Hechos que las ciencias no se explican en los éxtasis y raptos místicos.

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.

Capítulo IV

CAPÍTULO IV.  Segundo Hecho. Milagro y profecías. Éxtasis y rapto. Clases de éxtasis y raptos místicos. Seis y siete marcados. Hechos que las ciencias no se explican y que determinan otros tantos milagros en los éxtasis y raptos místicos. Éxtasis y raptos: a) diabólicos; b) morbosos;  c) naturales (falsos). Importancia e interés de los éxtasis.

SEGUNDO HECHO.  Durante la mitad del rezo, o más hacia su final, algunos individuos de ambos sexos y de toda edad, temperamento y condición, independientemente unos de otros y manteniéndose de rodillas, en actitud reverente, rezando, son atraídos sin dejar el lugar que ocupan, hacia un punto elevado del espacio; y durante minutos más o menos largos, quedan en absoluta suspensión todos sus sentidos corporales, insensibles a todo, cayéndose o no al suelo, pero sin hacerse daño, o siendo arrebatados más arriba; y, a veces, hablan, profetizan y adoptan actitudes extrañas.

Vamos a desentrañar todos los extremos de este Segundo Hecho, caracterizado por el éxtasis y el rapto.

Más, antes de darlos a notar, precisa conocer el alcance del milagro y la profecía con los que el éxtasis y el rapto se fusionan y por los que se explican.

Milagro es: a) un hecho sensible, b) por el cual se suspenden las leyes ordinarias de la naturaleza, manifestándose contrario a ellas, y  c) que sólo puede ser obrado por Dios. Éste es el auténtico milagro; porque siendo solo Dios autor de la naturaleza, sólo Él es el que puede modificarla, suspendiendo sus leyes. Por esto:

Los milagros son de dos órdenes: del orden primero u orden sobrenatural, los verdaderos; y del orden segundo o del orden preternatural, los falsos. Aquéllos sólo pueden ser obrados por Dios o por los enviados en nombre suyo; y éstos pueden ser ejecutados por el diablo con permiso divino.

Se dice que “Dios no puede permitir que el demonio induzca a los hombres a error”; pero a esto debe añadirse “a error substancial” “y por mucho tiempo”. Y es relativamente fácil distinguir los milagros de Dios de los del demonio, si se les estudia en a) su naturaleza, b) sus medios y c) su fin.

  • En su naturaleza, v. gr.: la resurrección de un muerto o la curación de un ciego de nacimiento superan realmente el poder de todos los seres visibles e invisibles, excepto Dios. Cuando se obra es solo Dios quien lo obra. Pero el demonio puede mostrar a un muerto resucitado por vías de sensación y de aparición. Y aquí podría tener lugar la confusión entre la apreciación de ambos prodigios; mas es entonces cuando hay que dar paso al estudio reposado, y de él se obtendrá que el primer caso es sensible y duradero, mientras que el segundo caso, aunque puede ser sensible no es duradero.
  • En sus medios. Cuando el milagro es divino, basta la voluntad tácita o expresa de Dios, o del santo que actúa en su nombre para ser producido; mientras que es diabólico, cuando se emplea la superstición u otro instrumento nefando. A estos pueden sumarse los prodigios de la ciencia, los cuales se conocen, porque para estos se necesita un intermediario entre la causa y el efecto, y, además, se pueden repetir cuantas veces se quiera.
  • En sus fines. El milagro es de Dios cuando atiende a su gloria, en general, y a la propagación de su Evangelio, o del bien en particular; mientras que es del diablo cuando va contra semejantes fines y hay de por medio hilaridad, ridiculez o inmoralidad.

Profecía es la predicción cierta de un acontecimiento futuro, que pende de la libre voluntad de Dios y del hombre, cuyo conocimiento no puede deducirse de las causas naturales. La profecía en tanto prueba, en cuanto el acontecimiento anunciado se realiza.

La profecía es un milagro del orden intelectual, una palabra divina y posee la misma fuerza demostrativa que el milagro. Es un sello divino y una señal infalible de la revelación sobrenatural.

La profecía es realmente divina si está hecha en nombre de Dios antes del acontecimiento que predice, si se verifica según la predicción; si no es efecto de la casualidad; y si no podía ser prevista por causas naturales.

La predicción y realización son hechos sensibles, a los cuales se les puede aplicar las reglas de la ciencia histórica.

“Dios, dice el Concilio Vaticano, ha querido añadir a los socorros interiores del Espíritu Santo pruebas externas de su revelación, es decir, hechos divinos, particularmente los milagros y las profecías”  Entre estos hechos divinos están:

El éxtasis y el rapto.
(Cap.VIII.  Preliminares a la ciencia teológico-mística)

Y, al tratar del éxtasis y el rapto, nos referimos precisamente al éxtasis y rapto místicos o de la “vida sobrenatural”, que es la vida de los hijos de Dios en la tierra: vida que es sinónima de “vida espiritual” y de “vida interior”. —La verdadera mística tradicional, por el R.P. Mº Juan G. Arintero, O.P. (Edit. Fides.— Salamanca) Introducción—.  Porque, asimismo, hay éxtasis preternaturales o provocados por el diablo, y éxtasis naturales o determinados por el arte. Trataremos, pues, de todos ellos, a fin de saber diferenciarlos entre sí.

En efecto, éxtasis místico es una abstracción o “exceso de la mente”, una enajenación suave, una transportación no violenta del alma a Dios, con suspensión total o parcial de los sentidos, perdiendo en aquel caso la sensibilidad.

El éxtasis místico, enseña Ricardo de S. Víctor —De contemp. 1, 5, c. 5 usq. Ad. cap. 24— puede provenir de tres causas: de la grandeza de la admiración, de la grandeza de la devoción y de la grandeza del gozo y regocijo.

  • Proviene el éxtasis de la grandeza de la admiración, cuando el alma, altamente ilustrada por el pasmo vehemente que le produce la belleza y bondad de Dios y de su Madre, viene a apartarse de su estado natural y a ser arrebatada sobre sí misma para ser elevada a las cosas sublimes. Tales son de ordinario, llamémoslos imperfectos o de primer grado, los éxtasis de los videntes de Ezquioga. Porque hay algún vidente que reúne los éxtasis perfectos.
  • Proviene el éxtasis de la grandeza de la devoción y del amor, cuando la llama de éste, derritiendo el alma, a manera de cera, hace que abandone su antiguo estado en sí misma y, atenuada, pase al sumo Bien. Este segundo grado de éxtasis es el perfecto, y
  • Proviene el éxtasis de la grandeza del gozo y regocijo, cuando el alma, empapada en la dulzura del divino amor, por el exceso de gozo, no sabe lo que ella es ni lo que fue, y se transforma en el amor divino. Este tercer grado del éxtasis es la corona del anterior.

El rapto místico es el mismo éxtasis, pero súbito y violento, en que el cuerpo, a veces, queda total o parcialmente en el vacío, contra todas las leyes de la gravedad.  —Dionisio Carthus., Select. Mist., Part. 5, 8, nº 13.—

Clases de éxtasis y raptos místicos

Conviene distinguir según el Angélico, —S. Thomas, 2, 2, q. 125, art. 3. Ad. 1. Véase: Directorio místico por el P. Juan Bautista Scaramelli, Vol. I. cap. 19 y 20.— tres linajes de raptos: 1º cuando el alma es arrebatada de los sentidos externos, sin perder los sentidos internos, o sea la fantasía y el apetito sensitivo. Tal fue el rapto de San Pedro, cuando tuvo la visión del misterioso lienzo. —Act. Apost. 10 y sig.—. 2º Cuando es arrebatada de los sentidos externos e internos y es llevada a alguna representación puramente intelectual. Tal fue el rapto de David: Ego dixi in excessu mentis meae: Omnis homo mendax. —Ps. Credidi CXV, 2.—. 3º Cuando es arrebatada de estos mismos sentidos a la visión beatífica. Tal fue el rapto de San Pablo al tercer cielo. —II. Epist. D. Pauli ad Cor. XII, 2 y 3.—. El primer linaje de rapto, que es el menos perfecto, es el que, asociado al éxtasis o disociado de él, tienen de ordinario, los videntes de Ezquioga. Apliquemos estos principios:

Comienza el rezo del santo rosario con reverencia y devoción. Todos están de rodillas. Hacia la mitad del rosario o en su letanía llega el éxtasis. ¿Qué es el éxtasis?

Repentinamente, sin sentirse mal y sin ayuno previo, los escogidos, los videntes auténticos quedan casi siempre privados de los sentidos corporales, de la sensibilidad y, a veces, del equilibrio. Para ellos, en cuanto a organismos humanos, y para los demás, en cuanto a mundo, nada ven ni oyen ni huelen ni gustan ni tocan ni perciben. Aunque se les pinche, aunque se les refuerza la carne, aunque se les sujete a energías de un foco eléctrico potente o del fuego subsisten como muertos vivos, aunque paradoja parezca. Los fuertes porrazos, dándose con frecuencia con la cabeza contra el suelo o contra algún objeto duro, deben, según todas las leyes naturales, causar lesiones, magullamientos, dolores, y sin embargo, nada absolutamente les pasa más que el recuerdo. ¿Qué es esto?

Estamos aquí, en presencia de una realidad, que subsiste contra la ley patológica del dolor, de la postración, del mal estar por horas y hasta por días, que en todos los seres humanos, excepción hecha de los videntes, y a causa del éxtasis sucede. Hemos presenciado este fenómeno un sin número de veces; y volvemos a preguntar ¿Qué ocurre aquí? Por fuerza debe haber en el extático o cerca del extático algún agente poderosísimo que impida el malestar, el dolor y la postración en los que, de no actuar tal agente, sobrevendría.

Por el contrario; el cerebro funciona, y los sentidos, llamémoslos, si se quiere, espirituales, se corresponden con los corporales; y es entonces cuando el alma ve y oye y habla y toca y huele misterios inefables.

El calor y el pulso, sin embargo, son ordinariamente normales; el corazón ritma con una regularidad asombrosa, a no ser en algún extático sobradamente nervioso o asustadizo, que late algo acelerado, pero sin arritmia de ninguna clase; o también en algún tímido linfático, no anémico, que late algo retardado, pero sin arritmia desde luego: aunque se observa que esto en nada afecta al organismo, porque, pasado este trance, queda el corazón en normal estado.

Las potencias anímicas persisten en toda la realidad y firmeza de su funcionamiento orgánico, bien que como si estuvieran desligadas del cuerpo.

Tal estado dura minutos y a veces horas completas, al cabo de las cuales reviene el organismo a su prístino estado, sin que dolor, angustia, quebranto, pesadilla, tristeza, malestar ni nada absolutamente de lo que los accidentados, tras el accidente padecen, quede.

Finalizado el éxtasis, de ordinario, se recuerda todo, creyéndose que en él han transcurrido cortos minutos. El espíritu queda tan libre de toda pesadez, como el cuerpo.

El patólogo, el psicólogo, el psiquiatra y el teólogo místico observan en los estáticos, luego de exacta y pacientemente observados y contrastados, seis y siete grupos de fenómenos taxativos siguientes:

  1. Que, no obstante, la pérdida, llamémoslas con más exactitud, suspensión de los sentidos y la sensibilidad, el pulso, de ordinario, y el corazón contra todas las leyes generales y particulares de la naturaleza, que la patología estudia, siempre ritman bien, y en ellos no existe arritmia alguna.
  2. Que el estudio del ojo, en correspondencia con la suspensión de los sentidos y de la insensibilidad, está inerte, no ve. Y sin embargo, ven, de un lado la Aparición; y, de otro, se dirigen, a veces, al sujeto a quien ofrecen la cruz para su beso, o la flor que, entre veinte manos que se alargan para recibirla, después de unos segundos de espera, la entregan, a lo mejor, a quien no lo pretendía, ni lo esperaba; y de un tercer lado, perciben la luz intensísima, incomparablemente más potente que la del sol, que envuelve a la Aparición, resistiéndola sin que les hiera ni moleste en lo más mínimo. El globo del ojo, algunas veces, observado de frente y más aún de perfil, es de lo más notable que la naturaleza ofrece. Es como un globo de ojo iluminado, fosforescente en su interior, cuya radiante luz se comunica al través del mismo, fijo, como queda advertido, en el objeto de la visión; y, sin ver orgánicamente o exteriormente, según repetidas pruebas realizadas, sigue el proceso de la visión, alegrándose en los casos placenteros, aterrorizándose en los horríficos, llorando con suma pena en los dolorosos, y gozándose en los de suprema alegría. Los ojos extáticos marcan, ciertamente, con exactitud maravillosa, el curso de la visión, y para los que contemplan el acto son sus perfectos indicadores; lo cual, de momento, y, más aún, después del éxtasis, por la relación auténtica del extático, se prueba que el ojo, no habiendo visto materialmente nada, ha visto espiritualmente, pero a modo material, todo lo que se le ha permitido ver. El estudio del ojo estático es lo más sorprendente que en estos casos puede el patólogo observar. ¿Qué es todo esto sino la existencia y el funcionamiento de fenómenos oculares en contra de las leyes particulares de la visión?
  3. Que durante el éxtasis, también contra todas las leyes naturales estudiadas por la psicología y psiquiatría que, disociadas de las leyes del compuesto humano, andar no pueden, las potencias anímicas, la inteligencia, la memoria, la fantasía y la voluntad persisten en toda la realidad y firmeza de su funcionamiento orgánico, siempre con relación al bien y a la perfección. 
    El post-éxtasis (que es el que podemos estudiar a fondo y con todos sus nimios detalles) con el funcionamiento perfecto de las potencias anímicas,  descubre casi siempre que lo que el extático revela está en absoluta conformidad, sin discrepancia alguna, con lo que se le ha observado decir y practicar, a veces, mediante algún sentido orgánico, la vista, sobre todo; prueba palmaria de que hay exacta relación de la revelación contada con la revelación recibida; siendo esta observación otra demostración palmaria de que el éxtasis no pertenece a ningún fenómeno patológico, psicológico, ni psiquiátrico.
  4. Que los fenómenos del éxtasis no pertenecen al dominio del sueño en sus cuatro fases: somnolencia, sueño propiamente dicho, sonambulismo e hipnotismo; porque, así mismo, contra todas las leyes naturales, que rigen a estos estados orgánicos, y que son estudiados por la historia natural y la psiquiatría, el extático se da perfecta cuenta de todo cuanto hace y recibe del agente sobrenatural, cosa que ni en el sueño ni en la hipnosis sucede. En el sueño, que es imagen de la muerte, duerme todo, esto es, hállase como muerto: que por esto, por argumento “a simile”, los antiguos llamaban a la muerte “dormición”; mientras que, en el éxtasis se halla solo como muerto, por usar de esta frase, el organismo corporal, nunca el espiritual. Y en la hipnosis, sugestión o presión de una voluntad superior a otra inferior, la voluntad inferior obedece a la superior, pero el organismo corporal queda libre en sus funciones.
  5. Que, durante el éxtasis, es cuando, generalmente, contra las leyes de la naturaleza, se suceden las visiones y revelaciones. ¿Esto es posible? ¿Pueden comunicarse Dios, Jesucristo, la Virgen María, los ángeles y santos y aún los demonios con los hombres de este mundo? Aparte de que la respuesta afirmativa es del dominio de la teología; es, generalmente, en este momento del estado orgánico humano especial. Es decir, del estado natural sobrenaturalizado, cuando se trata de visiones auténticas, preternaturalizado, cuando se trata de falsas o demoníacas, cuando los seres de otro mundo se comunican con los hombres. Decimos generalmente, porque pueden comunicarse de otras muchas maneras.
  6. En el rapto, en que el cuerpo es arrebatado a distancia perpendicular, horizontal u oblicuamente, durante el cual se mantiene o no suspendido en el aire, se suceden actos contra todas las leyes de la gravedad conocidas. Es el rapto, tanto como el éxtasis auténtico, un fenómeno sólo del orden sobrenatural, en el que, a veces, por excepción y permisión divina, puede intervenir el mal espíritu.
  7. Finalmente; terminado el éxtasis, reviene la naturaleza humana (es nuestro modo de hablar) a su prístino estado, sin dolor ni fatiga, sin pesadez ni cansancio, sin descoloración de la epidermis, ni que nada la obligue a extrañarse, en cuanto a su estabilidad orgánica pretérita ni presente; lo cual sucede, asimismo, contra todas las leyes de la naturaleza, fenómenos que sólo puede proporcionarlo el cielo. —Todos estos fenómenos, por separados, los iremos estudiando en las páginas siguientes—.

Tenemos aquí, por consiguiente, seis o siete grupos de fenómenos o leyes        desconocidas, subsistentes en todo verdadero extático, contra las leyes naturales que, en su lugar, debieran presidir estos fenómenos o leyes desconocidas.

¿Qué es todo esto? Invitamos aquí a los patólogos, psicólogos, psiquiatras y teólogos para que, ante unas leyes desconocidas, como las esbozadas, practiquen estudios pacientes y profundos, para poder llegar, con pies de plomo, a las conclusiones seguras que les son inherentes 

Pensemos seriamente que cuando la explicación satisfactoria de fenómenos desconocidos escapa a la ciencia de la propia profesión, hay que buscarla en otro ramo de la ciencia ajena que nos lo pueda explicar. Sostener lo contrario sería temerario y absurdo. Ahora bien; si en la ciencia de la naturaleza no se explican aquellos fenómenos o leyes desconocidas esbozados, es obvio que hay que escrutarlos fuera del orden natural; porque, de lo contrario, cerraríamos nuestros ojos a la evidencia y nos sumergiríamos en un mar de tinieblas espesísimas. 

Negar el orden preternatural sería una locura científica, cuando ciertos fenómenos suyos, existentes y coexistentes con muchas de las funciones de la vida, son un hecho. La metafísica no es una ciencia empírica. Pero es que, además, aún sobre este orden, hay otro excelso, que los abraza a ambos y con los que en perfecta armonía vive. Es el orden sobrenatural, que se patentiza por el supremo anhelo del hombre, y particularmente, del alma humana al goce indefinido de lo mejor, de la perfección, de lo infinito. Anhelo, que coexistiendo en todos los hombres de todas las razas, de todos los sexos, de todas las épocas y de todas las culturas, prueba que es un hecho de orden sobrenatural; y, siendo hecho, hay que buscar en él la razón de los verdaderos fenómenos extáticos, cuando en los demás órdenes no se hallan, so pena de negar la razón de la existencia de una parte y la más alta de los hechos humanos. ¿Qué esto es costoso? Pues véase la ciencia que de ello trata, y sométase a juicio a las reglas que esa ciencia, llamada teológico-mística, enseña.

Pero, todavía es pronto para entregarnos a esa ciencia altísima. Veamos, antes, algunos delgados hilos, que hemos dejado sin anudar.

Éxtasis y raptos: a) diabólicos; b) morbosos o patológicos; y c) naturales o  hipnóticos, llamados en verdad: Falsos éxtasis y falsos raptos

La verdad hay que considerarla toda por entero. A nosotros no nos asustan las observaciones y experimentos de la ciencia, porque podemos enfrentarnos con ella para darle cuentas o llamadas a las mismas.

Es cierto que, según la ciencia patológica, hay éxtasis y raptos histéricos y naturales, que son enteramente diferentes de los éxtasis místicos o cristianos, y aún de los diabólicos, llamados todos ellos “falsos”, por cuanto aparentan reflejar los fenómenos de los éxtasis y raptos místicos, que son los auténticos.

  • Por lo que respecta a los éxtasis y raptos diabólicos, hay que convenir en que toman de los fenómenos observados en los éxtasis y raptos auténticos más que de los patológicos y naturales. Al cabo, los éxtasis y raptos patológicos son enfermedades histéricas, y los naturales son casi enfermedades provocadas por el hipnotismo; mientras que no lo son los éxtasis y raptos diabólicos, que como toda obra demoníaca, son una falaz imitación de toda obra buena, del éxtasis y rapto auténtico, para que, a su vista, el inexperto los confunda, y venga de ahí, el engaño y sus lamentables consecuencias.
    Al modo que hay oro y oropel, pero que, sin las pruebas correspondientes, cada uno de estos parece oro de iguales quilates; del mismo modo los éxtasis y raptos diabólicos, a simple vista, y sin sujetarlos a las pruebas, parecen éxtasis y raptos auténticos. Todo en verdad, es aparente en el éxtasis y rapto demoníaco: la rigidez, el desplomamiento, la insensibilidad; y, dentro de éstos, aunque paradoja parezca, determinados movimientos de las manos y los ojos, en cuanto al cuerpo; y el funcionamiento del cerebro y de la imaginación, relativo a las visiones y revelaciones, en cuanto al alma. Y esta apariencia, por lo mismo que lo es, es falaz, único fin que el padre de la mentira, se propone.
    Pero, del mismo modo que para conocer el oro y el oropel, los sujetamos al fuego del crisol, el cual nos dirá si son o no puros; dándonos pureza lo que es oro, y escorias, mezclada con oro leve, lo que es oropel; del propio modo, para conocer los éxtasis y raptos, han de ser sujetados a las pruebas experimentales (Cap. 5), resistiéndolas plena y ordinariamente los éxtasis y raptos místicos, y no resistiéndolas los diabólicos ni aún los patológicos y demás que se pretenda.
    Hay que andarse con mucho tiento en la apreciación de los éxtasis y raptos.  Los hay más diabólicos de lo que parece; y, si a estos se suman los patológicos y otros parecidos, como los llamados naturales o hipnóticos, son muchos más de lo que a simple vista se reconocen. Para evitar equivocaciones precisa contar, ante todo, con videntes auténticos, y sobre todo, con un experto director que sepa discernir, y a quien oigan y se sometan los que no son directores ni conocen tales secretos caminos. 
  • Éxtasis morboso, patológico o histérico es, según Hallopeau, un estado cerebral en el que los enfermos son de tal manera absorbidos por la contemplación del objeto imaginario, que pierden momentáneamente la sensibilidad. El éxtasis morboso es la forma o modificación (Richet) del tercer período del gran ataque histérico (ataque de éxtasis, período de aptitudes apasionadas o de posturas plásticas de Charcot) al que algunos repugnan que se haya dado este nombre, que de siempre ha tenido una acepción completamente dentro de lo normal. Pero había interés, por lo visto en llevar el éxtasis, el verdadero éxtasis, que es un estado completamente fisiológico, al campo de lo patológico”. –Así hablan los católicos L. de Corral, catedrático decano honorario de medicina en la Universidad de Valladolid, y J. Mª de Corral, catedrático excedente de Fisiología y auxiliar de Patología médica de la Universidad de Madrid, en Elementos de Patología General, obra laureada con el Premio Rubio.— 2 vol., 5ª edición, Valladolid. Tipog. De Andrés Martín Sánchez, 1930— tomo II, pág. 753-4; no como hablan autores materialistas de patología, que no ven en todos los efectos anormales del organismo más que desórdenes y morbosidades del mismo. Aun, en general, los autores católicos de patología se dejan llevar de esta corriente científica, sin parar mientes en que hay en el organismo humano, fenómenos perfectamente fisiológicos, tal como los mencionados éxtasis místicos, de los que trata la teología. Al menos se los estudiara como puntos de observación, para confrontarlos con otros fisiológicos, psicasténicos y psiquiátricos, y poder distinguirlos de éstos, a fin de que no ocurra lo que ciertamente ocurre, de ordinario, con los profesores de medicina, es a saber: que, acostumbrados a no leer en los autores de patología y psiquiatría, más que desordenes, trastornos y enfermedades del organismo, no paran su atención en fenómenos, como los dichos, perfectamente fisiológicos, resultantes de otro orden de cosas altísimas, y, en consecuencia, no les dan el debido lugar y valor que merecen; por el contrario, se les desprecia o silencia—. Si la medicina estudia sus hechos en relación con las leyes, y a esto se le denomina: “medicina legal”; ¿por qué, a su vez, no los estudia en relación con los fenómenos extranaturales, lo que es conocido por “teología mística”? Así es como la patología sería una ciencia completísima y útil del todo. No como se nos sirve distanciada de la teología y hasta frente a ella, en que la falta de estudios y, por éstos, la incredulidad son su corona. “Piénsese que el cerebro puede estar perturbado y el alma, no. El alma sana puede estar en cuerpo enfermo y hasta puede vivir sin el cuerpo. Actuaría el alma como un excelente músico tocando un instrumento defectuoso” L. y J. Mª. De Corral. Idem.—
    En el éxtasis morboso el enfermo estaría inmóvil, revelando en su actitud y en la expresión de su fisionomía algo del estado mental que inhibe las demás potencias. La sensibilidad de la piel y mucosas, la visual, y, muchas veces, la auditiva estarían abolidas.
  • Éxtasis natural o histérico es el estado provocado por el hipnotismo, en su doble escuela: la de Nancy, cuyo jefe ha sido Buerheim; y la de Salpetriere, de París, cuyo jefe fue Charcot, y puede ser confundido con el éxtasis morboso. Mas, téngase en cuenta que estas escuelas, si, en parte, ofrecen verdades, en su mayor parte ofrecen exageraciones, que hay que despreciar.

Richer y Bourneville han consignado las particularidades relativas a dos famosas histéricas de su hospital. De una de ellas dice el segundo: Antes del seudo éxtasis, melancolía, abatimiento, el rostro macilento, absorta en tristes pensamientos, alternando con intervalos de loca alegría, cantos desenfrenados, extravagancias de todo linaje. Sostiene con todos pendencias y resulta para todos intratable. Vienen luego, convulsiones, vómitos, contorsiones, temblores, movimiento de los ojos hasta ponerlos en blanco, baba, etc., de manera que cualquiera creería ver en ella una endemoniada. —No todos los médicos actuales admiten la acción diabólica en la humanidad, pero habrán de rendirse a la evidencia.—  Empieza el falso éxtasis con una timidez extraordinaria. La seudo estática se imagina ver enemigos por todas partes, fuego, llamas; y con toda la fuerza de sus pulmones empieza a gritar, pidiendo auxilio. A poco, recobra la calma no virtuosa, porque, antes de salir del falso éxtasis tiene necesidad de desahogarse, profiriendo palabras obscenas y escandalosas, en tal grado que Bourneville no tuvo valor para registrarlas textualmente. Se sienta la seudo-extática en el lecho con la vista elevada al cielo, juntas las manos, como si estuviera en oración. Pero ¡que oración! Los vergonzosos desvaríos, las contracciones del rostro y la expresión de lúbrica procacidad menudean.

Toda la persona, el rostro, el tronco, los miembros, se ponen rígidos; los párpados semiabiertos; los músculos de las mejillas están contraídos; las mandíbulas, distan una de otra un centímetro, no pueden acercarse ni separarse; los brazos extendidos en forma de cruz, las piernas apretadas y extendidas, las puntas de los pies plegadas. En una palabra, la rigidez del cuerpo es tal que podría levantarse sin hacerle doblegar, cual si fuese de hierro. Al cabo de dos horas la seudo extática abre los ojos, recobra el sentido y exclama: “¡Dios mío, qué bien me hallaba!”. Los miembros, antes pálidos y fríos, durante el ataque, recobran su primer estado; los brazos se repliegan, y luego se extienden como si quisiera desperezarse. A poco le sobreviene un sollozo siempre creciente; inclina la cabeza, la levanta, como si saliese de un sueño; se sienta y se lamenta de esta manera: “¿En dónde estoy? ¡Era tan hermoso aquello!” ¿Qué habrá visto? El cielo, pedacitos de boracina, sanjuanitos, corderitos trasquilados, diamantes, dibujos, estrellas de colores, el Señor de oro y la Virgen de plata. Hasta aquí en extracto, Bourneville.  —Estudios patológicos—.

Importancia e interés de los éxtasis.

Únicamente los espíritus ignorantes y adocenados han de mirar con indiferencia la infinita gama de fenómenos que, sobre todo, en los éxtasis místicos o auténticos acaecen. Y decimos infinita, porque nosotros, que tanto los hemos observado en diferentes personas, todavía no hemos podido contarlos. Toman patente del carácter divino que los causa, y son realmente su sello particular.

Toda una vida absorberíamos en el estudio de los éxtasis, los cuales se presentan con tan rica “variedad una” que es para producir el pasmo y alabar a su divino Autor (hablamos de los éxtasis auténticos). Y ¡qué lecciones tan insospechadas, tan útiles, tan interesantes no se reciben con la asistencia devota a los éxtasis místicos!  Se aprende a comunicar con la otra vida; a conocer mejor a Dios, a la Santísima Virgen, a los ángeles buenos y malos y a los santos; a deleitarse en  las cosas sobrenaturales; a despreciar la tierra y buscar con ahínco el cielo. El concepto de la vida se toma de diferente modo a como usualmente se toma; se siente vivir más de lo de arriba que de lo de abajo, y se aspira a la suprema unión con nuestro Creador. Pero hay que estudiar los éxtasis no por espíritu de mera curiosidad, sino con el afán de conocerlos para saber lo que se lleva entre manos, bendecir al Omnipotente y aprovecharse de sus lecciones en la vida práctica.  —Véanse las tres disertaciones del P. Germán de S. Estanislao, Pasionista, como Apéndice a la Biografía de la bienaventurada Gema Galgani, virgen de Luca, (Barcelona, Herederos de J. Gili, editores, 1915); disertaciones tan sabias como oportunas, en defensa que hace de los éxtasis de su santa biografiada.—

________________________

Los Hechos Ezquioga publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/los-hechos-de-ezquioga/

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Mensajes y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s