Las ciencias psicológicas, psiquiátricas y metapsíquicas, en relación con los éxtasis y raptos de Ezquioga.

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.

Capítulo VI

CAPÍTULO VI.  Las ciencias psicológicas, psiquiátricas y metapsíquicas, en relación con los éxtasis y raptos de Ezquioga. Psiquiatría y sus defectos: La mente. a) falsa imaginación; b) ilusión; c) alucinación; d) sugestión; e) autosugestión; f) obsesión; g) melancolía; h) manía; i) delirio; j) confusión mental; k) demencia; l) Idiotismo; m) cretinismo; y n) aprehensión: ¿son causa de las visiones o revelaciones de Ezquioga? Una observación a los defectos de la mente; ñ, o, p) ¿acaso estos fenómenos no podrían ser debidos al magnetismo, hipnotismo y sonambulismo? q) El caso de un famoso hipnotizador y acompañantes suyos; r) ¿Acaso el retraso mental (oligo-frénico), según se pretende achacar a algunos videntes, es óbice serio para la tenencia de la visión??; rr) El contraste entre la obra de Dios y la de la criatura, psíquicamente hablando; s) Reglas psíquicas;  t) un ejemplo entre muchos; u) La telepatía; v) El ocultismo; w) El espiritismo; x) ¿Qué son entonces realmente las visiones y revelaciones psiquiátricamente consideradas? y) Estudio psicológico de ciertos casos místicos entre cuyas leyes en función anda una gradación de visibles milagros; z)  Metapsiquismo; aa) Inconsciencia o subconsciencia; bb) Transmisión del pensamiento y cumberlandismo; cc) Fenómenos de difícil clasificación; dd) Los creyentes a medias. Conclusiones.

Las ciencias psicológicas, psiquiátricas y metapsíquicas
en relación con los éxtasis y raptos de Ezquioga.

La humanidad no se compone solamente de huesos, músculos, tejidos, nervios, sangre, linfa y quilo organizados. Como tratamos de humanidad viviente, necesita ésta un agente, un motor que la impulse y la dé movimiento. Tal es el alma o espíritu asociado a la materia.

He ahí por qué el fisiólogo como el patólogo no pueden, no deben estudiar la materia corporal sino es en sociedad con el agente espiritual. De no practicarlo así, derívanse tremendos disparates tanto en el diagnóstico como en el pronóstico de las enfermedades.

Entendemos que la división y subdivisión de la ciencia, que es una, como una es la Verdad, como uno es Dios, no debe referirse a la sustancialidad de la misma, sino a sus accidentes. La sustancialidad abarca la ciencia por entero, y dice “simplicidad”; pero, a fuerza de estudiarla en sus accidentes, digamos en sus detalles, han surgido las divisiones de las mismas; y estas divisiones han engendrado otras subdivisiones, que nosotros aceptamos en tanto en cuanto ayudan a la posición de los diversos problemas de la misma; no en cuanto distancian de la simplicidad de la ciencia una y entera y hasta engendran el confusionismo.

Por esto, la patología, que es ya división de la ciencia de la naturaleza y que debería estudiar y estudió, hasta hace muy poco, las enfermedades todas del organismo, se ve ahora, con los pujos de las especializaciones, subdividida en patología de la mente, y de aquí la ciencia psiquiátrica (que ahora comienza). A esto, los que nada quieren con la teología, y notan que más allá del alma hay problemas, han inventado una palabra seductora: “metapsíquica” para estudiar los dichos problemas.

Y nosotros, que, en estudios no nos duelen prendas, queremos salir al paso de toda esta ciencia, a veces seudociencia, para ver si lo que ella enseña está en su punto, y desvirtúa o no lo que la teología mística dicta respecto al éxtasis y raptos de Ezquioga; llamando también en nuestro auxilio a la psicología, que trata del alma, para que a su vez, prestando sus luces a la psiquiatría y metapsiquiatría, notemos los diversos extremos que les afectan con la diafanidad deseada.

Psiquiatría

Para L. Beriel, —Elements de Psychiatrie, par L. Beriel, medicin des Hospitaux de Lyón. París, Lib. J. B. Bailliere et fils, 1929. Objets de la Psychatrie.— la psiquiatría engloba prácticamente los defectos físicos y los mentales, y de estos dos grupos hace una ciencia particular.

Es una verdad evidente que el alma reside en todo el cuerpo y en cada una de sus partes. Mas también lo es que, en cuanto a sus percepciones intelectuales, de una manera particular se ejercita en el cerebro, órgano, que por lo mismo, y de un modo especial, está sujeto a más enfermedades que el resto del organismo.  Por consecuencia el cerebro puede resentirse como órgano corporal y como instrumento especial del alma. De ahí que le afecten enfermedades físicas o psicasténicas y enfermedades espirituales o mentales. Las primeras son enfermedades de fatiga, dinámicas, si así pueden llamarse y que sólo rozan las funciones elementarías. Un golpe dado en la cabeza, la falta de nutrición, la atonía del corazón, la anemia, resienten el cerebro. Éstas son enfermedades físicas o psicasténicas. Las segundas son enfermedades de desorganización, de desequilibrio, y que interesan a las funciones superiores. Éstas son las mentales o espirituales. El carácter esencial de las psicasténicas es la disminución de la resistencia nerviosa, mientras que el de las segundas es el desarrollo de las funciones anímicas. Ahora se ve cómo la psiquiatría, con todos sus pujos de ciencia particular, no es más que un derivado de la ciencia patológica.

Los médicos, apenas se hallen en presencia de algún caso de estos, lo primero que han de examinar es la posible perturbación física, a fin de ver la relación que pueda tener con la mental, ya que ésta podría proceder de aquélla; y cuando no hallen tal física perturbación, y sin embargo, persiste una perturbación de función superior, entonces es cuando se puede dejar en manos del psiquiatra, quien de otro lado, si no anda con suma cautela, podría padecer substancial engaño; ya que existen sujetos que, que sin estar perturbados mentalmente, fingen, para sus particulares fines, la perturbación.

La psiquiatría avanzada, (en esta ciencia como en política hay serios avances) en cuanto a nuestro viso toca, concluye absurdamente, que todas las formas, divisiones y audiciones, que rozan la metafísica y la mística, las tienen únicamente los llamados mitomanes y paranoïacos. Mitomanes, como si dijéramos: maniacos del mito, en el que envuelven toda idea sagrada, sea natural o sobrenatural, por más que los psiquiatras, en general, no admiten este orden; y paranoïacos: o afectados de locura caracterizada por delirios sistemáticos. Total: dos formas de la manía, que ya veremos en qué para con relación a los éxtasis de Ezquioga.

Tanto en la una como en la otra serie de enfermos de la mente se quiere incluir a todos nuestros probados videntes, sin pensar que todo esto de mitomanes y paranoïacos pueden darse, no cabe duda, como excepción, pero nunca como regla, ya que según esos psiquiatras, todo religioso santo es un mitomán, y todo ferviente y hasta todo enardecedor de muchedumbres es un paranoïaco; lo cual, como se ve, es un absurdo y una locura rematada.

Aparte de que, apretados los tornillos de la psiquiatría, la noción cristiana del libre albedrío humano padece, muere y queda deshonrada. Dios nos libre de caer en manos de psiquiatras avanzados, que pueden hacer del más ecuánime un loco de atar; y hablamos así, porque el ecuánime, cuanto más se esforzara en persuadir al psiquiatra avanzado de que está ecuánime, de que le asiste la razón, tantos más motivos hallará éste para apreciar que aquél es un loco furioso; y entonces, a quien debería recluirse es al errado psiquiatra. ¡A cuántos desvaríos conduce el empeñarse en no admitir los órdenes extramateriales y ultraespirituales, y el pretender ver en lo que no se alcanza, desvaríos y perturbaciones de la razón!

Gracias, que los alienistas de Santa Águeda, desde el primer momento en que les fueron internados algunos videntes, comprendieron que se trataba de un caso sectario político, suigéneris, el cual quedó confirmado con las observaciones practicadas en ellos, y que dieron por resultado que todos cuantos les fueron entregados para el reconocimiento, ninguno de ellos era manicomiable.

Más, dejando esta prueba científico-oficial, que es valiosa, escrutemos los desórdenes de la mente, a ver si encajan en los éxtasis y raptos de Ezquioga.

La mente y sus defectos

La mente es tanto como “inteligencia”, “pensamiento”, “sentido”, “espíritu”.  De éste nace y aquí refluye la mente. Pero como el espíritu, no solamente consta de inteligencia, sino de fantasía, de memoria y de voluntad, he ahí por qué en los estudios de la mente hay que tener en cuenta toda esta espiritual cuatrilogía, si no se quiere errar en materia tan importante.

En nuestro caso vamos a observar si los defectos de la mente son causa de las visiones y revelaciones de Ezquioga.

a) La falsa imaginación. Este hermoso matiz del alma que, asociado a la sensibilidad, y más aún a la nerviosidad, produce los fenómenos llamados de la rica fantasía, que tanto embellece y aureola al pensamiento, puede, en momentos álgidos, representarse cosas y objetos, aunque reales, exagerados, que dan lugar a la falsa imaginación. Lo mismo que puede haber imaginación falsa por defecto, que es la imaginación de los lerdos, la puede haber falsa por exceso en los de rica fantasía. Mas, los fenómenos de Ezquioga no cuadran aquí, porque en general, sus videntes auténticos no son de fantasía opípara.
b) La ilusión. Puede, sin embargo, la imaginación representarse cosa u objetos falsos, que reales parezcan, en lo que estriba la ilusión. Hasta aquí no hay nada de anormalidad, pero hay error de apreciación. ¿Reza esto con los fenómenos de Ezquioga? No; porque estos fenómenos son reales, demostrándolo, de ordinario, el éxtasis dentro del cual se forma. Decimos “de ordinario”, porque extraordinariamente hay apariciones fuera del éxtasis, que también se prueban por su índole, circunstancias y hechos tangibles.
c) La alucinación. Cuando la imaginación se desvía de su centro, le pasa lo que al embriagado, que hace eses por el camino do transita. Viene entonces la ofuscación y confusión de las cosas y los seres; y esto es la alucinación. En efecto, las perturbaciones de las sensaciones provocan sentimientos e ideas que son erróneas para las personas de sentido claro y sano, pero que toman como reales los individuos que tienen el espíritu perturbado. Todos los sentidos pueden sufrir estas alteraciones, especialmente el de la vista y el del oído, estado que se debe a la perturbación de los nervios craneanos y espinales, sobrevenida a causa de irritaciones en el abdomen, gases, alteración de la circulación, etc. ¿Pertenecen a este sector los fenómenos de Ezquioga? No; porque las visiones y revelaciones auténticas, son determinativas, concretas y lógicas.
d) La sugestión puede darse en sujetos de mental debilidad cuando otro más listo insinúa en el ánimo de aquéllos alguna idea. Este achaque se ha querido esparcir por doquier para hacer ver falsedad en los fenómenos de Ezquioga. Se dice que los videntes han sido sugestionados. Pero es decir mucho sin probar nada. Primeramente no se prueba que los videntes tengan debilidad mental, habiendo sido reconocido por los doctores en varios que fueron internados en el manicomio de Santa Águeda. Que haya alguno débil o flaco de mentalidad no prueba nada; porque de aplicar el achaque debía ser con relación a todos, y esto no se da, como queda dicho, en manera alguna. En segundo lugar, tampoco se prueba, aunque se señale, quién o quiénes sean los sugestionadores, porque, hasta el presente, no se ven por ningún lado, (y quisiéramos haberlos descubierto, porque hubiera sido un caso interesante) ninguno que haya intentado una maldad semejante. Pero los enemigos están en vela para calumniar a todo pasto.
e) La autosugestión. Cuando los que odian estas cosas no pueden con la sugestionabilidad, la emprenden con la autosugestionabilidad. Este defecto puede darse en temperamentos sanguíneo-nerviosos ardientes, que se proponen fijamente pensar en un objeto o sujeto o serie de cosas, y llega a considerarlas como si realmente las vieran, trataran y sintieran. Esto es autosugestión; pero para ello hay que contar con un temperamento, como el apuntado, y además, que se proponga el fin también indicado. Y en ninguno de los videntes de Ezquioga se dan ambos requisitos para que pueda llegarse a la conclusión de que se autosugestionan. Si los que oponen estos achaques se fijaran en que las apariciones vienen y se van de repente, sin atención al que las recibe, no dirían semejante disparate.
f) La obsesión, o idea tenaz, sigue o puede seguir a la autosugestión. Mas, a ésta podemos aplicar lo dicho en el apartado anterior; y aún añadir que, después de cerca de tres años de observación continua, no hemos dado todavía con ningún vidente que sea obseso. Ni nadie lo ha hallado tampoco. Se habla por querer que no haya nada en Ezquioga. Para hallar un obseso en Ezquioga es menester probar antes que es un anormal, que es tanto como declararle loco. Ya dejamos dicho que varios de ellos fueron internados en una casa de salud, porque se les quiso creer locos o anormales, y el resultado fue un desastre para los enemigos de las Apariciones.
g) La melancolía es la desarmonía de los nervios sensitivos, y por tanto, es miedosa, es cobarde y a veces terca, atormentando frecuentemente la inapetencia, las digestiones difíciles, el insomnio y los dolores de cabeza.
h) La manía, mucho menos frecuente que la melancolía, es una excitación física violenta y desordenada, que desarrolla excesivamente las facultades mentales.
i) El delirio es una perturbación de la inteligencia, que asocia y manifiesta ideas incompatibles y se presenta en casos de fiebre y flegmasías.
j) La confusión mental no es propiamente enfermedad; es un síndrome mental, el más frecuente. Sobrepasa a la psiquiatría, puesto que muchas veces, es síntoma de enfermedades infecciosas, de ciertos traumatismos, etc.
k) La demencia es un estado de total perturbación mental.
l) El idiotismo es la usencia congénita de la inteligencia, secuela de un cerebro no desarrollado.
m) El cretinismo es el idiotismo del espíritu, acompañado de la desfiguración del cuerpo (forma enana, bocio, cabeza de grandes proporciones, etc.)
Todavía falta por ver y porque nos señalen un vidente auténtico, actual o exvidente, que sea melancólico, maniático, delirante, demente, idiota y cretino. Precisamente están los videntes de verdad al alcance de todos para que les puedan apreciar tanto sus virtudes como sus defectos.
n) La aprehensión. Se dice con mucha insistencia que, para acabar con las apariciones, hay que hacer firmar a todos los videntes que su caso es “aprehensivo”. Y vamos a disertar sobre este extremo, el cual envuelve otro dentro de su seno.

Aprehensión es, según definen nuestros diccionarios, “concebir con poco fundamento”. Ya no se quiere que sea “alucinación”, “sugestión”, “locura”, “enfermedad”, “perversidad”, porque esto está mandado ya recoger. Ahora, se escoge esta palabrita para ver si hace al plan de echar por tierra las Apariciones.

La aprehensión es, filosóficamente, la toma de una cosa, sin que se vea bastante razón para tomarla. En el fondo es tomar una cosa por otra; es proferir un error por una verdad; es destruir lo que se afirma. A este propósito, estando en éxtasis cierta vidente el 6 de julio de 1933, y hablándola Nuestra Señora sobre las pretensiones de cierta autoridad, contestó aquella: (somos testigos del caso) “¿Quieres que les demos un palo en la cabeza, y que, al quejarse ellos les digamos que eso es aprehensión?” (¿?) Magnífico argumento ad hominem, que no tiene réplica alguna y que sólo se le ocurre a una cabeza inspirada. Porque, si pudiera decirse aprehensión a la afirmación de un hecho, que se sensibiliza por aparición al vidente, mucho más pudiera aplicarse al otro hecho, que se sensibiliza por percusión al que recibe el palo; y como decir esto sería estúpida majadería, igualmente lo es achacar a aprehensión lo que a los videntes en Ezquioga sucede.  Todo el que quiera que se firme semejante extremo, ¿firmaría el que si le diesen un palo en la cabeza el palo dijese no es palo, y sí aprehensión…?

Además; ¿qué es eso de pretender se firme tal cosa, cuando dicha pretensión envuelve la idea de presión y hasta de violencia para un doble mal fin?  Y esto, ¿no es, en verdad, sugerimiento? ¿No es pretender en los videntes eso mismo que se les achaca? Y ¿para un doble mal fin, que es, de un lado, afirmar lo contrario de lo que se siente; y de otro, que sirva esto de medio para acabar con una cosa santa? ¡A que extremos tan inauditos conduce la pasión!

Podríamos escribir un libro, tratando una a una, de todas las dichas enfermedades que, al intentar acoplarlas a los éxtasis de los videntes, darían ciertamente un resultado del todo negativo. Es la mayor ofensa que puede hacerse a los sencillos, ecuánimes, cuanto robustos auténticos videntes, que, por lo mismo que son iliteratos, en general, conservan también generalmente mejor el cerebro virgen.

Una sola observación, que por todas basta en este respecto. Las enfermedades de la mente, comenzando por la simple alucinación hasta la horrible locura, afectan a todo el organismo y constituyen por ello, un estado y nunca un accidente. Si la mente está enferma, es el individuo todo el que se resiente juntamente con la mente, puesto que a él deriva; mientras que el éxtasis es orgánicamente un accidente, tan simple, tan leve que es lo menos accidente que suceder pueda. Luego, este accidente, en nada absolutamente está relacionado con las enfermedades de la mente.

Al efecto, examínense uno a uno los legítimos videntes, y se verá como el examen arroja: Pulso normal, corazón rítmico, color sano, peso regular, apetito excelente, sueño envidiable, deseos apetecibles de comer, reír, jugar y funciones ordinarias de relación. Nada anormal, sino las visiones en los éxtasis, que no se explican, pero probado queda que, siendo éstos extranaturales, luego tales visiones, y dentro de ellas las revelaciones, deben ser lógicamente extranaturales.  Los videntes no piensan en los éxtasis ni menos están obsesionados por ellos.  Les vienen de repente, sin prevenirlos ni tener síntoma de los mismos.

ñ, o, p) Pero sigamos: ¿acaso estos fenómenos no podrían ser debidos al magnetismo, hipnotismo y sonambulismo? No hablemos de esto, en serio, porque puede que el tres por ciento de los videntes, no hayan oído hablar de semejante cosa, y los que lo saben, es sólo de oídas y no de sabidas. Por más que a todos estos se les debe aplicar que, si dichos fenómenos de magnetismo, hipnotismo y sonambulismo fueran tales, debieran serlo siempre dentro de los éxtasis, razón que destruye toda posibilidad de que lo sean.

Para los que tienen experiencias de semejantes fenómenos, o al menos, han oído hablar de ellos o los han estudiado, hemos de hacer observaciones básicas por las cuales se obtiene la consecuencia de que son muy ajenos, enteramente ajenos, a los éxtasis místicos.

La más básica es la siguiente: Que para la producción de los correspondientes fenómenos del magnetismo, hipnotismo y sonambulismo se requiere una causa material visible y ajena a ellos, que los produzca.

El magnetismo es el conjunto de fenómenos producidos por las corrientes eléctricas, aplicadas al sujeto. Estas corrientes son la causa material visible ajena al sujeto. Pero para la producción del éxtasis místico no se requiere semejante causa; se produce sin causa material visible y ajena a él. Luego los éxtasis místicos no pertenecen al magnetismo.

El hipnotismo es el conjunto de fenómenos del sistema nervioso, principalmente del sueño letárgico, provocados artificialmente. Aquí la provocación artificial, más o menos aparatosa y acertada, del sueño letárgico sería la causa material visible y ajena al sujeto de la producción de los fenómenos hipnóticos.  Pero, ¿quién provoca artificialmente el llamado “sueño” (vamos a ver cómo se duermen, dicen algunos profanos) de los videntes, cuando el éxtasis espiritual viene por sorpresa, sin que ninguna causa material humana propia o extraña lo cause?

q) El caso de un famoso hipnotizador y sus acompañantes. No hace mucho nos trajeron un famoso hipnotizador, de carácter reposado y mirada intencionada (quizá la tenga por la costumbre de hipnotizar) que, más que nada, negaba el orden sobrenatural, e iba acompañado de otros, algunos de los cuales compartían con él las teorías modernas sobre la física nueva (la de la relatividad) etc. Sin anunciárnoslo siquiera, nos vimos prontamente rodeados de los mentados señores, y a las pocas palabras, comprendimos de lo que se trataba. Se nos dijo que venían a oír la explicación de los fenómenos de Ezquioga; y la audición se convirtió, de primeras, en un ataque a fondo de aquellos fenómenos, tomando por base los hipnóticos que, según el hipnotizador, que había observado en la campa, “guardaban muchas analogías con los de Ezquioga”.

Cuando comprendimos que se nos había provocado a una discusión en toda línea, y que en el escaso tiempo de una hora pretendían les convenciera del todo, cuanto eran la doble prevención personificada contra todo lo místico: sin rehuir la formidable lucha (que por parte de los que atacan casi siempre, sin ceñirse a ninguna cuestión concreta, las quieren ir tomando todas), les dije; Señores; para no perder tiempo vamos a fijar principios. ¿Admiten ustedes el orden sobrenatural?… Definan ustedes, antes que nada, las cuestiones que quieran rozar, porque sin definiciones exactas y admitidas por ambas partes no haremos sino divagar y no llegaremos jamás a entendernos.

Al ir a definir, no había de qué. Bien sabíamos el paño que cortábamos.  Pero, señores; ya que ustedes no definen, definiré yo y admitirán o no ustedes. Y vuelta al hipnotismo.— ¿Qué es hipnotismo?… Clases, causas, fenómenos, efectos… Analogías del hipnotismo con los fenómenos de Ezquioga… Les demostré que las analogías que pueda haber son, parte reales y parte aparentes, pero ninguna igual. Sobre todo, y esto es lo básico, que para que se produzca el hipnotismo es condición precisa que haya un agente ajeno y visible al hipnotizando, el cual agente emplee medios materiales por los cuales se produzca el fenómeno hipnótico. Se requiere preparación, tiempo, inteligencia y voluntad entre el agente y el hipnotizando.

Ahora bien; en los extáticos nada de todo esto se requiere ni existe: Porque el agente que obra en ellos no es visible, y por tanto, no puede emplear (ni se emplean por otro lado) ningún medio material para provocar el éxtasis. Luego, las analogías que pueda haber entre los fenómenos hipnóticos y los extáticos, sin ser jamás iguales, lo son más bien aparentes.

Pero es que —añadió nuestro interlocutor— ese agente invisible, de que usted habla, es la autogestión de la que van poseídos los videntes.

—¿Cómo, cómo?
—Verá usted: Van acompañados de la fe religiosa y del deseo de obtener una visión, que de antemano se imaginan, y en efecto, la tienen.
—Hombre, que bonito es todo esto. Ahora verá usted cómo este doble castillo levantado por usted, viene a tierra. Los videntes, dice usted, van acompañados de la fe religiosa. Lo niego, en parte; y lo admito, en otra parte. Lo niego en parte, porque, precisamente han sido varios enemigos de la fe, hombres dados a todo desorden que, al venir a Ezquioga, sin preparación y contra toda preparación religiosa, vieron. Lo admito en parte, porque gracias a Dios, por aquí las gentes están instruidas, al menos en los rudimentos del Catecismo, mas nunca podrá ser esto causa de autosugestionarse. En el mismo caso están casi todos los que aquí vienen, y estaban 80.000 personas que aquí una tarde acudieron, y nadie se autosugestionó; sólo los llamados videntes vieron. Y en mejor caso están siempre todos los que frecuentan los templos, quienes, con la idea religiosa y ante los actos litúrgicos: el altar aparatoso, las velas encendidas, los cantos sagrados, los acordes del órgano, el patético o hervoroso sermón y la multitud de los fieles podrían determinar tantas autosugestiones como individuos asisten al templo, al menos los impresionables, señor, ¿y nada de todo esto ocurre?, ¿ni en parte alguna, ni nunca? Luego, es falso que el acompañamiento de la fe religiosa en los que ven provoque en éstos la autosugestión.

El segundo extremo, que usted me propone, es el siguiente: El deseo de obtener una visión es causa de la autosugestión. Pero, señor mío, si esto se verifica en los que no tienen tal deseo… Si a muchos de los videntes les sorprende la visión… Si los primeros que vieron fueron niños juguetones, apedreaperros, que ni pensaban en semejante cosa… Si los demás videntes, cuando por vez primera vieron, nunca en ello pensaron.

—Pero, ¿cómo es que sólo aquí tienen visiones? Esto es debido, no cabe duda, a la sugestión colectiva. Los primeros ven, y siguen otros y otros. Unos contagian a los demás.
—No solo aquí hay visiones. Las hay en otros puntos, como las hubo siempre. Ahora que aquí, por circunstancias extraordinarias, que entran de lleno en el campo religioso-moral, se repiten más que otras veces en que tales circunstancias no había.

No niego la posible sugestión ni el contagio colectivos. Pero aquí no los hay; porque, precisamente, como puedo demostrarlo, no hay autosugestión; ni hay tampoco enfermedad predeterminante en los videntes, de la cual puedan contagiarse. Juntamente con ellos deberían contagiarse los demás. Dirá usted que éstos no tienen predisposición al contagio. Pero, señor mío, si usted está hablando de cosas que hay que probar que existen. “Predisposición… al contagio”. ¿Dónde está el contagio? Dígame usted qué linaje de enfermedad es ésta, sus causas, sus efectos, sus ramificaciones, su diagnóstico, su pronóstico, etc., etc.

—Nada, nada, a otra cosa.
Aquí el famoso hipnotizador, interrumpido sendas veces por los acompañantes, al ver que no daba su brazo a torcer, cuando éstos se daban ya por satisfechos, insistía en que le enseñara “la diferencia, la línea de separación entre los fenómenos hipnóticos y los extáticos”.
—Todavía no me ha marcado usted, me decía, esta línea de separación entre unos fenómenos y otros para que yo pueda atribuir los extáticos a un orden extranatural.
—Ya fluctúas, me decía yo, tú que niegas todo orden sobrenatural y preternatural, presupones un orden extranatural.
—Atienda usted, señor. Las bases que se requieren para la producción de los fenómenos extáticos en perfecta oposición a las bases requeridas para la producción de los fenómenos hipnóticos, que anteriormente dejo mencionados, es la línea de separación, es la diferencia de unos fenómenos y otros, que usted buscaba. Pero hay más. El conocimiento de lo pasado, de lo actual y de lo futuro secreto, ¿es fenómeno de producción hipnótica? ¿No? Pues dicho fenómeno se produce en el auténtico éxtasis.
—Se explica por la telepatía.
—Más adelante diré lo que la ciencia admite por la hipotética telepatía. Aun admitiendo sus fenómenos, que no son leyes, y por tanto, la telepatía no es ciencia, que consiste en “adivinar lo que pasa a distancia”; semejante adivinación sólo roza los límites de lo actual, pocas veces lo pretérito y nunca lo verdadero futuro, que pende de la contingencia de las personas y los hechos.

Mejor que de la telepatía podría hablarse del presentimiento, el cual se realiza entre personas conocidas y hechos o sentimientos posibles en ellas; y cuando, en casos raros, hay adivinación de aquellos, lo son con cierta vaguedad.  Es lo que siempre se ha llamado “presentimiento”. Una madre, v. gr., tiene a un hijo en la guerra. Está naturalmente con cuidado y siente perder a cada momento al hijo de sus entrañas. Súbitamente da un golpetazo el corazón. ¿Una desgracia que ha experimentado el hijo? Está herido, dice, ¿habrá muerto? Pocos días luego la prensa publica que su hijo murió en la fecha y hora que la madre fue alcanzada por el golpetazo dicho.

Dejando, pues, todo presentimiento y toda telepatía, por no encajar con la revelación verdadera o profética, cuya realización ha sido ciertamente comprobada, seguimos afirmando que el conocimiento de lo pasado, de lo actual y del futuro secreto, no perteneciendo jamás a los fenómenos de producción hipnótica, se cuente entre los fenómenos de producción extática; no la natural, porque están fuera de ella; puede serlo, entonces, la preternatural, o la del dominio de los espíritus malos; pero hay una excepción singular: la revelación del pensamiento y del deseo, reservado sólo a Dios o a quien Él comunica,  los cuales entran únicamente en la esfera de lo sobrenatural. ¿Estamos?

Todavía mis interlocutores ofrecieron, como reducto, diversas cuestiones atañentes a Ezquioga que, separándose del punto que debíamos, fueron para mejor ocasión, reservadas.  —Capítulo VII. Informe del Dr. Martí  Rocafort.—

El sonambulismo es el estado de aquellos sujetos que padecen sueño anormal, durante el cual tienen aptitud para ejecutar algunas funciones de la vida de relación, sin que, al despertar, les quede recuerdo de ello. Aquí el sueño anormal es causa visible, aunque no ajena de los fenómenos del sonámbulo.  Pero el extático ni padece sueño anormal ni aun normal, que pudiera invocarse como causa inherente, y por tanto, de excepción, para la producción de sus propios fenómenos. Además, y como prueba de que estos fenómenos son de distinta esfera que los del sonambulismo, es que el extático espiritual, después de la visión, recuerda perfectamente bien y con todos sus minuciosos detalles, las visiones y revelaciones que tuvo.

Luego, los éxtasis y raptos místicos no son, en manera alguna, fenómenos de magnetismo, hipnotismo y sonambulismo.

Es muy fácil y socorrido achacar fenómenos, que no se explican por las leyes naturales, pero que están fuera o sobre ellas, a las tres causas mencionadas, cuando no se tiene o no se quiere tener fe, para salir airosamente del paso. Mas, ya se ve que semejante airosidad no parece por lado alguno, cuando se va derechamente a ella con el estudio profundo del asunto. A los enemigos de los fenómenos extáticos, y por ende, a los de las apariciones sobrenaturales que las provocan, no les queda reducto material alguno, para poderse guarecer y desde donde poder atacar y dar en el blanco. Como no digan: “¡No creo porque no me da la gana de creer… o porque, mirando mucho, no veo nada…!”

r) ¿Acaso el estado de retraso mental (oligofrénico), según se pretende achacar a algunas visiones, es óbice serio para la tenencia de la visión?

Retraso mental no es carencia parcial de las facultades mentales, ni aún de la plenitud de éstas, en el sentido riguroso de la palabra, sino inteligencia y concepción tardías de las ideas e imágenes.

El retraso mental podría ser, cuando más, inteligencia y concepción tardías, pero obstáculo, nunca; ya que los fenómenos psíquicos, que en tal estado se desarrollan, son absolutamente normales. Esto es muy corriente en el mundo intelectual, y no todos —los menos— son avispados.

El médico psiquiatra, que ha de entender en los fenómenos psico-místicos, ha de procurar averiguar, ante todo, si el pretendido enfermo es, en realidad, o no un doliente de la mente.  En el primer caso el enfermo es manicomiable (frase usada en la dirección de los hospitales de alienados) y en el segundo, no. Aún, en este segundo caso, el doliente puede ser susceptible de alguna desviación o retraso mental, y entonces nos hallamos en lo que antes hemos dicho; esto es, que semejante estado no es óbice para la perfecta visión, por cuanto sus facultades psíquicas funcionan normalmente. De lo contrario, como la inmensa mayoría de la humanidad vive aquejada de alguna flaqueza psíquica, por aquello de que “ni son todos los que están, ni están todos los que son”, se seguiría que casi nadie sería materia dispuesta para la perfecta vida de relación, y en consecuencia, para la recepción de la visión mística y el ofrecimiento de completas garantías.

En esto, los empeñados en que no se realicen visiones místicas, que son muchos más de los que nos podemos imaginar, alegan que los mentalmente defectuosos o semitontos, por serlo, no son capaces de visión; y los excesivamente listos, o listos, por serlo, conciben o inventan ellos mismos la visión. ¿En qué quedamos, pues? ¿Quiénes son los verdaderos capaces de las  visiones? ¿Aquellos a quienes la medida humana da plaza para ello? ¿Es que se quiere captar la voluntad divina para arreglarla a la medida de la voluntad humana? Piénsese seriamente que el Espíritu Santo obra como quiere, y con quien quiere; y no es el hombre quien, sea el que fuere, el que ha de dar reglas a Dios.

rr) El contraste entre la Obra de Dios y la de la criatura, psíquicamente hablando. Cuanto más contraste ofrezca la obra de Dios con la de la criatura, más se destacará el límite de ambas. A menor capacidad y sagacidad humana, mayor grandeza divina en el sujeto. Si la obra se realizara únicamente en los sabios, según el mundo, diríase que está vinculada a la sabiduría humana. Pero es cierto, y además de fe — Paul. Epist. 1ª, ad. Cor., Cap. I.— que la sabiduría del mundo, la sabiduría carnal es pura necedad y sucio estiércol ante Dios; y que N. Señor ha querido levantar siempre la estulticia humana hasta la gloria divina, para que no se diga nunca que el Hacedor supremo debe o vincula su gloria y su grandeza a los sabios, negándose a los humildes; sino que, mirando a éstos, a los pequeños, a los necios, según el mundo, los ha levantado del polvo hasta Él, para colmarles de mercedes inauditas.

Jesucristo ha canonizado este gran hecho, desconocido completamente del paganismo, cuando prorrumpió de esta solemne manera: “Te confieso, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los humildes” —Mat. 12. Documentación Serie B, Portada.—

s) Además, las reglas psíquicas dadas por los maestros para el examen y esclarecimiento de los defectuosos (no trastornados) en las facultades mentales, no son perfectas ni completas. Hemos asistido a exámenes de estos —que por lo general, son iguales, ya que se sujetan todos a un mismo cuestionario— y algunos de los extremos, que al médico psiquiatra parece óptimo y decisivo, a nosotros nos parece simple y errado. Después de un soberano fracaso obtenido en el examen de los videntes, a quienes en la última persecución se internó en un manicomio, el juez civil, para evitar la repetición del fracaso, interrogó psíquicamente en el juzgado a otros videntes. Aquí el juez se arrogó funciones de médico psiquiatra con idéntico resultado del que dieron en el laboratorio del manicomio de Santa Águeda. ¿Quién es el sabio, aún de buena fe, aún católico, que haya pronunciado en todo esto la última palabra?

El examen de los simplemente defectuosos en las facultades mentales, no pertenece a los médicos netos, —nunca a los jueces— sino a los psicofisiólogos.  El organismo humano vivo, no se compone únicamente de músculos, vísceras y sangre, que los calienta, sino del alma que alienta y sostiene vivo al organismo.  No es sólo el cerebro, que hay que estudiar, sino la psiquis en sus relaciones perfectas e imperfectas con el cerebro y demás órganos humanos. De no conocerse bien el funcionamiento psíquico o de las facultades anímicas, aisladamente consideradas y en sus mutuas y precisas relaciones con el cuerpo humano; de ignorarse las leyes naturales que presiden y obligan al alma en sus relaciones no sólo con el organismo humano, que le es propio, sino en cuanto a los que le rodean, y sobre todo, con la Causa primera, que es Dios, su Amor, se padecerá siempre equivocación; jamás se dará en el clavo y sí en la herradura, y se causará un enorme perjuicio al paciente y a la ciencia que alumbrar y no entenebrecer debiera.

Finalmente, ¿quién es el sabio que ha graduado la escala de la inteligencia, de la fantasía, de la memoria y de la voluntad, aunadas (no separadas) del sentimiento y movimiento humanos? ¿Quién ha medido la elevación, la profundidad, la penetración, la ligereza, las fases de cada potencia anímica, sobre todo, la inteligencia humana perfecta? ¿Quién, en el examen de esta inteligencia, ha sabido, ha querido y ha podido desprenderse de los apasionamientos por las ideas, por las personas y por las cosas, para pronunciar un fallo ecuánime, justo y recto?

De aquí los posibles errados diagnósticos que en estos casos se producen.  No pretendemos, como vulgarmente se dice, que se hile delgado, pero, sí que no se quiera moldear el estado psico-fisiológico del paciente a las páginas de un libro que, preñado de todos o parte de esos prejuicios, resuelve tan simplemente los casos.

Particularmente y entramos en nuestra fase, los casos de psiquismo fisiológico, aplicado a los fenómenos místicos, para tratar los cuales no son competentes únicamente los médicos de un manicomio, sino que deben asociarse al psicólogo y, sobre todo, al teólogo místico, que es que ha de alumbrarles en toda esta fatigosa carrera: lumbre, que si no se proyecta, queda todo el examen a oscuras. 

________________________
Los Hechos Ezquioga publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/los-hechos-de-ezquioga/

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Mensajes y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s