La Campa de Ezquioga y las Primeras Apariciones.

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.

Capítulo I

CAPÍTULO I.— La campa de Ezquioga y las primeras apariciones. Más apariciones, nuevos videntes y afluencia de público devoto. Primeras críticas y oposiciones. Actitud de las autoridades eclesiásticas. La Comisión de Información. A raíz de las primeras apariciones. Fe e incredulidad, aunque inmensamente más fe que incredulidad y obras de ambas. Nuestra llegada a Ezquioga. Las obras materiales de la campa. Interrogatorio y exploraciones practicadas y por practicar.   

La campa de Ezquioga y las primeras apariciones

En la suroeste ladera del monte Anduaga, en que se halla emplazado el rústico pueblo de Ezquioga, frente a la carretera Zumárraga-Ormáiztegui (Guipúzcoa), precisamente de una coquetona hondonada de robles, manzanos y campos de panllevar rodeada, y por un rico afluente del Oria fecundada, álzase una explanada de la que emergían unos altos árboles, hoy cortados en su base, punto en el cual los niños Antonia de 11 años, y Andrés de 7, Bereciartu, a hora de crepúsculo vespertino, del 30 de junio de 1931, a Nuestra Señora por vez primera vieron.

Ambos eran portadores de rica leche, que traían de un caserío, cuando al llegar al punto de la carretera desde donde se divisaba bien aquel lugar, Antonia vio en lo alto de aquellos árboles la aparición luminosa como de la Virgen de los Dolores de Ezquioga, pero llevando el niño Jesús. La “Santísima Virgen”. “Mira, Andrés” —dijo a su hermano. Reconociéndola ambos, y arrodillados rezaron el Ave María, mientras que la Aparición, de gran belleza, sonreía. Recomendoles oración para ellos y para los demás, despareciendo transcurrida media hora.  

—Nueve días antes la vio en Aguerrezabal, Ignacio Galdós, terrateniente y concejal de Ezquioga, quien habiendo contado su visión al ecónomo y a otras personas, se burlaron. Por esto él enmudeció. Más adelante se describe el episodio—.

—Los niños contaron a sus padres su visión; pero el padre, refractario a estas cosas, no sólo no creyó, sino que amenazó a sus hijos con pegarles, si lo contaban. La madre, no obstante, los tomó aparte y, examinándoles, halló veracidad en sus palabras. Al siguiente día, los niños con su madre fueron a verse con el ecónomo, quien les aconsejó reserva y prudencia, marchando éste a la curia eclesiástica a dar parte a su superior. A la hora del crepúsculo volvieron hacia el punto del día anterior y notaron de nuevo la Aparición.

El día 2, el ecónomo y otros sacerdotes de Zumárraga subieron con los niños a la campa. Nada vieron. Pero al otro día, Antonia vio. Repitiéronse las apariciones, que eran asistidas de varios convecinos. Ambos sacerdotes quisieron hacer pruebas con los niños. Les llevaron a distintos puntos, lejos el uno del otro. Y reloj en mano, quisieron convencerse de que, simultáneamente, la misma Aparición era vista de ambos. El resultado fue satisfactorio, aunque la prueba, por simplista no fuera concluyente.

Más apariciones, nuevas apariciones y afluencia del público devoto

Las apariciones marianas, noche tras noche se sucedían sin interrupción. Las gentes, ávidas de piedad, de maravilla y de emoción, venían por las tardes a satisfacer sus ansias, que acababan algunas por videncias; otras por conversiones, y por indiferencia las restantes. Pocos días luego, vio a la Virgen, Evarista Galdós —Documentación Serie B, núm. X—. El 11, vió Francisco Goicoechea. Días después fueron viendo: Benita Aguirre, Pilar Ciordia, Gloria Viñals, Ramona Olazabal, etc.

Un sacerdote rezaba en voz alta el santo rosario, que contestaban todos de rodillas, las letanías en cruz, y luego añadían cantos religiosos. Las multitudes aumentaron. El 4 de julio se reunían en la campa 500 personas con muchos sacerdotes. El día 6 fueron muchos los que vieron a la Virgen Dolorosa en medio de una luz resplandeciente. Días siguientes eran 2.000, 5.000, 10.000, 20.000, 40.000 hasta 80.000 el 18 de julio. El espectáculo era imponentísimo. Toda la campa era un hervidero de personas recogidas, que rezaban, cantaban y clamaban. Los autos llegaban en línea desde Ormáiztegui hasta Zumárraga (10 kilómetros). Pueblos enteros venían con sus sacerdotes en son de rogativa. Algunos “veían”, todos oraban; pocos dudaban o negaban. No sucedió percance alguno, ni al desfilar la gente, que lo hacían con orden y religiosidad. Se pensaba en algo que perpetuase la memoria de las apariciones, de las gracias por la Virgen otorgadas y de las multitudes piadosas.

La Virgen, afirmaban algunos videntes, quiere se construya una ermita en la que se ponga su Imagen. Y tras largas dudas y conferencias y negativas, hubo visiones, como la de María Recalde, de un futuro gran templo, y en él, un enorme gentío, que aclamaba a la Virgen, escuchaba atento la fervorosa palabra de un padre religioso, y dos grifos de potable agua, de una saludable fuente mineral, salida cabe la Imagen mariana, allí venerada, que continuamente chorreaban. —Coincide con Recalde, en el punto del sermón, la visión de Ignacio Galdós, del 12 de octubre de 1931. Documentación Serie C, Sec. V, apart. A) día 12.—.

Los prácticos y colindantes del terreno negaban que en aquel lugar pudiese haber agua. Al cabo de poco se vio como brotaba y corría fresco líquido potable. “Hay agua” —decían. “Pues tan verdadero como el agua existente, añadían, debe ser el futuro templo”. Y se pensó en una rústica ermita mariana, para la cual la autoridad diocesana denegó el permiso. “Al menos, añadían, hagamos un templete con su fuente, que cobije a la Imagen de María, para que se confirme una vez más que Ella es Fuente de Gracias”.

Primeras críticas y oposiciones

Los acontecimientos de Ezquioga no tardaron en hallar tropiezos en toda laya de gentes, desde las más ignorantes hasta las más perversas y ateas. Para estas gentes todo lo de Ezquioga era supersticioso o absurdo, o negocio. Pensaron en organizar una campaña, y al decir de los diarios católicos vascos, su organizador fue el maestro laico de X, acompañado de socialistas y masones de Zumárraga, quienes comenzaron por pretender ridiculizar los hechos que en Ezquioga se sucedían. Para espantar a los clericales, decían, vamos a simular una carnavalada nocturna en la campa de Anduaga. Otras veces iban armados de linternas venecianas, a través de los manzanares, para hacer creer a los píos, decían, que se trataba de nuevas apariciones. Sobre todo, donde se esforzaron más fue en dar a las declaraciones de los videntes un sentido erróneo con el cual sembraban la confusión entre los mismos devotos.

Actitud de las Autoridades eclesiásticas.
La Comisión de Información.

En los primeros días de las apariciones, el Vicario General de Vitoria juzgó prematuro el nombramiento de una comisión de estudio sobre los hechos de Ezquioga; mas permitió la constitución de una Comisión de información —Merveilles et prodiges d´Ezquioga, par Boué., pág. 35, I—, integrada por sacerdotes, el médico Dr. Aranzadi, de Zumárraga, y otros señores, al frente de los cuales estaba el ecónomo de Ezquioga; la cual comisión funcionaba en una salita de casa Bereciartu. Allí iban diariamente los videntes a deponer sus visiones y revelaciones.

Al propio tiempo, a falta de otra autoridad eclesiástica, dicha comisión ponía en orden las cosas tocantes al rezo y canto. El 28 de julio, la Comisión de Información —Merveilles et prodiges d´Ezquiga, par Boué., pág. 35, I—  se pronunció contra la venta y tráfico de medallas, estampas y gráficos, arbitrariamente compuestos, y daba algunas reglas para el buen orden de los ejercicios devotos en la campa. La misma tarde fue publicada una nota del Vicario General, declarando que en Ezquioga no existía oficialmente ninguna Comisión Eclesiástica; que ni el Sr. Obispo ni él ni ninguna Autoridad eclesiástica había nombrado ninguna Comisión para que entendiera en los Hechos de Ezquioga. Que las Autoridades eclesiásticas no creían deber prohibir en modo alguno los actos religiosos que la fe y la piedad inspiraban a los fieles, pero que estos actos no tenían oficialidad. Y que la Iglesia todavía no se había pronunciado sobre la posibilidad de las Apariciones de la Santísima Virgen en Ezquioga. —Id, id., II—.

Esto fue un golpe de muerte a la Comisión de Información, la cual tardó en disolverse el tiempo de los videntes, por causas que apuntamos en este Libro, tardaron en dejar de concurrir a la salita de Bereciartu (fines de diciembre de 1931).

A raíz de las primeras apariciones: Fe e Incredulidad, aunque
inmensamente más fe que incredulidad, y obras de ambas.

En la misma fuente es donde se bebe el agua pura. El curso, toma carácter de sus principios. La observación de los hechos, sobre todo en sus orígenes, da lugar a su perfecta calificación. Ignacio Galdós, es hombre, a par de sano, ecuánime, sencillo, pero muy formal. No es capaz de decir cosa por otra. Ha visto a la Virgen, que le ha librado de una gran ruina —Documentación Serie C, Sec. V, apart. a)—. Da cuenta y no le dan crédito. Afrentado, se calla. Los dos niños Bereciartu, dos criaturas, igualmente sanas y sin taras, van a su mandato, sin pensar en la Virgen, y la ven. Lo refieren en su casa y tampoco les dan crédito. Su padre les riñe y hasta les amenaza, si lo cuentan. A este tabernero-tendero le convenía dar fe a la Aparición con el objeto de atraer gentes a su industria; y, sin embargo, rehúye todo cuanto con ella roza. Es falso, pues, lo que se habla del negocio suyo como se verá más adelante.

Sucédense más apariciones a otros agraciados, poco más o menos puestos en las condiciones físicas, mentales y morales que los anteriores; que han sido reconocidos por distintos médicos; —En la habitación de casa de Bereciartu, improvisada para reconocimiento y toma de declaraciones, actuando a veces, entre otros, los doctores Aranzadi, de la Comisión, Asuero, Sánchez y Santos.— interrogados y presenciados por sacerdotes y seglares; —Actuaron cura y coadjutor de Ezquioga, Zumárraga y algún otro punto.— y referidos a las autoridades, las cuales, desde un principio, sin la menor protesta, tomaron medidas y enviaron fuerzas para organizar el tráfico y velar por el orden; —Los videntes de Ezquioga, pág. 7.— que el mismo clero presencial compulsó y apreció, como caso extraordinario y fuera de lo natural, rezando colectivamente desde el 4 de julio. Y llevándole a establecer la Comisión de Información, la cual funcionó medio año; que el público, integrado por miles de fieles devotos, amén de curiosos, una voce dicentes, postrado en tierra y a veces en cruz, rezaba, cantaba, sollozaba, creía y pedía a la Santísima Virgen gracias espirituales y temporales que, en ocasiones conseguían, y surgían nuevos videntes; —Los videntes de Ezquioga, págs. 22-24. Carta del cura de Zumárraga.— que la prensa, desde el 7 de julio, “comenzó a comentar los hechos con el gran interés e imparcialidad con que se reciben noticias de tanta transcendencia”: —Los videntes de Ezquioga, pág. 7.— que hasta en el Congreso de los Diputados de Madrid, se comentaban favorablemente las apariciones de Ezquioga —Sucedió esto el 24 de julio. Después de una entrevista de los Srs. Oreja y Domínguez Arévalo, diputados católico-vascos, con el Ministro de la Gobernación, Sr. Maura, quien les dijo: “los únicos que nos darán guerra serán estos señores”, comentaban los periodistas con dichos diputados que, “precisamente la región vasco-navarra debiera preocupar menos al Gobierno, como lo prueban las manifestaciones grandiosas, con motivo de las apariciones de Ezquioga. Allí se reúnen, añadían, a diario, millares y millares de personas a rezar el santo rosario, en pleno monte, sin que, a pesar de estas aglomeraciones y la concurrencia de cientos y cientos de automóviles, se haya registrado el más leve e insignificante incidente”. Y termina el cronista citado: “Es la verdad, la pura verdad. Basta un solo ademán del sacerdote que dirige el santo Rosario para que 70.000 personas caigan de rodillas en pleno campo, en medio de un silencio sublime. Y para cuidar el orden, dos parejas de migueletes, que también están de sobra”. Los videntes de Ezquioga, pág. 28. Pero precisamente esas 70.000 personas, con tal disciplina, eran las que atormentaban al Sr. Azaña, quien veía huéspedes en los dedos: tormenta que estalló cuando tomó las riendas del Gobierno.—  y, finalmente, que nada de negocios ni de dinero ni de masonismo ni de espiritismo ni cosa de la tierra se habló en aquellos primeros días. —Lo prueban las declaraciones de médicos, sacerdotes y particulares, que van adelante—.

¿Qué pasó después, para que la maledicencia, la duda y la negación se cebasen en unas Apariciones tan unánimemente recibidas? En toda buena obra hace su nido el demonio; y el caso de Ezquioga, por ser tan excepcionalmente bueno, no podía aquél faltar. Al maestro nacional laico del pueblecito antes citado, se le ocurrió una idea, no a partir del principio de las Apariciones, sino cuando vio que éstas tomaban proporciones gigantescas. “Dijo que el día anterior a las visiones de los niños Bereciartu (28 de junio) la maestra había contado a los niños de la escuela mixta una escena de visiones, al estilo de lo que acontecía en el pueblecito; y que los niños, al volver a su casa, en aquella obscuridad, recordando el relato e influenciados por los efectos de la sugestión, creían ver las apariciones”. —Los videntes de Ezquiga, id.—. Mas esto es tan absurdo como avieso: Absurdo, porque si los niños Bereciartua, como supone la burda versión, no habían tenido todavía visiones, siendo las de estos niños las primeras notadas, ¿cómo pudo la maestra contar en su escuela “una escena de visiones al estilo de lo que acontecía en el pueblecito? Avieso, porque en el propio absurdo se ve la intención del desprestigio de una obra, que se halla fuera del alcance de la capacidad mental del pedagogo. Pero, así y todo, éste fue el punto de partida, al que siguieron las gestas de todos los no capacitados, los incrédulos y los amigos de darse tono por sus ideas librescas y comodonas, amén de la gestión político-gubernamental, que se valió de estos —porque así convenía a sus planes— para acabar con las Apariciones.

Pero todos estos señores no podrán presentar una documentación de aquella primera época, que abone su manera de pensar, como presentamos, los que estamos convencidos, de lo contrario: Del día 10 es la interesante referencia de cierto médico innominado por el autor de Los videntes de Ezquioga que, habiendo permanecido dos días consecutivos en la campa, hizo la siguiente declaración (extractada): “A mi juicio, dice el doctor, no me cabe duda que allí ocurre algo extraordinario… Allí todo es paz, calma y majestad. Pero hay más en lo que allí sucede. La extraña e inexplicable coincidencia de los que aseguran haber contemplado la visión. Me hallaba yo junto al niño (Bereciartu), mientras otros médicos compañeros míos observaban a la niña. Cada uno separadamente del otro, afirman que la ven triste. En esto, una joven de Tolosa, lejos de los niños y que no había hablado con ellos para nada, a mis preguntas contesta que el rostro de la Virgen está muy triste. ¿No es rara la coincidencia para representar como dicen una farsa?

¡Farsa! Que lo pregunten al joven de Ataún y al obrero de Beasaín (que subieron a la campa riendo y burlando, y bajaron convertidos y llorando). Por lo demás, ni antes ni después de la Aparición ni durante ella el pulso de los niños experimenta ninguna alteración; sigue tan natural y tranquilo como si nada sucediese”.  —Los videntes de Ezquioga, pág. 18—.

Del 12 es la carta del párroco de Zumárraga que expresa: “Conviene tener muy en cuenta que la naturaleza de los fenómenos, de los que somos testigos, es de orden muy superior a las pequeñeces humanas, y aun cuando todo esto no sea hoy más que una simple afirmación de videntes, que hablan con sinceridad, la sola idea de que pudiera ser un hecho sobrenatural verdadero, exige el más profundo respeto por parte de todos, tanto de los que vienen como de los que quedan…Todo en la campa debe proceder con tino, orden y piedad”. —Los videntes de Ezquiga, págs. 22-24—.

Del 18 es otra epístola que reseña la parte tan memorable de dicho día, el más frecuentado de todos: “Van gentes, dice, de todas partes, y todos los días ven algunos a la Virgen… Se ve mucha fe en la gente que va, que es de todas las clases sociales… El médico Santos observó minuciosamente a la niña de Legazpia (Benita Aguirre) de 9 años, la cual vio a la Virgen durante 20 minutos, y dijo que después de la Aparición, quedó completamente normal; y que él cree que hay algo o más de algo de cierto allí. Sin duda la Virgen Santísima quiere consolar a los buenos católicos. Nos hace falta”.  –Los videntes de Ezquioga, págs. 25-26—.

Del 28 es la nota que la Comisión llamada Eclesiástica lanzó a la opinión pública para orientarla en algunos puntos sobre la conducta que debería observar en dicho sitio. De ella entresacamos: “Estampas y medallas. No pudiendo darse hoy más que una tenue probabilidad acerca de la verdad de los hechos prodigiosos del pueblo de Ezquioga… Piedad y respeto: Desde un principio se ha notado y sentido en el sitio de las apariciones (así lo confiesan todos) un algo muy difícil de explicar, que insensiblemente recoge, hondamente conmueve y convida poderosamente a la piedad…”  —Idem. págs. 28-30—.

De últimos de verano es el hecho de la fuente de Santa Lucía que, por tres veces, manó barro para un soldado descreído en las Apariciones y por contera blasfemo, mientras que para los restantes soldados del pelotón manaba agua pura. Este gran hecho testificado por los soldados e informado por los capitanes, se hicieron lenguas las gentes y la prensa de aquellos días.  Cap. 19, b), nº 10.  

Durante todo este lapso de tiempo hasta el 15 de Octubre, en que la primera etapa de las Apariciones de Ezquioga acaba, “persistió la animación de este lugar, aunque sin las grandes aglomeraciones; pero lo que desde luego continuó es la fervorosa devoción, que tan gran sensación causa a cuantos por primera vez acuden a Ezquioga, ante la prosecución de las apariciones con grandes visos de realidad; de la celosa recogida de datos por los sacerdotes; y de la concurrencia de médicos que desean buscar explicación a los sucesos.” —Los videntes de Ezquioga, pág. 32.

Últimamente, aducimos el hecho del 15 de octubre, que más adelante tratamos, —cap. 19, nº 9—,  para hacer resaltar la existencia y la naturalidad de unos hechos como estos, y la fe, el entusiasmo y el apoyo en los mismos, los cuales son clausurados por el magno de esta fecha, sobre el que hay declaraciones del mismo, hasta anteriores a él, “y, entre cuyos testigos presenciales inmediatos o que estaba a su lado —Los videntes de Ezquioga, pág. 34—, se cuentan las señoras Dª Juana Doredell, Dª Consuelo Astorquia y la Srta. Aguirre, de Santurce, las cuales no conocían a la Olazabal.”

Todos estos valiosos testimonios, a los que pueden añadirse las declaraciones firmadas por los videntes ante la Comisión de Información (y algunas veces también ante nosotros)  que se guardan, expresan bien a las claras la fe, el sentimiento y la piedad marianos de aquellos primeros meses, que no podrán borrar, aunque quieran, los que después se resisten a admitirlos. Son los pulidos sillares para la gran fábrica mariana ezquiocense.

De todo lo dicho se colige que, hasta después del 15 de octubre, (léase bien) casi nadie, que sepamos, habló de que “en Ezquioga no hay nada”; (de sobrenatural) de que “todo es sugestión y espiritismo lo de Ezquioga”; amén de los restantes argumentos que, como olas de impuro cieno, se volcaron posteriormente sobre el Hecho de las santas Apariciones.

¿Por qué? Fue cosa muy poca la salida de pie de banco de aquel pedagogo de X, para que pudiera interesar a las altas esferas. Es razón que hubiese algo más, y este algo lo dio El Presidente del Consejo de Ministros recién elegido. Creyó éste que lo de Ezquioga pudiera convertirse en otro Covadonga o en otro Dos de Mayo; porque ciertamente, las Apariciones de Ezquioga hablan elocuentemente de las necesidades del alma cristiana, de la existencia de la vida sobrenatural, y de las comunicaciones del cielo con la tierra, que el régimen imperante niega y burla. ¿Qué se diría, que podría suceder si, hombres como el del primer bienio republicano español, tolerasen que se hablase, que se corease en público y que fuesen defendidas las santas Apariciones?

Por ello, Azaña creó la frase: Hay que acabar con todo lo de Ezquioga, frase que han repetido y llevado a la práctica cuantos subalternos han querido merecer, o cuantos temerosos de perder las piltrafas terrenas, no supieron levantar respetuosamente la voz del alma, que a todas horas grita: “Son enemigos de Dios los que a todo trance quieren acabar con las Apariciones de su Madre”. Ésta es la explicación del enigma, para muchos de la persecución contra semejantes Hechos.

Lo notable del caso es que, a partir de la fecha mencionada y, con motivo de la declaración del Dr. Echeguren sobre el caso de Ramona, comenzó a correr el rumor de que los hechos, tenidos por sobrenaturales pudiesen ser naturales. Allí en Ezquioga, decian, no hay nada. Diez meses luego, los mismos que tal afirmaban, al persuadirse que había algo, cambiaron de opinión, y expresaban: Hay algo, pero es diabólico. Y un año luego, el Dr. Múgica, en su circular de Septiembre, dio la razón a los unos y a los otros.

Y sin embargo; los hechos, hechos son y siguen siendo los mismos: solo que en un principio, el espíritu del mal no se había ingerido, —porque no se le había permitido— en Ezquioga. Si se ingirió luego —como en todo se ingiere, y más en lo más santo— fue porque el cielo lo consintió para purificación de unos y castigo de otros: precisamente cuando comenzaron unos a disiparse y otros a relajarse. Pero, de esto a que “todo lo de Ezquioga sea diabólico”, por el cielo no se profieran disparates; ya que el estudio y la experiencia proclaman que si hay una parte diabólica, que no es substancial, esa “parte” no es el todo, ni mucho menos, de los Hechos de Ezquioga. Hay grano y hay paja. Avéntese la paja para que en la era quede el grano.

Justamente el diablo, en sus incursiones a lo de Ezquioga no pretende otra cosa que la que le dan hecha los que afirman que “todo lo de ella es diabólico”. Así es como, por efecto contrario, se entroniza, de una, sobre el pedestal que secularmente viene pretendiendo.

Nuestra llegada a Ezquioga

Conocíamos Ezquioga desde mediados de Noviembre anterior, a la cual habíamos acudido con afán de conocer la verdad para poder ser útil, descubriéndola. No es menester decir que vinimos más negando que otra cosa. Pero quiso el cielo que, con el bagaje cultural viejo que contamos, el 14 de Noviembre de 1931 alcanzásemos una prueba formidable afirmativa de las Apariciones cuyos instrumentos fueron: Ignacio Raja y Juanito Larriñaga, de Zumárraga. Sin verse ambos, ni saber mutuamente lo que pensábamos, aquél solicitó la prueba, y éste la dio en un vaticinio cumplido al pie de la letra aquella misma noche. La prueba nos costó una tal fortísima impresión que creíamos enfermar.

El 16, juntamente con D. Gonzalo Formiguera, sabio químico de Barcelona, pasamos a Bacáicoa (Navarra) en cuya mañana observamos, durante cerca de tres horas, en la escuela de niñas a las llamadas videntitas; y, por la tarde, nos trasladamos a Ipurubia (junto al rio), donde nos esperaban una serie de pruebas aplastantes, mediante la vidente  —cuando escribimos vidente o videntes a secas, queremos decir que se trata de videntes auténticos, o que lo eran en la fecha a la que nos referimos—  María Celaya, de feliz memoria, a la cual interrogamos capciosamente sobre un caso, que hacía trece años nos había ocurrido en Espluga de Francolí (Tarragona), el cual caso era sólo conocido del cielo y de nosotros. Fue respondido exactamente igual que lo conocemos. Del hecho fueron testigos lo menos treinta personas.

 Con ánimo, pues, de observar más, sobre todo, de confirmarnos en la verdad afirmativa de las Apariciones que ante semejantes pruebas, no podíamos resistir, seguimos preguntando, ponderando, examinando y contrastando hasta la noche y durante varios días más; al cabo de los cuales fue cuando, conocimos que, en general y con las prudentes reservas, no solo eran ciertas y buenas estas Apariciones, sino que por ellas, en derredor de ellas y a través de ellas, se descubría un mundo nuevo espiritual-social, que había que escrutar profundamente para bien de todos.

Y como jamás hemos cerrado las puertas de nuestra alma a todo conocimiento y mucho menos a la verdad, he ahí explicado por qué desde aquel punto las abrimos de par en par al mundo nuevo de las Apariciones, dándole alojamiento, con las dichas prudentes reservas, en medio de nuestro espíritu.

Los trabajos no cesaron. Nuestras comunicaciones con videntes y simpatizantes de Ezquioga continuaron. Las pruebas que teníamos se iban confirmando más. El mundo nuevo se iluminaba con potentes reflejos, y se agrandaban a medida que lo recorríamos con afán; y en la primavera del año siguiente, por una serie de providenciales circunstancias, que podrán conocerse en otra época, nunca por voluntad propia venidos. ¡Que coste!, sino suplicado que viniéramos, fue cuando intervinimos, estimulando a emprender la humilde fábrica que la Reina de los cielos solicitaba en Ezquioga, ya que ningún obstáculo serio lo estorbaba  —Al dueño del terreno invitamos a que se proveyera del necesario permiso para la ejecución de las construcciones, que, no habiéndolo obtenido, fue pretexto, mucho luego, de los serios disgustos que sobrevinieron—  y consiguiendo, al menos, fuese levantado el actual templete.

Las obras materiales de la campa

La Virgen, verdad y misericordia grandes, tanto como soberana artista, ha sabido escoger uno de los puntos de mejor situación topográfica de la región euskara, en el centro de la ladera del alfombrado monte, de todos los vientos resguardado, y accesible a todas las miradas, de forma que los ojos contemplen y las plegarias asciendan desde la misma carretera. ¿Quién, yendo de viaje, no invocará a la Madre de Dios y de los hombres, que se muestra en estos sedantes parajes, de verdor y poesía llenos?

Los trabajos por la Virgen no cesaron; porque es Ella y sólo Ella la que inicia, instruye, insiste y estimula esos trabajos. Nuestra misma larga presencia aquí, y todo este Libro, no reconocen otra causa que ésta que, por no distraer al lector del pensamiento dominante que le atrae, dejaremos su rápida explicación para otro capítulo, donde se verá bien impresa la mano de nuestra Señora en todos estos menesteres.

En Junio de 1932 se levantó un grandioso templete, de puro estilo vasco, con su elegante pedestal-pirámide en el centro para sostenimiento de la futura escultura mariana, por la misma Virgen escogida, que, tras devotas luchas, pudimos encargar al varias veces premiado artista valenciano D. José Mª Ponsoda. Detrás del soberbio pedestal, y adosada a él, chorrea una límpida fuente de potables ferruginosas aguas (las que en visión fueron alcanzadas) que el público bebe con afán. Delante del mismo se destacaban algunas pequeñas imágenes de Jesús y de María, con un bordado que representa la futura Titular. Una gran cruz de rosados crisantemos, pequeñas artísticas lamparillas, severos cirios encendidos, ramos de rústicas flores y un gran farol artístico en lo alto del centro del templete formaban todo el menaje del campestre oratorio de las Apariciones, que a templo y cielo sabía.

En septiembre, este rústico oratorio fue rodeado de sólidas artísticas rejas para preservar mejor el trono de la mariana Imagen. Y en la parte posterior del templete, fue construida una espaciosa nave cobijatoria, con destino a ulteriores menesteres, que con el templete comunica, para defensa de la intemperie; y el día 6 de Octubre, entre aplausos, rezos, cantos y vítores de numeroso público, fue colocada en su aparejado trono la Imagen, corona de las medicinales aguas.

Este precioso, por lo artístico, icono de María, mide 1,55 m. de altura, y presenta a la Santísima Virgen Madre de Dios en su advocación de los Dolores. Viste túnica blanca y manto negro, que le baja de la cabeza, la cual es nimbada con corona de doce estrellas. En su brazo izquierdo sostiene al Niño Jesús, de lado, cabello ensortijado, con crucifijo entre las cruzadas manos, y en la derecha, el pañuelo y el rosario. Abajo entre nubes, rodeándola, cuatro angelitos, de rodillas, dos de ellos orantes, y los otros dos en contemplación. Estos angelitos, representan a los que nunca faltaron a la Virgen en el alumbramiento de Jesús.

Tal es la visión de José Garmendia y el facsímil que, también por triple revelación, nuestra Señora escogió para presidir la campa de Ezquioga.

Ante dicha Imagen, desafiando la maledicencia y hostilidad, centenares de hombres, mujeres y niños, videntes o no, venidos de todas partes, se postraban diariamente, sobre todo, de tarde; Y volcaban el corazón  —A los siete días de estar en el Monte la Imagen de María fue mandada arrancar por los enemigos—,  desbordado en largos rezos, piadosos cantos, fervorosas plegarias, ardientes votos, copiosas lágrimas, rápidos mensajes, altas visiones, interesantes revelaciones, importantes curaciones, hondo conocimiento de secretos, sensibles adquisiciones de gracias temporales y espirituales, ante su Madre, la más Madre de las Madres, la más hermosa de las mujeres, la más glorificada de las humanas puras criaturas, que se descubre a sus favorecidos, igual que san Juan evangelista la viera, vestida del sol, calzada de la luna, coronada de estrellas, con expresión de hondo dolor a par de cariñosa afección divino-humana, dispuesta a conceder mercedes y sostener el brazo de la justicia eterna, rodeada de espíritus angélicos y de bienaventurados, que la aclaman y la cantan, al arrullo de parleros jilguerillos, en el hemiciclo de profundos robles, al susurro de la ferruginosa fuente, sobre el verde musgo de la empinada campa y bajo la inmensa bóveda de los cielos.

Aquí tienes lector, un esbozo de historia de las apariciones marianas de Ezquioga que, bien merecía los honores de un gran libro, si no tuviésemos que ocuparnos, de las cosas trascendentes hasta el presente allí ocurridas. Y vamos derechamente a ello.

Interrogatorios y exploraciones practicados y por practicar

Lo primero que a nuestros ojos se presenta luego de ojeada la campa, es la sala de los interrogatorios y exploraciones a los llamados videntes. Fue el mismo Dr. Aranzadi, quien el 13 de Noviembre de 1931, nos llevó a dicha sala, sita en la casa de Bereciartu, en la que él como médico actuaba. El ecónomo estaba también presente, y ambos iban tomando declaraciones en vasco, a diversos individuos de distinto sexo y edad variada. Eran éstos, se nos dijo, los videntes. Como nuestro papel era el de simple observador, tomamos una hoja impresa, que el interrogatorio de los videntes contenía, y la estudiamos, comprendiendo aseguida que el interrogatorio era por demasiado detallista, poco sólido. El citado doctor, con quien conferenciábamos sobre puntos médicos, debió comprender que no trataba con ningún profano en patología; así que, terminada la tarea de aquel día, nos propuso, que al siguiente, domingo, ocupásemos su sillón en la sala de los interrogatorios, ya que él, necesitaba estar aquel día en la capital de Guipúzcoa.

Para nosotros esto era comprometido, tratándose de habernos en terreno ajeno y con personas extrañas, así que declinamos tanto honor; pero el Dr. Aranzadi, con esa decisión que le es propia, nos respondió: —Nada; yo me voy a San Sebastián, y Vd. Ocupa mi sillón de médico y resuelve las dificultades que ocurran. Así fue; y durante los siguientes días, continuamos asistiendo a dicho lugar, luego de haber concurrido a la campa para observar el ejercicio de los videntes; ocurriendo el caso de que el citado químico Formiguera, que todavía no conocíamos, tomándonos por miembro de la Comisión eclesiástica, seguramente por vernos compartir con los señores de la Comisión auténtica, nos entregó un estudio técnico de la fuente de Santa Lucía, acreditativo del hecho prodigioso, decía, en aquel manantial con ciertos soldados. Pudimos evitar entonces unas malas consecuencias de una contienda habida entre este Sr. y el Dr. Aranzadi, y nos despedimos de la Comisión, sintiendo que los interrogatorios no se llevasen en forma más completa. El tiempo nos dio la razón, porque a poco, los videntes, que aunque simples, notaban aquellas deficiencias, dejaron de concurrir a la sala, y así terminaron los interrogatorios. De todos modos, los miembros de la Comisión guardan una preciosa documentación testifical de los Hechos de Ezquioga. El interrogatorio que nosotros sujetaríamos a ejercicio, por haberlo puesto ya más o menos en práctica, consta de cinco apartados, con relación 1º) al vidente; 2º) a la existencia de la Aparición; 3º) a la forma de la misma; 4ª) a las deducciones que de ello se obtienen, y 5º) al interrogador.

  1. Con relación al vidente, exploramos: a) el nombre; b) la edad; c) el estado físico, mental y religioso; y g) el estado de vigilia o sueño durante la visión. En una palabra, todos los conocimientos previos que un juez de la índole de que se trata, necesita saber para enjuiciar rectamente. Sin estos necesarios datos, ¿para qué seguir adelante? Al menos son indispensables para completar el estudio.
  2. Con relación a la existencia de la aparición: a) ¿Habéis visto algo?; b) ¿Qué es lo que habéis visto?; c) ¿Habéis oído algo?; d) ¿Qué es lo que habéis oído?; e) ¿Cómo comienza la aparición?; f) ¿Cuántas veces la habéis visto?; g) ¿Duró mucho tiempo?; h) ¿Cómo desaparece?
  3. En lo tocante a la forma de la aparición: ¿Visteis luz o imagen?; b) ¿Daña la luz que lleva?; c) ¿Se destaca limpia la imagen sobre la luz?; d) ¿Cómo es y qué color tiene esa luz?; e) ¿Se mueve?; f) ¿Cómo es la imagen, plana o escultórica?; g) ¿Se mueve?; h) ¿Qué edad representa?; i) ¿Está alegre o triste?; j) ¿Forma de su vestido?; k) ¿Color de ídem.?; l) ¿Va sola o acompañada?; m) ¿Conocéis a los que la acompañan?; n) ¿Van sueltos o formando grupo con la imagen principal?; o) ¿Hablan o callan?; p) ¿A qué distancia veis la aparición?; q) ¿Lleva algo en las manos?; r) ¿Color de sus pupilas?; rr) ¿Timbre de su voz?.
  4. Deducciones: a) Cuando veis la aparición: ¿Sentíais miedo?; ¿Teníais paz?; ¿Os dijo algo?; b) Cuando os hablaba: ¿Os aterrorizaba?; ¿Experimentabais dulzura?; ¿Os atrae la aparición?; ¿Tenéis deseo de volverla a ver?; ¿Sentiríais que os abandonara; c) fuera de la aparición: ¿Creéis firmemente en ella?; ¿La negareis alguna vez?; ¿Qué preferiríais antes de negarla?; ¿Creéis que no fallarán sus anuncios?; ¿Os sentís mejorados de conducta?; ¿Aspiráis a la santidad?; ¿Qué efectos produce en vuestra alma?.
  5. Tocante al interrogador: a) ¿Tenéis aptitudes para examinar este linaje de trabajos?; b) ¿Qué pruebas habéis empleado con los videntes?; c) ¿Han sido confirmadas?; d) ¿Por qué vidente o por qué cosa?; e) ¿Sabéis a ciencia cierta si son, divinas, diabólicas o fantaseadas?; f) ¿Habéis tomado nota de cada vidente y de cada éxtasis estudiado y de sus declaraciones?

Todos estos apartados son indispensables para el recto enjuiciamiento de los Hechos. Dispensarse de ellos, equivale a formar juicio inexacto, de consecuencias desastrosas. Todo cuanto en este particular se aquilate es poner a contribución la gloria divina y de la santificación y salvación humanas nuestro valer que, en estos casos, siempre queda corto. Por esto es preciso ayudarse de la oración constante, del estudio continuado, de la penitencia diaria, y sobre todo, de una gran dosis de humildad a fin de no perder la gracia, que en estos menesteres se entra por arrobas. Es menester además, conocer la vida ordinaria del vidente, para completar el juicio del conjunto del mismo, así como no desoír a la parte adversa para tomar en consideración lo que deba tomarse.

Y practicado esto, pasemos al estudio de: 

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Los Hechos Ezquioga publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/los-hechos-de-ezquioga/

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