Clases de apariciones, visiones y revelaciones místicas.

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.

Capítulo IX

CAPÍTULO IX.  Clases de apariciones, visiones y revelaciones místicas: a) visión intuitiva; b) Visión abstractiva; c) Visión angélica; d) Visión intelectiva; e) Visión imaginaria; f) Visión corporal. Linajes de revelaciones místicas. Regla de gobierno dada por la Reina del cielo a la V. M. de Ágreda. Dificultades históricas a las Apariciones sagradas.

Clases de apariciones, visiones y revelaciones místicas

Son seis las clases de visiones divinas, según las trae la Venerable Madre de Ágreda;  —Mística Ciudad de Dios.—  es a saber:

  • Intuitivas
  • Abstractivas
  • Angélicas
  • Intelectivas
  • Imaginarias y
  • Corpóreas

A. “Visión intuitiva”, es la visión clara de la divina esencia, manifestada en este mundo, ciertamente a la Madre de Dios y dudosamente a algunos santos; porque para gozar de esta visión, aparte que se necesita poseer la gracia santificante, en grado muy perfecto y no ordinario, ha de acompañar al alma gran pureza en sus potencias, sin haber en ello reliquia ni efecto ninguno de tu culpa; porque, así como sería necesario limpiar y purificar un vaso que hubiese recibido algún licor inmundo, así ha de ser límpida y purificada el alma no solamente de los pecados mortales, sino también de los veniales; y además, es necesario cauterizar el fomes del pecado, de forma que quede extinto o ligado, como si no le hubiese, lo cual, como se ve, es dificilísimo al hombre. La razón de todo esto es porque en la criatura, sujeta a pecado, hay dos improporciones y distancias inmensas comparadas con la divina naturaleza: la una es que Dios es invisible, infinito, acto purísimo y simplicísimo, y la criatura es corpórea, terrena, corrupta y grosera; la otra es la que causa el pecado, que dista sin medida, de la suma bondad, y ésta es mayor en proporción y distancia que la primera. A pesar de todo esto, puede el Señor dejarse ver intuitivamente después que haya dado al alma un retoque, como con un fuego espiritualísimo, que la caldea y acrisola, como al oro el fuego material, al modo que los serafines purificaron a Isaías; retoque que deja dos efectos en el alma: el uno, el que separa toda la escoria terrena; y el otro, que llena toda el alma de una nueva luz tal, que destierra toda tiniebla, así como la luz del alba destierra las de la noche. Últimamente, el Señor comunica al alma el lumen gloriae, con el cual se acaba de proporcionar para ver a Dios, quedando así como divinizada para ver a Dios cara a cara.

B. “Visión abstractiva, consiste en manifestarse Dios, no en sí mismo, inmediatamente, sino mediante algún velo o especies altísimas, infusas y sobrenaturales. En esta visión, aunque la criatura conozca que está cerca de la divinidad y en ella descubre los atributos, perfecciones y secretos que, como en espejo voluntario, le quiere Dios mostrar y manifestar, pero no siente ni conoce su presencia ni la goza a satisfacción y hartura. Para este grado de visión, se necesita en el alma las disposiciones dichas menos el lumen gloriae del grado anterior. Sus efectos, aparte el citado, que supone en el alma hallándola así sobre sí, la embriaga de una suavidad y dulzura tan inefables que la inflama en el amor divino y la transforma en él, causándola un olvido y enajenamiento de todo lo terreno y de sí misma, que ya no vive ella en sí, sino en Cristo y Cristo en ella. Últimamente, la deja una luz tan diáfana que, con ella, si no pierde, caminará a lo más alto de la perfección, siéndole como el fuego perpetuo del santuario, y la antorcha de la ciudad de Dios. —de este linaje de visiones gozó mucho en vida Nuestra Señora”.

La mencionada Sor María Jesús, —Mística Ciudad de Dios, Part. I, libr. 1 Cap. II.—  tratando de la “visión abstractiva”, que es en la que se revelaron los más altos y profundos arcanos, prosigue: “Al entendimiento se le da cierta luz, con la cual conoce en Dios todas las cosas y lo que son en sí sus operaciones, y se le manifiestan según es la voluntad del Altísimo. Es éste lumen, santo, suave, puro, sutil, noble, cierto y limpio, hace amar el bien y reprobar el mal; es un vapor de la virtud de Dios y emanación sencilla de su luz, la cual se me pone, como espejo, delante del entendimiento y con la parte superior del alma veo mucho… esta vista es como si el Señor estuviese asentado en un trono de grande majestad, donde se conocieran sus atributos con distinción, debajo del límite de la mortalidad; cubriéndose a modo de medio velo, uno como cristal purísimo, que impide verle intuitivamente….

En este conocimiento hay dos grados de ver, de parte del Señor, porque es espejo voluntario. Unas veces se manifiesta más claramente, otras menos; unas veces se muestran unos misterios, ocultando otros, y siempre grandes. Y esta diferencia suele seguir también la disposición del alma, a la que da ánimo, fervor, seguridad y alegría. Cuidadosa y solícita, llama y levanta, da ligereza y brío, llevando tras de sí lo superior del alma a lo inferior, y aun el cuerpo se aligera y queda como espiritualizado por aquel tiempo, suspendiéndose su gravamen y peso… Siéntese la continuación y virtud de esa luz y el amor que causa, y una habla íntima, continuada y viva, que hace atender a todo lo que es divino y abstrae de lo terreno, en que se manifiesta vivir Cristo en mí, su virtud y su luz…

No digo que es toda la luz, pero es parte… Es luz que a un  mismo tiempo alumbra y fervoriza, enseña y reprende, mortifica y vivifica, llama y detiene, amonesta y compele, enseña con distinción el bien y el mal, lo encumbrado y lo profundo, la longitud y latitud, el mundo, su estado, su disposición, sus engaños, y me enseña a hablarlo…

Intelectualmente veo y conozco a Nuestra Señora cuando me habla y a los ángeles; y unas veces los conozco y veo en el Señor, y otras en sí mismos, desciendo algún grado más inferior, en el cual grado y en el Señor, como espejo voluntario, los veo, hablo y entiendo, así como a los demás bienaventurados y a los misterios de la vida y de la muerte de la Reina del cielo.

C) Visión Angélica. Este modo de visión. —Mística Ciudad de Dios, lib. II, cap. 15.— es el mismo que los órdenes y jerarquías angélicas tienen entre sí mismos, sin otra especie que mueva su entendimiento más, que la misma substancia y naturaleza del ángel que es conocido. Y a más de esto, los ángeles superiores iluminan a los inferiores, informándolos de los misterios ocultos que a los superiores inmediatamente revela el Altísimo, para que se vayan derivando y remitiendo de lo supremo a lo ínfimo.

Sucede esto (a nuestro modo de entender) como si los rayos del sol penetrasen muchos cristales puestos en orden, que todos participarían de una misma luz, comunicada de los primeros a los últimos, tocando primero a los más inmediatos. Sólo una diferencia se halla en este ejemplo: que las vidrieras o cristales, respecto de los rayos, se han pasivamente, sin más actividad que la del sol, que a todos las ilumina con una acción; pero los santos ángeles son pacientes en recibir la iluminación de los superiores, y agentes en comunicarla a los inferiores, derivándose todo del Supremo Sol de justicia, Dios eterno.

Tal modo de visión, iluminación, comunicación o revelación, fue concedida de un modo especialísimo a la Santísima Virgen, como particularmente a otros santos, ya que este beneficio no es otra cosa que ver intuitivamente la substancia del ángel, participando del linaje de la visión intuitiva y de la intelectual, o sea de la primera y de la tercera dichas.

Verdad es que este beneficio no es ordinario y común, sino muy raro y extraordinario; y así pide en el alma gran disposición de pureza y limpieza de conciencia. No se compadece con afectos terrenos ni imperfecciones voluntarias, porque para entrar el alma en el orden de los ángeles, ha menester vida más angélica que humana… Cuando el alma llegare a gozar de verdadera paz, tranquilidad y sosiego del espíritu, que le causen una serenidad dulce, amorosa y suave con el Sumo Bien, entonces estará menos indispuesta para ser levantada a la visión de los espíritus angélicos con claridad intuitiva y recibir de ellos las divinas revelaciones que entre sí se comunican y los efectos admirables que de la visión resultan.

Para conseguir este linaje de visión se necesita —Id. Doctrina de la Reina del Cielo.— no poner óbice de pecados ni afecto a ellos, retiro del alma, invocación a menudo de los santos ángeles y agradecimiento de este sumo beneficio.

D. Visión intelectiva o común revelación, dase, algunas veces, por especies infusas al entendimiento, y otras por las mismas especies que tiene la imaginación y fantasía, y en ellas puede el entendimiento, ilustrado con nueva luz y virtud sobrenatural, entender los misterios que Dios le revela, como sucedió a José en Egipto y a Daniel en Babilonia. Esta forma de visiones intelectuales fue común a los profetas santos del Viejo y Nuevo Testamento, porque la luz de la profecía perfecta, como ellos la tuvieron, se termina en la inteligencia y, sin ella, no fueran perfectos profetas. Estos se llaman videntes, no sólo a causa de la luz interior con que miraban los secretos ocultos, sino también a causa de ignorarlos en parte o en todo, aunque debían practicar alguna acción profética. Los primeros son profetas perfectos, e imperfectos los segundos.

El Señor puede comunicar esta gracia sin que el que la reciba goce de la caridad divina; pero de ordinario, anda acompañando con ella.

Por esta razón, piden estas revelaciones muy buena disposición del alma, porque Dios suele concederlas cuando ésta anda quieta, pacífica, abstraída de los efectos terrenos y bien ordenadas sus potencias, para los efectos de esta divina luz. —Las visiones intelectuales, que se forman en el entendimiento, independientemente de los sentidos exteriores e interiores y son más propias de los ángeles y de las almas separadas de los cuerpos, únicamente Dios puede producirlas. Nunca el ángel bueno ni el malo, porque nuestro entendimiento es una potencia espiritual cerrada a éstos. Por esta razón son las visiones más seguras y sublimes.—

E. Visión imaginaria. El cuarto lugar ocúpanlo las visiones imaginarias, las cuales se tienen por especies sensitivas, causadas o motivadas en la imaginación o fantasía; y representan las cosas con modo material y sensitivo, como cosa que se percibe por los sentidos corporales. Debajo de esta forma de visiones, escribió San Juan su Apocalipsis. Y por lo que tienen de sensitivo y corpóreo, puede las remedar el demonio en la representación, moviendo las especies de la fantasía, aunque no puede remedarlas en la verdad. Con todo eso deben desviarse estas visiones, examinándolas con la doctrina de los santos y maestros; porque si el demonio reconoce golosina alguna en las almas que tratan de oración y devoción, si lo permite Dios, las engañará fácilmente. Aun aborreciendo el peligro de ellas, puede el diablo, transfigurado en ángel de luz, introducirse para perder, o cuando menos, para engañar y burlar las almas. Muchas veces las visiones imaginarias son enviadas por Dios, en sueños, como a San José y a los Reyes Magos.

F. Visión corpórea. Es la que se recibe por los sentidos externos, y es de dos maneras. La una es propia y verdaderamente corpórea, cuando con cuerpo real y cuantitativo, se aparece a la vista o al tacto, algún ser de la otra vida, formándose, para esto, por ministerio de los ángeles buenos o malos, algún cuerpo aéreo o fantástico, que, si bien no es cuerpo natural ni verdadero de lo que representa, pero es verdadero cuerpo cuantitativo del aire condensado con sus dimensiones cuantitativas, lo cual reza más con los espíritus; porque, en cuanto a Jesús, la Virgen y aquellos santos, que en cuerpo mortal le tienen realmente en el cielo, han de aparecer en el suyo propio, aunque, de otro lado, pueden perfectamente aparecer revestidos a modo de los espíritus. La otra manera de visiones y revelaciones es impropia e ilusoria del sentido de la vista, cuando no es cuerpo cuantitativo, sino especies del cuerpo y color etc. Tal modo de aparecer es más propio de los ángeles malos, por más que no es imposible a los seres buenos”.

Nuestros estudios sobre las apariciones corporales nos las hacen resaltar de dos maneras: Primera, las totalmente corporales. Segunda, las substancialmente corporales.

Las totalmente corporales son aquellas que se muestran de igual forma que lo están en la gloria del cielo. Son raras en este mundo; pues, para que se realicen, necesítase cierto lumen gloriae.

Las substancialmente corpóreas son aquéllas que se muestran esencialmente, aunque sin el ropaje exterior o con diferente envoltura: de ordinario, tal como el que la ve, la puede conocer. Y éstas son de dos modos: a) “lúcidas”, cuando se manifiestan mediante el éxtasis (las de los buenos videntes); y b) “no lúcidas”, cuando lo son sin el éxtasis, aunque en este caso, el favorecido no se da cuenta de la aparición. Las apariciones “no lúcidas” son más raras, aunque muy auténticas, por los prodigios que las acompañan, los cuales hay que examinar cuidadosamente, para no padecer engaño.

Según esto, continúa Mística Ciudad de Dios: “Las visiones y revelaciones corpóreas pueden recibirse estando en los sentidos corporales, que en esto no hay repugnancia. Pero el modo más común y connatural a estas visiones y a las intelectuales, es comunicarlas Dios en algún éxtasis o rapto de los sentidos exteriores; porque, entonces, están las potencias interiores todas, más recogidas y dispuestas para la inteligencia de cosas altas y divinas; aunque en esto menos suelen impedir los sentidos exteriores para las visiones intelectuales que para las imaginarias y corpóreas, porque están más cerca de lo exterior que las inteligencias del entendimiento. Y por esta causa, cuando las revelaciones intelectuales son por especies infusas, o cuando el afecto no arrebata los sentidos, se reciben muchas veces, sin perderlos, inteligencias altísimas de grandes misterios sobrenaturales.

Débese ser muy circunspecto y cauteloso en este género de visiones corpóreas, por estar muy sujetas a peligros, engaños e ilusiones de la serpiente antigua; quien nunca las apeteciere, excusará gran parte del peligro. Y si tuviera alguna, deténgase mucho en creer y ejecutar lo que le pide la visión; porque sería muy mala señal y propia del demonio, querer luego y sin consejo que se le dé crédito y obedezca, lo que no hacen los santos ángeles, como maestros de obediencia y verdad, prudencia y santidad”. Gran cautela de los sujetos que están en visión, estriba en orar al cielo, no de boca, sino de corazón y mente, para que el diablo, que no lee ni la inteligencia ni el corazón, no pueda, a causa del movimiento de los labios, que ve, imitar falsamente a Jesús, la Virgen, los ángeles y santos, y engañar tristemente así al vidente ignorante o poco cauteloso, como ha sucedido en repetidísimos casos en Ezquioga.

Linajes de revelaciones místicas

Por más que las revelaciones anden acompañadas, las más de las veces, con las visiones, sin embargo, hay que distinguirlas de éstas. La visión es la manifestación plástica del ser o cosa sobrenatural en algunas de las formas que dejamos dicho. Atañe más el órgano óptico y a la potencia intelectiva; mientras que la revelación es la declaración de las cosas ocultas, pretéritas, presentes o futuras, según la voluntad del ser superior que habla. Atañe más bien al órgano auditivo o a la potencia volitiva.

Según estos principios, todas las revelaciones pueden ser: a) por visión, b) por locución, c) por inspiración y d) por moción.

  1. Las revelaciones por visión tienen lugar dentro de la propia manifestación mística, cuando el ser revelado, sin locuciones, inspiraciones ni mociones, esto es, por ningún otro medio que por la misma visión, se declara al sujeto que la visión recibe. Entonces se da a entender con claridad bastante la intención del ser revelado. Tales son las visiones apocalípticas de San Juan.
  2. Las revelaciones por locución  se verifican cuando el ser revelado habla, y el sujeto a quien se revela oye y entiende bien claramente lo que se le dice.  Tales son las revelaciones del señor a los profetas del Antiguo Testamento.
  3. Las revelaciones por inspiración son las que se reciben en la inteligencia y en la voluntad sin hablas expresas y sonoras; pero mediante una luz y conocimiento interior, altísimo y sobrenaturales que, distinguiéndolos perfectamente el sujeto, de toda operación intelectiva personal, le acreditan seguramente que son del cielo, sean de Dios, la Virgen, o los ángeles. Tales son las revelaciones a muchos santos y personas rectísimas de la Ley de Gracia.
  4. Las revelaciones por moción. Son las que determinan a obrar con resolución, prontitud, eficacia cosas buenas y santas, del agrado de Dios y de edificación de los fieles. Estas mociones son tan rápidas que son ejecutadas aún antes de juzgarlas, aún antes de reflexionarlas; reflexionándolas y juzgándolas después de haber sido transmitidas al sujeto a quien dirigidas fueron, y causando admiración y estupor en el mismo que las recibió y que luego las transmitiera. Así son muchos linajes de profecías, que a los santos y otras personas cristianas se revelaron.

Débese advertir que en todas las revelaciones, como en las visiones sobrenaturales, se reconoce un principio muy ajeno al personal; de forma que, tanto el sujeto a quien se comunican o para quien se comunican, como el individuo mediador, advierten enseguida o luego de comunicadas, la finalidad y origen divinos de las revelaciones tales. De otro modo se confundirían, se dudarían o se equivocarían.

Algunas veces, y esto hay que notarlo como una de las actuaciones particulares del cielo sobre algunas personas escogidas de Ezquioga, son dadas visiones diversas a determinados auténticos videntes, a quienes al propio tiempo se niega la inteligencia o revelación de las mismas; pero que se les manda confíen la visión a “esa” persona escogida para que la declare. La persona escogida se extraña de esto, porque nada entiende de la revelación de aquella visión; pero, a poco, suavemente, sin darse cuenta, un golpe insensible e invisible de luz al entendimiento le declara la revelación de la visión de que se trata. Y es lo notable que la Virgen, en otras visiones posteriores, ha confirmado la exactitud de aquella revelación.

También precisa no olvidar que las revelaciones, sobre todo proféticas, pueden ser absolutas y condicionales. Particularmente las referentes a los castigos temporales son casi siempre de esta segunda categoría. El Señor amenaza un formidable castigo, si no hay enmienda. Así dijo a Jonás: “Nínive, Nínive; si no haces penitencia, dentro de cuarenta días serás destruida”. Pero Nínive hizo por entero penitencia. Desapareció la condición y con ella el castigo.  De este modo obra nuestro Señor. La pena se aminora con la penitencia. A mayor penitencia mayor aminoración del castigo.

Reglas de gobierno dadas por la Reina del cielo

“Según la divina disposición, el mayor impedimento y óbice que indispone para que las almas no tengan muy familiar trato y comunicación con Dios y sus ángeles son los pecados, aunque sean leves y aun las imperfecciones de nuestras operaciones… Ítem, que no tengan quietud y tranquilidad de paz…; puesto que, por mucho que esté mereciendo la criatura con la tribulación y padeciendo aflicciones (cual estaba San José en sus dudas sobre la fidelidad de su santísima esposa) con todo eso impide aquella alteración; porque en el padecer hay conflicto y trabajo con las tinieblas, y el gozar es estar en paz en la posesión de la luz…” —Mística Ciudad de Dios, P. II, lib. IV, cap. III, núm. 401, 402.—

Ésta es también la razón porque en el Antiguo Testamento, Dios se comunicaba a los santos patriarcas y profetas, mayormente por medio de sueños que de otra manera. Las almas no estaban tan purificadas, habida razón de que en la Ley de gracia, y en igualdad de circunstancias, lo están más a causa de los méritos de Cristo, aplicados por medio de sus sacramentos. De todos modos, cuando ahora, un alma recibe la comunicación divina, mediante el sueño, es porque en este estado el Señor la haya más tranquila y pacífica que en vigilia. Tengan esto muy en cuenta las almas a quienes el Señor se da. Éstas, antes, en o luego de dichas comunicaciones, deberán darse por entero a Él.

“De la luz que en este capítulo (XIV) has recibido, tienes la regla cierta de gobernarte en las visiones y revelaciones del Señor, que consiste en dos partes: La una, en sujetarlas con humilde y sencillo corazón al juicio y censura de tus padres y prelados, pidiendo con viva fe, les dé luz el Altísimo para que entiendan su voluntad y verdad divina y te la enseñen en todo. La otra regla ha de estar en tu mismo interior; y ésta es atender a los efectos que hacen las visiones y revelaciones, para discernirlas con prudencia y sin engaño; porque la virtud divina, que obra en ellas, te inducirá, moverá, inflamará en amor casto y reverencia del Altísimo al conocimiento de tu bajeza, a aborrecer la vanidad terrena, a desear el desprecio de las criaturas, a padecer con alegría, amar la cruz y llevarla con esforzado y dilatado corazón, a desear el último lugar, a amar a quien te persigue, a temer el pecado y a aborrecerle, aunque sea muy leve, a aspirar a lo más puro, perfecto y acendrado de la virtud, a negar tus inclinaciones, a unirte con el sumo y verdadero bien. Éstas serán infalibles señales de la verdad con que te visita el Altísimo por medio de sus revelaciones, enseñándote lo más santo y perfecto de la Ley cristiana y de su imitación y mía.

Y para que tú, carísima, pongas por obra esta doctrina que la dignación del Altísimo te enseña, nunca la olvides, ni pierdas de vista los beneficios de habértela enseñado con tanto amor y caricia, renuncia toda atención y consolación humana, los deleites y gustos que el mundo ofrece; y a todo lo que piden las inclinaciones terrenas te niegues con fuerte resolución, aunque sea en cosas lícitas y pequeñas; y volviendo las espaldas a todo lo sensible, sólo quiero que ames el padecer. Esta ciencia y filosofía divina te han enseñado, te enseñan y te enseñarán las visitas del Altísimo, y con ellas sentirás la fuerza del divino fuego, que nunca se han de extinguir en tu pecho por culpa tuya ni por tibieza. Está advertida, dilata el corazón, y cíñete de fortaleza para recibir y obrar cosas grandes, y ten constancia en la fe de estas amonestaciones, creyéndolas, apreciándolas y escribiéndolas en tu corazón con humilde afecto y estimación de lo íntimo de tu alma, como enviadas por la fidelidad de tu Esposo y administradas por Mí, que soy tu Madre y señora”.   —Mística Ciudad de Dios, P. 1ª, lib. II, cap.  XIV.—

Dificultades históricas a las Apariciones Sagradas

Las dificultades que se oponen a las Apariciones son bien antiguas.  Ateniéndose sólo al Nuevo Testamento y al hecho de la resurrección de N. S. Jesucristo, las agrupamos en cuatro categorías.

1ª   La dificultad de María Magdalena (la más creyente). Notó ésta que Jesús no estaba en el sepulcro, y vio los lienzos en el suelo; y supuso, no que había resucitado, como predijo, sino que se lo habían llevado. Para que esta dificultad se le removiese, fue necesario que Cristo se le apareciese, no conociéndole hasta que él la habló.

2ª   La dificultad de los apóstoles, que, oyendo lo que las devotas mujeres dijeron de parte del Maestro, y sabiendo además, que no estaba en el sepulcro, no las creyeron. Jesús arrojóles en rostro su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado.

3ª  La dificultad de Santo Tomás. La incredulidad de este apóstol fue todavía más dura y recalcitrante. Desoyó las pruebas testificales, muchas y unánimes, y apeló a las materiales. Cuando éstas tuvieron realidad, creyó; pero mereció reprensión del Maestro que llamó: “Bienaventurados a los que no vieron, y sin embargo creyeron”.

4ª  La dificultad de los discípulos de Emmaús. Es la incredulidad más honda.  Creen en Jesús; conocen su historia, doctrina y milagros, su pasión y muerte, las circunstancias de su desaparición del sepulcro. Razonan bien. Ven a Jesús, que les reprende, pero sólo creen en Él cuando le ven partir el pan.  Luego el don de la fe es el de mayor valor; porque no basta ver, razonar y tener pruebas, sino que completan casi siempre con un hecho sobrenatural, que en este caso, fue la partición del pan en que se repetía la dación del Don Eucarístico.

De aquí las hondas raíces de tanta incredulidad sobre los Hechos de Ezquioga.  

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Los Hechos Ezquioga publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/los-hechos-de-ezquioga/

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