Yo sentía tal ansia de verlo resucitado que iba repitiendo en Mi ímpetu de amor: “Resucita, Gloria Mía; resucita, Vida Mía”

4 de Marzo – 69º Aniversario de su muerte
Años: 1916-1930 / Lugar: Corato, Bari, Italia
Revelaciones de Jesús y María sobre La Divina Voluntad
Vidente: Luisa Picarreta (1865-1947)

Tomado del Libro: La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Volntad
Por: Luisa Picarreta

La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad

29° día
La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad.

El limbo, expectación, victoria sobre la muerte. La Resurrección.

El alma a su Madre Reina:

Mamá traspasada, tu pequeña hija, sabiéndote sola sin el amado Bien Jesús, quiere estarse estrechada a ti para hacerte compañía en tu amarguísima desolación. Sin Jesús todas las cosas se cambian en dolor para Ti. El recuerdo de Sus penas desgarradoras, el dulce sonido de Su Voz que todavía resuena en Tu oído, la fascinante mirada del querido Jesús, ahora dulce, ahora triste, ahora llena de lágrimas, pero que siempre Te raptaban Tu materno Corazón, y ahora no tenerlos más Contigo son espadas que traspasan, que pasan de lado a lado Tu traspasado Corazón.

Mamá desolada, tu querida hija quiere por cada pena darte un alivio, una compasión. Más bien, quisiera ser Jesús para poderte dar todo el amor, todos los consuelos, alivios y compasiones que Te habría dado el mismo Jesús en este Tu estado de amarga desolación. El dulce Jesús me ha dado a Ti como hija, por eso ponme en su puesto en Tu materno Corazón, y yo seré toda de mi Mamá, Te enjugaré las Lágrimas y Te haré siempre compañía.

Lección de la Reina y Madre desolada:

Hija queridísima, gracias por tu compañía, pero si quieres que tu compañía Me sea dulce y querida y portadora de alivio a Mi traspasado Corazón, quiero encontrar en ti la Voluntad Divina obrante, dominante y que no ceda a tu voluntad ni siquiera un respiro de vida. Entonces sí, te cambiaré con Mi Hijo Jesús, porque estando Su Voluntad en ti, en Ella sentiré a Jesús en tu corazón, y ¡oh!, cómo seré feliz de encontrar en ti el primer fruto de Sus penas y de Su muerte. Si encuentro en Mi hija a Mi amado Jesús, Mis penas se cambiarán en alegrías y Mis dolores en conquistas.

Ahora escúchame, hija de Mis dolores. En cuanto Mi querido Hijo expiró, bajó al limbo como triunfador y portador de gloria y de felicidad, en aquella cárcel donde se encontraban todos los patriarcas y profetas, el primer padre Adán, el querido san José y Mis santos padres, y todos aquellos que en virtud de los méritos previstos del futuro Redentor se habían salvado. Yo era inseparable de Mi Hijo, y ni siquiera la muerte Me lo podía quitar, por eso, en medio de Mis dolores lo seguí al limbo y fui espectadora de la fiesta, de los agradecimientos que toda aquella gran turba de gente dio a Mi Hijo, porque había sufrido tanto y porque su primer paso había sido hacia ellos para beatificarlos, y llevarlos con Él a la gloria celestial. Así que, en cuanto murió comenzaron las conquistas, la gloria para Jesús y para todos aquellos que lo amaban. Esto, querida hija, es símbolo de que en cuanto la criatura hace morir su voluntad con la unión de la Voluntad Divina, comienzan las conquistas en el orden divino, la gloria, la alegría, incluso en medio a los más grandes dolores. Por tanto, en vista de que los ojos de Mi Alma siguieron a Mi Hijo, jamás lo perdí de vista, tampoco en los tres días que estuvo sepultado; Yo sentía tal ansia de verlo resucitado que iba repitiendo en Mi ímpetu de amor: “Resucita, Gloria Mía; resucita, Vida Mía” Mis deseos eran ardientes, Mis suspiros de fuego, hasta hacerme sentir consumir.

Ahora, en estas ansias vi que Mi querido Hijo, acompañado de aquella gran turba de gente salió del limbo triunfante y se la llevó al sepulcro. Era el amanecer del tercer día, y así como toda la naturaleza lo lloró, así ahora se alegraba tanto, que el sol anticipó su curso para estar presente en el momento en que mi Hijo resucitaba. Pero, ¡oh!, maravilla, antes de resucitar hizo ver a aquella turba de gente Su santísima Humanidad sangrante, llagada, desfigurada, cómo había quedado reducida por amor de ellos y de todos. Todos se conmovieron y admiraron los excesos de amor y el grande portento de la Redención.

Ahora, hija Mía, ¡oh!, cómo te quisiera presente en el acto en que resucitó Mi Hijo, Él era todo Majestad, Su Divinidad unida a Su Alma manaba mares de luz y de belleza encantadora, de llenar Cielo y tierra, y como triunfador, haciendo uso de Su poder, ordenó a Su muerta Humanidad que recibiera de nuevo Su Alma y que resucitara triunfante y gloriosa a la vida inmortal. ¡Qué acto tan solemne! Mi querido Jesús triunfaba sobre la muerte diciendo:

“Muerte, tú no serás más muerte, sino vida.”

Con este acto de triunfo ponía el sello de que era Hombre y Dios, y con Su Resurrección confirmaba el Evangelio, los milagros, la vida de los sacramentos y toda la vida de la Iglesia, y no sólo esto, sino que daba el triunfo sobre la voluntad humana debilitada y casi extinta en el verdadero bien, de hacer triunfar sobre ellas la Vida del Querer Divino, que debía llevar a las criaturas la plenitud de la santidad y de todos los bienes, y al mismo tiempo arrojaba, en virtud de Su Resurrección, el germen en los cuerpos de resurgir a la gloria imperecedera. Hija Mía, la Resurrección de Mi Hijo encierra todo, dice todo, confirma todo y es el acto más solemne que Él hizo por amor de las criaturas.

Ahora escúchame, hija Mía, te quiero hablar como Mamá que ama mucho a Su hija. Quiero decirte qué significa hacer la Voluntad Divina y vivir de Ella y el ejemplo te lo damos Mi Hijo y Yo. Nuestra vida estuvo rociada de penas, de pobreza, de humillaciones, hasta ver morir de penas a Mi amado Hijo, pero en todo esto corría la Voluntad Divina. Ella era la vida de nuestras penas, y Nosotros nos sentíamos triunfantes y conquistadores, de cambiar la misma muerte en vida. Tan es así, que al ver el gran bien, voluntariamente nos ofrecíamos a sufrir, porque estando en Nosotros la Divina Voluntad ninguno se podía imponer sobre Ella ni sobre Nosotros. El sufrir estaba en nuestro poder y lo llamábamos como alimento y triunfo de la Redención, para poder llevar el bien a todo el mundo entero.

Ahora, hija querida, si tu vida, tus penas tuvieran por centro de vida la Divina Voluntad, está cierta que el dulce Jesús se servirá de ti y de tus penas para dar ayuda, luz, gracia a todo el universo. Por eso, ánimo, la Divina Voluntad sabe hacer cosas grandes donde Ella reina, y en todas las circunstancias mírate en Mí y en tu dulce Jesús y camina adelante.

El alma:

Mamá santa, si Tú me ayudas me tendrás bajo Tu manto defendida, haciéndome de celestial centinela, yo estoy segura que todas mis penas las convertiré en Voluntad de Dios, y Te seguiré paso a paso en las vías interminables del Fiat Supremo, porque sé que Tu amor fascinante de Madre, Tu potencia, vencerán mi voluntad, y la tendrás en Tu poder y me la cambiarás por la Divina Voluntad. Por eso, Mamá mía, a Ti me confío y en Tus brazos me abandono.

Florecita: Hoy para honrarme dirás siete veces: “No mi voluntad, sino la Tuya se haga.” Ofreciéndome mis dolores para pedirme la gracia que Tú hagas siempre la Divina Voluntad.

Jaculatoria: Mamá mía, por la Resurrección de Tu Hijo, hazme resurgir en la Voluntad de Dios.

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Fuente:
http://divinavoluntad.info/resto.htm

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