Novedades místicas descubiertas en las Apariciones y Revelaciones de Ezquioga.

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.

Capítulo XI

CAPÍTULO XI. Novedades místicas descubiertas en las Apariciones y Revelaciones de Ezquioga. a) Las perfecciones de la Madre de Dios. b) La Madre de Dios especie de infinito.  Visión de la V.M. Ágreda. c) Santiguaciones y bendiciones dadas por la Virgen. d) Hay palabras usuales en la tierra que en el cielo tienen significado diferente. e) Plan divino-mariano escalonado. f) La Corona de las doce estrellas, que nimba la cabeza de la Madre de Dios, es símbolo de posesión por Ella de los doce frutos del Espíritu Santo. g) Un ejemplo aplastante que Nuestra Señora titula: “Más nuevas pruebas de mis Apariciones en Ezquioga”  y que lo integra una triple pasión de 24 horas.

Novedades místicas descubiertas en las apariciones y revelaciones
de Nuestra Señora de Ezquioga 

A medida que nos vamos adentrando en el estudio reposado y contrastado de los Hechos de Ezquioga vamos descubriendo nuevas, hermosas y brillantes facetas al prisma de Nuestra Señora.

a) Las asombrosas perfecciones de la Madre de Dios: Hablamos como hombres de estudio, que no escatimamos medios para observar la esfera altísima, luminosísima, inmensa y como infinita en la que la Madre de Dios y de los hombres habita y se desenvuelve, para gloria de Ella, que la Trinidad beatísima ha querido concederla y para consuelo de nosotros pecadores. Y en estos estudios, con amor y perseverancia llevados, hallamos el dulce consuelo que el trabajador por la causa y defensa de tan buena Madre proporciona.

“Hay tanto en la Santísima Virgen que lo ignoramos del todo”, ha dicho Ella en una de sus revelaciones a los videntes de Ezquioga. Algunos santos lo proclamaron. Helo aquí: No ha sido hasta ahora ni es bastante glorificada María porque no se la ama bastante; y no es amada como merece, porque no se la conoce suficientemente. —Beato Luis Mª. Grigñón de Monfort, en La verdadera devoción a la Virgen.—

Ya ha llegado el tiempo de que esto se realice. Dios quiere abiertamente que su Madre sea, en estos críticos y últimos tiempos, todo lo magnífica que deba ser y merece. Las razones las hemos dado anteriormente. Y los hombres de estudio hemos de sondear a María para conocerla bien, a fin de más amarla y mejor glorificarla, en lo que llenaremos nuestro estrecho saber de católicos doctos.

En el estudio de las declaraciones de los probados videntes de Ezquioga, y más aún en la observación y examen detenidos e imparciales de los mismos ¡cuánta lumbre, que de día en día aumenta, cuántas cosas maravillosas, nuevas e hijas todas de la magnificencia de la más grande Pura criatura humana, no alcanzamos! Ante todo, vemos con los intelectuales ojos, más cerca de nosotros, sintiéndola, a la Madre de Dios. Y ¡qué insospechadas finezas y de íntimas consolaciones y de supremos goces no experimentamos! No importa nada absolutamente nada que la crítica, insensata y despiadada, dude, se ría y erradamente nos apostrofe. El hecho es éste, y creemos no ser nosotros los privilegiados.

Y como si en cada observación y examen, un ángel nos levantara un poco más el velo que encubre la vista y penetración de la gloria de la Madre de Dios, notamos, cada vez más, en esta divina Madre, la participación que de los atributos del Altísimo, tiene. Y ¡cómo se ven palpables sus cuatro dotes de gloria, común a los beatíficos espíritus: su incorruptibilidad, su luminosidad, su agilidad y su penetrabilidad! Pero, aun por encima de estos cuatro dotes de gloria, ¡cómo se vislumbra una plena participación, como si dijéramos, de la inmensidad divina; y ¡cómo adivina el pensamiento y oye la voz y acude enseguida al requerimiento y disipa la duda y alienta la esperanza y estimula al deber y atiende el ruego y consuela la congoja y premia el desvelo y calma el dolor y cura la enfermedad y fortalece el cansancio y enciende el deseo y lo mantiene en ascuas y satisface las supremas ansias del alma sin acabar de extirpar la sed de los abrasados, de los eternos amores! ¡Ah! Los que tal discurrimos, probándolo con razones y hechos, no vemos a la Virgen con las pupilas del alto éxtasis, pero la vemos con las anchurosas pupilas del pensamiento, saturado de la fe cristiana y con toda la gran efusión de nuestra alma, no sé si con más entusiasmo todavía que los probados videntes la perciben.

b) La Madre de Dios “especie de infinito”: Que la Madre de Dios y Nuestra sea más, mucho más, sin medida más que lo que se la escribe y se la predica y se la canta y se la cultua, esto se va descubriendo en los trabajos de investigación serena de los Hechos de Ezquioga, al apreciar en Ella un océano inmenso de gracias, milagros y perfecciones, que difícilmente de otro modo se descubrirían. Sólo por conocer más, por conocer hasta donde nos sea permitido en este mundo, a la Madre de Dios, se debiera tener interés por conocer los Hechos de Ezquioga.

San Dionisio de Areopagita había enseñado que “María forma en el cielo una jerarquía aparte, la más sublime después de Dios”. —Ella recibió el dominio participado de la divinidad, sobre toda la creación”. Mística C. de Dios, por la V. Mª de Jesús, de Ágreda, 3ª p. libro 8, núm. 778.—  Pero Santo Tomás de Aquino llegó a decir que es “el compendio de todos los milagros y Ella misma el milagro mayor: Es una especie de infinito, porque cuanto más se estudian sus perfecciones tanto más quedan que examinar”.  —En la Reina de las flores, por N. A. Perujo.—

Dice más todavía: “La bienaventurada Virgen, por ser Madre de Dios, tiene cierta dignidad infinita por el bien infinito, que es Dios, y por esta parte no se puede hacer cosa alguna mejor, como no pueda alguna cosa ser mejor que Dios”.  —Beato Virgo ex hoc, quod est Mater Dei, habet quamdam dignitatwem infinitam ex bono infinito, quod est  Deus: et ex hac non potest aliquid fieri melius sicut non potest aliquid melius ese Deo. D. Thomas, 1 p., q. 25, a 61.—

Quisiéramos que esta proposición del doctor angélico fuese estudiada con todo el ahínco que el asunto merece, para obtener las consecuencias lógicas que de él derivan. Ahora bien; las consecuencias lógicas de la especie de infinito mariano, son que “cuanto más  se estudian las perfecciones de María, tanto más quedan por examinar, “precisamente porque, pozo sin fondo, vena indeficiente e inexhausta,  —P. Pablo Séñeri, en El Devoto de la V. María, cap. II—,  por más agua que de él saquemos, jamás la agotaremos. Es el símil de la especie de infinidad mariana que nota el Angélico.

No enseña éste que María es infinita, porque solo Dios es el infinito, sino una especie de él, como si dijéramos una imagen y semejanza del mismo.

En efecto; Dios solo es infinito absolutamente en todo linaje de perfecciones. No puede Dios comunicar su naturaleza divina, ni aun un atributo necesario de su naturaleza a nadie. Pero lo que no puede absolutamente, ¿no ha de poder relativamente, que es como si, en cierto aspecto, dijéramos semejantemente?

No cabe duda que la Virgen María tiene, en algún modo, participación de la divinidad. Si el Padre la tomó por Hija y el Verbo por Madre y el Espíritu Santo por Esposa, ¿dígasenos si todas y cada una de las personas de la Trinidad beatísima no la dotarían de todos los carismas y todas las perfecciones imaginables que pueden comunicar, tanto más cuanto que el caso de la Virgen Madre es el único registrable?

Precisamente por esta única excepción, si Dios pudo conceder, y convino concediera a su Madre todos esos carismas y todas esas perfecciones, de hecho las concedió.

Que pudo otorgarlos no cabe duda, pues ello en Dios no envuelve absurdo, ni en cuanto al mismo ser divino ni en cuanto al atributo de su omnipotencia.

Que convino, tampoco cabe duda, lo mismo respecto de Dios que respecto de su Madre. A Dios, en efecto, convino que la que hubiese de ser su Madre estuviese dotada de todos aquellos privilegios que la elevan, engrandecen y no repugnan; pues es Dios mismo el que en este acto de magnanimidad se ve engrandecido. Y la Madre también convino gozar de todos esos carismas, para ser digna Madre del mismo Dios, y, materialmente, poderosa para con los hombres.

Si realmente convino, realmente Dios quiso; porque no podemos menos de creer que, en Dios, lo que a Él y a su Obra predilecta, sobre todas, conviene, deje de otorgarla eso mismo que, como conveniente, es reconocido.

Y como es Dios, poder, querer y hacer es todo una misma cosa, un mismo acto simplicísimo: Luego la Trinidad beatísima concedió a su Madre todos los carismas y todas las perfecciones imaginables que son comunicables. —“La regla por donde se miden los favores que recibí de la diestra de mi Hijo Santísimo es su omnipotencia y mi capacidad, porque me concedió todas las gracias que pudo concederme y Yo fui capaz de recibir; las cuales no estuvieron en mí ociosas sino que siempre fructificaron todo en cuanto pura criatura era posible. Ellas se fundaron y encerraron en hacerme concebida sin pecado”. La Virgen Santísima a la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, Mística C. de Dios, 3ª p., lib. VIII, cap. XII, nº 623—.

¿Y no es esto, acaso, un otorgamiento relativo, participado, semejantemente de la divinidad? ¿No es éste el especie de infinito del Angélico y la cierta identidad de naturaleza de S. Pedro Damiano?

“Es un consuelo pensar que hay un alma que ha recibido plenamente todo cuanto Dios quería darle, y que jamás ha impedido la manifestación de la gracia sobre las demás almas. Existe un alma absolutamente perfecta que, sin el menor obstáculo, ha dejado fluir sobre Ella el río de la vida divina que quiere fecundarlo todo. Existe un alma que jamás estuvo, ni siquiera por un instante, más baja que lo que Dios deseaba que se hallase. Es la de la Madre de Dios, la de la Madre de todos los hombres, que vela por ellos para llevarlos a la vida eterna”. —“La redención soberana y sus frutos en María” por Fr. Reg. Garrigón-Lagrange, O.P., en La vida Sobrenatural, nº 158.—

De aquí el que el insigne vate vallisoletano magistralmente con esta real octava la cantase:

“Virgen de toda culpa inmaculada,
criatura de Dios mismo elegida,
sobre el mortal caduco sublimada,
sobre el eterno coro enaltecida;
hízola Dios su esposa muy amada,
y entre Él y nuestra raza maldecida
Ella fue la divina mediadora
del pecado primer reparadora”.

María… Poema religioso. Por D. José Zorrilla.—

Es, ciertamente, el caso único de que una pura criatura humana haya llegado a participar de Dios todo cuanto Dios ha podido hacerla partícipe. Y si en Dios no repugna una participación relativa, a modo de semejanza, de su infinidad, he ahí por qué la Virgen madre sea la especie de infinito de que hablamos.

La Iglesia universal, en los oficios y misas de las diversas advocaciones de esta Virgen Madre, en los actos conciliares, y sobre todo, en la letanía lauretana, expresión secular católica mariana, la ha cantado: “Virgen prudentísima y Asiento de la Sabiduría, Virgen poderosa y Puerta del cielo, Virgen clemente y Arca de la alianza, Refugio de pecadores y Reina de todos los santos”: He aquí una prueba cultural universal de la especie de infinito  de María en todos los atributos divinos.

Linaje de consideraciones, aportadas aquí, para hacer resaltar más el caso práctico de cuasi infinidad mariana, que vamos diariamente observando y registrando, cada vez con mayor admiración, en lo que atañe a los Hechos marianos en Ezquioga, contra, la mezquindad y pusilanimidad de ciertos doctores y escritores, que tienen miedo de conceder a María lo que los Santos Padres la han reconocido y ella manifiesta elocuentemente, cada vez más, a medida que se la estudia y se la ama.

Porque todo el que con ánimo recto y sencillo escruta a la Madre de Dios y nuestra en sus Apariciones de Ezquioga, sale convencido de que Ella es más que lo que se la predica y se la ensalza; y en ese más, que se alcanza en el humilde estudio de Ella, se nota lo mucho que resta por descubrir. Es, repetimos, lo que decía el Angélico: “Cuanto más se estudian las perfecciones de María tanto más quedan que examinar”.

Porque en los repetidos Hechos hemos reconocido y admirado una como omnipotencia, omnipresencia, omnisapiencia y, sobre todo, misericordia y amor sin límites de la Virgen Madre, semejantemente a como Dios se predica; y, ciertamente, que todo este libro no es más que la comprobación de estos enunciados.

No obstante, hay que declarar que, antes de los Hechos de Ezquioga, con todo nuestro bagaje teológico, no discurríamos así; pensábamos como gran parte de los teólogos que se resisten a reconocer en la Madre de Dios semejantes excelsas prerrogativas. —Capítulo XXII, Doctrina sobre el poder y la mediación de María.—

Pero, lector mío, hay que estudiar, hay que trabajar, hay que sondear este “pozo sin fondo de agua viva que mana hasta la vida eterna”, que es María, si quieres rastrear algo de lo hermosa, de lo grande, de lo sublime que es Ella. Al más de medio siglo de estudiarla, nos hemos encontrado que en Ezquioga se nos levantaba una punta del velo que la encubre, y, en nuestro creciente asombro de sus maravillas, intentamos que ese tupido velo se alzase más; y, una voz cariñosa, llena de majestad, pero sensible, decía: “¿A dónde vas criatura, con tu justo, con tu buen deseo? No; aquí no; en la tierra no conocerás lo que soy, lo que el Excelso ha obrado conmigo. Esto se reserva para la vida eterna”. ¿Creerás, lector querido, que, oídas estas palabras, se siente nostalgias del cielo?

Mas, es preciso volver a la realidad de la tierra, donde estamos, e inquirir que estos Hechos de Ezquioga, si fueron predichos, en los escritos de la Madre Rafols, no lo fueron menos en “Mística Ciudad de Dios”, hace 274 años, a donde nos conviene acudir, para ver la íntima relación que tiene con lo que vamos diciendo.  He aquí lo que esta admirable obra reza:

Visión de la V. Madre. Jesús de Ágreda

Día de la Inmaculada, estando esta Venerable Abadesa en coro, a la hora de maitines, fue levantada en espíritu y vio el trono de la Divinidad de la que partía esta voz: “Hijos de Adán, oíd: Venid por vuestro remedio a mi liberal e infinita providencia, por la intercesión de la que dio carne al Verbo… Venid y daos prisa, porque sola María es poderosa para solicitar vuestro remedio y alcanzarle. Luego, se me dio a entender, añade, que en estos últimos siglos quería el mismo Señor engrandecer y dilatar la gloria de su beatísima Madre, y manifestar al mundo sus milagros y ocultos sacramentos, reservados por su providencia para el tiempo de su mayor necesidad, y que en Ella se valgan del socorro, amparo y poderosa intercesión de nuestra gran Reina y Señora. Pero vi, luego, que de la tierra se levantaba un dragón muy disforme y abominable con siete cabezas, y de lo profundo salían otros muchos que le seguían, y todos rodearon al mundo, buscando y señalando algunas personas para valerse de ellas y oponerse a los intentos del Señor y procurar impedir, con su humo y veneno, la gloria de su Madre Santísima y los beneficios que por su mano se prevenían para todo el orbe…

“Vi también que en cielo se formaban dos ejércitos: uno de la Reina y los santos, y otro de San Miguel y los ángeles, para pelear contra aquéllos. Conocí que, de un lado y otro, sería muy reñida la batalla, y que se declararía al fin, por la justicia, la razón y el poder que están de parte de María. Pero la malicia de los hombres, engañados por el dragón infernal, puede impedir mucho los fines altísimos del Señor… y como de nuestra parte es necesaria nuestra libre voluntad, con ella puede la perversidad humana resistir a la bondad divina. —Mística C. de Dios, 3ª Parte, libro 8, núms. 804-805.—

   Repárese si todo este párrafo no reza con lo de Ezquioga.

c) Santiguaciones y bendiciones dadas por la Virgen: Notan todos cuantos asisten a un éxtasis que, de ordinario, el vidente, transcurrido algún tiempo del comienzo de la visión, se santigua tres veces, en algunas ocasiones; y, en otras, más; lo general, tantas veces cuantas personas asisten en aquella ocasión al vidente. Y dicen todos: “La Virgen se despide. Termina la visión”; pues notan que, al final de las santiguaciones, el vidente va alzando los ojos, clavados en la Aparición y los va achicando (prueba de que la aparición se aleja) hasta quedar los ojos elevados y parados en un punto, (prueba de que la Aparición, por ese punto ha desaparecido). Más, hay circunstancias en que hay nuevas santiguaciones. ¿Qué es esto?

Después de más de dos años de observaciones y exámenes, el 29 de octubre de 1933, hicimos presente a la vidente X esta diversidad de santiguaciones, y nuestra duda sobre si todas ellas eran bendiciones de la Stma. Virgen; a lo cual nos respondió en éxtasis que cuando el vidente se santigua en medio de la visión es porque la Virgen se santigua también: santiguación que tiene por objeto invocar a la Santísima Trinidad para ahuyentar los pensamientos torpes que pueden acaecer, ya que no todos los que acuden a una visión piensan bien.

Al final de la visión es cuando da la bendición, modo sacerdotal; y, si la repite tantas veces cuantas son las personas que asisten al vidente, es porque éstas han hecho a la Virgen alguna súplica. Estas bendiciones son en número igual a las personas que la suplican. —Documentación Serie B, núm. 8, d).—  Y como el vidente se santigua igual a las bendiciones que a las santiguaciones de Nuestra Señora, en número exacto a cada una de ellas, de ahí el lugar a la perplejidad, que acabamos de desvanecer.

d) Hay palabras usuales en la tierra que en el cielo tienen significación diferente. Por excepción, en el texto de las revelaciones de Jesús y María hechas a los videntes de Ezquioga, hay alguna que otra palabra de significación diferente a la tomada usualmente en nuestras lenguas. Con respecto a cierto calificativo honroso, pero, que se puede prestar a diferente concepto dado por la Stma. Virgen a cierta persona, muy amada suya y conocida nuestra; como ésta, intrigada por dicho calificativo, repasase el diccionario, no pudiendo dar en el clavo, se permitió elevar una humilde súplica a la Madre de Dios, mediante la vidente X, quien la dijo: Hay palabras mías que, por mucho que se repasen los diccionarios, no se las encontrará el verdadero significado; pues en la tierra lo tienen diferente que en el cielo. Allá es donde se sabrá toda la fuerza que tiene el vocablo X, por cierto muy diferente del que se le da en la tierra. —Documentación Serie B, núm. 8, d).

Necesario es tener esto en cuenta para cuando hojeemos la doctrina de Jesús y María en las declaraciones de los videntes auténticos de Ezquioga contenida. Cuando no se entiende bien una expresión, lejos de criticarla, mejor será acudir a la fervorosa oración para que la aclare. Repetimos que el empleo de estos vocablos en tales doctrinas no es frecuente.

e) Plan divino-mariano escalonado: Observamos asimismo, que la Santísima Virgen, particularmente en su Plan misericordioso de la salvación y santificación general y particular no revela este Plan en junto a los videntes, sino parcial y gradualmente, a medida de la necesidad y de su voluntad. Ella lleva, por los caminos que su amor le sugiere, a los que busca para algún fin particular; pero los favorecidos conocen hoy la A, para mañana, o a la semana, o al mes siguiente, conocer la B, y al otro la C, tan suave, tan amorosamente, que éstos, entregados, como se han, por entero a su divina Madre, sin casi darse cuenta, recorren todo el camino que hay que recorrer, admirándose a todas horas de la sabiduría, del poder y del amor por participación como infinitos de su bendita Madre-Virgen, pero sufriendo a la par rigores de mortificaciones naturales y diabólicas y ausencias y privaciones divinas, para mejor purificarles en el crisol de las tribulaciones. Es así como procede la Santa Virgen con los que especialmente ama: Ego quos amo arguo et castigo. Yo, a los que amo reprendo y castigo. — 3-18—.

Además; este Plan divino-mariano es de tal manera providencial, que lo que el cielo revela a unos videntes, no lo revela a otros; pocas veces a muchos el propio asunto; y con esto, a la par que brilla, como dejamos dicho, el poder, la sabiduría y el amor de Dios y de su Madre sobre el género humano, queda al descubierto, por entero, nuestra pequeñez y miseria, el “gusano humano” como se calificó cierta vidente en éxtasis para que, a su vez, esta miseria y pequeñez y este gusano en la más profunda humildad, se ejerciten.

f) La corona de doce estrellas, que nimba la cabeza de la Madre de Dios, es símbolo de posesión por Ella de los doce frutos del Espíritu Santo: Nuestra Señora, en sus Apariciones a los videntes de Ezquioga, se ha mostrado con corona de doce estrellas.

El 9 de Diciembre de 1933, entre varias cosas —Cuaderno de Memorias, núm. 5, pág. 326—, que presenciábamos y oíamos a María Recalde, en éxtasis, una de ellas, importantísima, fue la contestación a las dudas que, de vez en cuando, nos asaltaban. Dijo Nuestra Señora, por boca de la vidente: Cuando tengas dudas, reza tres Avemarías, y di: “Reina del cielo”; para que envíes tu luz. Madre querida; no dejes abandonado a tu hijo”. E insistiendo en que desearíamos conocer y comprender a la Madre divina, para amarla más, y hacer que los demás la conozcan y amen debidamente, respondió: Los ángeles no son capaces de comprender la hermosura de su Reina, ¿cuánto menos  un alma de la tierra, por mucho que la quiera? No hay pluma que pueda describirme: —Respuesta a un deseo nuestro de Noviembre de 1931, expresado a la vidente María Celaya— Su trabajo es oración y penitencia por los que no la hacen. Las almas, que tienen medios para conocerme y alabarme, me arrojan a un rincón para entregarse a sus vicios. Mi hijo A., por mediación de esta pobre alma (la vidente) va viendo mi grandeza, punto por punto, subiendo hacia el cielo. ¡Qué estudio tan hermoso, en estos cuatro días, mi hijo A. da a mi divina Obra! En esta grandeza Mía hay doce puntos.

 —¿Cuáles son, Madre?
Estúdialos.

Al siguiente día, vuelta la vidente al éxtasis, insiste Nuestra señora en que tratemos en este Libro los doce puntos, que indicó ayer, y que no han sido tratados hasta el presente. Y, al expresarle si los doce puntos se referían a los doce Frutos del Espíritu Santo, se pronunció afirmativamente, añadiendo que, estos frutos están simbolizados en las doce estrellas, que nimban su cabeza, y que son doce escaleras que llevan al cielo.

Conocido el mandato, procedimos básica, pero brevemente a su cumplimiento.  Helo aquí:

Entre “Dones” y “Frutos” hay notable diferencia; Don es lo que se otorga espontáneamente, por voluntad y gracia del dador; mientras que Fruto es lo que se obtiene del uso del Don. Los Dones del Espíritu Santo son exclusivamente divinos; se dan a quien el Espíritu Santo quiere; son privilegios regalados del cielo; mientras que los Frutos del mismo, partiendo de Dios, son conseguidos por la criatura en fuerza del recto empleo de aquellos Dones. Son como la recompensa más grande que el cielo otorga al que trabaja esforzadamente en el campo de tales Dones. Si éstos se deben totalmente al Espíritu santo, los Frutos se deben, en parte del trabajo, a la persona que santamente se ha ejercitado en los Dones.

Nuestra señora a la que, excepcionalmente, la trinidad Santísima confirió los Dones del Espíritu Santo, a causa del ejercicio permanente en los mismos, obtuvo los Frutos de ellos señalados por el propio Santo Espíritu.

“La corona de doce estrellas dice la venerable Madre abadesa de Ágreda, son todas las virtudes que habían de aureolar a la Reina de los cielos y tierra; y el misterio de ser doce fue por las doce tribus de Israel, a donde se reducen todos los electos y predestinados, como los señala San Juan en al cap. 7 de Apocalipsis.  Y porque todos los dones, gracias y virtudes de todos los escogidos habían de coronar a su Reina en grado superior y eminente exceso le pone la corona de las doce estrellas sobre su cabeza”  —Míst. C. de Dios, 1ª P., lib. 1º, cap. VIII, nº 99.—

Ahora, al  ordenar que tocásemos este asunto, Nuestra Señora misma afirma que en su grandeza, que vamos viendo punto por punto, subiendo hacia el cielo, hay doce puntos, que son los doce Frutos del Espíritu Santo, conseguidos por Ella; los cuales están simbolizados en las doce estrellas que nimban su cabeza y que son doce escaleras que llevan al cielo.

Antes que otro fue el evangelista San Juan quien en sublime éxtasis, vio “una gran señal en el cielo: una Mujer, cubierta del sol, calzada de la luna y coronada de doce estrellas…” —Apoc., 12—  Dicha Mujer es, según el mismo texto sagrado y los exégetas en general, la Mujer Virgen-Madre, propuesta en señal a los ángeles, antes de ser confirmados en gracia, para que, “a su vista, determinasen sus voluntades a obedecer los preceptos de su beneplácito. Y así la vieron, antes que los buenos se determinasen al bien y los malos al pecado. Y fue como señal de cuán admirable había de ser Dios en la fábrica de la humana naturaleza…:” —Mís. C. de Dios, por la V. M. María J. Ágreda, id., núm. 95— Mujer, “que descendía del cielo, desde Dios, y tenía la claridad divina”, —Apoc. 21— según frase del mismo evangelista; para darnos a entender que, sujeto que posee “la claridad divina”, es porque posee el hábito de todas las virtudes, “a partir del primer instante de su vida, que lo obtuvo en grado eminentísimo; y que continuamente se fueron aumentando con nueva gracia y operaciones perfectísimas en que se ejercitaba con altísimos merecimientos todas las virtudes que la mano del Señor le había infundido”.  —Mís. C. de Dios, id. Núm. 483—

Ahora bien; todos estos hábitos de virtudes, en grado perfectísimo, se sintetizan en los Frutos del Espíritu Santo: Caridad, Gozo espiritual, Paz, Paciencia, Liberalidad, Bondad, Benignidad, Mansedumbre, Fe, Modestia, Continencia y Castidad, desde los más altos hasta los más bajos; es decir, empezando por los más perfectos, que es la caridad, hasta rozar el menos perfecto de los Frutos, que es la castidad.

Queremos nosotros comenzar por la castidad, para llegar al más sublime Fruto de la Madre de Dios, la caridad; y en su rápida ojeada, se verán cuán notables fueron los ejercicios de Nuestra Señora en este linaje de virtudes celestiales.

Cada uno de estos Frutos del Espíritu Santo, comenzando, como queda dicho, por el último, es una gradación de la hermosa escala espiritual, que empieza por la vía purgativa con la castidad, la continencia, la modestia y la fe; sigue por la vía iluminativa, con la mansedumbre, la benignidad, la bondad y la liberalidad; y termina por la vía contemplativa, con la paciencia, la paz, el gozo espiritual y la caridad. Además; cada grupo, relativo a estas vías, se corresponde perfectamente con las tres virtudes teologales; la purgativa, con la fe; la iluminativa, con la esperanza; y la unitiva, con la caridad.

La Santísima Virgen María, no obstante ser pura y perfecta, recorrió infaliblemente estas tres vías cristianas; y en su ejercicio perfecto, halló y mereció los doce Frutos del Espíritu Santo; para que, con toda la fuerza de la palabra, pudiera decirse que dichos doce divinos Frutos son doce escaleras que llevan al cielo: escaleras fabricadas por la Reina del cielo en su peregrinación sobre la tierra; a fin de que los mortales, contemplando el espejo de María, y ejercitándose particularmente en un Fruto suyo, pudieran ascender, cada uno de ellos, por su particular escalera, al cielo.

La castidad: No hablemos de la pureza virginal ni de la santidad de María, obtenida en atención a los méritos de su Hijo Jesús desde su Concepción.  Hablemos de la obtención de este divino Fruto con el constante ejercicio del mismo. Y así vemos que, desde pequeñita, se empleó en el retiro de las criaturas, en la mortificación de los sentidos, en la privación de ricos manjares, en la aspereza de los vestidos, en la parquedad del sueño, en el continuo ayuno, en la genuflexión repetida, en la pobreza absoluta, en la penitencia reiterada, en el sufrimiento silenciado, en todo aquello que sirvió para macerar el espíritu y castigar el cuerpo, no obstante tener a raya todos los apetitos, y a pesar de ser en todo, por divino privilegio, inmaculada.

La continencia: Un grado más en la vida cristiana es la continencia sobre la castidad. Ésta es la base y la preparación de aquélla. Y, ¿quién podrá hablar exactamente de una virtud, que en María solo halló las brillanteces de la perfección? La abstinencia de todo linaje, no ya de exceso, sino de licitudes a la naturaleza, halló en la hija de Joaquín y Ana tal alojamiento que, desde que tomaba el pecho de su madre, y lo practicaba una sola vez al día, hasta que subió al cielo, su vida fue una continuada privación de cuantas cosas no son absolutamente necesarias a la naturaleza, y aun éstas las tomaba por obediencia.

La modestia: Si el apóstol manda que nuestra modestia sea a todos notoria, la que era coejemplar de la humanidad, ¿cómo no había de sobresalir en esta virtud? Hija de la castidad y continencia es la modestia en todos los actos de la vida. La de María es tan saliente que, durante su peregrinación mortal, movía a circunspección, a contrición y a encendimiento en el amor divino. Dos ejemplos los tenemos en San Pablo y en el Areopagita, cuando la contemplaron por vez primera, y actualmente nos refieren los videntes de Ezquioga que el mirar a María es penetrarse del temor de Dios y del dolor de los pecados.

Fe: “Bienaventurada eres, dijo Santa Isabel a su prima, por haber creído que por eso se cumplirán en Ti las palabras y promesas del Señor”. —Luc. 1-45— Fe, gran fe, insuperable fe denota la respuesta dada por María al arcángel, cuando éste le anunció el misterio de la Encarnación del Verbo, y sólo por esta perfectísima fe mereció ser llamada “bienaventurada”, y que en Ella se cumpliesen los designios del cielo con respecto a la Redención humanal.

La fe, empero, de la Reina del cielo, fue insuperable, a pesar de tener en vida visión de la divinidad, pareciendo esto paradoja, puesto que la fe es “argumento de lo que no vemos —Heb. 11-1— y María, aunque vio lo que a los demás se nos encubre, sin embargo, se ejercitó en la fe divina para merecerla, y muchas veces, para ejercitarse más en ella, se le encubrió la visión de la verdad, como cuando, v. gr., perdió a su Hijo en Jerusalén.

Pasando de la vía purgativa a la iluminativa, surge el Fruto del Espíritu Santo correspondiente a:

La Mansedumbre:  en el orden natural, y por lo común, los hijos se parecen a la madre, así como las hijas al padre; y esto no sólo en el organismo físico sino también en la contextura moral. Ahora bien, Jesucristo, S. N.., se parecía en todo a su divina Madre, y si el Verbo hecho carne dijo de sí propio: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” —Mat. 11-29—  es porque también su santa Madre era humilde y mansa, y ella antes y más que nadie, debe aplicarse la segunda bienaventuranza, que reza: “Felices los mansos porque ellos poseerán la tierra” —Mat. 5-4—. María es bienaventurada, porque es de corazón mansísimo; y es mansa, porque es humilde, con la humildad más profunda que podrá adquirir criatura pura. Y decimos adquirir, porque la mansedumbre y humildad de la Santa Virgen fue por Ella conseguida a fuerza de actos heroicos de abajamiento al cielo y a todas las criaturas de la tierra. Que por esto María, en una de sus sublimes oraciones, exclama: “Porque el Señor atendió a la humildad de su esclava, por esto me llamarán bienaventurada todas las generaciones: —Cántico del Magníficat  Dulce Fruto del Espíritu Santo.

Otro grado más arriba y hallamos:

La Benignidad: Esta gran virtud equivale a compasión, suavidad, dulzura. Y ¿quién más benigna que la dulce Madre, a quien toda la Iglesia la canta Salve, Reina y Madre de Misericordia? Misericordia es igual a “compasión de los corazones miserables”, que esto significa la palabra “misericordia”. Y ¿quiénes más miserables que los hombres caídos en el pecado o expuestos a caer en él? Para todos nosotros, la Virgen Madre usa de una benignidad excepcional. “Es Reina dulce, Reina clemente, Reina siempre inclinada a favorecer a los miserables pecadores; y el mismo nombre de Reina está expresando piedad y clemencia”, dice San Alfonso de Ligorio.  —Glorias de María, Cap. 1, 1º.—  Cuando san Bernardo —Salutación ”Acordaos” ha dicho, y repite la Iglesia, que todavía no se ha oído decir que “ninguno de los que han recurrido a la protección, implorando la asistencia y reclamando el auxilio de María, haya sido de Ella abandonado”, no ha hecho más que sintetizar en esta hermosa deprecación la benignidad de la Madre de Dios y de los hombres.  Ella es todo misericordia.

Pero con este rico Fruto del Santo Espíritu se enlaza La Bondad: Y reparemos que cada Fruto que estudiamos es en vía ascendente, mayor y óptimo. Por esto la “bondad” está sobre la “benignidad”. Es la bondad uno como atributo esencial de María, correlativo al de Dios. Y como no se puede suponer a Dios no bueno, no santo; de igual modo, decir la Virgen Madre, es decir, Virgen Madre “buena y “santa”. “Santa María: ora pronobis”, la canta diariamente la Iglesia.  Mas no queremos atribuir la bondad a María, como atributo suyo, concedido gratuitamente por Dios para el fiel desempeño de su singular Ministerio. Esto sería un “Don” y no un “Fruto” del Espíritu Santo. La bondad en María es una virtud, adquirida aparte, en fuerza de repetición de actos puros de actos santos, no para sí, porque no los necesita, sino en beneficio de los mortales; y por esto es Fruto del Espíritu Santo, quien lo derrama en su esposa para que Ésta, a su vez, lo distribuya entre los necesitados.

Y seguimos adelante, subimos otra grada y nos hallamos con:

La Liberalidad: Es este Fruto la más alta expresión de la Bondad mariana.  Porque la virgen Madre no ya es liberal, sino pródiga. Siempre está pidiendo a su Hijo por nosotros, siempre atendiendo a nuestras súplicas, siempre remediando nuestras miserias, siempre buscando una coyuntura para evitar el castigo y salvarnos: Tal la han visto y la ven los extáticos de Ezquioga. No acabaríamos jamás si hubiéramos de enumerar las liberalidades de María para con el género humano. Se podrían llenar bibliotecas enteras de libros que reseñase el ejercicio de este precioso fruto en María a través de la historia. ¿Qué son los altares, las capillas, los exvotos, los templos, las cofradías, los mensajes, las oraciones, las órdenes religiosas y militares, los cantos e himnos, la piedad y el arte consagrados a María, sino férvida expresión de su Liberalidad a través de los siglos? “Ella es refugio singular de perdidos, esperanza de miserables y abogada de todos los pecadores que se valen de su protección”. —Dionisio Cartusiano—.

Algo más arriba, nos adentramos ya en la vía unitiva, en la región del amor divino; y en esta región están, como en depósitos, los frutos del Espíritu Santo relativos a la virtud teologal de la Caridad, así como en la iluminativa subsisten los relativos a la teologal de la esperanza, y en la purgativa, los concernientes a la primera teologal de la Fe. El primero, en vía ascendente, es:

La Paciencia: Toda la vida de María fue un ejercicio continuo de esta virtud; porque, así como entre espinas crece la rosa, así en medio de las tribulaciones iba creciendo en virtudes esta soberana Señora —Sata Brígida, Rev. Ser. Agust. C. X—; y aunque otra pena no hubiera sufrido que la compasión de los dolores del divino Redentor, hubiera bien bastado para haberla hecho mártir de paciencia, llegando a decir S. Buenaventura que “concibió crucificada al Crucificado” —En S. Ligorio, Glorias de María, Virtudes de María. 9º—. Creemos firmemente que en la eternidad y rodeada de inmensa gloria María es un dechado de paciencia por los pecadores.  Sufre a par que se alegra con nosotros, pero, por cada gozo que obtiene, recibe un sin número de aflicciones. Todo este libro, particularmente las declaraciones de videntes y exvidentes, lo dan bien a entender. María sufre de ver sufrir a su divino Hijo a causa de las torpezas de los humanos; pero sufre más bien de ver que sus gestiones presentes cerca de la humanidad apenas dan resultado.

Un poco más arriba y nos hallamos con un Fruto especialísimo del Espíritu Santo, que es la

Paz: Esa paz del espíritu que no la hallarán jamás los pecadores que está vinculada a los santos, que se explica por el dominio de las pasiones. María, a pesar de las reiteradas contradicciones y sufrimientos en que fue anegada su vida —que por esto es “Reina de los mártires”—; a pesar de tener que padecer tanto con las persecuciones y muerte de su querido Hijo y de la defección de alguno de sus discípulos, jamás perdió la paz; el alma suya era un mar tranquilo aunque en su fondo hubiera corrientes en diversas direcciones contrarias. Y hay que considerar a María, no tanto en su vida mortal, cuanto en su vida imperecedera con respecto a este Fruto del Espíritu Santo “que sobrepasa a todo sentido”. Y todo este libro damos a entender la paz dulcísima en que la Virgen Madre, a pesar de tantas defecciones en sus hijos, y a la que nos convida con acentos de cariño insuperable.

La paz perfecta engendra otra modalidad y es

El gozo espiritual del que están inundados aquellos que viven rectamente, aquellos que lloran, con lágrimas santificadas, pues a éstos la sabiduría eterna les concede una bienaventuranza que es la consolación, el gozo —Mat. 11— del Espíritu Santo. María, por haber llorado y llorar, no por Ella, sino por nosotros, ha obtenido la felicidad del consuelo interior, que rezuma en el exterior el fruto del gozo del Santo Espíritu. Y decimos “que rezuma en el exterior” porque de ese gozo visto por algunos y sentido por muchos amantes de María, vamos participando los que nos honramos por siervos e hijos suyos. Ella nos convida a todas horas a que participemos de ese santo Gozo, desconocido de los que llevan una vida sensual, material, metalizada, del que es Ella puro espejo y arsenal inmenso y del cual desea que participemos.

Y hemos llegado a la meta de los frutos del Espíritu santo, a la reina de todas las virtudes:

La Caridad: Así como “Dios es caridad” puede aplicarse por participación a la divina Madre, diciendo que también es caridad. Porque si por amor y con amor de caridad habían de realizarse todos los misterios de la Redención; nadie, después del Ser por esencia caridad, debería estar lleno de esta virtud, sino Aquélla sin la cual no iban a realizarse. Esto es de rigor en cuanto a la dación divina. Mas, no vamos aquí a ponderar esto, sino a la consecución de esta virtud por actos voluntarios de María, que entonces es cuando la caridad es Fruto del Espíritu Santo. Y en este respecto, María amó a Dios más que todos los hombres y ángeles —D. Thom. 2, 2, q. 24, a 6, 8—; pero le amó tanto y estuvo tan llena de la caridad divina, porque, a proporción, estuvo, por humildad y desprendimiento, más vacía de sí misma. —San Alfonso María de Ligorio, Glorias de María, Parte III, 2º.—  Del propio modo, Nuestra señora ama al prójimo; porque quien ama a Dios ama lo que Dios ama. —Idem.— Es un mismo precepto desdoblado. Ni porque ya se ve feliz y glorificada en los cielos, se le ha olvidado o entibiado en algo su amor; antes, es ahora más crecido, no habiendo nadie que deje de sentir los efectos de su piedad con solo alzar el corazón para implorarla”.  —San Buenaventura, Spec., c. 8.—

He aquí descrito al vuelo —y sentimos no ser más largos— la posesión por María de los doce Frutos del santo Espíritu, de los cuales es perfecto símbolo la Corona de 12 puntos o estrellas que nimba su cabeza, siendo al propio tiempo doce escaleras que al cielo llevan.

¿Por qué así? Si las doce escaleras de la corona de María al cielo llevan, cada escalera de éstas ha de llevar también a él. Por manera que la adquisición y custodia fiel de un solo Fruto  del Espíritu santo, ejercitado a imitación de la Madre de Dios, nos da derecho a la gloria eterna. Y es porque cada Fruto del Espíritu Santo procede del propio árbol divino que, semejante al que Dios plantó en el primitivo paraíso, que al año daba doce frutos de un mismo árbol; así el propio Espíritu de Dios produce estos ricos y variados Frutos, cada uno de los cuales es suficiente para alimentar y robustecer y llevar al cielo al que de ello aprovecharse quiera.

g) Un ejemplo aplastante que Nuestra señora titula: “Más nuevas pruebas de mis Apariciones en Equioga” y que lo integra una triple pasión de veinticuatro horas: El 5 de Mayo de 1933, las videntes X y Z recibían de la Santísima Virgen una misiva, según la cual deberían sufrir en Ezquioga una pasión de 24 horas, a la que Ntra. Señora llamaba: “Más nuevas pruebas de mis Apariciones en Anduaga” ya que, hasta el presente, los católicos tan poco caso de las anteriores pruebas —verdaderos milagros— dados por Ella habían hecho.

Como había que pasar la noche en pasión, pensamos que se verificase en un saloncito comedor de la casa de D.J.J.A.;  y a las diez y media, como la vidente Z, por asuntos de familia no llegase, nos dirigimos a la pequeña vidente Benita y la dijimos: Si la Virgen le hiciese la merced de que, juntamente con la vidente X, sufrieses la pasión, ¿tú te ofrecerías gustosa? —Muy gustosa, nos contestó, con esa alegría infantil de que rebosa toda ella—. Pues, vamos a comenzar el rezo del Santo Rosario. Éramos 18 personas; y, enseguida dimos comienzo al acto. Al cuarto misterio entra en éxtasis la vidente X, y, a los pocos minutos, Benita. El éxtasis estaba comprobado, pero también se iba comprobando que aquéllas iban entrando en pasión. Era la pasión de Cristo y de María.

Recuérdese, “El Viernes Santo de 1933 en Ezquioga” (Cap. IX) y aplíquese a este momento cuanto en él dijimos. Mas, no eran solamente las pasiones de Cristo y de María lo que las videntes en sus personas experimentaban; eran, aparte, otro linaje de penas, tales como la retorsión dolorosísima de brazos, piernas y cabeza, con descoyuntamiento y salida de huesos, los incesantes golpes dados con patadas (forrados los pies con botas de cuero) a otras diferentes partes del cuerpo, que, para determinar los cuales, eran los diablos (siempre los mismos) quienes se encargaban de tan crueles faenas.

Otro linaje de torturas místicas consistió en ser llevados los videntes al purgatorio y al infierno. Al primero eran acompañados por la Santísima Virgen, pero al segundo Ntra. Señora las dejaba en la puerta, que es, al modo de decir de las videntes, como la boca de un túnel, que por dentro se agranda, de intenso fuego y denso humo lleno, de personas y demonios, repleto, en donde hay ruidos parecidos al paso del tren por un túnel, algarabía inacabable, frio y castañeteo de dientes. Las videntes reflejaban en sus asombros, aptitudes, movimientos y palabras lo que iban viendo. Oímos repetidas veces, cuando decían estar en el purgatorio, un chirrido tan singular, fuerte, continuado y fuera de lo naturalmente perceptible, terminado en un espantoso y prolongado ¡ay!, que todos los circunstantes movidos de un mismo asombro, preguntábamos; pero, ¿qué es esto?; pero ¿de dónde sale este ¡ay!? No cabe duda, nos decíamos todos, que es el que debe percibirse en el purgatorio, y es el que exhalan las almas, según revelación de la Stma. Virgen a las videntes mencionadas.

Los sufrimientos sucedíanse, con intervalos cortos, y eran terribles, indecibles e inacabables. Cuantos los presenciábamos no salíamos de nuestro asombro, enmudecíamos, llorábamos y partíamos luego, como de unos funerales.  Todas las lecciones, ademanes y movimientos estaban tan acordes con los sufrimientos, que nadie dudaba de su legitimidad. La frase de todos los presentes era ésta: “Jamás se ha visto semejante cosa”. Este es el hecho. Mas, ¿es patológico? A esto respondemos que todos cuantos conocemos a los videntes afirmamos que no pueden gozar de mejor salud mental y corporal; y, tanto antes como después del hecho, como no sea un poco de pasajera postración, quedan como si nada realmente hubieran padecido.

Los que no pueden negar el hecho se salen con que es “intervención diabólica”; “obra diabólica”, creyendo que, con haber soltado estas dos frases, que se muerden, pusieron una pica en Flandes. Y no dicen más, ni prueban lo afirmado, como deberían; a los cuales respondemos:

Una cosa es “intervención”, y otra, “obra” o “acción diabólica”. Al decir “intervención”, decís bien, aunque dándole mal sentido, el sentido que le dais al afirmar que es “obra diabólica”. La “intervención”, sí, porque son los diablos a quienes el cielo permite actuar de instrumentos de suplicio de los videntes; pero de que intervengan a que las apariciones sean “obra” o “acción” de ellos, media un abismo. La acción es divina por las siguientes razones, deducidas del acto mismo de las pasiones.

1ª    Cuando los sufrimientos son obra del diablo, como son las posesiones diabólicas, y de esto tenemos ejemplos en los Evangelios, los posesos profieren palabras indecorosas, cometen actos obscenos, insultan y maldicen a otros y blasfeman.  Los videntes jamás.
2ª    Los posesos sacan espumarajos de la boca y adoptan actitudes inverosímiles, irracionales y tienen conatos suicidas y homicidas. Los videntes jamás.
3ª    Los posesos sufren desesperadamente; nunca toman los nombres de Jesús y la Virgen sino para execrarles y menos aún para que les ayuden en sus pasiones. Los videntes por el contrario, sufren resignados y hasta piden sufrir más; toman siempre en sus bocas los nombres de Jesús y la Virgen para alabarles y bendecirles, y Jesús y María personalmente les acompañan repetidas veces en sus pasiones; tan es así, afirman ellos, que si no fuera por tal ayuda no podrían resistirlas.

¿Veis cómo están en un formidable error los que sostienen que las pasiones de los videntes de Ezquioga son obra del demonio? —Cap. XIII.—

Según esto, preguntamos: ¿Quién es el que hace sufrir de tal modo a los videntes? La contestación es muy sencilla: Si la obra se sale de la esfera natural, y no es tampoco diabólica, según acabamos de probar, luego es divina. Y es, en este caso, la Santa Madre de Dios, la que viene a Ezquioga a anunciar al mundo su perdición y castigo, la que se esfuerza porque tengan realidad estos hechos, a fin de que por su medio:

  • Se expíen faltas particulares y públicas
  • Vuelvan las gentes al buen camino
  • Se disipen o al menos se aminoren los castigos anunciados
  • Se rediman almas del purgatorio

Es un sacrificio aceptable a Dios: “Sacrificium Deo Spiritus contribulatus”. —Salmo 50—.

Estos son los fines. Los medios o instrumentos de que se vale la Virgen para conseguir tales fines no van a ser los ángeles buenos, que están puestos para todo bien, ni las almas del purgatorio ni las del infierno ni aun los hombres perversos, por no haber necesidad de ellos. Basta y sobra con los diablos, muy limitadas sus facultades para la consecución de los predichos fines, que podríamos llamar generales. Porque los hay también particulares, en cuanto roza a los propios videntes, y es la santificación de los mismos, haciéndoles pasar por la tribulación y las penas corporales y la más grande de las humillaciones, es, a saber: el ser castigados por los propios espíritus infernales.

Todo ello, considerado en junto y en sus detalles, es, no hay que repetirlo, una prueba aplastante más de las apariciones y llamadas de la Santísima Virgen de Ezquioga.

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Los Hechos Ezquioga publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/los-hechos-de-ezquioga/

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