que Él había resuelto tener oculta hasta su último día. Dios permitió, por un conjunto de circunstancias demasiado largas de referir, que las Superioras que después vinieron no tuviesen sino un conocimiento muy vago de las gracias recibidas; los cuadernos que las contenían estaban depositados en otras manos mientras ella vivió.

Durante los veinte últimos años, es decir, hasta su muerte, nada apareció al exterior de esas gracias maravillosas; nada, sino las largas horas que la Hermana María Marta estaba al pie del Santísimo Sacramento, inmóvil, insensible, como en éxtasis… Y nadie se atrevía a interrogarla sobre lo que pasaba en esos benditos instantes entre su alma arrobada y el Huésped divino del Tabernáculo.

Esta trama continua de oraciones, de trabajo y de mortificación… ese silencio, ese borrarse en absoluto, nos parece una prueba más —y no de las menos convincentes— de la verdad de los favores inauditos de que fue colmada. Un alma de sospechosa humildad, o aun de ordinaria, hubiera tratado de atraer la atención, hubiera pretendido captar no pequeña gloria de la obra que Jesús ejecutaba en ella y por ella… ¡La Hermana María Marta, jamás!… Se sumergía con delicias en la sombra de la vida común y oculta… Pero como el grano de mostaza arrojado en tierra, la Devoción a las Santas Llagas germinaba en los corazones.

Durante la última noche de Navidad que pasó nuestra Hermana en la tierra, Jesús —queremos creerlo— le había avisado de su próxima partida de este mundo, y al mismo tiempo de los sufrimientos que Él quería aun pedirle.

Una Hermana que estaba cerca de ella en la Misa de las doce, la oyó exclamar con angustia: ¡Oh, Jesús mío, esto no…. ¡Todo sí, todo; pero no esto!…”

“¡Esto!”, ese esto, ¿debía de ser la penosa y dolorosa enfermedad?… ¡Esto!… debía de ser, sobre todo, el desamparo interior, la ausencia del muy Amado… Acostumbrada a su querida presencia, a su cotidiana conversación, no podía —sin un desgarramiento doloroso— aceptar esta privación. Así, notamos desde aquel día impresa sobre su fisonomía una profunda tristeza.

Atacada de un gran catarro, al cual se juntaron diversas complicaciones muy graves, recibió la Santa Unción el 13 de Febrero de 1907.

Un doloroso Calvario le quedaba que subir: cinco semanas de supremas purificaciones, durante las cuales, su Salvador la identificó más que nunca, para hacerla más semejante a Él, a las agonías físicas y morales de Su Pasión. Ya la había prevenido antes: “El mal que te dará la muerte, saldrá de Mis Llagas.” Nos percatábamos de que algo misterioso había en este último combate de la naturaleza…

El 21 de Marzo, después de una noche de terribles sufrimientos, sobrevino un gran sosiego y un gran silencio… Toda la Comunidad rodeaba a la moribunda, recitando millares de veces las queridas invocaciones a las Santas Llagas.

En fin: a las ocho de la noche, en las primeras vísperas de Sus Dolores, María venía a buscar a la hija ¡a quien había enseñado a amar a Jesús!… Y el Esposo recibió para siempre en la Herida de Su Corazón Sagrado a la esposa de quien había hecho aquí abajo su Víctima muy amada, su Confidente y el Apóstol de Sus Santas Llagas.

Dios sea bendito.

________________________
[1] Era el 29 de Agosto de 1868. En esta época, notémoslo de paso, una obra empezada en 1843 seguía su progreso en Lyón. Fue elevada al rango de Archicofradía en 1875. Es la Archicofradía de las Cinco Llagas, cuyo centro era: Calle de la Infancia, 65. Lyón.
[2] Esta extensión ha sido hecha por la Santa Penitenciaría en 16 de Enero del presente año 1924. (N. del T.)

Fuente:
http://www.maria-marta-chambon.info/

De los escritos de la Hna. María Marta Chambon aquí publicados:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/hna-maria-marta-chambon/

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