Sucedió que habiendo llevado un Niño Jesús, echadito sobre una cruz…

Tomado del Libro: Vida Admirable de la Sierva de Dios Madre Patrocinio
Escrita por: Sor María Isabel de Jesús, r.c.f.

CAPÍTULO X

Conocimiento de los interiores de la Sierva de Dios.- Casos varios.- Espíritu profético.- “Gracia de curaciones”.

Mucho podría decirse del conocimiento  que de los interiores dio Dios Nuestro Señor a su predilecta Esposa Sor María de los Dolores y Patrocinio, en toda su vida; pero concretándonos a la época en que vamos estudiando las virtudes y santidad de la Sierva de Dios, fue verdaderamente extraordinario y maravilloso el dicho conocimiento. Recordarán nuestros lectores las repetidas aseveraciones de la Rda. Madre Pilar que llevamos escritas sobre las muchas veces que, tanto de su interior como de otras cosas ocultas, le habló Sor Patrocinio, claramente y como si lo hubiera visto; también la revelación a que aludía el P. Porrero cuando dijo que el demonio no podía hacer que la Sierva de Dios supiera lo que en el interior de una Religiosa determinada sucedía, no habiéndolo revelado ella a nadie. Pues bien, otras muchas personas experimentaron igualmente esta especial gracia; y cuando la sacaron del Convento, era muy frecuente escribir a la Madre Pilar las personas que vivían con mi venerada Madre, en sus diferentes destierros; entre otras, la Rectora de las Magdalenas de Madrid, la de Jesús, y la Señora Sor Saturnina de la Soledad, éstas últimas del Convento de la Madre de Dios de Talavera de la Reina, escribían a la Madre Pilar diciéndole, que conocía y sabía Sor Patrocinio cuanto pasaba en el interior de sus almas; por todo lo cual la expresada Madre daba gracias a Dios, maravilloso en sus Santos.

Así, la Divina Providencia iba disponiendo que se divulgasen, para gloria suya y bien de las almas, las finezas de su Divino Amor para con ésta su fiel y predilecta esposa, tan vilmente perseguida por sus enemigos.

En cierta ocasión, viendo la madre Abadesa tantas cosas admirables a un tiempo en la Sierva de Dios y conociendo a fondo su inocencia y sencillez, no dudando por otra parte, dadas las pruebas que tenía, de que todo era en ella sobrenatural y obra de Dios, no se explica la incredulidad de los que sin experimentar ni acercarse a ver estas cosas, las condenaban y no creían; y muy admirada, se le ocurrió decir en su interior: “Ni el mismo demonio podía discurrir tantas cosas a un tiempo, si fuera obra suya”. Hallábase así muy pensativa y se encontró con mi venerada Madre, ésta con un rostro angelical y muy graciosa sonrisa, la dijo: “¿Con que ni el demonio podía discurrir tantas cosas, etc.?”  Quedó la Madre pasmada y alabó al Señor que de tantos modos quería y se dignaba asegurarla.

Padecía la Madre Pilar, hacía muchos años, un trabajo espiritual que la afligía mucho; y, habiéndolo consultado varias veces, siempre quedaba lo mismo. Un día, mi venerada Madre, con su acostumbrada gracia, la dio a entender que conocía su aflicción; pero de un modo tan particular se lo dijo, que no le podía quedar la menor duda de que veía, mejor que ella misma, la causa de su tribulación; lo cierto es que quedó tan libre de ella desde aquella hora, que no volvió a padecer semejante trabajo.

Del espíritu profético con que fue favorecida por el Señor mi Madre venerada, muchísimo puede decirse; citaré ahora algunos casos solamente y algo más iré diciendo, Dios mediante, en su lugar respectivo.

Siendo aún su Reverencia muy recién profesa, estaba vacante en el convento una de las plazas de oficio y, habiendo entrado para ella dos Novicias, sucesivamente, ni la una ni la otra profesaron; por lo que la Madre Pilar estaba muy afligida, porque no podían satisfacerse las cargas de dicha plaza y porque, hacían falta Religiosas. Mi amada Madre consoló a su Abadesa, diciéndole, que no tuviera pena, que no tardaría en entrar la que profesaría para la plaza vacante. A los pocos días, estando la dicha Madre en el torno y su bendita súbdita esperándola a la puerta, llamaron con el Deo Gratias de costumbre, y, enseguida, dijo la Sierva de Dios: “ésa es la que ha de ocupar la plaza; ésa, ésa”. Efectivamente, la que llamaba al torno era una joven pretendiente al hábito, de excelentes prendas para el oficio vacante y pobre, como se requería para el caso. Profesó con el nombre de Sor Urbana, por ser éste el nombre que tenía la plaza.

Un día entró en la Iglesia y presbiterio un estudiante, al que mi venerada Madre no había visto nunca ni sabía nada de él. Cuando salió su Reverencia del coro, dijo a la Madre Pilar, que aquel joven sería obispo.

“Hija”, le dijo la madre Pilar, “es sobrino mío y, efectivamente estudia para sacerdote”. El Excmo. e Ilustrísimo Señor D. Tomás Iglesias y Barcones, objeto de esta profecía, fue, primero, Obispo de Mondoñedo, y después Patriarca de las Indias; persona dignísima y respetable y de las que más apreciaron a mi venerada Madre, distinguiéndola, y a sus Comunidades con verdadero y paternal afecto.

Prosiguiendo la narración de las gracias especiales que mi Reverenda Madre Patrocinio recibió de Dios Nuestro Señor, estando aún en el Convento de Caballero de Gracia, fue muy singular la de curación de enfermedades. Véase esto claro, por dos casos maravillosos ocurridos con la misma Madre Pilar, su confidente y testigo excepcional dado por Su Divina Majestad a la Sierva de Dios.

Corría el año 1832 y a juicio del médico del convento, se hallaba enferma en peligro de muerte la referida Abadesa. Apena se declaró el mal, advirtió la enferma que Sor Patrocinio estaba muy triste y llorosa, y habiéndole pedido que la encomendara a la Santísima Virgen del Olvido, como lo hiciera, le suplicó le dijese si había entendido en su oración lo que había de suceder; si viviría o moriría de aquella enfermedad. La obediente súbdita accedió a los deseos de su Prelada y después le dijo, que la Virgen Santísima le había revelado que padecería, pero que no moriría. Déjala que padezca, que yo la curaré”, fueron las palabras de la Divina Señora. Efectivamente, con grande admiración del médico y de las Religiosas, no obstante haber llegado la enferma a los últimos instantes de la vida, recobró rápidamente la salud como la Sierva de Dios anunciara.

Hacía mucho tiempo que sentía la Madre Pilar unos dolores en el lado derecho, tan vehementes, aunque momentáneos, que parecía que la introducían una espada, estremeciéndola toda. Dos años, o más, pasó así; mas, como los dolores agudos no eran seguidos, ni la Madre notaba más desazón, un día que otro, no hacía caso. Fue la molestia creciendo y, como los dolores la daban de improviso y a veces estando con las religiosas, éstas lo notaron y preguntaron, qué tenía: la Madre, en realidad, no sabía lo que era ni de dónde provenía su mal, por lo que nada podía contestarles, sino que tenía un dolor e ignoraba a qué obedecía. El sentir más a menudo estos dolores y ser más fuertes todavía le hizo advertir que aunque se fijaban en el costado, todo ello iba a parar al pecho derecho. Esto ya la dio algún cuidado; pero notó además que tenía un bulto como una nuez y que allí iban a parar aquellos dolores tan agudos y tan grandes; los cuales si, como no la duraban, le hubieran durado minutos, fuera imposible resistirlos tanto tiempo. El bulto estaba tan adherido o agarrado a las costillas o huesos, que parecía nacer de allí mismo. Así iba pasando sin haber dicho ni la más mínima palabra de lo que tenía  a nadie; y aunque, desde luego temió que fuese un cáncer, por lo mismo formó la resolución de callar, porque si decía algo la habían de molestar con que se lo dijese al médico. Llegó el Viernes Santo del año 1830, y habiéndose encontrado la Madre Pilar, en la capilla de la Venerable Madre Ágreda, a Sor Patrocinio, ésta le dijo: “Esta noche soñaba que tenía Usencia un cáncer y ¡qué pena me ha dado!” Es de advertir que mi venerada Madre nunca decía “me ha revelado Dios esto o aquello”, sino que cuando se veía precisada a decir algo, siempre decía “He soñado”. La enferma quedó admirada, porque nada había dicho a nadie por donde pudiera sospecharse la verdad de su mal. La experiencia que ya iba teniendo de aquella grande alma le hizo conocer, que sólo el Señor podía habérselo manifestado, y ese mismo conocimiento la confirmó en lo que ella se temía, que fuese un cáncer; mas, viendo que lo que tanto había ocultado, era manifiesto ya a mi Madre amada, no se lo negó. Un día de los que, por sentirse peor, estaba muy pensativa, le habló mi venerada Madre y la dijo, que el Señor le había mandado las curas –salía de un éxtasis que la Madre Abadesa había presenciado-. Le preguntó cómo iba a curarla, y ella le contestó que chupando el bulto y extrayendo las materias. Gran confusión causó a la Madre Pilar que aquel ángel hiciese una cosa tan sensible a su corazón; mas, como mi venerada Madre tenía una gracia tan particular para todo y con ella facilitaba todas las cosas, empezó a poner en ejecución el mandato del Señor, por algunos días dos veces, sintiendo la Madre Abadesa, en muchas de ellas, un dolor como si arrancasen una cosa de lo más interior; pero, aunque todo era rarísimo, lo que llamó más la atención de la Madre Pilar fue que, estando un día chupando y conociendo que tragaba, se admiraba y decía: ¿cómo no teniendo abierta ninguna boca ni llaga, podrá sacar las materias?; y, para poder en adelante presentar un testimonio de este suceso, le dejó un pañuelo blanco, para que echase allí una bocanada; lo hizo, y la madre Pilar quedó llena de confusión y de pena, viendo que, en efecto, era aquello como sangre y materia; entonces se apuró más; y, reconociendo aquella caridad tan heroica, de que se juzgaba indigna, con lágrimas, le pidió la dejase, pues no podía consentir que tragase y tuviese en la boca aquello; mas, mi angelical Madre la consoló y la dijo con su acostumbrada dulzura, que aunque, cuando extraía aquel humor, le sabía muy mal; pero que cuando lo tragaba, ya tenía un sabor muy rico. Sin duda o lo diría por animarla, o lo que es más creíble, en su bendita boca se trasmutaría, en premio de su grandísima caridad y mortificación.

Pasado algún tiempo, empezó a disminuir el bulto, y mi venerada Madre dijo a su Prelada: “Ya no tenga Usencia cuidado, cuando menos piense Usencia, desaparecerá”. Pasaron algunos días, la Madre Abadesa aún tenía miedo, y muchas veces la Sierva de Dios lo conocía y le repetía lo mismo: “Que ya no tuviera cuidado”. Así sucedió; pues, despareciendo pronto aquel mal, jamás volvió la Madre a sentir ningún dolor de los que antes había padecido.  

El pañuelo lo conservó para memoria de suceso tan admirable y heroico, con unas bocanadas que la hizo echar otras veces. Mas, en la terrible persecución de aquel ángel y trabajos de la Comunidad, pereció también aquel testigo de su gran virtud.


CAPÍTULO XI

“Nardo que da olor de suavidad”.- Es pisado y estrujado en el altar de la inmolación.- “Levántate amiga mía”.- Ni tullida, ni tísica.- Curación repentina y milagrosa.- Víctima expiatoria.- Agonía de muerte.- Martirio que se prolonga.- Todo lo puede en Dios que la conforta.- “Para mis días”.- Palomita sin hiel.”

Recordando la Madre Pilar uno de los capítulos del libro de la oración que escribió mi venerada Madre (que fue quemado como dejo dicho), en el cual “el alma pedía al Señor vivamente, ver pisado su nardo, para que así exhalase toda su fragancia”, prorrumpe la dicha Madre en estas encendidas exclamaciones: “¡Oh, y cómo se vio pisada, despreciada, perseguida, infamada y atormentada esta criatura inocente! ¡Cómo cumplió el Señor los deseos de su Esposa! ¡Bien se puede decir que fue saciada de oprobios y que a imitación de su Esposo, no abrió sus labios para la queja!…”

Sin duda quiso Dios asemejarla a su bendito Hijo y por eso desde los comienzos de su vida aparece ya ésta su escogida, siguiéndole e imitándole en el padecer; y a su lado, cargada con la cruz de sus padecimientos de todo género, se la contempla siempre, hasta su dichosa muerte.

Comenzamos en este capítulo la historia de la crucifixión de esta esclarecida Virgen Mártir, y no podemos menos de reseñar en él de antemano la preparación que hizo Dios de su espíritu y la luz y comprensión que le comunicó de todo cuanto Su Divina Majestad tenía preparado de amargo para ella. 

Alternaban por este tiempo en esta admirable criatura los grandes padecimientos y los éxtasis maravillosos, sucediéndose los unos a los otros casi sin interrupción; y de todos ellos salía siempre la Sierva de Dios más fortalecida y alentada para nuevas tribulaciones y trabajos, hasta sentir verdadera ansia de padecerlos, porque veía en Dios el valor de los mismos.

Es de nuevo la insigne Abadesa de Caballero de Gracia quien nos cuenta con sencillez encantadora, alguna de la serie de enfermedades padecidas por Sor Patrocinio, mientras a su lado estuvo, y su curación milagrosa; así como la revelación que tuvo la Sierva de Dios acerca de sus persecuciones durante su preciosa vida. Oigamos a la esclarecida M.  Pilar:

“Estando un día por la mañana hablando, me dijo: ¿Y si Dios me quiere por tullida? Esta preparación la hizo porque ella ya sabía lo que iba a suceder; pero conociendo sin duda mi grande amor y lo que padecería, quiso prevenirme; porque como es tan dulce y eficaz, desvía de un modo lo amargo, o mejor diré, lo dulcifica de tal manera, que parece no cuesta trabajo”.

“Mucha pena me causó al pronto; porque como jamás habla ni una sola palabra de más, al instante me puse en este nuevo trabajo; mas, con su acostumbrada gracia, me templó la pena diciéndome: Que podía no suceder; y sobre todo, que en hacer en todo la voluntad de Dios, debía estar todo nuestro consuelo. Con estas y otras razones, llegó la tarde y la hora de bajar a la ropería (porque estaba ella en este oficio): era en el tiempo en que le daba tantos golpes el demonio; ya he dicho que estaba yo con ella siempre que podía; y así en esta ocasión, nos fuimos juntas; y al bajar la escalera, ya se puso de suerte que no podía absolutamente bajar. Llamé a otra Religiosa y, agarrada por las dos, llegó a la ropería, y por momentos se acabó de tullir de tal modo, que teniendo los brazos con todo su vigor y movimiento, todo el cuerpo se le quedó lo mismo que el de un muerto, sin poder hacer el menor movimiento”.

“Yo, que ya tenía el antecedente que he dicho, conocí entonces que se verificaba lo que me había anunciado, aunque no creía yo verlo tan pronto. Se bajó una silla fuerte y acomodándola en ella, la subieron a la enfermería y metieron en la cama desnudándola sentada, porque nada absolutamente de movimiento tenía, y para moverla las piernas y todo, había de ser con ajenas manos, de manera que, si en mucho tiempo no se iba a darla ningún movimiento, ni se quejaba, ni pedía nada y siempre con un rostro angelical. Al día siguiente, avisé al prelado para que me dijese si se había de llamar al médico; porque como ya tenía las llagas, me hallé sin saber que hacer; porque, si veía las vendas el médico podría preguntar, y como teníamos el Precepto de los Prelados de callar, ignoraba como me había de gobernar. A los dos días que estaba así, me envió a decir el Prelado que llamase al médico y que, si reparaba en las vendas, le dijese que en aquello no tenía él que hacer nada. Ya se ve, esta respuesta era algo enigmática y poco satisfactoria para un facultativo; pero era de un Superior y a mí me tocaba obedecer. Vino en efecto D. Manuel Bonafox, que era el médico de la Comunidad y ya la había visitado, cuando por los padecimientos causados por el demonio, creíamos estaba mala. Luego que se le dijo cómo de repente se había quedado así, perdió el pulso, vio la venda y preguntó si estaba sangrada, le dijimos que no; pidió la otra mano y viendo también venda en ella, se paró y dijo: ¿Qué es esto? Entonces le dije yo: De eso no haga Vd. caso. Mas queriendo tocar los pies, para ver sin duda en qué consistía la entera inmovilidad, puso la mano en una llaga y a la fuerza del dolor, hizo la enferma un poco de estremecimiento. Entonces dijo: ¿Hija, está Vd. crucificada? Mas como era tan prudente, no habló ni preguntó más. Mandó la diesen aquella noche una untura o frote en las coyunturas (con agua de la Reina de Hungría, me parece que fue) y al día siguiente volvió; se conocía estaba como pensativo; lo mismo que otras veces que la había visitado; y no era extraño, porque, como no eran naturales los males, nada podía hacer la medicina. Cuando ya se salía de la alcoba sin haber mandado cosa alguna, se quedó ella en un éxtasis y en cruz, tan hermosa, que el mismo médico se enterneció y admiró mucho; y con esto y las llagas, sin duda conoció que aquello no era natural; y así, aunque venía todos los días, nos dijo que no mandaba nada, que el que la había atado la destararía. Ella seguía así con una alegría extraordinaria, y como si nada padeciera; pero nuestro corazón, traspasado de dolor, viendo así a aquel ángel y aunque esperábamos por algún medio extraordinario su curación, no sabíamos cuánto duraría. El demonio no se descuidaba tampoco en atormentarla, de manera que sólo ella estaba imperturbable. No me acuerdo cuántos días estuvo así, pero fueron más de Niño Jesus y su cruz-Evelyn Khat de Akelquince. Sucedió que habiendo llevado un Niño Jesús, echadito sobre una cruz, de las Comendadoras de Santiago, dijo que se le pusiese en la cama, que le quería tener todo el día allí. En el discurso de la tarde, entre los coloquios que tenía con el Señor, unas veces en sus sentidos, otras enajenada, se la oye que aquel día andaría. Yo me llené de gozo y esperaba segura por la experiencia que tengo, el cumplimiento de esta palabra; y tanto, que haciendo señal a Maitines, al tiempo que ella se hallaba en un éxtasis; cuando veo, que de pronto, se pone de rodillas e inmediatamente echa a correr por los Claustros de tal modo, que ni las religiosas de velo blanco ni yo la podíamos alcanzar ni detener. En fin, ya pudimos traerla otra vez a la enfermería, y fue volviendo en sí; la vestimos y fuimos al coro que no sé cómo fue esto; pues en todo lo que pasó, aún estaban en el primer salmo del primer nocturno. Se pasmaron las Religiosas cuando la vieron entrar; y acabados los Maitines, nos fuimos a la sala de recreación y encendiendo todos los nichos, cantamos el Te Deum. Luego, llevando ella el Niño, fuimos a la celda de Sor María del Carmen, que se hallaba gravemente enferma y con la Santa Unción, para que la viese y participase del gozo de todas, y, pidiéndole la enferma que la encomendase a Dios, la dijo que no moriría, como así sucedió a pesar de que llegó a agravarse más; y hoy vive, cuando esto escribo”.

“Otro caso igualmente admirable sucedió en el año de 1833. Por el mes de Mayo de dicho año, unos días antes de San Isidro, le acometió a Sor Patrocinio una tos bastante continua y empezó a echar un poco de sangre por la boca; la vio el médico y la mandó un jarabe; siguió así dos días y al segundo, saliendo yo al anochecer del locutorio donde me habían tenido ocupada, hallé que estaban las religiosas con mucho cuidado, porque estaba bastante agravada, y la hicieron acostar; se llamó al médico, vino a las nueve y encontró gran novedad; se fue a recetar a mi celda y me dijo que aunque había visto muchas cosas extraordinarias en esta criatura, pero en la que parecía natural debía ponerse los medios; que la veía muy mala, mucha calentura, la sangre por la boca y, en fin, que iba a recetar dos bebidas, una para contener la sangre, y la otra para lo demás; la mandó sinapismos en los brazos, porque en las piernas no podía ser; se marchó y ella por momentos se iba agravando, convulsiones terribles, recargos y tos, sin un momento siquiera de intervalo, de manera que muchas veces la vimos morada, que se ahogaba. Es inexplicable, qué noche fue aquella; pues todos los males juntos parece le acometieron; traspasadas de dolor todas las religiosas, ni un instante en toda la noche se separó ninguna de su celda y las que no cabían a la puerta de la celda, con el Santísimo Cristo de la Palabra, pidiendo al Señor la aliviase de tanto ahogo; yo andaba desalentada, ni tenía corazón para oírla, ni me podía separar un punto!”

“Sólo ella, con aquel rostro tan angelical y risueño, se recreaba con sus hermanas, y cuando podía hablar alguna palabra era la consoladora de todas. Viendo, pues, que se aumentaban las convulsiones, el peligro, al parecer, de ahogarse, y todos los síntomas eran de ir por instantes empeorando, se volvió a llamar al médico, a la una de la noche, quien después de haberla visto, me dijo que era preciso se confesase y recibiese el Sagrado Viático por la mañana, que esta notica a ella no le asustaría pues estaba tan cierto de su virtud, que no descontaba aún de ver alguna cosa particular y extraordinaria; pero que era lo natural estaba en gran peligro, y que la sangre que había visto a las nueve no manifestaba lo que la que ahora veía, que estaba mezclada y manifestaba estar el pulmón herido. Noticia fue ésta que traspasó mi corazón de parte a parte; porque aunque yo no dudaba que en esta ocasión no moriría, porque, en un momento que pude hablar sola, me lo había asegurado, pero en fin, la veía de peligro; y que sus padecimientos eran muy grandes; dos recargos terribles tuvo en la misma noche, las convulsiones se aumentaban y cada instante parecía un nuevo peligro. Se marchó el médico, habiéndome puesto yo a escribir al confesor, y a las seis mandé la carta, pero encontró el criado que llevaba la carta al confesor que ya venía, y dándole la carta en donde le encontró, le dijo la novedad. Vino y entró con el Padre Vicario, y pareciéndome a mí que estaba un poquito mejor, le dije mi parecer y que en comparación con la noche tan terrible, que todas estábamos traspasadas, notaba algún alivio. Luego que la vieron me dijeron: Señora y esto dice V. que es mejoría. Mas, como no había visto las angustias de la noche, no lo extrañé: no es posible acordarme sin estremecerme, ni se puede pintar y sólo la Comunidad toda que no se separó ni un solo instante, sabe lo que padeció; en fin, se confesó y su confesor dijo no podía detenerse y que luego le administrase el Padre Vicario el Sagrado Viático. Ella estaba como un ángel, llenando a todas de consuelo, ya cada vez me figuraba estaba mejor y en efecto paró la sangre por la boca, y mucho de aquella tos, no interrumpida, que más no acongojaba; yo dije: esperemos al médico; vino éste y, no pudiéndome hallar yo en su celda al tiempo de la visita, por una ocupación forzosa, salí cuando ya se marchaba a un claustro, para preguntarle cómo estaba, porque hacía un rato que no la había visto, y también temiendo extrañase el que ya no se le había administrado el Sagrado Viático, le dije se había diferido un poco, pero que en la misma mañana se le iba a dar. Antes de que yo concluyera de hablar, me dijo: Señora, qué Viático se le ha de dar, si esto es un prodigio, está tan buena como Vd. y como yo, todo ha desaparecido; el pulmón tan libre como si nada hubiera padecido, y en fin aunque la he dicho que esté quieta y no hable, es sólo por una precaución, y porque nosotros debemos no exponernos a que por una imprudencia nuestra, la hagamos padecer. En efecto, fui corriendo, y me la hallé tan lista y buena. Dos días siguió viniendo el médico, pero nada la volvió a mandar, antes lleno de admiración y gozo me llamaba por la tarde y mañana y admiraba esta repentina curación.

“Venga V. me dijo una vez, que todo es portentoso en esta criatura. La última visita que la hizo me dijo: Yo quisiera que no estuviera privada esta alma de la Sagrada Comunión, y aunque estoy cierto que por su pie iría a comulgar el día de la Ascensión (era la antevíspera) sin embargo, debemos, venerando su curación milagrosa, al mismo tiempo no exponernos a que el Señor nos castigue, por el cuidado que debemos mirarla, y así puede comulgar aunque sea todos los días en la cama, y si ella se levanta y baja, déjela V., también sin miedo”.

“El médico no volvió más, porque aquel mismo día cayó enfermo de la enfermedad que murió, y esta dichosa criatura no volvió a tener la más mínima novedad, se levantó y, en efecto, bajó a comulgar el día de la Ascensión, y todos quedamos dando gracias al Señor que tales maravillas obraba en su amada, siendo nuestro gozo a medida del dolor y quebranto que habíamos padecido”

“La variedad (continúa la M. Pilar) es admirable, y apenas se puede explicar con palabras; diré un suceso de los muchos que he visto, y por él, se entenderá cuánto habrá padecido y padece; advirtiendo que, de continuo se está ofreciendo víctima por todos, y para todos; porque, aunque el sumo recato y grande silencio que guarda, nos privan de las principales noticias, como ya llevo dicho que en los éxtasis suele hablar algunas palabras sueltas, que hemos oído, y visto luego la confirmación de aquello mismo que había anunciado; así también nos ha dado luz para conocer muchas cosas. El día 13 de junio del año 1835, había Misa cantada con su Divina Majestad manifiesto, a San Antonio de Padua; se descubrió el Señor una hora antes de empezar la Misa, y hallándome yo escribiendo, asentando cosas de mi oficio en la casilla (que es la oficina de las Preladas), cuando tocaron a descubrir, a mis oídos sonaba clamor de muertos; creyendo que consistía en las que tocaban, me incomodé y, levantándome de la silla, me encaminaba al ante-coro, cuando pude oír que ya tocaban a fiesta, y entonces no hice más caso. Llegó la hora del coro y habiendo concluido las horas empezó la Misa, que la cantaban fuera, y las religiosas, según costumbre, de rodillas en sus puestos”.

“Sor Patrocinio se pasó al suyo, y al momento, le advertí una gran transformación; que ya en las horas la había notado algo, pero iba en aumento; como todas las mutaciones del rostro manifestaban, o daban a conocer, que alguna grande tribulación oprimía su corazón, y al mismo tiempo, que padecía extraordinariamente su cuerpo; yo me sobresalté muchísimo y queriendo evitar la publicidad, me levanté y, llegándome a ella, la tomé de la mano y la saqué del coro, llevándola a una ermita que está por los desvanes y cae una rejilla, con su rayo, al presbiterio, y llamamos la ermita de los ejercicios; porque sirve para este fin, y en ella están retiradas todas las religiosas que entran en ellos”.

“El trabajo que me costó llegar allí con ella, ni las angustias que yo padecí en aquella mañana es imposible explicarlas; al fin, con muchísima dificultad, llegamos, y por momentos se aumentaban las congojas, la imposibilidad de moverse, y se puso en el mismo estado que vemos a los moribundos, cuando ya han entrado en agonía. Yo, que me veía sola, y sin el menor auxilio, ni me podía mover; porque la sostenía en mis brazos, que estaba notando aquella palpitación de corazón, aquellas angustias que hacen mudar tantas veces el rostro de los que agonizan, con aquella tristeza mortal que dividía mi corazón, el estiramiento de los miembros, las contracciones de los nervios y que parecía se le dislocaban los huesos, y en fin lo que no puedo ni explicar. Ya quiso Dios que viniese su Maestra, con el cuidado (como nos vio salir); y la dije me trajera unas almohadas y se fuese, porque no se notase; se afligió mucho lo poquito que la vio, hizo lo que la dije; al fin la pusimos las almohadas y siguió en la misma clase de agonía, sucediéndose unos síntomas a otros, todo el tiempo que duró la Misa, que fue solemne; al concluir se le levantó el pecho, con el ronquido, o estertor que da a los que mueren, y, en el intermedio de la Reserva, dio tres boqueadas y se quedó pálida como difunta. Ya se deja discurrir cómo estaría mi corazón; pues, sólo me quedaba para alentarme y consolarme, el que cuando la saqué del coro, como había oído tocar a muerto y la veía tan mala (al parecer, para quien no supiera las cosas raras y admirables que Dios obraba en esta criatura). Recelosa yo de algún nuevo trabajo, la pregunté que si moriría, y con mucho trabajo, porque ya casi no podía hablar me dijo: No se asuste Usencia, que no me muero. Esto fue lo que me hizo esperar con paciencia, aunque no sin grandísimo dolor, el fin de este paso tan lastimoso, adorando mientras tanto al Señor, que me hacía testigo ocular de tantas cosas, siendo tan indigna de ello”

“Estuvo un rato así y luego volvió en sí, pero muy quebrantadas las fuerzas y caída hasta aquella misma siesta o tarde que tuvo un éxtasis admirable, y volvió de él toda renovada y en su natural y común hermosura y alegría. Lo que padeció en este día y otros muchísimos así, ella solo podrá decirlo y porque lo padeció; pero yo tengo una especie de este día, o al menos, que fue que se ofreció para desagraviar al Señor de una grande ofensa  que se había hecho a su Majestad”.

“No cabe en ponderación lo muchísimo que padece de este género de padecimiento que no puedo yo aclarar; mas, que por lo que he visto exteriormente, infiero cuán terribles eran sus trabajos, y siempre he visto que son al paso de los gozos, las tribulaciones de toda clase. Pero desde el mes de Julio del año 1835, fue tan extraordinario su padecer, que dudo tuviese más intervalos que mientras estaba enajenada; sin duda eran preludio de la grande y extraordinaria tempestad que fraguaba el demonio contra esta inocente alma tan favorecida de Dios y de la Reina de los Ángeles María Santísima”.

“Sucedió por el mes de Julio del año que llevo dicho, que estando en oración, al pasar la novicia para entrar el calderillo para completas, como estábamos a oscuras, sin advertirlo, la pisó un pie; no lo sintió entonces, porque no estaba en sí; más cuando volvió, se halló con tantos dolores y había echado tanta sangre de las llagas  y se le fueron alterando los nervios con una tirantez, que no podía ponerse en pie y tuvo que estar mucho tiempo en la celda, y esto sentada en un colchón y con mucho trabajo; a eso se agregó tanta variedad de dolores, que no había corazón para verla; le acometieron unos dolores a la cabeza tan terribles y extraordinarios, que decía ella misma que le parecía imposible vivir, si aquello durara algún tiempo; porque solíamos estar con ella, y de pronto echaba las dos manos a la cabeza y empezaba a caerle arroyos de lágrimas; con la violencia del dolor se quedaba mortal”.

“Yo un día, viéndola en tan extremo penar y de tantos modos y acometiéndola esta clase de dolor, sin poder contener mis lágrimas, exclamé: Señor, si tenéis los infinitos méritos de vuestro Hijo Santísimo ¿Para qué queréis los de este ángel? Aliviadla. Confieso mi flaqueza y miseria; yo no tengo valor para padecer la más mínima cosa a vista de este ejemplar tan grande y admirable; pues en medio de tan terribles padecimientos, siempre se la ve tan dulce, suave y caritativa de todos, como si nada padeciese”.

“También padecía al mismo tiempo una tristeza tan grande, que muchas veces se la veía llorar, e instada por mí, no me decía más que no lo podía remediar; porque sentía una pena en el corazón, que no podía explicar”.

“Así iba pasando aumentando cada día nuevos dolores y trabajos. Llegó el 10 de Agosto, día de San Lorenzo y, habiéndola dejado en la cama, nos fuimos a rezar la corona de la Señora, que se rezaba en la capilla de la Virgen del Olvido, que ella había hecho. Se quedaron con ella Sor María Josefa de N. P. S. Francisco y Sor Corazón de Jesús, ambas religiosas de velo blanco. Acabada la corona, me llamaron, fui allá y me dijeron que todo el tiempo había estado en éxtasis; me llegué a la cama y aún no había vuelto enteramente; más, como hiciese señal a Maitines, tuve que irme, quedando con ella las mismas hermanas. Cuando salimos de Maitines, me esperaba en el dormitorio Sor Mª Josefa, y me dijo: Ay Madre, cuantos trabajos nos esperan y cuánto tiempo que padecer Sor Patrocinio; porque todo el tiempo que han estado Vds. en Maitines, ha seguido en éxtasis y parecía la manifestaba el Señor lo enojado que estaba; porque por las palabras sueltas que hemos oído, unas veces rogaba, otras parece como que esperaba se aplacase el Señor; y se ha ofrecido a padecer cuanto quiera Dios por todas; y otras cosas que no me acuerdo ahora, me dijo esta religiosa llorando “.

“Los sucesos posteriores y el cúmulo de tribulaciones, trabajos y padecimientos suyos manifiestan y acreditan, bien patentemente, la verdad de este suceso”.

“Los dolores seguían y la tirantez y encogimiento de los nervios era mayor, de manera que desde el pie hasta la cadera le cogía; y, ni aún para acostarse podía subir a la cama; por lo que estaba en el suelo. La víspera de la Asunción de la Señora tuvo un día cruelísimo; llegó la noche, y más se aumentaba su padecer; cerca de las doce, a instancias suyas, me fui a recoger, quedándose con ella Sor María Juana de la Santísima Trinidad; mas, antes de las cuatro, me fue a llamar, muy afligida, y me dijo, que fuera allá. Porque perecía la iba a dar un accidente; que era tanto lo que había padecido, desde que yo me fui, que ni podía explicarlo, ni tenía yo corazón para verla; fui inmediatamente, y la hallé con unas convulsiones terribles, toda tan trasmutada y con síntomas tan lastimosos, que bien fue menester que el Señor me diera fuerzas en esta ocasión, como en otras muchas, para verla en tan extremo padecer. Así siguió; mas, luego quiso Dios que se fuese aliviando y, con mucho trabajo, asistió a la función de la Señora, que ella hacía un sermón y completas cantadas por la tarde; más, concluida ésta, volvieron a apretarla los dolores. Este día fue el que amaneció sitiada la plaza, y ya teníamos la experiencia de otras veces, que en queriendo suceder algún trabajo, padecía extraordinariamente y de un modo tan grande, que nos llamaba la atención, y solíamos decir: Que vendrá ahora, y en juicio nuestro, sus grandes padecimientos eran para evitar los nuestros: y así la mirábamos como a una víctima, para aplacar la ira del Señor. No es posible explicar las clases de padecimientos, las aflicciones y angustias, que en otros padecía. ¡Qué noches tan tristísimas! Algunas noches tuve que acudir a la Reina de los Cielos, que, en su Sagrada Imagen del Olvido, eran las delicias de su corazón; y, viéndola en tal conflicto de penas, dolores y terror, que hacían un conjunto lastimosísimo, llevarle este Divino Simulacro y, en el momento, trocarse y renovarse toda, de pena en gozo, de aquel especie de temor que tenía, en una tranquilidad y sosiego inalterable; y aún los dolores cedían y se solía quedar en una apacible calma; en fin, se solía quedar enajenada y se veía claramente que la Señora la confortaba y alentaba para entrar en nuevos combates”.

“Cuántas veces me ha sucedido a mí, el que, viendo tanta clase de trabajos y tanta constancia, apacibilidad y alegría, viendo que todo era extraordinario y metida en mi apocamiento y miseria, me decía yo a mí misma interiormente: ¿Es esta criatura humana?. Otras veces (confesaré mi flaqueza) decía: Señor, ¿cómo hay quien pueda seguir este camino?; yo no alcanzo este misterio, y así, aunque veía también las gracias que la hacía el Señor y penetraba el tejido admirable de penas y consuelos, con todo esto, hubiera preferido carecer de tan admirables gozos; por no tener valor para pasar tan terribles continuos trabajos y, con confusión mía y conocimiento de mi estulticia, confieso y digo lo que por mi interior pasaba”.

“¡Que diferencia tan notable! ¡Esta alma tan generosa, grande y admirable, siempre ansiando por padecer, suspirando por penar, siempre llena de trabajos, dolores, penas de todas clases y nunca saciada de sed de padecer! Dígalo aquella alegría tan grande, con que, habiéndola manifestado, sin duda Su Majestad la cercanía del colmo de sus deseos —de ser saciada de oprobios y de trabajos,— no podía reprimir su alegría y nos decía muchas veces, con aquel candor e inocencia natural: Para mis días, para mis días; y como la rebosaba el gozo y lo decía con tanta gracia, creíamos que el Señor la había manifestado, o dado a entender algún favor, o gracia especial para aquel día. Pero ¡oh, gran Dios, cuánto distan vuestros pensamientos de los de los hombres! Grandísimo era, en verdad, el favor que preparabais a vuestra amada Esposa, pues la destinabais a que en todo os imitase; pero no lo pensábamos nosotras, ni era posible imaginar un suceso tan doloroso y lastimoso, tan inaudito y cruel”.

Sí, llegó el día 7 de Noviembre, víspera del Patrocinio de la Señora y los días de esta inocente cordera; a la hora de vísperas, fue cuando, cercado el convento y entrado el juez, escribano, médico, etc., fuimos sorprendidas y hecha la prisión de esta palomita sin hiel. Preciso es que yo pase en silencio aquí lo sucedido, tan público; y me contraigo sólo a decir lo que toca al asunto que iba escribiendo, que es la alegría que tiene con el sumo padecer, porque, ni mi corazón puede resistir la narración de tan terrible paso, ni menos escribirlo. Entre todos los extraordinarios trabajos que, desde que nació esta felicísima criatura, había padecido, no puede tener comparación ninguno con el de verse fuera de su amado convento”.

“La salida, verificada el día 9, arrancándola de nuestros brazos, ni tiene símil, ni sus angustias se pueden explicar en lo más mínimo, ni ella hubiera podido resistirlas, sin perder la vida, si Dios no la hubiera confortado. Conocía, sin duda, y sabía esta prueba tan grande; sacrificio que el Señor quería de ella; porque, hablando un día con una religiosa, como es tan humildísima y no se la permite fregar, por las llagas, ni algunas otras cosas, la dijo: Yo no sirvo para nada —esto lo decía llorando. La religiosa la dijo: más sirve su caridad que todas juntas, y algunas otras palabras, consolándola; y, serenándose de pronto, con aquella gracia que tiene para todo, le replicó: anda sírveme (porque era en el refectorio) que algún día querréis servirme y no podréis”.

“La misma noche que la sacaron, delante del juez, escribanos y los dos eclesiásticos, cuando hechas todas un mar de lágrimas y no menos ella en aquella tristísima noche, en la que no hallaba modo ni medio para presenciar y ver el engaño con que aparentaban que era preciso sacarla para cuidarla, mimarla (que fue expresión de ellos) y que si quería muy pronto volvería, en esta noche, digo, en la que es mejor pasar en silencio todo, porque se arranca el corazón al menor recuerdo, dijo también hablando conmigo, anegadas ambas en lágrimas y traspasados los corazones: ¿No he dicho yo a Usencia muchísimas veces (y era verdad) que alguna vez querrían hablarme y no podrían Vds.? palabra que sólo ella los debería haber parado; pero como no era el deseo de averiguar, sino el no querer ver la luz, ciegos voluntarios, siguieron con su misma astucia aparentando cariño lo que era odio mortal, y se verificó el sacrificio. Pues éste y todos los que acompañaron y siguieron los más grandes, más dolorosos, más terribles, ya los sabía; y éstos era los que esperaba con tanta alegría, ansia y sedienta de padecer, diciendo Para mis días, para mis días. Por esto poco que apunto, se puede inferir, cuán grande es el corazón de esta criatura y cuán agradable a los Divinos ojos que la escogió (Dios) para ostentar su poder Divino”.

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Vida de la Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio publicada en este blog:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/sor-patrocinio/

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