Pero en llegando la Reina de los Ángeles, se le mudaba el rostro, con una majestad que infundía respeto mirarla

Tomado del Libro: Vida Admirable de la Sierva de Dios Madre Patrocinio
Escrita por: Sor María Isabel de Jesús, r.c.f.

CAPÍTULO VI

Testimonio de la R. M. Pilar sobre los admirables éxtasis y celestiales revelaciones de mi venerada Madre Patrocinio.- Explicación que sobre esto hace, por cuanto vio y admiró.

“Ya tenía yo noticia de los continuos éxtasis y vuelos de su espíritu”, dice la Madre Pilar, “y así sucedió que como tan del todo ocultaba estas cosas (porque en esto puso siempre mucho cuidado, en ocultar o desvanecer todo lo que diga relación a estimación suya, que parece increíble) se salió una tarde, con licencia, de la oración; yo salí también, y supe, que, conociendo ella que se iba a quedar extasiada y por esto publicarse, se retiraba a un paraje oculto. Le dije que lo tratara con el confesor y éste le diría, si debía o no salirse del coro. Lo consultó, efectivamente y el confesor le dijo que no, que habiendo resistido tanto tiempo, dejase obrar al señor. Muchas veces había estado enajenada en el coro, o por mejor decir, en el oficio divino muchísimas veces, pero no se había publicado; porque, como no teníamos experiencia y en la oración estaba junto a su Maestra, adelante no lo reparaban, y cuando se oía algún quejido o suspiro, que era, en la fuerza que, sin duda, se hacía, se achacaba a otras cosas; y en el oficio divino nos llenaba de gozo ver aquellos ojos fijos en la Purísima, muchísimas veces; pero como no perdía los sentidos, y lo que es más principal, como no había llegado la hora, ninguna conoció nada. Yo, que conocía y sabía muchas cosas, porque el confesor la había dicho que se desahogara conmigo, y como, tan obediente, lo hacía, pero de un modo tan humilde, que era como preguntando, cada día iba conociendo y penetrando más y más de esta alma tan grande y admirable; que ni yo puedo explicar mi concepto, ni sé cómo, siendo yo tan ruin, miserable y mala, me hizo el Señor este tan grandísimo beneficio, de traerme este ángel de carne humana, y que yo entendiera, siendo tan grosera y terrena, tantas cosas de su espíritu; que no parecía, sino que me decían al oído muchísimas cosas. Ella fue todo mi consuelo en las angustias de la Prelacía; ella mi remedio, ella mi recreo, mi ejemplar y mi todo. ¡Oh, cuántas grandezas encierra el Señor en esta criatura! Ya se sabrán. ¡Qué virtudes tan sólidas! ¡Qué cúmulo de gracias! Me llena siempre de confusión considerando lo sumo de mi miseria y pequeñez…

Antes de tomar el Santo Hábito, ya la dio Dios un conocimiento tan grande y me miró con tanta caridad y amor, que nunca pude merecer. Unos días antes de la Ascensión del Señor del año 1830, me buscó en mi celda y me dijo, que le había propuesto el Señor: ¿Qué quería mejor, o morirse el día de la Ascensión e ir a la Gloria, o quedarse aquí a pasar muchos trabajos?; que como a Prelada, pedía mi consejo para acertar y que la ejecutaban por la respuesta. Yo no dudé un momento en decirla: Hija mía, sin dudar en nada, ha de pedir quedarse aquí, a padecer trabajos porque esto es lo más meritorio y lo que debe Su caridad escoger. Pues bien está, me respondió, hablando ingenuamente, es cierto que así me pareció mejor; pero en mi interior a la verdad que me asusté mucho; porque cabalmente, mi temor había sido que el Señor la llevase muy pronto, aunque por entonces ya tenía yo motivos la tenía Dios para cosas grandes; pero sólo el temor de perder aquel ángel, me hizo responder tan pronto así. Ya llevo dicho, que conocía grandes cosas de esta grande alma. La veía siempre tan fuera de todo lo terreno, que aunque habláramos de cualquier asunto, si después la preguntábamos, ni sabía, ni podía dar razón de lo que habíamos dicho; su silencio y aquella natural compostura y modestia encantaban; y se veía bien claramente, que siempre estaba su mente en Dios, sin que nada la estorbase, ni impidiese. Sabía también, que muchísimas veces la arrebataba Dios en éxtasis; más no le había visto así, hasta un día de estos que voy diciendo. Nos habíamos confesado; y, dejándola yo en la rejilla, que hay en la ermita (tribuna) que cae al altar mayor me fui.”

“Volví pasado un rato a buscarla, y me dijo, si quería dejarla un poquito, era porque no podía moverse; aguardo un poco, y la dije: Vamos. Quiso levantarse, pero cayó en mis brazos enteramente fuera de los sentidos. El rostro le tenía hermosísimo, los ojos en elevación; yo, que aunque no la había visto así, y que veía aquella hermosura y consideraba cuánto gozaría aquella alma y cuánto podía alcanzar de Dios, lloraba e interiormente la alababa, porque es muy difícil reducir a razones los efectos que causan tales maravillas en quien las ve. Ni yo puedo decir lo que sentí; lo que sé es que se deshace una por dar a Dios la gloria y alabanza, y no para en la criatura; sino que se ve claramente, con los ojos del alma, la omnipotencia y grandeza de aquel Señor, que tan admirable se muestra con aquellas almas que escoge para los altísimos fines de su providencia; y así, en vano me empeñaría yo en decir lo que sentí. Hora y media estuvo, enajenada enteramente; y al cabo de este tiempo volvió, diciendo estas palabras: ¿Que nada que pida me negarás? Aquella tarde, estando en mi celda, se volvió a quedar lo mismo; y entonces ya la vieron así su Maestra, Sor San Felipe y Sor Mercedes”.

“A la mañana siguiente, cuando ya habían salido las más del coro y salía ella, me fue a tomar la bendición, y allí mismo fue arrebatado su espíritu y la vieron todos; porque también estuvo mucho tiempo sin volver en sí. Desde este día ya fue preciso que supiera toda la Comunidad y viera cosas admirables; porque fueron y han sido tan frecuentes los éxtasis, que era imposible ocultarlos; y aunque con toda verdad, se puede decir que habita siempre en las alturas, porque atendiendo o haciendo aquí todo cuanto ocurre de labores y demás, no le es impedimento ninguno para la elevación de su espíritu, y ¡cuántas veces la hemos visto coser perfectamente, sin mirar a la labor poco ni mucho.” Leer en el coro lecciones, teniendo el libro lo de arriba abajo; y, en fin, nada, nada la estorba ni distrae de su perpetua y continua contemplación; mas, como ahora se habla de los éxtasis en que pierde los sentidos, diré algo, aunque todo será nada, en comparación de lo que es, y de lo que se aprende por la experiencia; que, como ya he dicho, no hallo razones para explicarlo. Siempre que se queda en éxtasis, su rostro se le pone hermosísimo, con un sonrosado peregrino, los ojos en una elevación grandísima, sin pestañear ni una vez siquiera, aunque le dure tres o más horas; porque en pestañeando una vez, es señal de que vuelve; y así como cuando vuelve, si ve que la ha visto alguien, se avergüenza en unos términos que da lástima, nos valíamos de esta señal para que se fueran las que estaban, antes de que volviera en sí enteramente”.

“Todas las pinturas de Santos que he visto así, elevados, no llegan a aquella belleza, y si no se contuviera una era imposible dejar de darle mil besos. Según se conoce son las visiones, son las mutaciones del rostro; unas, con una sonrisa que dilata el corazón. Otra con una majestad que infunde grandísimo respeto, y otras con un traspaso que quiebra el corazón, y sus ojos son dos fuentes de lágrimas. El cuerpo le queda comúnmente, como un tronco inanimado. Dos veces la he visto elevado algo del suelo. Si está de rodillas, así se queda; pero, con un soplo, con toser un poco recio, o llegarla con un dedo, cae; y aunque se tomen los brazos, o cualquier cosa, cae a peso; y lo mismo la cabeza, como si fuera un cuerpo muerto. En el estado que la coge se queda, de manera que la hemos visto de mil modos; estando comiendo, con el tenedor cerca de llegar a la boca; a medio quitarse el hábito; con la costura tirando de la aguja; y en fin, en todas las acciones comunes a todos; advirtiendo, que aunque sea la postura muy penosa y la acción en que se queda imposible, naturalmente, de estar mucho tiempo, se mantiene así con la mayor gracia, todo el tiempo que dura el éxtasis, por largo que sea. ¡Cuántas veces obligándola yo a que comiera, (porque su alimento es casi nada) solía ya, como desalentada, meterse en la boca lo que le daban; y al mismo tiempo irse por allá y tener que sacarla el bocado! Y cuántas veces decíamos: Si esta criatura no está en este mundo. En muchos éxtasis habla; pero siempre, palabras sueltas; mas, ¡qué grandes y significativas! ¡Cuánto se podía haber escrito de solo esto! Algo tenía apuntado que pereció.

“Otros éxtasis son de otro modo: en cuanto al rostro, siempre es del mismo; pero, estando así, tiene expeditos todos los miembros. En unos escribe con la mayor ligereza, y como si, propiamente, tuviera la pluma en la mano; estos han sido muy continuos, y el hablar en ellos, parecía que la dictaban, porque se quedaba en ademán de quien escucha, y luego escribía. Los títulos de los capítulos de la obra que escribió, ya los había oído yo en los éxtasis, con otras cosas tan admirables que, desde luego, juzgué estaba llana de ciencia infusa; y luego he visto no haberme engañado. Otras veces, parecía que estaba predicando, y luego como quien toma agua bendita y bautiza. Otras, parece que juega con el Niño y como si hiciera bolitas de su corazón y se las tirase. Otras, como si la estrechara en su pecho. Otras, como si oyera una gran música y ella tocara; pero tanta clase de instrumentos no conocidos, que estábamos absortos. Todos los movimientos y acciones que hace, estando en éxtasis, son con una gracia tan particular, que aun las más mínimas arrebatan a quien las mira. Mientras dura la visión o vistas de los Santos, va haciendo a cada uno su venia y nombrándolos; pero en llegando la Reina de los Ángeles, ya cuando iba a venir, se conocía, porque instantáneamente se le mudaba el rostro, con una majestad que infundía respeto mirarla y al mismo tiempo se rendía el cuerpo y caía la cabeza hacia atrás”.

“Cuando era nuestro padre San Francisco, besaba las cinco llagas, y luego decía: intercedes, pero no das; si eran los Patriarcas como David, Abraham, etc., pronunciaba con mucha majestad y respeto su nombre. Si San Bernardo, con mucha dulzura; si San Bruno, como con un ceño graciosísimo; nombraba muchos Santos de los cuales no teníamos noticia, pero inmediatamente decía de dónde era el Santo. Solía muchas veces, en medio de esto, ver a San Antonio con el Niño Dios, y ponerse a jugar, y como que el Santo echaba al Niño a su pecho, y entonces ya se las apostaba a San Antonio. Con Santo Tomás de Villanueva tenía mucho gozo”.

“Otras veces se le empezaba a encender sobremanera el rostro, de pronto, y una alegría extraordinaria, la hacía manifestar que alguna cosa particular veía, y luego prorrumpía: Padre, padre: inferíamos que era su padre natural. También le manifestaba el Señor la gloria de muchos, y que los cuerpos de algunos estaban incorruptos. Se le oía decir: Madre San Antonio… cuerpo entero… debajo del altar… P- F. se beatificará; si no era de aquí (del convento), añadía: En tal parte. En estos éxtasis y en todos los que hablaba y manejaba las manos, siempre se la veía ofrecer los corazones de todas al Señor. Monjas de su convento la manifestaban muchas, y como las nombraba y por los libros del archivo veía yo que eran los mismos nombres, me alegraba mucho; porque claro está, que las que hace cien años que murieron, cómo lo había de saber”.

He apuntado esto poco para dar una idea de la multitud de modos con que el Señor se comunica y regala con su predilecta Esposa.


CAPÍTULO VII

Aflicciones y desconsuelos de la Madre Pilar.- Nada podía quebrantar su fe en la virtud de Sor Patrocinio.- Prueba que todo lo resuelve.- Padecer con Cristo es gozar.- “Va al Cielo por camino derecho”.- Noches luminosas.- No se ha de dejar a Dios por la criatura.- Pobre Madre Pilar.- Señal infalible de buen espíritu.- A semejanza de las inteligencias separadas.

Continúa la Rda. Madre Pilar. “Es inexplicable lo que ha padecido mi corazón viéndola para todo tan sola y atribulada. Yo hice saber a los Prelados lo principal, como debía. Vino nuestro Padre Provincial Fr. Ambrosio García Porrero, y llamando a toda la Comunidad, nos impuso el precepto de obediencia para que a nadie dijéramos nada. Vino después el Rdo. P. General Fr. Luis Iglesias, y me dijo que renovaba el precepto y al mismo tiempo dijo, que fuese anotando lo que advirtiese de singular”.

“Estuvo luego un gran rato con ella (Sor Patrocinio), y otro día volvió también, pero fuese que la vista de tantas cosas juntas les parase y temiesen, o lo que es más verosímil, disposición del Altísimo, para que más y más padeciese esa criatura, lo cierto es, que dejándola todo el tiempo hasta el día de hoy, ni para probar, ni para ver, ni para nada hiciesen la menor diligencia; y he aquí una causa que aumentó gravísimamente mis cuidados y penas, y no fueron menores, sino mayores las suyas. Y digo que no hicieron nada, porque aunque el Rdo. Padre Porrero llamó a algunas monjas y luego me dijo a mí que una religiosa le había dicho que Sor Patrocinio le había manifestado a ella cosa interior que sólo ella sabía, y que esto era señal de espíritu bueno; pero creyendo unas veces, y temiendo otras, lo cierto es que nada formalizaron; y aunque vino varias veces, y una vio las llagas de las manos y se quedó admirado, como estaba tan enfermo, o porque tuviese alguna disputa con el General, así iban dejándolo”.

“Su sucesor, el Rdo. Padre Barrilero, sólo una vez la habló, y otra el Rdo. Padre Orense. Este dejamiento de los Prelados fue la causa de que muchos hablasen con poco miramiento, porque aunque por la Comunidad se observó el precepto de no decir nada, mas, como sin duda Dios quería que las cosas de esta criatura fuesen públicas, sin saber cómo, ni por quién, se fue divulgando por todas partes; y esto ha sido de tal modo, que me ha sucedido muchas veces decirme a mí misma, persona de fuera, cosas que sólo yo las sabía. Muchos culpaban a los Prelados que no hacían caso de unas cosas que podían dar tanta gloria a Dios, y de esto había mucho. Otros acriminaban esta inacción por otros estilos. No faltaba quien dijese que tan ilusa estaba la Abadesa como ella; y lo peor era, que lo decían quienes por su carácter podían hacerlo creer”.

“En esta desecha borrasca, fue indecible lo que padeció mi corazón, aunque no sin grandes consuelos, como diré. Yo veía aquella alma tan grande, conocía mucho de los cuantísimos favores que recibía del Señor, y lo que me aseguraba, además de la luz que Su Divina Majestad la daba, era aquella perfección en todas las virtudes: aquella candidez y humildad constantes, aquella obediencia tan ciega, que estoy bien segura que, si la hubiera dicho que se echase al fuego o que se tirara de alto o bajo, al momento lo hubiera hecho. Sucedió un día de los que vino el Padre Porrero, que, como le dijese que todo era el demonio, (ya se deja discurrir que eso le haría y lo conocería mejor quien conozca algo de su profunda humildad) la encontré yo al otro día sumamente afligida; e instándolo para que me dijese la causa, me dijo:

Que habiéndola manifestado Su Majestad con una luz clarísima, que no era como había dicho el Prelado cosas del demonio sino de Dios, como no podía menos dejar de creer y asegurarse, ni estaba en su mano, temía faltar a la obediencia, porque como el Prelado le había dicho lo contrario, ella dejaría, a su parecer, seguir ciegamente el dictamen de su Superior. Tan delicada es en ésta y en las demás virtudes”. Hasta aquí la Rda. M. Pilar.

Se alternaban en esta dichosa criatura los favores celestiales extraordinarios y grandísimos del Señor y los padecimientos continuos; pues además de la cruel guerra que por entonces le hacía el demonio y tantos golpes como la daba, tenía otro género de padecer aunque más dulce, no menos fino. Éste era unos dolores tan vivos, que en concepto de la M. Pilar, eran imitación de la Pasión del Señor, que no había corazón para verla, porque todas las coyunturas se la dislocaban, al parecer; los nervios se le estiraban de tal modo, que muchas veces se iban llorando las religiosas al verla. Cuánto padecía, y qué clase de dolores eran aquellos, sólo ella podía decirlo; mas como estos eran dados por Dios, aunque la M. Pilar se lastimaba en gran manera, no se asustaba como cuando la golpeaba el demonio; y así encontrándola muchas veces en tan extremado padecer, la solía preguntar si eran los dolores del Señor, porque así se entendían; y si la decía que sí, ya se iba tranquila, porque sabía muy bien que treguas en padecer de un modo o de otro nunca las tenía, sino mientras estaba enajenada; porque entonces nada sentía, y volviendo de los éxtasis, en un rato, no llegaba a adquirir su estado normal; y preguntándola muchas veces la Madre que sabía tenía grandes dolores, decía: No me duele nada, pero en volviendo en sí del todo, sentía ya la misma intensidad de dolores que tenía antes de quedarse en éxtasis.

Alguna vez, dijo la M. Pilar al Rdo. Fray Benito Carrera, que era su confesor y el de mi Madre Patrocinio, viendo la indiferencia con que miraban los Superiores cosas tan extraordinarias y notables, que cómo no tomaba en consideración este negocio; y el prelado respondió: Yo no tengo de ir hablarles, porque no me toca; ya lo saben ¿por qué no me preguntan a mí? Era muy circunspecto; y aunque, cuando ocurría alguna cosa más notable, la Madre se lo decía, la oía y callaba regularmente; sólo en dos ocasiones, quejándose de aquella inacción, la respondió una vez, que, si el Señor tenía destinada a Sor Patrocinio para alguna cosa, a su tiempo inspiraría a los Prelados; y otra la dijo. Deje Vd. a la Patrocinio, que va al Cielo por camino derecho y seguro. Éste era el único consuelo que mi venerada Madre tenía, el del confesor; pero iba cada ocho o diez días y estaba muy poco; le había dicho que lo hablara todo con la Prelada; y a ésta tenía advertido que la consolara.

Ya se ha dicho que todo tiempo que duró la persecución visible del demonio, hacía la Prelada que mi Reverenda Madre estuviese de noche en su celda; entonces no la permitió el confesor que se levantase a media noche, como acostumbraba, cuando otra cosa no la mandaban, en cuyo caso era ciega su obediencia. Muchas veces que la Prelada la veía tan mala, le mandaba que no se levantase, y aunque era mucho más penar lo poco que estaba en la cama, jamás decía nada y obedecía; pero como las dos camas estaban muy cerca y la Abadesa por sus males apenas dormía, fue mucho lo que observó en ella. Dice, que podría asegurar bajo juramento, que jamás la vio dormir ni ocho minutos, y que bien podía decir tenía el Señor sus delicias en aquel humilde lecho. No era posible explicar los vuelos de su espíritu, las ansias de su corazón; como tenía que estar en la cama, porque así lo disponía la obediencia y el fuego que ardía en su pecho, no la dejaba sosegar, parecía a veces que se ahogaba de fatiga. Otras veces estaba de rodillas en la misma cama, pero enajenada y absorta, y así pasaba la mayor parte de la noche; y por las ansias tan grandes que la referida Abadesa notaba y algunas palabras sueltas que oía, se atreve a decir que: “En aquellos tiempos fue cuando, si tiene insignias en el corazón, se las imprimieron o labraron”.

Como cada día iba conociendo nuevas cosas y gracias en tan feliz criatura y todas eran tan señaladas y raras, y para todo estaba la Madre Pilar sola, no dejaba de pasar algunos apuros, pero Dios, que tan particularmente había escogido a esta su Sierva para los altos fines de su providencia, cuidaba de remover todos los obstáculos que pudieran oponerse a este fin.

Así es que, ni el más pequeño miedo ni temor tenía la madre Pilar al demonio, y toda su pena era por la de mi madre venerada y por los golpes que la daba. “pero, ¡oh grandeza y misericordia del Señor! (dice la humilde Prelada) Su Majestad se ha dignado darme en todas las ocasiones las pruebas más seguras de que todo lo de esta criatura era suyo, condescendiendo con mi flaqueza; consolándome en mis penas, asegurándome en mis temores y reprendiéndome con la evidencia, si alguna vez, al principio, tuve alguna duda”.

En cierta ocasión, estando Su Divina Majestad manifiesto en la Iglesia se fueron al coro la súbdita y la Prelada y, conociendo aquella que se iba a quedar en éxtasis, aun antes de llegar al coro, se quedó atrás; mas, la Madre, en llegando, al notar la falta de Sor Patrocinio, empezó a pensar, cómo un alma que estaba tan en Dios no iba al instante. Ya se alteraba, pensando que no venía muy bien lo uno con lo otro; después conoció que había sido cosa del enemigo; pues, saliéndose del coro, fuese derecha a la celda de la Sierva de Dios, con ánimo de decirle por qué no iba, y ¡cuál no sería su admiración, al hallarla en un profundo éxtasis, de rodillas y en cruz, abiertas las llagas y cayendo la sangre hasta el suelo! Sintió entonces una impresión tan grande que la dejó confundida, y le pareció que la decían: “Miserable criatura, ¿cómo te has atrevido a dudar en lo más mínimo la que es todo fervor, siendo tú la más pobre y tibia? El Divino Esposo la llamó, y no pudo atender otra cosa”. Tan penetrante fue esta reprensión, que la dejó avergonzada y enseñada para lo sucesivo. Tardó bastante la Sierva de Dios en volver del éxtasis y tuvieron que mudarla el hábito, por la sangre que había vertido de las llagas, pues hasta en el suelo había dos balsitas.

Ya queda dicho cómo cada cual hablaba según opinaba. Se hallaba la Madre Pilar en una ocasión apurada, porque al paso que iba conociendo más y más aquella criatura tan amada de Dios, crecía su pasmo y admiración, viendo como permitía el Señor el dejamiento (o llámese como quiera) de los Prelados, y decía para sí: “Dicen que yo estoy ilusa, y no creen las maravillas que el Señor obra en esta su amada Esposa; yo veo claramente que no me engaño; pero son los Superiores; yo estoy sola, ¿qué haré?”. Y volviéndose al Señor hincada de rodillas y postrada dijo: ¡Oh, Señor! Tú ves mis apuros y que no es vana curiosidad lo que deseo; no miréis a mi indignidad, sino a vuestra misericordia, para concederme la gracia que os pido, y si es vuestra voluntad que ahora mismo, llamándola yo, venga al instante, concedédmelo porque Vos veis que son cosas muy grandes las de esta criatura, y los Superiores no hacen caso, y aún están incrédulos”.

Todo esto lo dijo la Madre Pilar mentalmente; y luego, humillándose en la presencia del Señor, repitió tres veces mentalmente: “Sor Patrocinio, como tu Prelada, te mando que vengas al instante a mi presencia”. Al acabar la tercera vez de decirlo en su interior, ve entrar a Sor Patrocinio por la puerta de la celda a toda prisa, iba con la toca puesta y el velo y los alfileres en la mano. No es fácil explicar cuál fue el gozo y la admiración de la Madre, viendo lo que el Señor se dignaba obrar, y que fuese del mismo modo que ella lo deseaba. Disimulando, la preguntó que a qué iba, y Sor Patrocinio, con aquella gracia tan natural que tenía, la respondió, también disimulando por entonces: “Porque me ha llamado”. Preguntó luego la prelada a la madre Maestra qué había pasado; y ésta le contestó, que, “estándose poniendo Sor Patrocinio la toca limpia, de repente, echó a correr según estaba, y, diciéndola su Maestra que a dónde iba sin acabar de ponerse el tocado, respondió sólo: “A nuestra Madre”, y de la habitación donde estaba a la de la Abadesa, necesitaba, cabalmente, lo que la Madre tardaría en repetir tres veces las palabras ya dichas; de modo que, a la primera sin duda, echó a andar, y a la tercera ya estaba en la puerta”.

Lo que en concepto de la Madre Pilar era más admirable y frecuente es que, estando en éxtasis y toda absorta, oía y entendía cuantos encargos la hacía mentalmente; pero con la particularidad que, si no la mandaba, al mismo tiempo que manifestase si lo había oído, guardaba siempre su secreto para sí; mas, interviniendo el precepto dicho, cuando volvía, lo manifestaba, o con una mirada fija, o diciendo: “Ya te he oído”; y si la encomendaban muchas cosas, solía decir: “Cuánto ha hablado Usencia”. Otras veces añadía: “Me has quitado mis delicias”; en ocasiones preguntaba: “qué quería”; de manera, que algunas religiosas que estaban presentes, como no podían saber lo que la Madre mentalmente trataba, se quedaban pasmadas.

Es materia inagotable lo que se puede referir de sus continuos éxtasis y visiones; mas como en adelante habrá de decirse mucho sobre los mismos, paso al capítulo siguiente.

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Vida de la Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio publicada en este blog:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/sor-patrocinio/

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