Sor María de los Dolores y Patrocinio fue canónicamente elegida Abadesa

Tomado del Libro: Vida Admirable de la Sierva de Dios Madre Patrocinio
Escrita por: Sor María Isabel de Jesús, r.c.f.

CAPÍTULO XVI

Decreta el Gobierno la vuelta de mi Madre Patrocinio a su Comunidad.- Carta de una Religiosa de Asís, anunciando la dicha vuelta.- Gozo con que fue recibida por sus Hermanas en el Convento de La Latina.- Precioso regalo a Madre Pilar, de paños, vendas, etc., etc., empapadas en la sangre vertida de las llagas durante el viaje a Madrid desde Torrelaguna.- Gracioso caso en favor de los pájaros.- Visita Regia a la Sierva de Dios en La Latina.- Traslación de mi Madre Patrocinio y su Comunidad del Convento de La Latina al de Jesús Nazareno.

Desde la hora fatal en que mi venerada Madre fue violentamente arrancada del seno de su Comunidad y de los brazos de su Abadesa, la esclarecida Madre Pilar, las Religiosas y otras personas muy respetables y dignas no dejaron piedra por mover, hasta conseguir lo que tanto anhelaban: la vuelta de la inocente víctima a su amado Convento. Tampoco sus enemigos cejaron en su empeño de que permaneciera en el destierro, antes por el contrario trabajan cuanto pueden por alejarla todavía más de su Comunidad.

A las protestas que a favor de la víctima y contra las grandes injusticias cometidas con ella, hicieron personas respetabilísimas, hay que sumar el convencimiento del mismo Gobierno, como lo prueba el siguiente párrafo de una carta dirigida desde Madrid por el P. Godínez al señor Tesorero de Cruzada, residente en Toledo, en la que entre otras cosas, dice lo siguiente:

“El negocio de traslación se ha reproducido, a beneficio de la indulgente coyuntura que presenta el Gobierno. Éste dice, que nada teme ni tiene contra las llagas de una monja que ha sufrido en grande de muchos y a nadie ha hecho sufrir. Veremos los efectos”.

“Mientras otros combaten hacia el logro, aquélla (se refiere a su venerable Madre), no aplica otra acción que la de elevar sus alitas desde estado indiferente y muy pasivo, en oficio de Moisés, porque su cima no es para corazones aplomados”.

En otra carta, refiriéndose también a mi Madre venerada, dice el mismo señor:

“Aquella víctima, casi desecha a fuerza de contrastes increíbles, aquel corazón nada exige, nada reclama; está dispuesto a las disposiciones prósperas como a las adversas, en el centro de una indiferencia santa y resignada”.

Por último, en otra ocasión, dice al referido Tesorero de Cruzada:

“El negocio de traslación presenta accidentes favorables, los políticos que han de fallar, se hallan inclinados a hacerlo para Madrid”.

El resultado fue que, convencido el Gobierno de la inocencia de mi venerada Madre Patrocinio, el 24 de Septiembre de 1844, le levantaron el destierro, por medio de una Real Orden, en la cual se ordenaba que se trasladase de Torrelaguna a Madrid, al seno de su Comunidad, que a la sazón se encontraba en el Convento de La Latina, desde que, a muy poco de salir desterrada a mi Madre amada, se la obligó a salir de Caballero de Gracia.

El día 25 de Septiembre del mencionado año de 1844, en cuyo día se rezaba el oficio de Nuestra Señora de las Mercedes, fue el señalado por la Divina Providencia para que después de nueve años, volviera esta angelical criatura e inocente víctima a los brazos de sus amadas Madres y Hermanas; habiendo permanecido cinco años en Torrelaguna. En confirmación de la amorosa Providencia de Dios para con su amada Sierva Sor Patrocinio, durante el pasado destierro, y como testimonio singular de veneración en que era tenido su espíritu por las almas esclarecidas en virtud, no dudo en poner aquí la siguiente carta de una venerable religiosa del Convento de Giglio en Asís; pues en ella se anuncia además, siete años antes la vuelta de mi Madre amada a su Comunidad. Dice así la carta fielmente traducida:

“J. M. J.

Muy Reverenda Madre: La fama de la virtud de Sor N. Patrocinio, se ha divulgado por todas partes y por gracia especial del Señor, ha llegado también a mis oídos: ¡Oh y qué júbilo siento cada vez que lo reflexiono! Teniendo por otra parte entendido que esta grande alma ha vivido bajo su gobierno, por eso ansío saber por conducto de V. R. si puedo escribirla una carta, en que debo consultar un negocio de grandísima importancia; pero con el mayor secreto posible. V. R. podrá satisfacerme, honrándome con sólo dos renglones suyos en que me diga cómo he de dirigirme a la que tanto amo. Estoy bien enterada de que al presente no se halla cerca de V. R. a causa de la persecución que se ha levantado contra ella; mas, yo la ruego por amor de Dios, que, en cuanto haya libre algún conducto o resquicio de comunicación, me dé el consuelo de noticiármelo”.

“Sin duda V. R. quedará sorprendida al ver estas mis letras mal formadas, y mucho más el atrevimiento con que hablo; pero persuadida de la bondad de V. R. en nada me he detenido, y con esta confianza continuará mi carta. Me congratulo de todo corazón de la suerte feliz que le cabe de conocer un alma tan amada de Dios; pero al mismo tiempo me compadece, hasta el extremo, su aflicción, en verse privada y separada de ella por la malicia de otros. Mas confío que el Señor, que siempre protege a los justos, la restituirá dentro de poco un tesoro tan precioso. Entre tanto le suplico que me tenga presente en sus oraciones, que yo no dejaré de hacerlo por toda esa religiosa Comunidad. Pido a V. R. la singular gracia de responderme sin pérdida de correo, pudiéndola dirigírmela en esta forma: A la Reverenda Madre Sor María Verónica de Jesús Sacrificado, en el venerable Monasterio de Giglio —de la Azucena— en Asís.

“Tenga V. R. la bondad de perdonarme y excusar mi libertad, y confesando mis ansias de recibir buenas noticias paso a firmarme con debida estimación de V. R.  su más obediente sierva.— Verónica de Jesús Crucificado”.

Monasterio de Giglio 15 de Octubre de 1837.

Llegada a Madrid entró en el Convento, siendo ya de noche, y no es posible explicar el gozo, las lágrimas y afectos de cariño de todas las religiosas, de las cuatro comunidades que en el referido Convento se hallaban reunidas.

En testimonio de la autenticidad sobrenatural de las llagas de la Sierva de Dios, después de pasados los destierros, vuelve a decirnos la M. Pilar en su Cuaderno de apuntes lo que sigue:

“Cuando salimos del Coro de dar gracias a Dios por su venida, advertí y advirtieron muchas la sangre de los pies que había calado las medias, y como siempre se ha procurado secreto en esto, según los Prelados ordenaron y tengo dicho, con pretexto de ponerla alpargatas, se la retiró un instante de la multitud (de Religiosas); y cubiertos ya los pies, volvió a donde todas la esperaban con ansias de abrazarla y hablarla; al mismo tiempo me avisaron fuese a guardar un taleguito que habían entregado los que la habían acompañado en el coche. Éste estaba (el taleguito) lleno de pañuelos, paños y vendas empapados en sangre fresca que durante el día habían vertido las llagas. Con que el año 1835, cuando la sacaron del Convento, iban las llagas vertiendo sangre y en el año 1844, volvió como salió, ni más ni menos. Y esto es tan verdadero, que si fuese necesario, lo juraré sobre los Santos Evangelios. He visto las llagas a pesar de que jamás habla ella una palabra de ellas, ni de nada; pero yo, como Prelada, debía verlas. Son las mismas que siempre; vierten sangre unas veces y otras están cerradas, pero siempre impresas, como dije en las primeras apuntaciones, hablando de las llagas”.

El taleguito a que alude la Rda. Madre Pilar en lo arriba transcrito, le fue entregado por los que habían acompañado a mi venerada Madre de Torrelaguna a Madrid, llena de paños, pañuelos, etc., empapados en la sangre que durante el camino habían vertido las llagas. Lo conservaron todo las Madres antiguas con el mayor cuidado pasando del fallecimiento de unas, a poder de las otras y, hace años, que en esta Comunidad tenemos el gran consuelo de poseer parte de lo que, con el mayor sigilo, tuvo siempre en su poder la Rda. Madre María del Carmen de Jesús Nazareno, ejemplar Religiosa que falleció en Montmorenci (Francia), el año 1869, en la época de nuestra emigración, por la revolución de 1868.

Estos preciosos paños, vendas y demás puedo asegurar con verdad que en ciertos días, exhalan un aroma que consuela y hace alabar a Dios; este mismo olor se ha notado varias veces en las ropas del uso de su Reverencia y en los libros de Comunidad, donde están los escritos de tan amada Madre.

Con motivo del regreso de la Sierva de Dios al seno de su Comunidad, una Religiosa de las reunidas en la Concepción Francisca o sea en La Latina, dedicó a S. R. unos versos alusivos al caso, que fueron cantados por todas las religiosas con extraordinario regocijo y sumo gozo.

Pasados algunos días de la llegada de mi Madre venerada, sucedió en este Convento de La Latina un caso muy gracioso, y para alabar a Dios. Las Religiosas jóvenes quisieron obsequiarla haciendo una merienda para las cuatro Comunidades que allí se hallaban reunidas; y para ello, determinaron coger muchos pájaros que por la noche se reunían en un árbol que estaba en un patio interior, para lo cual tomaron de día sus precauciones. A mi bendita Madre le dieron el saco, para que los fuera echando, y como sabían las Madres el genio de su misericordia y compasión con los pajaritos y con todos los seres de la creación, estaban maravilladas en que consistiera en hacer tantas víctimas, y más, en obsequio suyo, sin protestar; pero pronto salieron de dudas, porque aquella noche no se quedó ni un solo pájaro en el árbol, sino que todos durmieron en los tejados, y dicen que era de ver cómo desde allí desafiaban el peligro alargando sus cabecitas, mirando hacia abajo, y mi venerada Madre tan alegre y contenta viendo a sus protegidos fuera del alcance de las Religiosas. Todas, todas comprendieron que ella les había mandado que no bajaran. Cuando referíamos este caso delante de su Reverencia, respondía con toda sencillez: ¡Pobrecitos, se los querían comer!”.

En el referido Convento de La Latina visitó a mi Venerada Madre S. M. la Reina Dª María Cristina, acompañada de sus augustas hijas la Reina Dª Isabel II y la Serenísima Señora Infanta Dª María Luisa Fernanda, para darla una satisfacción por lo mucho que tan injustamente la habían hecho sufrir sus Gobiernos. S. M. la Reina Dª Isabel, aunque tan niña entonces, enterada de las injustas persecuciones y de los grandes padecimientos sufridos por mi Madre amada, y también de sus virtudes y gracias extraordinarias, deseaba conocerla. Así fue muy grande el gozo que experimentó al verla por primera vez según la Augusta Señora lo manifestó repetidas veces, quedado gratísimamente impresionada, y procurando saber con afán todo cuanto se refería a tan santa Religiosa, ya por medio de una buenísima Señora que estaba al servicio de Su Majestad, ya por la Señora Marquesa de Santa Cruz, su Aya y Camarera Mayor, hija de la Duquesa de Benavente, madrina que había sido de mi venerada Madre en su profesión religiosa.

Permaneció S. R. en el Convento de La Latina, querida y admirada de todas las Religiosas, hasta que María Vildósola, señora de gran piedad, que apreciaba mucho a mi venerada Madre y demás Religiosas, compadecida de ver reunidas a cuatro Comunidades, las de la casa, la de los Ángeles, Constantinopla y Caballero de Gracia, pidió y obtuvo del señor Duque de Medinaceli la cesión del Convento de Jesús Nazareno, de su propiedad, a la Comunidad del Caballero de Gracia.

Arreglado todo y costeadas las obras necesarias por la mencionada intercesora Dª Mariana, fue trasladada la Comunidad al convento de Jesús, de Real orden comunicada en 26 de junio de 1845, y con todas las licencias necesarias del Rdo. P. Provincial de Castilla, del Sr. Vicario Eclesiástico y de cuantos más fue necesario.


CAPÍTULO XVII

La Comunidad de Caballero de Gracia en el Convento de Jesús Nazareno.- Sor Patrocinio Maestra de Novicias.- Muerte de la Reverenda Madre Pilar.- Elección de Abadesa a favor de mi Madre venerada.- Nueva persecución y nuevo destierro a Badajoz.- Conversión del Delegado del Gobierno que acompañaba en el viaje a la Sierva de Dios.

Arreglado todo, como queda dicho en el capítulo anterior, salió la Comunidad de Caballero de Gracia del Convento de la Concepción Francisca (vulgo La Latina) para el de Jesús Nazareno, el día 29 de Octubre de 1845, entre cinco y seis de la mañana, acompañada del Rdo. P. Fr. Toribio Cuadrado, del Rdo. P. Vicario Fr. Andrés Rivas, de D. Manuel García, Capellán de las Religiosas de la Concepción Francisca, de la Sra. Mayordoma de la Comunidad y del Mayordomo D. Joaquín Moradillo; reuniéndose a todos en el camino el Ilmo. Sr. D. Rafael Tejada, Visitador de las Religiosas y Dª María Vildósola, son su esposo D. Agustín Gómez, insignes bienhechores de las mencionadas Comunidades; muy particularmente de la de Caballero de Gracia, como lo prueban las obras de reparación del Convento de Jesús que hicieron por su cuenta, al instalarse en él dicha Comunidad, después de los nueve años que en La Latina habían vivido.

A poco de establecida la Comunidad en su nuevo Convento, fue nombrada la Sierva de Dios Maestra de Novicias; cuyo cargo desempeñó con la prudencia y acierto que de su virtud esperaba la Orden. Fueron sus primeras Novicias Sor María Vicenta de la Presentación y Sor María Brígida de Ntra. Señora del Olvido; a las que siguieron, al poco tiempo, otras cuatro; todas las cuales se formaron al calor de su encendido fervor, copiando con tal perfección la dulzura, prudencia, paciencia y admirables ejemplos de todas las virtudes de su santa Madre, cual apareció después de sus ejemplares vidas. El cariño y veneración que siempre le profesaron fue singular, manifestado en obras y palabras, como adelante diré.

Felices y tranquilas vivían en el Convento de Jesús las religiosas, dedicadas al más exacto cumplimiento de sus deberes, cuando Dios Nuestro Señor se sirvió probarlas de nuevo con una muy grande aflicción. Sucedió lo siguiente: Como los enemigos de mi venerada Madre no cejaban en sus intentos de persecución y aun de muerte, un día, a principios del mencionado 1849, se presentó un caballero en el torno, diciendo que tenía necesidad de hablar con Sor Patrocinio. Efectivamente, fue allí la inocente Religiosa con su Abadesa, no sin suplicarla antes que la dispensase de ir. En cuanto llegaron y cambiaron un breve saludo con el indicado señor, este descerrajó un tiro contra mi amada Madre y huyó precipitadamente, creyendo que había logrado su malvado intento; pero, gracias a Dios, el tiro no tocó a ninguna de las dos religiosas. La impresión sin embargo, y el susto fueron tales, que enfermando la Rda. M. Pilar, murió, al fin, con la muerte hermosa del justo, el día 2 de Febrero. Después de algunos años encontraron su cadáver íntegro, en la misma forma que fue enterrada y en perfecto estado de conservación. Así murió esta ilustre y ejemplar religiosa, modelo de preladas, escogida por Dios para testigo fiel de sus maravillas en su amada sierva Patrocinio.

Pena grande fue para la Comunidad tan dolorosa pérdida, pero mayor, mucho mayor fue la aflicción en que quedó mi Madre venerada por la muerte de su Prelada amadísima, de la que fue siempre su cariñosa madre y dulce consuelo en sus penas. Ya el Señor la había preparado hacía algunos años para golpe tan doloroso, y lo mismo a la Comunidad, pues en uno de los muchos éxtasis que tenía en presencia de las religiosas, antes que la sacaran de su amado Convento de Caballero de Gracia, le oyeron la siguiente dolorosa exclamación: “¡Ay, una muerta y otra ciega!”, refiriéndose a la Rda. M. Pilar y a la Rda. Madre María del Carmen de San José; la primera de las cuales moría antes que mi Madre venerada diera principio a las fundaciones, y la segunda quedaría ciega también antes que estas se verificasen; como sucedió, pues a muy poco del fallecimiento de la Rda. M. Pilar, cegó de repente la expresada madre Carmen.

Por el triste acontecimiento de la muerte de la bendita M. Pilar, tanto los Prelados de la Orden como la Comunidad, fijaron sus miradas en las bellas prendas de virtud y santidad de la ejemplar religiosa Sor María de los Dolores y Patrocinio; y fue ésta, canónicamente, elegida Abadesa por unanimidad de votos, el 7 de Febrero del mismo año 1849, siendo Comisario Provincial de la Orden en la provincia de Castilla (a la que pertenecía la Comunidad), el Rdo. P. Fr. Antonio Espinosa, del que recibió la confirmación de su nuevo cargo, tomando posesión del mismo aquella tarde, después de completas. Desde esta fecha hasta su santa muerte, ejerció la Sierva de Dios sin interrupción el cargo de Abadesa; siendo reelegida siempre por unanimidad de votos, con gran pena de su Rcia. y mayor alegría de todas sus hijas; a la que en sus últimos años nos solía decir con mucha gracia: “Hijas, qué poca caridad tenéis conmigo, pues aunque me veis vieja y enferma, no me queréis dejar descansar”, contestándole nosotras, que tiempo le quedaba a su Rvcia para descansar en el Cielo, en donde recibiría el premio de su caridad y de sus sacrificios.

Cuando se verificó esta primera elección de Abadesa, en el Convento de Jesús, era Vicario de la Comunidad el Rdo. P. Fr. Faustino de Losa y Cruz, por haber fallecido el Rdo. P. Fr. Andrés Rivas, que lo fue por varios años.

Ya Prelada mi venerada Madre, se dedicó toda al Gobierno y consuelo de su Comunidad; y tanto la santa Prelada como sus Religiosas, se encontraban dichosas; aquella, por estar con sus amadas hermanas, y éstas, por tener por Prelada y Madre a la que amaban tan de corazón.

Poco duró esta dichosa tranquilidad y paz de las religiosas; pues no satisfechos sus enemigos con las persecuciones llevadas a cabo contra mi amada Madre en la época pasada de sus destierros, en sus deseos de venganza, al verla alegre y en pleno goce de su amado retiro, se valieron de un cambio de Ministerio para atribuirlo a su víctima; la cual ocupada sólo en sus obligaciones de religiosa y en el cumplimiento más exacto de su Stma. Regla y Constituciones, ni entendía de tales asuntos, ni atendía a ellos, ni sabía que tal cambio había ocurrido.

En el momento que el Ecmo. Sr. Nuncio de Su Santidad y el Emmo Cardenal Arzobispo de Toledo tuvieron noticia de la orden de destierro que pensaban comunicar a mi venerada Madre, se apresuraron ellos a mandar la suya, ordenándola que de ninguna manera consintiera en salir de clausura y que se resistiera todo lo posible; puesto que se obraba contra las leyes de la justicia, le aseguraron que ellos también se resistirían a dar la orden cuando la pidieran. Consolada y fortalecida la Sierva de Dios con estas seguridades de los Prelados, esperó llena de tranquilidad la llegada de los emisarios del Gobierno.

Llegados estos  a la una de la madrugada y, habiendo cercado el Convento con agentes de policía y puesto en arresto, en la casa Vicariato, al Rdo. Padre que lo era  a la sazón, el jefe político se acercó al torno precipitadamente, y entregó la orden Superior de salida para sor Patrocinio, intimándola, que lo hiciera enseguida; ésta, empero, se resistió a salir, no por miedo, ni cobardía, como después dijeron sus enemigos, sino en cumplimiento de su voto de clausura y secundando los deseos de los Prelados, cuyas órdenes, por escrito, exigía al Jefe político para salir, que en vano insistía en su pretensión. El destierro, empero, estaba decretado y era necesario ir a él, del modo que fuese, y así, las personas de elevada dignidad que en ello estaban empeñadas, se dirigieron al Ecmo. Sr. Nuncio y, no obstante la repugnancia y protestas del caso y contrariado grandemente, obtuvieron de él la licencia escrita que Sor Patrocinio exigía. Muy ufano el jefe político por el triunfo obtenido, se presentó de nuevo en el Convento con la orden del Sr. Nuncio, para que, obedeciendo la del Gobierno, saliera inmediatamente de clausura. Sorprendida y admirada quedó mi venerada Madre con la nueva disposición del Prelado; pero sumisa y resignada, se dispuso a salir de su amado Convento; con el corazón sumergido en amargura y dirigiendo su triste, aunque tranquila mirada a las paredes del bendito claustro, del que por segunda vez era tan violentamente arrancada, dejando a su Comunidad en la aflicción más profunda, como puede suponerse.

Fue llevada a Badajoz, al Convento de Religiosas Clarisas, llamadas de Santa Ana, el 21 de Octubre de 1849, y acompañaron a su Reverencia una religiosa de la Comunidad, el Rdo. P. Vicario Fr. Faustino de Losa y Cruz, más un delegado del Gobierno, al que dieron encargo de vigilar constantemente en el camino, a la inocente desterrada y ejemplarísima religiosa.

El delegado no estaba, ni mucho menos, en disposición de creer en la virtud de una monja, a la que según él, por las calumnias que habían propalado, desterraban por intervención en la política; pero (¡cuán admirables son los juicios de Dios!) el citado caballero fue el instrumento de que la Divina Providencia se valió entonces, para manifestar la santidad de su amada esposa; pues sucedió, que en subiendo al coche, y a muy poco de andar, se abrieron las benditas llagas, y por todo el camino, o la mayor parte de él, fue tanta la abundancia de sangre que salió de ellas, que después de haber empapado muchos pañuelos y vendajes preparados de antemano por la religiosa acompañante, tuvieron que pedir los suyos al Rdo. P. Faustino y al comisionado del Gobierno; el cual no salía de su asombro y admiración a la vista de una tan grande maravilla. Desengañado de cuanto había oído, conoció la verdad, la inocencia y santidad de aquella venerable mártir, de aquella ejemplarísima religiosa y le tomó tan extraordinario afecto, que correspondiendo a las santas inspiraciones que el cielo le concedía al ver y tratar tan angelical criatura, le dio cuenta de toda su vida y le pidió sus consejos y oraciones, para corregirse de ella, y desde aquel día perseveró siempre siendo un buenísimo cristiano, constante admirador y panegirista de mi Madre amada. A este señor, cuya virtuosa consorte, ya muy anciana en el año 1912, nos favoreció con una pequeña limosna para la impresión de la Vida de nuestra venerada Madre, tuve yo el gusto de conocer y saludar varias veces en nuestro convento de San Pascual de Aranjuez, cuando en tiempo de la jornada entraba con SS. MM. Y AA. para asistir a los solemnes cultos que se celebraban en nuestra Iglesia a la Santísima Virgen del Olvido, y a la Salve cantada de los Sábados por la tarde. Las religiosas todas admirábamos en dicho señor el cariño, el respeto con que trataba a la Sierva de Dios, llamándola su Madre y besando su santo escapulario, en presencia de SS. MM. Y de cuantos la acompañaban. También era muy grande el afecto que profesaba a la Comunidad, correspondiendo ésta con oraciones, y alabando a Dios por sus grandes misericordias.

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Vida de la Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio publicada en este blog:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/sor-patrocinio/

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