¡Este Dios inmenso es el que está encerrado en el más pequeño punto de una Hostia Consagrada!

CONCEPCIÓN (CONCHITA) CABRERA DE ARMIDA (1862-1937)
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Tomado del Libro:

“CONCHITA, Diario Espiritual de una Madre de Familia”
Escrito por: Fr. Marie-Michel Philipon, O.P.


Capítulo II

Esposa y Madre
“Ser esposa y madre no me impidió jamás la vida espiritual”

11. “El Claustro Interior”

¿Dónde encontrar el secreto de su vida interior? Indudablemente en el amor de Dios y su increíble amor a Cristo. Su vida cotidiana está transfigurada por la fe. Exteriormente no hay en ella nada que suscite admiración. Es una mujer cuya existencia se asemeja a las demás. Dios está forjándola como un modelo para las mujeres de hoy que viven en su hogar, en su ambiente de trabajo y en sus ocupaciones cotidianas, con sencillez evangélica, fieles a todos sus deberes, generosas, a menudo heroicas, sin sospecharlo siquiera. Es un tipo nuevo de santidad femenina, que necesita el mundo actual. El Señor lo decía a Conchita: “Quiero hacerte santa y que sólo Yo lo sepa; por esto te cuido, te aviso, te dirijo y por ti velo. Te quiero espejo de virtudes ocultas, nada exterior, que estoy cansado de este escollo en que perecen o detienen muchas almas que debieran ser mías. Tú sí serás mía si me oyes, si te pisas, si todo lo traspasas, si te detienes, en fin, si con tus ojos y tu corazón fijo en Mí haces siempre lo que Yo quiero de Ti” (Diario T. 6, p. 14, 19 abril. 1895).

El Maestro sabía que su humilde sierva, en respuesta a su llamado, caminaría siguiendo sus huellas por las sendas de una vida oculta.

“Quiero, sin embargo, ser santa: esta infinita aspiración no me deja a pesar de palpar mi miseria, pero llena mi alma el deseo, el grande anhelo de santidad de esta manera, y así se la pido al Señor con toda la vehemencia de mi corazón. Quiero una santidad oscura como entre las tinieblas de la noche, de modo que sólo Dios la vea. Quiero que la luz sólo haga ver en mi alma una cosa despreciable y fastidiosa; todavía más: arde mi corazón con el deseo de que el mundo me tenga por el ‘desecho de la plebe, el oprobio de los hombres, ‘gusano y no hombre’ (Ps. 22,6). (Diario T. 10, p. 18, 19 septiembre, 1897).

Para poder permanecer unida con Dios en medio de las agitaciones exteriores y de sus deberes cotidianos Conchita se refugia en su “claustro interior”, como santa Catalina de Siena en su “celda interior” en la que volvía siempre a encontrar a Cristo por la fe y el amor. Bajo formas diferentes se trata de las mismas consignas de unión, que Cristo da a todos sus discípulos, como en otro tiempo en su discurso de despedida a sus Apóstoles: “Permaneced en mi amor. Permaneced en Mí y Yo en vosotros… Sin Mí nada podéis hacer” (Jn. 15,4-5). No cesaba de repetir a Conchita: “No quiero que te derrames en el exterior de las criaturas, no, tu misión es otra, a la cual debes corresponder fidelísimamente. No más conversaciones ni pensamientos vanos, tu vida debe estar encerrada en el santuario de tu alma, todo interior, porque ahí reside el espíritu Santo… Dentro de ese santuario debes vivir y morir. Ahí tus delicias, tus consuelos, tu descanso, no lo busques en otra parte porque no lo encontrarías puesto que para él te crié muy especialmente. Entra pues hoy dentro de tu alma, dentro de esas regiones desconocidas para muchos y en donde está la felicidad que soy Yo; entra para no salir jamás. Allá te conducirá un camino: el de la modestia, recogimiento y silencio; no existe otro… Enciérrate en ese claustro interior del que tantas veces te he hablado y ofrecido que María será tu Maestra… Ahí encontrarás al que es todo pureza y sentirás el ensanchamiento de esta virtud en toda su plenitud. Ahí alcanzarás el reflejo divino con la pureza del alma. Ahí te esperan los dones y frutos del espíritu Santo para santificarte y dar por tu medio gloria a Dios. Ahí tomará tu alma alas y fuerzas para hundirte en aquella inmensidad de Dios que algo conoces. Un campo muy vasto de virtudes te espera ahí para que las practiques y entiendas, crucificándote. Ahí está tu claustro… tu perfección religiosa; no basta encerrar el cuerpo para ser religiosa… El encierro interior es el esencial para la santificación del alma que quiere ser mía… no debes salir nunca de ese santuario interior, aún en medio de tus obligaciones exteriores. Este continuo recogimiento interno se te facilitará a medida que lo practiques y la presencia de Dios que esto produce te ayudará grandemente para tu santificación…

“¿Quieres la perfección para acercarte a Mí? Pues aquí tienes el camino práctico para alcanzarla. El alma limpia y recogida vive en Mí y Yo en ella; pero no en el ruido y la vanidad, sino en la soledad interior y en el sacrificio de su propio desprecio. Acá está, en este santuario que nadie ve, la verdadera virtud y por tanto la mirada de Dios y la morada del Espíritu Santo” (Diario T. 9, p. 387-390, agosto 15, 1897).

12. Iluminaciones Divinas

Conchita vive en medio del mundo enclaustrada en Cristo.

Nuevos horizontes se le descubren entonces. Su corazón se ensancha a dimensiones de lglesia: “El Señor me pone enfrente unos panoramas de la vida espiritual que me dejan abriendo la boca de admiración. De repente me encuentro metida en los más profundos secretos de la vida interior y contemplo sus hermosuras encantadoras, sus escollos terribles, sus delicias y sus peligros, y yo no sé con qué objeto, ni qué mano me conduce a esos parajes, tan desconocidos del mundo exterior. ¿Por qué esos relámpagos de luz interna que me salen al encuentro a cualquier hora? ¿Por qué lo sobrenatural y divino se me presenta con tal esplendor y claridad que no puedo dejar ni de verlo ni de entenderlo? A veces pienso que es todo ello puramente cosa natural que mi inteligencia alcanza; pero veo su rudeza y limitación y no puedo menos que confesarme a mí misma que tales claridades son extraordinarias y demás gracias del cielo, aunque no sé con qué fin (Diario T. 16, p. 149-150, marzo 21, 1901).

Dios había predestinado a una mujer seglar, sin alta cultura, para iluminar a la Iglesia. Éste es el porqué indiscutible de estas enseñanzas divinas que nos asombran y que no pueden explicarse sino por una luz especial del Espíritu Santo: intuiciones sobrenaturales acerca de los misterios más fundamentales del cristianismo. No citaremos sino algunos ejemplos, para no hacer pesado este sencillo relato del film de su vida, reservando para la segunda parte la exposición de sus grandes temas espirituales. El Señor la ilustró acerca de los caminos de la santidad, sobre los misterios de la Iglesia, con respecto a los sacerdotes, más aún, progresivamente la fue introduciendo en el misterio de Dios y los abismos de la Trinidad, no de una manera especulativa y abstracta, sino siempre en relación con su vida personal concreta para ayudarla en su ascensión hacia Dios.

Luces sobre la Inmensidad Divina

He aquí algunas de esas elevaciones dogmáticas sobre la inmensidad de Dios, sobre la esencia de Aquél que es, sobre la Trinidad y la Encarnación y sobre la generación eterna del Verbo.

“Tuve sentimientos y luces muy claras sobre la inmensidad de Dios, ¡le veía tan grande, tan infinito en todos y cada uno de sus atributos! Me arrojaba en aquel mar como si fuera una gota de agua, en aquel inmenso horizonte como el más imperceptible átomo. Me sumergía en mi Dios, lo abrazaba llenando la infinita sed de mi corazón y sus inmensos senos y me gozaba al sentir cómo no se disminuía, igual, siempre igual…, ¡Qué hermoso es esto que no puedo yo explicar, sólo sentir!… Y experimento también una alegría espiritual inexplicable al ver mi nada y tamaña grandeza, mi impotencia y debilidad, junto a su grandeza y poder. Cómo me encantaba verme tan pequeña y tan débil y tan enferma y agotada, y a Él, a este mi Dios tan grande, tan infinito y siempre y por todos los siglos”.

“Yo experimentaba más que otras veces aquel destellito del mismo Dios dentro de mi ser; una sed infinita, un arrastramiento impetuoso y sostenido hacia ese ser único capaz de satisfacerme… Sentía dentro de mí como una especie de simpatía, un reflejo del mismo Dios. ¿Cómo hay, pues, me digo, quien dude de la existencia del alma o de su inmortalidad? ¿Qué estos pobrecitos no habrán sentido esto que voy explicando?

“Otras veces sentía este lanzamiento del alma como un gran fuego que tendía siempre hacia arriba: como un tiro de chimenea o de un gran vapor que todo lo traspasaba; para él no había obstáculos e iba a perderse, a estrecharse con el objeto de sus ansias. Dios, Dios, me repetía yo. ¿Dios, mi Dios, este Ser tan grande, mío? ¡Mi Creador y después mi Redentor, y aquella vida toda divina, y presa de sufrimientos y a morir para darme la vida y en una Cruz, y por mí! ¿A quién no arrancan el corazón estas reflexiones? Nunca había sentido con tanta vehemencia esta inmensidad de nuestro Dios” (Diario T. 5, 48-50, marzo 10, 1895).

“Yo Soy El que Soy”

Con una seguridad doctrinal impecable el espíritu de Conchita se eleva hasta la cumbre suprema de la Revelación divina en la que, según el Exodo (3,14) Dios manifestó a Moisés sobre el Sinaí su naturaleza íntima como el Dios de la Alianza con su pueblo escogido.

El genio científico y arquitectural de un santo Tomás descubrirá en este texto privilegiado “la Verdad Sublime” (Contra Gentes) de la que hará la clave de bóveda de su Suma Teológica: “Yo soy la existencia misma”. Toda la síntesis tomista se ordena en torno a esta verdad fundamental. Si Dios habla a una mujer, si le revela el secreto de su Ser, es para cimentarla en el conocimiento de su nada como punto de partida de su ascensión espiritual. ¿No había enunciado el Señor esta misma verdad fundamental a Santa Catalina de Siena…? al principio de sus visiones divinas, es decir cuando Nuestro Señor comenzaba a manifestarse a la santa, se le apareció un día estando ella en oración y le dijo: “Sabes, hija mía, quién eres tú, quién soy Yo? Si tienes este doble conocimiento serás feliz. Tú eres la que no es: Yo soy El que soy. Si guardas en tu alma esta verdad, el enemigo jamás podrá engañarte, escaparás de todos sus lazos; no consentirás nunca en hacer un acto contrario a mis mandatos y adquirirás sin dificultad toda gracia, toda verdad, toda claridad” (“Vida” por el B. Raymundo de Capua, C. 10).

Dios se dirige de la misma manera a la gran mística mexicana, quien lo relata en su Diario, profundamente impresionada por la revelación de esta verdad suprema.

“Yo siempre SOY, esta palabra “soy” encierra las eternidades. Para Mí no existe el antes ni el después, el pasado ni el futuro. Yo no puedo decir “he sido” o “seré”, sino siempre “soy”.

“-¿Para qué me dices esto, Señor, si no lo entiendo?

“-Antes de la creación, en el fondo eterno sin principio, soy, después de la creación y en el fondo eterno sin fin, soy, y ahora y siempre soy, y soy por Mí mismo y nada se me ha dado, porque Yo soy el dador de todo y llevo en mi Ser todas las perfecciones y atributos que Yo mismo produzco de mi misma esencia, y soy feliz porque soy eterno, recreándome eternamente en Mí mismo: Verdad eterna, Padre, Hijo y Espíritu Santo, conjunto unidad. Verdad: las tres Personas en una sola substancia, eterna Verdad. Éste es tu Dios tres veces ¡Santo, Santo, Santo!

“Yo la verdad estoy atarantada, se me pierde el pensamiento, se me marcha la razón y cuando siento estas alturas sólo me humillo hasta la sima sin fondo de mi nada, cierro los ojos, creo y adoro. Creo que no existen mayores lecciones de humildad que éstas, ¿cómo creerse uno grande, miserable átomo, ante tamaña grandeza?, ¿cómo bueno ante aquella bondad sin límites?¿cómo perfecto ante semejante luz de perfecciones infinitas?, ¿cómo puro ante aquella eterna Verdad? ¡Oh, qué locos somos los del mundo cuando nos tenemos en algo, o nos creemos capaces de la menor cosa! ¡Yo a la verdad que después de sentir a Dios y vislumbrar esa pequeñita parte de lo que es siquiera apretar mi frente y mi corazón en el polvo y no levantarme de ahí jamás!” (Diario T. 7, p. 253-254, agosto 8, 1896).

Trinidad y Encarnación

La Santísima Trinidad también se le revela, pero por el camino de la Encarnación. Así es siempre en los místicos: por la humanidad de Cristo van hacia los esplendores de la Trinidad.

“Me llevó después el Señor el pensamiento al punto de la Encarnación del Verbo y me hizo entender unas cosas muy profundas relacionadas, claro está, con la Santísima Trinidad, cuya segunda Persona es”.

“El Padre, me dijo, desde toda la eternidad Él produjo de Sí mismo, de su misma substancia y de su misma esencia al Verbo, también desde toda la eternidad porque en el principio ya era el Verbo Dios, y el Padre Dios, siendo dos Personas en una misma substancia divina. Pero nunca, ni un instante estas Personas, Padre e Hijo, aunque producido por el Padre y el Hijo era también el Espíritu Santo, reflejo, substancia y esencia del Padre y del Hijo y también Persona. Es el Espíritu Santo el reflejo divino de la misma divinidad, es el reflejo del Amor en el Amor mismo, el reflejo de la luz en la Luz misma, el reflejo de la Vida en la Vida misma, y así de todas las infinitas perfecciones en la eterna perfección”.

“Esta comunicación de la misma substancia, de la misma esencia, de la misma vida y perfección que forman y es una sola esencia, substancia y vida y perfección, constituye la felicidad eterna del mismo Dios y las complacencias sin término de la augusta Trinidad”.

“¡Oh qué grande, qué grande es Dios y qué arcanos ininteligibles para el hombre y aún para el ángel encierra en Sí mismo! Me contemplo ante esa grandeza en la última expresión del átomo, pero al sentir mi alma infinita, recibiendo un pequeño reflejo de aquella misma grandeza, se ensancha gozosa al ver la felicidad, la eternidad, la incomprensibilidad de la inmensidad de su Dios”.

“Y, ¿ahí está el Verbo?, me digo emocionada y desde aquel trono descenderá al vil átomo de la tierra. Oh mi eterno Dios, ¿cómo aceptar semejante dignación?”

“Prosiguió Jesús: El Verbo, que es la segunda Persona de la Santísima Trinidad descendió al seno purísimo de María y por obra del Espíritu Santo, que es el que fecundiza, como ya otras veces te he dicho, tomó carne y se hizo hombre, ¡profundísima humillación que sólo el amor divino podía realizar! El Verbo se envolvió de la naturaleza humana aunque ese Cuerpo recibió un alma también, santa y purísima, que lo animaba, pero el Verbo se hizo hombre y bajó a la tierra morando como Persona divina en la humanidad del Redentor”.

“Entendía yo unas cosas tan hondas en este sublimismo misterio que sólo son para mi alma y no puedo explicar porque no encuentro palabras”.

“-Dime, Jesús, qué entonces (pensando en la santísima Encarnación) me pregunto, ¿cómo se hizo? ¿Quieres explicármelo?”

“En Dios, se dignó responderme el Señor, aunque hay tres Personas distintas hay una sola voluntad, una misma substancia, un mismo poder. Con esa voluntad y omnipotencia se obró este misterio de la Encarnación del Verbo siendo el Espíritu Santo, es decir el Espíritu del Padre y del Hijo quien Io produjo, siendo la tercera Persona el lazo de luz y amor entre el Padre y el Verbo y la fuente divina de toda fecundación. Por esto estando en el Jordán y apareciendo a la vista humana una Paloma, la cual representaba al Espíritu Santo, se escuchó la voz del Padre que dijo: “Éste es mi Hijo amado en el cual me complazco” (T. 9, p. 67-71, 25 febrero, 1897).

La Generación Eterna del Verbo

“Una noche me llamó el Señor a la oración, levantando mi alma esas alturas de la divinidad que me causan miedo por mi grande miseria. Resistí esa noche cuanto pude, quedándome en el alma como castigo una frialdad glacial. Al día siguiente, luego que comulgué volví a sentir el impulso divino y volví a resistir cuanto pude; pero no pudiendo entrar en ninguna meditación abrí por fin mi pecho y me dejé llevar a la voluntad de Dios. Apenas hice esto me vi sumergida en un abismo de luz, de claridad inexplicable y que arrebata todo sentido, quedando el alma suspensa en un punto fijo: ese punto era Dios, Dios, abismo de pureza y de infinitos resplandores”

“Ahí vi, digo vi para explicarme de algún modo, ahí vi, sentí lo que no se me había ocurrido: ¡La Generación eterna! Yo no sabía que Dios tuviera generación, es decir no lo había pensado. Generación eterna, Generación divina, ¡Oh, si pudiera explicar lo que yo siento con estas palabras, lo que traen a mi memoria y a mi corazón!

“Fue tan viva la impresión de lo que vi o entendí sobre esta Generación divina que aún tiemblo y me enfrío y como que enmudezco al recordarla.

“Vi un gran foco de vivísima y purísima luz, de aquella luz increada, como derramándose en ardientes rayos de claridad divina: todo aquello era divino, era la misma Divinidad allá en su eternidad sin principio. Así, como transportada mi alma a aquel lugar, vi que aquel torrente de luz, de fuego, de vida, se volvía a un punto, a un disco, al mismo foco de donde partían, como reflejándose, no sé cómo decir, pero en aquel reflejo de la luz, del fuego, de la vida, de la misma Divinidad, entendí cómo se produjo el Verbo, ¡el Verbo aquel que en el principio ya era!

“Yo sé muy bien que ninguna de estas tres Personas divinas es antes que otra pero yo no alcanzo a explicar esto que vi y de qué modo.

“Al producirse el Verbo con todas las perfeccionas del Padre, quedando dos Personas divinas, pero con una sola substancia, con una misma voluntad, con un solo poder y hermosura y luz y vida, y en este mismo momento se trabó entre estas dos Personas divinas una complacencia, una felicidad y una unión de amor, una unión que produjo a la tercera Persona divina, el Espíritu Santo.

“Esta unión, esta comunicación, este lazo, sentí, como que produciendo al Espíritu Santo, Él mismo lo continúa. Es como indispensable entre el Padre y el Hijo, como que sin Él no podrían ser. Es ésta una unidad tan hermosa, tan perfecta y tan pura que en la tierra no se puede entender, ni aún en el cielo enteramente, sino el mismo Dios. Esta unidad divina forma la felicidad de los santos, la pureza de los ángeles, el ardiente fuego de los abrasados querubines, ¡Y este Dios en tres Personas distintas, pero con un solo corazón, diré, con una sola ternura, con un eterno amor, infinito, este Dios inmenso es el que está encerrado en el más pequeño punto de una hostia consagrada!

“¡Oh Trinidad!, ¡Trinidad beatísima!, Luz de luz en donde no hay la más leve sombra, hazme pura como el cristal para que me traspasen esos rayos de la Divinidad. ¡Oh Generación eterna!, ¡Oh Padre, Hijo y Espíritu Santo!, yo me gozo en el secreto sublime de tu felicidad incomprensible. Te amo tanto, tanto, que si me fuera dado aumentar un átomo tu dicha, aún a costa de mi vida, de mi condenación, (si en ella no te ofendiera), lo haría. Yo no sé, no sé lo que siento al vislumbrar ese foco de felicidad en que vive la misma Vida.

“Veo las tres Personas divinas con misión distinta pero con un mismo centro, un solo amor, una misma substancia y dicha y perfecciones infinitas” (Diario T. 9. pp. 366-371, 17 julio, 1897).

Ante tales elevaciones dogmáticas, un día en Roma me sentí impulsado a decir a su Eminencia el Cardenal de México, que conoció personalmente a la Sierva de Dios: “Esto no es de una mujer, sino de una inspirada por Dios”. Él estuvo plenamente de acuerdo.


13. “Me Aseguran que mi Espíritu es de Dios”

No obstante la discreción personal de la Sierva de Dios en la fundación de las Obras de la Cruz, este caso excepcional de Conchita, lleno de confidencias secretas, de acogida entusiasta o de oposiciones, no podía dejar de plantear algunos interrogantes. El Arzobispo de México, Mons. Alarcón fue consultado y ordenó un examen de su vida y de sus escritos. Conchita se manifestó siempre dócil a las enseñanzas y a las directrices de la Iglesia: “Creo en la Iglesia, en su divinidad, en su indisolubilidad; daría mi sangre por defender la pureza de su doctrina y de sus dogmas”. (Diario T. 12, p. 209, marzo 31, 1900).

En octubre de 1900 Conchita fue examinada por teólogos y hombres de gran experiencia.

“Octubre 1: 1900. Hoy, después de un riguroso examen y previa oración el R.P. Melé, Visitador de la Congregación del Corazón de María, resolvió o me aseguró que mi espíritu era de Dios y que estaba dispuesto a afirmarlo”.

Al día siguiente, 2 de octubre, añade sencillamente: “Hoy el Padre del Moral, Visitador y Provincial de los Paulinos me confirmó que mi espíritu era de Dios”.

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Fuente: https://aparicionesdejesusymaria.files.wordpress.com/2011/06/conchita-diario-espiritual-de-una-madre-de-familia-fr-marie-michel-philipon-op.pdf 

Diario Espiritual de Concepción (Conchita) Cabrera aquí publicado:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/concepcion-cabrera/

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