“Ser esposa y madre no me impidió jamás la vida espiritual”

CONCEPCIÓN (CONCHITA) CABRERA DE ARMIDA (1862-1937)
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Tomado del Libro:

“CONCHITA, Diario Espiritual de una Madre de Familia”
Escrito por: Fr. Marie-Michel Philipon, O.P.


Capítulo II

Esposa y Madre
“Ser esposa y madre no me impidió jamás la vida espiritual”

1. Mi Matrimonio

Su vida de jovencita transcurría sin historia, en la espera de un porvenir de felicidad.

“Llegó el día en que fueron a pedirme; mi madre lloraba, mi padre me preguntó que qué contestaba, que si quería casarme, y yo le contesté que sí, porque yo quería a Pancho y aunque no fuera rico lo prefería a todos los otros porque era muy bueno. A mí, repito, no me estorbaba el cariño de Pancho para amar a Dios; yo lo quería con una sencillez muy grande y como envuelta con el amor de mi Jesús. No veía para mi otro camino”.

“Llegó la víspera de mi matrimonio el vestido blanco, y yo no sé qué sentí de miedo al verlo; estaba precioso, muy elegante con toda la demás ropa; unos magníficos broqueles de brillantes y una cruz de los mismos (de la que después hicieron la Palomita de la custodia del Oasis) un collar, anillos, etc., que a mí ni me llamaron la atención pues las alhajas siempre me han sido indiferentes. Muchísimos regalos, vestidos; ¿yo qué sentía?: una tristeza interior, un no sé qué de miedo y sufrimiento indecible”.

“El día 8 de noviembre, como digo, se efectuó mi matrimonio con el Sr. Don Francisco Armida; y de las doce de la noche del 7 a la una del 8 recé con todo mi corazón la hora de quince a la Sma. Virgen al entrar el día en que iba a contraer tantos deberes que casi no sabía. A las seis de la mañana comulgamos Pancho y yo en San Juan de Dios) luego a arreglarnos cada uno a su casa. Yo mucho le pedí a mi Jesús que me ayudara a ser una buena esposa que hiciera feliz al hombre que iba a darme por compañero. Me puse aquel vestido blanco lleno de azahares, (que después lo regalé a una Purísima y lo que sobró para adornar los reclinatorios de mis hijos en su primera comunión y las almohaditas de los pobres en Nochebuena). Me prendieron el velo, corona, etc. y ya vestida me arrodillé a pedir la bendición a mis padres, que me la dieron con toda voluntad, pero llorando y partimos en los coches a la iglesia del Carmen que estaba preciosa toda adornada con flores blancas. A las ocho de la mañana fue la ceremonia, efectuándola mi tío el Sr. Canónigo D. Luis G. Arias, hermano de mi madre. Oí la misa con mucha devoción y después volví a casa de mis padres a las felicitaciones y ceremonia civil. Más tarde fuimos a la fotografía; después a la “Quinta de san José” en donde fue la comida y baile hasta el obscurecer”. (Aut. 1, p. 104-108).

“Recuerdo que a la hora de la comida, mientras estaban en los brindis se me ocurrió pedirle al que ya era mi marido dos cosas que me prometió cumplirlas: que me dejara ir a comulgar todos los días y que no fuera celoso. ¡Pobrecito! fue tan bueno que años adelante se quedaba con los niños mientras yo volvía de la iglesia, y aún en su última enfermedad, mientras no perdía el conocimiento, me preguntaba si ya había ido a recibir a Nuestro Señor. Dios le ha de haber pagado este favor que era mi vida”.

“Conque, el caer la tarde, mi hermano Octaviano me llamó y quiso que me fuera en coche con Pancho violentamente para que mi madre no se apercibiera, y sentí tan feo que no lo puedo explicar. Callada y llorando y con una vergüenza terrible me fui. Pancho me consolaba pero yo sufría mucho de ir sola con él. Llegamos por fin a la casa toda iluminada y llena de flores blancas” (Aut. I, p. 110).

‘Mi marido fue siempre un modelo ejemplar de respeto y cariño; me han dicho varios sacerdotes que Dios me lo escogió excepcionalmente, pues fue un ejemplar de esposos y de virtudes” (Aut. I, p. 111).

“El día 8 de diciembre, al mes de casada, cumplí los veintidós años de edad y estaba en cama por no sé cuánto tiempo, sin poder comulgar. ¡Qué cosas pasan en la vida! Entré en aquella casita llena de flores y de luces, de dichas e ilusiones y a los nueve meses salí a la media noche con el susto de un incendio, y no volví a ella más” (Aut. I, p. 112).

2. Con mi Marido y mis Hijos

“El día 28 de septiembre de 1885, a las nueve de la noche y lunes nació mi primer hijo ofreciéndoselo al Señor con todo mi corazón antes y también luego que vino al mundo. Su papá, luego que nació, se puso de rodillas sollozando y dándole gracias a Dios. Me concedió el Señor poderlo criar ocho meses y entonces tuve que quitarle el pecho por necesidad. Después pasé muchos trabajos con él; no quiso nodriza, con leche de burra que era la más parecida a la mía, concluyó su lactancia.

“Una bobera que me da risa recordarla: quería yo que dijera a todo trance “mamá” y dijo primero “gato”, lo cual me dio pesar. Tan simple como siempre. Este niño jamás dio qué decir: estudioso, inteligente y muy recto, pundonoroso y formal ha sido siempre. Tiene carácter violento pero muy buen corazón. Parece que el Señor lo llama al matrimonio” (Aut. 1, 114-115).

“Mi marido tenía horas fijas de irse a su trabajo y de volver, las cuales yo aprovechaba en hablar con mi Jesús, en leer cosas espirituales (después de cumplir con mis obligaciones) y en hacer mis penitencias, quitándome los cilicios cuando él iba a llegar, porque una vez me tocó uno y mucho se enojó. Me decía que bastantes penas tenía con los niños, sus enfermedades, crianza; pero yo sentía que no era suficiente aquello, sino que yo debía procurarme dolor. Después diré como me cuidaba el Señor de ser vista. Mi confesor me quitó me parece que por tres años las penitencias; yo lo obedecí” (Aut. I, p. 129-130).

“En el año de 1887, el día 28 de marzo, lunes, a las doce de la noche nació mi hijo Carlos. Yo lo crié en toda su lactancia; era un niño muy vivo, inteligente y precoz; vivió sólo seis años y murió el día 10 de marzo de 1893 de una tifoidea terrible. En sus dolores decía: ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’; sufrió mucho y murió sin confirmación; esa pena me quedó. Fue su muerte para mi corazón un golpe terrible, desgarrador, un dolor jamás sentido hasta entonces. No quería arrancarme de su lado, pero habló la voz de la obediencia y en el acto hice el sacrificio de abandonarlo.

“En esos días hubo un alza de la plata y mi marido se puso mal en sus negocios, al grado que para el entierro de este niño tuvo que pedir prestado el dinero que se necesitó. En esta época me regaló el Señor con vergüenzas y penas pecuniarias. ¡Bendito sea Dios por todo!

“Cuando murió Carlos sentía mi alma vivos impulsos de perfección y algo de escrúpulos me molestaban. Me remordía mucho la conciencia hasta decirle al niño que estaban buenas de sabor las medicinas para que las tomara. No sabía yo cómo arreglarme. Como último recuerdo suyo guardé un vestidito, y ahí sentía pegado el corazón; pero un día escuché la inspiración del Señor que me pidió el sacrificio de desprenderme de él y me dio valor en aquel desgarramiento del alma (quien no sea madre no podrá comprender esto): llamé un pobrecito, le puse el vestido, se fue, y yo sentí como si me arrancaran a mi hijo”. (Aut. I, p. 131-133).

“El día 28 de enero de 1889, lunes, nació mi hijo Manuel en la calle del Rosario (San Luis Potosi), a donde me había cambiado. Al dar las avemarías, al rezar el ‘Angelus’ vino al mundo este niño que mucho me costó. A esa misma hora moría un sacerdote (el Padre José Camacho) y tan luego como lo supe ofrecí a mi niño al Señor para reemplazarlo en los altares. Se lo di de veras, con todo mi corazón. Mucho tiempo después estuve enferma, pero gracias a Dios pude criarlo hasta que anduvo. Quise que le pusieran en el bautismo el nombre de Manuel, por mi amor tan grande a la Sagrada Eucaristía; es su santo el día de Corpus. Tuvo siempre Manuel un carácter muy bondadoso y sencillo; era alegre, humilde y dócil y desde muy niño tuvo grande inclinación a la virtud y a todo lo de la Iglesia. Tenía luces de desprendimiento del mundo y de sus vanidades superioras a su edad. Recuerdo que tendría siete años cuando un día, a la hora de la mesa que tenía su papá a todos los niños alrededor les dijo que a ver cuando crecían para que le ayudaran con los gastos de la casa, y Manuel luego respondió: ‘Yo les ayudaré, sí, pero en la parte espiritual, en lo que toca al alma, porque no nací para ganar dinero que es tierra y vanidad’. Nos vimos Pancho y yo y nos quedamos sorprendidos de esta respuesta”.

“Tuvo épocas de terribles escrúpulos; siempre fue muy piadoso, sin respeto humano, muy candoroso y sencillo. Fue él más cariñoso de todos mis hijos conmigo, hasta la exageración. Dios lo llamó; escuchó mis ruegos y los suyos y desde que comenzó a hablar le pedíamos la gracia inmensa de la vocación religiosa. En su primera comunión y en las grandes fiestas con fervor renovaba esta súplica; y el Señor lo escuchó, digo, yéndose a la Compañía el día 12 de noviembre del año de 1906, en donde acaba de hacer sus votos el día 8 de diciembre de 1908 a los diecinueve años once meses de edad”. (Aut. I, p. 135-138).

(Murió santamente, en 1955, en Gijón, España, en el Colegio de la Inmaculada).

“Mi alma continuaba con ansias vivas de perfección, de un más allá que siempre se le retiraba. Tenía días muy fervorosos, con toques fuertes e internos del divino amor, y siempre envueltos en sufrimientos, porque estos nunca me han dejado, ya de una manera, ya de otra. ¿Qué será virtud? me preguntaba desde muy chica yo misma a menudo, pues que a gritos me pedía el alma conocerlas y practicarlas. Con este pensamiento me pasaba largos ratos, lamentando no entender lo que quería seguir.

“Un día de Corpus fui a la Catedral a visitar al Santísimo…, de repente me envolvió el Señor en oración de quietud (ahora conozco que eso fue, pues entonces sólo pude darme cuenta de que aquel efecto era divino) y me dijo, incendiándome el corazón: ‘Yo te ofrezco que algún día tú conocerás lo que son las virtudes, porque Yo pondré muchas a tu alcance, y no conocidas para muchos’. Yo me quedé atontada sin saber qué sería aquello y ¡quién me había de decir que diez o más años más tarde me había de dictar más de doscientas virtudes y vicios el Señor!… (Aut. I, p. 139-140).

“A mí me cansaba mucho el mundo y aún cuando acostumbré a mi marido, que era excelente, a recogerse temprano y a tenerlo todo en su hogar, sin buscar diversiones, siempre a algunas tenía que acompañarlo, aunque por dentro contra mi voluntad”.

“Yo lo obsequiaba mucho; llegaba el día de su santo y le hacía hasta dieciocho o veinte cuelgas: era muy bueno y respetuoso conmigo y todo eso, lo que le hacía yo, era poco para lo que merecía. Fue tan buen padre que viniendo de su trabajo me ayudaba personalmente a arrullar a los niños y a dormirlos. Su casa y sus niños era todo su encanto”. (Aut. I, p. 142-143).

“Quería yo que Dios me diera una niña y no tanto hombre, ya que iban tres seguidos: y después de Manuel, me la dio para Él… Era lunes. María de la Concepción se llamó esta niña, que mucho me hizo padecer sin saberlo. La quisimos su padre y yo con una ternura especial. Se la ofrecí inmediatamente al Señor para que fuera suya, con todo mi corazón, y procuré conservar la azucena de su alma hasta entregarla al Señor como después diré. Pude criar a esta niña todo el tiempo que fue necesario, gracias a Dios. Era el encanto de su papá, y los dos la llenábamos de bendiciones. De seis meses creía que se moría; estuvo muy grave.

“Después de algunos años tuvo una tifoidea de cuarenta y tantos días entre la vida y la muerte. Entonces recibió como viático su primera comunión; yo se la ofrecí al Señor en botón para que fuera a abrirse en el cielo si esta era su divina voluntad; pero no la aceptó; la tenía destinada para esposa suya en la tierra… Por aquellos meses de la enfermedad tan larga de Concha dictó el Señor las virtudes aquellas que años atrás me había ofrecido…”

“Concha tuvo siempre una índole de ángel, una pureza suma y unas cualidades y virtudes ocultas muy especiales. La modestia era su fisonomía, ¡Cuántas virtudes en el seno de la familia y en la intimidad del hogar la vi practicar!… Era una presea, una perla y no concha, una azucena. Al cumplir los quince años hizo voto de virginidad y a los diecisiete y medio entró a la religión. Joya tan linda no era para el mundo: el Señor la escogió para sí” (Aut. I, p. 144-149).

“Cuando nos casamos mi marido tenía un carácter muy violento, pero era como la pólvora, luego pasaba el fuego y se contentaba apenado; pero al cabo de algunos años cambió tanto que su mamá y hermanas se admiraban. Yo creo que era la gracia y el continuo limarse el pobre con esta lija y duro pedernal”. (Aut. I, p. 151-152).

3. Relaciones de Familia y Amistad

“El Señor me apretaba fuerte a las humillaciones con mis cuñadas, a querer aparecer ante ellas como inútil y que cuanto hiciera no les agradara. Así lo hice años y años, venciéndome con la gracia de Dios. Mucho me sirvió este crisol en el que mi marido muchas veces les daba la razón, para desprenderme de mi misma y no creerme capaz de nada bueno, ni exterior ni interiormente. Cuando hablaba, aunque le costó mucho a mi soberbia al principio, siempre alababa a mis cuñadas aún con mi marido y a sus buenos papás. Así, con la gracia de Dios curé mi orgullo. Jamás le decía a mi esposo lo poco que tuviera que sentir de su familia, no por virtud seguro, sino por conservar la paz, aunque todo esto se lo ofrecía al Señor. Con el tiempo este modo de ser me conquistó gran estimación inmerecida de él.

“Mi suegro siempre me quiso; hacía mucho que no frecuentaba los sacramentos y le rogué que lo hiciera, le arreglé que se confesara y Dios me concedió que lo hiciera, muriendo algún tiempo después repentinamente.

“Mi suegra me decía después que cuando me casé no me quería nada, pero que después mucho. Y así era; ella me defendía hasta con mi marido; me buscaba y yo le hablaba de Dios, y le explicaba algunas meditaciones como yo podía, y como era un alma tan pura y tan buena, sólo sin cultivo, todo le caía muy bien. Yo la sentí mucho cuando murió, pero, de no frecuentar antes los sacramentos, después comenzó a hacerlo y fue muy fervorosa y sufrida” (Aut. I, p. 152-154 ).

“Por las tardes, al obscurecer, me iba a la iglesia de san Juan de Dios y allí cerquita del sagrario desahogaba mi pecho cerca de Jesús; le ofrecía a mis niños, a mi marido y a mis criados, pidiéndole luz y tino para saber cumplir mis deberes”. (Aut. I, p. 157).

Su existencia se desarrollaba normalmente entre las obligaciones de su hogar y sus relaciones sociales, sin poder sustraerse a todas las circunstancias imprevistas.

“Tuve que ir a visitar a un sacerdote: se oscureció y ni coches ni tranvías parecían. Era muy grande mi angustia; el tiempo pasaba y resolví volverme a pie, pero como había muchas vías y yo no sabía el camino me acerqué a una tiendita a preguntar. Sin poderlo impedir salió de ahí un hombre que me hacía temblar y que me dijo que me conduciría. Se me arrimaba mucho, olía a vino, y andábamos y más andábamos, conociendo yo el peligro y encomendándome a la Sma. Virgen. Era de noche, había invitado mi marido un señor a cenar, y yo tan lejos, ¡Dios mío! y sin saber a dónde iba a parar. Nunca he sufrido en esa materia lo que entonces. Por fin la Sma. Virgen me oyó y al voltear una esquina pasaba un tranvía, ni supe de donde era y escapándome de aquel hombre que me detenía, me subí y me salvé” (Aut. I. p. 53-53).

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Fuente: https://aparicionesdejesusymaria.files.wordpress.com/2011/06/conchita-diario-espiritual-de-una-madre-de-familia-fr-marie-michel-philipon-op.pdf

Diario Espiritual de Concepción (Conchita) Cabrera aquí publicado:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/concepcion-cabrera/

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