Recé en voz alta los siete dolores, siete avemarías y un gloria-patri… Según iba rezando, desaparecían las espadas.

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.

Número 3

Declaraciones de Fray Cruz Lete
(Transmitidas por D. Baudilio Sedano, Prebítero)

NÚMERO 3. Declaraciones de H. Cruz Lete.

Cruz Lete  fue natural de Isasondo (Guipúzcoa), de perfecta salud orgánica y mental. Convertido por la Santísima Virgen en una de las visitas que la hizo a Ezquioga, cuando estaba matriculado en el cuarto año del Magisterio, y manifestándole que le quería para religioso en la Orden de San Juan de Dios, precisamente en la fecha indicada por Nuestra Señora, tomó el hábito Hospitalario.

Las características de este vidente fueron un gran amor a la Santísima Virgen, y el haber sido regalado por la Virgen María con todo linaje de visiones y revelaciones. Nadie, como él, ha sabido describir el retrato de la Santísima Virgen en sus Apariciones de Ezquioga. En el claustro fue modelo de religiosos, aceptando de antemano (pues a él se le reveló que moriría de penosa enfermedad) la cruz de la tuberculosis fulminante, como ofrenda a la Virgen sin mancha, así como un año antes ofreció su vida y le fue aceptada, otra flor, María Celaya. El 2 de Noviembre de 1933 murió, como un santo, cantando el “Alma de Cristo, santifícame”, según refieren los que le asistieron en los últimos momentos. Uno de los asistentes publicó en “Caridad y Ciencia”, órgano de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios la Provincia Hispano-Americana, en su número 59, un precioso artículo necrológico del finado que mucho le enaltece. —Se ha editado aparte con su glosa, y es de mucha edificación.— 

29 Octubre 1931. Empieza así el vidente: “El 29 de Octubre de 1931 era la cuarta vez que venía a Ezquioga. Se rezaba el cuarto misterio del cuarto rosario. Yo estaba hablando con uno y mirando al suelo, cuando vi dos pies y caí, miré y vi a la Virgen con un velo que le tapaba la cara. Los que estaban a mi alrededor me pusieron rosarios y cruces en las manos, y la Virgen levantó el velo, viéndole la cara desde entonces en todas mis visiones.

La impresión del primer día fue enorme, nunca la podré olvidar. Es de estatura aproximada al metro y medio; yo la llevo algo más de la cabeza. Representa una edad de 23 años, aunque ya se ve que tiene más edad por la gravedad y el porte. Tiene un velo blanco, pero de tela recia, como las ropas hechas de hilo crudo, que formando pliegues, le cae por los dos lados de la cabeza, dejándola al descubierto la cara únicamente. La parte izquierda del velo va hacia la derecha por el hombro, dejando ver sólo un poco el cuello, que es muy delgadito. Encima del velo blanco lleva un manto negro que llega hasta el suelo, formando pliegues, y una cola bastante larga, de unos 50 o 60 centímetros. Es muy fino por la parte de arriba, de tela transparente, parecido a las mantillas de las mujeres. De la cintura para abajo lleva la trama bien apretada, hasta llegar a la terminación de la cola, que es muy fuerte, de tal forma que, al andar queda formando pliegues.

El manto es muy ancho y le cae también por la parte delantera, pero separa un poco el brazo, y la deja ver el vestido y las siete espadas, que lleva clavadas en el lado izquierdo; tres por la parte de arriba, tres abajo y una de frente.

En la mano derecha lleva un pañuelo, que le cae por entre los dedos. Es muy fino y las manos pequeñitas.

El vestido es ancho, sin entallar, recogido a la cintura por una correa negra, de unos cinco centímetros de ancho. No se ven hebillas ni el lugar por donde se lo sujeta. Es el vestido de color marrón, casi negro y le cae en vuelos, tapándola los pies, que sólo se le ven al andar. Lleva en ellos una especie de zapatillas de terciopelo, como si llevara envueltos los pies en esta preciosa tela. Las suelas no se le ven, ni donde terminan las zapatillas. Los pies son chiquitos.

 Todo lo que coge la vista lo veo lleno de una claridad, que me impide ver los demás objetos que me rodean; únicamente veo algunas veces a las personas para quien la Virgen me manda algo.

En este día, y estando en visión, recé en voz alta los siete dolores, siete avemarías y un gloria-patri, contestando los que allí había. Según iba rezando, desaparecían las espadas, saliendo poco a poco, a medida de las palabras. —He tenido la suerte de ver varias veces a Lete rezando en éxtasis, y reza con una unción que conmueve—.

Primero, “me mandó rezar en vascuence, y después en castellano”. Y habiéndola preguntado yo por qué tenía que rezar en castellano, “me dijo que había muchos que no entendían el vascuence, y que entendiendo las palabras se rezaba con más devoción”.

Otro día. La vi en la misma forma, también con las siete espadas, y “me mandó rezar, esta vez los Siete Dolores,” y desapareciendo las espadas que están clavadas hasta el mango, desapareció la visión. Este mismo día, y al poco tiempo, se me apareció otra vez con un religioso que estaba de rodillas ante Ella, volviéndome la espalda. Pregunté a la Virgen quién era y no me contestó.

Al día siguiente, volvió a aparecer con el mismo religioso; y la pregunté si era San Vicente de Paul, porque el traje lo parecía. Tampoco me contestó. Volví a insistir, preguntándola si era San Juan de Dios, y “me dijo que sí, y que tenía que ir a su Orden”, desapareciendo. Desde este día, mi pensamiento está en San Juan de Dios, pero ya no la he vuelto a ver. Tengo preparado todo para marchar religioso, pero estoy esperando la indicación de la Virgen.

Otro día. Habiéndola preguntado, ¿por qué aparecía? (hasta entonces no había contestado a esta pregunta), dijo que “Jesucristo está muy ofendido por los ultrajes que recibe del mundo y quería mandar un castigo; pero Ella, como es Madre de todos, había venido a anunciar a sus hijos que se enmendasen, o si no recibirían el castigo del Padre.” La pregunté, por qué no se aparecía a todos, y me puso el ejemplo de la madre que, cuando están todos los hijos reñidos o discutiendo, avisa a uno de ellos, al mejor o al de más confianza, por lo general; le dice que se lleven bien, porque si siguen así, les pegará su padre. Éste, como es natural, comunica a los otros el aviso de la madre, pero algunos, no lo creen, porque dicen que ellos no lo han oído, que si lo oyeran de boca de la madre ya lo creerían. Y dice que entonces es cuando tiene más mérito el creer, pero teniendo, claro está, alguna prueba de que aquello que dice el hermano es cierto. Ella, me dijo, “había venido a enseñar el camino”.

La pregunté entonces, qué  quería que hiciésemos; dijo, “que más tarde nos lo diría, pero que mientras, propagásemos la devoción a los Siete Dolores”. Y por eso me suele decir casi todos los días, cuando estoy en visión, que rece los Siete Dolores.

Otro día. Me habló del castigo, que me anunció, con estas palabras: “Llegará un día, si no quieren oír mi voz, que dando pasos os encontraréis con muertos, y dando más pasos, con más muertos; y os digo que lo que hace llorar es que pienso que se condenarán almas, pues según un día está nevando, así caerán almas al infierno”.

La pregunté si quería que lo dijésemos por todo el mundo y dijo, “que no, porque nadie lo creería y nos insultarían, y que así le ofendían más a Jesús”.

Otro día: Cuando se reza el Calvario, la veo siempre en la cuarta estación, y está la Virgen de rodillas sobre una nube, inclinada para adelante, como apoyada en los codos, y mirando a algo, que yo no veo, pero que es el Calvario, por las muestras que veo en sus caras y las cosas que me dice.

Al empezar la visión me dice, “que acaba de encontrar a su Hijo, y que no pudiendo seguirle, se ha caído,” y luego, enseguida mira a un punto algo lejano, como a unos cien metros hacia la izquierda, donde cae la parte del robledal, y su cara expresa un poco de alegría. Yo no veo lo que ve Ella, pero yo creo que es porque le coge la Cruz el Cirineo. Luego mira un poco más lejos, y entonces se pone más alegre, y debe ser por el paso de la Verónica. Hace después un movimiento brusco, como herida de dolor, y se pone a llorar. Debe ser la segunda caída. Según está llorando, (yo lloro cuando Ella llora), me mira y me dice: “No llores por Mí, hijo mío, sino que te digo las palabras que mi Hijo está diciendo a las mujeres”; “no lloréis por Mí, sino por vosotras”. “Ya sabes lo que te tengo dicho sobre el castigo.”

Luego vuelve la vista a donde miraba antes (suele mirar hacia la izquierda) y se queda un rato mirando triste, y de nuevo le da otro sobresalto de dolor. Es la tercera caída. Desde entonces empieza a llorar sangre, que le va cayendo por el velo y vestido, hasta ponerse rojo el velo blanco, que le cubre el pecho, y queda desmayada, como muerta. Está un cuarto de hora llorando y mirando a ese punto, y se levanta, y viene a la Cruz del lugar de las Apariciones, que se pone blanca, y se abraza a ella, mirando a la parte superior, y queda como caída, sostenida por los brazos. Entonces me manda rezar siempre los Siete Dolores, y cuando se terminan, se pone bien, como si se la hubiese pasado el dolor.

Otro día: Vi, estando en éxtasis, que de todo alrededor subían para el cielo rosas, unas chiquitas, y otras mayores. Unas, iban subiendo despacio, pero subían al fin. Otras empezaban a subir, pero llegaban a caer enseguida. Pregunté a la Virgen, ¿qué significaba aquello? Y me dijo: “que eran las oraciones de los que allí estaban”.

De un sitio salía una muy grande, y después de pasar la visión, vi que del lugar donde salían, estaba un anciano de unos 75 años.

Durante estas visiones me dijo la Virgen, “que no fuera a Pamplona”, donde hacía yo la carrera de Magisterio, estando de pupilo en casa de unos socialistas, conocidos de mis padres, que no pisaban nunca la Iglesia.

Como estaba matriculado, fui a Pamplona, a pesar de la prohibición, por no perder la matrícula. Había cambiado de casa la familia donde estaba de pupilo, y aunque yo sabía las señas de la casa a donde habían ido a vivir, pregunté, sin embargo, cuando subía, a una Señora que vi bajar por la escalera. Iba vestida de luto, y al preguntarla si vivía allí la familia Eladio Gurpegui, sacó una cruz y me dijo, “que no entrase en aquella casa,” desapareciendo.

Por la impresión que me hizo, al reconocer en aquella señora a la Virgen, caí rodando unos veinte escalones; me levanté del suelo y fui a casa de un amigo, creyendo que estaría allí. En casa de sus padres estuve en cama varios días, molestado por el golpe que me di.

Un poco repuesto, quise estudiar, pretendí hacerlo, pero no veía el libro ni las letras; en cambio los libros piadosos sí los veía y leía como siempre.

Allí recibí la carta del religioso Fray Gabriel de Miranda, a quien había escrito, pidiendo la admisión en la Orden de San Juan de Dios, y en la que me decía que podía ir cuando quisiese.

El día 17 de Noviembre 1931, un día después de haber regresado a casa, volví a Ezquioga; y habiendo dicho a la Virgen que ya tenía la casa para ir cuando quisiese, me contestó, “que no fuera hasta que Ella me dijese, porque tenía que presenciar otras cosas”.

Ese mismo día vi a Gema Galgani, a quien había hecho un novenario por encargo de un catalán. Me dijo, “que propagase su devoción, y que ella se encargaba de arreglar las cosas de Ezquioga”.

Otro día: Creía no iba a volver a ver más, pero al cuarto misterio del cuarto rosario, como casi siempre, vi a la Dolorosa vestida como de costumbre. “Me volvió a anunciar el castigo, y que avisásemos a la gente para que se preparase, haciendo confesión general.” La pregunté, por qué lloraba tanto y me dijo, “que no dejaría de llorar hasta el fin del mundo, porque siempre había pecadores, y mientras tanto, está su Hijo crucificado y ella sufría de verlo así”.

Otro día: La volví a ver llorando, “me anunció otra vez el castigo.” Yo pregunté, ¿por qué mandaba un castigo tan grande? Ella me dijo: “El que mata a una persona lo ponen preso para siempre, o le matan; y muchos están continuamente matando a Mí Hijo, que es Rey, y además Padre. Y así como el que mata a un rey merece más castigo que el que mata a una persona cualquiera, porque el castigo debe ser siempre mayor o menor, según la dignidad de la persona a quien mata. ¿Qué no merecerán los que matan con sus pecados al mismo Jesucristo?”

Otro día: El día 8 de Diciembre 1931, vi a la Virgen de Inmaculada; el vestido era blanco con apariencias de tela, pero todo luz.

Dicho día me dijo: “El jueves ven aquí y te saldré al camino cuatro veces”.

Vinimos rezando el Rosario, y al llegar al cuarto misterio, la vi sin luz, pudiendo ver al mismo tiempo el paisaje. Después rezamos el Calvario, y la vi también al llegar a la cuarta estación, de rodillas y caída, como la suelo ver aquí, pero también sin luz y mirándome. Luego rezamos otros Calvarios y otro Rosario y no la vi.

De Ormaíztegui a Ezquioga la volví a ver otras dos veces, al cuarto misterio y cuarta estación.

El día 29 me dijo, “que llegará el día que todo el mundo vestiría luto.” El 29 de Diciembre 1931 anunció el castigo y dijo después, “que la única bandera que habrá después del castigo será la bandera que tú tienes en la mano”. Yo tenía una Cruz, la que tengo siempre. Por la tarde no habló.

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Cruz Lete es un caso todavía más acentuado que el de María Celaya, que confirma, sin titubeos, el Hecho de las Apariciones en Ezquioga. Sus devotos hicieron reimprimir, seguido de una corta y atinada Glosa, el artículo necrológico de este vidente que, a causa de que esta Glosa hace ver, con absoluta razón, que toda la conversión a mejor vida y vocación religiosa y santa muerte del finado se debe a que la Santísima Virgen se le apareció en Ezquioga; la persecución digna de mejor causa, ha ordenado recoger. Más esto es pueril, porque en la mente de todos está el folletito, y más que el folletito, el conocimiento de la conversión milagrosa, y vocación hospitalaria y santa muerte de Cruz Lete, debidas a la Aparición de la Virgen en Ezquioga.

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Los Hechos Ezquioga publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/los-hechos-de-ezquioga/

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