Testimonios e informes de ilustres fisiólogos, médicos, psicólogos y psiquiatras con relación a los Hechos de Ezquioga.

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.

Capítulo VII

CAPÍTULO VII. Testimonios e informes de ilustres fisiólogos, médicos, psicólogos y psiquiatras con relación a los Hechos de Ezquioga y que son parte de la Documentación Serie A.  Informe de los doctores Carrere (francés), colectivo de los catalanes, y particulares de Martí Rocafort, Tortras Vilella, Balari (padre) y Puig Corominas.

No estamos solos con estar al lado de la Virgen, que es del lado de la verdad y del bien. A favor de los Hechos de Ezquioga se levanta la voz, quizá tímida todavía, de hombres de estudios de todos los campos, pero que en el mañana, pronto, no cabe la menor duda, cuando el anemómetro de los asuntos de Ezquioga tome rumbo diferente, querrán dar a su tímida voz, timbres de potencialidad sonora. Para entonces, y no para el presente, van dirigidas estas líneas, que bien pueden ser aprovechadas por todos los de ahora.

Informe del Dr. Carrere

El notable Dr. E. Carrere, de Tarbes (Departamento de los Altos Pirineos-Francia), en certificado, que conservamos, del 12 de Octubre de 1932, escrito en francés, y en el cual “habla tan solo de las cosas que él ha visto y constatado, sin interpretarlas”, nos dice:

En el curso de 1932 he estado en Ezquioga en Mayo, Julio, Agosto, Septiembre y Octubre. El R.P. Burguera, a quien en Septiembre he encontrado,  —Nos vio antes otras veces, pero que le pasamos desapercibidos.—  ha solicitado de mí le consigne por escrito mi opinión medical sobre “algunos videntes”. Habiendo, pues, visto muchas veces, ora durante las manifestaciones llamadas “éxtasis”, ora en derredor de estos momentos, a Garmendia, Pachi y Gurruchaga, y habiéndolos examinado en la casa de Ezpeleta, de éstos únicamente hablaré.

Pachi.—  Le he visto 5 veces. Había subido a la colina donde suceden los hechos en cuestión, a la caída de la tarde. Cada vez, he constatado lo siguiente: Él se arrodilla, rodeado de amigos que le acompañan y que comienza a orar en voz alta. Al cabo de un tiempo, que varía, cae, sea hacia atrás, sea hacia un lado, y sus amigos le acuestan de espaldas, la cabeza un tanto levantada. En esta posición, sus miembros están en resolución completa y no presentan ninguna rigidez; los ojos están abiertos y las pupilas medianamente dilatadas como para la visión a cierta distancia. El pulso es sosegado y regular, la respiración normal. El reflexo palpebral, convenientemente buscado, se halla muy limpio. Al cabo de un tiempo, que varía, Patchi cierra los ojos, y sus amigos le llevan sobre sus espaldas hasta la casa Ezpeleta, donde se le deja un momento sobre una cama.  Cuando sale de tal estado no parece fatigado, y departe amigablemente con los que le han acompañado.

Le he examinado en la casa Ezpeleta y no he hallado en él ninguna señal de enfermedad cualquiera; por lo demás es un joven gallardo, sólido y de aspecto muy sano.

Garmendia.—  Le he visto muy bien tanto en los “éxtasis” como en la vida corriente, y en ésta muy a menudo durante varias horas. Durante el curso de los éxtasis presenta a menudo la rigidez, sea de los brazos solamente, sea de todo el cuerpo. El esfuerzo más violento no puede hacer cesar esa rigidez. Jamás he podido constatar en él contracciones crónicas; jamás emisión de orina; jamás mordedura de lengua. Los músculos de la cara no participan nunca de las contracciones; los ojos están abiertos y parecen ver, los labios se mueven y muy a menudo profieren palabras muy limpias, que son entendidas por los asistentes. Cuando estos fenómenos cesan, se levanta y no parece fatigado a pesar de las contracturas a menudo intensas que ha experimentado. Yo he visto entonces decir a algunos confidentes lo que Garmendia había entendido o visto durante el éxtasis y del cual guarda éste un recuerdo muy preciso.

Fuera de los éxtasis, Garmendia parece llevar la vida normal de un trabajador. Sus manos rudas y su mirada llevan la traza de trabajos particularmente duros. Los exámenes que de él he practicado no me han revelado jamás ninguna anomalía. Tiene un carácter vivo y muchas veces alegre; durante la comida con sus amigos provoca la animación, y sus conversaciones deben ser espirituales, porque causan con frecuencia el gozo en sus oyentes.

En suma; me ha parecido estar dotado de una buena constitución normal y de un espíritu bien equilibrado.

Gurruchaga.  Le he visto largamente y examinado muchas veces durante los éxtasis de los días 9 y 10 de Octubre en la casa Ezpeleta donde hemos comido en la misma mesa, y sobre todo, en la colina donde él ha pasado toda la noche del 10 al 11 con sus amigos.

Durante los éxtasis presenta también contracturas, sea en los brazos, sea en todo el cuerpo. Su figura indica, por momentos, un sufrimiento intenso. Durante las contracturas, a menudo generalizadas, el resto queda libre y los labios articulan palabras. Le he visto en cuatro sesiones, los brazos en cruz, muy rígidos, y arrojarse vivamente hacia adelante para bajar hasta el suelo. Durante este movimiento la rigidez de los brazos desaparece momentáneamente para permitirle apoyarse en tierra, que él vuelve a tomar cuando se levanta.  Todo esto no se parece en nada a las crisis de contracturas histéricas y otras.

El examen que he practicado de este joven me ha permitido constatar que carece de toda anomalía física, intelectual o mental.

Fuera de los éxtasis, se muestra como un sólido y buen pequeño paisano, de carácter dulce y muy alegre.

El 12 de Octubre de 1932
(Dr. E. Carrere, rubricado)

Informe  colectivo de varios doctores catalanes

Modelo A. Serie 1ª.— Nú. 354.960.— Hay un membrete impreso que dice:  Colegio de médicos de España— Consejo General.  Hay fijada una póliza de clase 7ª de pts. 3-núm. A 0151879— Hay fijada una póliza-sello de 2 ptas. Que dice: Colegio del Príncipe de Asturias para huérfanos de médicos— Certificación facultativa. Hay un sello de estampilla, en tinta violeta, que dice: Collegi Oficial Metges de Barcelona— CERTIFICADO MÉDICO OFICIAL— Colegio de Barcelona.  En el anverso del impreso y escrita diagonalmente, hay una nota que dice: Léase al dorso, por no contener el impreso espacio suficiente para consignar los datos que figuran en el certificado. Al dorso se lee:

Los infrascritos médicos cirujanos del Colegio de Médicos de la Provincia de Barcelona, CERTIFICAN:

Que han tenido ocasión de permanecer en la campa de Anduaga de Ezquioga, diferentes veces, en ocasión de hallarse en la misma y en el estado que, habitualmente, entre los concurrentes en aquel lugar se llama de visión o éxtasis, diferentes personas, a las cuales han podido reiteradas veces ver y apreciar de cerca, y además han alternado, también distintas veces, con estas mismas personas, fuera de aquel estado, y de todo ello han podido deducir:

1º    Que en las personas a que nos venimos refiriendo, no hemos apreciado ningún síntoma de enfermedad nerviosa ni de otra alguna que pueda relacionarse con el llamado estado de visión, al cual hemos asistido.

2º   Que el estado de visión o suspensión de los sentido que hemos presenciado, con los fenómenos que dentro del mismo se producen, a nuestro juicio no tiene científicamente explicación, dada la forma y demás circunstancias en que se opera.

Y para que conste donde convenga, expiden y suscriben el presente certificado en la ciudad de Barcelona, a 20 de Octubre de mil novecientos treinta y dos.

Hay las firmas y rúbricas de: Joaquín Puig Corominas, Colegiado número 1535;  Miguel Balari, Colegiado núm. 210;  José L. de Marti Rocafort, Colegiado núm. 695;  Manuel Bofill Pascual, Colegiado núm. 1844; Antonio Tortras Vilella, Eugeni Bofill, Enrique Navarro Borrás.

Este certificado va extendido en el impreso editado por el Consejo de los Colegios Médicos, cuyo origen garantiza la filigrana al agua marcada en el papel con la siguiente inscripción: Consejo General de los Colegios Médicos de España.

Informe particular del Dr. José Luis de Marti Rocafort

Rvdo. P. Fr. Amado de C. Burguera.— Ezquioga

Venerado Padre: Mi opinión, como médico de los hechos de Ezquioga, redúcese a afirmar del modo más absoluto, que no pueden ser atribuibles muchos de ellos a fenómenos naturales, y que por tanto, ni la fisiología ni la patología pueden explicarlos.

Pensemos especialmente en el histerismo, por ser la afección morbosa que más se presta a simular diversas afecciones, y el empeño tan frecuente en las histéricas de querer pasar por seres excepcionales y llamar la atención de las gentes.

Está admitido ya de un modo clásico, dos especies de histerismos en cuanto a la intensidad de sus crisis: el mayor y el menor. En el histerismo mayor las crisis histéricas se componen de cuatro períodos precedidos de la denominada aura histérica, que es una sensación de dolor algo imprecisa, que tiene su punto de partida en el vientre, o una sensación de bola que asciende desde el estómago a la garganta, produciendo sensación de ahogo. A continuación del aura histérica siguen los cuatro períodos del ataque histérico, a saber: 1º  El epileptoide, con contracciones de los miembros y movimientos a sacudidas, los cuales terminan por un breve desfallecimiento. 2º El período de contorsiones, denominado de cloronismo, por originarse en él movimientos que recuerdan el esfuerzo de los saltimbanquis en sus juegos acrobáticos. 3º El período de las actitudes apasionadas, dependientes de alucinaciones, alegres, mística, terroríficas, obscenas, etc.; y 4º El delirio o estado cataléptico, con contracción general de los miembros. En el histerismo menor falta el período epileptoide, aparte de ser menos grave.

Comparémoslo todo ello con el estado de visión de los llamados videntes de Ezquioga, que representaría, para el caso de ser histéricos o de padecer cualquier enfermedad, el estado álgido de la misma. Faltan en tales visiones el aura histérica, ya que la visión siempre la he visto empezar súbitamente; el período epileptoide y el de contorsiones, pues, si bien es cierto que algún vidente, como Garmendia, ejecuta alguna contracción, es de aspecto que nada en absoluto recuerda movimientos de circo, como en el histerismo, si no una contracción dolorosa, de acuerdo perfectamente con la sensación de crucifixión supuesta en el vidente. Además, esta contracción falta en casi todos los videntes o al menos en la mayoría de visiones de los mismos. En cuanto al tercer período, o sea el de actitudes apasionadas, entre las que los histéricos pueden ofrecer con relativa frecuencia actitudes místicas, aparte de la diferencia que puede haber entre las actitudes místicas de unos y de otros, no se mezclan nunca en los videntes de Ezquioga, como muy contrariamente ocurre con los histéricos, las actitudes obscenas, que casi son, en cambio, incomparables compañeras de los ataques de histerismo; y si muchas veces se observan en los videntes de Ezquioga, expresiones tristes, alegres, dolorosas, terroríficas, etc., están siempre en perfecta consonancia con el carácter religioso de sus visiones, sin las incoherencias ni extravagancias que ofrecen los histéricos que pasan tan fácilmente de lo místico a otras actitudes y especialmente a lo obsceno. Falta también el 4º período de delirio o estado cataléptico.

Pero, aunque no se trata de un ataque histérico, pudiera objetarse que tales personas pudieran ser histéricas, y que debido a ello, pudieran sufrir, aunque no precisamente ataques histéricos, algunas alucinaciones propias del histerismo o de alguna otra enfermedad o bien ser simuladores, ya que tan frecuentemente resulta el afán de simular en los histéricos.

Muy gratuitas me parecerían tales hipótesis. En diversas ocasiones he observado y he alternado con videntes de Ezquioga, sin perjuicio de observar en ellos diversidad de caracteres o temperamentos, cosa que aún confirma que no obedecen sus supuestas visiones a un temperamento o modo de ser común a dichas personas, y puedo atestiguar que no he observado en ellas alteraciones tan frecuentes en el histerismo u otras afecciones.

No tienen los videntes en cuestión el carácter raro y caprichoso de las histéricas; muy al contrario, no son ni vanidosos, ni volubles, y obran en consecuencia de los hechos que relatan y de la fe religiosa que profesan desde que han tenido visiones, amoldando sus costumbres a esta fe y procurando perfeccionarse cada día más de acuerdo con ella, perfección que se observará en ellos en mayor o menor grado, pero su tendencia, a mi modo de ver, suele ser progresiva, dando pruebas de entereza en las negaciones y persecuciones que sufren por quienes no dan crédito a sus visiones; lo cual implica, además, que no hay alteraciones que merman su voluntad; y como detalle que afirma, además de su voluntad, su constancia, podemos añadir el hecho conocido de que muchos videntes acuden asiduamente al lugar de las apariciones teniendo que andar para ello bastantes kilómetros, sin reparar en la lluvia u otras incomodidades. Falta, pues, en los videntes de Ezquioga, la movilidad de la mente y del corazón que caracteriza a los histéricos que carecen de voluntad para refrenar sus instintos y pasiones y que su mente enfermiza no puede dominar, ya que los videntes dan prueba de todo lo contrario.

Otra particularidad ofrecen las histéricas, que contrasta con los videntes de Ezquioga; las histéricas frecuentemente tienen alucinaciones que recuerdan luego con cierta dificultad, subsanando las faltas que en su memoria se producen con relatos puramente inventados y que al reseñarlos, pasado un tiempo, suelen desfigurarlos completamente, incurriendo en contradicciones frecuentes, que aumenta su fama de mentirosas. Muy al contrario ocurre con los videntes de Ezquioga que relatan siempre en la misma forma sus visiones, recordando sus más nimios detalles, aunque haya transcurrido mucho tiempo, puede decirse sin temor alguno, que recuerdan más las visiones, que las demás cosas, como si aquellas fuesen aun más reales que éstas, dejándoles un recuerdo más impresionante.

No he apreciado tampoco en los videntes tics, vómitos, desvanecimientos etc., ni temblores (salvo estos en la anciana Juana Aguirre, justificados por su edad) que pudieran trastornos semejantes, hacer pensar en otras afecciones, por supuesto aun menos semejantes al estado de visión que el histerismo; así como tampoco he visto ni incontinencias de orina, ni mordedura de lengua, etc., que pudieran hacer pensar en que hubiera algún epiléptico entre ellos.

Pero hay más todavía: Hay hechos en Ezquioga reñidos en absoluto con las leyes de la Patología, y de la Fisiología, como el hecho de que algunos videntes en actitud de crucifixión estén en tal forma que por las prolongadas y fuertes contracciones musculares que en ellos se observan, y por las muestras de dolor que dan, cesen de tal actitud sin dar luego la menor señal de cansancio ni de depresión física o moral.

Tampoco es fácilmente explicable cómo en esta actitud llamada de crucifixión pueden permanecer las manos o los pies como sujetos por clavos invisibles, sin que sea fácil separarlos y sin dar el vidente señales de que un esfuerzo o contracción muscular haga una resistencia contraria al esfuerzo realizado por una tercera persona para separarlas.

También resulta difícil de explicar el aspecto observado en algunos rostros, en estos casos, que ni el más consumado artista podría simular, como no es tampoco explicable el aspecto de alguna mano, como observé una vez en Evarista Galdós, en la que se hacía visible en su cara palmar una depresión rodeada de arrugas en forma radiada como si un clavo de punta roma hiciese fuerte presión sobre ella. Una contractura podría deformar la mano en relación con la disposición anatómica de sus músculos y tendones, pero nunca en la forma mencionada, que no veo que pueda tener explicación posible por las leyes naturales.

El hecho tan conocido de las heridas en las manos de Ramona Olazabal tampoco tiene explicación natural alguna, pues en la forma que tales heridas aparecieron no puede negarse que se sale de los límites de lo explicable por fenómenos naturales. Nada puede tener que ver con lo traumatológico por el modo especial como aparecieron espontáneamente ante miles de testigos, ni con lo patológico (digamos histérico) porque es sentir unánime de los autores de tratados de patología nerviosa que las supuestas llagas histéricas no existen, ya que si antiguamente algún autor las mencionó, no eran más que llagas producidas artificialmente, y en su afán de llamar la atención las histéricas, simular que eran espontáneas. Además no es explicable el hecho de que, a pesar de la intensa hemorragia que se produjo, Ramona Olazabal, no notó ni siquiera la menor señal de desfallecimiento. En cuanto a las cicatrices de tales llagas no he podido personalmente seguir el proceso de cicatrización, pero he visto el aspecto de ellas, que son abultadas y subidas de color, o sea, de aspecto muy distinto de las cicatrices vulgares.

Vi una vez a un vidente en una posición que me llamó mucho la atención. Estaba éste echado horizontalmente en el suelo boca abajo y con los brazos y manos  extendidos hacia adelante, y pude presenciar como lentamente se iba elevando su tronco, cabeza y manos, quedando los muslos y piernas tocando al suelo, en forma de que la línea o eje, formado por su tronco, cabeza, brazos y manos, respecto al suelo, formaba un ángulo de uno  45o.  Después de permanecer así elevado, durante algún tiempo, caía bruscamente su tronco al suelo, por lo que le sujetaban otras personas a fin de evitarle un golpe de la cara contra el suelo, que, dada la posición en que tenía las manos, no le habría parado, pero pude observar perfectamente cómo  por sí solo se elevaba sin influirle en ello las personas que tenía a su lado. Tal operación la efectuó varias veces. Me sorprendió muchísimo el hecho, por ser la posición descrita contraria en absoluto a las leyes físicas de la gravedad, ya que, en todo cuerpo humano, el tronco, cabeza y brazos pesan mucho más que las piernas y muslos, y en caso de que la violenta posición del individuo se produjera de un modo fisiológico o patológico, por alguna fuerte contracción o contractura muscular, el individuo habría podido elevar los muslos y piernas del suelo, pero no el tronco, brazos y cabeza, porque éstos pesan más y el centro de gravedad no lo consentiría; y no puede haber causa alguna natural tanto en estado normal como patológico, que pueda alterar las leyes de la naturaleza, como son las de la gravedad. Las contracturas, los estados fisiológicos y los estados patológicos, como fenómenos naturales que son, han de estar en armonía con las leyes de la naturaleza, y no puede haber ningún fenómeno natural que pueda alterar dichas leyes, pues la naturaleza no puede estar en contradicción con sus propias leyes, y al ser la ley de la gravedad un fenómeno natural, tan solo lo sobrenatural puede alterarlo.

También he visto alterada esta ley de la gravedad en dos casos en que vi que una persona en visión tenía un crucifijo que se sostenía sin caerse en la cara palmar de la mano completamente extendida y en posición completamente vertical.

No cabe tampoco pensar en el hipnotismo, porque indudablemente aparte de faltar en los videntes de Ezquioga sujeto hipnotizador, el hipnotismo o sugestión hipnótica, no puede producir hechos como los mencionados, aparte de que los síntomas del sueño hipnótico son distintos de los del individuo en visión, ya que entre otras muchas razones, en este último estado, salvo en casos especiales, se tiene absoluta pérdida de sentidos; ni ve ni oye ni siente a los agentes exteriores, y el hipnotizado, en cambio, los tiene simplemente amortiguados o deja de sentir cuando se le sugestiona que no sienta su miembro.

El hipnotizado, p. ej., no podrá mover un brazo por voluntad propia, pero no será obstáculo para que otra persona se le mueva. En cambio, ¡cuántas veces se ha intentado, p. ej., mediante una tercera persona separar un miembro en actitud de crucifixión y no se ha logrado! Y así tantísimos fenómenos ocurridos en Ezquioga no tienen explicación alguna por hipnotismo, entre ellos los que he aludido antes.

Podría tal vez hablar del espiritismo, pero esto a mi modo de ver, poco compete a la medicina, porque, eliminando los numerosos trucos que hay en él (cosa que a veces también ocurre en el hipnotismo experimental, hechas frecuentemente ambas cosas, en locales preparados muy a propósito, y con pocas personas que intervienen en el secreto de tales trucos; a modo muy distinto de los fenómenos de Ezquioga, que son en pleno campo y en los que intervienen numerosos videntes, niños entre ellos) ¿qué queda en serio del espiritismo? Queda, sí, o puede quedar algo en el espiritismo, no natural, pero si, tal vez, preternatural y para el caso no es de incumbencia médica tratar de analizarlo.  Pero, no obstante, ¿quién sería el médium en Ezquioga? Y ¡cuán distintos no son los fenómenos de Ezquioga comparados con el espiritismo! Muy distinto es el escenario donde ocurren unos y otros. Los videntes tienen visiones en pleno campo, a la luz del día y no siempre en el mismo lugar de las apariciones, pues aunque allí sea el lugar predilecto, he visto que muchos videntes han tenido visión en diversos lugares. No hay allí tampoco misteriosas habitaciones preparadas ex profeso, como en el espiritismo, con sus imprescindibles mesitas de cuatro patas y precisamente de abeto, sus señales convencionales mediante determinado número de golpes, etc., contrasta todo ello verdaderamente con todo lo de Ezquioga.

Tampoco la telepatía o transmisión de pensamiento, como fenómeno natural, podría explicar numerosos hechos, como el que un vidente diga a una tercera persona, cosas en que ésta tenía empeño, no en transmitir sino en ocultar. O le recuerde cosas que no recordaba, o que no sabía, y que luego se ha podido comprobar la certeza de ellas, así como haber hecho ciertas profecías de hechos, que luego han ocurrido y que humanamente no podían ser atribuidos a simples conjeturas.

Finalmente: y para no desviarme tal vez de la esfera de médico, me remito a resumir mi opinión afirmando que, a mi juicio, los videntes de Ezquioga no son, en conjunto, personas que padezcan alguna enfermedad, y aun en el supuesto caso de que alguno de ellos la padeciere, no hallo razón alguna para que una enfermedad pueda impedir el estado de visión, pues si tal vez alguna afección morbosa pudiera predisponer a tener alucinaciones, no por ello sería obstáculo para tener visiones. En virtud de tal concepto precisa, a fin de diferenciar a los videntes reales de los posibles alucinados, no limitarse solamente al estudio médico del asunto, ya hay allí muchos hechos que no tienen explicación médica posible, si no conceder la máxima importancia a los hechos concomitantes, que en forma tan variada y abundante se presentan en Ezquioga, muchos de los cuales me han sugerido la convicción de su indudable certeza, y de los que no hallo, atendiendo sólo al amparo de la medicina, explicación alguna que pueda revestir visos de seriedad científica, siendo, por lo tanto, indispensables otros concursos.

Esto es cuanto, mi querido Padre, he podido apreciar en el delicado asunto de Ezquioga, que todos admiramos. Con este motivo tiene el placer de despedirse de Vd. aftmo. SS. Q.b.s.m.

José L. Marti  (Rubricado) 

Informe del Dr. Antonio Tortras Vilella

A requerimiento de los interesados, que cito a continuación, videntes de Ezquioga, como médico y testigo, voy a exponer lo visto y observado en sus discutidas Apariciones en la Campa de Anduaga, y relacionándolo entre sí y con los síntomas de la patología del sistema nervioso, intentaré formar un diagnóstico para ver qué lugar ocupan dentro del campo de la medicina, los fenómenos observados en dichos individuos.

Fui por primera vez a Ezquioga en la 7ª expedición catalana, durante los días 12 al 16 de Marzo, y por segunda vez del 16 al 20 de julio, ambas del corriente año. Allí tuve ocasión de ver y de tratar a los videntes don Jesús de Elcoro, don José Garmendia, doña María Recalde, la joven Ramona Olazabal, Evarista Galdós y los niños Benita Aguirre y Andrés Bereciartu, de 12 y 9 años respectivamente estos últimos.

A todos ellos he visto y tratado en estado normal y cuando decían tener visión.

Para el mejor estudio, los dividiré en dos grupos: uno, que acostumbraban a tener visiones que llamaré pacíficas; entendiendo por tales las que no iban acompañadas de caídas al suelo, ni de grandes manifestaciones externas y que por su silenciosidad pasaban desapercibidas por los que no estaban materialmente a su lado. Y otras, que llamaré visiones con gran exteriorización o movidas, por ir acompañadas de caídas imprevistas del individuo, seguidas o no de movimientos o contracciones, o de articular en voz alta con el objeto que decían ver (la Virgen generalmente).

He de hacer constar que esta clasificación no tiene otra finalidad que la de acortar el estudio, reuniendo a varios en un grupo, y que no quiero incluir de una manera concreta a cada uno precisamente dentro de estos dos, pues es muy probable que no todos hayan tenido siempre las mismas visiones y en la misma forma.

Hecha esta advertencia, considero entre los videntes del primer grupo, a doña María Recalde, a Ramona Olazabal, a Benita Aguirre y Andrés Bereciartu; y en las del segundo grupo, a don José Garmendia, a don Jesús de Elcoro y a la joven Evarista Galdós.

La mayoría son gente rural, simpáticos, de buenas costumbres, de carácter humilde y servidor, sin respetos humanos, de trato dócil, agradable, (claro que esto último varía en cada uno según el ambiente social que le rodea) con los que he conversado largamente y a los cuales e interrogado sin poder apreciar el más pequeño desequilibrio psíquico.  Tampoco he podido observar ningún estigma característico de ciertos estados morbosos (epilepsia, histerismo). En fin, a mi modo de ver, son individuos completamente normales, sin que esto quiera decir que unos tengan una inteligencia más privilegiada que otros.

Ahora bien: Los individuos que clasifico en el primer grupo estaban en el estado llamado de visión, de una manera súbita; unas veces, cuando estaban rezando de rodillas, otras en pie, andando (subiendo la montaña) y se caracterizaban por un gran recogimiento exterior, por una mirada a veces fija y otras móvil, dando la sensación, en éstas, de que seguían con su vista, un objeto que era invisible para mí y que, a menudo, daba la impresión de venir a situarse a tan poca distancia, que, de haber sido un objeto material, lo habría podido alcanzar sobradamente con mis propias manos.

Ora la expresión era triste, acompañada de grandes y abundantes lágrimas, ora alegre y angelical, transfigurándose incluso su rostro.

Otras, la visión iba acompañada de oración, conversación o súplicas con el objeto visto. Y al cabo de media, una, dos, o más horas y en la misma posición que la primitiva o variada, pero predominando siempre un recogimiento extraordinario y espiritual, capaz de conmover al corazón más endurecido, siempre pude observar que su mirada se iba fijando hacia el infinito; y, siguiendo su vista, daba la entera sensación de que veía algo que ascendía y se perdía en el firmamento, hasta que, desaparecido por completo y casi siempre con un: Agur, Ama, (Adiós, Madre), bajaban la cabeza y, como si un potente reflector los hubiese deslumbrado, permanecían así unos segundos y, frotándose los ojos, estaban unos momentos sin poder ver; sensación que decían era comparable, al que estando en plena luz pasa súbitamente a una cámara obscura. Después continuaban rezando con los demás, y si el tiempo apremiaba, se alejaban serenamente de aquel lugar con una naturalidad tal, que a juzgarlo humanamente, era capaz de desconcertar al más experimentado.

El otro grupo de videntes, tiene como factor diferencial el entrar en visión, y, al momento o al cabo de más o menos tiempo, caían de una manera súbita de cara al suelo, pero tan bruscamente que era casi imposible evitarles el recibir un fuerte golpe. Y, a pesar de ser con gran violencia, he de confesar extrañado, que nunca observé la menor lesión.

Las manifestaciones, evolución, recogimiento y seriedad de sus actos, durante este estado, era exactamente igual al del otro grupo. Por lo tanto no es menester repetirlo.

Dando por descontado que no pueden hacerlo por fines materiales, ya que no es a mí a quien toca demostrarlo, voy a hacer un diagnóstico diferencial de las alteraciones morbosas que podrían producir estados semejantes, pues éste es el trabajo que corresponde de llano a mi profesión.

¿Pueden ser estos fenómenos debidos a ilusiones o alucinaciones?

Ilusión.  Significa una percepción real pero interpretada equivocadamente, v. gr., el confundir una sombra con una persona, pero a los pocos momentos se dan cuenta del error. Creo no merece la pena discutir este punto, pues empiezan por tener percepciones reales, sino que hablan de ver objetos que son invisible para los demás.

Alucinación.  Significa percepción imaginaria. Estos individuos ven y oyen lo que no tiene objetividad real, incluso pueden palpar, oler y gustar, v. gr., ver una persona u objeto que no existe; oír una voz no pronunciada, etc. Y será una alucinación visual u óptica, auditiva, etc., etc.

¿Estos individuos, no podrían pues ser unos alucinados? Vamos a verlo: El individuo que sufre alucinaciones basta interrogarlo para convencerse inmediatamente de su estado anormal. No quiero discutir si habrá unos casos en que sea más o menos difícil concretar hasta qué punto llega su estado morboso, pues en un trabajo resumido como éste, he de prescindir de ciertos detalles casuísticos.

Digo, pues, que prontamente se cerciora el médico de que está delante de un enfermo, por la expresión que generalmente es característica de estos individuos.  Además, al relatar lo que dicen ver u oír, se excitan inmediatamente, hablan de una manera apasionada por el individualismo u objeto que dicen les molesta, perturba y martiriza con su presencia; o al revés, les alegran los ratos de su existencia, y al describirlo, se ponen eufóricos, ríen, y su rostro cambia totalmente, se vuelven optimistas y parecen el prototipo del hombre feliz.

Lo mismo digo de los que sufren alucinaciones auditivas y en éstos, lo más frecuente es que oigan insultos, amenazas, palabras molestas, que constituyen para el enfermo una verdadera intranquilidad, tormento y mortificación.

Por eso es frecuente ver a los que sufren alucinaciones visuales como auditivas, que cierren sus ojos o los vendan, y sus oídos para no percibir a sus enemigos, con sus amenazas.

¿Qué diré de los videntes de Ezquioga? He hablado con ellos, los he interrogado intensamente con toda la intención, y he de confesar que en ninguno me ha recaído la menor sospecha. A todos he visto sostener la conversación con la mayor naturalidad; que, al hacerles explicar y comentar lo que dicen ver, se caracterizan, no por un cambio de expresión y psiquismo, antes todo lo contrario, lo hacen con la mayor ingenuidad y sencillez, tanto si lo que explican ver y oír puede serles grato como desagradable. Nunca he visto el apasionamiento por ningún lado ni que no quieran ir al sitio de las apariciones por miedo o terror, antes al contrario, van diariamente, costándoles a la mayoría no pocos sacrificios.

El histerismo, ¿nos puede explicar estos fenómenos? He de responder con un resuelto ¡no! Estas caídas de los videntes no se asemejan en nada al llamado gran ataque y pequeño ataque de los histéricos, pues no hay ninguna clase de fenómenos prodrómicos, como por ejemplo: el dolor previo, el llamado bolo histérico, ni angustias, palpitaciones, náuseas, ni vértigo. Antes al contrario, todo es calma y serenidad, y ya he dicho que entran en el llamado estado de visión, tranquilos, de una manera espontánea y sin ninguna clase de síntomas que lo puedan hacer sospechar. ¡Hay un recogimiento y mirada tan angelical en los que clasifico en el primer grupo! ¡Son estados tan edificantes y coherentes! Si bien sus miembros se hacen insensibles, no por esto se ponen rígidos y temblorosos. Y de la misma manera que entran en este estado, salen de él, sin esfuerzos ni cansancio, sin inquietudes ni aturdimiento de ninguna clase, volviendo después a sus ocupaciones como si nada anormal les hubiere ocurrido.

Las caídas de los individuos que he citado en el segundo grupo, no son las de los histéricos premeditadas, más o menos lentas y estudiadas para no lesionarse, sino que caen de una manera repentina y semejante a la del epiléptico.

En cambio ¡cuán distinto es el rapto místico de los histéricos! Al poco rato van seguidos de raros y extravagantes contracciones del rostro que le dan una expresión a veces grotesca. Hay convulsiones, sacudidas, con delirio de palabras y acciones, y al cabo de más o menos tiempo, abren los ojos y termina el acceso a menudo con crisis de risa o llanto.

Y si bien estos raptos no son todos violentos, nunca deja de existir el desconcierto cerebral, y por lo tanto no falta la incoherencia, extravagancia, irracionalidad y necedades.

Por último, las reacciones emocionales de los histéricos, no se hallan en general en relación con el estímulo que las provoca, v. gr.: un acontecimiento desgraciado provoca risa, y una impresión agradable se traduce muchas veces en llanto.

Repito, por tanto, que esto nada tiene que ver con los fenómenos que acontecen a los videntes de Ezquioga.

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¿Se tratará, pues, de la epilepsia? Han faltado siempre y por completo, las manifestaciones prodrómicas o áureas que pueden ser sensitivas, sensoriales, motrices, vaso-motrices, psíquicas. A más, los epilépticos, acostumbran a ver cosas raras, fantasmas, colores, etc., cosa que nunca ha sucedido ni en grado mínimo en estos videntes.

Estudiemos ahora el acceso propiamente dicho: El epiléptico, con frecuencia, profiere un grito y cae sin conocimiento causándose a menudo heridas graves. En los individuos objeto de este informe no lo he observado en ningún caso; y de heridas no he podido observar ni el más leve rasguño, no obstante dar violentamente contra el suelo. He de hacer constar que no encuentro explicación a este raro fenómeno tan repetido en algunos videntes.

Tampoco he visto nunca la contracción de mandíbulas, ni que se interrumpa la respiración, ni golpear con la cabeza sobre el sitio en que se apoya, ni dilatación de pupilas; antes al contrario, el reflejo fotomotor es completamente normal, el pulso también. Tampoco he visto los movimientos convulsivos de los globos oculares, ni desviación conjugada de los mismos. Ni emisión espontánea de orina, productos excrementicios, etc., ni las típicas mordeduras de lengua. Y este estado no dura pocos minutos, como en los epilépticos, sino que a veces dos y más horas.

Finalmente, el período llamado post epiléptico caracterizado por respiración tranquila, desaparición de la cianosis y vuelta a la normalidad, que en los epilépticos necesita varios minutos y muchas veces horas enteras durante las cuales quedan con una notable perturbación del estado general, con laxitud y atontamiento, seguida, en ocasiones, de paresias pasajeras de piernas o brazos, incluso hemiplejías o afasias que llegan a desaparecer del todo, pero mediante el curso de días próximos y con la característica de que el enfermo no recuerda luego lo que le aconteció. Y en casos graves sucédense varios de estos accesos que ponen la vida en peligro hasta su grado máximo, acompañados a menudo de una elevación térmica considerable. Y en cuanto a la frecuencia de los ataques epilépticos son extraordinariamente variables, pero en general, después de pausas prolongadas.

Que diré yo de este período postepiléptico que acabo de describir, si no existe ni ha existido nunca en los individuos que menciono de Ezquioga? Estos vuelven a su estado normal con la misma rapidez con que habían entrado en el extático, quedando desde este momento completamente tranquilos sin menester para reponerse los minutos, las horas, ni los días del epiléptico. ¿Dónde está la laxitud, atontamiento o la afasia? Además, he de hacer constar que estos individuos casi siempre que subían a las montañas, les sucedía lo mismo, y si disponían de tiempo para quedarse allí, por ser día festivo y asistían mañana y tarde, las dos veces acontecía lo propio.

Estos fenómenos se repiten diariamente, y he de advertir que pasa ya de los quince meses. Hagamos una pequeña cuenta: 15 meses x 30 días = 450. ¡Pobre epiléptico, 450 ataques en quince meses! Tendría la cabeza sembrada de cicatrices. Su lengua, de tantos mordiscos, parecería le habían dado con un escoplo. ¡Pobre histérico!, no más habría de verlo para compadecerlo enseguida. ¡Infeliz hipnotizado!, que seguramente, mucho antes de llegar a las 450 sesiones, se hubiera convertido en gran neurótico, para ser después un histérico y acabar con una gravísima neurastenia.

¿Será, pues, hipnotismo? Pero, ¿quién los habrá hipnotizado cuando se han hallado completamente solos en la montaña? Además, el hipnotizado conserva durante más o menos tiempo la posición o gesto que se le imprime, a pesar de ser violento. La respiración es muy lenta y superficial, los sentidos se conservan en parte y obedecen del todo al hipnotizador. Hay que mandarlos para que obren algún movimiento. La flexibilidad de los miembros es normal, y basta soplarles o golpearles la cara, para que se extinga su estado.

No es menester repetir lo observado en la campa de Anduaga, para decir que en nada se parece con lo dicho. Ni el mismo sonámbulo, pues éste no recuerda nada de lo que ha hecho, digo, pensando, o de lo que ha visto o sentido durante el sueño. Bien al revés de los videntes que he estudiado.

Tampoco la autosugestión puede explicarme dichos fenómenos. Además, es preciso recordar lo funestas que son las consecuencias de las repetidas sesiones de hipnotismo. Y ¿qué diremos de éstos que llevarían ya, más de 450?

¿Qué sugestión cabe en la pequeña Benita, que durante el viaje en auto, estando riéndose y jugueteando con los compañeros de expedición, de repente se queda con la vista elevada y fija en un punto; pierde su rostro, por decirlo así, el carácter humano, y se convierte en semblante de ángel, vestido de carne humana, y su mirada y expresión celestial nos lleva a todos al más profundo silencio y recogimiento? ¿Dónde está, pregunto yo, la notable carga psicológica, propia de los histéricos?

Ni la telepatía, ni el espiritismo se asemejan a todo esto, y he de terminar mi dictamen, diciendo que no encuentro ninguna patología que sepa orientarme hacia la explicación de los raros fenómenos de Ezquioga.

A.Tortras Vilella (rubricado)
Barcelona  25  de  Noviembre  de  1932

Informe del Dr. Miguel Balari y Costa
“Poco, de lo mucho que se ve, oye y observa en Ezquioga”

Incorporado a la 15ª expedición de catalanes a Ezquioga, llegué al valle de Anduaga el día 15 de mayo del corriente año, deseoso de hacer de sus llamados videntes un particular estudio, y, desde luego, dispuesto a reconcentrar en ellos, toda mi atención.

Bajo todos conceptos interesábanme aquellos seres, calificados por algunos de privilegiaos; y me interesaban tanto más, cuanto de público se decía, que por su actuación, en aquel lugar, a diario, se desarrollaban fenómenos, al parecer susceptibles de observación médica, y en perfecta consonancia con mis particulares aficiones, gustos y profesión.

No tardé en conocer personalmente a los principales sujetos tenidos por videntes, los cuales me dieron multiplicadas ocasiones para llevar a cabo observaciones detenidas y continuadas, porque en los tres primeros días de mi permanencia en aquel lugar, pude analizar durante casi ocho horas diarias, las distintas fases de la cotidiana vida de Garmendia, Jesús de Elcoro, María Recalde, Ramona Olazabal, Benita Aguirre, Evarista Galdós y Andrés Bereciartu.

También me fue dado presenciar trances en otros individuos, cuya personalidad e idiosincrasias no tuve lugar de observar como en aquellos que he mencionado.

Desde los primeros contactos con dichos individuos, se desecha la idea de que existan en ellos enfermedades, con posibles derivaciones psicopatológicas, lo cual se comprueba por la falta de estigmas y signos delatores.  Sanos de cuerpo, no acusan al ojo del clínico ni fobias ni filias patológicas, sino que, por el contrario, a medida que se les trata con más intimidad, en las conversaciones, en la mesa, en la calle, donde quiera que sea, se echa de ver un perfecto equilibrio mental, con ecuanimidad espiritual y moral, que les hace estar dispuestos al cumplimiento de todos sus deberes sociales, familiares, religiosos y de trabajo en el taller o fábrica, etc., en donde se hallaren ocupados y todo ello en grado realmente digno de admiración.

De igual modo que en el producirse, notase en su indumentaria una gran sencillez, una irreprochable modestia, que en algunos, es llevada al extremo de llegar a darles un aspecto casi monacal.

Sobresale, así mismo, otro rasgo común en todos ellos, el cual les imprime una completa uniformidad espiritual; y es su veneración y amor por la Santísima Virgen María, y un gran entusiasmo por todo de cuanto de cerca o de lejos a Ella o a su culto se refiere.

En el proceso de las llamadas visiones de Ezquioga pude observar que aquellos estados excepcionales se desarrolla, a veces, al tiempo de hacer ciertas prácticas devotas cuales son: rezo de oraciones en alta o media voz, meditaciones, pláticas piadosas, etc., aunque no sobreviene de manera terminante o imprescindible, pues en algunas ocasiones, si bien se prolonguen los rezos o las otras mentadas circunstancias, no caen siempre dichos individuos en el estado de suspensión sensorial que las acompaña o caracteriza.

Siempre que se produce el fenómeno, se presenta sin ir precedido de risas, llantos, espasmos, contorsiones ni convulsiones tan características de los estados llamados histéricos, si bien algunos pierden a veces ipso facto el poder de sustentación, agachándose muellemente, y también otros, (pero los menos) ofrecen gran rigidez en sus miembros, debiendo ser sostenidos para que no se desplomen al suelo.

Fijando su mirada en un punto determinado del espacio, con una suavidad y apacibilidad a todas luces sorprendente, pasan del estado de vigilia al de insensibilidad más completa; sus pupilas quedan sin reacción aun a la luz más intensa; los párpados no acusan movimiento de defensa ante la proximidad de objetos que se les acercan a los ojos simulando intención de dañarles; los oídos háyanse sustraídos a toda comunicación con los ruidos exteriores, existiendo además, insensibilidad para el calor, el frio y el dolor, aun el provocado experimentalmente en diversos órganos por pinchazos, quemaduras, etc., etc.

El latido del pulso suele ser lento, débil, a menudo imperceptible, y hasta por algunos segundos parece ausentarse, aunque en ocasiones, no se aparta ostensiblemente de lo normal.

La pasividad de aquellos seres es, a veces, absoluta, aparentando contemplar algún ser, u objeto invisible a nuestros ojos, el cual parece atraer intensamente sus miradas, hasta que hacia él elevan las manos, presentando objetos piadosos, como si quisieran significar que solicitan un beneplácito o bendición; luego, previo haberse santiguado solemnemente, invitan con un ademán a los circunstantes para que vayan a besar aquellas sagradas efigies, que anteriormente han sido elevadas al cielo por sus manos; dándose el caso, por demás notable, de que a pesar de la ausencia absoluta de sus corpóreos sentidos, sin ver ni oír ni mirar, y extendiendo sólo sobre sus cabezas, y hacia atrás los brazos que sostienen regularmente un Crucifijo, seleccionan las personas que deben imprimir sus ósculos en él, rechazando suavemente (apartándolas), las que deben permanecer ajenas al acto y que se acercaban sin ser solicitadas para tal fineza. Esta selección, hecha sin que el sujeto pueda tener noción de lo que hace, por sus sentidos corpóreos, es algo sorprendente e inexplicable y singular.

Sus facciones suelen revelar beatífica expresión, si bien, a veces, expresan acerbos sufrimientos soportados con voluntaria conformidad. En vascuence y en castellano, parecen dialogar y dialogan con palabra dulce y entrecortada, con invisible sujeto; mas, en general hablan poco, se nota en ellos como si escucharan con gran sosiego; pero sus facciones parecen espiritualizarse. Se adivina el final de la escena, cuando su mirada ya se aparta de aquel lugar en que había permanecido fija, y se desplaza, como si siguiera algo que se aleja, terminando todo cuando sus labios pronuncian el característico y dulcísimo “Agur Ama” (Adiós Madre) lleno de respeto y añoranza, después de lo cual el sujeto recobra repentinamente la plenitud de potencias y sentidos. Unos cuantos restregones en los ojos con el dorso de las manos y vuelve al estado normal, como si se despertara de un plácido sueño. Así termina aquella ausencia sensorial, sin una convulsión, sin ninguna manifestación de histeria ni de algo que remotamente tenga carácter espectacular y vocinglero.

Al salir de tal estado, nada en aquellos individuos denota fatiga, tristeza, extenuación o mal humor, sino por el contrario, parecen hallarse regenerados, aunque el exceso sufrido se haya prolongado por largo espacio de tiempo, y aparentan también estar llenos de alegría, a pesar de que se hayan visto resbalar por sus mejillas abundantes lágrimas mientras duraba su estado de abstracción.

Se le ve luego, contestar preguntas, resolver ciertas dudas, explicar diversos extremos de su pretendida visión, siempre con aquella igualdad de ánimo, con edificante paciencia, ecuanimidad y sin que nunca hayan aceptado dádiva ni retribución de ningún género.

En pleno estado normal contestan a preguntas formuladas mentalmente por alguno de los circunstantes, mientras ellos estaban en trance, cosa por demás notable, puesto que, como dije antes, era completo el embargo sensorial en que realmente se hallaban, y no existía nexo de unión humano alguno entre ellos. Oí también dar detalles minuciosos acerca de escenas vividas por los concurrentes, con mucho tiempo de antelación; escenas que yacían dormidas en un rincón de la memoria de los interesados, y que por tanto, era de toda imposibilidad una sugerencia por transmisión de pensamiento.

También pude oír y comprobar que los más recónditos secretos de conciencia íntimamente reservados eran revelados con toda discreción a los propios interesados, así como descritos con todo pormenor la fisonomía y rasgos personales de amigos y familiares de ciertos expedicionarios, completamente desconocidos de los pretendidos videntes y ausentes en aquel momento, no sólo del lugar, sino incluso de la mente de aquéllos.

No se me oculta que algunos de los fenómenos observados en los sujetos que en Ezquioga actúan de videntes, pudieran a primera vista ser erróneamente catalogados entre los que también se observan en ciertas clínicas, donde se estudian individuos neurópatas de diversos grados, o en aquellos que se exhiben en determinados salones ya públicos ya privados, fenómenos que se producen bajo la acción de agentes humanos en pleno ejercicio de provocadores de tales o encauzadores de los mismos.

Tal semejanza, sin embargo, es sólo aparente, pues en realidad, unos fenómenos de otros se hayan tan fundamentalmente separados, que media entre ellos un verdadero  abismo, pues, pronto uno se da perfecta cuenta de que aparecen como provocados por dos agentes completamente diferentes y por modos a todas luces distintos, que únicamente coinciden en el hecho de utilizar los mismos elementos o resortes del organismo humano, para actuar sobre el psiquismo del homo sapiens, pero con muy diversas habilidades y facultades y sobre todo con diferentes poderes.

En Ezquioga se me antojaba estar presenciando la magnífica labor de un invisible y genial pianista, que arrancaba las más bellas armonías del rudimentario piano humano, por solo imperio de una soberana voluntad, sin necesidad de tecleo alguno ni de pulsar el instrumento; en tanto que el hipnotizador ordinario, necesita todo el esfuerzo de su educada voluntad y no poca preparación a menudo para lograr arrancar algunas notas desafinadas de su instrumento, cuya relación y contacto no puede perder ni un solo momento, ora, templando sus cuerdas, ora pulsándolas de continuo, sin cuyos requisitos, adiós encanto, adiós galvanización, adiós todo.

Así, pues, aunque bajo cierto aspecto de fenómenos que acaecen en el valle de Anduaga de Ezquioga, recuerdan los observados en ciertos casos de sonambulismo o de sugestiones hipnóticas, estimuladas por agentes clásicos, no es lícito confundirlos y ni siquiera equipararlos con aquéllos.

Distínguense los fenómenos de Ezquioga, en primer lugar, por el hecho innegablemente importantísimo y trascendental de faltar respecto a ellos, el agente humano, provocador de tales hechos de videncia, que actúa como director, promotor o encauzador de ellos, y que jamás falta cuando el hipnotismo vulgar y corriente está en juego.

Y como parece que alguien ha asegurado, que en Ezquioga existe el provocador humano, que se oculta a los ojos del público que allí acude, para contribuir a revestir de importancia extraordinaria hechos corrientes y vulgares, debo declarar que, sin ponerse previamente en relación sensorial directa, no existe la posibilidad de fenómenos de hipnotismo humano, y allí, más de una vez, para desmentir providencialmente semejante infundio, se han dado casos múltiples de caer en estado de la descrita videncia, personas perfectamente desconocidas, recién llegadas de apartadas regiones, que era imposible hubiesen entrado en relación directa sensorial suficiente, con ningún agente provocador humano, el cual, por otra parte, debiera haber atraído para sí la atención pública, siendo absolutamente inverosímil que hubiese podido pasar desapercibido.

En segundo lugar, porque, en aquel valle, acusan estados especiales llamados de videncia (similares a la de los adultos) niños cuyas edades oscilan entre un año y medio y seis años respectivamente, y ello contradice rotundamente la posibilidad de existir una hipótesis a base de sugestión o hipnotismo, desde luego que los infantes, en tan tierna edad, no pueden ser instrumentos apropiados para desarrollar tales fenómenos, ni tampoco susceptibles a la sugestión. Queda por consiguiente, desechada la especie de la hipnosis humana como causa que actúa para estos y para los demás que presentan tales fenómenos, al verse privados por tiempo indeterminado, del libre ejercicio de los sentidos y facultades, como obedeciendo a una influencia desconocida, que hasta ahora no se ha podido descubrir dentro el plan de los humanos conocimientos.

En tercer lugar, por lo que pudiéramos llamar resultados prácticos, que se derivan de los estados de trance de los individuos que actúan en Ezquioga, ya que ellos sin previa relación con el público, al cual desconocen casi siempre, antes de caer en tal estado, ejecutan durante él, actos que nadie tuvo empeño en provocar. Más aun, muchas veces han motivado verdadera contrariedad en aquellos que han sido objeto directo de ellos, pues han tenido que sucumbir a la realidad, al ver descubiertos casos y cosas muy secretas en el fuero de su conciencia y ser invitados a mejorar su vida interior, unas veces, y otras se han visto sorprendidos al serles manifestados actos laudatorios ejecutados en la mayor reserva. Tales revelaciones de secretos de conciencia son cosas por completo vedadas a los hipnotizadores e hipnotizados clásicos.

En cuarto lugar, porque los individuos que realizan los fenómenos de que me ocupo, están completamente exentos de estados patológicos ni físicos ni psíquicos, precedentes o actuales; y sabemos que los sujetos, en plena posesión de salud, son muy refractarios a recibir los efectos de agentes de orden psíquico, perturbadores de su fisiologismo.

En corroboración de lo dicho, apelo a los reconocimientos médicos, que por instigación de los organismos oficiales, han tenido que sufrir los llamados videntes de Ezquioga, de cuyos exámenes médicos, ha resultado no haber hallado en ellos ninguno de los estados neuropáticos, predisponentes a esta clase de fenómenos

En quinto lugar, porque llama poderosamente la atención, que con rara unanimidad todos los que actúan como sujetos a los fenómenos que en aquel lugar se realizan, atribuyan a la misma causa promotora sus estados de trance; y que, a pesar de la diversidad de matices observados en sus resultados prácticos inmediatos y mediatos, todos van dirigidos a una sola y exclusiva finalidad y ésta es de carácter moral y religiosa.

Pensar en fenómenos de histerismo al enjuiciar los de Ezquioga, es querer llevarlo al montón de lo innominado, por ignorado, mayormente cuando, médicos tan autorizados como el doctor Lassegue, al tratar del histerismo decía: “El histerismo es como un cesto donde se echan los papeles que no se sabe como clasificar”. Según el citado autor, la definición propia del histerismo, no se ha dado, ni se dará.

Creo también de todo punto necesario rechazar el dictado de alucinaciones con que se califican los hechos de que me ocupo, ya que las alucinaciones son verdaderos frutos de un psiquismo enfermo, en el cual la memoria y la imaginación juegan un gran papel, y después de haber podido comprobar el estado de equilibrio físico y mental de las personas que tuve ocasión de ver y observar en el lugar donde se realizan los hechos que he descrito, no es posible atribuir a tales perturbaciones mentales, los fenómenos que se desarrollan en Ezquioga, pues la mayoría de aquellas manifestaciones arrancan de hechos axógenos, sin ningún nexo con el psiquismo de los sujetos que nos los presentan y por consiguiente reconociendo un origen completamente externo a los mismos, cual ocurre, por ejemplo, con los actos íntimos de conciencia de un tercero, no hay modo hábil ni manera digna de suponerlos hijos de la propia fantasía de los actuantes de Ezquioga ni mucho menos hijos de alucinaciones o ilusiones de los mismos.

Por tanto, entiendo que en valle de Anduaga, próximo a Ezquioga, en la provincia de Guipúzcoa, tienen lugar fenómenos por completo desconocidos médicamente en sus orígenes, causas y desarrollo, siquiera tengan a veces apariencia de remota semejanza con ciertas modalidades muy conocidas de fenómenos hipnóticos, a su vez desconocidos por la ciencia, en sus orígenes, causas y desarrollo.

Barcelona, 8 Diciembre 1932
Miguel Balari (rubricado)

Informe del Dr. Puig y Corominas

Barcelona, 24 de Noviembre de 1932
Rvdo. P. Amado de C. Burguera, O. F. M.

Apreciado Padre: Fui a Ezquioga, en Junio del corriente año, con la expedición nº 17; tanto me interesó, que en Septiembre, repetí la expedición nº 25. Los beneficios que obtuve para mi salud espiritual y física, junto con los hechos de que fui testigo, me obligan como creyente y como médico, a exponer mis impresiones.

A la primera, muy favorable, que se obtiene en estos viajes colectivos, es al observar el orden, la seriedad y el espíritu cristiano que los organizadores han sabido dar a estas expediciones. Durante el primer viaje de ida se notó el suave olor de Gema; a consecuencia de una renitis crónica, tengo el sentido del olfato bastante atrofiado; sin embargo, a pesar de que entre los veinticinco a treinta expedicionarios, es de creer, que la mayor parte tenía el sentido del olfato normal o en mejores condiciones que el mío, fui yo, según creo, el primero en notar este suave, delicado, pero penetrante perfume, impresionándome manifiestamente, así como en los circunstantes que se fijaron en la palidez de mi semblante; sorprendidos doblemente por estar en aquel momento completamente distraído y por no haber sentido nunca un perfume tan agradable, que me pareció semejante al del jazmín, en otras ocasiones era como de menta, violeta, nardo, rosas, incienso, etc. Al poco rato fueron varios los ocupantes del coche que lo notaron a la vez, recibiendo perfume distinto unos de otros; en otras ocasiones era muy manifiesto en un sujeto; en cambio, sus compañeros más próximos no notaban nada. Esto es humanamente inexplicable, y preparó nuestro ánimo muy favorablemente, animándonos para presenciar los hechos de que seríamos testigos el próximo día en la campa de Anduaga de Ezquioga. Durante este viaje, varias pruebas me demostraron no había confusión posible con el histerismo, sugestión o autosugestión; la primera, una señora que desde hacía años manifestó tener el sentido del olfato abolido totalmente, con gran sorpresa suya percibió este singular perfume; otra, encontrándonos de paso en el hotel Larramendi, de Estella, donde pasamos la noche, al despertarme noté dentro de la habitación un fuerte olor, como de incienso, que despejó prontamente mis sentidos amodorrados; y la última me sucedió al viajar de regreso de la primera expedición en que el perfume se hizo casi constante desde Ezquioga a Estella, llegando a producirme ligero mareo y dolor de cabeza, cosa que nunca me había sucedido con motivo semejante.

Referente a las apariciones en la campa de Anduaga le voy a dar mi concisa opinión, resultado de atenta observación. Conocí y traté a muchos videntes, especialmente a Garmendia, María Recalde, Benita Aguirre, Ramona Olazábal, Andrés Bereciartu y un pequeñuelo de unos veinte meses, etc. A todos les vi en visión varias veces, comprobando muchos de los hechos que no tenían explicación natural. Los fenómenos que presentaban no pueden confundirse con los de histerismo, hipnotismo, autohipnotismo, sugestión ni autosugestión, para un médico que con lealtad y buena voluntad proceda. Puedo afirmar que en patología no se describe enfermedad alguna cuyos síntomas concuerden con los fenómenos que se observan en los videntes; antes, al contrario, pues se les aprecian algunos que están en pugna con las leyes naturales, contra la gravedad, por ejemplo. Me enteré de que el número de videntes asciende con toda seguridad a más de ciento cincuenta (en septiembre). De entrar en el dominio de la Patología tendría que ser una enfermedad contagiosa, pues, se presenta en forma de una verdadera epidemia para aquella región. En general, son gente muy sencilla, sinceros, algunos muy robustos, los hay muy inteligentes e incluso alguno muy instruido.

A continuación le expongo de los casos que presencié y que más contribuyeron a formar mi criterio.

Contra la ley de la gravedad.— Más de una vez observé como Evarista Galdós y Benita Aguirre, estando en visión, recibían y nos transmitían la bendición de la Virgen con un crucifijo de bastante peso que se mantenía en la palma de la mano derecha extendida y en posición vertical.

Autenticidad de visión.— Al estar en visión María Recalde, hablando con Gema Galgani, comprobamos los presentes la autenticidad de la visión, pues, se hizo notar un intenso olor de Gema, parecido a menta, que duró largo rato y percibimos todos los presentes.

Contra las leyes fisiológicas.— Encontrándose en visión Juana Aguirre, con los ojos fijos, hablando con la Virgen, una mosca se puso largo rato encima del globo ocular izquierdo, moviéndose de la esclerótica a la córnea y viceversa, no dando la más leve señal de molestia, sin parpadear una sola vez.

Enterado de la obra que está preparando, le mando estas impresiones por si le son de alguna utilidad. Todo para mayor gloria de Dios y para bien de nuestro prójimo.

Mande como guste a este su atto. S. S. Q. B. S. M.

Joaquín Puig Corominas, (rubricado)
Colegiado núm. 1535

Nota bene.—  El lector, que acaba de estudiar los precedentes informes medicales, tan preciosos como concienzudos, habrá notado en lo delgado que hilan sus afectos doctores. Pues bien, y nótese esto para lo que convenga. Todavía nosotros hilamos más delgado que los notables médicos mencionados; pues en nuestro estudio hemos dejado sin interés o, por mejor decir, rechazado algunos videntes que dichos señores doctores habían tenido en cuenta para sus observaciones. Y esto no quiere decir que todo lo dicho por ellos no esté en su punto, sino que el tiempo ha descubierto modalidades en los videntes explorados que no pueden pasar, no antes, sino a raíz de haberlas descubierto.  Ciertamente que en el complejo asunto que entre manos llevamos, la dificultad no estriba en saber diferenciar lo natural y patológico de lo que no lo es. No basta decir: “Esto no lo pueden explicar las ciencias médicas”, sino que la gran dificultad estriba en diferenciar lo natural y patológico de lo que está fuera de estos órdenes; esto es, de lo preternatural y sobre todo de lo sobrenatural. Dificultad que llega a su tope máximo cuando hay que separar lo preternatural de lo sobrenatural. Aquí, aquí está la máxima dificultad.

Otros valiosos testimonios

Desparramados acá y allá, apoyan las santas apariciones de Ezquioga. Aunque no son informes propiamente dichos, más, por la calidad de las personas que los han proferido, merecen honorífica mención. Son como perlas que se engarzan a la corona mariana esquiocense; pero, perlas y todo, nuestra labor acerca de ellas estriba en saber aprovechar aquellas que mayor riqueza reúnen.

  • A título de información, la noble señorita doña C. M., de San Sebastián, que largamente conferenció sobre Ezquioga con el Excelentísimo Sr. Nuncio de Su Santidad, durante el verano de 1932, nos aseguró haber oído a dicho señor: “Según los datos que poseo, lo que ocurre en Ezquioga es del cielo”.
  • El Ilustrísimo señor Obispo de Barcelona, Dr. Irurita, que por dos veces estuvo de incógnito en la campa de Ezquioga, afirmó a D. José R. Echezarreta, presbítero de Legorreta (habiéndolo ratificado en otros puntos): “Sin pecar de temerario, no se puede negar que hay algo de sobrenatural en Ezquioga”. En el santuario de San Miguel de Aralar, y en Agosto de 1933, dicho prelado manifestó a don Antonio Pagoaga, abogado y diputado provincial, residente en San Sebastián (testigo don Romualdo Larrañaga, de Azcoitia), que “creía en Ezquioga, que trabajaría por ella privadamente, y que si fuera obispo de Vitoria lo haría abiertamente.
  • El P. Reinaldo, carmelita descalzo, hoy en misiones americanas, que durante veinte años fue profesor de Teología en una Universidad romana, ofrecióse a rebatir, punto por punto, públicamente en San Sebastián, las conferencias sobre el caso dadas por el P. Laburu. Buscado el local para dichas conferencias, y preparado todo para la fecha en que se habían de dar, tuvieron que ser suspendidas a causa de orden superior ajena a la Compañía.
  • Un ilustre sacerdote guipuzcoano, decía a D. J. A.: “Lo que no se puede dudar es que estamos atravesando momentos de una sublimidad grandiosa, en los que no se sabe qué admirar más, si las predilecciones amorosas de Dios, más cerca que nunca del miserable mortal (referíase a las santas Apariciones de Ezquioga) o la incomprensible ceguedad humana empeñada en cerrar los ojos a tanta luz”.
  • Dos médicos de Burdeos, profesores de universidad, habiendo venido a Ezquioga en observación de sus fenómenos, declararon aquí y en San Sebastián que los “éxtasis no eran naturales y que la ciencia no podía explicar por hallarse fuera de la ciencia de la naturaleza”.
  • En este mismo sentido se pronunció la doctora Susana Delaplace, asistente de radiología de los hospitales de París, que acompañada de otro doctor parisién, estuvieron, hace poco, examinando a varios videntes, entre éstos las llagas de los pies de vidente X, confesando que “la ciencia no hallaba explicación a estos fenómenos” y prometiendo mandar un informe explicativo, tan luego le remitiésemos el proceso historial de las referidas llagas, que le hemos enviado ya. Documentación Serie C., Sección II, ap. f).
  • Valga por muchos un famoso médico español, nada religioso, el Dr. Gregorio Marañón, que, al principio de las Apariciones, enviado por el Gobierno para estudiar los Hechos de Ezquioga, llegado de incógnito a su campa, y observados éstos atentamente; como luego entre la multitud fuese reconocido por un amigo suyo, que nos lo refiere, y cambiados los oportunos saludos, preguntále éste a aquél por el resultado de su misión, contestó el aludido: “He estado estudiando desapasionadamente lo que aquí ocurre, y puedo afirmar que los médicos nada tenemos que hacer aquí, porque los fenómenos habidos en los videntes no pertenecen a la ciencia patológica. Pertenecen a otros estudios, que a mí no me competen. Que vengan los competentes y vean si los alcanzan”. Ciertamente que si este informe hubiesen tenido en cuenta las autoridades persecutorias, no hubiesen molestado con el manicomio ni con la cárcel a ningún vidente.
  • El P. Matyschok, profesor en ciencias psíquicas de cierta universidad alemana, que en el invierno de 1932 iba dando conferencias sobre Teresa Neumann, estuvo conferenciando con nosotros sobre los Hechos de Ezquioga, y conoció por nuestra conferencia que en este lugar los éxtasis genéricos eran de carácter sobrenatural. Antes estuvo practicando experiencias en determinada niña que le fue presentada como vidente, habiendo obtenido la conclusión de que los éxtasis de ésta eran sobrenaturales, semejantes a los de Teresa Neumann. Mas, he aquí de nuestra labor, que no se reduce sólo a presenciar hechos y contarlos, sino a examinarlos paciente y largamente y a contrastarlos últimamente; pudiendo afirmar que, si nuestro trabajo, a través de los Hechos de Ezquioga se hubiere limitado —no duela la repetición— a presenciar uno, dos o tres llamados videntes, por cortas horas o contados días, como han solido hacer los que, ajenos a nosotros, han escrito o han fallado sobre ellos, nos hubiera sucedido lo que al citado profesor psíquico, es a saber: que erró de medio a medio en su apreciación. Porque la mentada niña, que por vidente pasaba, no es tal vidente ni lo fue nunca; y lo que ha ocurrido con otros que, menos profesores que dicho religioso, y aún más, profanos del todo en ciencias psíquicas, a causa de que sus experiencias fueron muy limitadas, las conclusiones que arrojaron sobre sus estudios o exámenes andan generalmente enfermas.

Precisamente, citamos este hecho, no para desdorar a nadie, sino para que se vea que hay que andarse con pies de plomo y con harta competencia y por largo tiempo en el examen y contraste de los llamados videntes, a fin de tomar los que son y dejar los que no son. Y así como incumbe a los patólogos declarar solamente si los casos que estudian (según han practicado los anteriores informes) se explican o no por el orden natural, no metiéndose a más, igualmente deben hacer los psicólogos y psiquiatras. Los demás fenómenos encajan ya en la teología mística, que trata de diferenciar los casos preternaturales de los sobrenaturales: he aquí “el nudo gordiano”, “la máxima dificultad” dicha. Hay que examinar cada llamado vidente y cada caso de los ocurridos en dichos llamados videntes, sin pronunciar a seguida, sino luego de hartas pruebas. Y nosotros lo hacemos así. Lo demás es perder el tiempo y labrarse una sentina de errores.

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Los Hechos Ezquioga publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/los-hechos-de-ezquioga/

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Una respuesta a Testimonios e informes de ilustres fisiólogos, médicos, psicólogos y psiquiatras con relación a los Hechos de Ezquioga.

  1. Carla Maria dijo:

    Me ha gustado mucho lo que he leido sobre Ezquioga. Pero me gustaria mas que nos dieran a leer las visiones de los videntes y los mensajes ques estos recibieron que me figuro que debieron de ser profecias respecto a la guerra que se havecinaba en Espana. Una vez lei, en internet y no lo puede volver a encontrar, que una de las ninas habia tenido una vision sobre los pecados que cometian los sacerdotes. La chiquilla estaba aterrada y gritaba, no, no me ensenes eso, que espanto tambien este que es tan bueno….! Eso en una época que las cosas religosas aun se tomaban en serio por el clero. Tambien me interesaria poder comparar las profecias de Ezquioga con las de Garabandal, las de Medjugorje etc. Muchas gracias.

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