Fines de las apariciones y revelaciones en Ezquioga.

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.

Capítulo XII

CAPÍTULO XII. Observaciones generales y particulares a las apariciones y revelaciones. Los dones sobrenaturales, según la Sagrada Escritura. Lo que oponen los que rechazan y los que admiten el orden sobrenatural acerca de Ezquioga. Dos clases de Apariciones. Dos linajes de apariciones auténticas. Triple caso. En los casos seriamente dudosos. Durante el estado caído. Valor de las apariciones y revelaciones privadas. Fines de las apariciones y revelaciones en Ezquioga. Enjuiciamiento de los prodigios. No hay que ser amigos de éxtasis. Hasta que la Iglesia hable…, no hay que creer?, no es menester creer…?, no hay que moverse…? 

Observaciones generales y particulares a las apariciones y revelaciones.
Los dones sobrenaturales según las Sagradas Escrituras.

Es muy chocante que entre católicos se tomen, poco menos que con mohín de labios y encogimiento de hombros, cuanto se relaciona con las apariciones, revelaciones y milagros. Se quisiera muchas, casi todas las veces, que tales muestras extraordinarias de la omnipotencia y misericordia divinas, aún después de un minucioso examen y detenida comprobación, resultasen fallidas. Entonces se echarían al vuelo las campanas. Ello prueba el bajo nivel a que han llegado en general los espíritus. Sin embargo, un esbozo general del hecho de estos singulares dones, al que hay que prestar grande atención, dará a conocer el extravío de semejantes espíritus

Es de fe que, entre las especiales gracias divinas, concedidas por lo mismo a personas extraordinarias para utilidad de la Iglesia y también de algunos fieles en particular, se cuentan los dones de visiones y profecías.  —I Cor. 12, 8—.

El exordio del público sermón, que el apóstol San Pedro —Hech. 2, 17 y 19.— predicó inmediatamente luego de haber recibido el Espíritu Santo, versó acerca de la repetición de la profecía de Joel. —Joel, II.— “Sucederá en los postreros días (dice el Señor), que Yo derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas y vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos revelaciones en sueños… Yo haré que se vean prodigios en el cielo y portentos abajo en la tierra…” El profeta David, al son de su regia arpa, cantaba al Señor: “Entonces hablas en visión a tus santos…”  —Salmo  88, 19—.

Todo, absolutamente todo el Apocalipsis de San Juan, libro tan sagrado e interesante como olvidado y descuidado, que si se tuviera rectamente en cuenta, daría lugar a una mejor ordenación de vida cristiana, no es otra cosa, como su mismo nombre indica, que una detallada profecía o revelación de los primeros y últimos tiempos del mundo, del alfa y omega de la Iglesia Católica. —Apoc., in omib. Caps.—.

La primera historia de esta Iglesia trata con hermosos detalles la oración, las visiones y revelaciones de San Pedro y San Pablo, antes y luego de convertido éste; las de Ananías, el discípulo; las de San Esteban, el protomártir; y las de los demás apóstoles y fieles; ítem, de los milagros obrados por Dios, mediante ellos, en testimonio de su religión y en beneficio de todos. —Acta Apost., in divers. Caps.—.

Y toda la historia de la Iglesia siguiente hasta nuestros días no hace sino reseñar comprobativamente la repetición de todos estos hechos en los santos.

¿Puede chocar esto? Pues, si el Espíritu Santo es siempre y no puede dejar de ser el mismo; y si la Iglesia de Jesucristo ha de subsistir, tal como su Fundador la estableciera, hasta el fin de los siglos, no ha de poder chocar tampoco en modo alguno el que no haya solución de continuidad en el otorgamiento de semejantes dones. Si hubiera alguna vez solución de continuidad en ellos, podríamos preguntarnos si acaso el Espíritu de Dios se había ahuyentado de su Esposa, la Iglesia…? Y puesto que esto no es, no puede ser (y debemos pedir que no lo sea jamás), es porque el hecho de las visiones, revelaciones y milagros es una prueba de la existencia de la Iglesia, asistida poderosamente del Espíritu Santo. Y si estos hechos se producen, especialmente en determinados tiempos y lugares, es porque hay asistencia divina en los pueblos cristianos, precisamente porque los necesitan más que otras veces para su santificación temporal y salvación eterna.

Negar estos magníficos hechos es, teniendo los ojos abiertos y sanos, rehusar ver la luz del sol.

Los que oponen, los que rechazan y los que admiten
el orden sobrenatural acerca de Ezquioga

Si fuéramos a contestar las argucias, recovecos y simplezas que se formulan contra las apariciones y revelaciones de Ezquioga, sería interminable tarea. Mas, toda la oposición verbal puede reducirse a dos capitales órdenes. 1º El que parte del bando que rechaza lo sobrenatural; y 2º El que sale del bando que lo admite.

¿Qué es lo que, en síntesis, vienen a formular los que rechazan lo sobrenatural?  Dicen:

1º  “Todo cuanto existe en la naturaleza está sujeto a observación, palpamiento y demostración”. Es así que nada de todo esto ocurre con lo de Ezquioga.  Luego todo ello es fantástico.
2º  “El orden sobrenatural no existe, pues nada hay fuera de la naturaleza”. Y como los fenómenos de Ezquioga se salen del marco de la naturaleza.  Luego son míticos.

Negamos en redondo ambos especiosos argumentos por su falta de base. Y lo demostramos así:

No todo lo que hay en la naturaleza está sujeto a observación, a palpamiento y a demostración. Porque en la naturaleza subsiste la vida espiritual, que ni se observa,  ni se palpa y demuestra. Pero se concibe, se siente y se prueba. Ahora bien, el espíritu sostiene relaciones de conexión íntima con mundos ajenos al en que vive. Y lo prueba su constante aspiración, no saciada, al supremo, al infinito conocimiento y goce.

Todavía más; aparte de que los fenómenos de Ezquioga se observan, se palpan y se demuestran; por ellos se conciben, se sienten y se prueban los que pertenecen a un orden superior, llamémosles preternatural y sobrenatural, quedando también en esto pulverizado el argumento segundo.

Más, no queremos perder el tiempo discutiendo con los que rechazan el orden sobrenatural, por no saber o no querer elevarse.

Vengamos a observar el lado fuerte de los que, admitiendo el orden sobrenatural, niegan las apariciones y revelaciones de Ezquioga. A todos estos advertimos que sí, admitiéndolo, niegan dichos fenómenos, se portan como si lo admitiesen.

Porque, si niegan o dudan los hechos que en Ezquioga se producen…; esto se soluciona tomándose el trabajo de comprobarlos personalmente en el lugar mismo donde se producen, porque lo contrario es hablar sin base.

Sí, admitidos los hechos, repugnan atribuirlos a sus verdaderas causas…: esto se resuelve examinándolos técnica y determinadamente, sin pasión, no una sino muchas veces. Y, precisamente, han de dar el resultado de que, lejos de ellos toda superchería, compadrazgo y enfermedad, muévense en su órbita sobrenatural, y, por excepción, preternatural.

Y, si, finalmente, afirmada la sobrenaturalidad de estos hechos y la intervención que en ellos pueda tener el diablo, se duda en cada caso de lo que pertenece a uno u otro orden, acabando por negarlo o dudarlo todo…: esto se satisface con el estudio místico de los repetidos hechos.

Todo lo que vague fuera de estos postulados, es querer perder el tiempo, embrollar los asuntos y pretender patente de seudo-erudito y seudo-científico.

¡Ah, la literatura…, la ciencia…! Bonitos mantos para envolver con ellos unos conocimientos tan limitados como es todo lo finito y lo que de lo finito procede.  Pretender que luche lo finito con lo infinito, por muchas vueltas que se dé a esa pobre ciencia finita, es querer luchar una hormiga contra un elefante. Dejemos a los que tales ridículas armas emplean, y pasemos a particularizar la proposición enunciada:

Dos clases de apariciones

Las apariciones pueden ser de dos linajes, es a saber: reales y alucinatorias.  No tratamos en modo alguno de las segundas, que son producidas por ardores de la fantasía privada: son las alucinaciones mismas.

Tratamos de las apariciones reales. Esto es, de las apariciones que en su propio ser o en especies del mismo se muestran al sujeto que las percibe (en cuanto a éste son visiones), en cuyo caso son enteramente ajenas al sujeto. Ellas aparecen y desaparecen independientemente de la voluntad o del esfuerzo del que las percibe.

Acudimos al reparo de nuestros diccionarios enciclopédicos que, al tratar de este asunto, rezan así; “Visión”: Acción y efecto de ver. Especie de fantasía o imaginación que no tiene realidad y se toma como verdadera”. “Apariencia: Aspecto o parecer exterior de una persona o cosa. Cosa que parece y que no es”. —Diccionario Salvat—. El lector, que consulta estas definiciones, viene a juzgar que las apariciones, por el hecho de serlo, son de lo exterior, de formas, de accidentes, no de substancias unidas a aquéllos; y que las visiones, consiguientemente, son aparentes y no reales. Y esto no es modo alguno exacto, ni física, ni psicológicamente, ni  menos aún teológicamente considerarlo.

No físicamente, porque los objetos que se pintan, modo inverso, según las leyes ópticas, en la retina, son reales, y, por tanto, la imagen que forman no es simulada, sino auténtica, y mientras subsiste el objeto presentado, aun cuando se contraiga más o menos, el cristalino, según la distancia de aquel (a menor contracción más distancia y viceversa) subsiste, asimismo, dicha imagen.

Lo hemos comprobado innumerables veces en diversos videntes auténticos y en pleno éxtasis, principalmente al término del mismo, cuando, en seguimiento del curso de la aparición, hemos advertido que el vidente levantaba gradualmente la cabeza, fijos los ojos en la aparición, que se elevaba hasta desaparecer. La retina, en este caso, se iba gradualmente contrayendo, así como se había ido agrandando también gradualmente a medida que la aparición, al principio se iba acercando.  Prueba de que ésta era real y verdadera.

No psicológicamente, porque los fenómenos de sensación y percepción que a la inteligencia fluyen, por conducto de la visión, son tan reales como la visión misma.

Y, en suma, no teológicamente, porque el juicio de sobrenaturalidad, que el alma forma de tales visiones, ha de ser, por consecuencia, real y verdadero también, quedando únicamente en el campo de su estudio el examen de si parte del espíritu bueno o del malo, esto es, si la visión es producida por Dios o por el diablo.

Dos linajes de apariciones auténticas

La aparición verdadera puede realizarse como dejamos advertido, de dos maneras: En su propio ser y en especies del mismo. Para Dios y para nosotros tanto monta la una como la otra, puesto que ambas pueden producir resultados idénticos, produciéndolos el hecho. Cuando se prueba que la aparición de un ser anda simultaneada en diversos sujetos, aunque en diferentes actitudes, no cabe duda de que la aparición es en especies. Pero, cuando esto no sucede, es a saber: cuando el ser o seres aparecidos a uno o diversos sujetos no toman simultáneamente diferentes actitudes, no puede afirmarse que sea en especies: es generalmente en su ser propio, aun cuando adopte actitudes y maneras de vestir diversas de las que teológicamente en la gloria tengan. Pruébase esto último por las apariciones de Jesús resucitado a sus apóstoles y discípulos, en las que el Salvador se presentaba realmente en su propio ser, aunque se mostrase de hortelano o peregrino. Y de un modo semejante, Jesús y la Virgen han aparecido y aparecen gloriosos, aunque se muestren no simultáneamente en forma de hortelanos, caminantes, pastores, pobres, etc.

No así los ángeles buenos y malos y las ánimas de los bienaventurados, a los cuales precisa tomar del aire un cuerpo fantástico, a nuestro modo de percepción acomodado, para aparecer a nosotros. Sucede entonces, que su ser espiritual subsiste realmente envuelto en los ropajes de la forma tomada en que se muestra.

Enjuiciamiento de las apariciones y revelaciones

Una cosa parecida decimos con respecto a las revelaciones. Las revelaciones son, consecuencia, aunque no necesaria, de las apariciones.  Aquellas son reales en tanto éstas lo son. Pero cabe la duda en si son de Dios, verdad suma; o del demonio, mentira personificada. Y para esto dejamos apuntadas algunas reglas, que el recipiendario de las visiones y revelaciones y su director espiritual, en todo cuerpo, necesiten aplicar a cada caso particular, a fin de no errar en materia de tanta monta.

No obstante, y precisamente por tratarse de materia tan delicada a par que abstrusa, para que toda cautela es poca y todo estudio es corto, apuntaremos algunas condiciones que se tendrán en cuenta, para el exacto conocimiento del origen de las revelaciones particulares, en nuestra larga experiencia obtenidas. Helas aquí:

1ª    Es preciso persuadirse ante todo de que “existe” aparición, bien sola, bien acompañada de revelación, distinguiendo asimismo, si se verifica en estado de vigilia o en sueños.

—En estado de vigilia se realiza: a) cuando se ha hecho prueba material de que no es alucinación de la mente ni defecto de la visión corporal; b) cuando se ha distinguido materialmente la aparición, y oído también materialmente la voz de la revelación; c) cuando se ha percibido intelectualmente esta voz; d) cuando se ha contrastado con los lados opuestos; e) cuando, sin pretenderlo, subsiste insistentemente el recuerdo de las mismas y determina a obrar en consecuencia.

—En sueños se verifica: Cuando la visión, sola o acompañada de la revelación, es clara, luminosa, lógica, terminante, ortodoxa, edificante, santificadora y estable

2ª    La revelación, como queda dicho, puede tenerse al propio tiempo con aparición o sin ella.

Cuando es con aparición, y para que no quepa duda de que lo es, se tendrá presente el origen de las mismas y se procurará se santigüe, invitándola a que diga: Alabados sean Jesús y María, o se la presentará un Crucifijo y se la invitará a que lo adore, en la seguridad de que si lo hace, es divina.

Cuando es sin aparición, esto es, cuando la revelación se reciba al oído, sea este material o espiritual, se guardarán unas cortas reglas, tan prudentes como seguras: 1ª Se hará contestar a la voz oída el Bendito sea Dios; Bendito sea Jesucristo; Bendita sea la Virgen Madre de Dios; y, si contesta afirmativamente a esto, es señal de que es divina; 2ª Siempre que la revelación dé una orden que atañe al bien común, no se ejecutará ésta hasta que sea refrendada por un competente director espiritual, o hasta que, mediando otra revelación auténtica, interese la inmediata ejecución de aquella orden; 3ª Sobre todas cosas, se procurará que el sujeto que recibe la revelación lleve una vida enteramente cristiana, a base de fervorosa oración, profunda humildad, dolorosa penitencia y heroico sacrificio.

3ª    La aparición y la revelación son de Dios, siempre que tiendan: a) a la gloria del mismo y de su Santísima Madre; b) a la edificación, santificación y salvación de las almas; c) al conocimiento, esclarecimiento o brillo de algún hecho necesario o útil, pasado, presente o futuro, pertinente al particular o a la Iglesia; d) cuando las revelaciones empleen términos claros, concisos, graves, puntuales, castos y edificantes; e) cuando cimente en la perfecta humildad y obediencia al transmisor de la revelación; f) cuando dejen en el ánimo perfecta paz, sereno gozo en el Espíritu Santo y grandes estímulos para adelantar en el camino de la perfección cristiana; g) cuando van acompañadas de verdaderos milagros; h) cuando el que la recibe es humilde, sencillo, temeroso de Dios y tentado del enemigo.

4ª  La aparición y la revelación son del demonio: a) cuando se apartan de los principios apuntados en el anterior párrafo; b) siempre que se destaque en el fondo de lo visto y de los dichos o hechos espíritu de soberbia, vanagloria y chocarrería; c) siempre que tiendan a la inercia, a la indiferencia y al desapego en el obrar santamente; d) siempre que desordenen y aticen, en perjuicio propio y ajeno, las pasiones humanas; e) siempre que contradigan diametralmente a lo que recen otras probadas revelaciones; f) siempre que dejen un sedimento de pena o turbación en el ánimo; g) siempre que sean inconsecuentes con la Ley de Dios y de la Iglesia Católica; h) siempre que se nieguen a reverenciar y adorar a Jesucristo en su imagen o sin ella, procurando entonces repetirle las palabras del Salvador, cuando fue tentado por el enemigo: Apártate de aquí, Satanás, porque escrito está: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo servirás.

5ª    En los casos seriamente dudosos se guardarán las siguientes cautelas: a) cuando todos los videntes probados convienen en un caso concreto, v. gr.: el hecho de los próximos castigos que el cielo enviará al mundo por su mal comportamiento y a fin de purificarlo y remediarlo, es que es claramente cierto; y b) no se tenga prisa en formar juicio ni ejecutar aquello que la revelación ordene, sino que se aguardará a segunda orden, en la que se repetirá la prueba anterior.

Las dudas, ciertamente, pueden provenir a causa del que la tiene o de la revelación que da margen a la duda. El caso primero se remedia con un estudio completo. El caso segundo, ya es más difícil, pero también con solución. Porque la duda fundada puede provenir de la contradicción en que incurran dos o más videntes probados acerca de un mismo caso concreto. ¿A qué es debida esta contradicción?

Repetidas veces varios videntes han afirmado serles revelado que otro vidente carece de visión. La inmediata es creer que este vidente ha terminado ya, como tal, su cometido. Y no se piensa que la verdadera visión puede faltarle “hic et nunc” por comisión de alguna falta considerable, bastante para desagradar a Jesús y a María, quienes amorosamente le castigan a no dejarse ver de él por un espacio de tiempo determinado. Una vez transcurrido éste, y haya salido del estado de lastimoso desagrado, puede volver a verles. ¿Por qué no? Conocemos muchos ejemplos que lo comprueban.

6ª    Durante el estado “caído” en que el vidente puede ignorar (algunos no lo ignoran) el apartamiento del Señor y de la Virgen, es muy fácil y hasta lógico que el diablo, cuya misión es imitar y engañar, se aproveche de una tal coyuntura para mostrarse al vidente, con la pretensión de imitar lo mejor posible al Señor y a la Virgen en aquellas formas y maneras en que éstos, de ordinario, aparecen, a fin de seducirle, si cae en el lazo tendido. Caído en él, no es extraño que diga luego, como cosa de Jesús y de María o del ángel bueno, lo que es parto exclusivamente suyo. De aquí la contradicción sobre unos mismos casos concretos en que algunos videntes han incurrido.

¿Cómo se remedia esto? ¿Cuál aparición y revelación, en consecuencia, son las auténticas?

Se procurará aplicar las cautelas antedichas para saber a qué atenerse en punto a conocer el origen de la aparición y revelación.

Si, no obstante, su aplicación persiste la duda, se la sujetará a la comprobación mediante algún vidente probado, extraño a ellas, que la presentará mentalmente  a Jesús o a la Virgen, en la oración fervorosa.

Si Jesús y la Virgen no respondiesen, se tendrá paciencia, reforzándose la oración con actos de virtudes, e insistiendo con nueva solicitud para que sea declarado.

Valor de las apariciones y revelaciones privadas

La Iglesia, al tratar de la canonización de santos, que han transmitido apariciones y revelaciones privadas, no afirma que éstas sean de Dios, ni impone obligación alguna de creerlas, sino que se limita a asegurar que nada contienen contra la fe y las buenas costumbres, y a permitir su lectura como útil al fomento de la piedad cristiana. Entonces es cuando las apariciones y revelaciones privadas adquieren su mayor valor. Fuera de este caso, o sea, cuando su lectura está solamente autorizada por un diocesano tienen un valor semejante, aunque tampoco obliga a darles asentimiento; si bien, la sistematización, en rechazarlas, siempre que se vea en ellas motivos de credibilidad, acusa irreverencia, privándose uno de aquellas gracias, que se recibirían si las abrazara.

El gran maestro de espíritu San Ignacio de Loyola —Libro de los ejercicios: Regla octava de discreción de la segunda semana— distingue dos tiempos en toda verdadera revelación. El primero es aquel en que el alma, a la que se revela, está bajo la acción directa de Su Divina Majestad en el cual naturalmente no puede errar; y el segundo tiempo es aquel en que le quedan al alma “reliquias de la consolación (revelación) pasada” en el cual, por su propia cuenta, puede añadir, de buena fe, alguna cosa, juntándolas todas como si todas fuesen de Dios. Así explican los autores las accidentales contradicciones que se observan en algunas revelaciones de los santos, cuyo discernimiento (si fue del 1º o del 2º tiempo) se hace en general difícil.

La sierva de Dios M. María Rafols, atestigua esto mismo cuando dice: “Yo no sé, Hermanas mías, si habré puesto en los Escritos, que con tanta repugnancia les dejo, alguna cosa cambiada de las frases que mi Divino Maestro me decía; porque, como alguna de las cosas que les digo, hacía tantos años que me habían sucedido, no me es fácil recordarlas a la letra, pero en lo substancial es cierto todo lo que digo”.  —Escritos de la sierva de Dios M. María Rafols, aprobados el 10 de abril de 1931, por el Sr. Arzobispo de Zaragoza; y posteriormente en Roma el Subpromotor y Asistente de la S.C. Ritos—.

Esta regla tan sabia para la valorización de las apariciones y revelaciones, no reza en cuanto a las de Ezquioga, por cuanto en éstas se ha procurado y se procura, desde un principio, el asentamiento de las apariciones y revelaciones en registros especiales, tan luego los videntes hayan vuelto del éxtasis, momento en el que tienen realmente presente todo cuanto el cielo les ha revelado. —Pruebas: Documentación Series A, B, C., Observaciones—.

De todos modos precisan tener en cuenta las Reglas mencionadas para la justa valorización de las revelaciones privadas.

Fines de las apariciones y revelaciones en Ezquioga

Hay que atender a los fines porque aparece la Santísima Virgen en Ezquioga: a) No es para dejarse ver y regalar a los videntes; b) ni para satisfacer a los que no lo son; c) ni para castigar a nadie; d) ni, finalmente, para obrar milagros.

No aparece para dejarse ver y regalar a los videntes; que son generalmente almas, aunque escogidas, corrientes.

No aparece para satisfacer a los que no son videntes; con muchos menos títulos aún que los que lo son.

No aparece para castigar a nadie; puesto que, siendo Madre de Misericordia, deja el castigo merecido para su Hijo, a quien está reservado hacer juicio. —Ni aun el Padre juzga visiblemente a nadie. Juan 5, 22—.

No aparece, finalmente, para obrar milagros. Porque los ya obrados en el curso de la Historia son suficientes para conocer los fines de Dios en la tierra. Sin embargo, los obra amorosamente en sus apariciones.

Al modo que “Juan el Precursor vino para dar público testimonio de la verdadera luz que alumbra a todo el mundo, de Jesucristo, Verbo encarnado que, estando en el mundo, el mundo no le conoció y los suyos no le recibieron; de forma que vino a fin de que por medio de él todos creyesen”; —Juan I—, así la Stma. Virgen, precursora también de Jesús, viene para dar público testimonio de la segunda venida de su Hijo; y como la Madre es en todo semejante al Hijo, de ahí que, visitando al mundo, éste no la conozca ni los suyos la reciban.

Aparece, pues Ntra. Señora para testificar que Jesucristo ha de visitar próximamente al mundo, descompuesto o salido enteramente de sus cauces, a fin de que por medio de Ella, todos crean y se salven; esto es, se salve todo lo que se pueda; que es precisamente el propio fin que el Hijo de Dios y de la Virgen tuvo para su primera venida a la tierra.

Este es el fin primario, el fundamental. El fin secundario, el accesorio, pero necesario a la humanidad, es que la Stma. Virgen, por el mismo procedimiento que emplea para testificar el fin primario, mediante el cual usa maravillosamente de su poder, sabiduría y misericordia —Estos atributos en María son los más grandes luego de los de la Santísima Trinidad (Santas Matilde y Gertrudis)— con los pecadores, se deje conocer, amar y glorificar más que lo ha sido hasta el presente, según vaticinaron algunos santos, entre ellos la V. M. Sor María de Jesús de Ágreda, el beato Luis María Grigñon de Monfort y la sierva de Dios Madre María Rafols, y hemos expuesto en líneas anteriores.

En una palabra; la voluntad primaria de la Virgen, que es la misma voluntad del Plan divino, es, como queda dicho, dar a conocer y ser testigo solemne de aquel fin fundamental; pero su voluntad secundaria estriba en que testimoniemos este segundo fin, para nosotros necesario, conociendo, amando y glorificando todavía más a Nuestra Señora, y haciéndola conocer, amar y glorificar más de  todos. Por Ella, ciertamente nos hemos de salvar.

Compruébase todo esto por las diferentes revelaciones que los videntes de Ezquioga han recibido, y que es precisamente la piedra de toque, la pauta por la que hemos de conocer, a ciencia cierta, para distinguirlas, cuáles sean las apariciones y revelaciones de la Virgen y cuáles no.

Por consiguiente; cuantas apariciones y revelaciones tiendan a la afirmación y propaganda de ambos fines, pueden tomarse como verdaderas, esto es, como divinas; mientras que las que se aparten y se divorcien de esta Regla y más aun si la contradicen, son falsas.

Enjuiciamiento de los prodigios

Con respecto a los prodigios, se estudiarán los hechos en sí mismos y en sus circunstancias, atendiendo a si están dentro del orden natural, del preternatural o del sobrenatural: pensando que son prodigios únicamente cuando se hallan fuera del orden natural, aunque éstos pueden ser obrados también por el diablo.  Solamente los obrados dentro del orden sobrenatural son auténticamente milagrosos o de primer orden; —Cap. IV. Milagro— pero, para calificarlos rectamente, como tales, se han de tener presentes las cautelas que sobre el origen de las apariciones, visiones y revelaciones dejamos dichas; puesto que para su calificación oficial únicamente la Iglesia Católica es competente.

No hay que ser amigos de éxtasis

Dice de sí misma una gran mística española: “Como esto de arrobos hace en el mundo imprudente tanto ruido, extendióse y pasó adelante la publicidad. Las superioras que tenía, siendo como eran amiguísimas de exterioridades, fuéronse empeñando con unos y otros seglares, y por haberles concedido a unos el que me vieran en el rapto, no se les negaba a otros. Pero Dios quiso que cierto enfermo me avisase del peligro que corría, y yo juzgué que debía atajarlo, como así lo hice”  —Mística Ciudad de Dios. Autenticidad de ídem y biografía de su fundadora, tomo V, trat. 2, cap. 7º núm. 51—.

Aun en las cosas santas exteriores caben sus peligros para el alma. Y estos peligros pueden atañer a tres linajes de personas, es a saber: a espectadores, simpatizantes y actores.

  • El púbico, de ordinario, es curioso y ávido de novedades y sucesos extraordinarios, cuanto más asombrosos mejor; y con esta simple curiosidad, no siempre malsana, se lanza a la expectación de los fenómenos que admira, y que pocas veces entiende, mayormente tratándose de fenómenos fuera del orden natural, no obteniendo de la contemplación de los mismos, sino el haber satisfecho la natural curiosidad sin haber penetrado en el fondo de los hechos, sin haberse elevado a las causas, y sin haber obtenido los frutos de santificación debidos. Resulta que los fines que el cielo tiene sobre dichos sucesos quedan en todo o en parte frustrados, en cuanto a los espectadores.
  • Los simpatizantes y ayudadores de tales sucesos, si no andan armados con los dones de ciencia y consejo que necesitan para tales menesteres, aunque de otro lado abunden en buen deseo y santo celo, se encontrarán que, aparte de que puedan incurrir en los inconvenientes de los anteriores, no podrán ayudar eficazmente a los videntes cuando de ellos necesiten, exponiéndose además, a entrar en un mar de confusiones y peligros, y a conducir y peligrar a sus ayudados.
  • Los mismos videntes deberán proveerse de ciertas necesarias cautelas para que la elevación espiritual a que les ascienden los éxtasis, en sí mismos considerados, y el alto concepto que les tienen los creyentes, no sean nuca motivo de vanidad y soberbia propia y menosprecio de los demás. El enemigo, que tan astuto es, prevalido de la permisión divina en la prueba a que están sujetos los videntes, podría determinar, si no hay base o hay poca base de oración, humildad y mortificación, graves caídas, que serían irreparables.

En evitación de peligros tales, se aconseja rehuir los éxtasis y raptos, y recibirlos con repugnancia, y sólo por obediencia y como medio de purificación y santificación propia y ajena, mas no buscarlos bajo ningún pretexto.

¡Hasta que la Iglesia hable… no hay que creer…, no es menester creer…,
no hay que moverse…! Esto se suele decir. Respondamos:

Como Dios, en cuanto concierne a los hombres, no obra, no sólo en el orden natural, pero ni aun en el sobrenatural, sin nuestra cooperación, resulta que, según la cooperación que pongamos, así obra Él.

Que Dios no obra, no sólo en el orden natural pero ni aun en el sobrenatural sin nuestra cooperación, se prueba, con respecto al orden natural, que, si de Dios depende nuestra vida, no nos la sostendrá, v. gr., si nos negamos a alimentarnos; y con respecto al orden sobrenatural, se prueba también que nos da su gracia y nos dará la vida eterna, si guardamos sus mandamientos.

Pero la proporción de nuestra cooperación a aquellas funciones, tanto del orden natural como del sobrenatural, dan la exacta pauta del modo de obrar de Dios en nosotros. Si nuestra cooperación es sincera y perfecta, la obra divina en nosotros es completa. Y si nuestra cooperación es extraordinaria y heroica en frutos de santidad, no cabe duda que la obra de Dios en nosotros ha de ser también extraordinaria y heroica en frutos de santificación y salvación propia y ajena. “Con el santo serás santo y con el inocente serás inocente, pero con el perverso te pervertirás” —Salmo 17, 26—, dice el Señor por el salmista. “Todo el que me defendiere, añade Jesucristo, delante de los hombres, le defenderé Yo delante de mi Padre celestial; pero todo el que me negare delante de los hombres, le negaré Yo delante de mi celeste Padre”  —Mat. 10, 33—.

He aquí la justa medida de la fructificación divina en los hombres y los grados de santidad en los justos, así como de la perversión y maldad en los pecadores.

La Iglesia Católica no definirá si no le ayudamos en los trabajos preparatorios conducentes a la definición. Es a saber: en la aportación fiel de personas peritas, en la refutación completa de los argumentos que se la opongan; en una palabra, en la presentación, exposición y desarrollo, netos y sinceros, de los hechos históricos, para que sobre ellos cimentarse pueda el ulterior examen y definición eclesiástica. Luego la proposición sentada, es a saber, que hasta que la Iglesia hable no hay que creer, no es menester creer y no hay que moverse no pasa de ser una infeliz argucia: es falsa completamente.

La historia eclesiástica no hace otra cosa que abundar en testimonios sobre estos menesteres. A las definiciones de los concilios y de los papas no se ha llegado nunca sino luego de una larga preparación, de una detenida discusión, de un maduro examen y de una fervorosa oración. Pero, fijémonos. Antes de todas estas cosas se han sucedido los preliminares de los fuera, muy fuera del seno de las curias episcopales y papales y de los concilios. Y estos preliminares constan: a) de la relación de los hechos; b) de la exposición e ilustración de los mismos; c) de la aportación de los documentos, monumentos y testigos; d) de la contrastación en sí mismos y en relación con ellos y con la obra de conjunto de los dichos testimonios históricos; e) de su explicación dentro del orden natural, y si en este orden no se halla la explicación clara; f) el sugerimiento de hallarla dentro del orden preternatural, más que, si en este segundo orden no se encontrare, entonces es, g) cuando viene a las mientes el orden sobrenatural, por si en él se halla la causa de los hechos contados, expuestos, testimoniados, documentados, monumentados, examinados y contrastados. Si, a veces, cuando se llega a la definición, el trabajo está casi todo hecho…

Díganlo las encuestas, las conferencias, las discusiones públicas, hasta ruidosas y acaloradas, a veces escandalosas, v. gr.: sobre el misterio de la Inmaculada Concepción, a partir del siglo XIII en que la Orden Franciscana tomó a pechos sostenerlo y la Sorbona de París juró defenderlo, y otras comunidades religiosas y cabildos canónicos y órdenes religioso-militares y asociaciones piadosas y particulares insignes se empeñaron en propagarlo. Y vinieron luego los reyes y los obispos y cardenales a interesar a los Sumos Pontífices, quienes, haciéndose aportar todo aquel costoso bagaje cultural y estudiándolo con detención, acabaron, al cabo de seis siglos, por católicamente definirlo.

En todo este largo proceso hubo grandes contrariedades, terribles polémicas, sendos disgustos entre personas todas ellas cristianas, religiosas, eclesiásticas y hasta santas; pero no se sabe que, por creer el Misterio, ampararlo, sostenerlo y defenderlo, cuando todavía no estaba definido por el Santo Padre, a quién en último término corresponde la sentencia definitiva, creyese los enemigos del Misterio que los que le sostenían eran malos católicos y que perdían la Religión, por lo que se les debía perseguir, ni menos aun el que se les negase la recepción de los santos sacramentos, como se ha hecho y se hace con muchos de los mantenedores de las apariciones de la Virgen de Ezquioga. Que no hay, no, causa ni motivo justificado para que estas penas se inflijan; porque desde el momento en que estas apariciones católicamente no están condenadas, hay libertad para creerlas y defenderlas; y los que tienen probadas pruebas particulares de las apariciones, de tal modo que lleven al propio convencimiento, deberán creerlas y sostenerlas, so pena de hacer traición a su conciencia y de exponerse a que el cielo le retire sus gracias.

La negación de los Santos Sacramentos a los videntes y demás, aun cuando se invoque la desobediencia a órdenes dadas en el Tribunal de la Penitencia por acudir a invocar a la Madre de Dios en el campo o por creer en las apariciones dichas, no es lícita, mientras la materia es libre. Y, siéndolo, es más ajustado a la justicia y a la caridad y a la Religión abrazarlas, por cuanto se honra a Nuestro Señor y a la Virgen, y se ejercita en las virtudes cristianas más que no en el extremo contrario, por la opuesta razón.

Díganlo, en cuanto más particularmente a nuestro asunto respecta, los trabajos preparatorios y los procesos mismos de la canonización de Santa Juana de Arco, del reconocimiento de los Secretos de la Saletta y de Fátima, de la beatificación de Bernardetta, etc., que han seguido un curso semejante al anterior.

Por manera que, cuando hay que recurrir a la Iglesia Católica, y cuando ésta entra en propias y exclusivas funciones, es cuando se han llenado todos aquellos huecos, ultimados sus detalles y orilladas sus dificultades. Aun entonces será preciso ayudarla con todas esas relaciones y exposiciones históricas y aportaciones mencionadas.

Es más; la Iglesia docente, para sus definiciones privativas de apariciones, revelaciones y milagros no obra exclusivamente; se vale y se ha de valer necesariamente de la Iglesia oyente, entrando en ésta los sujetos afectados a la aparición, a la revelación y al milagro, historiadores, críticos, testigos, psicólogos, psiquiatras y patólogos, vistos y oídos los cuales procede a madurar su juicio hasta dejarlo para sentencia de la cual se encarga el juez eclesiástico competente.

En nuestros trabajos del Libro presente no hacemos otra cosa que atenernos a las reglas anteriores, aduciendo las consiguientes pruebas. No definimos, que çesta no es nuestra misión; y si parece que resolvemos, es exponiendo con carácter humano, y privado y, por tanto, expuesto a rectificación por superior mandato, las consecuencias lógicas que se obtienen de las premisas aducidas.

Luego, eso de que no hay que moverse; de que no es menester creer; y de que no hay que creer, tópicos manidos por la ignorancia, la pereza o la poca voluntad es una torpe excusa o una deserción cobarde para dejar de obrar el bien activo o para estorbar a que el bien se practique.

Y, si como dejamos insinuado, el cielo obra en nosotros a proporción de la cooperación nuestra: así como trabajan pésimamente mal los que, sobre todo, por ignorancia, mala voluntad o pereza no se prestan a obrar el bien o lo estorban; así trabajan excelentemente bien los que ponen su grano de arena a la fábrica de la santificación de las almas y los pueblos, y ayudan a que se produzca luz cuando las tinieblas lo invaden todo.

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Los Hechos Ezquioga publicados en este sitio:
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