“Sólo en el Corazón de la Cruz se puede gustar de las inefables dulzuras de Mi Corazón”

CONCEPCIÓN (CONCHITA) CABRERA DE ARMIDA (1862-1937)
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Tomado del Libro:

“CONCHITA, Diario Espiritual de una Madre de Familia”
Escrito por: Fr. Marie-Michel Philipon, O.P.


Capítulo II

Esposa y Madre
“Ser esposa y madre no me impidió jamás la vida espiritual”

7. Desposorios Espirituales con Cristo

Los primeros frutos de su acto heroico de pertenencia total y de consagración a Cristo por medio de una entrega firmada con su sangre, fueron para la misma Conchita.

“Parece que el Señor con el monograma abrió la puerta para derramarse en gracias. Desde ese día: ¡qué persecución, diré, qué ternuras, qué gracias, qué estupendas bondades con este barro vil! No me dejaba ni de día ni de noche, ni en la oración ni fuera de ella. Te quiero mía, lo eres ya, pero aún más quiero que lo seas, me repetía; acércate, quiero hacer contigo unos desposorios, quiero darte mi nombre y prepararte a grandes gracias” (Aut. I, p. 208).

Monseñor Luis M. Martínez sitúa en esta época la gracia insigne de los desposorios espirituales de Conchita con Cristo. Los teólogos no cesan de comentar el caso inédito de una mujer, comprometida a fondo en la vida conyugal y madre de numerosa familia, auténticamente elevada por el Señor a los estados místicos superiores. Dios es dueño de sus dones.

8. Una Nueva Etapa: El Gozo en el Dolor

Un segundo resultado en su vida espiritual más maravilloso aún fue el de experimentar el gozo en el dolor. De igual manera Cristo Crucificado gozaba en su alma de la visión beatífica de la Trinidad, al mismo tiempo que por sus dolores físicos y morales era el “Varón de dolores” (Is. 43,3).

A partir del monograma, Conchita es inundada de gracias y de favores divinos. Quiere asemejarse a Cristo en la Cruz. No tiene sino un deseo: “Todo lo sacrificaría con el mayor gusto por Él, sólo por Él, y por puro amor…, quisiera ser apóstol y publicar y hacer ver y dar a conocer quién es Jesús” (Diario T. 2, p. 7, abril-mayo 1894). Daría su vida por procurarle “un átomo de gloria”. Vive en Dios, “toda en Dios y siempre en Dios” (Diario T. 2, 84, 2 abril, 1894). Da cuenta a su director de este nuevo estado de su alma: “Me siento como si hubiera traspasado una atmósfera… No puedo pensar ni moverme sino en Dios y dentro de Dios, y Dios en toda yo, y yo en todo Él, pero en una esfera de campo de luz y de cosas divinas” (Diario T. 3, p. 25, abril-junio, 1894).

Ahora Conchita lo sabe ya por experiencia: la unión divina es inseparable del dolor. A medida que se acerca a Cristo la cruz se levanta más y más cercana en el horizonte. Hay en su interior un cambio profundo: “Hay momentos preciosos en que me siento, ¡qué raro!, gozar en el dolor y entonces se me va el alma con una delicia enteramente desconocida, se suaviza la pena sin disminuirse, pero este efecto lo produce el acto de abandono a la voluntad de Dios y el gusto de complacerlo… jamás experimentado por mí. He experimentado hoy en mi alma una cosa extraordinaria: la unión de dolor” (Diario T. 3, p. 75, 30 de abril, 1894).

“Rarísimo encuentro en mí estos efectos sobre el dolor. ¡Gozar en el sufrimiento!, si me parece increíble, yo que siempre le he sacado mil vueltas a pesar de haber puesto en mí Dios cierta inclinación al sufrimiento y oculto. ¡Cómo no extrañar que de la noche a la mañana, casi de repente, cuando mi alma siente ahogarse en el dolor, en esos mismos instantes casi desesperados, viene una brisa nueva como a transformar el dolor seco y árido en fresco y agradable, con solo la consideración de agradar al Amado, sin más dichas ni esperanzas futuras: esto se hace o parece, digo, como secundario ante la felicidad de complacerlo, iOh maravillas de la gracia! Mi alma se abisma en unos espacios tan desconocidos a mi miseria, que jamás imaginaba siquiera poder tocar con mis manos. Estos favores de veras son gratuitos y no merecidos. ¡Qué bondad de Dios, tampoco tiene límites, infinita e inmensa como todo Él!… La unión en la Cruz tiene que hacer brotar del alma el amor más sublime y desinteresado. Este amor purísimo sin mezcla de egoísmo o amor propio. El amor al dolor es el amor a Jesús, sólido y verdadero. Que nadie me quite este mi tesoro escondidísimo, quiero ocultar mi dolor, éste es ahora mi tesoro que me une a mi otro tesoro: Jesús… Estoy dispuesta hasta la última gota del cáliz apurar, sí, sí, sólo para darte gloria aunque miserable” (Diario T. 3, p. 79-81, 2 de mayo, 1894).

9. Apóstol de la Cruz

El monograma que vino a transformar su vida personal preparó a Conchita para su vocación de apóstol de la cruz. En la inscripción del santo Nombre de Jesús sobre su pecho realizada por santa Juana de Cantal y por Conchita es notable el sentido diferente de este gesto de amor. Para una era la afirmación suprema de su amor único a Cristo Jesús; para la otra, la explosión inesperada y por decirlo así, la irrupción al exterior de su fuego interior, de su indivisible amor a Dios y a los hombres. Con razón su familia religiosa tiene como fecha del nacimiento de las Obras de la Cruz la del monograma.

Algún tiempo después del monograma, estando Conchita en oración en la Iglesia de la Compañía de Jesús, en San Luis Potosí, su ciudad natal, de repente se le apareció el Espíritu Santo, el que es el Amor, iluminado y abarcando desde la cumbre todas las Obras de la Cruz.

“Estaba recogida, cuando de repente veo un inmenso cuadro de luz vivísima y más clara en su centro. Luz blanca, qué raro, y encima de este mar o abismo de luz miles de rayos como de oro y fuego, vi una paloma blanca, extendidas sus alas, abarcando no sé cómo todo aquel torrente de luz”.

“Lo vi todo muy claro, puesto que era luz, pero entendí ser visión muy alta y oscura, profunda y divina. Me quedó una impresión de suavidad, de paz, de amor, de pureza y humildad: ¡qué voy a saber explicar la inexplicable!”

“A los dos o tres días de esta visión o cosa que no supe explicar voy viendo una tarde en la misma iglesia de la Compañía — ¡feliz tarde! — otra vez una paloma blanca en medio de un gran fuego como de rayos de luz claros y brillantísimos. En el centro estaba la palomita otra vez con las alas extendidas y bajo de ella en el fondo de aquella inmensidad de luz una cruz grande, muy grande, con un corazón en el centro” (Aut. I, 221-213).

“Parecía que flotaba en un crepúsculo de nubes como con fuego dentro. Debajo de la cruz salían miles de rayos de luz los cuales no se confundían ni con la luz blanca de la palomita, ni con el fuego de las nubes. Eran como tres tonos de luz — ¡qué encanto! — El corazón era vivo, palpitante, humano pero glorificado; estaba rodeado de fuego como material, parecía movible, como dentro de una hoguera; y por encima brotaba de él otra clase de llamas como lenguas de fuego de más calidad o grados, diré. Además estaba el corazón rodeado de rayos luminosos como anchos al principio y delgados al fin, sin confundirse con las llamas que quedan debajo, con la sombra de luz o disco brillantísimo que lo rodea.

“Las llamas que brotaban para arriba del corazón subían con violencia como despedidas con mucha fuerza, cubriendo y descubriendo la cruz chiquita plantada en el corazón. Las espinas que rodeaban el corazón dolían al ver como lastimaban aquello tan delicado y tierno.

“Puedo así descifrar todo esto porque en incontables ocasiones de día y de noche se me presentaba esta hermosa cruz, aunque sin la Palomita. ¿Qué será esto?, me preguntaba, ¿qué querrá el Señor? Le di cuenta a mi director y primero me dijo que no hiciera caso y después, yo creo inspirado de Dios, me escribió un papel para mi alma y me decía: ‘Tú salvarás muchas almas por medio del apostolado de la Cruz’. Él se refería a que por mis sacrificios unidos a los del Señor, pues nunca le ocurrió que éste fuera el nombre de la Obra. Pero yo al leer esto no sé qué sentí, comprendiendo después que este nombre debía llevar la grande Obra que iniciaba el Señor y de la que hablaba ya” (Aut. I, p. 213-214).

Dios acababa de escoger a esta joven casada y madre de familia, simple seglar, para recordamos el misterio de la salvación del mundo por la Cruz. El Señor le dijo: El mundo se hunde por el sensualismo; y el sacrificio ya no se ama casi ni se conocen sus dulzuras”. “Quiero que reine la Cruz y hoy se presenta al mundo con mi corazón para que éste, sirviendo de anzuelo, las atraiga al sacrificio” (Aut. I, p. 216). “No hay amor sólido sin cruz, me decía, y sólo en el Corazón de la Cruz se puede gustar de las inefables dulzuras de mi Corazón. Por de fuera la Cruz es áspera y escabrosa pero comiéndola, penetrándola y empapándose de ella no existe mayor dulzura, porque ahí está el descanso del alma enamorada, su delicia, su vida” (Aut. I, p. 217-218).

Y en seguida el anuncio profético de las Religiosas de la Cruz, consagradas totalmente a una vida de inmolación por amor: “Una mañana que estaba haciendo mi oración repentinamente se presentó a mi vista interior una inmensa procesión de religiosas con una gran cruz roja en la espalda. Iban en fila de dos en dos y tardaron en acabar de pasar” (Aut. I, p. 221 ).

A toda la lglesia debe ser anunciado el mensaje de la Cruz: “Sí, este Apostolado de la Cruz se extenderá por todo el mundo y me dará mucha gloria” (Diario T. 2, p. 2). En fin el Señor revela a Conchita que tendrá que continuar en la Iglesia la obra de santa Margarita María; e inmediatamente lo comunica a su director: “Me da vergüenza mentarle esto, padre mío, porque volvió Jesús a recordar a Margarita Alacoque. Dijo que a aquellas personas las había escogido para una cosa y a otras para otra, a unas para dar a conocer al mundo el Amor, y a otras para el Dolor. Usted me entiende” (Diario T. 3, 89, mayo 4, 1894).

En una carta al Padre José Alzola, Provincial de los jesuitas, Conchita precisará un poco después: “El Apostolado de la Cruz, que es la obra que continúa y completa la de mi Corazón que fue revelada a la beata Margarita. Dile que no se trata solamente de mi Cruz externa como el divino instrumento de la redención; que esta Cruz que se presenta al mundo es para atraer a las almas a mi Corazón clavado en ella; que lo esencial en esta Obra es dar a conocer los dolores internos de mi Corazón, los cuales no son atendidos y fueron para Mí de mayor pasión que la que mi Cuerpo padeció en el Calvario por su intensidad y por su duración y que aún continúan místicamente en la Eucaristía. Dile que hasta este día el mundo conoce el amor de mi Corazón demostrado a la beata Margarita, pero que reservaba para estos tiempos el dar a conocer su dolor, el cual mostré entonces sólo con las insignias y superficialmente. Dile que se debe ahondar en este mar sin fondo de amargura y darlo a conocer al mundo, haciendo que se una el dolor de los fieles al inmenso de mi Corazón, pues que se desperdicia esa riqueza en su mayor parte y quiero que se aproveche por medio del Apostolado de la Cruz en favor de las almas y consuelo de mi Corazón”.

“Hará un mes, entre el día, de repente me dijo: “La Obra de la Cruz es la continuación de las revelaciones hechas a la beata Margarita” (Carta al Padre José Azola, S.J. 14 de noviembre, 1899).

10. Vida Cotidiana Transfigurada

No hay que imaginarse a Conchita como una mística con los ojos extáticos y actitudes fingidas. Sus hijos me lo repitieron con frecuencia: ‘No había nada más natural que su porte exterior’. Tal era el punto sobre el que insistían más: ‘Hasta en la iglesia sentíamos que estaba con nosotros’.

Se leen en el Diario páginas reveladoras de su manera de concebir la perfección cristiana según el verdadero espíritu del Evangelio. Es interesante analizar sus propósitos de ejercicios hechos al terminar los del 20 al 30 de septiembre de 1894. Conchita tiene treinta y dos años. No son los propósitos de una religiosa, sino los de una mujer casada, madre de familia y ama de casa. De acuerdo con su Director los divide con método: diecisiete puntos para sus relaciones con su marido, veintitrés para su comportamiento cotidiano con sus hijos y en una página final, siete puntos para orientar su actitud de justicia, de bondad y de caridad con los sirvientes de la casa.

Ponemos aquí algunos extractos:

“Con mi marido: tendré cuidado de no perder su confianza antes ganármela más y más; informándome de sus negocios, pediré luz a Dios para aconsejarlo rectamente.

“- Procuraré que siempre encuentre en mí consuelos santos, dulzura y abnegación completa. Igual de carácter en todas las circunstancias, y él sí que vea traslucirse a Dios en todas mis obras para su provecho espiritual.

“- Jamás hablaré mal, en lo más mínimo, de su familia; siempre la disculparé, teniendo cuidado de que respete la mía.

“- Velaré por las economías sin descender a extremos, teniendo cuidado de que nada falte a los demás y haciendo personalmente muchas cosas que implicarían gastos. Estaré siempre despierta a todas las circunstancias. Daré del gasto las limosnas que pueda.

“- En cuanto a la educación de mis hijos haré porque siempre caminemos de acuerdo, habiendo energía y rectitud de ambas partes, con especialísimo cuidado.

“Con mis hijos: tendré especial cuidado y vigilancia.

“- Les fomentaré la caridad para con los pobres, haciendo que, quitando un poco de lo que tienen, les participen personalmente.

“- No les fastidiaré cargándoles de rezos y haciéndoles pesada la piedad; todo lo contrario, procuraré hacerla agradable a sus ojos y que naturalmente la busquen comenzando a dar vuelo al alma con pequeñas jaculatorias.

“- Estudiaré sus caracteres, y apretaré donde convenga, sin dejarme arrastrar por el cariño natural. No los consentiré en general, y recto, sin cambiar un ápice mis resoluciones o mandatos. Sabré imponérmeles a la vez que atraerlos a la confianza.

“- Haré que vean en su padre ciertos actos de piedad y que su ejemplo les sea útil en todos sentidos. Con la niña especialísimo cuidado.

Con los sirvientes de Ia casa: seré dulce y recta. “Vigilaré su moralidad en cuanto pueda.

“- Les asistiré pecuniaria y personalmente, si puedo, en sus enfermedades.

“- Tendré especial cuidado de sus almas, procurando que escuchen algunos sermones, dándoles algunas instrucciones religiosas y cerciorándome que cumplan con el precepto de oír Misa”. (Diario T. 4, p. 227 ss. 6 octubre. 1894).

Así se nos muestra Conchita: un modelo de esposa, de madre de familia y de ama de casa. Ella misma hace un ‘Reglamento de vida’ que orienta su conducta, pero sin rigidez, con una preocupación de fidelidad a Dios y de servicio a los demás por amor.

He aquí algunas anotaciones más que evocan el espíritu que las anima:

“- Propongo hacer siempre lo más perfecto.

“- Propongo buscar en todas las cosas a Jesús y su cruz, conforme a su voluntad santísima.

“- Propongo buscar prácticamente los intereses de Cristo y no obrar según mis intereses o amor propio”.

Pero añade con realismo y gran espíritu de adaptación: “No me inquietaré si las circunstancias impiden mi reglamento de vida, sino que tranquilamente continuaré. Seré flexible ante las dificultades, siempre humillándome y siempre ¡adelante, adelante!” (Diario T. 4. p. 80 agosto de 1894).

Sus relaciones sociales, la llevan a reuniones y a varias diversiones como mujer de mundo y madre de familia. No se sustrae a ellas, va a todas partes sonriendo, pero su corazón está todo en Cristo: “Anoche tuve que ir al circo” (Diario T. 4, p. 64, agosto 12 de 1894). “Y voy al teatro dentro de breves momentos, yo que huiría del mundo con todo mi corazón tengo que presentarme a él, y reír y estar alegre y lejos de mí manifestar desagrado, lo que bastaría para causar a mi marido un gran disgusto. Me encuentro por todas las partes sobre la cruz. ¡Oh, Jesús mí, ayúdame! Concédeme saber conformar mi exterior y guardar mi corazón inviolablemente fiel, sabiendo dominarlo para que nada me traicione en presencia de aquellos que no pueden comprenderme” (Diario T. 3. p. 161, mayo 17, 1894).

En medio del bullicio de las fiestas del carnaval escribe: “Ayer no pude escribir; por la tarde tuve que condescender con mi marido a ir al paseo cuatro horas en coche abierto, entre una barahunda de mundo atroz. Hice actos, cuantos pude, de amor y reparación y mortificación” (Diario T. 12, p. 121, febrero 28, 1900). Pero no es una mujer mundana sumergida por el torbellino del carnaval; por encima de los hombres y mujeres que se divierten locamente ella lleva en su alma la mirada del Crucificado.

Se encuentra a gusto en su hogar y en el círculo de su familia y amistades. En ese ambiente es la animadora de las reuniones y de las fiestas. Todos la solicitan. Tiene plena conciencia de que su lugar de madre y educadora está, ante todo, en medio de sus hijos: “Tengo que formar ocho corazones, que luchar con ocho caracteres, quitando lo malo y plantando y fomentando lo bueno; grande paciencia y grande prudencia y virtud necesito para cumplir santamente esta misión de madre. En todas mis oraciones el primer grito del corazón es para pedir gracias para mi esposo e hijos, claro está que espero todo de lo alto, todo de ese Dios infinitamente bueno y de esa María, Madre de todos, a quien se los tengo especialmente encomendados. Ella será su escudo, su luz, su guía, su protectora amadísima. La santa devoción que sus corazones le profesan los salvará de todos los peligros de este miserable mundo tan lleno de escollos. ¡Madre, Madre, ayúdanos, cobíjame bajo el manto de tu pureza y no nos dejes jamás hasta asegurarnos en esa eternidad feliz! ¡María, tu pureza para mis hijos!, ¡que nunca manchen su alma tan querida!, que sean todos para Dios, que Él solo sea su aliento y su vida. ¡Míralos, Virgen, son tuyos antes que míos!” (Diario T. 11, p. 193, agosto 16, 1899).

Así se deslizaba la vida cotidiana de Conchita, como la de todas las madres, con alternativas de penas y alegrías “Ayer cumplí treinta y siete años, tuve un día lleno de las satisfacciones exteriores que pudiera yo desear respecto a mi marido, hijos y demás familia, y sin embargo la tristeza y el vacío llenaba mi corazón haciéndolo sufrir, luchando por dominarme. Tuve el gusto de ver a mis hijos con muchos premios de la repartición del colegio y muy aplaudidos, y algunos saltos de vanidad me dio el corazón, aunque procuraba rechazarlos. Las cuelgas que recibí, todas se las entregué al Señor, quedándome en mi querida pobreza. Tiemblo ante mi debilidad sobre el particular pues en el mundo hay muchas ocasiones de fallar y soy capaz de todo. Ayer renové mi ofrecimiento total a la voluntad de Dios, entregándome sin reserva a sus divinas manos” (Diario T. 12, p. 35, diciembre 9, 1899).

Las preocupaciones no faltaban en la casa y las pruebas de salud pesaban a veces dolorosamente. Ella misma o sus hijos se encontraban gravemente enfermos y la muerte se cernía sobre la existencia familiar. “De las puertas de la eternidad, del borde del sepulcro me ha vuelto el Señor por sus altos fines y pudiendo apenas escribir, tomo hoy la pluma para continuar mi Diario. Una pulmonía terrible iba a concluir con mi vida y estoy ahora en una convalecencia muy delicada y penosa, llena además de mil penas. Se iba a morir la última niña; otro niño grave de enfermedad contagiosa lo cual me priva de ver a la primera, sufrimiento que despedaza el corazón de madre. ¡Vágame el Señor! (Diario T. 10, p. 132-133, abril 21, 1898).

“Muchas otras cruces me ha puesto Jesús sobre los hombros que sólo con la ayuda divina puedo soportarlas con paciencia… Vi muy de cerca la muerte y tuve que practicar de veras y de lo más intimo del alma el abandono total en los brazos de Dios y el desprendimiento de mis hijos, madre, esposo, que siempre a la naturaleza le cuesta bastante. Tuve mucha paz esperando a cada instante verme en la presencia de Dios: a veces venía a turbarme el miedo a su juicio y una noche arrojándome en sus brazos le dije: “Señor, tengo miedo”. ‘No temas, me contestó, ‘tranquilízate’, y, como estas palabras obran, desde ese momento sentí un sosiego de alma como de ilimitada confianza y la seguridad de que no me iba a morir” (Diario T. 10, p. 134, abril 21, 1898).

Así, transcurría su vida, las enfermedades y los achaques aumentaban. Llevaba sola su dolor en el corazón y en los labios su inalterable sonrisa: “Me dijo el Señor: ‘No te quejes de tus padecimientos delante de los extraños, ni les dejes ver tus penas porque aminoras su mérito; sufre en silencio, déjame obrar en ti y pasa por la tierra ocultamente crucificada” (Diario T. 10, p. 138, abril 30, 1898).

Su hogar era alegre y bullicioso: “Mamá sonreía siempre”, me decían sus hijos; y cuando al terminar mi primera estancia en México, en 1954, después de una encuesta minuciosa declaraba yo a sus hijos: “Su mamá era una gran santa y una gran mística”, me respondieron ellos inmediatamente: “santa o mística, no lo sabemos; pero mamás como ella ya no las hay”.

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Fuente: https://aparicionesdejesusymaria.files.wordpress.com/2011/06/conchita-diario-espiritual-de-una-madre-de-familia-fr-marie-michel-philipon-op.pdf 

Diario Espiritual de Concepción (Conchita) Cabrera aquí publicado:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/concepcion-cabrera/

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