En los tiempos venideros también habrá en España y en todo el mundo muchos perseguidores de la Religión y de la Patria.

Del Opúsculo: “Escritos Póstumos de la Sierva de Dios Madre María Ràfols”
Documentos Hallados el Primer Viernes de Octubre de 1931 y el Día 29 de Enero de 1932.  (Con Aprobación Eclesiástica)

***

Hermanas mías, ya que me encuentro con más tiempo disponible en estos días que por la misericordia de Dios estoy en esta tranquila y solitaria morada y como mi Dulce Jesús me está amonestando sin cesar para que les escriba todas las gracias y mercedes que Él ha tenido a bien concederme por su infinita misericordia (pues me considero muy indigna de recibir tales favores), lo hago solamente por darle gusto a Él, y con el fin de que todas se aprovechen y me ayuden a darle gracias, por tantas delicadezas que ha tenido y tiene con este humilde Instituto, según me lo ha dado a entender mi Dueño y Señor. Por eso es menester que todas vivamos alrededor de Él, anidando siempre en su Divino Corazón, sin salir jamás de esa Escuela de Amor, reparando sin cesar con nuestra fidelidad y amor las muchas ingratitudes que recibe de sus hijos ingratos. La Escuela del Corazón de Jesús es la mejor muralla para preservarnos de todas las tempestades y toda clase de peligros con que nuestro común enemigo querrá perdernos. Sí, Hermanas mías, seamos muy agradecidas a este Sagrado Corazón que tanto nos ama, y yo espero que todas mis Hijas sabrán aprovecharse, y serán muy santas, si saben aprovecharse bien de las grandes gracias que Él tiene preparadas para todas y cada una en particular; así que sean muy fieles a ellas, siguiendo todas sus aspiraciones y buenos movimientos que sientan. Esto cuesta conseguirlo en un todo por parte de la naturaleza que le duele mucho su propia destrucción y constantemente se quiere rebelar no queriendo abrazar el sufrimiento; pero no se dejen engañar; sin sufrimientos y sin morir a todo, no se puede dar un paso en los caminos de la santidad. Pero, Hermanas mías, no hay que desanimarse aunque cueste; ni debemos turbarnos por las constantes rebeldías de nuestras pasiones que nos hacen caer muy a menudo; lo que hay que hacer es hacerse violencia y estar fuertes en el combate como lo estaban todos los santos, que mientras vivieron tuvieron las mismas miserias y flaquezas como nosotros; pero lo que es necesario que no nos dejemos llevar de la tibieza, que es la peste que más mortandades hace aun en personas consagradas a Dios; por el contrario, que siempre nos encuentre el enemigo con las armas en las manos, dispuestas a luchar hasta el último momento de nuestra vida, pues la corona no se da más que a los vencedores.

Ya comprenderán mis queridas Hermanas que miserias, tendrán mientras vivan; pero es necesario trabajar sin descanso, para no dormirse en ellas, sino que nuestro ahínco debe ser de trabajar sin descanso para ir siempre adelante en los caminos de la santidad; sobre todo trabajen por vaciar y desprender el corazón de todas las miras terrenas, y sean cada día más caritativas hacia los pobres enfermos que voluntariamente se han comprometido a cuidar; no miren más que a Dios en todo lo que hagan, y le sirvan con sencillez y humildad de corazón, procurando con todo empeño agradarle solamente a Él, haciéndolo todo por su gloria; sin cuidarse nunca de adquirir ninguna estimación ni en la Madre Presidente ni en las Hermanas, ni mucho menos entre los prójimos que tengan que tratar por razón de sus ministerios. ¡Ah, Hermanas mías, hagamos todas que nuestras acciones no deshonren la santa vocación a que hemos sido llamadas, la cual pide mucha correspondencia y perfección; y que vivamos como unos ángeles de caridad para que cuando las criaturas se fijen en nosotras, les encendamos con nuestro ejemplo, que es la mayor predicación, las virtudes, sobre todo las de la Fe, Esperanza y Caridad.

Nunca me cansaré de recomendarles que todo que trabajen lo hagan puramente por Dios Nuestro Señor y para su mayor gloria; y así reinará siempre el buen espíritu en nuestra amada Congregación, por la mucha fe, confianza y amor de muchas almas santas que siempre las habrá en esta Hermandad; si saben aprovecharse de los regalos de humillaciones, calumnias y toda clase de persecuciones con que Dios las regalará, para que se unan más estrechamente a Él, que nos quiere mucho y quiere que toda nuestra vida amemos las humillaciones despreciando los aplausos vanos de las criaturas.

No tengan miedo en entrar por estos caminos que les anuncio; son los más seguros para caminar con paso firme hacia la santidad; y aunque las quieran matar injustamente, no se disculpen; ni pierdan nunca la serenidad y siempre crean y esperen en el Corazón de Jesús y en la Virgen Santísima, que si hace falta las librará de la muerte y de todos los peligros de cuerpo y alma con verdaderos milagros. A mí me ha hecho muchos y muy grandes. Voy a consignarles algunos: Durante los dos horrorosos asedios sufrimos horriblemente, pero sobre todo un día que por mandato expreso del Corazón de Jesús fuimos con dos Hermanas más al Monte Torrero a suplicar al general sitiador provisiones y agua para toda la ciudad; porque a tal extremo había llegado la falta de agua que ni con dinero se podía conseguir un vaso para los enfermos más necesitados; en ese día tan memorable. El Corazón de Jesús me hizo, para que pudiese aliviar algo la sed abrazadora de mis queridos enfermos, un milagro muy grande. Me multiplicó una poca de agua bendita que yo guardaba en el oratorio, con la que pude saciar por una vez la sed a muchos miles de enfermos. Era muy triste lo que pasaba en Zaragoza, porque por falta de agua se levantó una peste tan horrorosa en esos días que daba horror ver los muertos que sin cesar sucumbían y las montonadas de cadáveres que por las calles había por no haber gentes que les pudieran enterrar; por cuyos motivos se hacía imposible la vida en Zaragoza bajo todos conceptos. Esta horrible peste fue la causa de que se rindieran los valientes zaragozanos, por la mortandad de toda clase de personas que hacía creer que en pocos días teníamos que sucumbir todos los habitantes de aquella ciudad tan heroica. En ese día que les digo tan glorioso, cuando pasamos al Monte Torrero, el Corazón de Jesús, en forma del misterio de la Eucaristía, me hizo otro milagro muy grande que sólo fue visto de mi humilde persona, aunque a decir verdad llamó mucho la atención a los habitantes de Zaragoza esta gloriosa salida; tanto por el buen resultado de nuestra entrevista con el general sitiador, como por volver ilesas y con vida en medio de tanta metralla como caía por donde nosotras teníamos que pasar una larga distancia de más de tres cuartos de hora.

Desde el instante que nos metimos entre las líneas francesas, empezó una gruesa lluvia de fuego entre sitiados y sitiadores, que estábamos rodeados por los cuatro costados de inminentes peligros de muerte; y tal era la confusión y oscuridad que formaban las nubes de humo, que no podíamos dar un paso; yo ante tales peligros no dejaba de confiar de que no nos faltaría la protección de Dios; y animaba sin cesar a las pobres Hermanas que tímidas ante tantos peligros de muerte, querían retroceder; confiada de que mi Dulce Jesús cumpliría su divina palabra, no hacía más que llamar a mis Hermanas para que me siguiesen y caminar con paso fuerte al encuentro del general. Al instante de mi resolución se abrió entre el fuego de los sitiadores un camino tan brillante y resplandeciente que hacía desaparecer de mi vista todos los soldados y peligros, y en los aires se me apareció la Sagrada Hostia, en hermosísimo trono, custodiado por multitud de ángeles que apartaban todos los proyectiles y me guiaban a semejanza de la estrella de los Magos, hasta el cuartel donde estaba el general francés. Yo ante tal prodigio y Sacramento de Amor, no me daba cuenta de que estuviese rodeada de tantos peligros, pero tres veces me arrodillé para adorar con suma reverencia a mi amado Jesús Sacramentado; así permanecía hasta que las Hermanas alarmadas de verme arrodillada ante tantos peligros de muerte me llamaban la atención y proseguíamos el camino sin que ningún proyectil nos tocase a nosotras; al llegar al general y vernos ilesas, nos preguntó lleno de asombro, que quién nos había llevado hasta allí. Yo le contesté (en catalán que era como mejor me entendía el general francés): Excelentísimo señor, la Divina Providencia, que vela siempre por nosotras, es la que guía nuestros pasos. Muy emocionado nos concedió cuanto le pedíamos con creces, y dándole las gracias nos volvimos a Zaragoza por la misma estela o camino luminoso que nuestro Dulcísimo Jesús milagrosamente volvió a formar, siendo nuestro norte y guía la Sagrada Eucaristía. ¡Cuánto debo a este Pan de los Ángeles y sustento de mi alma y cuerpo! Porque los días que me permitían comulgar me fortificaba tanto este Sacramento de Amor que no sentía necesidad de tomar ningún otro alimento. Por eso, Hermanas mías, les recomiendo que sean cada vez más amantes de este Sacramento de Amor, y cuando tengan la dicha de comulgar diariamente y de tenerlo expuesto siempre en la Casa Noviciado, le amen mucho por los que le aborrecen y estén toda su vida envueltas en la dulce presencia de Jesús Sacramentado. Es la mejor escuela para abrir las inteligencias del alma y encender el fuego del puro amor de Dios en nosotros. Con todo esto que les digo no crean que han de estar siempre arrodilladas ante este Sacramento de Amor; sino que mientras están ejercitando todas las obligaciones de este Instituto tan del agrado del Sagrado Corazón de Jesús, interiormente no le pierdan de vista y sin ser oídas de nadie pueden entretener el pensamiento con éstas o parecidas oraciones (a mí me ayudan mucho para no borrar de mi pensamiento nunca la figura de Jesús).

¡Oh, mi Jesús Sacramentado, Vos sois el centro y descanso de mi pobre corazón!
¡Vos sois, Jesús mío, el alivio de mis penas y las dulzuras y regalos de mi alma!
¡Oh, alma, quién pudiera pregonar la hermosura de mi Dios por todo el mundo, para que fuera amado de todas las criaturas!
¡Oh, Jesús de mi alma, qué bueno eres, que en vez de huir de mí, asqueroso gusanillo tenéis vuestras delicias en venir a morar dentro de mi indigno pecho!
¡Oh, Dios de amor, que todo el mundo os conozca y sepa lo misericordioso y cariñoso Padre que sois, para remediar todas nuestras necesidades; remediad las necesidades de mi pobre alma, y vestid de limosna con tela de vuestro ardiente amor, mi desnudo corazón para que se purifique con el fuego de vuestro amor, y no viva más que de vuestro pensamiento; y ya que el fuego de vuestro amor os ha traído por mis puertas y a la estrechura de mi pecho, haced que prenda en mi corazón y lo abrase, y estando de vuestro amor poseído, ya pueden las criaturas arrojarme en los mares de tribulaciones y en los diluvios de penas, que nadie me podrá quitar el que yo viva de vuestro amor divino y Vos viváis en mí!

Todos los días después de comulgar, desde la noche que mi Dulce Jesús me manifestó las grandes profanaciones que hicieron en las cercanías de este lugar al Santo Cristo Desamparado, hago o medito en las siguientes oraciones para desagraviarte: ¿Sabes, alma mía, quién es este Jesús Sacramentado que acaba de entrar en mi pecho? Es aquel Jesús que murió en el Monte Calvario; y otra vez se han vuelto a reproducir en el Cristo Desamparado tan al vivo los tormentos de su Pasión; porque voluntariamente se dejó robar y se entregó a padecer por nuestro amor todos los padecimientos de su amarga pasión… Por la noche lo robaron los ladrones, y con piedras dándole golpes sin cuento rompieron la cruz y el brazo, y tirándolo por tierra lo arrastraron por los suelos, y con rabia lo pusieron doce veces debajo de los pies, y allí en el suelo lo pisotearon sin clemencia, y lo llenaron de salivazos y entre blasfemias y rabiosa furia muchas maldiciones sobre Él caían, y con fiestas e irrisiones le clavaban hasta romperse las espinas; tales tormentos le hicieron, que su amor misericordioso se manifestó cubriéndose toda la cabeza y parte del cuerpo de la Sagrada Imagen de un copioso sudor de sangre, y ni por eso se convirtieron; y fue tanto lo que el Señor sintió estas profanaciones que empezó a llorar y como Padre misericordioso les habló con tal ternura por ver si se movían los ladrones a pedirle perdón; pero por entonces tenían el corazón más duro que las mismas piedras con que lo profanaron. Y esas mismas misericordias los enfurecían más. Medita bien despacio, alma mía, los ultrajes que hicieron al Santo Cristo Desamparado, y no podrás menos, cuando tengas a Jesús en tu pecho, de derramar copiosas lágrimas de pena y de amor; fíjate bien en esta imagen desamparada llena de vilipendios y oprobios. Mira, alma mía, la cara de la Imagen de tu Jesús, y verás lo que te quiere; mírasela bien despacio, y la verás denegrida por el humo de la hoguera, llena de sangre, de polvo y de asquerosas salivas; mírala sembrada de sangrientas lesiones; mírale el brazo roto y separado de su cuerpo; mírale cómo le tiran al suelo y lo maltratan con las duras piedras; míralo separado de la cruz y arrastrado por el suelo; oye bien los repetidos golpes con que lo han desclavado y lo forzado que ha sido al desprenderlo de la cruz. Míralo bien, alma mía, antes de que lo echen en el hoyo, y no verás otra cosa más que llagas y sangre, y la boca abierta, consolando al buen ladrón y pidiendo perdón a su Eterno Padre por los que le profanaban. ¡Oh, Jesús de mi alma, cuánto os cuesta nuestra salvación! ¡Perdón y misericordia, Jesús mío, por mí y por todos los pecadores del mundo! Dadme, Jesús de mi alma, dadme las luces de vuestro conocimiento y concededme las llamas de vuestro puro amor y tiempo para recibiros Sacramentado, y que muera, Jesús mío, con la asistencia visible de vuestra Madre Santísima, dando la última respiración de mi vida entre vuestros divinos brazos y esas amorosas y dulces llagas para eternamente amaros en vuestro Reino! Estas consideraciones hacían mucho bien a mi alma y me hacían amar la cruz de un modo extraordinario.

Otro día después de comulgar en la iglesia de Santa María, en que yo estaba lamentando todas estas profanaciones y deseaba saber el sitio donde estaba enterrado el Santo Cristo Desamparado, oí la voz del Corazón de Jesús que me dijo:

“No discurras ni pierdas el tiempo en eso; no es voluntad de mi Padre Eterno que ahora se encuentre mi Imagen; la encontrarán a su tiempo. Aquellos hijos míos me quisieron matar y enterraron por segunda vez, y mi Padre Celestial hará resucitar esta Imagen cuando haga falta para restaurar la fe que tan perdida estará en el mundo, por la ambición y el vicio.”

En este mismo día me dio a entender con toda claridad el Corazón de Jesús que cuando esta Imagen esté ya en poder de mis Hijas, Él inspirará a los Superiores Mayores, que la lleven a Roma en la misma disposición en que la encuentren, y se la muestren a su Representante en la tierra para que la examine y les aconseje lo que hayan de hacer. Presiento que se han de ver cosas muy grandes ante esta Imagen.

Estoy tan impresionada con las profanaciones que hicieron al Santo Cristo Desamparado, que no acierto a pensar ni a escribir otra cosa; sin embargo, mi Dulce Jesús, quiere que prosiga anotando algunos otros favores que me concedieron en mis grandes apuros. Otras de las muchas veces en que fui a suplicar al general sitiador provisiones para mis enfermos, nos libró la Santísima Virgen de una muerte segura; cuando ya estábamos en el campamento francés, se entabló tan formidable batalla que de no ser por milagro, humanamente pensando, teníamos que morir. Caían a nuestros pies los muertos y heridos a montones, y ante trance tan apurado, me postré de rodillas frente al Santo Templo de la Santísima Virgen del Pilar, suplicándole se apiadara de nosotras, y nos sacara de aquellos peligros tan grandes que por amor a los pobres nos habíamos metido. ¡Oh, misericordiosísima Madre nuestra!, le dije. ¡Ampáranos a todos, Madre mía; Tú eres el consuelo de los afligidos y el refugio de los pecadores; yo, aunque pobre y miserable por mis culpas, en nombre de todos pido perdón y clemencia para este pueblo tan querido de Vos, Madre mía! Al terminar de esta invocación, se me apareció la Santísima Virgen del Pilar en los aires, en medio de una nube muy resplandeciente, y de repente se aplacó el fuego y sin ninguna novedad pudimos llegar hasta donde estaba el general, y después de conseguir víveres, volvimos ilesas al Santo Hospital.

Otro día en que no se podía transitar por las calles sin grande riesgo de perder la vida por la mucha metralla que sin cesar caía, me fui desde el Hospital del Coso por las galerías subterráneas a llevarles socorros a los prisioneros enfermos del Castillo y de pronto me encontré con una gran patrullas de soldados franceses que estaban minando las calles y casas, haciendo grandes estragos en toda la ciudad, con esa nueva guerra que inventaron debajo de tierra. Yo iba acompañada de una pequeña linterna y al pasar por cerca de donde ellos estaban trabajando, se derrumbó gran parte de la techumbre de la mina, y por una providencia muy grande de Dios no me cogió debajo; sólo recibí un pequeño golpe en la mano derecha y se me rompió la linterna, quedándome completamente a ciegas. Desde ese día ya no se pudo transitar por esos caminos que hasta ese día tan seguros se podía ir, desde el Hospital a Santa Engracia y de allí a La Seo, al Pilar y al Castillo. Al quedarme a oscuras, pedí auxilio a Dios nuestro Señor, y en seguida me vi alejada de aquella soldadesca sin ser vista de ellos… y el Corazón de Jesús hizo también que un resplandor sobrenatural iluminara mi camino, y aún no fueron estos solos los peligros de muerte que pasé en ese día, sino que nada más pasar yo, se hundieron unas cuantas casas, inutilizando del todo ese camino que tantos recuerdos guardaba de los fervientes cristianos que llenaron de santas glorias a la Inmortal Zaragoza. Fue horroroso el estruendo que se oyó por debajo de la tierra al derrumbarse las casas.

Los sufrimientos y trabajos de todas clases que en esas guerras pasamos no hay lengua humana que lo sepa explicar; y mucho menos lo entenderán los que no hayan presenciado estas guerras tan formidables… En fin, Hermanas mías, me haría interminable si había de contarles tantos y tantos favores como el Corazón de Jesús y la Virgen Santísima me han hecho, siempre que yo no he buscado más que puramente la mayor gloria de Dios en todo el bien que he hecho a mis prójimos.

Ya ven, Hermanas mías, con cuánta claridad les cuento los grandes trabajos que hemos pasado; y seguiré anotando otros muchos que nos quedan por pasar, por ser ésta la voluntad del Corazón de Jesús que me insiste a pesar de mis grandes repugnancias en que les escriba todas estas cosas, porque me hace sentir que en los tiempos venideros también habrá en España y en todo el mundo muchos perseguidores de la Religión y de la Patria que querrán hacer desaparecer todo lo bueno de su vista; y para entonces me manda mi Dulce Jesús que les escriba estos ejemplos de su protección, para que no se desanime nadie por grandes que sean las guerras y persecuciones; teniendo a Dios, nada teman. Él confundirá a los enemigos de su Iglesia y muchos se convertirán de enemigos en apóstoles celosos, conquistándole muchas almas, como le sucedió a San Pablo.

Mucho menos deben desanimarse, mis queridas Hermanas; ya ven con toda claridad la misericordia tan grande que conmigo está haciendo en cada instante; por todo esto que les dejo escrito verán, que a diario estoy palpando la providencia de Dios en todas mis obras de caridad, de una manera extraordinaria; así que sin ningún respeto humano sigan siempre las inspiraciones de Dios, no olvidando nunca que Dios es justo Juez y pide correspondencia… Se aprovechan todas de estas enseñanzas y ninguna pierda el tiempo. Y las que no se encuentren con fuerzas suficientes para luchar sin descanso y abrazarse con ánimo valiente a esta penosa y constante vida de sacrificio, que no estén a la fuerza en la Hermandad, pues más harán pocas si son valientes para el bien, que muchas si son flojas y cobardes. Las tibias y cobardes que se marchen al mundo; para no cumplir bien, mejor es no estar, pues esas almas flojas no sirven más que para dar malos ejemplos y contagiar a otras…

Que ninguna que quiera santificarse se desanime con esto que le digo; tengan en cuenta que defectos mientras vivan los tendrán; pero han de procurar que sean involuntarios y trabajen sin descanso por disminuirlos cada día; con buena voluntad y humildad, todo se hace llevadero y fácil; y si con fe sobrenatural acuden a Dios, siempre serán atendidas. Tengan todas buen ánimo, y sigan con paso firme el camino comenzado; no se detengan contemplando si es bueno o malo, que lo sufran todo en obsequio y agradecimiento al Corazón de Jesús que tanto le debemos por las grandes pruebas de amor que nos ha dado; y a la hora de la muerte será, Hermanas mías, muy consolador el ver cómo Él mismo nos devolverá centuplicado todo lo que hayamos hecho por su amor.

***

Nota: Ya no pensaba escribir más en este cuaderno; hoy, primer viernes del mes de Mayo del 1815, estando oyendo la Santa Misa después de comulgar me ha dicho con toda claridad el Corazón de Jesús:

“Cuando se levanten en las cercanías de tu Casa los edificios ya anunciados, es mi voluntad que se establezca junto a la iglesia, separadamente, dos escuelas gratuitas: la de niños que se llame Escuela Gratuita de Jesús Obrero; y la de niñas Escuela Gratuita de Nuestra Señora de Monserrat.”

Y mientras mi Dulcísimo Jesús me comunicaba estos mandatos, me hacía sentir también, que al frente de la escuela de niños deben estar dos celosos sacerdotes y competentes para enseñar, y por lo menos uno de ellos que tenga la carrera de maestro; y en la de niñas lo mismo, dos Hermanas que estén bien dispuestas para enseñar, y una que tenga carrera, para que nadie les pueda hacer cargos.

Que estos niños y niñas pueden tenerlos hasta la edad de trece o catorce años. Yo creo que si los maestros que estén al frente de estas escuelas son celosos de la salvación de las almas, serán dos planteles fecundos de vocaciones religiosas; y a los niños que voluntariamente se sientan llamados al Estado sacerdotal, ya en esta escuela deben enseñarles los primeros años de latín y de allí pueden ingresar en el Seminario de Barcelona, y así nunca les faltarán buenas vocaciones. Y de la escuela de niñas, las que se sientan con inclinación natural de consagrarse a Dios bajo los misterios de caridad, después de los 14 años, pasarán por lo menos hasta los 16 a formarse espiritualmente a la Escolanía de Nuestra Señora del Pilar y de allí, al Noviciado de Zaragoza.

Todo a mayor gloria de Dios.

Hermana María Ràfols.

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Escritos de la Madre María Ràfols publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/madre-maria-rafols/

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