Los Hechos de Ezquioga: Modalidades extáticas.

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.


Capítulo X

CAPÍTULO  X.  Modalidades extáticas: a) El beso del Crucifijo; b) Distribución de flores; c) Calvarios, pasiones y crucifixiones; d) El viernes Santo de 1933 en Ezquioga; e) Muerte del pecador y del justo; f) Las manos atadas; g) Visión y conocimiento mutuo de videntes; h) La Virgen se manifiesta en una flor; i) Las peticiones en defensa de la Virgen despachadas enseguida; j) Algunos que marcharon decepcionados de la campa de Ezquioga, vuelven a ella; k) Las poesías del cielo; l) Bilocaciones; m) Bipersonaciones; n) Desdoblamiento de la personalidad; o) Locución de distintas lenguas; p) El mobiliario desecho por causas preternaturales, q) redacción y gráficos inexplicables al modo humano; r) Aparición de la Virgen, luego el diablo, y de nuevo la Virgen.

Modalidades extáticas

Practicadas las definiciones y clasificaciones místicas de los dos anteriores capítulos, necesarias para la recta inteligencia de todo linaje de apariciones, visiones y revelaciones, en general, y particularmente las que atañen a Ezquioga, vamos a especificar determinadas modalidades extáticas, halladas en los auténticos videntes, que precisa conocer bien para poder enfocar bien el asunto.  Más, antes de descender al detalle, es conveniente englobarle, sin que por eso pretendamos pronunciar su última palabra, ya que sobre el caso podríase escribir un libro, del cual podrían ser las siguientes rápidas síntesis, deducidas de nuestras largas pruebas experimentales.

1ª Jesús, y en nuestro caso particular, la Virgen muestran gran deseo actualmente de comunicarse con sus hijos, (el género humano) para santificarlos y salvarlos.
2ª Entre sus hijos, elige los que quiere, a quienes se manifiesta y prueba mientras la manifestación.
3ª Esta manifestación es dulce, clara, honesta, santa, sin que deje lugar a duda alguna, y dejando gozo del Espíritu Santo en el ánimo; todo lo contrario de la producida por el ángel de las tinieblas.
4ª Los testigos de estas apariciones o manifestaciones son beneficiados con la contemplación de los hechos y los dichos de tales comunicaciones, que, al propio tiempo les sirven de garantía, siendo también probados alrededor de la recepción de tal beneficio.
5ª Los desagradecidos, los no cooperadores, los inconstantes, no son abandonados por Nuestra Señora, sino que son ellos los que la abandonan.
6ª Este abandono tiene, pronto o tarde, su dura sanción.
7ª Los que perseveran, son visitados muchas veces, casi siempre que invocan a la Madre de Dios, que, cual si estuviese tras de una cortina que nos separa de Ella, viene y se muestra contenta y dispuesta a hablarles, favorecerles y favorecer a todos, sin distinción.
8ª Los que merecen sanción, de ordinario, es dejada ésta para su Hijo y para cuando el vaso rebosa.
9ª A veces, dialogan humildemente unos y otros con la Virgen, notando los que no están en visión que los que están no oyen a los que no están, siendo Nuestra Señora el medio de comunicación entre todos.
10ª Los videntes se han como simples instrumentos del cielo.
11ª Y como el demonio nos ronda, procura imitar lo que ve, aunque torcidamente, y de aquí sus gestiones seductoras para entorpecer, confundir, enredar y perder.

Hechas estas rápidas síntesis, vengamos ahora a la especificación de las modalidades extáticas.

  • El beso del Crucifijo. Los videntes suelen llevar un crucifijo en las manos. Levantan los brazos con él, apretado entre las manos, hacia la Visión, la cual bendice despacio, notando entonces los circunstantes cómo aquéllos, al compás de la visión que bendice, se santiguan, y luego de besar Ella el Crucifijo, lo hace besar a los videntes. Acto seguido, la visión atrae a sí al circunstante, que pone a su lado, mientras que los videntes lo ven en espíritu. Entonces al fulgor que despiden las inmensas claridades de que la Visión está inundada, los videntes, por tal medio y tenor, dan a besar el Crucifijo a los que les rodean. Es una gran merced imprimir ósculo de amor a Jesús Crucificado. ¿Qué sabemos las gracias que a causa de tal ejercicio se nos conceden? Sin embargo, ¡cuántos lo han rehusado! Téngase en cuenta que la imagen de Jesús debe ser besada aun cuando nos la presente un pagano.
  • Distribución de flores. Algunos videntes en pleno éxtasis, habiendo recibido ramos de flores, entresacan del ramo, uno a uno, sus rosas, lirios, claveles, etc., y una a una las van repartiendo con detención suma a determinados asistentes, con el detalle de proferir palabras a alguno.

Hay que observar que estos videntes, en tales casos, nada del mundo ven ni a sí mismos, deslumbrados con la inmensa luz, mucho más potente que la del sol, que la Virgen Nuestra Señora despide. Y así, puestos en pie, con los ojos extáticos, fijos en determinado punto, que es, precisamente, donde se halla la Visión  (la cual se sitúa encima o al lado de la persona a la que Ésta desea hacer el regalo) ofrecen una de estas flores, entre diez, doce o veinte manos que se alargan, a la que es señalada por la Visión.

En tal actitud y situación los videntes suelen mantenerse un buen rato. Una vidente habló mentalmente con otra, a causa de cuyo espectáculo muchos circunstantes creyeron en la sobrenaturalidad de los hechos. Así lo expresaban allí mismo.

Notamos que, tanto este apartado como el anterior, pueden ser imitados, en su lado material por el espíritu de las tinieblas. El caso se conoce por la ligereza, indevoción y lo mal practicadas que son las cruces hechas, cuando aquél opera.  Desgraciadamente, se ha repetido varias veces en Ezquioga, cayendo en la red todos los incompetentes.

  • Calvarios, Pasiones, Crucifixiones. Uno de los raros fenómenos, desdoblado, de algunos videntes a principios de 193 —fenómeno que hasta la fecha continúa— consiste en la visión de la Pasión del Salvador sin sufrimientos, y el padecimiento físico de la misma; lo mismo que en experimentación de los dolores de la Virgen, a causa de la penetración de sus espadas. Las declaraciones, los sucesos y las fotografías, que se hicieron de los mencionados videntes acreditan la realidad de tales fenómenos, solo comparables con los que los grandes santos experimentaron. Lo más riguroso y notable de este linaje de visiones fue una representación tan real y al vivo de la pasión y muerte del Salvador, con la actuación de las personas, que sus videntes, unánimemente, han dejado preciosos detalles, hasta el presente no sabidos, aunque lógicos, que, teniendo por ello, todos los visos de credibilidad, —porque son ortodoxos— prueban que tales videncias son auténticas.

Es imposible, de toda imposibilidad, que unos sujetos simples e ignorantes, como son la inmensa mayoría de los videntes que conocemos, se hallen de repente, adornados de ciencia histórico-dramática ortodoxa, como la expuesta mímicamente por ellos, sin que les asista un agente extranatural, que en este caso, es de carácter sobrenatural por la edificación y los santos afectos y efectos que reporta.

Y todavía no se ha dado un solo caso, que sepamos, que ninguno de los videntes hay sido instruido previamente, para poder referir luego todo ese caudal de ciencia histórico-mística, que en las declaraciones respectivas se manifiesta y que se detalla al final de la Obra, caso únicamente comparable con la ciencia infusa de los santos.

Todavía es más admirable el hecho de la pasión y crucifixión mística acaecida en los propios videntes. Ninguno de ellos, antes de sucederle, pensaba tal cosa ni la habría soñado jamás, para que se vea que no es efecto de autosugestión. Es uno de esos regalados favores que el cielo a los santos eminentes concede.

De ordinario es la Virgen Santísima la que les anuncia que, para remembranza de la pasión del Señor, que va en olvido, y para expiación de propias y ajenas culpas, van a sufrirlos; y, luego, bien inmediatamente, bien pocos días después, trasladados místicamente a lugares iguales o parecidos a los de Jerusalén en que la pasión del Señor se desarrolló, comienzan por ver, percibir, sentir y sufrir padecimientos análogos a los que el Salvador por nuestra salud soportó. Dejamos dicho que ven los lugares, las personas, y los instrumentos de la pasión; que oyen los ruidos y las frases, en lengua que ellos desconocen —de ordinario es el arameo— pronunciadas durante la pasión y muerte de Cristo; que perciben en el fondo del alma el rigor de los padecimientos morales; y que sufren en los miembros del cuerpo todo, golpes, magullamientos, azotes, cruz a cuestas, crucifixión, muerte, lanzada y sepultura, como Cristo. En algunos no deja rastro la pasión y crucifixión; en otros, sin embargo, el abatimiento y el dolor es tal, que han tenido que quedar postrados en cama por horas y aun por días, con rastros de sus padecimientos acerbos. Nótase además, que los videntes ancianos, a causa de su edad, son expresamente exceptuados de sufrimientos semejantes.

Otros videntes hay que van refiriendo con expresivas palabras y gestos cuanto van viendo en el desarrollo de la pasión y muerte de Cristo. Hablan gesticulando, con expresión del más acerbo dolor, cuanto va apareciendo a sus ojos espirituales, siendo más que notable, extraordinario, el caso de cierta vidente a la que vimos, en éxtasis, declamando sentidamente, con lágrimas en los ojos y acentos de amargura hondísima, toda la pasión, muerte y sepultura del señor.

  • El Viernes Santo de 1933 en Ezquioga. Singulares fueron las pasiones y crucifixiones de las videntes X. y Z. el Viernes Santo de 1933, habidas en la “habitación-refugio” de la imagen de la Madre de Dios en Ezquioga. Mientras Benita Aguirre y alguna vidente más se mantuvieron en Anduaga, recorriendo en altos éxtasis las estaciones improvisadas del Vía-Crucis, con gran edificación de los devotos, harta indiferencia de los tibios y notable disgusto y hasta coraje de los enemigos de Ezquioga, las videntes X. y Z.., reunidas en el expresado lugar con algunos pocos devotos, para acompañar unas horas la desolación de Nuestra Señora, cabe la imagen dicha, luego de haber reparado en la expresión tristísima de un dolor acerbamente extraordinario del rostro de la mentada imagen, cuyos párpados inferiores presentaban señales (así lo reconocían algunos) como de cuajarones de sangre, y el ojo izquierdo, como si golpeado hubiere sido, comenzamos por el rezo del santo Vía-Crucis. En la estación undécima, quedo en éxtasis X. y, poco luego, Z., las cuales lo comenzaron por la visión de la pasión de N. S. y los dolores de la Santa Madre. Sin salir del éxtasis empezaron a sufrir ambas pasiones, Z. con la experimentación de la de Jesús, y X. con la de María. Los que hallándose presentes, estaban acostumbrados a contemplar estos santos cuanto terribles espectáculos, notaron desde un principio, que ambas pasiones sucedían ahora con una intensidad tan extraordinaria que, afligiendo harto el ánimo, era para llamar poderosamente la atención.

Porque hay que verlos con ánimo desapasionado y conscientes de lo que son, ya que de otro modo se obtendría escaso resultado. Tanto la una como la otra vidente, después que como queda dicho, presenciaron en María y Jesús sus pasiones, empezaron por ver y sentir en sus propias personas lo que antes presenciaron en sus divinos Maestros. Veían como unos soldados saliendo de un callejón, traían los instrumentos de la pasión: los azotes, la corona de espinas, los clavos, el martillo, la escalera, la cruz y las espadas. Había que ver cómo la naturaleza humana, por más que estaba dispuesta de antemano a sufrir los rigores de la pasión, se revolvía en sudores y agonías, en ayes y quejidos, en temores y espasmos de suma aflicción, e iba marcando en sí misma lastimosamente los efectos producidos por aquellos horribles instrumentos cuando con saña eran aplicados por los verdugos.

Y no se crea que, por cuanto padecían místicamente, dejaban por eso de sufrir realmente, materialmente, con gran intensidad, los rigores que en tales amargos trances Jesús y María padecieron. Porque, cuantos allí estábamos, íbamos notando la sucesión de los castigos; el acto de los azotes, v. gr.; cómo los videntes se aplicaban súbitamente las manos a las espaldas flageladas (que luego estaban materialmente de cardenales llenas), cómo acompañaban estos movimientos con exclamaciones de sentida pena; cómo en el acto de la coronación de espinas se llevaban las manos a la cabeza con repetidos ayes de amargura; y sobre todo, cómo en el acto de la crucifixión iban alargando un brazo, primero, y luego el otro, y después los pies, quedando el cuerpo enteramente rígido, y notando los circunstantes el lugar de los clavos, traspasando las carnes, doblados los dedos y señalados los nervios al peso del cuerpo en la cruz, que ni Montañés esculpiera mejor un famoso Cristo suyo; cómo introducían siete fieras espadas en el pecho, que las hacía aplicar la mano al corazón; todo ello acompañado de propios movimientos y naturales convulsiones y lastimeros ayes, que nos hacían recordar con todos sus detalles las desmesuradas escenas del Calvario. Y luego, una vez en cruz, como fijada en el suelo, la repetición de las siete palabras del Redentor en la Cruz, los violentos espasmos de du agonía larga y el duro tránsito de la muerte.

Y los que allí estábamos nos hallábamos verdaderamente como si asistiésemos al Pretorio, a la calle de la Amargura, al Calvario, presa de honda amargura el alma, de dura tensión los nervios, de total embargo los sentidos, de calientes lágrimas los ojos, de perfecta contrición el corazón.

 Y cuando vimos que las apariciones se sucedían una tras otra; y, cuando contamos la 5ª, la 6ª y hasta la 7ª, y oíamos el clamor de aquellas débiles mujeres que, llenas de horrible espasmo, cuando columbraban que iban a sufrir nueva pasión, igual que la anterior, decían: Pero, Madre, si no puedo más; pero si esto yo no lo puedo soportar, y sin embargo, el cielo, sordo, las hacía experimentar nuevos rigores, que nos recordaban que también Él se hizo sordo a Jesús cuando pedía al Padre pasase de él el cáliz de su pasión; no pudiendo aguantar más, nos pusimos realmente indispuestos, habiendo quien se salía de la habitación, trastornados sus sentidos y reformados sus pensares. Quisimos estar allí en el místico Calvario, como otro Juan Evangelista hasta ver el fin.

Y el fin fue que tuvimos que mandar fuesen llevadas al lecho aquellas dos jóvenes, magulladas y desechas de tanto golpe y sufrimiento. Mas, ¿cuánta no sería nuestra admiración al oír a los videntes que la Virgen quería que pasasen catorce pasiones más? Entonces fueron los profundos quejidos y el pedir que tuviese compasión de ellas, y el hacer oración los circunstantes para que el cielo se compadeciese. Más, no; era Viernes Santo y debíamos acompañar a Cristo y María en su próxima aflicción. Que también Ellos se vieron desamparados del Padre, mientras el infierno y el mundo en Ellos se cebaban. Y se sucedían las pasiones y los golpes y los quejidos y las amarguras de todos. Entraban y salían las gentes, muchas sin comprender el acto, y al contemplar lástima tanta, en la reproducción viva de las escenas de Jerusalén, se salían enmudecidas de dolor, y preguntándose: “¿Qué es esto?” “Nosotros nunca hemos visto semejante cosa”.

Así estuvieron las videntes desde las once de la mañana hasta las siete de la tarde. ¡Ah, qué Viernes Santo de extraña y perdurable recordación! No es posible que cincuenta años enteros de lectura y meditación de la Pasión de Jesús y los dolores de María nos puedan hacer la honda huella que nos causaron ocho horas de contemplación sensible de los mismos en las personas de dos modestas videntes.

¿Qué es todo ello? ¿Por qué sufrir tanto? ¿Cómo es que este Viernes Santo ha sido en esto excepcional? Respondamos con brevedad:

¿Qué es todo ello sino una manifestación misericordiosa del cielo y una confirmación de las Apariciones de Ezquioga?

¿Por qué sufrir tanto unas débiles mujeres, sino para persuadirnos: 1º que de un modo análogo sufrieron por nosotros Jesús y María, y 2º, que, a su imitación, es necesario padecer por nuestros pecados para santificarnos, y por los del mundo entero para salvarle.

¿Cómo es que este Viernes Santo ha sido en esto excepcional? Pues, precisamente para darnos a conocer que están muy cerca los castigos generales, los cuales deberán ser muy graves y terribles, cuando de tal manera y con tanta insistencia el cielo hace sufrir a tales pacientes criaturas, y no por ellas tan solamente, sino mayormente por los que excitan sobre sí la justicia divina.

Hay que ponderar bien todo esto y entregarse a profunda meditación y sacar los respectivos propósitos de enmienda de vida.

Posteriormente estas pasiones y crucifixiones han sido repetidas sobre todo la del 9 de mayo, de la cual trataremos luego.

  • Muerte del pecador y del justo. Todavía hay un espectáculo místico de que algunos videntes son instrumento. Nos referimos a la manifestación pública del proceso de la muerte del pecador y del justo, anunciada con antelación, luego de una santa visión. El vidente entra en éxtasis, y a poco, se le ve con las manos crispadas y el rostro desencajado, romper las cadenillas de las medallas y rosarios, arrojar al suelo los crucifijos, y cuantos objetos de devoción llevara en las manos. Hay lucha formidable, y se nota quedar dominado por el diablo y abandonado por el ángel de su guarda. Por fin, se nota como si expiara horriblemente. Ésta es la muerte del pecador.

La muerte del justo empieza, asimismo, con gran lucha contra el común enemigo, que es vencido finalmente. El vidente, abrazado al Crucifijo y a los demás signos cristianos, sufre mucho. Se nota la asistencia de la Virgen, cuando el vidente triste y sediento, pide agua, que la Virgen le da. Se ve al vidente abrir la boca, como si tragase dulcemente agua, y por fin, también dulce y místicamente expira. Es un espectáculo que mucho enternece y que reúne carácter sobrenatural.

  • Las manos atadas. Un jovencito nos sorprendió, cierta noche, en la campa de Ezquioga con las manos cruzadas, pero de tal modo unidas, que no había fuerza humana que las pudiera soltar. El joven, de buenas fuerzas, luchaba consigo mismo para soltarse. Compañeros suyos hicieron esfuerzos incalculables por lo propio; y nosotros mismos quisimos separarlas repetidas veces, viendo cómo era de todo punto imposible poderlas desasir. Debido a los supremos esfuerzos, brotaba en las manos la sangre; y luego que probaron otras recias manos, con objeto de ver si podían soltarlas, a lo cual se añadían rezos varios y aplicación de crucifijos de otros videntes, sólo cuando Dios quiso insensiblemente se soltaron. El caso se ha repetido en varios videntes, particularmente en cierta joven, ante el juez especial de San Sebastián, con motivo del gran proceso, cuya escena concluyó por quedar asombrado y aterrorizado el juez, y despedida a seguida, por ello, del tribunal la vidente.

¿Qué es esto? Se preguntaban los espectadores. ¿Qué fuerza es ésa, para la que no hay energía alguna que, sin romper los dedos, pueda separar las manos? Cierto médico intervino una de las veces (porque han sido repetidas) y, al presenciar y experimentar el caso, dijo: “Que te las suelte quien te las haya atado.  Ciertamente que él te las desatará cuando sea la hora”. Más, no hablara así, si supiera que no es el cielo sino el infierno el que de tal modo y para humillación de todos, las ata. Al cabo de sesenta y más minutos, ellas mismas se separaron.  Afirma el vidente que Nuestra Señora le tiene dicho que Ella no ata las manos de nadie; pero que permite sufrir eso en reparación de muchos pecados. Más, por el poder e intercesión de la Virgen son desatadas.

  • Visión y conocimiento mutuo de videntes. Cuanto más ahondamos en el estudio de los fenómenos extáticos referentes a Ezquioga, descubrimos nuevas facetas al prisma extranatural. Y nos solemos decir: Si en el estudio largo, asiduo y profundo de estos temas, no hallamos nunca el término, pareciendo ver en él una modalidad de lo eterno, ¿cómo han de ver absolutamente nada los que estudian de corrida, y más aún, los que no quieren parar en él su atención, cuánto más los que los desprecian?

Hay un fenómeno muy raro, que consiste en la visión y conocimiento mutuo de los   videntes. Al modo que el éter es el medio de transmisión de las ondas sonoras, que en los aparatos radiográficos perfectamente repercuten, admirándonos esto como una gran maravilla de la naturaleza; es el éter, asimismo, el medio de transmisión de la palabra y aun de la visión del sujeto, entre videntes, semejante a como los físicos han conseguido reproducir en la pantalla la imagen de la persona con quien pretenden hablar, asociando la operación al teléfono y telégrafo.

Y si esto se ha conseguido en la esfera de lo material mayormente se alcanza en el orden del espíritu, tanto más cuanto que éste es ayudado de una fuerza extranatural. La transmisión del pensamiento en este caso, obedece, no cabe duda, a la causa sobrenatural. En el pensamiento, en sí mismo, no puede entrar el diablo.

 Algunos videntes, en efecto, a distancia, se conocen, se ven, se hablan, se entienden. No se trata de casos hipotéticos, sino de casos concretos y prácticos, que en el estudio de estas materias hemos alcanzado; y podemos asegurar que tales fenómenos no obedecen a la telepatía que, según quedó advertido, carece de leyes fijas por las que pueda numerarse entre las científicas.

Hay aquí, pues, otro mundo sobrenaturalizado, que se mueve y desarrolla siempre en la medida de la voluntad del agente sobrenatural.

Asociamos a todo esto la participación, hasta cierto punto, en la tierra de alguna de las cualidades que integran el lumen gloriae de los bienaventurados en el cielo: a) claridad, b) penetrabilidad, c) movilidad, d) incorruptibilidad; particularmente las tres primeras, que las vemos en el ejercicio en casos determinados de algunos videntes.

  • La Virgen se manifiesta en una flor. Tratamos el don de la movilidad, porque de los primeros hemos dicho lo suficiente en el párrafo anterior.

Acerca de esto, cumple sentar que los videntes, cuando en función están, acusan una movilidad y fuerza muy superior a cuando no están en éxtasis. Ello prueba al propio tiempo, la extranaturalidad, cuando menos, del fenómeno, que, en el caso de que hablamos, es sobrenatural.

En Pamplona, con fecha 11 de Septiembre de 1932 y en cierto doméstico oratorio, se hallaban en  éxtasis los pequeños videntes: Encarnación Zubillaga, María Ángeles Pérez y Luis Torres. Acertó a pasar una señora, que traía una flor, que cierta comunidad religiosa femenina la regaló (esta comunidad no cree en los Hechos de Ezquioga) notando enseguida que uno de los videntes, dirigiéndose a la mentada señora, hizo un ademán amenazador, como el que la madre hacen a sus hijos, cuando bien no obran. ¿Qué es esto?, preguntó la dueña de la casa ¿Es para nosotros? —No, respondió el vidente, y volvió a ejecutar el ademán. —Pues, ¿para quién?, añadió. Y contestaron los videntes. —Para las monjas. —Y ¿por qué? —Porque no creen. —Repitió la vidente el mencionado ademán hasta seis veces. Los ademanes, en efecto, eran tan movidos en la pequeña vidente que, por tales, causaban extrañeza y admiración.

Pero sobre todo, lo que demuestra la movilidad rápida, extrahumana en los videntes, es su modo de andar, de rodillas, por el suelo. Si no se viera no se creyera. Rápidamente, la vidente Zubillaga arrancó de manos de la señorita referida flor y nos la entregó, sin que aquélla ni nosotros pudiésemos estorbarlo.  Movimos la flor, y los seis ojos de los tres videntes, al unísono, sin un milímetro de diferencia y en perfecto éxtasis, estaban clavados en la flor, y seguían exacta y velozmente los propios movimientos de nuestra mano. Todavía se acentuó más nuestra admiración cuando, sin abandonar la flor, corrimos hacia la cocina, viniéndose los videntes de rodillas, con tal ímpetu arrollador, que no nos daba tiempo casi para operar, y cuando intentamos introducir la flor debajo de la mesa, con ímpetu se precipitaron debajo de ella; y cuando quisimos ponerla debajo de nuestra dulleta, fue tan rápido el movimiento nuestro como el de los videntes para apartar el estorbo, de forma que, si insistimos nos desnudan. En efecto, afirmaron los videntes que en la flor veían a la Virgen.

En el episodio de la flor, que nunca olvidaremos, descubrimos en él el rastro de la movilidad de los espíritus y cuerpos bienaventurados: movilidad tan veloz y enérgica, que no podíamos resistir el ímpetu de los pequeños videntes, el cual ímpetu, sin ser violento del todo, era algo así como el divino oficio canta del Espíritu Santo: “Spiritus vehementis” de quien se originan todos estos admirables dones.

Después de este singular espectáculo místico, los videntes sufrieron la pasión de Cristo con los propios movimientos y aspectos de Jesús cuando lleva la cruz, es clavado y sepultado; sufrieron penas por pecadores, que al fin —decían— se convirtieron; y había que ver las contraformas de los miembros corporales en sublime tensión, sufriendo de modo singular. Duraron, interpolados, los éxtasis, cuatro horas, durante los que aprendimos mucho.

  • Las peticiones en defensa de la Virgen despachadas aseguida. Siempre que se ha tratado de alguna petición, relacionada con la defensa de la Santísima Virgen de Ezquioga, ha sido al instante despachada. Acerca del particular, hemos sido los primeros en quedar asombrados, viendo en el acto, traducidos en hecho, nuestros deseos. Y es tan cariñosa la Santísima Virgen que, en ocasión que deseaba Ella practicásemos un Calvario en el monte, y comenzamos por el santo rosario, como se acercase la hora de la salida de los coches, a fin de que los que desearan asistir al Calvario tuvieran tiempo suficiente para practicarlo, entrando en éxtasis Benita Aguirre, al comienzo del rosario, la mandó Nuestra Señora que, dejando éste, comenzara el Calvario, por lo que tuvimos que seguirla por la montaña, llena de altas hierbas que dificultaban el paso, viéndose a la vidente en completo éxtasis y, por consiguiente, destituida de los sentidos de la vista y oído, y caminar, sin tropiezo, monte arriba, hasta llegar a un roble, donde hacía estación, siendo muy notable el que la vidente no tropezase con ningún árbol, esperase a que llegásemos los demás para comenzar la estación, se levantase del suelo cuando terminamos el Gloria Patri, y tardase de una estación a otra lo que regularmente se tarda en las estaciones auténticas de Jerusalén. A la terminación, y mientras se rezaban las avemarías por los dolores de la Virgen, la pequeña vidente hacía ademanes de arrancar del pecho dolorido de Nuestra Señora tantas espadas cuantas avemarías rezaba. Acabó el acto con el preciso tiempo para que los forasteros tomasen el auto. Todos dijimos: ¡Vamos; que buenaza es la Virgen!
  • Algunos que marcharon decepcionados de la campa de Ezquioga, vuelven a ella. Ciertamente que algunos, que por engaño del diablo, quedaron decepcionados a la vista de milagros que, por no haberlos prometido el cielo, no se realizaron…, pasado algún largo tiempo, y habiéndoles sucedido serios percances, reflexionaron, y así, como a escondidas, han vuelto al hogar mariano que no debieran nunca haber dejado. Hoy están arrepentidos, y vuelven a visitar el lugar de las apariciones de la Virgen en las que recibieron hondas impresiones de las verdaderas apariciones.
  • Las poesías del cielo. En las revelaciones marianas de Ezquioga hay una brillante faceta que esplende sus haces de hermosa luz sobre todo el cuerpo de las manifestaciones de la Virgen Madre. Casi todo lo que conocíamos en este respecto era contundente prosa. De la venerable Ildefonsa Artal, de Sueca, sabíamos que el Señor la había enseñado una cuarteta, de alto misticismo, que, según los manuscritos coetáneos de que nos servimos para tejer la biografía de ésta, repetía con frecuencia, alimentándose del espíritu que la informa.

Ahora, en el estudio de aquellas manifestaciones notamos que es también la dulce poesía el medio que se vale Nuestra Señora para atestiguar su presencia en estos lugares. Preguntaba en cierta ocasión, Voltaire: “¿Acaso Dios es poeta?”  Pretendía ignorar aquel blasfemo que el Hacedor Supremo, por lo mismo que la poesía es la artística expresión de la belleza, mediante el verso, que produce indefinible encanto, y que procede como toda ciencia y todo arte, de la Sabiduría divina, es la causa tanto de la belleza como de la forma que la canta; y por tanto Dios es el poeta por antonomasia, el poeta substancial. Del propio modo consignan otros volterianos: ¿Acaso la Madre de Dios es poetisa? La respuesta vamos a darla con la deducción del hecho admirable de Ezquioga, que corrobora la presencia de la Virgen en estos lugares: Fin precisamente para el cual se da.

En efecto; este hecho, o sea, la manifestación de una pieza en verso, más o menos estética, según la preceptiva literaria, y más o menos larga, pero de irreprochable factura poética y de hondo sentido católico tal que, penetrando hasta los pliegues más recónditos del alma, los llena de un sabor que trasciende a lo divino, se ha dado en tres videntes, durante el éxtasis. Y nótese que el éxtasis es probablemente auténtico, las poesías originales o no, que ello no hace al caso, y los sujetos, que por vez primera las pronuncian, (aquí está lo admirable) no solamente son ajenos a tales producciones literarias, sino dos, al menos, extraños totalmente a la poesía. Ellas, excepción hecha de X, jamás cultivaron el verso, ni como compositores, ni como repetidores ni como conocedores del mismo. Es más, ni lo oyeron antes de su articulación, más que dentro del éxtasis, ni saben lo que han dicho después de pronunciado, extrañándose mucho de lo que les dicen los que lo escribieron cuando ellos lo articularon. Éste es el hecho avalado por muchos testigos, del cual un solo ejemplo a continuación damos.

Tal es de la niña Benita Aguirre, que nos sorprendió el 27 y siguió el 28 y 29 de Abril de 1933, ante muchos testigos, algunos, tan refractarios a la fe en estas pruebas decisivas, que a su vista creyeron en las Apariciones. Esta niña, no solamente no ha leído jamás poesía, pero ni aprendió nada de ella en la escuela, en la cual, según ella misma confesó a los que marcadamente dudaban del caso, no dan “libros de versos”, ni tampoco en su domicilio de campo. El caso de Benita es tan alarmante que, cuando empezó, primero, con timidez, y luego con más soltura, a pronunciar la poesía, el auditorio que, apenas si se daba cuenta, comenzó a extrañarse, a asombrarse y a escribir los versos. Los dijo de prisa, por lo cual los escribientes no la podían seguir. Y al terminar sus éxtasis, como le hicimos notar lo que había articulado, y ella viese las plumas en ristre sobre el papel escrito, extrañose de lo anormal del caso y confesó que no recordaba nada, y que por consiguiente, no podía repetir las palabras y versos que faltaban.  Entonces candorosamente dijo: “Recemos otro Rosario, a ver si la Virgen quiere repetirme lo que me ha dicho”. Y en efecto, rezamos, quedando la vidente extasiada en la primera decena. Enseguida empezó el verso con pausa, para que pudiesen escribirlo, nos dijo haberle asegurado la Virgen, la cual, fijos sus dulces ojos en los candorosos del Niño Jesús, al que en sus brazos sustentaba, pronunció la décima sexílaba con repetición siguiente:

“Soles claros son
tus ojuelos bellos,
oro los cabellos,
fuego el corazón;
rosas bellas tienes
por suaves mejillas;
son tus lagrimillas
perlas orientales,
tus labios corales,
tu llanto canción:
Oro tus cabellos
Fuego el corazón”.

 Hay que tener en cuenta que, días antes, la vidente María Recalde nos había comunicado haberle afirmado la Santísima Virgen que era su voluntad quedara con nosotros la niña Benita a causa de que Aquélla había de dar pruebas nuevas de sus Apariciones. Todas las restantes poesías, de diversos metros, pronunciadas en éxtasis, tanto de ésta como de otras videntes, y que en la Obra no se aducen, las tenemos archivadas.—

  • Bilocaciones. El nombre lo dice ya: bilocación es estar una persona en dos lugares a la vez. Tenemos varios casos en videntes probados. Es el caso, v. gr., de San Antonio de Padua, de estar predicando en un púlpito, y al propio tiempo, hallarse a muchas leguas de distancia actuando de defensor de su propio padre.

   En varios videntes auténticos de Ezquioga se han dado casos de bilocación, cuando, estando en suspensión sus sentidos, mientras el éxtasis, su espíritu, envuelto en un cuerpo semejante al suyo, había sido llevado a larga distancia para convertir almas. Esto ha sido luego contrastado. De alguna otra vidente se refiere lo mismo.

  • Bipersonaciones. La bipersonación se realiza cuando Jesús y María se valen de un individuo para declararse al que quieren favorecer con su visita, hablando en él y por él al favorecido, sin que dicho individuo deje de obrar normalmente y lo advierta.

Conocemos casos de algún siervo de Dios, que recibió determinadas visitas de diferentes señoras a quienes en la conversación tomó como tales, aunque le llamara mucho la atención ciertos conceptos vertidos y modo de expresarlos y también la forma de la mirada. Luego que la visita se disipó, entró en la extrañeza de aquellas cosas, extrañeza que pasó a admiración y sospecha de si la visita podría ser la Santísima Virgen, inclinándose a que lo fuese (he aquí la revelación intelectual). Consultado el caso con un probado vidente, resultó ser verdad la visita de Nuestra Señora; y examinando dicho siervo de Dios cómo podría ser esto, contrató que la Señora visitadora que fue, era real, pero que en ella y por ella la Santísima Virgen visitó y habló a aquel siervo. A esto dijo la Santísima Virgen: “Ambas cosas pueden ser”.

  • Desdoblamiento de la personalidad. Sucede, alguna vez, que mientras algún extático repite la oración o discurso que Jesús, la Virgen o algún santo dicta, (y que, como ya se sabe, porque se prueba, que tal discurso u oración no sale ni puede salir del magín del extático) va rezando el rosario o el oficio parvo de Nuestra señora, juntamente con el ser celestial que le dicta; de forma que, al salir de la visión el extático no se da cuenta más que del rosario u oficio parvo rezado, y nada absolutamente de aquella oración o aquel discurso. Los testigos se dan cuenta únicamente de este discurso u oración oídos y de la voz y el tono empleados en su recitación, distintos, a veces, de la voz y del tono del sujeto que los recita. Pero, al haber terminado, y preguntárseles sobre el discurso u oración dichos, nada saben de esto, más que de haber empleado el tiempo en el rezo de los mencionados rosario u oficio parvo. Y si se compulsa el tiempo empleado en lo que se ha oído, se verá que es exactamente el mismo que se puede emplear en el rezo de ambas devociones referidas.

De lo que se colige que si el ser invisible, que dicta, ejerce dos funciones anímicas a la vez, igualmente las ejerce el extático; con la diferencia de que aquél es agente, mientras que éste es paciente. Aquél revela oralmente y reza misteriosamente ¿quién sabe cómo?; y éste reza mentalmente con aquél, mientras que declara oralmente la revelación recibida.

El que traslada al papel la revelación, si ésta va más deprisa que lo que el escribiente puede correr, y avisa, para; y si pregunta lo dicho, porque no lo ha entendido, lo repite.

Los que buscan milagros, ¿por qué, en vez de parar en lo exterior, sin examinarlo a fondo, no se detienen y buscan la entraña del ser y la raíz de los hechos; y verán fenómenos que, si escapan a la comprensibilidad humana, como todo misterio, sin embargo, puede ésta contarlos y explicarlos y satisfacer su no acabada ansia de saber lo recóndito en lo temporal y en lo eterno?

¡Milagros! ¡Milagros! ¿Pero qué milagros queréis que la Santísima Virgen haga? Si los tenéis en cada uno de los probados videntes; si la Virgen los está obrando en ellos a docenas todos los días y no los reparáis, con seros tan hacedero; ¿cómo pretendéis otro linaje de milagros que, al ser obrados, pongamos por caso, tampoco alcanzaríais o los negaríais o los dudaríais? Porque la historia se repite.

  • Locución de distintas lenguas. Uno de los fenómenos inexplicables a la ciencia humana, que se realiza dentro de algunos éxtasis de ciertos videntes, consiste en la locución por estos de lenguas que absolutamente ignoran. A la vidente X, v. gr., hemos oído, cuantos hemos presenciado sus éxtasis, hablar indistintamente el vasco, el latín, el francés y el arameo, que ella ni ha estudiado ni aprendido. Particularmente este último lo habla con mayor facilidad y rapidez que el castellano. Y cuando el éxtasis ha cesado, la hemos interrogado sobre el caso, y se comprueba que el arameo lo desconoce totalmente, ni recuerda una sola palabra de él; y ni sabía, hasta que se lo hicieron notar, que esa lengua oriental, que habla en éxtasis, es el siro caldeo, la misma lengua que, en tiempos de la Redención, Nuestro Señor, la Virgen y los apóstoles hablaban. Y como en general, las mujeres son curiosas, la vidente fue movida a preguntar a la Santísima Virgen si, en efecto, esa lengua desconocida es, como le habían dicho, el arameo; y Nuestra Señora la contestó afirmativamente. De ordinario, la habla con la Aparición cuando ésta no quiere que los circunstantes se enteren de lo que dicen. Y es notable que hablándola en éxtasis, comprenda entonces lo que se la dice, y fuera del éxtasis nada comprenda ni conozca si se la habla en tal idioma.

Con respecto al latín, al vasco y al francés, sí sabe cuatro palabras, no más, mal dichas, en estado de vigilia, no así cuando se halla en éxtasis, que sigue una conversación con la Aparición en tales lenguas, no a la vez habladas, sino cada una en distinta ocasión.

¿Qué es esto? Los estados de sueño y locura no arrojan nunca el hecho de la conversación en lenguas desconocidas. Cuanto más, arrojan el hecho de la pronunciación de algunas palabras o frases oídas o leídas en estado de vigilia: hecho que sólo es comparable al de las cotorras.

¿Qué es esto, pues? Si por nada de este mundo se explica este hecho, hay que buscar su explicación en regiones más altas; ¿en regiones preternaturales? ¿El diablo podría quizás ser agente de estos hechos? Sí; aunque la ciencia, tanto como la literatura del diablo, tienen sus límites en la honestidad, gloria divina y el provecho de las almas. Cuando alguno de estos tres efectos se verifica, no son producidos desde luego por el diablo.

  • El mobiliario desecho por causas preternaturales. Hay otro hecho en que todo buen observador necesita parar su atención y para el que se ofrece visible el cuerpo del delito. Tal es el mobiliario desecho por el diablo para obrar el mal en los siervos de Dios. De esto tenemos en las Sagradas Escrituras e Historias eclesiásticas largos episodios.

Por tres veces, que sepamos, el maligno espíritu en Ezquioga ha roto la silla donde se sentaba uno a quien él tiene tanta rabia como para expresar a todas horas su deseo de “que reviente”. El triple caso fue delante de otras personas: Uno, en el comedor de casa Ezpeleta, en el verano de 1932; otro, en la cocina de casa del juez de Ezquioga, en la primavera de 1933; y otro, en el anteoratorio del colegio X de Pamplona, en el verano de 1932. En todos estos sitios rompió la silla para que el perseguido por él se cayese al suelo y desnucase. Las tres sillas estaban enteras y fuertes; y, de repente, sin que mediase violencia alguna, por parte de nadie ni de nada, cuando el sujeto aludido se hallaba sentado en ellas, se rompieron solas, a la vista de todos; y el que estaba sentado se cayó al suelo enseguida, no recibiendo daño ninguno, como era natural que debiera de recibir; y, examinada que fue la silla primera por peritos, dictaminaron que para romperse en la forma que quedó, era preciso una fuerza oculta poderosísima, más que la de dos hombres juntos, que maniobrase entre la silla y el que estaba sentado. Y como es cierto que nadie visiblemente maniobró… Luego la conclusión es clara de que fue el mal espíritu, que no en otra cosa se ocupa sino en hacer todo el daño que puede.

Así lo confesó él luego, según manifestaron videntes, y lo confirmó la Aparición divina.

Aconsejamos a los dueños no compusieran las sillas, para que se viera la obra diabólica; pero uno de sus amos que no creía, y que desde aquel día comenzó a decir que “veía por su casa andaba el diablo”, la mandó componer, él sabrá por qué.

  • Redacción y gráficos inexplicables al modo humano. En éxtasis, la pequeña Benita durante los días 13-19 de Noviembre de 1933, se ha sentado y, tomando papel y pluma, ha escrito unas cuartillas poéticas, dialogadas entre Jesús y un alma, el cual verso es de lo más místico y castizo que saborearse pueda. Pero, si ello es notable “en el fondo”, esto es, en cuanto que la niña vidente nada sabe de versos, todavía lo es más “en el modo”, es a saber, que tales versos, de suyo largos, los ha redactado mientras los testigos rezaban una decena del rosario. ¿Y cómo puede ser esto? Porque materialmente es imposible. Benita lo explica así:

Mientras escribía yo un verso, dice, dictado por Jesús, en otro papel que tenía preparado, Jesús escribía el siguiente. “La letra. Ciertamente era, a veces, la misma que la de la vidente, pero otras veces era distinta”. Me llevaban de prisa la mano, escribiendo en igual forma de letra que cuando yo escribía fuera de visión”.  Terminada ésta, los testigos gerundenses, en cuya casa se hallaba la vidente, reunían ambas composiciones —que realmente son una— formando una sola pieza.

Aparición de la Virgen, luego, el diablo, y, de nuevo, la Virgen

Hemos dado a conocer en este mismo capítulo y en sus apartados c) y d) las modalidades extáticas, que han ofrecido la presencia de la Santísima Virgen y el diablo en una misma visión, simultaneados o no. En este último apartado queremos resaltar el hecho genérico de ambas presencias advirtiendo, como base de estos apartados, que, aunque ofrezcan ambas tan distanciadas presencias, no por eso el éxtasis deja de ser siempre sobrenatural o divino. El diablo asiste a dichos actos, no como causa, sino como efecto e instrumento limitado.

De ordinario, comienza el éxtasis con la presencia de Nuestra Señora, que baja del cielo y da al vidente o a sus acompañantes, mediante el vidente, instrucciones santas. A veces, hace escribir al estático en un papel algunas instrucciones secretas para determinado individuo. Aparece, luego, el diablo o diablos, siempre por la izquierda y como saliendo del fondo de la tierra. En ocasiones es la misma augusta Señora la que avisa antes que va a presentarse el enemigo; y, al presentarse, la Virgen no desaparece, sino que se oculta, para que el enemigo o enemigos cometan con el vidente determinados tormentos, siempre para la conversión o salvación de ciertas personas que, necesitando auxilios poderosísimos, Nuestra Señora los quiere proporcionar mediante dichos martirios.  El enemigo, habla, y sus frases son de ebrio, loco, impuro, rabioso o tonto, según; aunque su propósito manifiesto, independiente de la voluntad divina, es de maltratar y hasta aniquilar a los justos, si pudiera.

Terminado el permiso divino, el diablo abandona la presa; muchas veces anticipa este abandono a causa de los rezos y súplicas de los acompañantes; y se ve, entonces, al enemigo forcejear entre su víctima y los testigos que le increpan, le exorcizan o ruegan, pidiendo, a veces, a voces, como en otros tiempos a Nuestro Señor, que le dejen en posesión de su presa. Ésta es, ciertamente, abandonada, cuando reaparece la Virgen, que tranquiliza, consuela y extirpa todo linaje de magullamientos, retorsiones y dolores por el enemigo causados. Nuevas instrucciones, consejos, encargos y estímulos de Nuestra Señora ilustran y animan al vidente, o a los que le acompañan, con pruebas convincentes físicas y espirituales, que suele dar para la persuasión de los asistentes a estos actos, empleando en todo ello dos o más horas, según el beneplácito divino, y terminado el acto con la bendición, que da Nuestra Señora a los presentes, a quienes, en ocasiones, emplaza para nuevo éxtasis, en día y hora determinados.

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Los Hechos Ezquioga publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/los-hechos-de-ezquioga/

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