Incendios de amor que rompen el pecho y llagan el costado

Tomado del Libro: Vida Admirable de la Sierva de Dios Madre Patrocinio
Escrita por: Sor María Isabel de Jesús, r.c.f.

CAPÍTULO II

Nuevos crecimientos y nuevos peligros de la Sierva de Dios.- Simpatías salvadoras.- De educanda en las Comendadoras de Madrid.- Arte diabólica macabra contra la joven educanda. Un aviso desatendido que cuesta caro. ¿Por qué no ha de ser Comendadora?- Religiosa sí, pero en Orden más estrecha.- Preparativos para ser Concepcionista.- Excelente madrina de Religión.- La Ecma. Señora Duquesa de Benavente echa el resto en vestición de Sor Patrocinio.- Un abrazo profético.

Inescrutables son siempre los juicios de Dios y no es la razón humana la que ha de juzgar de ello, en ninguna circunstancia de la vida, ya próspera, ya adversa, sino que debe someterse, rendida y humilde, a la divina voluntad, acatando y teniendo por santas y sabias todas sus disposiciones.

Con la muerte inesperada de D. Diego de Quiroga en Valencia, cambiaron todas las cosas de su familia, y ella fue, en parte, el origen de muchas de las grandes contradicciones que sobrevinieron a su amadísima hija, nuestra Madre Patrocinio. Quedóse Dª Dolores Capopardo viuda, con cinco hijos: tres niños y dos niñas; fueron aquellos: Diego, Juan y Esteban; y éstas, Dolores y Ramona; siendo la Sierva de Dios la mayor de todos: contaba a la sazón 12 años de edad.

Reveses de la fortuna habían menguado mucho la pingüe hacienda que D. Diego poseyera en San Clemente, y a su muerte, realizado por Dª Dolores lo que quedaba, creyólo mas ventajoso, para ella y sus huérfanos, el trasladarse a Madrid, como lo hizo, llevándose también a Dª Ramona, su madre, y a la Dolorcitas, que, como se ha dicho, vivía con la venerable anciana. Juntamente con la edad, habían crecido en nuestra Madre Patrocinio todas las virtudes, la paciencia y resignación sobre todo, he iba ya siendo hora de recoger algunos de los muchos frutos que su santidad estaba llamada a producir.

Firme siempre Dª Dolores en llevar y conducir a su hija Dolorcitas por senderos amplios y del todo conformes con las que llaman exigencias sociales, no se percataba de despertar en su alma candorosa, ideas del mundo, que sin ser malas, podrían distraer su espíritu y aficionaría una vida llena de ilusiones y de esperanzas, opuesta diametralmente a los deseos de la virtuosa joven; hasta que llegó un día en que, sin rodeos, le propuso, como muy conveniente, las relaciones con un joven de gran porvenir social y aristocrático: —en el discurso de esta historia habrá ocasiones múltiples de conocer cuál y cuánta fue la significación e influencia política de este joven, y su intervención en los sucesos de la vida de nuestra esclarecida Madre Patrocinio—. Era esta proposición de Dª Dolores a su hija un gran peligro que la divina Señora, María Purísima, se encargó de alejar de su inocente hija, la Sierva de Dios. Ésta se negó, rotundamente, a aceptar lo que su madre le propusiera, declarándose, una vez más, que su vocación era de religiosa y que sólo esperaba tener la edad suficiente y una ocasión favorable para realizarla. Puede suponerse el disgusto que, con tal repulsa, sufriría el ánimo iracundo de Dª Dolores; sin embargo, esperó que el tiempo diera la solución al asunto y, mientras, no tuvo inconveniente en que su hija frecuentara el trato con las Señoras Comendadoras de Santiago, en donde Dolorcitas tenía, viviendo como señora de piso, una tía, la Marquesa de Santa Coloma. Fue éste el medio principal de que se valió la Santísima Virgen para salvar la inocencia y la vocación de su predilecta hija, mi venerada Madre.

Como su trato era todo afabilidad y bondad y con sus modales y formas se arrastraba los corazones, moviéndolos a devoción, no tardaron mucho las Señoras Comendadoras en prendarse de la joven Dolores, y de ahí el cariño singular que comenzaron a profesarle todas. Solía ir siempre a visitarlas mi Madre Patrocinio acompañada de su abuelita, por lo que podía dar a su espíritu, en el trato con las Comendadoras, toda la expansión que quería. A tanto llegaron las mutuas simpatías de la virtuosa joven y de las buenas religiosas que, por medio de la marquesa de Santa Coloma, recabaron el consentimiento de Dª Dolores para que su hija ingresara en el convento, en calidad de educanda; como lo hizo, no sin repugnancia de su madre, quien cedió, más bien por compromiso con la tía de su hija y las Comendadoras que por su agrado y voluntad. Influyó no poco en su resistencia, a que mi amada Madre se separara de su lado, el recuerdo de su marido, quien al morir, le recomendó, con mucho interés, que no se desprendiese de sus hijos, hasta que tomasen estado, o cuando circunstancias extremas lo exigiesen. No dudó ella del bienestar de su hija al lado de las Comendadoras, antes creyó que a su lado había de ganar en todo y disponerse perfectamente para el día en que tuviera que verse alternando con el mundo, en medio de la sociedad de su rango. Entró, por fin, la joven dolores en el Convento de las Comendadoras, teniendo apenas quince años de edad y allí estuvo hasta el feliz momento de salir para vestir el hábito de nuestra Orden, la de la Inmaculada Concepción de María Santísima.

No llevaba un año siquiera en su santo retiro, gozando de gran paz y alegría, cuando tuvo que salir su tía, la señora marquesa, a asuntos de familia; y no queriendo seguirla mi santa Madre, como fuera el deseo de la Marquesa, dejóla muy recomendada a la Rda. Madre Superiora, que lo era entonces Dª Joaquina Zurita, hasta la puso bajo la dirección de Dª Petronila Zurita, hermana suya, quien veló con singular cuidado a la joven educanda, cabiéndole hoy no poca gloria de la mucha que han dado, y darán a Dios, por siglos eternos, las virtudes de esta esclarecida Sierva suya. Por Dª Bernardina Sánchez, también Comendadora, se supieron muchas particularidades de la vida de mi venerada Madre en aquella santa casa, tanto en lo que se refiere a las virtudes, como a los favores extraordinarios de Dios y persecuciones del demonio que, durante la época que allí estuvo, experimentaba esta candidísima virgen.

Ella, Dª Bernardina, fue quien nos contó los casos siguientes: Una noche fuese la Sierva de Dios, como de costumbre, a hacer oración a la tribuna y, estando en la iglesia depositado, el cadáver de un caballero, tomó el demonio a la fervorosa joven y, colocándola sobre el cadáver, la tuvo allí, hasta que, habiéndola echado de menos Dª Bernardina, fue a buscarla y la vio donde se encontraba, sufriendo horrorosamente y tan desfigurada que parecía un cadáver. Llenas de terror y de pena las religiosas, la entraron dentro del convento; pero bien pronto su dolor se cambió en gozo, porque volvió en sí la Sierva de Dios de aquella especie de mortal letargo que padecía y quedó tan renovada y hermosa como si nada hubiera sufrido. Algo parecido volvió a sucederle en otra ocasión con otro cadáver, hallándose en las Comendadoras; por lo cual cobró un miedo tal a los difuntos, que le duró hasta poco antes de su fallecimiento.

En este mismo convento de las Comendadoras, un Jueves Santo, entraron en la iglesia dos hombres, con trazas de caballeros devotos, pero mi venerada Madre, en cuanto los vio, fuese enseguida a dar aviso a la Mª Bernardina, diciéndola, que aquellos hombres iban a robar, no quiso la maestra creer a la discípula, porque veía muy devotos a los supuestos ladrones, y la reprendió encima, para que no fuese nunca ligera en sus juicios. Efectivamente, eran dos grandes ladrones y el robo que hicieron allí mismo fue de gran consideración; por lo que la señora quedó confundida y escarmentada de no haber creído a su santa discípula.

Estaban plenamente convencidas las Sra. Comendadoras de la vocación religiosa de mi Madre Patrocinio y sólo esperaban el momento de su decisión formal, creyendo sería de su Orden, una vez que tan contenta se hallaba entre ellas y tan fácil se le hacía la vida regular en aquella santa casa. No dejaron nada por hacer, en orden a decidirlo, y trataron el asunto con Dª Dolores Capopardo, su madre, ofreciendo a su hija dote y renta suficiente de parte de los caballeros de Santiago, si quería ser Comendadora la joven Dolorcitas. Dª Dolores, aunque contrariada en sus planes de casarla, de los cuales no había desistido ni un momento, aceptó muy agradecida la propuesta de las Comendadoras y dejó en libertad a mi madre Patrocinio, para que hiciera lo que más le conviniera por entonces. Cuando supo la Sierva de Dios de lo que se trataba, muy atenta y afectuosa para con las Sras. Comendadoras, les manifestó su gratitud por tantos favores como le dispensaban y les aseguró que jamás se borrarían de su memoria; pero al mismo tiempo les expuso con la sencillez y libertad de carácter que le eran propias, que si bien su vocación para religiosa, anhelaba y se proponía serlo en una Orden más estrecha que la suya; lo que, lejos de molestar a tan virtuosas religiosas, fue muy de su agrado, y les edificó, para juzgar tal resolución hija del valiente espíritu de la dichosa joven.

Desde ese momento, ya no se pensó más por unos y otros, de dentro y fuera del convento de Comendadoras, interesados en ayudar a mi madre Patrocinio, que en llevar a cabo la heroica resolución de la Sierva de Dios; y, a este fin, dieron cuenta a Dª Dolores de lo que pasaba con su hija, persuadiéndola de que no debía oponerse a resolución tan del agrado de Dios.

Por los documentos aportados por mi Madre Patrocinio a las Comendadoras, para ingresar en el convento, supuse que estaba emparentada con la Excma. Sra. Duquesa de Benavente, lo que se notificó a la Señora, ofreciéndola al mismo tiempo el oficio de madrina en la toma de hábito y profesión de la Sierva de Dios. Agradóse mucho la señora Duquesa con semejante noticia y aceptó, muy gustosa, el honor con que se le brindaba, de ser madrina de la joven Dolores. Por su parte, mi venerada Madre tenía resuelto y decidió ingresar en el convento de Jesús María y José de Caballero de Gracia de Madrid, de la Orden de la Inmaculada Concepción de María Santísima, y así lo hizo saber a su madre y a las Sras. Comendadoras; y aprobándolo aquella y éstas, se prepararon todas las cosas convenientes y se señaló el día de la entrada, tratándolo antes todo con las religiosas Concepcionistas del expresado convento de Caballeros de Gracia.

La despedida de las Sras. Comendadoras de Santiago fue muy tierna. Todas sentían separarse de la que tanto amaban y, al darle el último y más cariñoso adiós, le ofrecieron no olvidarla nunca, como así lo cumplieron, pues más tarde, en sus penosos y amargos destierros, fue muchas veces consolada con las cariñosas cartas de tan respetables señoras.

La Sra. Duquesa de Benavente quiso echar el resto en su madrinazgo y dispuso que no se escatimaran gastos de ningún género para la vestición de su parienta y ahijada; llegado el momento de la ceremonia, vistió la Duquesa a mi Madre Patrocinio un elegantísimo traje, y la adornó con exquisito gusto, cuan convenía y correspondía al acto de la consagración de un alma a Dios, para ser esposa suya virginal, para siempre. Después, siguiendo la costumbre general de aquellos tiempos en semejantes casos, la Ecma. Sr. Madrina, acompañada de Dª Dolores y del séquito de ambas, presentó a la postulante a los conventos de religiosas de la Corte, con gran placer de todos los visitantes y visitados. Al llegar a uno de los conventos, sucedió que una señora desconocida, de unos treinta años, llena de cariño, se abrazó a la Sierva de Dios, felicitándola al mismo tiempo, por la suerte que tenía en poder ser religiosa: —hacía ya mucho tiempo que ella ansiaba poder hacer lo mismo y no lo conseguía—. Mi Madre Patrocinio la miró y saludándola por su nombre, sin haberla conocido antes, ni saberlo de boca de nadie, la dijo: “Adiós Juanita, pronto vendrás conmigo y estaremos siempre juntas”.

Como la señora no había revelado su secreto a nadie más que a su confesor, quedó admirada al oír tales palabras y se persuadió de que aquella joven, que así la consolaba, era una santa. Después, el 2 de Mayo de 1831 ingresaba la referida joven en el Convento de Caballeros de Gracia, tomando el nombre de Sor María Juana de la Stma. Trinidad, y al lado siempre de mi venerada Madre e imitando sus heroicas virtudes, murió, en opinión de santidad, en Pau de Francia, el año 1873.


CAPÍTULO III

Nueva azucena del jardín Seráfico.- Fuera galas y trenzas de pelo.- Nombre celestial.- Maestra de virtudes desde el principio.- Feliz novicia.- Incendios de amor que rompen el pecho y llagan el costado.- El infierno se alborota y hace de las suyas con la santa novicia.- Ella disimula y los demás no entienden.- A pesar de todo, profesará.- Emisión de votos solemnes.- Obediente antes que todo.- El primer testigo excepcional de las llagas.- Impresión maravillosa de las de pies, manos y cabeza.- Más testigos presenciales.- Éxtasis sangriento, delante de la Comunidad.

Era el día 19 de Enero de 1829, cuando, vestido el cuerpo con ricas galas y adornada el alma con excelentes y heroicas virtudes, ingresó mi venerada Madre Patrocinio en el Convento de Caballero de Gracia de Madrid, vergel florido de la Orden de la Inmaculada Concepción, regado con las laudables aguas del Cielo y cultivado, como toda la Orden, por el gran jardinero Francisco de Asís, a cuyos hijos estuvo siempre encomendado. Era a la sazón vicario de la Comunidad el Rdo. P. Riaza, de la orden de los Menores, y Prelada de la misma la Reverenda Madre María Benita de Nuestra Sra. del Pilar. Al cuidado de ambos maestros confió Dios nuestro Señor esta candidísima azucena, al nacer en el jardín de la Orden Seráfica.

El P. Riaza fue quien, una vez despojada la postulante de las galas mundanas, vistió, en el expresado día, el hábito blanco y manto azul de la Purísima a esta virgen esclarecida: y la M. Pilar quien cortó las trenzas de pelo de la cabeza de esta esposa del Altísimo, depositándolas a los pies de la Inmaculada, en señal de victoria y como trofeo hermosísimo del misterio de su Concepción sin Mancha, presenciando acto tan hermoso y sublime, además de la Ecma. Duquesa de Benavente, como madrina, y del Ecmo. Sr. Marqués de Alcañices, que presentara el hábito en bandeja de plata, otras respetabilísimas personas eclesiásticas y civiles y gran concurso de fieles de uno y otro sexo, llenos todos de devoción y de entusiasmo, por las prendas excepcionales de la nueva escogida para esposa de Jesucristo.

Tenía la edad, cuando vistió el santo hábito, la Sierva de Dios, diez y siete años y había vivido dos, próximamente, en las Comendadoras de Santiago de Madrid. Con tan excelente preparación, como de la recibida de las santas Religiosas, comenzó su noviciado mi venerable Madre Patrocinio, y tan llena de Dios, como aparece en esta felicísima época de su vida, entró en la Sagrada Religión de la Inmaculada, de la cual había de ser uno de los principales y más sobresalientes ornamentos. Al nombre de Dolores le fue sobrepuesto el de Rafaela; disponiéndolo así Dios, para que el Santo Arcángel San Rafael le acompañara y defendiera del Dragón infernal durante su trabajosa y difícil carrera por la tierra. Por este nombre es conocida la Sierva de Dios hasta después de profesa, cuando en uno de sus frecuentes éxtasis, en presencia de toda la Comunidad, le impuso la misma Santísima Virgen el regalado nombre de Patrocinio, en señal de predilección y de singular ternura hacia ella. Atribuían las Madres antiguas a particular regalo del Cielo en la imposición de este tan esclarecido nombre, el que, a las pocas horas, una persona desconocida les llevara al torno del convento un abundante refresco para toda la Comunidad, por lo que alabaron a Dios todas las Religiosas.

Tranquila ya en el claustro y en posesión de la dicha de ser religiosa, que tanto había deseado esta nueva hija de la Inmaculada, dio rienda suelta a su devoción y a las ansias de su corazón amante y comenzó a servir a Dios, tan de lleno y fielmente, que más parecía maestra de virtudes que discípula en el camino de la perfección religiosa. Las religiosas que más de cerca la trataban, observaron y admiraron en ella desde el primer momento una santidad nada común: su angelical candor, su sencillez, su humildad y su fervor en todo eran singulares, llamaban poderosamente la atención el esmero y la puntualidad con que practicaba todas las cosas de obediencia, y era tan fiel en las observancias regulares, que las religiosas se tenían por dichosas en tenerla a su lado y daban gracias a Dios por haberles favorecido con tan excelente y privilegiada criatura. “Era una criatura angelical”, afirman en sus apuntaciones las RR MM San José y Pilar, Maestra de Novicias y prelada, respectivamente, de mi santa Madre en aquel tiempo de su noviciado.

“Temíamos”, dice la M. Pilar, “perder pronto aquel bien que gozábamos; porque, como entonces ignorábamos sus grandes padecimientos —los de la Sierva de Dios— y sólo veíamos en ella un ángel de carne humana, un alma abrasada en amor de Dios, preveíamos o que se la llevaría el Señor pronto a su Gloria, o que la destinaba a cosas grandes.” Este último pensamiento fue el que más se le grabó a la expresada Madre, “sobre todo”, dice ella misma, “desde que empecé a descubrir en la novicia las cosas admirables que se sabrán algún día, por el modo que a Dios le plazca; pues a mí no me toca explicarlas, ni podría explicar lo más mínimo de lo mucho que llegué a entender de semejantes cosas y del enlace y unión de virtudes y gracias que todo ello encerraba”. Esta misma fue también la respuesta que la venerable Abadesa dio siempre a los Prelados de la Orden, cuando le preguntaban su opinión sobre Sor Patrocinio: “Yo pienso, afirmaba, que esta criatura ha nacido para cosas grandes”.

Así proseguía su noviciado mi santa Madre, favorecida por Dios con frecuentes y muy grandes ilustraciones de espíritu, con altísimos conocimientos e inflamaciones amorosas del Espíritu Santo; y entendió de nuevo y fue confirmada en lo que a los dos años le había sido dicho por la Santísima Virgen: “Que sería monja y Madre de muchas monjas”.

El día 30 de Julio del mismo año 1829, fiesta de San Abdón y Senén, estando la bendita novicia en la oración de Comunidad, de cinco a seis de la tarde, llegaron a tanto las inflamaciones de amor en su alma pura, a la vista de Jesucristo que se le aparecía precedido de una cruz, que abriendo brecha en el pecho, quedóle impresa en el costado una llaga, semejante en un todo a la del mismo amorosísimo Redentor de la vida.

Nadie en la Comunidad se apercibió por entonces del favor tan estupendo y regalado; y la Sierva de Dios procuró disimularlo y encubrirlo cuanto pudo, llena de humildad y de confusión, hasta que el mismo Señor fue servido revelarlo para su honra y gloria, como después veremos.

En medio de tan señalados favores del Altísimo, fueron también muchos y muy grandes los trabajos que sufrió departe del enemigo infernal. En su empeño de quitarle la vida, o de inutilizarla, al menos, para ella, dejándola ciega, o manca, la tiró una vez por la escalera abajo y, como llevara la Sierva de Dios dos cántaros de agua, uno en cada mano, fue muy grande el golpe que se dio y el daño que se hizo; pero la protección de Dios la sacó ilesa de tan grave peligro. En otra ocasión, al ir a coger una olla grande con lejía hirviendo para fregar, rompió el diablo la olla y abrasó a la Sierva de Dios de tal modo que, desde el hombro hasta la muñeca, era todo una vejiga: estremecía el verla. Los golpes que le daba eran crueles, como causados por tan infernal enemigo; pero como ocultaba cuanto podía la Sierva de Dios, y de lo que no podía ocultar no daba la explicación que tenía, las religiosas solían atribuirlo todo a causas naturales, hasta que Dios quiso que se descubriera el verdadero origen de tan extraños y desusados males. El mismo juicio se formaba el médico, aunque no se explicaba que el pulso no correspondiera ni guardara proporción con los efectos físicos que, en los diversos trabajos que aquejaban a la bendita novicia, se manifestaban.

Llegado el tiempo de la profesión religiosa, parece que todo se puso en contra de la santa novicia, para que no profesara; tanto, que hasta enfermaron, uno tras otro, todos los que tenían que intervenir directamente en el sagrado acto: el director de los ejercicios espirituales, el P. Predicador de la profesión, y la misma Excma. Sra. Madrina, la Duquesa de Benavente: ésta se puso tan mala, que perdió el habla y no podía expresar su voluntad sobre lo que debería hacerse, llegado el día de la profesión afligida en extremo la Sierva de Dios, recurrió a la oración y pidió a Dios con tanta fe, que, recobrada el habla por la ilustre enferma, lo primero que dijo fue, que no se retrasara la profesión de su dichosa ahijada, cediendo su puesto en tan solemne acto a la Excma. Sra. Marquesa de Santa Cruz, y advirtiendo que, como en el día de la toma de hábito, se hiciese todo con el mayor esplendor.

De la preparación para acto tan trascendental y sagrado, el de la profesión religiosa, por parte de la Sierva de Dios, baste decir que a la perfección de las obras ordinarias durante el año de noviciado y a las ilustraciones divinas que recibiera del Cielo juntó las muchísimas que, durante los santos ejercicios, hiciera de reconocimiento, de humildad y caridad perfectísima, con los de recogimiento y mortificación que son propios de tan santos días, y otros extraordinarios, hijos de su singular fervor.

También tuvo en estos días algunas visitas del Cielo, entre otras, las de las venerables Madres San Pablo y María de Jesús de Ágreda.

Llegó por fin el día 20 de Enero de 1830 y, cumplidas todas las formalidades que son de ley y ajustándose en un todo al Ritual de la Orden Seráfica, pronunció esta bendita y esclarecida virgen, y Madre mía Patrocinio, la fórmula de la profesión de nuestra Santa Regla, emitiendo los votos solemnes de obediencia, pobreza, castidad y perpetuo encerramiento, en manos de la Prelada, Rda. Madre Sor María Benita de Nuestra Señora del Pilar, presidiendo el acto el Rdo. P. Riaza y predicando en la Misa de profesión el Rdo. P. Lorenzo de la Hoz, ambos religiosos de Nuestro Padre San Francisco. Así quedó hecha verdadera esposa de Jesucristo y con Él crucificado esta escogida suya, que había venido al mundo sólo para eso: para confesarle y vivir con Él, perseguida y cruelmente martirizada por su honra y gloria.

“Hasta esta época”, dice la primera historiadora de la vida de mi venerada Madre, Sor María Benita del Pilar, “nada habían conocido las religiosas de lo mucho que encerraba de grande y extraordinario, sino lo que, naturalmente, atraía: su dulzura, suavidad, y aquel conjunto de cosas que roban la atención de quien las trata”. “Yo”, dice, “iba observando y confiriendo conmigo misma todo lo que conocía; porque, como en las dos horas que hay de oración mental, se advierte su recogimiento y ansias, y en varias ocasiones que me había hablado, aunque con la humildad que le es tan propia, y sólo como preguntando, me penetraba yo de que allí había mucho oculto; pues aunque no soy capaz de entender, ni mucho menos hablar de Mística; pero así como uno sabe que hay un tesoro encerrado, aunque no lo ves cómo es, como está cierto de ello, allí tiene puesta toda su atención, así yo me hallaba.”

No habían pasado sino dos meses escasos desde la profesión, cuando, , en una visita que la Sierva de Dios hizo a la celda de la Madre Abadesa, se tropezó, inadvertidamente, en el lado izquierdo con dicha Madre, la cual, extrañándose del estremecimiento espontáneo que aquella hizo, preguntóle, si de la caída de la escalera había resultado algún mal; más, como la virtuosa joven negara, entrando en cuidado la prudente y caritativa madre, insistió y la mandó formalmente que la dijera la verdad, sobre el mal que en aquel sitio, del cual se resentía, le aquejaba. Confusa y humillada quedó mi amada madre Patrocino con semejante mandato, más, era preciso obedecer; porque la obediencia era antes que todo; y así, llena de rubor, le contestó, que desde el mes de Julio del año anterior, fiesta de San Abdón y Senén, hallándose en oración, se sintió herida en el costado. Llenóse de pasmo y admiración la prudente Abadesa, pero, disimulando, le dijo: “Vaya, pues Nuestro Padre San Francisco gastaba pañitos de lienzo, su caridad no es nuestro Padre y tiene que ponerse un pañito; yo cuidaré de dárselos y los que quite me los lavaré, y nadie absolutamente, lo ha de saber”. De hecho, nada dijo la madre Pilar, por entonces, ni nada hubiese dicho después, sí, tratándose de un caso tan de conciencia, no tuviera que intervenir el Prelado General de la Orden. Lo era entonces el Rmo. P. Fr. Cirilo Alameda y Brea, después Arzobispo Cardenal de Toledo; y enterado por la M. Pilar de lo que ocurría con Sor Patrocinio, mandó a aquella que tratase a ésta con seriedad y que procurase ver la llaga.

Pensaba la Rda. Madre el modo como cumpliría el mandato de su Prelado, sin extrañeza ni mortificación de la bendita joven, y se le ocurrió bajar un día, por la siesta, al noviciado y verla.- Vivía mi santa Madre en el noviciado, no obstante ser profesa, en cumplimiento de la ley de los dos años de jovenado de nuestras Constituciones.- La Madre Abadesa no reveló a nadie su pensamiento ni el propósito que había concebido de ejecutarlo en la forma dicha; y, llegándose la Sierva de Dios a la celda de la Prelada, dijole ésta muy seria, que a dónde iba y que quería; y añadió, en tono severo, que si le parecía que aquella llaga era como la de Nuestro Señor Jesucristo. Entonces muy sofocada Sor Patrocinio y saltándole las lágrimas, respondió que en ella no había sino indignidad, y que no podía decir que fuese como la suya la llaga de Nuestro Señor, y añadió: “Madre, esta noche soñaba yo que Vuestra Reverencia bajaba una siesta al noviciado”, etc., lo mismo exactamente que había pensado y propuesto la Rda. M. Pilar. Viéndose ésta descubierta, aunque disimulando su asombro, dijo: “Pues bien, puesto que lo ha soñado su Caridad, lo haré”; y en efecto, pasado algún tiempo bajó, y, con gran vergüenza de la súbdita, logró ver la Prelada la llaga del costado de aquella, llenándose de admiración y confirmándose en la verdad de cuanto aquel feliz momento había entendido de maravilloso y extraordinario en aquella angelical criatura. Continuó la madre Pilar cuidando de los pañitos que la Sierva de Dios se quitaba y ponía, y ninguna religiosa se enteró del prodigio, hasta que quiso Dios revelarlo, en la impresión de las llagas de pies, manos y cabeza.

La descripción del éxtasis maravilloso en que sucediera esta impresión, la de las llagas de pies, manos y cabeza, la hizo por orden de los Prelados y bajo juramento, la misma Rda. M. Pilar, que fue el gran testigo que escogió Dios de esta singularísima maravilla, de la impresión de las llagas de mi Madre Patrocinio. Dada la importancia del documento, no podemos por menos de copiarlo todo.

Dice así la referida madre:

“Habiéndome mandado en el año 1830 nuestro Reverendísimo P. General Fr. Luis Iglesias que fuese apuntando las cosas más particulares que viese y observase en Sor Mª de los Dolores Rafaela de Patrocinio, y repitiéndome el mismo encargo mi confesor, el Rdo. P. Benito Carrera, que también lo era suyo, lo fui haciendo y cuidando de las circunstancias y días en que sucedieron; y, aunque era casi imposible apuntarlo todo, más, limitándome a las cosas extraordinarias que habían sucedido, tenía ya un cuaderno grande, cuando permitió Dios la horrorosa persecución que todos saben, y arrancando de nuestros brazos a aquel ángel, la sacaron violentamente de clausura. Sumergidas en el más profundo dolor, anonadadas e insultadas de tantos modos, viendo la impiedad con la máscara de celo, conociendo que no se trataba de averiguar la verdad, sino de infamar la religión, encubrir las obras del Señor, atropellar la inocencia y desacreditar la virtud, puedo decir que pasé angustias de muerte, porque entregada en manos de sus crueles enemigos que sólo trataban de borrar, si hubieran podido, su nombre de la tierra de los vivientes y presentarla a la faz del mundo como una impostora, para encubrir así la crueldad de sus procedimientos y los atropellamientos contra esta inocente criatura, temía con fundamento, que, si por un caso, viesen las apuntaciones, se habían de irritar más y más, y aumentarse por esto los tormentos y padecimientos mas, sin embargo, los fui conservando, hasta que, con todo lo que su licencia de su confesor tenía escrito y guardaba yo, todo se quemó. El motivo de esta resolución fue una insinuación suya para que quemase sus libros; y entonces temí yo más guardar lo mío, que era este cuaderno y la cogía de los libros de oración. Y no se debe extrañar, porque la frecuencia con que iba al convento la justicia, el ver el empeñó y la tenacidad con que, ciegos voluntarios, iban atropellando todo, nos tenían día y noche, en continua angustia y terror. Los papeles que se quemaron, fueron: la obra titulada: Sequedad y rocío maravilloso del alma que camina a su Dios.- Introducción a la obra: La Matrona Romana, etc.- (La Matrona Romana era la Santa Iglesia). Declaraciones a la Introducción, y varios trozos de la Obra y sus declaraciones: y otros muchos papeles sueltos y cartas. La obra que trataba de oración, eran dos tomos, con treinta y seis capítulos cada uno. Porque creo será bueno quede escrito algo de lo mucho que hemos visto, voy a hacerlo protestando que no diré cosa que sea exagerada, y que todo lo que dijese lo juraré sobre los Santos Evangelios, si fuese menester.”

“La antevíspera, o víspera de la Ascensión del mismo año 1830, estando por la siesta en un éxtasis que le duró mucho tiempo, estando en cruz, veíamos que parecía, por los movimientos que hacía y postura de las manos y pies, que recibía algo, pero de un modo, que su maestra Sor María Hipólita de San Felipe Neri y yo, que éramos las tres que nos hallábamos allí, no dudamos en decir: ¡Ay, que la van a imprimir las llagas! Luego, sin salir del éxtasis, se retiró el tocado de la frente, como quien esperase algo; inmediatamente apareció una roseta en medio, que a nuestra vista iba creciendo, y luego otras más pequeñitas: Volvió del éxtasis, y, desde aquel feliz día, aparecieron las llagas en manos y pies, porque, disimulando yo, encargué a la Maestra observase por la noche si tenía igual señal en los pies, como en efecto vi que eran iguales. El sábado siguiente me enviaron a llamar, y, bajando al noviciado, hallo que, habiéndose vuelto a quedar en éxtasis, durante él, se le habían abierto todas las llagas y de todas estaba saliendo sangre; como cuando volvió en sí, vio la sangre que salía y que era imposible ocultarlo, fue mucha su aflicción; yo la consolé, y me pareció dar cuenta a la Comunidad, como lo hice, encargando mucho el silencio y cautela con que se había de proceder todo. Desde ese día hasta el 9 de Noviembre, día triste y doloroso, memorable, que cubrió de luto, angustias y congojas nuestros corazones, tan inexplicables, como es la inaudita crueldad con que arrancaron a esta inocente víctima y singular criatura de nuestros brazos; hasta este día, digo, siempre tuvo vendas puestas, y ni por un momento solo la he visto sin esas hermosas señales”.

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Vida de la Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio publicada en este blog:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/sor-patrocinio/

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