Los Hechos de Ezquioga: “Pruebas materiales, periciales y morales”

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.

Para que no se haga un poco monótona la lectura de este voluminoso libro, vamos a ir intercalando entre los Capítulos la Documentación final sobre las pruebas a los videntes, testigos y Mensajes de la Virgen.


NUESTRAS PRUEBAS
Documentación Serie A, B y C

“Te confieso Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes del siglo y las revelaste a los humildes. Así, Padre, porque así te fue grato”. (Mat. 11-25)

Dios ha escogido a los necios, según el mundo, para confundir a los sabios; a los flacos del mundo para confundir a los fuertes; y a las cosas viles y despreciables del mundo, y a aquellos que eran nada para destruir las que son, al parecer, más grandes, a fin de que ningún mortal se jacte ante su acatamiento.  (1ª Cor. 1, 27-28-29).

Observaciones

Nos remitimos a todo el texto del Libro, con relación a las humildes personas de los videntes, y particularmente, a los capítulos VI y XVI, en los que de ellas ex profeso tratamos, para que a las mismas sean aplicadas rigorosamente los dos sagrados textos anteriores, en los que Nuestro Señor Jesucristo alaba a su eterno Padre por haber escogido para todas sus grandes Obras a los pequeñuelos y despreciables según el mundo, por las razones que luego aduce el Apóstol; pero, nótese bien, y esto es para todos, no videntes y videntes, a fin de que ningún mortal se jacte ante el acatamiento divino.

 Aquí suelen originarse algunos interrogantes:

  1. ¿Cuáles son las cosas que el eterno Padre escondió a los sabios prudentes y reveló a los humildes? Y se contesta: Pues, precisamente, aquellas que el Salvador trata en el mismo capítulo, las cuales contrastan enormemente con la manera de pensar y sentir y obrar del mundo. V. gr.: “Vino Juan mortificado, y dicen que está endemoniado. a venido el Hijo del Hombre comiendo y bebiendo, y dicen que es un glotón y bebedor, amigo de publicanos y gentes de mala vida”.
  2. ¿Por qué el juicio del mundo sobre las cosas y personas sagradas es desatinado y errado? Pues, precisamente, porque este juicio está en razón directa de su enemistad con Dios. Sabemos que el mundo es enemigo de Dios, y por esto, aliado del diablo. Forzosamente su manera de pensar, sentir y obrar ha de estar en oposición reñida con la manera de pensar, sentir y obrar de Dios. Y como entre los componentes del mundo figura todo linaje de hombres y mujeres de todas clases sociales, incluso sacerdotes y religiosos de todas categorías, que aun predicando que el mundo es uno de los tres enemigos del alma, sea por amistad, bienestar u otras inconfesables pasiones, van asociados a él, producen una mezcla de modos de pensar, sentir y obrar mundanos y divinos que, como en todas las mezclas, el elemento inferior, bajo y ruin, desnaturaliza al superior, alto y bueno y convierte la mezcla en mala, repulsiva y nefanda. Tales son las cosas del mundo, particularmente aquellas que, partiendo del elemento religioso mundano, echan a perder las del elemento religioso divino.

El mundo tiene por locura la cruz, y se esfuerza por negar todo lo sobrenatural en lo humano. Que le dejen a él vivir del mundo y para el mundo.  Los que le siguen, aunque religiosos, se quiebran la cabeza cuando ven claramente la sublimidad de la cruz y las cosas sobrenaturales en la tierra. Las ven, según la fe, pero las niegan, según el mundo.

3. Ahora se comprenderá por qué los primeros tratan de locos, farsantes, negociantes, etc., a los videntes y simpatizantes; y los segundos pastelean en esto, que no es lo que no debe ser, y al fin se van con el mundo, que les tira de cabeza abajo.
4. Ahora se comprenderá también por qué Jesucristo, Señor Nuestro ha ocultado y negado las sublimidades divinas a los sabios y prudentes y las ha revelado a los humildes según el mundo. La finalidad de Dios en esto la trae San Pablo, cuando afirma que el Señor ha escogido a los necios y flacos, según el mundo, para confundir a los sabios y fuertes; y a las cosas viles y despreciables y que son nada, según el mundo, para destruir las que, al parecer, son más grandes. Confundir y destruir: Confundir la soberbia y prudencia de la carne, y destruir el poder y la astucia mundana. La historia lo reconoce así, y quieran que no, los hombres han de tascar el freno divino de siempre.

Dentro de poco, cuando suene la hora, que será cuando Dios haya purificado los hombres y las cosas que llenan su plan; entonces, a los resplandores de la luz eterna, se verá que no fueron locos, farsantes y negociantes que trataron y defendieron las Santas Apariciones de Ezquioga, sino que se les dará completa razón; quedando, in puris, al descubierto, las marañas de los que con tenacidad, digna de mejor causa, les opusieron.

5. Y últimamente se advertirá la razón por la cual la Santísima Virgen no aparece, de ordinario, a los prelados y las personas de valer, que afianzarían las Apariciones… Porque, ciertamente, quiere que los prelados y las personas de valer la vean a Ella, de ordinario, en el profundo y constante estudio que de sus Apariciones a los débiles e ignorantes hagan; y no se pronuncien a favor ni en contra, mientras no hayan empleado todos, absolutamente todos los recursos de la ciencia, la virtud y la oración incesantes en sus manos ponen.

Esto es tan  lógico que lo contrario nos sabría a falta de compensación divina, si esto, por imposible ocurrir pudiera. Porque, si el cielo tratare con la propia medida al sabio que al ignorante, al poderoso que al desvalido, a la autoridad que al subordinado, al prelado que al simple fiel, entonces, ¿dónde estaría la ley de la compensación, en virtud de la cual Dios da a unos lo que regatea a otros, para que así brille su justicia? Dios concede robusta salud a un pobre, y en cambio, a lo mejor se la niega a un rico. Da fuerzas materiales a un ignorante, y en cambio, las da intelectuales a un sabio. Otorga excelente voz a un gañan, y en cambio, la retira a un buen orador, etc.

Es lógico, pues, que en el terreno de las Apariciones, conceda éstas al desvalido e ignorante, mientras que al sabio le dé conocimientos para penetrarlas, y al poderoso valer para apoyarlas: penetración y apoyo que no necesita el necio y flaco, porque a estos les basta y sobra lo que la revelación les descubre.

El listo y el fuerte, el prelado y el gobernante no tienen razón para pedir a Dios visiones y revelaciones, que les sirvan de medios para creer; precisamente, porque en su mano tienen sobrados medios intelectuales y experimentales para escrutarlas y definirlas, luego de perfectamente escrutadas. Entonces es cuando verán perfectamente a Jesús, a la Virgen y a los santos en los estudios que de tales visiones hayan realizado. Pretender lo contrario; exigir como algún prelado ha hecho, el que, como condición para creer en las Apariciones de Ezquioga, hechas a sus diocesanos, Nuestro Señor y la Virgen deban aparecerse a él, es tan jactancioso como ridículo. ¿Hasta en lo eterno se quiere mandar?


Documentación Serie A
“Pruebas materiales, periciales y morales”

La Documentación Serie A, integra el texto de esta Obra, que el lector habrá podido ojear y examinar despacio. Por esta razón, es suficiente que la aduzcamos en “Sumario”, señalando el capítulo correspondiente a cada Apartado, a fin de que puedan repasarse. Es ello muy conveniente.

Esta Documentación Serie A, consta de los Apartados siguientes:

  1. Los 22 géneros de pruebas que en el Prólogo se expresan y en el Texto se detallan.
  2. Los 18 testimonios e informes de ilustres fisiólogos, médicos y psicólogos a favor de los Hechos de Ezquioga, que integran el capítulo VII.
  3. Las 12 curaciones milagrosas, entre otras muchas, atribuidas a la Santísima Virgen en sus Apariciones a Ezquioga, que integran el capítulo XVIII.
  4. Las 7 conversiones admirables, entre otras, al Catolicismo, debidas a Nuestra Señora en su descensión a Ezquioga, detalladas en el capítulo XIX.
  5. Los 12 favores especiales, entre otros, recibidos de Nuestra Señora, que son parte del expresado capítulo.
  6. Las 10 profecías cumplidas y el conocimiento de secretos, entre innumerables dados por Nuestra Señora, y que son parte del referido capítulo XIX.
  7. Los 10 notables castigos, entre muchos otros, recibidos a causa de burla, negación o propaganda negativa de las dichas Apariciones, con los que se clausura al mencionado capítulo, y
  8. Los 40 interrogatorios oficiales a videntes y simpatizantes durante la doble persecución, y los procesos seguidos a los mismos, que son parte de los capítulos XXIV-XXV.

Documentación Serie B

“Pruebas testificales”: Declaraciones seleccionadas de videntes y exvidentes de Ezquioga. Importancia de las revelaciones en estas Declaraciones contenidas. El valor sobrenatural de las revelaciones está en razón directa de la incapacidad y humildad de los que las declaran. Por motivos de curiosidad histórica y artística. Dificultades en la recogida, el examen y la selección de las visiones y revelaciones que van aquí declaradas. Un criterio de autenticidad de las revelaciones. Las pruebas científicas deseadas. Sobre las revelaciones proféticas. Señales divinas para distinguir la verdadera de la falsa profecía. Ejemplo sagrado de videntes, exvidentes, malos y falsos videntes de Ezquioga. Reglas críticas sobre la interpretación de profecías. Concordancia de las profecías de los videntes de Ezquioga con las ya conocidas y acreditadas referentes a los últimos tiempos. Tres modos de aplicación de las Declaraciones de los Videntes de Ezquioga. Semejanzas y armonías entre las profecías de los Libros Sagrados y los videntes de Ezquioga. Impresión general y particular sobre las visiones y revelaciones contenidas en tales Declaraciones. Apariciones de la Santísima Virgen. Idem. de Jesús. Idem. de ángeles y santos. Idem. del diablo. Lugares en que aparece la Virgen y fruto alcanzado. Los castigos se imponen. Instrucciones y advertencias…

“Pruebas testificales”.- Declaraciones de videntes y exvidentes de Ezquigoa.

Importancia de las revelaciones en estas declaraciones contenidas.– Es tan grande, tan descomunal la multiplicidad, dentro de la más absoluta unidad ortodoxa de las revelaciones de Nuestro Señor Jesucristo y de nuestra Señora María, hechas a los videntes de Ezquioga; tienen éstas un valor tan excepcional para el presente y porvenir, que cada día que pasa parécenos más singulares. Los que hemos seguido, paso a paso, el desarrollo de las mismas, las consideramos como humildes fuentecillas en sus comienzos, arroyuelos modestos en su formación; arroyos crecidos en su curso y ríos formidables a las horas presentes, con fundadas esperanzas de próximos desbordamientos, que lo inundarán todo, y a cuyo terrible paso, el légamo que dejará será el abono fertilizador que dará rica savia a las nuevas plantas que broten.

Cada revelación aportada es una nueva enseñanza para la humanidad, dada por el mismo que la creó y la gobierna y la ha de juzgar, a quien se unen las dictadas por el “Auxilio de los Cristianos”, que notando el poco caso que de su Hijo Divino, en general se hace, se ha ofrecido a intervenir, con el objeto de ver si ante la presencia suya en Ezquioga, la humanidad se conmovía y retornaba sus pasos hacia Dios.

Nada hay, que sepamos, en la historia universal, que iguale a la excepcional variedad una de estas Revelaciones, porque es evidente que “la Obra de la Santísima Virgen en Ezquioga, es tan grande que los tiempos no han conocido obra igual”. —Documentación Serie B, 8, d)—. Y cada fecha que transcurre, siendo las revelaciones más concretas, a los actuales y futuros tiempos relativos, crece con ellas la admiración, rozando el pasmo, y casi la impotencia por seguir el curso de su data, notando que ellas son, después de los Libros Santos, sobre todo los Evangelios, la doctrina que los parafrasea, y aparte de estos Santos Libros, los documentos que explican y acentúan el Plan Divino sobre la humanidad presente y futura, y todas ellas constituyen una Suma Sagrada de conocimientos prácticos saludables para el particular y la sociedad presente y del porvenir.

Indicaciones útiles que alegran a quien las recibe; conocimientos provechosos que amplía los adquiridos; lecciones prácticas que dan ejemplo y vida; ilustraciones preciosas que satisfacen al más exigente; doctrinas proféticas, que, aunque muchas de ellas condicionales, a su tiempo se cumplen; cuadros apocalípticos que infunden saludable pavor; entretenimientos cariñosos que atraen y subyugan; consejos santos que estimulan a vivir bien; avisos oportunos que evitan disgustos y errados pasos; mandatos terminantes que empujan a su cumplimiento; y conminaciones terribles que, ofreciendo temor, evitan el pecado; todo esto son las Revelaciones de Jesús y María a los videntes de Ezquioga. —En cuanto al valor teológico de estas Revelaciones, téngase presente lo que dejamos dicho en el capítulo XII acerca del Valor de las apariciones y revelaciones privadas—.

Léanse detenidamente muchas veces, con la reverencia debida, y saboreándose su grato contenido, se obtendrá de tal panal la rica miel del cielo, que se nos derrama, para que nuestras almas se harten de ella. Bienaventurado el que lee y escucha las palabras de esta profecía y observa las cosas escritas en ella, pues el tiempo (de cumplirse) está cerca.

A nosotros lo que nos sorprende y casi no nos lo explicamos, es que, habiendo tantos sacerdotes de ambos cleros, tan amantes de María, tantas congregaciones y revistas marianas, y tantos entusiastas por la Madre de Dios de misericordia, que trabajan con celo por la difusión de su nombre y de su culto y de sus gracias, y por la proclamación Universal Mediación y Asunción en cuerpo y alma a los cielos, no estudien las Apariciones Marianas de Ezquioga. Pero, ¿qué digo estudien, si en el terreno de los grandes absurdos no encontramos otro mayor que, el que menos, silencia los Hechos de Ezquioga por el pueril temor al qué dirán los ¿sabios?, los ¿políticos?, los ¿poderosos? del mundo, creyendo que no deben aventurarse a desempeñar un desairado papel en estos tiempos de deserción e incredulidad católicas…; y el que más, despotrica, ignara, cobarde y blasfematoriamente contra ellos sin temor a la tierra ni al cielo.

¿Qué es esto? Pero ¿a qué tiempos hemos llegado? ¿Es que es lógico, es posible que se tema a una negación sin estudio y sin pruebas? ¿No es solo cobardía sin nombre? Y ¿no se permitirá que sospechemos que tanto celo desplegado en obsequio de la Madre de Dios, no ofrezca sus enormes lunares, cuando se la regatea y hasta se le ridiculiza en la más grande Obra secular de esta misma Señora nuestra?

¿Se cree o no se cree? Y no queremos que se crea sin fundamentos, sin raciocinio, sin pruebas, sin contrastes objetivos. Queremos que, aun los fundamentos, los raciocinios, las pruebas y los contrastes subjetivos, aún muy valiosos, se dejen a un margen para que no se diga que creemos al “magister dixit” sino a los Hechos: ¿Materiales? Materiales. ¿Psicológicos? Psicológicos. ¿Morales? Morales. Pero que nadie se sustraiga a la instrucción que arrojan, y a la fe que apoyan y consolidan tales fundamentos, tales raciocinios, tales pruebas, y tales contrastes, que avaloran las Declaraciones que aquí insertamos, para que, ante lo que son y significan, venga a postrarse todo el mundo y bendiga a la Madre de misericordia y se salve.

Si los católicos españoles, particularmente los vasco-navarros, a cuyo país la Stma. Virgen ha descendido con tantas pruebas de amor, hubiesen cooperado (y debían haber cooperado) en la medida que nuestra Señora se propuso en su Descendimiento: el triunfo del Catolicismo en España, estaría tan cerca que lo tocaríamos con nuestras manos; y por dicho triunfo, algo más se hubiera beneficiado la humanidad toda; aminorándose ciertamente los terribles castigos que nos aguardan. ¡Qué responsabilidad tan tremenda la de los que han puesto obstáculos a la Obra de Nuestra Señora!

El valor sobrenatural de las Revelaciones está en razón directa
de la incapacidad y de la humillación de los que las declaran.

Tratamos del “valor sobrenatural” de las Revelaciones; no del valor humano, sea este histórico, artístico, científico o teológico; ni del valor preternatural, que cuando lo es, francamente lo declaramos; sino del valor místico, del realmente celestial, del que parte de Jesús y de María o de sus delegados celestiales: Este valor, pues, de las Revelaciones, que aquí insertamos, está en razón directa de la incapacidad y de la humillación de los que las declaran.

1º Si las Revelaciones fuesen dadas a un sabio, podríanse atribuir a la sabiduría; si a un poderoso, podríamos imputar al poder; si a un astuto o pícaro, podríanse achacar a la astucia o picardía. Es más: con la mejor buena fe del mundo, si esto fuera, podríase dudar de las Revelaciones; cuando menos, podríase sospechar si la sabiduría, el poder, la astucia y la picardía habrían tomado en ellas poca o gran parte.

Pero el caso no es así: El caso es que las Revelaciones son dadas generalmente a personas ignorantes de la ciencia, del arte y hasta de las trapacerías humanas. Es más; no son dadas solamente a personas ignorantes, sino a personas débiles o de corta edad, lo cual agrava el detalle de la ignorancia. Ahora bien; no es posible creer que estas personas puedan proferir, de suyo, lo que de suyo ni tienen ni pueden tener “hic et nunc”. Ni lo discurren ni lo conciben ni lo han oído ni lo han estudiado. Y cuando tienen las Revelaciones, que es generalmente, cuando están en verdadero éxtasis, se prueba por el éxtasis mismo que, aún cuando las hubiesen oído y estudiado, aún cuando estuviesen preparadas para darnos gato por liebre. v. gr.: no es posible psicológica ni físicamente que pudieran repetirlas. No queda lugar a otra conclusión, luego que es examinado el extático declarante, y se ve que su éxtasis es auténtico, con los contrastes que se quiera, que inclinarse ante la afirmación de que la revelación proferida es, como tal, revelación del cielo.

Luego la postrera conclusión es clara, es a saber: que la incapacidad de los declarantes es un auxiliar de prueba física del valor sobrenatural de las revelaciones declaradas. La incapacidad contrasta y destaca la revelación; y a mayor incapacidad mayor valor de la revelación. Cuanto más infeliz es el vidente más grande se muestra el Agente que obra en él. Es un pequeño, es un tosco, es un inútil instrumento que, puesto en manos del Supremo Artista es divinamente pulsado; para que se vea que cualquier persona o cosa, por despreciable que sea, en manos del divino Artista, suena maravillosamente; y esto “ut non glorietur omnis caro in conspectu ejus” —1ª Cor. 1-29—, para que nadie pueda gloriarse en la presencia de Dios.

2º Lo que acabamos de apuntar se refiere a la parte involuntaria del instrumento humano; porque, si rozamos su parte voluntaria, es a saber: si este instrumento incapaz, por lo mismo que lo es y por lo mismo que se tiene, ni se enorgullece ni se engríe ni se infatúa por el don recibido; antes, por el contrario, se abaja y vilipendia más en su presencia y en la de Dios; entonces, esta humillación contrasta y destaca más la obra divina de la Revelación, por cuanto el vidente contribuye, de su parte, a levantarla o ensalzarla más. Por manera, que a mayor abatimiento del instrumento, mayor valor del sonido transmitido por su medio.

El vidente, por tanto, puede contribuir de su parte, humillándose, al engrandecimiento de la obra divina, y esto, en sí misma considerada tal Obra y en lo que toca a la edificación de las gentes; porque mucho hace la limpieza y el decoro del instrumento a la aceptación del sonido. Cuanta más limpieza y cuanto más decoro mayor aceptación. He ahí por qué la segunda finalidad divina en las revelaciones consiste en la edificación del vidente y de los fieles que le oyen y le ven. Mucho hace a la aceptación de la vianda el que ésta sea presentada en plato decente y purificado.

Nosotros, que alrededor de tres años, estamos en contacto inmediato con los videntes, estudiándolos de cien maneras, hemos podido apreciar con absoluta justeza la parte instrumental que estos tienen con el Agente divino, y las leyes que este divino Agente les impone; y hemos apreciado también el grado de conservación del instrumento por parte de éste; concluyendo que el instrumento suena bien, maravillosamente bien cuando es perfecta y amorosamente conservado.

Ante la necesidad, a) de fijar los hechos, que abonan nuestra legítima defensa; b) de tejer las páginas de verdadera historia religiosa y social; y c) por motivos de curiosidad histórica y artística…

  1. Ciertamente que nuestra obligada defensa cimentase en los Hechos que determinan la triple Documentación A., B., C. particularmente la segunda, por lo que las Declaraciones de visiones y revelaciones quedan tan a salvo de la previa censura como el propio texto que las explica y sobre las que se basa; de forma que, siendo su parte, no sólo integrante, sino substancial, era obligado aducirlas. Ahorrarlas sería en perjuicio de la brillantez de la defensa.
  2. Hay más; son las Declaraciones mencionadas unas monumentales hitas en el camino de la historia de la vida, que los amantes del saber tendrán que consultar si quieren acertar en la verdad de los Hechos. En este sentido, la aportación de las Declaraciones, tan corregidas y limadas, son un gran servicio a la humanidad.
  3. Los motivos artísticos arraigan en la novedad, hermosura y exquisitez de las visiones auténticas, tan homogéneas como variadas, tan nuevas como religiosas, tan actuales como ortodoxas, tan futuras como ciertas, con detalles ininventables, que prueban que, si no han sido copiadas de parte alguna, tampoco han sido fantaseadas, pues la fantasía humana no llega hasta rozar en tal forma a los probados videntes.

Que la severa o despiadada crítica no quiera darles crédito… ahí es nada en comparación del bagaje cultural, que de suyo arrojan, salido de personas incultas (que aquí está lo simplemente maravilloso) y por esto mismo, siempre digno de que la severa crítica lo tome muy en cuenta.

En todos los menesteres de las visiones y revelaciones de que tratamos es preciso llevar siempre delante los ojos que, sobre todo, las revelaciones, en casi su totalidad, se refieren a la instrucción, edificación, santificación y salvación del cuerpo social actual, claro es que aplicándose cada individuo su parte.

Y esto da a entender sencillamente que las revelaciones no han sido dadas para los videntes que, en su caso, son —lo hemos repetido— tubos del órgano celeste: no es como de ordinario, en las personas santas que, las más de las veces atendían a la mayor santificación de éstas. Es el cuerpo social, descentrado, decaído, desviado, el que el cielo quiere salvar. Para él son las revelaciones, cuyas Declaraciones deberá atender y aplicarse, si no pretende frustrar los designios que sobre él la Santísima Virgen en sus apariciones a Ezquioga tiene.

Dificultades en la recogida, el examen y la selección
de las visiones y revelaciones que van aquí detalladas.

A primera vista parecerá expedito el camino seguido para la búsqueda, transcripción y examen de las Declaraciones de las visiones y revelaciones que se fijan. Hemos hallado para ello un camino tortuoso, de cuestas empinadas, sembrado de piedras, tapizado de baches y erizado de espinas. Y cuando creíamos haberlo recorrido hemos tenido que volverlo a recorrer una, tres, seis y doce veces, arrancando cada vez espinas, cubriendo baches, quitando piedras, allanando cuestas, y presentándolo lo más recto posible, sin dejar en todo momento de encomendarnos al cielo, para dejarlo tal como se muestra en el Libro. Que no hemos omitido sacrificio alguno para que el trabajo, sin quitarle sustancialidad e integridad alguna, resulte con perfección relativa.

Hay en ello labores tan particulares que no se creerían aunque las expusiéramos. El tiempo descubrirá los heroísmos de sacrificio que implica una tarea semejante; y a los que crean que tan fácil es, dados el tiempo y los elementos con que hemos contado, quisiéramos verlos con las manos metidas en una masa tan dura.

Se nos alcanza que algunos exvidentes sientan que sus declaraciones hayan sido omitidas, luego de entregadas a nosotros. El hecho no se debe a nuestra voluntad, sino a la criba que no lo ha pasado. Ellos cumplieron con su deber, por amor a la obediencia, entregándolas; y nosotros cumplimos con el nuestro, por amor a la verdad, separándolas. Reine la caridad en todos y todas las cosas. En peor lugar se hallan los que, sordos y reacios, no se han allanado a presentarlas.

Un criterio de autenticidad de las revelaciones. El P. Bruno de Jesús y María, carmelita, director de la revista “Etudes Carmelitaines mystiques et missionaires”, —París, Desclée, De Brovwer et Cie.,— observa que “el enriquecimiento doctrinal consecutivo en las Apariciones es un criterio de autenticidad de las mismas”. Hay que tener en cuenta que este docto padre, juntamente con profesores médicos, ha publicado en dicha revista: Les faits mysterieux de Beauraing, con opinión desfavorable a las apariciones ocurridas últimamente en este lugar, y de paso, como quien no lo quiere, rechaza también la sobrenaturalidad de las de Ezquioga; al cual padre, como a los que tratan de igual modo el asunto, les hacemos notar que, no habiendo estado él en Beauraing, ni en Ezquioga, solo por haber oído a dos o tres testigos, aunque sean calificados, —Les Annales des Beauraing et de Banneux, nº. 9, pág. 2—, pues cada uno cuenta los hechos a su manera, mal puede informarse del estado de cosas en cada uno de dichos lugares, y menos aún puede enjuiciar rectamente el caso. Y tal van los razonamientos en dicha revista que, por sus pretensiones científicas, debería de andar con más tiento en lo que observa.

Pero, dejando esta proposición incidental, y entrando en la substancia, es a saber: que “el enriquecimiento doctrinal consecutivo en las Apariciones es un criterio de autenticidad de las mismas”, siendo, como es, esta doctrina cierta, precisamente por serlo, y por haberla invocado el P. Bruno, echa por tierra cuanto habla desfavorablemente con respecto a Ezquioga, ya que las Apariciones de éstas tienen una plétora tal de “enriquecimiento doctrinal consecutivo”, que es caso primero, que sepamos, de la humanidad, habida cuenta del tiempo (dos años) en que las Apariciones transcurren. La Salette, Lourdes, Fátima, otros y muchos más, Beauraing, que realmente abunda poco, que sepamos, en este “enriquecimiento doctrinal” quedan muy atrás, pero muy atrás de Ezquioga. No hay más que ojear la triple Documentación de este Libro y se vendrá en conocimiento de lo que decimos. Porque es tal extensivo-intensiva la “labor doctrinal” auténtica (hablamos, según dejamos advertido, sin querer prevenir el juicio definitivo de la Iglesia) de las Apariciones de Ezquioga, que abruma y admira, alecciona y espanta.

Éste es el hecho singular de las Apariciones de Ezquioga; y nosotros, que llevamos puestas las manos en la masa, desde casi el principio de las mismas, sin quitarlas un momento, podemos asegurar que en la triple Documentación, sin faltar lo substancial e integral, y lo que debe llegar a saberse (téngase esto muy en cuenta) no todo ha podido llegar a nuestras manos, aún cuando lo hemos requerido; ni todo se puede publicar, habida cuenta del estado social actual y de la caridad que exige silenciar y disimular aquellas cosas que, hiriéndola, se excitaría más que la aprovecharía.

Si el P. Bruno hubiera estado en Ezquioga, o hubiera consultado con nosotros, no diera ciertamente opinión desfavorable, en cuanto a la sobrenaturalidad, de sus Hechos auténticos; antes bien, hubiera confirmado en ella la doctrina segura que sienta y dejamos apuntada. Porque sentar esta doctrina y, al aplicarla a Ezquioga, admitir juicio desfavorable a ella, es igual que contradecirse palmariamente, es igual que nada se sabe de la misma.

Precisamente conviene insistir mucho en este punto básico y diferencial de las Apariciones de Ezquioga. Éstas contienen tal riqueza de revelaciones nuevas, unas en su forma, y otras en su fondo que, estando concordes totalmente, como no pueden menos, con la ortodoxia católica, amplían, realzan y aureolan esta misma ortodoxia; de forma que vienen a componer una extra summa teológica, que el Hijo de Dios, y particularmente su Madre Santísima, (que se ha tomado la molestia de venir a sacar a la humanidad del fango en que está sumida, señalándola los caminos rectos por donde ha de ir) nos enseñan.

Bien tenemos olvidado que los que no entienden o no quieren entender o hacen el sordo al divino llamamiento han de poner reparos y hasta gritos en el cielo, a estas declaraciones, sobre todo cuando tratan de los ejemplares castigos futuros y próximos. (Y tan próximos que ya vamos llevando toques de atención)  Pero, ¡qué vamos a hacer!  Decía el Señor: “Yo les daré oídos para que no oigan y ojos para que no vean y boca para que no hablen”. —Is. 6-10.— Y así vemos que se les dicen estas cosas, y no las quieren oír. Recordamos que el primer censor de este Libro, discutiendo con nosotros algunos reparos, y corregidos algunos puntos, dio por viable el texto; al llegar a las Declaraciones, viada alguna, atascóse a la segunda, no atreviéndose a pasar de ella. ¿Qué ocurrió? Los castigos, en general, le aturdieron de tal manera que “no se atrevió a pasar adelante”. Pero, señor, repusimos, si aprobada la Obra en principio, hay que aprobar lo que es parte no sólo integrante sino substancial  de la misma, mientras no sea contra la fe y moral católicas. —“No me atrevo: no me atrevo”.

¿Las pruebas científicas deseadas? —Cierto señor censor, después que hubo leído con todo el detenimiento que gustó este Libro, preguntaba: ¿Y las pruebas científicas? “Toda la tendencia de esta Obra añadía, se dirige a admitir con una credulidad pueril las cosas más incongruentes, sólo porque las ha dicho un vidente, sin aducir jamás una prueba verdaderamente científica”.

Antes de contestar a tal acusación, podemos adelantar otra respuesta, cogida del interrogante que muchos otros ¿sabios? que vienen a Ezquioga, después que han visto o puedan ver a su sabor los éxtasis (las físicas, las básicas pruebas), todavía preguntan: ¿Y las pruebas? ¿Y los milagros? Para nosotros esto es lo que vale.

Tanto los unos como los otros interrogan una misma cosa. Los que creen en los milagros piden milagros, y los que no creen en ellos o poco les aprecian o fingen que se puede pasar sin ellos o dejarlos a todo margen, exigen pruebas científicas. Allá se van unos y otros en el mismo espíritu.

Podríamos comenzar por preguntarles qué es lo que entienden por pruebas científicas. ¿Pretenden, acaso, divorciar la ciencia del Autor de la sabiduría? Porque de la contestación que den es nuestra respuesta. Si la sabiduría es una cosa como Dios, que parte del árbol divino, ramificado en tantas secciones como asuntos vitales conocemos, —Véase nuestra obra: De Dios a la Creación, etc. Tomos I y II—, entonces las pruebas científicas se reducen a los milagros. Pero si pretenden disociar la ciencia del Autor de las mismas; es más, si no reconocen el orden sobrenatural, entonces les sujetaremos a esas pruebas científicas que con este pomposo nombre no son otra cosa que exámenes y análisis de los nueve Hechos ocurridos en Ezquioga, que examinamos y analizamos con todo detenimiento, oponiéndoles sendos argumentos en todo este Libro, y cuyo resultado es y no puede ser otro que la admisión de tales Hechos, históricos todos, preternaturales y sobrenaturales algunos, que las ciencias naturales no explican, pero que ciertamente no pueden rechazar. Si después de leídos los capítulos que tratan de estos nueve Hechos, que aquel censor leyó, debieron satisfacerle por las pruebas que en ellos damos, ¿cómo todavía pregunta por las pruebas científicas?

Los hechos no se pueden negar. De estos los hay preternaturales y otros de carácter sobrenatural, que tanto la medicina como la psicología no se los explican. Y cuando no se explica una cosa, o hay que encogerse de hombros, reconociendo la ignorancia del particular, o,  en todo caso de la ciencia, o hay que dar el salto a lo extranatural para ver si en él se nos declaran tales fenómenos. Y lo extranatural, ciertamente, desdoblado en preternaturalidad y sobrenaturalidad, aunque no se les quiera reconocer, los manifiestan satisfactoriamente, y nosotros los dejamos explicados en el texto. ¿Cómo, pues, luego de leído el texto, sobre todo: Nuestras pruebas del prólogo, se tiene la osadía de asesorar que en él no se aduce jamás una prueba verdaderamente científica? Porque no conocemos otras pruebas, ni realmente las conoce él, porque no las hay. Les ocurre a estos señores como a los que desean milagros para creer. ¡Si los están observando y sin embargo no los ven. ¡Qué ceguera tan espantosa! Jesús resucitó a Lázaro en presencia de todos los que a su alrededor estaban, mas no todos creyeron en la resurrección de Lázaro. —Jn. 11—.

Y dicho censor aumenta aún más su ceguera diciendo: “Toda la tendencia de esta obra se dirige a admitir con una credulidad pueril las cosas más incongruentes, sólo porque las ha dicho un vidente”. ¡Credulidad pueril…! Nunca fuimos crédulos, y en estas materias menos aún. Antes de conocerlas rechazábamos muchas de ellas, pero dudando de todo. Cuando afirmamos lo que escribimos es cuando las hemos estudiado y examinado, y analizado y contrastado y depurado, rectificando no pocas veces.

“¡Cosas incongruentes!” Retamos a cualquiera nos señale en las Declaraciones de ambos linajes de videntes que exponemos, una incongruencia substancial. Faltas de belleza literaria… accidentes…nimiedades ¿Qué cosa que el hombre roce no las tiene? Pero aducir estas pequeñeces es de hombres pequeños.

¡Sólo porque las ha dicho un vidente…!

Creemos a los videntes, luego de bien aquilatadas todas las facetas que sus prismas ofrecen. Y cuando las hemos aquilatado, no les admitimos todo cuanto ellos puedan presentarnos, sino aquello que ha pasado por el espeso tamiz de la verdad conocida. Sin embargo; repetimos que no todo lo admitimos. En muchos extremos substanciales de las Declaraciones —ésta es otra prueba— videntes que no se han podido ver ni entender, coinciden. ¿Qué más garantías?

De esto a que nos gusten todas las Declaraciones, es otra cosa. No toda la ley de Dios gusta a muchos cristianos, y sin embargo es ley de Dios. Pues, en el orden de cosas de las Declaraciones sucede otro tanto, y aún más; porque precisamente las Apariciones y Revelaciones vienen a avisar de que, no cumpliéndose la ley divina, o llega la corrección de los infractores o el castigo de los mismos. Por esto, ¿cómo van a gustar todas las Declaraciones? “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. —Mat, 5-8—. Cuanto más limpia se tenga el alma, mayor luz y gusto se recibirá en la lectura de las Declaraciones, conociéndose entonces cuán sencillas son.   

Sobre las revelaciones proféticas.

Las revelaciones proféticas no se inspiran, y más aún, no se dictan para que estén ociosas, sino para que las conozcan los hombres.

El lenguaje profético es más perfecto que el lenguaje vulgar, y necesariamente más conforme al Verbo de Dios, porque participa más de la naturaleza divina, la cual, siendo una y simple, contiene típicamente en sí todos los seres.

Los profetas (léase vidente) porque tienen más luz que la ordinaria, extienden sus oráculos a muchas personas y cosas venideras en diversos tiempos. Lo que se anuncia de los judíos puede extenderse por tropología, a los cristianos. —S. Jerónimo; y Cornelio Alápide en Cánones prophet., can. IV—. La Sagrada Escritura (y lo mismo relativamente las otras profecías), puede tener varias versiones y sentidos canónicos, aún literales; porque, siendo el sentido literal el intentado por su autor, Dios, cuya inteligencia lo comprende todo simultáneamente, no hay inconveniente en que el sentido literal de una frase contenga varios sentidos.  —S. Agustín y Sto. Tomás—.

Hay predicción natural cuando, por conocimientos naturales, se vaticinan sucesos que, forzosamente, dadas ciertas causas, surten sus correspondientes efectos. Así, v. gr., predijeron Donoso Cortés, Balmes y Chateaubriand.

Grado ínfimo de profecía es el movimiento que, por instinto interior, se tiene para obrar exteriormente. Tal fue el de Sansón.

Grado segundo de profecía es cuando por luz infusa, que no es propiamente revelación, es ilustrado alguno para conocer las cosas. Tal fue el de Salomón y algunos santos.

La profecía propiamente dicha estriba en el conocimiento por revelación divina de las verdades sobrenaturales pasadas, presentes y sobre todo futuras.

Es necesario advertir que todas las profecías conminatorias son condicionales, y el cumplimiento material de éstas depende del cumplimiento de la condición. Dase siempre su cumplimiento moral. Tales son la profecía de Jonás y las de San Vicente Ferrer, quienes predecían el fin de los pueblos, si no hacían penitencia. Pero, como la hicieron, Dios retardó el castigo. Sin embargo, la penitencia puso fin al mundo pecador, y las profecías moralmente se cumplieron.

La profecía es gracia gratis data, o sea, independiente de la caridad; y por eso pueden tenerla grandes pecadores, porque Spiritus ubi vult spirat. —Jn. 3-8—.   Por esto, las profecías, aunque el instrumento que Dios se valga para anunciarlas sea malo, no deben ser despreciadas.

Señales divinas para distinguir la verdadera de la falsa profecía: Ejemplo sagrado de videntes, exvidentes, malos y falsos videntes de Ezquioga. El Señor, hablando de la señal con que se ha de distinguir la profecía buena de la mala, afirma: “Aquello que un profeta predijere (absolutamente) en su nombre, y no acaeciere, a éste no le he hablado Yo”. —Deut. 23-22—. Su profecía no es auténtica. Sin embargo, sigamos oyendo al mismo Señor: “Si se levantaren en medio de ti profetas y predijeren señales y portentos, que acaecieren, pero que os dijeren: Vamos, sigamos y sirvamos a los dioses ajenos, no oigáis las palabras de esta profeta o soñador, porque es vuestro Dios el que os prueba para ver si le amáis de todo corazón y con toda vuestra alma, o no”. —Deut. 13, 1-3—.

Hay un pasaje bíblico, —Lib. 3. Reg., c. 3.—, que todo él es un exacto retrato, y a la vez, un perfecto modelo de lo que sucede con respecto a los videntes y no videntes, videncias y no videncias de Ezquioga. Lo extractaremos: Cuando Jeroboam, rey de Israel, hizo idolatrar a su pueblo, y él mismo estaba oficiando sobre el altar idolátrico de Betel, —El rey pecaba de dos maneras: Oficiando en cosas que no le competían y en obsequio al ídolo que adoraba—, un profeta o varón de Dios, enviado por el Señor, anunció terribles castigos contra el rey y el altar, diciendo: Ésta es la señal que me ha dado el Señor: He aquí que este altar será destruido y arrojada la ceniza que en él está.

Al momento, el rey extendió su mano y dijo: Prendedle. Pero la mano con que había señalado al profeta quedó seca e inmóvil. Arrepentido aquel, rogó al varón de Dios solicitase del Eterno la curación de su mano, quien accediendo, obtuvo la curación deseada. Agradecido Jeroboam, añadió al profeta: Ven conmigo a mi casa para que comas y darte dinero.

Respondió el varón de Dios: “Si me dieres la mitad de tu casa no iré contigo ni comeré pan ni beberé agua en este lugar. Así me lo tiene mandado el Señor, quien me añadió: Tampoco regresarás por el camino que viniste”. El profeta cumpliólo así.

Más, cierto anciano profeta, que habitaba en Betel al servicio del rey idólatra, —Este profeta era exprofeta de Dios o perverso profeta, que hipócritamente, fue en busca del verdadero profeta para hacerle claudicar y para otros aviesos fines—, oyó contar a sus hijos lo que acababa de acontecer, y preguntó a estos: ¿Por cuál camino ha marchado el varón de Dios? Enterado, y montando en su borriquillo, fue en busca de aquél, a quien, hallando sentado debajo de un terebinto, preguntóle: ¿Eres tú el varón de Dios que viniste de Judá? —Yo soy, respondió el profeta—. Ven, pues, conmigo a mi casa para que comas. —No puedo, repuso su interlocutor, porque el Señor me lo ha prohibido, y le expuso la prohibición. —Atiende, le dijo el profeta idolátrico: Soy profeta semejante a ti, y el ángel —el ángel de las tinieblas— me ha hablado palabra del Señor, diciéndome: Llévale contigo a tu casa para que coma y beba. —En este profeta, al servicio de Betel, tenemos un profeta falso, que oye al diablo y le sirve, tentando al buen profeta—. El varón de Dios, —En este varón de Dios tenemos a un verdadero profeta, que supo resistir la tentación de Jeroboam y no supo vencer la que le sugería, era la misma, el falso profeta; y por ello, de verdadero profeta se torna en profeta pecador. Hay que tener en cuenta que en la antigüedad había tres clases de profetas: a) santos, como Elías, Isaías, Daniel, etc.; b) pecadores, como Balaam y Jonás; c) falsos o seudo profetas, como los de los ídolos y anticristos—  no obstante conocer el mandato divino, condescendió con el falso profeta.

Cuando ambos estaban sentados a la mesa, fue anunciada palabra al viejo profeta —También y por excepción se vale el Señor de los profetas, como Dueño de todos que es, para anunciar su palabra; y en este caso particular, se valió del mismo que había sido seductor del verdadero profeta— quien, dijo al varón de Dios: Esto dice el Señor: Por cuanto no fuiste obediente a la palabra divina, no será sepultado tu cadáver en el sepulcro de tus padres. En efecto; después que el varón de Dios salió de la casa del falso profeta, y cuando iba de camino, salió un león que le mató. El cadáver quedaba tendido en medio del camino, y a un lado y otro lo eran el asno y el león, sin que éste dañara a ninguno de los dos. —¡Cuan terrible es la justicia divina, y cómo nos enseña a ser exactos en el cumplimiento de sus mandatos conocidos!—.

El profeta viejo, que esto supo, corrió con su asno al lugar de la tragedia, y tomando el cadáver, lo colocó sobre su asno, diciendo: Verdaderamente este profeta, a causa de su inobediencia al mandato divino, ha sido de tal manera castigado. Le lloró con sus hijos, y le colocó en su propio sepulcro, ordenando que, al morir él, fuese sepultado cabe el profeta castigado. —Los falsos profetas vaticinan en el nombre de Dios (sin que el Señor les envíe) visiones, adivinaciones falsas y seducciones de su corazón (Jeremías 24, 14). ¡Ay de los profetas insipientes que siguen su espíritu y nada ven! (Ezeq. 23, 3). De este falso profeta no sabemos si se arrepintió en verdad, como parece—.

A poco se cumplió la palabra del Señor contra el altar y los lugares altos, que había sido predicha por el profeta difunto, Pero, no por todo lo sucedido, Jeroboam se enmendó; sino, que por el contrario, siguió obrando tan mal o peor que antes, por el cual pecado la casa de Jeroboam fue extinguida y borrada de la superficie de la tierra. —Para que se vea que el arrepentimiento, si no es sincero y total, de nada sirve—.

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Los Hechos Ezquioga publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/los-hechos-de-ezquioga/

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