“Tú también eres madre… Sé bien que tú te condueles de Mi dolor de Madre.”

Del Diario Espiritual Llama de Amor del Inmaculado Corazón de María (1961-1981) (Con Aprobación Eclesiástica)
De: Isabel Kindelmann (1913-1985) – Budapest, Hungría

1963

“MI ADORADO JESÚS”
2 de Enero de 1963

Estaba en el Santuario de Mariaremete (Ermita de María) haciendo la Hora de la Adoración del Santísimo. Me hallaba sumergida en silenciosa oración cuando el Señor Jesús habló con Palabras agradecidas:

Jesucristo.-
“Di y no dejes de repetirlo. ‘¡Mi adorado Jesús!’ Ya te dije otras veces cuánto Me agrada esto a Mí, y aunque no pronunciaras ninguna otra palabra durante una hora sino sólo ésta, repítela con el arrepentimiento de tus pecados. Esto alcanza perdón lleno de Gracias por los pecados y da tranquilidad a las almas.”

Sus últimas Palabras las pronunció en plural, y pidió que cuando tuviera oportunidad de hacerlo, pasara su petición a otros.

VIVO DE LA GRACIA DEL ABANDONO EN TI
4 de Enero de 1963

De noche durante la comida me sobrevino una gran inquietud espiritual. Mis pensamientos estaban cargados de reproches hacia mí misma: que permito demasiada comodidad a mi persona. Quien recibe tan grandes Gracias debe buscar mejor las ocasiones de adquirir méritos. Y yo, frecuentemente, aligero las vigilias que el Señor me había pedido y temía que esto me puede alejar más y más de la cercanía de Dios.

Y que perdería por completo mi vida de Gracia. A causa de esto sentía gran inquietud. No soy capaz para más, ya no puedo hacer más sacrificios. Lo que hago, lo hago también por una gracia especial de Dios; con mis propias fuerzas no sería capaz ni para esto. Mi adorado Jesús, como Tú ahora estás callado en mi alma, yo sólo puedo tener conversación unilateral Contigo. Sabes qué débil y pecadora soy. Sin Ti: ¡miserable, nada! Yo vivo de la Gracia del abandono en Ti.

SOY EL MENDIGO DEL AMOR DE USTEDES
6 de Enero de 1963

Estábamos esperando una visita. Mi nuera, que hace poco había tenido un niño, se encontraba todavía muy delicada. Me encargué de administrar su casa. Este aumento de trabajo me distrajo mucho. Después de almorzar, quise retirarme a mi pequeña habitación cuándo el Señor Jesús me habló:

Jesucristo.-
“Hoy toda la mañana no tuviste una sola palabra para Mí. Dime, ¿no sientes la necesidad de conversar Conmigo? ¡Yo, sí!”

Oh, ¡qué gran tristeza se apoderó de mí!: ¡Mi adorado Jesús, Tú, Bondad infinita! Y me postré para pedirle perdón por haber estado tan desatenta para con Él y en el silencio de la pequeña alcoba me sumergí en Su adoración. Él, mientras tanto, inundó mi alma con la Gracia admirable de Su Presencia y comenzó a quejarse amargamente:

Jesucristo.-
“¿Sabes que en toda la Parroquia no hay una sola alma que ahora Me esté adorando o Me dirija una palabra? ¡Sus almas están tan lejos de Mí! Soy rico, sin embargo, estoy mendigando el amor de ustedes. Y por haber mendigado en vano, ahora Me he dirigido a ti. ¿Verdad que tú ya Me conoces bien?

¡Y que no Me rechazas! Porque a quienes ofrecí Mis Gracias tienen tanto temor como si Yo les acarreara algún mal, alguna desgracia. ¡Hijita Mía! —y Su Voz resonaba triste— ¡Acepta la abundancia de Mis Gracias! ¡Adórame y repárame en lugar de otros también! ¡Pide para ellos muchas Gracias!”

Sus Palabras quejosas movieron mi corazón a un arrepentimiento muy grande. El Señor Jesús me pidió:

Jesucristo.-
“¡Arrepiéntete en lugar de otros también!”

¡CUÁNTAS ALMAS SE CONDENAN!
TÚ TAMBIÉN ERES MADRE
8 de Enero de 1963

Justamente estaba pintando almohadas de adorno, cuando la Santísima Virgen comenzó a hablar con Palabras suplicantes:

Santísima Virgen.-
“Tú también eres madre. Yo comparto contigo la inmensidad de penas y sufrimientos de Mi Corazón maternal. Sé bien que tú te condueles de Mi dolor de Madre. Piensa, si tus seis hijos se condenaran, ¡qué dolor tendrías a causa de ellos! ¿Y Yo? ¡Oh, Mis tormentos, al tener que ver cuántas almas se condenan y caen al Infierno! ¡¡¡Ayuda, hijita Mía, Mi pequeña!!!”

Al decir Ella estas cosas, yo también sufrí en el alma junto con Ella. Mi corazón se encogía de dolor. La Santísima Virgen me permitió sentir los tormentos que laceran Su Alma.

SATANÁS ATACA OTRA VEZ

Jesucristo.-
“¡No hagas caso a sus adulaciones!”

9 de Enero de 1963

De nuevo Satanás molestaba sobremanera mi alma.

Y quería de muchas maneras conseguir que yo abandonara este modo de vida que llevo, desde que la Llama de Amor de la Santísima Virgen derramara sobre mí el efecto de Su Gracia.

Su efusión da tanta fuerza, que a pesar de mis luchas sobrehumanas, puedo conservar constantemente mi equilibrio espiritual. Ahora Satanás emplea otra estrategia contra mí. Me presenta mis debilidades y con sus zalamerías también me quiere confundir:

Satanás: Quien ha recibido una misión tan grande no puede ser tan dejada. Anda, entrega ese mensaje en todas partes, porque así ¡nunca se va a difundir! No lo retengas para ti. ¿Sabes, verdad, cuánto estás pecando así? ¡Por qué eres incrédula y desconfiada y te retraes cobardemente! ¡Propágalo y anúncialo en todas partes para que se enteren de él y crean en él!

Esto agotaba excesivamente mi mente y en larga lucha me acordé de las Palabras del Señor Jesús:

Jesucristo.-
“No hagas caso a sus adulaciones…”

Con todas las fuerzas quise guardar el dominio de mí misma y con la ayuda del Señor rechazar las tentaciones aduladoras del maligno. Después, Satanás de nuevo desplegó ante mí la conciencia de mi culpabilidad:

Satanás: Tú, incrédula y desconfiada, ¿por qué te echas atrás? ¿Por qué no te empeñas en entregar la petición? Tú, cobarde, ¡no eres digna de nada!

Para rechazar sus impertinencias, repetí la oración con la que alabamos a la Virgen Santísima, el Ave María, y esto reprimió sus ataques.

CARTA A LA HERMANA ACOMPAÑANTE.
TERRIBLES TORMENTOS. ¡SUFRAMOS UNIDOS!

Estos terribles tormentos que ahora describo los comencé a sentir a partir de la noche de Navidad. En mis esfuerzos impotentes de desembarazarme de ellos me dirigí por carta a la hermana a quien me habían asignado como acompañante.

Mi querida y buena hermanita:

En la Noche Santa o mejor aún, después de la velada de la madruga, al regresar de la capilla, le pregunté a usted si es pecado creer en aquello que se realiza en mí. Usted, aunque dudando un poco, contestó: “¡No!” Yo entonces, momentáneamente, me quedé tranquila. Porque durante la velada, después de la Misa de media noche, he sufrido espantosamente. He tenido tormentos atroces porque nadie me cree y que yo estoy creyendo en vano. Sufro a causa de esto aun cuando trato de rechazar la inseguridad y de no preocuparme más del asunto. En plena Noche Santa de Navidad suspiré dentro de mí: Jesús mío, ¡sufro tanto!

Jesucristo.-
“Yo también sufro abandonado
—se quejó Él también—. ¿Sabes qué?, ¡suframos unidos! ¡Entonces será más fácil para ti y para Mí también!”

Después de estas Palabras, profundo silencio y oscuridad cubrió mi alma. Los sufrimientos asaltaron tanto mi alma que comencé a sollozar. En el silencio de la Noche Santa, la gente de casa se retiró a dormir plácidamente y yo sufría con Jesús. Se asentó sobre mis pensamientos una gran inseguridad, oprimiendo mi alma; esto, al día siguiente, iba en aumento y no cesó desde entonces, me torturaba noche y día.

¡Mi querida y buena hermanita! Siento molestarla con estas líneas, pero le ruego, en el Santo Nombre de Dios, ore por mí. Sufro tormentos infernales y no puedo liberarme de la miseria de mi culpabilidad.

Durante horas no hago más que sollozar. Un poder que desconozco me está queriendo forzar a que abandone mis continuas mentiras y no engañar a otros también, pues puedo ver cómo no creen ni una palabra mía. Me tienen miedo, me aborrecen porque ven mi perversidad y me abandonan… La absolución que recibí del Padre X., tampoco es válida, porque no hay en mí la voluntad de corregirme. Y sin esto la absolución no vale nada… Le suplico, perdóneme que haya explotado hasta ahora su buena fe y abusando de su bondad. No crea en mis palabras de hasta ahora, todo es mentira, la engañé a usted y a mí misma. Pero esta oscuridad me tiene todavía cautiva; mi testarudez no me permite ni ahora que me humille delante de los demás. No podré reconquistar la paz de mi alma mientras no me retracte de mis terribles mentiras, pero soy incapaz de hacerlo. Estoy andando por el camino de la soberbia.

Cada palabra que hasta ahora pronuncié o escribí me acusa. No puedo retractarlas, estoy privada de mi voluntad. Me voy a condenar, no hay misericordia para mí. Por eso me tienen miedo. El Padre X, también se arrepintió de haberse detenido a hablar conmigo. ¡Usted tampoco pierda su tiempo conmigo! Siento que voy a perder su aprecio pero tendré que continuar con la retractación del asunto. Le ruego, ayúdeme a que me libre de mis tormentos infernales porque siento que hago continuamente comuniones sacrílegas. Desde hace días no llega a mis labios una sola oración. Mi soberbia no me permite hacer lo bueno y aliviarme… Destrozada, desplomada en mí misma estoy debatiéndome en la duda, toda me acusa…

No puedo elevar mi mirada al Rostro de Cristo sufriente. La voz interior es tan fuerte:

¡No me mires hasta que te hayas despojado de tus pecados! Por la soberbia a la que no quieres renunciar, yo también te abandono. ¡No te necesito! ¡Aléjate de mí! Sólo para el pecador arrepentido hay misericordia. En vano te arrepientes de tus antiguos pecados si no quieres retractarte de tus mentiras presentes. ¡Esto tienes que hacer primero! Mientras no lo hagas, eres una mentirosa… Sólo al pecador arrepentido lo levanto a mí. ¡Hay que ver lo obstinada que eres, no hay en ti humildad, no quieres reparar tu pecado que clama al Cielo!

En vano me esfuerzo, no puedo doblegarme. No puedo forzarme a un humilde arrepentimiento… En mi alrededor, multitud de almas condenadas claman suplicando con voz llorosa, que ellas también se condenaron porque no pudieron librarse de su obstinada soberbia. Que yo también me hallo al borde de la condenación, que me salve.

Como si hubieran borrado la oración de mi mente. Durante horas no pude pronunciar el Santo Nombre de Jesús… Intentaba pronunciarlo en silencio, incluso diciendo letra por letra intenté, pero hasta el pronunciar las letras me acusó:

¡No te atrevas a tomar en tus labios este Nombre! ¡Esto sólo un alma penitente puede hacer…!

Cuando pensé en que debería llevar los Mensajes al principal Obispo del país, sentí un dolor en el alma que me quemaba:

En vano vas allá, ¡allá tampoco puedes recibir la absolución!

No puedo decidirme a retractar ahora lo que entregué al Señor Obispo… También el Padre D, me dijo que mi soberbia está envuelta en humildad, así quiero hacerle creer mi mentira. Tengo que ir a donde él para decirle: ¡tiene razón! Él descubrió en mí la embaucadora mentirosa…

Siento, hermana mía, que usted se confió en mí… ¿A fuerza de mentira metí en mi alma las gracias? No sé cómo es posible hacer tal cosa. ¿Cómo pude hundirme tan profundamente en el pecado?… Tengo temor cuando me acerco a comulgar, es entonces cuando me sorprenden los sufrimientos más terribles: soy una sacrílega, para mí, ya ¡todo da lo mismo!…

Me viene a la mente lo que dijo el Padre X: “¡Sufra mansamente!” ¡Pero mis pecados me desesperan!… Cuando pienso en la Llama de Amor de la Santísima Virgen, me inundan los tormentos del Infierno. Es precisamente a causa de eso que estoy sufriendo porque mi mentira no se quiebra. La Madre de la Misericordia no está junto a mí porque yo ahora no puedo ser sincera para con Ella. Le suplico que sólo por esta vez todavía me acoja… Madre mía del Cielo, ¡permíteme que me convierta!… Estoy poseída por el diablo, por eso no puedo renunciar a la mentira…

Ayúdeme, mi querida y buena hermanita, a que me liberen de esto. Dígame, ¿a dónde, a quién debo dirigirme?… Le ruego encarecidamente, ¡ayúdeme!… La voz sigue acusándome en mi alma:

“… Hubieras tenido que preocuparte primero de tu alma. Tú quieres salvar a otros cuando ¡no puedes librarte a ti misma del pecado!”

Así grita hacia mí la voz que me amonesta. ¡Esto es un tormento infernal! Le suplico, hermanita mía, ¡ayúdeme!

LA GRACIA ADMIRABLE DEL ABANDONO EN ÉL.
¡SÉ MUY HUMILDE!
14 de Enero de 1963

El Señor Jesús me habló:

Jesucristo.-
“Voy a intensificar y acrecentar tus sufrimientos, pero añadiré la Gracia que te fortifique y que te dé valor. Veo que haces buen uso de la Gracia del abandono en Mí. ¡Empéñate en no perder nunca esta Gracia admirable que domina perfectamente tu alma! ¡Esfuérzate en aprovecharla bien también en lo sucesivo! Satanás lo sabe muy bien y con todas sus fuerzas quiere despojarte de esta Gracia. Soy Yo quien se lo permito para que vea lo que es capaz de producir en el alma el abandono en Mí.”

En estos días, la Santísima Virgen me rogó con Sus Palabras bondadosas:

Santísima Virgen.-
“¡Sé muy humilde, hijita Mía!”

Sus Palabras con la suavidad de una caricia, hacían penetrar en mi alma la Gracia, que fortalecía en mí la humildad.

En estos días Satanás trataba con toda su fuerza de inculcar en mi alma pensamientos de soberbia. ¡Era ésta una lucha terrible! Ni de noche ni de día hallé tranquilidad a causa de ella.

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Fuente: http://www.salvemaria.ca/index-es.html 

Mensajes del Diario Espiritual Llama de Amor publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/isabel-kindelmann/

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