¿Quién es Olimpio Fernández Cordero, el Hno. Estanislao José?

28 de Marzo – 89º Aniversario
Año: 1920 / Lugar: Bustillo de la Vega (Palencia) – Madrid, España
Gracia de la Encarnación Mística, Don de Impecabilidad, llevar a Jesús Sacramentado en su pecho y profecías
Vidente: Hermano Estanislao José (1903-1927)

A la edad de 18 años, el joven español, Olimpio Fernández Cordero, ingresó al noviciado en el convento de Bujedo (Burgos) para hacerse hermano de La Salle. Tomó el nombre de Hermano Estanislao José en la vida religiosa y los votos no canónicos que son: el cumplimiento de los reglamentos, avanzar en la perfección cristiana y alcanzar el amor puro. Desde el comienzo de su noviciado esta alma escogida de Dios recibió Mensajes del Cielo, la Gracia de la Encarnación Mística, el Don de Impecabilidad, llevar a Jesús Sacramentado en su pecho y profecías sobre el Reinado de los Corazones Eucarísticos de Jesús y María. Murió el 28 de marzo de 1927.

Del Libro: Hermano Estanislao José, Un Joven Heroico Desconocido
Escrito por el Hno. Ginés de María Rodríguez, f.s.c.

CAPÍTULO I

Presentación de este joven.- Vida familiar.- Siente la vocación religiosa.- Generosidad extraordinaria.- Capacidad intelectual

Pretendo escribir, con la gracia de Dios y la ayuda de la Virgen de la Eucaristía, la historia de un joven angelical, alma increíblemente generosa. Me atrevo a hacerlo porque ha largos años me está acuciando la conciencia a que lo haga.

Se trata de OLIMPIO FERNÁNDEZ CORDERO, íntimo amigo del alma. Cuando le conocí tenía diecisiete abriles, joven encantador de mirada limpia y de alma sublime, adornado con la gracia bautismal que nunca perdió.

Era moreno de buena figura, rostro redondo y bien proporcionado, ojos grandes y negros. Llegaba después de haber terminado la recolección de la cosecha de sus padres, así que estaba tostado por los soles del estío, con las manos negras y encallecidas por el manejo de la hoz, de la horca, del bieldo y del contacto de las mieses. Vestía traje de paño muy ajustado y se tocaba con una boinilla puesta a lo pueblerino.

Así le vi por vez primera el 14 de agosto de 1920, fecha en que llegó a Bujedo (Burgos) para hacerse Hermano de la Salle, como yo, y en el acto, en la primera mirada sentí en lo íntimo del alma, bien lo sabe Dios, que era un ángel.

Su cultura, casi nula, pues mal sabía leer y escribir. Venía a la vida religiosa para eso, para ser un ángel de pureza y un serafín de amor; venía para entregarse a Dios en cuerpo y alma y para hacer lo que le mandasen; venía a decir como el profeta Isaías: “Me has llamado, aquí me tienes: ¡Mándame!” (Is. 6, 8).

Los diecisiete años es una edad crítica en que llegada la pubertad, cuando hacen crisis las relaciones humanas y se presenta el enigma de… no se sabe qué hacer, qué ser, qué quiere el corazón humano… voluble a esa edad como una veleta…

Sí, los 17 años es una edad de audacia o cobardía. Depende del espíritu que los anime: si el joven levanta el corazón a Dios, si acude a la Virgen recibirá hombría, sentirá la brisa que orienta por caminos seguros, por veredas de frescas praderas, alegres florestas y fuentes cristalinas que elevan el alma a cosas mayores.

Esto le pasaba a Olimpio y acudió a la Virgen rogándola le iluminase el camino a seguir para encontrar la felicidad. Pero Olimpio era un caso aparte; nada le llenaba el corazón de las cosas de aquí abajo, ni siquiera las personas más allegadas, como los familiares, cosa que notaba mi madre, decía él, y con disgusto.

A veces reunida la familia, se separaba un poco mi madre y nos decía:
“A ver quién de mis hijos es el primero que viene a abrazarme. Entonces todos mis cuatro hermanos corrían hacia ella, pues todos la queríamos mucho y yo, para quien estaba preparada aquella estratagema, aun cuando pugnaba por arrojarme a los brazos de mi madre, no podía; creía tener los pies como clavados… lloraba, pero no podía complacer los deseos de mi madre. Yo sentía como que Dios quería que solamente le abrazase a Él; y yo sufría porque sufría mi madre.

* * *

Una vez yendo con ganado a una feria le atropelló una labranza, y sólo a un milagro atribuyó el que saliese ileso de tal percance. “En aquel preciso momento en que fui providencialmente salvado de tan gran peligro, sentí, como nunca hasta entonces había sentido, que Dios me quería religiosos, y enseguida me decidí a cumplir su adorable voluntad. Enseguida quise, pero aquel atropello me había perjudicado, y estuve más de un mes con fuertes dolores y sin poder trabajar”

Tenía un pariente en Bujedo formándose para Hermano de las Escuelas Cristianas el cual escribía con frecuencia cartas alegres y cargadas de espíritu religioso, manifestando lo satisfecho que se encontraba en aquel convento.

Olimpio oía leer estas cartas y le entraba en su alma un noble estímulo de imitar a su pariente, yéndose con él en busca de la paz del alma y la alegría del corazón que entonces no tenía. Pero como suele ocurrir a todos los que quieren seguir a Jesucristo, halló una fuerte oposición en el seno mismo de la familia.

Él callaba y oraba con viva fe a la Madre del Cielo… y también lloraba cuando estaba solo, y la oración y las lágrimas le allanaron el camino, pues cuando a los pocos meses expuso seriamente a los suyos la determinación de irse religiosos, ellos no le exigieron más que la ayuda en la recolección de la cosecha de cereales antes de marcharse. Así lo hizo con la abnegación que siempre había puesto en servicio de sus padres.

Escribió a Bujedo varias veces solicitando la admisión, y por la sencillez encantadora de sus cartas y los buenos informes que de él dieron el señor Cura de Bustillo de la Vega, su pueblo natal, y también su pariente que le conocía a fondo, fue avisado que podía presentarse en el convento, trayendo la documentación que se exige en estos casos; partida de Bautismo y Confirmación, así como certificado de buena conducta, de buena salud, etc.

Al recibir Olimpio la notificación de que estaba admitido en el Instituto de la Salle saltó de gozo, y en pocos días, hizo las gestiones necesarias para irse a Bujedo y entregarse de veras al servicio de Dios. Llegó, como he dicho, el 14 de agosto y al verle por vez primera, sintió mi alma la inspiración de que nos llegaba un santo. Esta idea de que era un santo me impresionó tan profundamente que conservé todos los días para fijarme en este joven admirable.

Empezamos el postulantado que duraba seis meses, con ánimo generoso y con verdaderos deseos de ser santos. Yo le observaba siempre que podía sus modales, su manera de obrar y hablar; en fin, me percataba de cómo este mozo de pueblo tomaba las prácticas de la vida religiosa, cómo se aprovechaba de tantos medios como teníamos en el Noviciado para desprenderse de todas las cosas y santificarnos.

¡Cosa admirable! Desde el principio Olimpio se arrojó de lleno en el océano de la gracia divina, que por todas partes inunda la vida de novicio, la vida religiosas entera y se le veía gozoso, lleno de ánimo, incansable, a pesar de los esfuerzos que tenía que hacer para aprender lo mucho que se enseña durante el postulantado, pues hemos de tener en cuenta lo retrasado que se hallaba este joven, cuya vida se había deslizado en los quehaceres del campo con escasísimos medios de formarse cultural y religiosamente.

Para soltarse en la lectura, el Maestro de novicios le señaló un compañero que le hacía leer cada día seis u ocho veces la mitad de la vida del Santo que había de leerse en voz alta mientras comían los novicios. Así se soltó en la lectura en muy poco tiempo y adquirió cierto desparpajo, no sólo para leer, sino hasta para hablar en público.

Cosa sorprendente fue también la facilidad con que se aprendía de memoria la santa Regla, el catecismo de Votos y demás materias que estudiábamos en el Noviciado, resultando que era uno de los que mejor sabían y contestaban en los interrogatorios.

***

De esta manera iba demostrando que poseía una memoria feliz y una inteligencia muy capaz para el estudio, acompañada de una sindéresis notabilísima que le hacía destacar en multitud de casos por su juicio recto y lleno de sensatez.

No sé si se dio cuenta de que yo seguía con interés su gestación religiosa; lo cierto es que pronto me cobró un afecto muy particular y muy santo. Había una motivación, que sin duda fue la causa de este afecto. De los 26 postulantes que formábamos aquella “tanda”, él y yo, éramos los únicos llegados directamente del siglo; tal vez por esta circunstancia nos compenetramos y nos entendimos mejor. Lo cierto es que además de Hermanos nos hicimos muy amigos, pero con una amistad íntima y comunicativa que no tenía secretos entre los dos.

Mientras estuvimos en el Noviciado nunca nos correspondió estar en el mismo grupo de recreo, pero cuando íbamos de paseo los jueves, procuraba buscarme para que le hablase de la Santísima Virgen, nuestra común Madre, y de otras cosas del alma. Después de muerto, cuando he leído sus apuntes particulares, encuentro mi nombre en las referencias que hace sobre el fruto espiritual que sacaba de nuestras conversaciones, como se puede ver, ponderando tal vez con algún exceso, el bien que yo le hacía.

En estas conversaciones sobre la Virgen Inmaculada sembrábamos y abonábamos el fruto de nuestra santa amistad, de nuestro amor sobrenatural. Sí, la Madre fecundaba y fusionaba nuestros corazones puros en amores divinos. ¡Bendita sea! Creo sinceramente no haber amado a nadie en este mundo con amor más grande, más puro y sobrenatural que a este joven, a quien yo llevaba siete años largos.

Más de una vez comparamos nuestra amistad con la que se tenían David y Jonatás que habíamos leído en la Sagrada Escritura. Esta última carta que me escribió ya en los últimos días de su vida me dice así: “Mi muy queridísimo Hermano”, empleando dos superlativos (que no se enfade la real Academia de la Lengua) es una redundancia o excesiva abundancia de amor, en este caso puro y santo. También yo lloré su muerte con lágrimas sinceras de amigo entrañal, como David lloró a Jonatás…

Se han pasado cuarenta y cinco años después de su muerte acaecida el 28 de marzo de 1927, y ya es hora de que se escriban las cosas tan extraordinarias con que fue favorecido. ¡Y qué cosas, santo Dios! ¡Jamás se han oído cosas semejantes!

Y aquí tiene el lector la causa o razón de por qué me estaba acuciando deprisa la conciencia, al cumplir mis setenta y siete primaveras, tal vez la última de mi vida, a que escriba, aunque sea brevemente la historia maravillosa de este joven heroico y triunfador. Creo que si no lo hago yo, no hay quien se preste a hacerlo, como lo he deseado y pedido a varios, todos más capaces que yo de llenar plenamente este cometido.

Pues sí, ahora que se da tanta importancia al progreso de la técnica, de los medios de comunicación, de los deportes y del confort, y que se menosprecian y hasta desprecian las cosas del espíritu, los valores sobrenaturales y eternos, es precisamente cuando queremos publicar estas manifestaciones asombrosas que el Cielo hizo a este joven ejemplar, mensajes de amor y de exuberante vida, capaces de enardecer los corazones más fríos de nuestra juventud que busca la felicidad donde no está… ¿Cómo la va a encontrar? ¡Lee, joven amable y verás dónde se halla la felicidad!

Que el Espíritu de Dios me ilumine para hacerlo con el acierto que desea mi alma y logre encender amores santos en muchos corazones de jóvenes que hambrean amor y no advierten que hay amores falsos.

¡Jóvenes de temple varonil, capaces de grandes hazañas y empresas heroicas, leed los anhelos de nuestro protagonista y pedid ánimos para imitarle!

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Del libro, Hermano Estanislao José, aquí publicado:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/hno-estanislao-jose/

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